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  • “Hoy volviste en mis sueños.
    Pero al despertar, el vacío…
    el vacío seguía siendo el mismo.”

  • Arcilla, grieta y luz

    Arcilla, grieta y luz

    Nos rompimos sin hacer ruido, como la tierra que se abre para dejar pasar la raíz, como la piel que se agrieta sin pedirle permiso al invierno. Éramos dos cuerpos formados por el tiempo, arcilla endurecida por la costumbre, llenos de fisuras que no dolían hasta que alguien las miraba. Y tú me miraste. Y yo te miré. Y en ese gesto mínimo, nuestras grietas dejaron de esconderse.

    Nos abrazamos como quien recoge los fragmentos sin intención de repararlos, sólo para reconocer su forma rota. Aprendimos que hay ternura en lo que ya no puede restaurarse, que incluso en la fractura hay un lugar cálido donde descansar del mundo.

    Cerramos los ojos, no por ceguera, sino por refugio: una intimidad hecha de silencios, de ruinas que se reconocen sin miedo. Y aunque desde fuera parecíamos estatuas quebradas, nosotros sabíamos que en cada grieta había una historia, y en cada historia, una verdad que intentaba sostenerse.

    No fuimos perfectos. Y aun así, quise envolver cada una de tus grietas con nuestro amor. No alcanzó, pero fue sincero.

  • Barrotes

    Barrotes

    Aprendimos pronto a medir los pasos. No porque alguien nos lo ordenara de forma explícita, sino porque el cuerpo termina entendiendo antes que la cabeza. Hay líneas que no conviene cruzar, palabras que pesan más de la cuenta y gestos que llaman la atención equivocada. Al principio cuesta. Después se vuelve costumbre.

    Los barrotes están ahí desde siempre. Algunos son visibles, fríos, alineados con una precisión que no admite errores. Otros no se ven, pero se sienten igual: en la forma en que bajamos la voz, en cómo miramos antes de hablar, en ese reflejo casi involuntario de comprobar quién escucha. Nadie nos enseñó eso. Lo aprendimos observando a los demás.

    La rutina es lo que mantiene todo en su sitio. Levantarse a la misma hora, repetir los mismos trayectos, ocupar siempre el mismo espacio. Aquí, moverse demasiado despierta sospechas. Preguntar, también. Por eso muchos prefieren el silencio. No porque no tengan nada que decir, sino porque ya conocen el precio.

    Algunos recuerdan un tiempo distinto. Dicen que antes los barrotes eran menos, o al menos más anchos, y que se podía respirar sin miedo. Yo no sé si creerles. Nací aquí. Para mí, este es el único modo posible de estar en el mundo. Cuando hablo de afuera, lo hago como quien repite una palabra aprendida de memoria, sin haberla visto nunca escrita.

    De vez en cuando, alguien insiste en que esto no puede ser todo. Que en algún lugar existe otra forma de vivir, sin vigilancias constantes ni permisos para cada cosa. Suelen decirlo en voz baja, casi con vergüenza, como si nombrar esa posibilidad fuera ya una falta. No duran mucho. O aprenden a callar, o desaparecen del todo.

    Lo más extraño no son los barrotes, sino cómo dejan de doler. Al principio uno los golpea con rabia, se lastima las manos, maldice. Con el tiempo, aprende a apoyarse en ellos. A usarlos de referencia. Incluso de apoyo. Hay quien llega a defenderlos, como si sin ellos el suelo pudiera desmoronarse bajo los pies.

    A veces me pregunto cómo sería vivir sin esta estructura que nos contiene y nos limita.

    Estamos rodeados de mar.

    Dicen que hubo otras prisiones famosas, hechas para que nadie escapara.

    Pero ésta, esta es mucho más grande.

  • El escritor de vidas

    El escritor de vidas

    En una calle estrecha, escondida entre librerías de viejo y cafés olvidados, existe un despacho diminuto con una puerta azul descolorida. No tiene rótulo, salvo una hoja clavada con un alfiler que reza:

    “Se reescriben vidas. Discreción garantizada.”

    Allí trabaja un hombre delgado, siempre con un tintero a medio gastar y montones de papeles amarillentos. Nadie sabe su nombre verdadero; los pocos que lo encuentran lo llaman simplemente el escritor.

