
«Adrián Di Manzo muestra en Desilusiorama, su más reciente colección de relatos, una destreza que se halla ausente en las restantes acciones de su vida.
Mediante una prosa despojada de pomposidades y evitando el trillado camino del refutador de leyendas, que opta casi siempre por demostrar la irrealidad de mitos, idealismos y enamoramientos, nos provee de una visión alternativa de lo que cada uno oculta. La profusión de detalles con la que nos obsequia nos convence no sólo de su existencia, sino de que su versión de los hechos es la única posible, a la vez que empezamos a sospechar que, en ocasiones, la piadosa nada es preferible a la tan venerada verdad.
Desilusiorama tampoco renuncia a ser, al menos en parte, un reflejo de la época y el lugar en el que fue escrito; desiste, sí, del grito del panfleto ideológico y del exceso de corrección política.
Si, contra toda advertencia, usted decide finalmente aventurarse a través de estas páginas, debe observar un último cuidado hacia esta literatura que, según su propio autor, tiene “la profundidad de un charco”. En toda la obra, y al modo de los mejores ilusionistas, se nos distrae constantemente hacia la hondura escasa de sus temas, obstaculizando percibir un peligro más complejo, que sin embargo permanece todo el tiempo a la vista: si el agua que lo forma es suficientemente turbia, nadie sabe realmente que tan profundo es un charco.»
Javier Marra

«Para remontar un barrilete se necesitan tres cosas: el barrilete (obvio), un hilo largo que llegue hasta el cielo y, sobre todo, viento. Sofi tenía el barrilete (uno mitad naranja, mitad amarillo, con flecos rojos y una cola de trapo de muchos colores), un montón de hilo enrollado con mucho cuidado para que no se le hiciera una galleta (así le decía su papá al hilo cuando estaba todo enredado) y muchas ganas de remontar el barrilete (un montón de ganas más grande que el montón de hilo enrollado).