Leña al fuego

—Andá a terapia —le dice—. Yo ya hice mi parte; yo ya fui y hablé mis males. Curate vos de los tuyos: vení aquí perfecto, vení aquí listo.

Eso no se lo dice. No textualmente, pero sus ojos se lo gritan, se lo reclaman, se lo demandan. Está convencida de que su dolor es causa de sus grietas; que él tiene la responsabilidad por ser como es y por no ser de otra manera, por no ser quien ella sueña, que ella quiere, quien ella espera; aunque tiene el potencial de serlo, aunque tiene mucho de eso y porque, aunque le falta poco, nunca quiso serlo.

Él la escucha. Está ensanchando la nariz por respirar rápido y fuerte, como siempre que se enoja. Usa las manos con fuerza y con una elegancia orquestal: parece dirigir los hilos de Mahler, parece renacer sus esperanzas. A él le gusta incluso cuando ella está así, destruyéndolo; a él le gusta verla así cuando habla de las cosas que le gustan, pero lo destruyen cuando dirige hacia él esa fuerza: marca las detonaciones en su cuerpo, baja y abre los ojos y es un golpe a las costillas, un golpe seco y mudo. Uno tras otro. Siente el cuerpo contraerse, siente los músculos tensos y un nudo en la garganta que no deja de apretarse.

Está cansada y él está cansado de no poder descansar, de mantener la guardia arriba, de ceder, de callar, de aguantar. Quiero tregua, piensa. Quiero silencio. Extraño el silencio. Quiero la paz de la ausencia. Quiero la tranquilidad que tenía, la que ella le quitó, la que ella juró cuidar pero que hoy también la provoca.

Vuelva a la carga y le reclama:

—Yo hice terapia, yo hice constelaciones familiares, yo hice regresiones y arquetipos sanguíneos; yo he trabajado en mí y vos no has hecho nada por nosotros. Vos, con tu estúpida terquedad de hombre, no has hecho nada por mejorarte, por cuidarte, por ser mejor para…

Mientras le marca las palabras y las acentúa con los dedos largos; con la mirada punzante; con la boca haciendo esa mueca que ama ver cuando habla de todo menos de él, pero que lo mata cuando se la dirige. Está cansado de eso. No baja nunca la mirada: sus ojos están fijos en ella, en cada cosa que hace, en cada gesto que duele. Siente cada golpe.

No quiere defenderse. Quiere renunciar a su defensa no porque su argumento haya sido devastador —aunque lo haya sentido de una manera fatídica—, no porque ella tenga razón, sino precisamente para no dársela. Se calla, aunque podría decir algo que lo resarciera y lo dejara irse victorioso y orgulloso.

Él podría parar la masacre que recibe; él podría devolver los golpes, sabría cómo hacerlo. Entiende cómo defenderse y, por ende, es importante que se contenga, porque es fácil jugar su juego: adoptar sus tiempos, olvidarse de las reglas y golpear bajo; enfrascarse en los lugares simples, recorrer los momentos frágiles y apretarlos entre los dedos. Es demasiado fácil olvidarse del otro, y él no es de esos. No cede ante eso. Guarda silencio y cada que piensa una respuesta ingeniosa se muerde los labios; cada que haya un flanco descubierto, se muerde los labios; cada que ve la defensa baja se muerde los labios y entonces sangra. Y la sangre en su boca lo alerta: ha aguantado todo lo que puede. Es momento de replegarse, de recuperar las filas.

Se levanta en silencio y aturdido, con los ojos fríos. Su cuerpo está presente, pero nada más de él queda, —Yo ya hice la mía, yo he aguantado —dice él por fin, en un tono frío, distante—; he aguantado todo lo que he podido. Bien podría yo haberte devuelto tu poca cortesía; podría haber convertido todo en carbón y brasa como lo has hecho tú, con tu terapia y tus constelaciones y con todo lo que has hecho. De cada lugar al que vas traes una lista de pendientes, de deudas emocionales a mi nombre, todo lo malo que te pasa es porque yo soy como soy dices; de cada experto, de cada ritual, de cada círculo un nuevo defecto mío… igual a las hipócritas de las iglesias que pregonan el amor por dios pero desprecian al prójimo. Es buen marketing, como el de las iglesias quien viene será salvado, quién no está del lado del enemigo, es el enemigo, lleno de maldad y capaz de corromperlo todo. Uno va a terapia a hacer las paces con uno, no la guerra con el mundo.

Yo aguanté, hasta hoy, sin avivar el fuego. Yo esperé que entendieras que, a pesar de tu miedo a la opinión de los demás… yo estaba aquí, pero no voy a quedarme a que me consumas. No soy madera para tu hoguera, ni vas a convertirme en leña para tu fuego.

Jaque mate

Laura toca la ficha con la punta de los dedos; más que tocarla, la roza, pero es suficiente para que ella se bambolee. La pequeña cruz que lleva sobre ella se ha enganchado en su piel y, después de ese toque, baila en su ausencia. Ella abre los ojos un poco más de lo que hubiera querido; intenta normalizarlos, pero la pupila no es tan obediente como ella quisiera, y esa pequeña sorpresa la ha dilatado y no puede ocultarla: no se repliega con la velocidad deseada. Él la nota. Ella un poco parece que se paraliza, recupera la compostura y, en un movimiento casi fluido, se dirige a otra ficha.