    Su oficio es extraño: escucha la historia de quienes llegan derrotados por el tiempo —un amor que se marchitó, una amistad traicionada, una vocación nunca realizada— y la reescribe en cuadernos de tapa negra. Sus palabras no borran el pasado, pero lo reacomodan. Cuando entrega las páginas, los clientes descubren que su propia vida comienza a seguir los renglones recién escritos: el amor reaparece bajo otro rostro, la amistad perdida se transforma en una nueva, la vocación olvidada renace disfrazada de oportunidad inesperada.

    El escritor nunca promete felicidad, solo otra oportunidad. Y los que cruzan la puerta azul suelen salir con los ojos brillantes, como si acabaran de despertar de un largo sueño.

    Pero lo que nadie sabe es que, tras cada vida que reescribe, él guarda la secreta esperanza de que al fin, al llegar la última línea, también su propia historia cambie. Cada noche abre un cuaderno vacío y empieza a escribir su vida como le hubiera gustado vivirla: con amores que no se marchan, con caminos que no terminan en callejones, con un futuro que aún lo espera.

    Hasta ahora, las palabras solo han sido tinta. Pero él sigue escribiendo, convencido de que algún día la realidad cederá, y que su propia puerta azul se abrirá hacia una historia nueva.

  • ✨Agradecido✨

    ✨Agradecido✨

    Quiero agradecer de corazón a Omar Enrique Sotomayor Machado por tomarse el tiempo de enviarme esta foto tan especial con mi libro “Luces, sombras y otras verdades” 📖✨
    No hay mayor satisfacción para un autor que saber que su obra está llegando a manos de lectores reales y acompañándolos en su propio camino.

    Gracias, Omar, por el apoyo y por ser parte de esta historia.
    “Luces, sombras y otras verdades” está disponible ahora mismo en Amazon para quienes deseen leerlo.👇🏼
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    ¡Gracias por leer y por compartir! 🙏

  • Conclusiones.

    Conclusiones.

    …y al finalizar los créditos, cada uno desde su perspectiva, siente que perdió.

  • ✨Entre cierre y comienzo✨

    ✨Entre cierre y comienzo✨

    El bloque azul se inclina y marca el paso de un año al otro. No es solo un cambio de cifras: es la señal de que un ciclo se completa y otro se abre. 

    2025 queda atrás con sus libros, sus búsquedas, sus negociaciones, sus historias que encontraron lugar y forma. Fue un tiempo de consolidar obsesiones, de dar estructura a lo íntimo y lo oscuro, de defender una visión que no se acomoda fácilmente a moldes. 

    2026 aparece como un espacio aún en blanco, dispuesto a recibir nuevas arquitecturas narrativas, mitos que esperan ser escritos, personajes que aguardan su turno. Es la oportunidad de seguir tejiendo un universo donde cada relato se conecta con los demás, donde las sombras y las verdades se organizan en ciclos más amplios. 

    Hay imágenes nuevas que llegarán, y otras, sin embargo, que se han quedado para acompañarnos, recordándonos de dónde venimos y hacia dónde seguimos caminando. 

    Gracias por acompañarme en este tránsito. Que el próximo año nos encuentre atentos, creativos y dispuestos a seguir construyendo juntos. 

    🥂 Felices fiestas y un próspero 2026 para todos. Que sea un año de descubrimientos, de historias que nos transformen y de caminos que nos acerquen más a lo que somos. 🥂

  • La balanza

    La balanza

    El frío de la madrugada se colaba por las rendijas del estudio, pero él no lo sentía. Lo único que existía era el crujido seco de la pluma sobre el papel y el silbido tenue de la estufa a leña. Samuel había vuelto a escribir.

    Durante seis años, la página en blanco había sido su desierto personal, un páramo de niebla mental donde las palabras se desintegraban antes de nacer. Había sido profesor de literatura, un hombre que enseñaba a otros a navegar los mares de la ficción mientras su propio velero se pudría en un puerto seco. El bloqueo no fue un visitante repentino; fue un lento estrangulamiento. Primero dejaron de venir los finales satisfactorios. Luego, los personajes. Al final, hasta las frases más simples —«El día amaneció gris»— le sabían a mentira, a fórmula vacía.

    El año que terminaba había sido el de su milagro. O su pacto, nadie sabía a ciencia cierta…

    Todo comenzó con Elena. Su nombre, ahora, era una llaga en la memoria. Ella era la luz contraria a su oscuridad, una pintora de paisajes interiores que creía, con una fe inquebrantable, en el genio atrofiado de Samuel. «El pozo no está seco», le decía, acariciándole las sienes canosas. «Sólo hay que cavar más hondo, aunque duela.»

