
Yo solía leer un montón hace algunos años. Eso ha ido cambiando, sin que tenga alguna explicación. Porque siempre trato de buscarle la causa a todo, aunque no tenga suerte en el intento. Este es uno de los casos. He pretendido creer, entonces, que los cambios en la vida y en mi vida han hecho lo suyo de algún modo para que haya ido perdiendo esa habilidad, por llamarle de alguna manera. Me lo reprocho, pero también me conformo.
La mayoría de los libros que he leído me los han prestado y, como tal, ya no los tengo. Si acaso, atesoro en alguna parte de mi memoria, cada vez con menos espacio para almacenar recuerdos, nombres de personajes, breves fragmentos y la trama de varios de ellos.
Por supuesto, también he armado mi pequeña biblioteca, con muchos que no conservo y me gustaría tener en formato duro. Esa costumbre de guardarlos así no la supera ningún formato digital. No sé si seré anticuada por eso, igual me gusta. Hay libros en diferentes sitios de mi casa y a veces pierdo la noción de dónde están cuando quiero buscar uno en específico. Por eso de vez en vez necesito hacer inventarios para saber dónde ubicarlos. Es un ejercicio un poco estéril en ese sentido; lo olvido fácilmente y tengo que repetir el proceso.
Esas revisiones se vuelven también una buena práctica para destapar nostalgias. Hay en esa pequeña biblioteca retazos de muchos momentos, de tiempos pasados. Hay dedicatorias de gente querida que ya no está, de gente querida que vive lejos, de gente que me quiso y que me quiere, de gente que quiero. Libros que tenía que devolver y no pude; libros que quería prestar y no pude; libros que les guardo a mis hijos y que van deteriorándose un poco; libros de mi niñez de los que no he podido desprenderme; libros de viejos amores, de tiempos felices, de amistades que han cambiado; libros que todavía puedo compartir; libros en los que conservo flores; libros que no he leído y siempre olvido que están ahí; libros que me sacan lágrimas cada vez que los veo; libros que no me dejan olvidar y me alimentan tristezas y alegrías; libros que son parte de lo que soy y, probablemente, de lo que seré; libros que me remueven un lunes cualquiera y me llevan a escribir.