—No, no, no. Es una regla básica: ficha tocada, ficha movida —le dice con la confianza de haber visto sus miedos, con la certeza de tener la sartén por el mango. En el pequeño baile ha visto las jugadas posibles: sabe lo que ella puede hacer si se mueve desde donde está, sabe sus movimientos, sus jugadas. Desde esa posición no solo se retrasa, sino que se expone; ha quedado vulnerable. Y sabe que tendrá que hacer tres o cuatro movimientos para sacarse la presión de encima; que su caballo, su alfil y su torre están en posición de incomodar, de asediar, de llevarla hasta su base, replegándose en su castillo. Puede jugar con su mente, presionarla, ponerla en aprietos, y no va a dejarlo pasar.

Ella agacha la mirada, un poco frustrada: es una regla tonta, estúpida, pero no vale la pena pelearle por ella. Es lo que es: un golpe bajo, un lastre, una pendejada, pero así sos vos, pegado de los detalles. Lo dice sin un tono de reclamo o de ira; lo dice con un tono frío, sereno. Lo dice sin perder la compostura; lo dice sin preocuparse. Lo dice de una manera tan calmada que es casi ajena su reacción: no parece la misma que hace unos pocos segundos dilataba las pupilas ante la idea de haber sido descubierta; ahora afila su lengua y su mano mientras ronda la corona del rey con su dedo.

Él lo nota y duda; se aleja. La perspectiva requiere de distancia. Algo no está viendo, o ella está viendo algo más. Parece una trampa; parece que ha caído en una trampa. Ahora él abre los ojos e intenta mirar las jugadas: algo se le escapa, lo intuye, algo, pero no sabe bien qué. Repasa jugadas en su cabeza, intenta encontrar en su flanco, en su apertura una falla; no la encuentra, pero parece que ella sí. Parece que para ella es claro y, mientras la mira mover su rey, queda atónito. No ha hecho algo que no hubiera imaginado y, por lo mismo, se enfurece: está pensando justo como ella quiere que pensara. Lo tiene en la punta de sus dedos; lo ha convertido en una pieza más del tablero. Baila, baila como el rey bailó hace solo un par de segundos; baila a su ritmo. Siente su mano en la cadera, siente su paso guiándolo a los cuadros que ella desea. Maldita sea, no puede verlo, pero siente cómo lo llevan de un lado a otro, cómo lo cruzan y lo estiran; siente que pierde el control.

Ella lo nota. Lo disfruta. Está perdido: no sabe lo que ocurre en el tablero y no puede ver lo que viene. Está confundido y eso lo enoja; eso es bueno. Cuando se enoja pierde el foco, se tropieza con facilidad; cuando está en ese estado es vulnerable. Lo piensa y se lame los labios: lo tiene justo donde quería. El hombre espera y desespera; el hombre intenta mostrarse calmado, pero no hay chanche. Ella huele la sangre y él está sangrando.

—Linda treta la de rozar el rey —le dice con un sabor agridulce, con un tono herido. Le gusta la treta, pero odia haber caído en ella. Le gusta que el juego sea parejo, que en el tablero se ensucie las manos; le gusta la necedad que la hace reír pícaramente, pero odia perder y sentirse perdido.

—No te enojes —dice ella, adelantando su torre hasta el fondo y acorralándolo contra el caballo—: hoy me toca a mí encima.

Cabañuelas

Los finales siempre me han parecido un tanto aburridos. La gente está cansada cuando se acerca el final; se puede estar agradecido, se puede salir a tiempo y hacer algo decente por uno mismo, sin embargo, siempre hay una nostalgia en medio de todo. Aunque tarde o temprano siempre llega, uno sabe que se aproxima, que tiene el tiempo encima, y entonces la gente mira un poco al piso y se concentra en todo lo que no fue, en todo lo que no pasó, en lo que no vendrá, lo que no tiene, lo que no se cumplió… Solo en ese momento se permiten contemplar todo lo que les sabe mal.

Se bañan, se peinan, se ponen ropa interior amarilla y se ocultan debajo de las mesas, escriben lo que quieren dejar atrás y se atragantan con 12 uvas: algunas simples, otras congeladas y llenas de vodka y tajín, otras reemplazadas por fresas o cerezas para comerse hasta la última del pastel… Entonces suenan las 12 campanadas, se abrazan, se arrojan lentejas de los bolsillos, se encienden los deseos y se acuestan ebrios de esperanza, de ilusión, de un comienzo mágico.

Va a pasar en unas cuantas horas, pasa cada año, y uno solo tiene dos opciones: el hastío o la ilusión; o hastiarse de la ilusión, dejarla atrás, de lado, echarse a muerto con todo… Prefiera esa con un poco de hielo, con un saborcito fuerte, ahumado y seco. No me gustan los finales; por eso, cuando llegan, no los evito: los miro de frente, a los ojos, dejando que sepa que sé que se termina. Frente a mi reflejo y por su bien brindo; una especie de ritual que ha evolucionado para evitar ser visto hablándole al espejo. Lo bueno comienza, lo que importa apenas comienza, el final no cuenta, lo que pasó ya no importa; duele, pero no importa. Te puede llenar de rabia y aun así no importa; te puede hacer nudos en la garganta y el pecho y aun así no importa. En eso pienso: el presente es breve, casi imposible de apreciar, así que abrazo como ellos, me como las uvas, con tajín y vodka por fortuna, y pienso, como decía mi abuelo, pensando siempre en el trabajo: me voy a dormir porque mañana debo estar atento a las señales.