    Y cavó. Ella fue su pala, su cuerda, su linterna. Le creó un ritual: madrugadas en silencio, té de jengibre, música de cuerdas mínima. Le prohibió la autocrítica. Le obligó a escribir tres páginas de cualquier cosa cada día, aunque fueran incoherentes. Y, lentamente, el hielo comenzó a crujir. Primero surgió un personaje: un relojero que reparaba tiempos rotos. Luego una trama: el relojero encontraba un cronómetro que podía detener instantes de felicidad para siempre.

    Samuel escribía con el fervor del náufrago que ve tierra. El manuscrito crecía, se volvía sólido, real. Elena celebraba cada capítulo como un parto. Pero Samuel, en su renacer literario, se fue muriendo para todo lo demás. Dejó de vivir para poder contar. Las caminatas con ella los domingos fueron reemplazadas por sesiones maratonianas frente al escritorio. Las cenas con miradas y risas se convirtieron en comidas frías, apuradas, mientras su mente vagaba por los paisajes de su novela. Dejó de ver a sus amigos. Dejó de sentir la lluvia en la cara.

    La balanza. Ésa era la imagen que lo atormentaba ahora, en la última noche del año. La veía con claridad: un antiguo artefacto de latón y madera. En un platillo, brillante y pesado, estaba el manuscrito terminado. «El Cronómetro de las Horas Frágiles». Trescientas páginas de prosa perfecta, la mejor que había escrito en su vida. Una obra que, intuía, trascendería.

    En el otro platillo, vacío y subiendo en un simbólico y desgarrador vuelo, estaba todo lo que había puesto allí para contrapesarlo. El tiempo con Elena. La paciencia de ella, agotada. La luz en sus ojos, apagada. La última discusión, un mes atrás, era ahora el eco que reemplazaba al tic-tac del reloj.

    —«No te he perdido por otro hombre, Samuel», le dijo ella, con una calma más aterradora que cualquier grito. «Te he perdido por un mundo que sólo existe aquí» —y señaló su frente—. «Vives en cada historia la vida que no tienes el valor de vivir conmigo.»

    Se fue. Y él, después de un día de parálisis total, volvió al manuscrito. Era el único lugar donde sabía habitar.

    ¿Había valido la pena? La pregunta era el compás de sus nuevos días. La miraba en el espejo al afeitarse, la saboreaba amarga en el café solo. A veces, al releer pasajes particularmente logrados, sentía un arrebato de triunfo tan puro que la respuesta era un «sí» rotundo. Había creado algo permanente, algo que quedaría cuando su nombre y el de Elena fueran polvo.

    Pero luego, en el silencio cargado de la casa, cuando el olor a trementina de su estudio (herencia de Elena) se colaba bajo la puerta, el «no» era un puñal. Había canjeado la tibieza de una mano en la suya, las anécdotas compartidas, el futuro construido a dos, por sombras de tinta. Había elegido el eco sobre la voz.

    Ahora, en la última hora del año, Samuel no brindaba. No miraba fuegos artificiales. Escribía. No la secuela de su novela, sino una carta. Una carta a Elena que nunca enviaría. En ella, el personaje era él, un hombre que había ganado el mundo y perdido su razón para habitarlo. La prosa era desgarradora, auténtica, llena de una vida que, irónicamente, sólo podía plasmar ahora que la había perdido.

    Terminó la última línea y dejó caer la pluma. La balanza, en su mente, seguía en perfecto equilibrio, un equilibrio insoportable. El platillo del arte, pesado, glorioso, frío. El platillo de la vida, ligero, vacío, infinitamente cálido en el recuerdo.

    Había vuelto a ser escritor. El costo había sido su vida. Y en ese intercambio despiadado, comprendió la verdad más dura: para narrar el alma humana, a veces hay que dejar la propia en prenda. El año nuevo llegaría, pero para Samuel ya no habría primaveras reales, sólo las que pudiera inventar.

    Y así, el escritor que había conquistado las palabras, se condenó a vivirlo todo por segunda mano, desde la butaca vacía de su propio estudio, siendo un fantasma en las historias que eran su única y magnífica tumba.

  • Censo

    Una forma de contar
    lo que queda.
    No para acumular,
    sino para saber qué merece quedarse.

    Censar es medir el espacio real,
    distinguir entre lo necesario
    y lo que solo rozó el borde.
    Es aceptar los límites
    y la verdad de lo que cabe.

