Libros

Foto: iStock

Yo solía leer un montón hace algunos años. Eso ha ido cambiando, sin que tenga alguna explicación. Porque siempre trato de buscarle la causa a todo, aunque no tenga suerte en el intento. Este es uno de los casos. He pretendido creer, entonces, que los cambios en la vida y en mi vida han hecho lo suyo de algún modo para que haya ido perdiendo esa habilidad, por llamarle de alguna manera. Me lo reprocho, pero también me conformo.


La mayoría de los libros que he leído me los han prestado y, como tal, ya no los tengo. Si acaso, atesoro en alguna parte de mi memoria, cada vez con menos espacio para almacenar recuerdos,   nombres de personajes, breves fragmentos y la trama de varios de ellos.


Por supuesto, también he armado mi pequeña biblioteca, con muchos que no conservo y me gustaría tener en formato duro. Esa costumbre de guardarlos así no la supera ningún formato digital. No sé si seré anticuada por eso, igual me gusta. Hay libros en diferentes sitios de mi casa y a veces pierdo la noción de dónde están cuando quiero buscar uno en específico. Por eso de vez en vez necesito hacer inventarios para saber dónde ubicarlos. Es un ejercicio un poco estéril en ese sentido; lo olvido fácilmente y tengo que repetir el proceso.


Esas revisiones se vuelven también una buena práctica para destapar nostalgias. Hay en esa pequeña biblioteca retazos de muchos momentos, de tiempos pasados. Hay dedicatorias de gente querida que ya no está, de gente querida que vive lejos, de gente que me quiso y que me quiere, de gente que quiero. Libros que tenía que devolver y no pude; libros que quería prestar y no pude; libros que les guardo a mis hijos y que van deteriorándose un poco; libros de mi niñez de los que no he podido desprenderme; libros de viejos amores, de tiempos felices, de amistades que han cambiado; libros que todavía puedo compartir; libros en los que conservo flores; libros que no he leído y siempre olvido que están ahí; libros que me sacan lágrimas cada vez que los veo; libros que no me dejan olvidar y me alimentan tristezas y alegrías; libros que son parte de lo que soy y, probablemente, de lo que seré; libros que me remueven un lunes cualquiera y me llevan a escribir.

Hay amores

Que merecen más de un post en un blog, por largos ratos abandonado y en el que se habla más del desamor que de lo realmente valioso
Que duran más de una década y estás segura que serán para toda la vida. Por eso y por la esencia, jamás extraviada en todo ese tiempo.
Que hace mucho no tienen una foto para presumir, aunque atesoran algunas a modo de recordatorio de cuando reunirnos era menos complicado.
Que han aprendido a estar lejos, a ver crecer una a la otra, a contarse menos detalles de la vida que vamos construyendo y, aun así, hacerse presente para todo lo importante.
Que se dan los buenos días,cada día, por un chat de WhatsApp y aunque poco más se diga en esa fecha, es la manera de evocar el I’m here, lo mismo para una conversación seria, que para reírse con un meme.
Que se extrañan con alegría y con ese otro sentimiento no muy bien definido que imponen la distancia y el amor infinito e incondicional.
Que te dejan tantas veces sin demasiada elocuencia para decir todo lo que merecen, pero te impulsan a escribir un viernes, después de una semana en la que has pensado con frecuencia en todo eso y en la felicidad de la certeza de no perderlas nunca.

A veces parece sábado…

Una amiga me regaló esta foto porque dice que me recordó cuando la vio. Le pregunté que si por las piernas largas, pero solo me dio otros motivos con elogios, como suele hacer; porque me quiere, como la quiero yo a ella. Por esta última razón le dije que esa imagen llevaba un post para Abrazos y, aunque tarde, aquí se lo(s) traigo.

La verdad es que apenas la tuve, esta fotografía me dibujó un sábado. Los sábados son mis días preferidos, mis días idealizados. No me pregunten las razones; son las mismas que me llevan a odiar profundamente los domingos y a detestar los lunes.

Esta foto tiene todo lo que yo añoro de un sábado: tranquilidad, una tarde dedicada a algo que me gusta, un sol tenue que da la luz perfecta, y un poco de viento, que no se ve, pero que ya puesta a imaginar le he añadido.
Mis sábados son, paradójicamente, días de mucho ajetreo en casa, el día de la higienización por excelencia. Desde que me levanto ando trabajando y demoro en poder coger un chance para relajar. Así que llámenme romántica por escogerlo como mi día favorito.

