Anna Forés Miravalles

Per seguir somiant


Educar la empatía desde el cerebro: claves neurocientíficas para la escuela, gran Jesús Guillén

Si evolucionáramos para no sentir nada por los demás, la humanidad sería una tragedia.

Ben Rein

La empatía refleja la capacidad de experimentar y comprender los pensamientos y emociones de otra persona. Es un aspecto fundamental de la cognición social humana, esencial en las interacciones sociales y, por lo tanto, fundamental para nuestro bienestar emocional. Por el contrario, el procesamiento empático atípico contribuye a la disfunción social y dificulta el desarrollo de relaciones interpersonales sólidas y estables (Gamble et al., 2024). Todo ello tiene grandes implicaciones educativas y sociales.

¿Qué es la empatía?

La empatía no es un concepto unitario. Los neurocientíficos han estudiado durante décadas dos grandes categorías de la empatía: la empatía afectiva (o emocional) que nos permite sentir lo que sienten los demás y la empatía cognitiva, que nos permite comprender lo que piensan o sienten. Estas dos formas de empatía que implican emociones o pensamientos, respectivamente, suelen coexistir e interactuar. Si primero percibimos las emociones de alguien (empatía emocional), podemos comprender inmediatamente lo que está pensando (empatía cognitiva). Y si primero comprendemos lo que piensa (empatía cognitiva), podemos llegar a percibir sus emociones (empatía emocional). Esta es una primera aproximación, aunque insuficiente. Por ejemplo, la empatía afectiva puede conducir a una motivación altruista, como cuando donamos dinero a víctimas de una catástrofe ambiental que acabamos de ver en televisión. Es lo que conocemos como compasión. Sin embargo, también puede generar una reacción aversiva que nos lleve a evitar el sufrimiento ajeno, como cuando cambiamos de canal para no seguir viendo esas imágenes.

Una característica esencial de la empatía es que, al entrar en resonancia afectiva con alguien, sabemos que lo que sentimos proviene del otro, sin confundir sus emociones con las propias. Esto la diferencia del contagio emocional, en el que sentimos la emoción del otro sin ser conscientes de su origen. El contagio emocional se considera un precursor de la empatía y es observable en niños pequeños y en muchas especies animales.

La empatía afectiva ofrece una vía más directa que la cognitiva para predecir el comportamiento del otro, al compartir sus emociones. Y es una herramienta útil para evaluar, por medio de la experiencia del otro, el mundo que nos rodea. Sin embargo, es la compasión la que conduce al altruismo, ya que implica el deseo consciente de aliviar el sufrimiento ajeno y promover su bienestar. La compasión no exige sentir el dolor del otro, sino una actitud cálida y genuina de cuidado (Singer, 2025).

Por todo ello, en los últimos años, los estudios neurocientíficos sobre la empatía incluyen tres dimensiones diferenciadas pero interrelacionadas (Zaki y Ochsner, 2012): una dimensión afectiva (empatía afectiva: “siento contigo”), una dimensión cognitiva (empatía cognitiva: “te comprendo”) y una dimensión motivacional (compasión: “quiero ayudarte”). Como veremos en el siguiente apartado, se han identificado correlatos neurales distintos para cada una de estas dimensiones.

Analicemos un ejemplo en el que pueden darse estas dimensiones. Durante una clase de Bachillerato, el profesor anuncia que ese mismo día se realizará una exposición oral que representa un porcentaje importante de la calificación final de la asignatura. Un estudiante comienza a mostrarse muy inquieto: evita el contacto visual, mueve constantemente las manos, respira de forma rápida y mira repetidamente el reloj. Cuando le llega el turno de exponer, se queda en silencio, la voz le tiembla y dice que no puede hacerlo. Al observar la escena, varios compañeros empiezan a sentirse incómodos y tensos; el aula se vuelve silenciosa y cargada. El profesor nota que él mismo experimenta cierta presión y nerviosismo ante la situación. Se trata de un contagio emocional. El profesor recuerda que ese estudiante suele tener dificultades con la exposición oral y que, para un adolescente, equivocarse frente al grupo puede vivirse como una amenaza al propio valor personal. Siente empatía. Se acerca a él le habla con calma, le coge de la mano e intenta calmarlo. Es un acto de compasión. Le ofrece dos alternativas: empezar leyendo una parte de su trabajo o realizar la exposición otro día en un formato más reducido. Si la perspectiva fuera meramente cognitiva, el componente afectivo estaría ausente. El profesor interpretaría que el estudiante se pone muy nervioso cuando habla en público, pero no sentiría ansiedad ni un sentimiento de calidez.