Las cabañuelas le dirían cuándo sembrar y cuándo recoger, cuándo cuidar más el campo y cuándo ararlo con más fuerza. Me gustaba esa tradición de irse a dormir, no con la seguridad de un mejor mañana, sino con la intención de prepararse mejor para lo que viene. Así que, como él, me despido y parto, pensando en esos doce días, en ese plan que debo seguir, en esas metas que debo perseguir: a la próxima no tendré tanto cuidado; con la próxima no me haré tanto a un lado. La próxima oportunidad debe sentirme, debe ser capaz de presentirme, debe temerme cuando me sienta cerca y saberse perdida cuando sienta mis ojos posarse sobre ella. Deberá saber que ha sido tomada; entregarse aun sin garantías, exigir garantías de por qué hacerlo. Lo hará porque quiera, porque se le cante, sin estarme buscando, sin haberse prometido prometerse.

A la próxima no habrá permisos ni disculpas: no habrá silencios ni turbas, no habrá mezquinos entrometidos dictando el camino que debe recorrerse para cumplir un sino. No habrá un mapa de los sueños donde ser tachado, ni un espacio incómodo y aprisionante donde hacerse para reemplazar lo perdido: un café con los amigos, un asado con la familia, un polvo que me desempolve los discos, una cerveza fría en la tarde, una escapada en la mañana hacia un horizonte, un regresar a casa, un libro, un cuento que contar, un día de pereza con mis gatos y una tarde de juegos que haga que la risa me marque el abdomen; y un abrazo de todos los que, por alguna razón, al recordarlos me siguen haciendo reír. Me voy a dormir pronto, porque quiero empezar pronto como mi abuelo, buscando mis cabañuelas.

Quemar las naves

Cristóbal saca una esfera seca y endurecida de parafina, pequeña, tiene el tamaño de un buñuelo antes de freír, antes de que el calor la expanda y lo esponje. Rafael lo mira con sus ojitos grandes y no pierde detalle de sus movimientos; lo ve jugar con ella y, como desconoce de qué se trata, la señala. Cristo se la extiende y se la señala: no se la ofrece, solo se la muestra. Él lo entiende, asiente; sus ojos curiosos expresan bien lo que él no puede articular en el idioma. Cristo mira la bola y comienza a hablarle.

—No lo recuerdo —le dice, mirando al niño a los ojos.

Cristo no le miente: no recuerda con qué propósito comenzó a recogerla, no recuerda para qué tampoco. Pudo haber sido un simple impulso repentino o un antojo inducido por un video en las redes sociales, alguna tendencia sobre darle forma a pensamientos o incluso al pasado mismo. Lo mira un poco ausente; no sabe explicarle lo que piensa, pero sabe que es necesario hacerlo.

—Mirá, Rafa: a uno le pasa como a esta bolita, que no sabe bien lo que es ni lo que lleva, que no tiene idea de lo que es, de dónde está, de para qué está acá ni para dónde va. Son las 4 grandes preguntas. Llegará el día donde vos también te las hagas, y es necesario que entiendas en ese momento algo que voy a decirte.

Rafa lo mira con los ojos abiertos. No es un síntoma de atención ni señal de espabilamiento: lo mira chupándose el pulgar. Para estar en el final de sus años, esa es muestra de que no es precisamente un chico muy adelantado. Cristo lo intuye: el chico no parece muy listo, pero él tampoco lo fue a mirada de sus tutores y profesores; quizá por eso, quizá porque aprendió enseñando, que aprendía más cuando hacía el intento de explicarle a otro algo en lo que nunca había pensado mucho. Quizá por eso le dijo:

—Mirá, Rafa: recordar es difícil, nadie lo recuerda y por eso nadie recuerda bien. Somos selectivos en los recuerdos, completamos con lo que tenemos a mano, con anhelos, con esperanza, con rabias, con otras miradas. Por eso es difícil conocerse, porque uno no sabe muy bien qué tanto es de uno y qué tanto es prestado, impuesto, acordado. Uno es un poco todo y todos, y es difícil recordar qué estaba ya ahí cuando uno llegó, qué trajo uno y qué se le pegó en el camino. Uno lleva todo eso a cuestas, uno es todo eso que se echa a cuestas, y entre más uno camina, más se echa encima, más se carga y más se mezcla. Al final no importa qué era uno, qué es de uno: uno es eso sumado, dividido; uno no es los factores sino el producto. Y eso está bien por un tiempo, pero luego se deforma y pierde foco; por eso, cuando la carga es mucha, nos acercamos al fuego de nuevo, a algo que nos queme o nos corte, porque es necesario sacarse lo que estorba, fundirse, irse un poco al vacío para reencontrarse.

A la gente le parecerá bien que lo hagas hasta mediados de tus 20, pero mientras más te acerques a los 30 cada vez podrás menos jugar esa carta. Es lo mismo que te pasa ahora chupando el dedo —le dice mientras sigue viendo al niño, que lo mira sin pestañear; bueno, no, no a él, sino a la esfera de colores que rueda sobre su mano. La sigue embelesado; la ve acercarse al fuego y la ve crecer en cada movimiento. Él lo entiende: juega con ella de manera que nunca la pierda de vista mientras habla, mientras él se lo explica a sí mismo; a sus casi 40 hay mucho que le sobra, que no reconoce y comienza a estorbarle.