El caso es que lo ansío, con trabajo o sin él, con lluvia o con sol. Ansío que lleguen sus tardes con olor café, sus tardes en las que incluso, haciendo muy poco, soy feliz. Todo está en la mente, me dirán algunos. Y es muy posible que ahí esté la causa de todo. Da igual, mientras sigan ahí esos sentimientos.

Los sábados pocas veces me atrapan el mal humor, la nostalgia, la tristeza. Hay excepciones, como en todo, pero prefiero ignorarlas. Esas energías, por suerte, contagian otras partes de la semana. Por lo menos antes lo hacían.

Últimamente las semanas se han tornado demasiado grises, demasiado iguales, demasiado extrañas. La vida nos ha cambiado a todos, que ahora somos más huraños, más desconfiados. Vamos por ahí, cuando podemos, con prisa, con desvelos, con pesares. Así ya cualquier día parece martes o jueves o viernes. Solo en ocasiones parece sábado sin serlo. Solo en instantes hay esa magia sabatina que me he inventado y que viene a salvarme del hastío que hace ya muchos meses nos envuelve.

Pero yo sigo siendo terca, sigo teniendo mi afición por el séptimo día (sin motivo religioso alguno) y mantengo la esperanza de que van a volver los tiempos más normales, las rutinas menos agobiantes.
Mi optimismo de sábado, y fiesta, y alegría, sigue intacto, aunque se me esconda a veces y tarde en encontrarlo. Por suerte sigo teniendo amigas maravillosas que me regalan una foto y yo le pongo palabras que de muchas formas me salvan.

Soledad(es)

Se está volviendo recurrente esto de encontrarme fotos que me inspiren a llegar a Abrazos después de tanto tiempo de abandono. Aprovecho estos impulsos, entonces, y dejo que las imágenes me seduzcan.

“¿Has escrito en estos días?”, me preguntaba un amigo, fiel lector, que me recuerda constantemente que haga una de las cosas que más disfruto y a la q no le presto la atención que debería. “En mi cabeza, sí”, le dije. He estado construyendo oraciones mentales, ideas, desde que mi Instagram me regaló este pretexto para decir algunas cosas sobre la soledad.

Cuando pensaba en este post que necesitaba/quería me imaginaba una foto más lúgubre, de esas en blanco y negro donde hay alguien reflexionando o con signos de tristeza. Me es difícil escribir sobre la soledad, sobre todo porque la siento demasiado cercana últimamente, porque se me representa tantas veces como esas fotografías, porque me aterra en muchos momentos.

Pero, decidí en estos tiempos en los que mi vida ha dado un giro inesperado, que la soledad puede venir combinada, puede llegar en colores como aquí (qué decir, la mezcla del amarillo y el azul me seducen irremediablemente) y ser esa luz en medio de todo.

No es que sea constantemente disfrutable; es dura, es dolorosa, es asfixiante, es la sensación de un domingo y su letargo. Eso me lo recordó otra imagen instagramera: es ese gran espacio vacío que alguien ocupó o que alguien no ocupa hace tiempo, es esa oportunidad de lidiar con tus propios demonios y exorcizarlos o cargar con ellos, es ese período de pensar demasiado y caer en tus propias trampas

.

 Sin embargo, esta foto estaba acompañada de una frase que supuestamente acuñó Bukowski (no me fío siempre de estas atribuciones) que viene a ponerte en una encrucijada: “Y cuando nadie te despierta por la mañana, y cuando nadie te espera por la noche, y cuando puedas hacer lo que quieras, ¿cómo lo llamas?, ¿libertad o soledad?”. Algo así como el to be or not to be.

Conecto estas líneas con aquella otra ilustración motivadora: la soledad puede ser todo eso anterior y, a la vez, libertad. Un estado circunstancial, una condición vital o un momento de reconciliación. Estar sola en casa durante algunos días y sentirte en paz, meterte a la ducha con tu selección vieja de música que lo mismo te pone melancólica con Elvis cantando I can´t help falling in love with you o que de repente te saca a Habana Abierta y su Báilala bien y tú obedeces y sacas del cuerpo las ganas acumuladas de fiesta.

Decirte que la vas llevando siempre bien es engañarte, es crear ilusiones que no aportan. Pero sí es necesaria a veces, sin ponerle plazos, solo dejándola estar, sin premeditarla, aunque siendo consciente de ella.