El cerebro empático

La mayoría de los estudios sobre empatía se han centrado en el dolor. Las neuroimágenes muestran que se activan áreas cerebrales similares cuando observamos a alguien sufrir y cuando experimentamos dolor en primera persona (Lamm et al., 2011). En concreto, se activan la corteza cingulada anterior y la ínsula anterior (se activan más regiones en los diferentes tipos de empatía; ver figura 1). Como curiosidad, estas dos regiones contienen neuronas de von Economo que se cree que están involucradas en la empatía y la conciencia social (Allman et al., 2011).

Afortunadamente, no se da una superposición completa entre ambas experiencias. Si sentir el dolor ajeno fuera idéntico al propio, estar cerca de alguien que sufre resultaría insoportable y dificultaría la ayuda. Tanto el déficit como el exceso de empatía pueden ser perjudiciales.

La pregunta que nos podríamos plantear es si podría verse afectada nuestra empatía si utilizáramos algún fármaco para eliminar el dolor. En un estudio, los participantes tomaron una dosis de un gramo de paracetamol o un placebo antes de leer relatos sobre el dolor físico o social de una persona. Sorprendentemente, aquellos que tomaron el paracetamol mostraron una reducción de la empatía afectiva ante el dolor ajeno. Sin embargo, calificaron de forma similar que el grupo placebo lo dolorosa que fue la experiencia para el protagonista de la historia, es decir, no se vio perjudicada la empatía cognitiva (Mischkowski et al., 2016).

Figura 1. Regiones cerebrales asociadas a la empatía afectiva (en amarillo): ínsula anterior (IA), corteza cingulada anterior (ACC), corteza premotora (CMM), lóbulo parietal inferior (IPL); empatía cognitiva (en azul): corteza prefrontal medial (mPFC), precúneo, corteza cingulada posterior (PCC), unión temporoprietal (TPJ), polo temporal (TP); compasión (en rojo): corteza orbitofrontal medial (mOFC), estriado ventral (VS), área tegmental ventral (VTA) (Weisz y Cikara, 2021).

Comentar, finalmente, que la lesión o disfunción de las diferentes estructuras o circuitos corticales y subcorticales asociados a la empatía puede conducir a una alteración de la misma o incluso a la falta de esta. Por ejemplo, la alexitimia se caracteriza por déficits en la empatía emocional y está vinculada a un volumen reducido de la amígdala; el autismo se caracteriza principalmente por una empatía cognitiva reducida y se asocia a una activación prefrontal medial reducida; y la psicopatía, cuyos rasgos distintivos son déficits en la empatía emocional y falta de compasión, está vinculada sistemáticamente a malformaciones estructurales e hipoactivación en la amígdala, así como a disfunciones en la ínsula anterior y la corteza cingulada ante situaciones de empatía del dolor (Marsh, 2018).

Genética vs. ambiente

Como solemos decir, la genética condiciona, pero no determina. Se han identificado variantes genéticas que pueden afectar el funcionamiento cerebral asociado a la empatía, ya sea potenciándolo o debilitándolo. Por ejemplo, las personas con ciertas variantes del gen del receptor de oxitocina (OXTR) o del gen transportador de serotonina (SLC6A4) muestran más empatía (Keum y Shin, 2019). Por el contrario, las personas con variantes de un gen llamado MAOA (que descompone neurotransmisores como la serotonina y la dopamina) tienen un mayor riesgo de psicopatía (Gunter et al., 2010).

Pero, aunque la empatía tiene bases biológicas claras, no es completamente innata. Se desarrolla, moldea y regula a través de la experiencia, la cultura y un proceso de aprendizaje que comienza en la infancia temprana. Las investigaciones sugieren que la imitación emocional (cuando los padres imitan las expresiones faciales de su bebé) es un paso inicial importante. Los bebés con madres deprimidas, que son menos propensas a esta imitación, muestran niveles más bajos de empatía (Heyes, 2018).