—Lo vas a necesitar oír en unos años. Trataré de estar aquí para repetírtelo —le dice—, trataré de ser más sabio para cuando llegue el momento.

Lo mira y sonríe.

—Te enseñaré a quemar las naves, para que avances sin tanto peso.

Su hermana llega, los mira, recoge a Rafa.

—No lo dejés chupar dedo —le dice.

—No me di cuenta —miente—, hablábamos de cosas más importantes.

Responde y le guiña un ojo mientras le acerca la esfera tibia a la palma de la mano.

Luces

A Iván siempre le han gustado las luces. Desde bebé gateó siempre hacia ellas; le parecían llamativas, como a todos cuando el mundo es nuevo: aún no se sabe que todo lo que brilla no es oro. Uno se deja deslumbrar y va tras todo lo que titila y todo lo que devela, como las moscas y los zancudos, como Ícaro. Iván viajaba directo al centro de lo todo lo que alumbrara, que le ofreciera calor y lo entretuviera; difícil juzgarlo: es un sueño el atrapar el sol con las manos.

Ese gusto se desarrolló con el tiempo. Perdía la concentración ante una buena alteración de luces; no espabilaba, perdía la capacidad de comunicarse y solo podía contemplar lo que pasaba. Las luciérnagas fueron durante años su animal favorito; no le importaba que le dijeran que era un insecto y no un animal: le gustaban lo suficiente para elegirlas siempre. Ese mismo amor le llevaba a oprimirlas, a correr en el césped alto con una botella vidrio y juntar cuantas fuera posible para que iluminaran su noche. Había otros insectos: helicópteros, hormigas, libélulas; les temía porque se las habían presentado como mata caballos. Difícil de juzgar que un niño le tema a un insecto con ese nombre; difícil juzgar a un niño por no comprender que acumular lo que le gusta puede acabar con lo que le gusta.

Iván creció, y en las noches las luciérnagas estaban ausentes, pero las colillas brillaban: el pucho, el porro, alumbraban ahora en sus pupilas. Había aprendido la lección: mucho no era mejor; mucho era bueno; mucho no valía la pena. Le resecaba la garganta y perdía cadencia en sus pensamientos. De las luces había que guardar cierta distancia para no perder las luces: demasiado cerca encandila; el fuego es bello, pero muy cerca quema… Sabía que no era culpable de la desaparición de las luciérnagas, pero aun así sabía que no era inocente ante su ausencia.

Era, a su estilo, en un navegante, aunque muy distinto. Los marinos se guía por la luz para alejarse de ella, de sus riesgos como antes lo hacían los marinos con las sirenas; él, en cambio, sucumbía ante la belleza de sus destellos como ellos antes ante la belleza de sus cantos, y se abalanzaba sin dudar, acelerando y sin mirar atrás: siguiendo un instinto casi animal; siguiendo, dirían muchos, la línea de su destino del que parecía no poderse alejar. Siempre encontraba una forma de meterse en aprietos, siempre encontraba cómo acercarse, siempre encontraba cómo estirar lo suficiente la luz para eclipsarlo con solo un dedo. Verlo daba un poco de angustia; con pocas personas uno entiende la fuerza de gravedad como con Iván porque, sin importar lo bien que parecía estar haciéndolo, sin duda lo arruinaría todo en un abrir y cerrar de ojos.

Cuando su mirada se cruzó por primera vez con la luz roja de los burdeles, él sintió ese vértigo que le corría el piso. Se sintió cerca de una cornisa; pudo mirar hacia abajo e imaginar la caída: el viento rozándole la cara, el corazón latiendo a una velocidad desmedida y el vacío en el estómago de quien pierde el soporte del mundo y cae sin esperanza alguna de asirse de algo; quien caer sonriendo; quien cae con la conciencia de haberse arrojado por la adrenalina sin esperar sentir el golpe seco nunca, solo el túnel vertiginoso de viento que lo conduce a otro lugar.

Cuando entró, la luz azul y morada del túnel lo invitaban a seguir avanzando y los rayos verdes giratorios le prometían un lugar maravilloso. Las bolas de luces reflectantes lo llevaban a perseguir otros destellos, otros brillos. Estaba extasiado y le costaba contenerse. Las luces neón hacían que todo se viera diferente: las líneas de la pintura reflectiva acompañando los movimientos de los cuerpos; el burlesque y las zonas ausentes de luz; el agua; el sonido. En ese momento, para Iván el mundo se dejó de existir: le pertenecía ahora ese lugar y se sentó frente al escenario, con la mirada y la boca abierta al ver un letrero que lo hacía sonreír.

—¿Puedo ofrecerte algo? —le preguntó una mesera.

—Sí —dijo, señalando el letrero—: “Se busca ayudante”, decía. Al levantar la vista vio que ella lo miraba directo a los ojos.

—Parece tener lo que se requiere. No se ha dejado distraer por mí ni por ninguna otra chica —dijo con un tono que develaba que eso la ofendía—.

Era bella; su cuerpo merecía ser visto, observado, contemplado, y más bajo esas luces.

Él sonrió; en sus ojos había un brillo que le hacía morderse la boca.

—Iván —dijo él—, mucho gusto.

—Lucero —respondió ella—.

Sígame; veamos qué puede hacer. Al escuchar su nombre, él supo que nunca iba a olvidarla.