Lo dicho, este es de los posts que quería verter, de los que de alguna forma me liberan. Esos son los más complicados; una pierde la coherencia a veces y reafirma su soledad, y también su proceso de sanación, su rencuentro con lo que es o quiere ser y termina porque ya no sabe qué más decir; solo le queda repetir una y otra vez en su nuevo playlist el mejor Happy Birthday (en un no cumpleaños) que ha podido escuchar en mucho tiempo y disfrutarlo sola.

Feelings

Creer que no todo es cielo,

que no todo va,

y sin embargo ir, estar.

Saber que hay un menos allá,

 y no un más acá,

pero quedarme intacta.

Ir al inicio, reír, sentir,

estar inerte, pensando,

dudando, volando, soñando…

Llevar los ojos, los dientes, la cara,

el pelo, las manos, los pies,

el rastro. Sombra.

El agua, las nubes, la noche,

el cuerpo, los brazos.

Viento

Nada decir

Yo muda

Yo sola

Travelling

Esta foto es de mis preferidas. El clásico tipo de imagen que aparece en las redes y no sabes de dónde salió, pero te dice mucho.

Esa muchacha, Susanita (asumimos), bien podría ser yo. Porque me encantan los vestidos de lunares, porque siempre voy con sombrilla, porque me gustan los gatos, porque siempre, como ella, estoy tratando de decidir destino.

Los destinos de Susanita, como se ve, son de esos en los que una ha pensado más de una vez (el cine y sus cosas). Mis destinos también.

Esta foto es solo el pretexto para hablar sobre esos constantes viajes en los que me he visto. A veces dentro de ellos, a veces desde fuera.

Hace casi 4 años que no me siento en un avión. Hace meses que no voy en guagua, así que estos viajes de los que hablo (aunque quisiera que fueran sobre aquellos también estas líneas) son un poco más densos; decisiones como las que Susanita tiene que tomar porque su tren se va. El mío no con tanta urgencia; pero, si me pongo de nuevo insistente con mi idea de la vejez, pues un poco la premura no falta en esos momentos de sí o no.

Porque con los años la vida se vuelve eso, el sí o el no. Claro que hay paradas intermedias, pero cuando tienes delante cosas tan importantes y difíciles como la felicidad, el amor propio y el compartido, el vivir…, las medias tintas solo retrasan el camino.

En estos meses entonces, sin necesidad de transporte, he viajado mucho: a encontrarme conmigo en otras dimensiones, a mirarme desde fuera para saber un poco mirarme por dentro. He hecho y deshecho maletas (metafórica y no metafóricamente) y siento que, de alguna manera, los viajes se van haciendo más ligeros. En estos meses he vuelto a mirarme al espejo y a sentir la necesidad de descubrirme. En estos meses me he hecho miles de preguntas, he encontrado algunas respuestas y otras están en pausa.

Por ahí sigo, con sombrilla, sin gato y sin el vestido de lunares (ya llegará), saliendo de estos meses y entrando en otros. Siempre viajando (o con esa sensación) y con la buena nueva de que llegan días de volver a escribir.

Aquellos maravillosos dos mil y…

DSCF8212

Ha pasado mucho tiempo. Al menos así lo siento. Una década puede ser demasiado o casi nada. Depende. La añoranza con que pienso esos años es un buen medidor para entender que, en este caso, una década es bastante.

Antes, cuando estaban menos distantes, sentía tantas ganas de que volvieran. Ahora me he acostumbrado a la idea de que los recuerdos son solo eso, y que, por fortuna, estos son de los más lindos.

Antes yo era categórica al decir que había sido la mejor época de mi vida. Ahora soy un tanto más flexible y dejo una esquinita abierta a la oportunidad de saber qué vendrá después.

Pero sí tengo certezas, como la de que el pre fue una etapa de alegría, ese concepto que en aquel tiempo se traducía en aprender a relacionarme con personas muy diferentes, en estudiar taaanto, en adorar la Química, en tener horarios para todo, en estar constantemente arreglando la blusa que me quedaba corta, en tardes de naranjas, en compartir meriendas y almuerzos, en hacer picnics los domingos, en bailar casino hasta el cansancio, en estar, por primera vez, 11 o 21 días fuera de casa…

Y no es que haya tenido unos años emocionantes de los que tanta gente cuenta. Eran, más bien, tranquilos. Y claro que hubo crisis de adolescente, y tormentos de amores no correspondidos y de todos esos pequeños traumas que aparecían alguna vez. Pero cuando me pongo a ver las imágenes que congelan algunos momentos de aquel tiempo en nada de eso pienso.