La empatía continúa desarrollándose durante la infancia, y nuestras experiencias vividas nos enseñan cómo los demás expresan sus emociones; otra razón convincente por la que socializar en la infancia es tan importante. Si nuestros padres son buenos percibiendo y respondiendo a nuestras emociones, aprendemos el valor de la empatía a través de esta experiencia directa. La sensibilidad y la capacidad de respuesta de los padres a las señales emocionales de su hijo se conocen como sincronía, y las investigaciones demuestran que una mayor sincronía parental en la infancia se asocia con una mayor capacidad empática en la adolescencia (Feldman, 2007).

Sin embargo, las experiencias vividas en la infancia no determinarán la adquisición de habilidades empáticas en la adultez. La empatía es flexible y las experiencias vividas podrán favorecerla o reducirla. Por ejemplo, el trastorno de estrés postraumático (TEPT) se asocia a una disminución de la empatía (Sandi y Haller, 2015). Y también se ha identificado una reducción en los niveles de empatía en los estudiantes de Medicina desde el primer año en la Universidad. Los estudiantes podrían estar mostrando una respuesta adaptativa a las nuevas responsabilidades y al aumento de la carga de trabajo para proteger su bienestar (Nunes et al., 2011).

Por otra parte, intervenciones basadas en el mindfulness y otras formas de meditación pueden mejorar la empatía de los participantes en poco tiempo. Por ejemplo, el Proyecto ReSource es un estudio longitudinal de entrenamiento mental de 9 meses que compara tres módulos de 3 meses cada uno basados en (a) prácticas centradas en el mindfulness y la interocepción, (b) ejercicios para cultivar la compasión y la bondad amorosa y (c) procesos metacognitivos y de toma de perspectiva sobre uno mismo y los demás (Singer y Engert, 2019). Cada tipo de entrenamiento produjo beneficios distintos. Se encontraron mejoras significativas en la compasión (módulo b) y toma de perspectiva (módulo c), junto a una mayor plasticidad sináptica en áreas cerebrales vinculadas a la empatía como la ínsula (módulo b).

Asumiendo las diferencias individuales en los niveles de empatía, la tendencia general es un fortalecimiento con la edad de la empatía emocional. Sin embargo, el desarrollo de la empatía cognitiva muestra una U invertida, alcanzando un máximo entre los 35 y 40 años (ver figura 2; Gutiérrez-Cobo et al., 2023). Como curiosidad, los participantes con educación universitaria obtienen puntuaciones más altas en empatía cognitiva que aquellos con un nivel educativo más bajo.

Figura 2. Evolución de la empatía cognitiva con la edad, estimada con el test Eyes en la que se describe el estado mental o emociones de una persona viendo sus ojos (Gutiérrez-Cobo et al., 2023).

Importancia del contexto

En la práctica, sentimos más empatía en algunas circunstancias que en otras. Esto tiene que ver con los códigos internos de funcionamiento cerebral arraigados en el largo proceso evolutivo de nuestra especie. El nivel de empatía que sentimos depende de muchos factores sociales y ambientales. Analicemos algunos ejemplos cotidianos (ver más en Rein, 2025).

Solemos sentir más empatía por:

-Alguien que llora intensamente que por alguien que frunce el ceño (carga emocional).

-Alguien que sufre delante nuestro por estar enfermo que si leemos en el diario personas que padecen esa enfermedad (situación concreta vs. abstracta).

-Alguien que habla de la ansiedad que padece y hemos pasado algo similar, respecto a alguien que describe un problema que nunca hemos vivido (experiencia propia vs. ajena).

-Un compañero que llega tarde porque su hijo tuvo una emergencia médica versus otro que llegó tarde porque se quedó dormido (responsabilidad percibida).

-Un amigo que pierde un trabajo respecto a un desconocido que comenta en las redes sociales que perdió su empleo (relación cercana vs. relación distante).

-Cuando ha tenido un accidente el presidente del partido al que votamos respecto al del partido rival (grupo propio vs. grupo ajeno).