Remoquetes

Es curioso el poder que tienen las máscaras: no solo oculta lo que hay debajo, también crea una realidad falsa hacia el afuera; no solo podría dejarse de ser débil, sino que además podría parecerse fuerte, violento, capaz de todo, aunque debajo no hubiera siquiera la voluntad de intentar hacerlo… Nos pasa un poco a todos, pienso, mientras dicen que aún falta el sabueso por llegar. Al oír el nombre cambian los rostros. Hay algo en el nombre, en el sobrenombre que los pone alerta: el sabueso es un apodo distinto, suena a expolicía corrupto, a matón de barrio, a hueso difícil de roer, y eso los alerta. Son extranjeros en un país del tercer mundo, en un barrio tranquilo pero con la amenaza latente de estar en una selva en la que matan por un celular o unos tenis; todo significa peligro y el nombre se adapta con facilidad a los arquetipos de las novelas, a ese mal que por negocio hace el bien de cuidarlos.

Esa imagen crecía y se proyectaba como una sombra sobre él: ingresaba a una sala antes que él; una ficción, un hombre diferente en la mente de todos. Imaginaba un poder mental fuerte, un pensamiento indomable; un hombre capaz de doblegar a quien se le acercaba, imperturbable y, al mismo tiempo, incontenible; una fuerza natural de esas que puede movilizar la tierra y desplazar los mares; extraña, intensa, impredecible. Era calma, magia y terror en quien escuchaba su nombre.

Pero no es lo mismo ser narigón que tener una buena nariz; no se trata solo de que parezca buena, de que la veas venir. No basta con que luzca porque, al final, parecer es mucho más fácil que ser: no requiere de tanto… Al sabueso le pasaba. Cuando alguien lo escuchaba nombrar pensaba que era un tipo listo, sagaz, de esos que se las huele en el aire; que notan la tensión en el ambiente, que captura las miradas imprudentes, que detecta a los amantes furtivos y que tienen una intuición inquisidora digna de un detective privado de Londres que fume pipa y que, pese a los rumores, no diga nunca “elemental, mi querido…”.

A él le pasaba lo mismo que le pasa a un perro cuando se le llama Coloso o Titán: si además el perro es de una raza grande o moloso y uno muestra la foto y dice cómo se llama, en la mente de las personas se convierte en un asesino, en un fiero salvaje capaz de morder el mundo en dos. El sabueso tenía eso de su parte: solo con oír su nombre se le consideraba útil y peligroso; con solo mencionarlo se creía que se había uno ganado la lotería porque contaría con un tipo de esos, capaz de conseguirlo todo si se le necesitaba; un hombre que valdría la pena tener cerca, un hombre del que era importante hacerse a sus favores. Qué hombre era el sabueso en la mente de quienes escuchaban por primera vez su sobrenombre.

Siempre ocurría lo mismo, y desde que se lo habíamos dicho a él, desde que le habíamos confesado lo que pasaba cuando la gente oía su nombre… se había transformado, la idea lo fascinaba. Llegaba tarde ya de gusto; dejaba que su mito se expandiera, que la leyenda un poco les asechara, los reconfortara y los persiguiera. Verles cambiar el semblante cuando alguno traducía “we are waiting for the hound”… Se espera un sabueso para empezar una cacería; se espera un sabueso antes de un acto cruel y violento; se espera a un sabueso cuando se está por enfrentar una bestia, un peligro. Y nosotros y ellos esperábamos al sabueso para partir. Así, cuando él llegaba con sus ojeras y sus cachetes, con sus patas cortas y una nariz rinítica, siempre húmeda y goteante, nadie esperaba que fuera él quien impedía que nos moviéramos.

—¡Arriba! —decía, y ladraba—. Woof, woof: ya llegó el sabueso, el mejor chofer de escalera que hay en este país, vociferando como si fuera todo lo que se esperaba de él y no simplemente un petiso gordo con la habilidad de siempre encontrar un buen paradero para almorzar.

Pros y contras

Cuando él sale de casa, Maria respira profundo y piensa que todo va mal, que ese hombre, aunque no está lejos de ser lo que quiere de un hombre, no tiene lo que su hombre debería tener, algo le falta, puede ser su astucia casi ausente, su mirada casi perdida, es como si él también supiera que algo no encaja, no quiere prestarle atención, pero al caminar por la casa todo se lo recuerda: las chanclas estorbando en la mitad del cuarto, la toalla colgada pero sin extenderse, los vellos en el lavamanos, la taza de café en el fregadero… todo la provoca y la irrita.

No lee, no lava, se descuida con facilidad, pospone todo o casi todo y, aparte del trabajo, parece que nada le interesara. Pensarlo la irrita, no está siendo justa, pero no puede sacárselo de la mente, en esas mañanas donde todo lo que ha hecho parece provocarla es difícil verle sus matices.

—¿Qué te pasa? —le escribe sin aclararle nada.

—¿Qué te pasa? Lee él en el chat pero no se anima a contestarle… piensa en su nombre mientras mira por la ventana, disociado… sin animarse a escribirle; hasta ahora siempre me han sido esquivos los nombres que me encantaría susurrar junto a palabras bonitas, de esas palabras ridículas que el amor inventa, de esas secretas y tontas, de esas que avergüenzan y que un poco son el amor mismo, quisiera haber tenido una margarita de la suerte, capaz de opacar a los tréboles y sus cuatro tristes pétalos, una margarita a la que pueda cantarle como Fito: vos me hacés feliz, margarita, mi amor, pero no puede decirle eso, no se lo tomaría bien, no respondería bien, lo sabe, porque entiende que al final es solo un deseo ridículo pero él no es un hombre astuto, no sabe escaparse de esos pensamientos ni manejar las situaciones, es solo que siente común su nombre, Maria, sin siquiera la tilde, sin siquiera la virgen, así, a secas.