    Hay presencias que alguna vez ocuparon este lugar
    como sombras pasajeras.
    Otras, en cambio, se enraizan
    y definen el mapa entero.

    El recuento final es mínimo.
    El lugar, estrecho.
    El aire huele a lo justo,
    como un cuarto apenas iluminado por la tarde.

    Nada sobra.
    Nada falta.

    En el territorio del corazón
    solo hay cabida para alguien
    que haga vibrar cada rincón.

    Y sí,
    ese alguien,
    ese alguien eres tú.

  • ✨ ¡Muchísimas gracias! ✨

    ✨ ¡Muchísimas gracias! ✨

    Quiero agradecer de corazón a Roward Manrique por enviarme esta foto con mi libro Luces, sombras y un par de sueños. Nada me alegra más que ver cómo estas páginas encuentran un lugar en las manos y en la vida de los lectores. 

     Este libro, tejido de luces y penumbras, de sueños y verdades, está ahora mismo disponible en Amazon con oferta especial de fin de año.
    https://www.amazon.com/dp/B0FF5BVF1M
    Una oportunidad perfecta para quienes deseen sumergirse en sus historias y dejarse acompañar por ellas en este cierre de ciclo. 

     Gracias, Roward, por ser parte de este viaje literario. Y gracias a todos los que siguen dando vida a mis palabras. 

  • Alzando las copas.

    Alzando las copas.

    La sala estaba llena de voces. Risas, brindis, y el tintinear de las copas chocando una y otra vez. La Nochebuena se desplegaba como siempre, entre los rostros iluminados por las luces del árbol y el aroma a comida que se deslizaba por el aire. Las copas se alzaban, una tras otra, como si el tiempo mismo se detuviera en ese instante perfecto de la celebración.

    “¡Por nosotros!”, gritó alguien, y las copas se chocaron con fuerza. El vino se movía dentro del vidrio mientras las risas se desbordaban por toda la habitación. “¡Salud!”, respondió otra voz desde algún rincón. Y otra copa se alzó, y otra, y otra.

    Era una de esas noches donde todo parecía ir al mismo ritmo. Las frases se repetían, las historias volvían a contarse, y nadie parecía cansarse de levantar la copa. Cada brindis parecía el último y, al mismo tiempo, siempre había uno más esperando su turno.

    “Por el amor”, dijo otra persona. Y, sin mirarnos, las copas volvieron a elevarse.

    Hubo un breve silencio. Apenas un segundo. El suficiente para sentir el peso del vaso en la mano, para escuchar el sonido del vidrio apoyándose sobre la mesa, antes de que la risa regresara, más suave, más profunda.

    La noche avanzaba sin apuro. Las luces del árbol seguían brillando, y los brindis ya no eran tan fuertes, pero seguían llegando, como si nadie quisiera quedarse afuera de ese gesto compartido.

    Cuando el reloj marcó la medianoche, algo cambió en el aire. Nada visible. Nada que pudiera nombrarse. Las voces siguieron celebrando, las copas continuaron chocando, como si todo estuviera exactamente donde debía estar.

    Alzamos las copas.

    Juntos, pero en sitios distintos.

  • Operación regalo navideño

    Operación regalo navideño

    La misión había sido autorizada al más alto nivel.
    El objetivo era claro: localizar y asegurar el paquete clasificado que el Alto Mando protegía con extremo recelo.

    El riesgo era máximo.
    La vigilancia, permanente.
    Un solo error… y todo se perdería.

    Pero el agente estaba preparado. Entrenado en misiones de alta dificultad —como rescatar galletas de la cocina o evadir duchas no autorizadas—, había perfeccionado cada detalle de su estrategia.

    Equipo de infiltración: linterna táctica, zapatillas de infiltración silenciosa y un plano mental de la casa, estudiado tras incontables expediciones.

    Sigilosamente, se deslizó por el pasillo principal.
    Las luces de la sala estaban apagadas; sin embargo, desde la cocina se escuchaban movimientos: los agentes enemigos preparando la cena. Estaban distraídos. Perfecto.

    Activó su modo sigiloso y entró en la zona de almacenamiento.
    Allí estaba el objetivo: voluminoso, brillante, cuidadosamente protegido bajo capas de envoltorio críptico. El tamaño coincidía exactamente con el Informe Anexo A: Carta a Papá Noel.

    Estiró la mano lentamente…
    Cuando de pronto —crack—, un traicionero crujido bajo su pie izquierdo congeló el tiempo.