En lo referente a los dos últimos ejemplos, los estudios con neuroimágenes revelan que cuando vemos a un amigo ser excluido socialmente se activa la corteza cingulada anterior y la ínsula (empatía emocional), pero cuando vemos a un desconocido ser excluido se activan otras regiones, como la corteza prefrontal (empatía cognitiva) que hacen que disminuya el apego emocional (ver figura 3; Meyer et al., 2013). Es decir, es más probable que sintamos el dolor de nuestros amigos si los vemos sufrir, pero cuando se trata de desconocidos el cerebro se centra más en comprender su experiencia. Parece obvio que nos interese más un amigo que alguien que no lo es.  Pero hay más. Los sistemas de empatía favorecen a las personas que son como nosotros, lo cual tiene una justificación evolutiva. En el pasado fue más útil para la supervivencia experimentar mayor empatía por los miembros de la tribu y menos por los de tribus enemigas. Por lo que ha quedado muy arraigada en el cerebro la distinción entre nosotros y ellos. Sin embargo, lo que pudo haber funcionado bien para nuestros antepasados, no necesariamente tiene que ser lo más adecuado en la sociedad actual ya que estamos rodeados de personas diferentes a nosotros. Encontramos personas que tienen diferente ideología política a la nuestra, cultura, religión, color de piel, identidad sexual, etc. Pero nuestro cerebro forma dicotomías del estilo nosotros vs. ellos a una velocidad impresionante y suele favorecer a quienes comparten nuestra identidad grupal. Por ejemplo, si una persona blanca ve una cara negra mostrada a una velocidad subliminal, la amígdala se activa. Pero si la cara se muestra el tiempo suficiente para que se pueda producir el procesamiento consciente, se activa la corteza prefrontal dorsolateral e inhibe la amígdala. (Knutson et al., 2007). Por cierto, la activación de la amígdala en los sujetos blancos cuando ven caras negras se ve incrementada si de fondo está sonando música rap. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Figura 3. Cuando observamos la exclusión social de un amigo se activan regiones vinculadas a la empatía afectiva, como la corteza cingulada anterior y la ínsula, mientras que cuando se trata de un desconocido se activan áreas vinculadas a la empatía cognitiva, como la corteza prefrontal medial dorsal, precúneo y polo temporal (Meyer et al., 2013).

En el apartado anterior mencionamos los beneficios de prácticas de meditación basadas en la compasión. Recientemente, el grupo de investigación de Tania Singer ha evaluado el impacto positivo de prácticas contemplativas en pareja (contemplative dyads). A diferencia de las prácticas solitarias tradicionales que requieren mantener imágenes internas para meditaciones de compasión o bondad amorosa, este enfoque utiliza interacciones en tiempo real con desconocidos que cambian semanalmente para desarrollar habilidades socioemocionales. Es una forma social de mindfulness en la que dos personas se emparejan al azar para explorar sentimientos, pensamientos y otros estados internos. Una persona comparte sus experiencias emocionales, mientras la otra escucha de forma activa, sin comentar ni responder. En otras palabras, se trata de una meditación en voz alta realizada con un testigo silencioso. Esta combinación de compartir experiencias emocionales junto a una escucha empática tiene un impacto positivo en la empatía (Singer, 2025).

Asimismo, la lectura de ficción puede entrenar la empatía porque actúa como un sistema de simulación social que ejercita de manera repetida los mecanismos cognitivos y afectivos implicados en la comprensión de los estados mentales y emocionales de otras personas. Se ha descubierto que la literatura de ficción contribuye significativamente a la comprensión de los demás, pero esto no significa que la lectura deba ser intelectual o difícil. La ficción popular que incluye personajes elaborados también puede tener efectos beneficiosos (Oatley, 2016).

En cierto sentido, la empatía puede ser una habilidad como cualquier otra: mejora con la práctica.

¿Y en la escuela?

Según una importante revisión en la que se analizaron 19 programas escolares con sólido respaldo empírico que trabajan la empatía en la infancia y la adolescencia, las mejores estrategias consisten en (Malti et al., 2016):

1. Los programas de educación socioemocional que trabajan la empatía desde diferentes perspectivas (afectiva, cognitiva y conductual). Por ejemplo, se planifican sesiones regulares en las que se trabajan las emociones propias y ajenas (identificación, etiquetado, comparación) con dinámicas que fomenten expresar sentimientos y escuchar activamente a los compañeros.