Pero no es solo ella, ha vivido la vida sin Manuelas que lo escuchen la radio, sin chicas iguales pero distintas a las demás a quienes ver por la playa pasear para soñarla sabiendo solo que se llama Noelia, sin Elisas que lo abandonen para clavar en su pecho un puñal, sin Caritos que le hablen inglés ni Rosas ni Rositas tan hermosa, tan maravillosa como blanca diosa, como flor hermosa… Es solo eso, un deseo tonto pero latente, cambiarle el nombre, decirle todos los nombres, qué peligroso puede resultarle ese pensamiento, ella es lo que él quiere, tiene lo que le gusta y, aun así, no se llama como él quisiera, detalles, el diablo está en los detalles.

—Nada —responde en el celular—, estoy en la calle, me estaba montando al bus, por eso no te contestaba, pero todo está bien —le dice—. Miente, pero la tranquiliza, miente para tranquilizarla, miente para el bien de todos, especialmente del suyo, porque al final solo se miente a sí mismo, es cierto que todo está bien, que ella está bien, que su forma de ser está bien, que su risa está bien, que su sazón está bien, quien no está bien es él y por eso, por ese pensamiento que lo persigue, finge y miente.

Es culpa de Paquita Gallego, piensa, es culpa de esas canciones que le enseñaron a cantarle con nombres al amor, es culpa de los románticos que solo crearon canciones con nombre de señora, de Gloria que me falta en el aire, de su cálida inocencia y de la falta en mi boca que, sin querer, te nombra, y esa es la cosa, que al final uno también ama desde la ilusión de lo amado y también extraña la ausencia del amor prometido, pero no es su culpa que su nombre no me resuene con ninguna de las canciones con las que he querido cantarle al amor.

Piensa frustrado, piensa viendo su foto, cuánto habrá de mí que para ella sea también una afrenta al amor imaginado, cuántas veces se habrá ella preguntado si mi nombre resuena con su anhelo, Jaider no es que sueno muy bonito tampoco, no recuerdo tampoco canciones que contengan mi nombre, ellas por fortuna solían cantarle más a la emoción que a quien la despierta, al menos eso creo yo, al menos eso recuerdo yo, aunque también están los libros, y estoy lejos de ser uno de esos seres llenos de virtud, incapaz de la mitad de sus sacrificios y ausente de sus dones y sus maneras, ni un lord ni un señor, a duras penas una educación básica y el cuero fuerte para aguantar el sol, estoy seguro que yo no soy tampoco su sueño de amor…

El pensamiento lo agarra con la guardia baja, del tedio brinca al miedo. —No te lo digo suficiente, sabés, pero vos y tu boquita son lo mejor que me ha pasado en la vida, amor mío, vos sos, en esta vida dura, la parte más suavecita y deliciosa de cada día, vos, mi amor, sos todo lo que está bien conmigo.

Ella lo ve y sonríe. Es un tipo raro, extraño en sus formas, brusco y torpe. Es un burro, pero es tierno; tiene sus pros y sus contras.

Anidar

—¡Que tu dios te cuide! —dice ella con la voz entrecortada, agrietada por la desesperanza con la que se le dice eso a alguien que no cree en nada, como quien arroja una piedra a un vacío profundo, tremendo y oscuro que devora no solo cualquier rayo de luz sino también cualquier sonido. Lo dice porque siente que es lo correcto, porque siente que llevan esperanza aunque no sabe si calará dentro de una piel tan dura… y le duele porque sabe que él necesita esas palabras; ella sabe porque ha visto eso en los ojos de los niños cuando se levantan con la piel ausente de alguna caída y, con los ojos inundados, dicen —no me dolió, con la voz entrecortada dicen —no me dolió y tratan de correr con las rodillas hechas llagas, con las manos ulceradas. Solo cuando ellos también ven la sangre lloran, con sus ojos llorados exhiben la herida y descansan… pero él, él no descansa, él empaca como siempre sus rabias, dos bocanadas de humo, un trago; quizá piense en sus tristezas cuando pica cebolla, ojalá piense en sus tristezas cuando pique cebolla para que se ponga al día de sus llantos, de sus rabias, de sus despedidas, ojalá nunca le gane la pesadez que lleva sobre los hombros, ojalá siempre encuentre la fuerza para cuidarse, piensa mientras él la mira sonriendo.