Me quedo con los días de escuchar a Maroon 5, a Silvio, a Coldplay, a Jarabe de Palo…; de leer Mujercitas, Habana Babilonia o cualquier otra cosa recomendada (o no); de comenzar a querer a las amigas que nunca se han ido; de conversar sentada en un pasillo con gente que hace mucho no veo; de ser “la flaca” y estar encantada con ello; de pelo largo y menos largo; de tardes en el campo; de rutinas no agobiantes; de tener cierta inocencia adorable. Me quedo con los días que se parecen mucho a esta foto, que se parecen mucho a la felicidad.

 

Piernas largas

IMG_20200609_185231

En algún momento comencé a quererlas. Porque antes no, antes yo renegaba de ellas, y reclamaba demasiado porque parecían exageradas, porque me sentía un poco diferente.

En algún momento comencé a quererlas, que viene siendo más o menos que en algún momento empecé a quererme más también.

En algún momento comencé a sentir que mi reflejo en el cristal no era una tortura, y la delgadez, y la carne de menos en varias partes de mi cuerpo, y los demás opinando todo el tiempo…

En algún momento entendí que al final son solo eso, piernas largas, como las manos, que también lo son. Y que tienen sus ventajas, si se miran con los ojos adecuados.

En algún momento aprendí a sacarles provecho; para acortar distancias, para subir escaleras, a veces para bailar, para recostarme de una cama a otra y estirarlas, o para apoyar los pies a la pared y descansar, oír música, leer, mirarte…

En algún momento yo comencé a verlas atractivas, sexys, a entenderlas, como si fueran una prenda de vestir que quieres te quede bien. Ellas tal vez, puedan ser un rasgo para distinguir, uno de varios.

En algún momento ellas frente al espejo fueron más felices. En algún momento, ya no importa cuándo, yo también empecé a serlo.

La tarde

 

IMG_20200522_143430

La luz que en tus ojos arde/si los abres amanece/cuando los cierras parece/ que va cayendo la tarde…

Tardes atorrantes, tardes lluviosas, tardes con viento, tardes que parecen de domingo y películas y andar callados, tú recostado en mi vientre, yo dejándome acariciar el pelo; tardes que huelen a café; tardes de playlists que sacuden la melancolía, o la alientan, que remueven las ganas de que todo acabe para salir a bailar; tardes con mucho para hacer y los deseos haciendo resistencia; tardes de ejercicio, y exhalación y estiramientos; tardes sin un nosotros.

Tardes que no distinguen abril de mayo, o lunes de jueves; tardes con desesperación para que llegue la próxima tarde, y la otra, y la otra; tardes para creer que faltan menos tardes; tardes de felicidad recostada en el piso; tardes de estar a distintos lados del teléfono; tardes de espera; tardes de pensar en las tardes que vendrán y de sentir que este repetir, este hablar de un momento del día es solo una manera más de liberar, de decirte lo que ya sabes, lo que ya sabemos.

 

Pedaleando

FB_IMG_1586279460177

Es una cierta afición por el pedaleo. No al punto de inclinarme por el ciclismo, más bien el mirarlo,o sentirlo, desde lo romántico. Y digo romántico porque no encuentro una palabra mejor. Tiene que ser algo así para descubrir algún encanto a ir con el sol que revienta y el sudor molestando. Claro que el encanto ahí es reducido, si se compara con la manera en la que me lleno de una pequeña dosis de felicidad cuando voy loma abajo y el aire me ayuda, me inspira, me calma, y al mismo tiempo me desorienta porque voy maquinando mientras pedaleo. Maquinando sobre el trabajo, elaborando un título o un primer párrafo, pensando en ti, maquinando sobre el futuro, que es uno de mis deportes preferidos.

La historia del pedaleo no es de data antigua si se tiene en cuenta que empezó de manera oficial a los 18 años. Un poco tarde pero con un comienzo que solo tuvo el trauma de ver a niños riéndose de que con ese tamaño estuviera iniciándome en las lides del bicecletear. Por lo demás fue solo lograr un tanto de equilibrio y salir a aprender los caminos, sin caídas, sin demasiados tropiezos. Debe ser que por no resultarme tan difícil, por lograr superar ese miedo, me ayuda tanto montar en la bicicleta y ponerle presión a los pedales.

Con esa relación, me encuentro entonces esta imagen en un muro de Facebook que últimamente solo me trae más angustias que alegrías y me da por ponerle algunas ideas a este blog abandonado. Hay una risa tan linda en esta foto que no puede menos que sacarme un poco de inspiración y recordarme que cuando todo esto pase, me espera el pedaleo para sentir que, de a poco, las cosas intentan ponerse de nuevo en su lugar.