    —Maldita pieza de construcción —susurró.

    Contuvo la respiración. El corazón latía como un tambor de guerra.

    Justo cuando sus dedos rozaban el paquete, una voz grave y poderosa resonó en el aire:

    —¡Alto ahí, agente! ¿A dónde crees que vas tan sigilosamente? —dijo el padre, emergiendo de las sombras con una sonrisa apenas disimulada bajo su bigote de comandante.

    —¿Creías que podrías completar la misión sin ser detectado? Recuerda la regla número uno de la Agencia: quien abre su regalo antes de tiempo… ¡pierde automáticamente su derecho a recibirlo!

    Derrotado, el pequeño agente bajó la cabeza y se retiró hacia su base de operaciones (también conocida como su habitación).

    Pero antes de cerrar la puerta, lanzó una última mirada calculadora hacia el padre y murmuró:

    —Tranquilo, comandante… mañana vuelvo con refuerzos (y con el perro).

    Misión abortada.
    Fin de la operación.

  • El fósforo

    El fósforo

    Toda su vida se sintió especial. A diferencia de los objetos comunes a su alrededor —cucharas, lápices, monedas perdidas— él cargaba con un propósito. Un destino brillante, fulminante y único.

    No lo decía en voz alta, claro está, pero lo pensaba mientras yacía, junto a los demás, en aquella caja oscura. Cada vez que alguien deslizaba los dedos por encima, conteniendo la respiración, rogaba no ser elegido. Le aterraba la chispa, la fricción, el fin.

    “Ya llegará el momento”, se decía. “No hay prisa. Aún queda tiempo.”

    Y mientras tanto, soñaba con lo que sería. Una luz repentina en medio de la sombra. El comienzo de un fuego. Tal vez encendería una vela en medio de un apagón. Tal vez un cigarro tembloroso en los labios de un hombre solo. O una fogata en la montaña, alrededor de la cual alguien contaría historias. Historias donde él sería el inicio de todo.

    Pero la espera se hizo larga. Otros fósforos fueron elegidos, uno a uno, con sus propios finales. Y él seguía ahí, intacto, entero, virgen de destino. Su cabeza rojiza comenzó a agrietarse. Se sintió olvidado. Un fósforo entero no sirve de nada si nadie lo enciende.

    Una tarde cualquiera, sin ceremonia alguna, lo tomaron. Sintió el aire por primera vez, la vibración leve de la mano. Lo acercaron a la caja. Sintió el roce. El calor. El miedo. Y justo antes de arder pensó en resistirse, en apagarse de algún modo.

    Pero entonces ocurrió.

    La chispa.
    El destello.
    La llama.

    Por un instante, fue todo lo que soñó. Una danza breve de fuego puro. Calor. Luz. Sentido.

    Duró apenas unos segundos. Pero fueron suyos. Y en ellos —finalmente— supo que no había nacido para durar, sino para encender.

  • Libros publicados en 2025

    📖 21 libros. 12 meses. Un mismo pulso editorial: ROQUE LIBROS.

    Libros publicados en 2025
  • Entre la niebla

    Entre la niebla

    Al principio, la niebla era apenas un velo ligero sobre la calle, como un suspiro húmedo que apenas rozaba la piel. Caminaban cerca, sus pasos resonaban en el suelo mojado, las luces de las farolas apenas atravesaban la bruma.

    Seguían caminando, pero la niebla crecía. Se volvía densa, pegajosa, hasta envolverlo todo. Los colores se desvanecían, los contornos se volvían borrosos. Se llamaban, pero las voces se perdían en el aire frío, apenas un murmullo que se alejaba.

    Extendían las manos, buscaban la figura del otro, pero solo encontraban vacío. Intentaban avanzar, pero tropezaban con sombras invisibles, con caminos que se desvanecían bajo sus pies.

    La niebla parecía tragarlos. Susurraba secretos que ninguno podía entender. Los rostros se perdían en la bruma, las miradas se escapaban sin encontrarse.

    Gritaban, sí, pero la niebla apagaba sus voces. Solo quedaba el silencio, espeso y frío, que los envolvía como un abrazo oscuro.

    Hasta que un día, sin saber cuándo ni cómo, dejaron de moverse. Ya no hubo gritos ni pasos. Solo la quietud…

    Y así permanecían, en la misma cama, cada uno con su móvil en la mano. Juntos, pero a mil kilómetros de distancia.

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