Está tan solo, piensa ella mientras lo mira sin ceder ante lo que ella intuye, ante la sombra que ella conoce, le duele, ojalá que su dios lo cuide, piensa de nuevo y lo mira con esos ojos de profesora de preescolar acostumbrada a entender todos los dolores, los raspones, los pequeños primeros desamores, las angustias inocentes de haber perdido un color y el pánico diminuto del regaño que conllevará haberse ensuciado el uniforme, a sabiendas de que en la casa no hay otro para reemplazarlo, con esos ojos que se han acostumbrado a ver emociones que aún no saben traducirse en palabras, con esos ojos lo ve y sufre por su incapacidad de sufrir, por su testarudez viva y calcinante, por su escandaloso silencio…

Él la escucha, se gira, la mira, algo intuye en su mirada y en su tono, algo sabe, piensa, ellas siempre saben algo. Lo intriga, más que las palabras, lo que parecen decir las mismas, ese otro lenguaje detrás del lenguaje, esa tristeza casi llena, esa angustia casi esdrújula. Intuye que ella necesita una respuesta, que su tristeza la inquieta, que ese dolor clavadito en el pecho ella puede verlo. No es grave, quiere decirle, pero sabe que desestimarlo no es suficiente, que la preocupación crece cuando lo obvio se niega; la simpatía es casi un insulto para quien es empático. La entiende, es como ella es, la piel es dura pero el corazón es blandito.

—Nada de dioses ni deidades, ni de sus omnipotentes y ausentes voluntades; yo no confío en esos designios astrales ni espirituales —le dice a ella, viéndola justo a los ojos, con esa sonrisita que sabe que le confirma que lo que dice es emocionalmente cierto, que aunque no entiende los motivos, entiende sus sentimientos y que no los niega ni los desestima—. Yo no me entrego a credos, pero anido en cuerpos, en los manifiestos, en las palabras y lo que tienen detrás; que el cariño de los que me quieren me cobije y que, en su omnipotente deseo de gobernarme, los dioses se muerdan un codo…

—Idiota —dice ella, enojada, no sabe por qué, siente que la ha llamado dramática y que le ha dicho que exagera, aunque la tranquiliza la irrita. Bien podría decir gracias, bien podría decir igual tú y marcharse y no volver, pero no, sonríe y, en medio de su tristeza, encuentra la forma de olvidarse de nuevo de sí mismo para ofrecerme un poco de calma, de eliminar mi inquietud y decirme que no hay de qué preocuparse.

Se enfada, me mira enfadada, como una niña con una rabieta. —No lo tomés a mal, no peleo contigo ni con tu dios, mi nido, cariño, son las palabras y las personas; mi hogar es donde son cálidas y confortables. Saber que tengo a dónde volver, saber que hay un hombro donde apoyarme, un torso y unos brazos que me abracen es el universo entero para mí —le digo y noto sus ojos llorados—. No llore, todo saldrá de la mejor forma posible si hay un nido a donde volar de vuelta.

Achaques

Los años no llegan solos, por fortuna los años no pasan en vano, se sigue siendo, en esencia, lo mismo que siempre se ha sido, pero, como todo, hay detalles, se tiene derecho a tenerlos; se ha visto mucho de muchas cosas, se han visto pocas de otras, a veces demasiado de ambas, y ambas rayan, pelan, amallagan, cositas que no faltan ni sobran, son cosas que ganan y, como todo lo ganado, se lleva con un aire digno, elegante, aquello que se hizo propio siempre se ve diferente.

Otro cantar sería entender a los 20 que no vale la pena simularse, las máscaras cuestan: oportunidades, momentos, futuros. Eso pensaba ahora que la veía a lo lejos, más vieja, más arrugada, más ella. Ramiro también era más Ramiro ahora de lo que lo fue en esa época, en parte era como era por haber sido menos él antes, por haber perdido, por haberlas perdido, no era solo ella, era tan solo uno de esos cabos sueltos que llevaba en su vida, debió haberla hecho más suya, más a su forma, no medir las distancias ni las apariencias, debió morderla tan fuerte como deseaba, debería haberla asfixiado como quería, nalgeado y someterla de la forma animal como lo deseaba, siempre le gustó el juego de ser un poco animal, nada extremo, nada muy extremo, le bastaba con la forma, aunque en el fondo siempre fue un amante tierno, grotesco pero tierno, pervertido pero tierno… con el tiempo aprendió a darle un poco más de libertad a lo primero y a solo insinuar lo segundo.

Ya no importaba, también había aprendido eso, que no importaba, que nada lo hacía, que el mundo no tenía un plan ni un norte, ni un mañana, tenía un hoy y un ahora, un café, una cerveza, una resaca, pero que perdía lo vivido y que no tenía lo deseado, el instante era lo único sagrado, complacer expectativas ajenas y desear un futuro sin vivir el presente, lo único profano; porque, al final de cuentas, lo único que importaba era si había valido la pena.

Ahora lo sabía y ahora que la veía eso era lo que le molestaba, hubiera valido la pena hacer las cosas diferente con ella, quizá esos habían sido los 5 centavos que les faltaron pal peso, arrebatarle las riendas y desafiar su mandato, quería ser mejor para ella, creía que ella merecía una mejor versión de él e intentándolo había perdido sin siquiera haber sido él mismo, viéndola pasar frente a él el pensamiento simplemente lo había agarrado con la guardia baja, un golpe a los riñones que lo sacudía, no era lo suficiente fuerte para arrojarlo a la lona, pero tampoco podía fingir indiferencia, lo había golpeado, había sentido, madurar es sentir, sentirse, así que no huía ni se movía, madurar no es esquivar, así que esperaba, aguantaba, mientras ella se acercaba caminando…

El ritmo cardíaco no le cambió, el corazón no se aceleraba ni corría, madurar es no perseguir ni ideas ni personas, así que cuando le pasó de lado no volteó a seguirla con la mirada, aunque había sentido el aroma que recordaba, aunque había recordado el sonido de su risa y de sus mimos, no giró, y no se preguntó si no le había visto, ni se fijó en sus nalgas, todo sale siempre de la mejor manera posible, de todas probabilidades nuestra realidad es solo la más probable, así que caminó, erguido, tranquilo y orgulloso.

Ella creyó verlo, ella creyó haber sentido su aroma, y giró un tanto desorientada, recordaba ese hombre que la había tocado con miedo de romperla, con más ternura que deseo, y su deseo, que era más fuerte que tierno, no pudo nunca hacer las paces con ese hombre que le había ofrecido casi todo lo que deseaba, menos la fuerza animal con la que le gustaba entregarse, no era su madre, ella no estaba para cuidar porcelanas, así que lo había dejado ahí en la lista de posibles, de casi, no recordaba del todo su rostro, solo sus ganas contenidas, su deseo incómodo, no volteó a verlo por miedo a reconocerlo, temerosa de voltear y que él no estuviera allí deseando verla, tal y como la había hecho sentir esa única noche.

La edad, pensó él, los años, pensó ella, tienen sus achaques, no aprender de los errores sin duda era uno de ellos y ambos buscaron en su celular, cabizbajos, el número estaba guardado, ambos estaban en línea…

Rumiantes

Uno tiene que tener cuidado con lo que piensa y más con lo que sobrepiensa, porque no todo tiene tanto sabor como para aguantar. El flaco

El flaco saca los cigarrillos del paquete con cuidado, lo hace con una elegancia ajena a él, al cigarrillo y al momento, cuando uno lo ve pasando la yema de los dedos con delicadeza para detectar la muesca pequeña donde la tira de la que se tira rompe el plástico que lo aprisiona, se da cuenta de que él no busca un plástico que rompe, sino un pequeño hilo que desnuda; no parece hacerlo tratando de quitar de en medio algo que le estorba, sino contemplando algo que lo seduce, disfruta el momento, saborea el momento, desde afuera la forma parece exagerada pero, si uno se pone en sus zapatos, no en los del flaco sino los del amante que tiene en frente, a quien desea vestida pero dispuesta a dejar de estarlo, que, al igual que uno frente a ella, ha decidido cubrirse como quien envuelve un regalo, pensando en el momento en que se descubre, perfume en los lugares indicados donde esta acostumbra a sentir la nariz cuando la amante presiona rostro contra su pecho… cuando uno descubre bajo el vestido en la cintura ese encaje que lo hace a uno dudar sobre si desea o no apartarla de la vista…

Entonces uno entiende que ese aire europeo, tano, del flaco no es para nada un accidente, sino una acción consciente de un tipo que, aunque no parezca, lo ha entendido todo: a no perseguir nada que se aleja, a no estar presente donde no se siente bienvenido ni ausente donde es bien recibido, un flaco tranquilo y sabio que se acomoda como un gato en un rayo de sol, está siempre justo donde decide estar, cayendo siempre sobre sus pies, y aunque nada lo haga con tanta elegancia como desnudar un cigarrillo, porque en lo otro puede verse tosco y sin formas, queda claro que es consciente también de esa elección, el flaco sabe que es especial solo aquello que hacemos especial, que el objeto no cambia en su composición, sino en admiración, que lo que desea, lo disfruta más si demuestra cuánto lo desea, vivir la emoción es la única forma de sentirla… parece que el flaco sabe que, como los italianos, la vida es un placer lento, un gusto dulce que debe consumirse tan despacio como sea posible.

Al menos cuando se prepara para fumar parece que todo es intencional, no arroja al piso la basura, la conserva y la guarda en sus bolsillos como un amante haría con la lencería que ha quitado, sabe que lo que saca es tan importante como lo que contiene, entonces no lo tira con el desprecio de quien elimina algo que estorba, sino que lo acomoda cerca, lo conserva cerca y, dependiendo los amantes, es posible que intente extraer aún el aroma de lo que antes cuidaba la pieza que sostiene… luego, con la misma gracia y lentitud que un amante acercaría los dedos al tesoro descubierto, pellizca con algo de malicia, procurando un pequeño dolor provocativo, una sensación que no incomoda ni molesta, que por el contrario a su amante la haga sentir el calor que la consume, el flaco retira la última protección del empaque y entonces toma con habilidad un cigarro entre sus dedos, lo acerca a su nariz e inspira de arriba a abajo el pucho, se saborea y lo deposita en sus labios, tal y como lo haría uno con una amante frente a la que se ha posado, tal y como lo haría uno frente al cuerpo que se sabe deseado, y entonces se zambulle con un deseo animal pero controlado, con la antesala del descontrol total, con la quijada endurecida, mostrando los dientes y apretando fuerte el cuerpo entre las manos, respirando con fuerza, casi bufando pero aún en control, haciéndole sentir a la amante que cuesta hacerlo, que es difícil continuar con calma cuando lo único que se desea es entregarse a una corriente que quisiera arrastrarlo todo, pero se hace para que la amante sepa que desata dentro una tormenta de emociones…

Si el flaco fuma con una elegancia ajena a sí mismo, porque uno no es uno en presencia de sus vicios, por fin enciende el cigarro y, como siempre, a los que lo miran con curiosidad les advierte: cuidado con lo que piensan y sobrepiensan, asegúrense de que valga la pena porque no todo tiene el sabor para aguantarlo, y aspira esa primera bocanada, y uno piensa en las ganas que tiene de tener enfrente a esa que quiere que uno quiera tenerla en frente.