2. Las intervenciones que se inician en etapas más tempranas del desarrollo escolar y están diseñadas para el nivel de desarrollo de los estudiantes. Por ejemplo, juegos de roles sencillos para la etapa de Primaria y debates guiados en Secundaria.

3. Las intervenciones que no solo trabajan la empatía afectiva, sino también la empatía cognitiva y el comportamiento prosocial (ayuda, cooperación, etc.). Por ejemplo, se combinan dinámicas que fomenten ponerse en el lugar del otro con proyectos cooperativos. O se realizan actividades de debate que aborden dilemas morales y sociales.

4. Actividades de aprendizaje experiencial que fomenten la reflexión. Por ejemplo, dinámicas de juego de roles en las que se simulan diferentes perspectivas o análisis de casos reales (conflicto en el patio) ayudan a los estudiantes a conectar cognitiva y emocionalmente con puntos de vista ajenos.

5. Integrar estrategias que involucren a toda la comunidad educativa. Es muy importante la formación de docentes y familias y, así, generar entornos educativos que refuercen la empatía fuera del aula. Por ejemplo, talleres sobre cómo enseñar la empatía de forma explícita. Sin olvidar mi estrategia favorita (no citada en el metaanálisis): los proyectos ApS (ver video). Estos proyectos de Aprendizaje-Servicio mejoran la empatía y el compromiso comunitario a lo largo del tiempo (Scott y Graham, 2015).

Existen muchos (y buenos) programas para promover la empatía en el aula. Uno de los que tiene mayor respaldo de la evidencia empírica es Roots of Empathy (Schonert-Reichl et al., 2012). Es un programa de educación socioemocional que se implementa durante un curso escolar completo dentro del aula, en la etapa de Primaria, con apoyo de un instructor formado específicamente. Su rasgo distintivo es que el aprendizaje de la empatía se articula en torno a la observación directa y continuada del desarrollo emocional de un bebé real, que visita periódicamente la clase junto a su progenitor (ver video).

Una actividad típica del programa es la siguiente. Durante una de las visitas del bebé al aula, el instructor guía a los estudiantes para observar atentamente al bebé mientras interactúa con su progenitor. A partir de esa observación, se les pide que:

  1. Identifiquen y nombren la emoción que creen que está experimentando el bebé.
  2. Justifiquen su inferencia basándose en señales observables (expresión facial, postura, vocalizaciones).
  3. Anticipen la causa de la emoción (“¿qué ha ocurrido justo antes?”).
  4. Predigan la respuesta del bebé o del progenitor.

Algunos ejemplos de preguntas guiadas serían las siguientes: “¿Cómo crees que se siente el bebé ahora?”; “¿Qué te hace pensar eso?”; “¿Qué necesitaría el bebé en este momento?”.

Y es que son nuestras facultades interpersonales, especialmente nuestra capacidad de cooperar y comprender a los demás, las que han respaldado el éxito de nuestra especie. Por eso, en la era de la IA, promover la empatía constituye una gran necesidad educativa y social.

Jesús C. Guillén


Referencias

1. Allman, J. M. et al. (2011). The von Economo neurons in the frontoinsular and anterior cingulate cortex. Annals of the New York Academy of Sciences1225(1), 59-71.

2. Feldman, R. (2007). Parent–infant synchrony and the construction of shared timing; physiological precursors, developmental outcomes, and risk conditions. Journal of Child Psychology and Psychiatry48(3‐4), 329-354.

3. Gamble, R. S. et al. (2024). The role of external factors in affect-sharing and their neural bases. Neuroscience & Biobehavioral Reviews157, 105540.

4. Gunter, T. D., Vaughn, M. G., & Philibert, R. A. (2010). Behavioral genetics in antisocial spectrum disorders and psychopathy: A review of the recent literature. Behavioral Sciences & the Law28(2), 148-173.

5. Gutiérrez-Cobo, M. J. et al.  (2023). Does our cognitive empathy diminish with age? The moderator role of educational level. International Psychogeriatrics35(4), 207-214.

6. Heyes, C. (2018). Empathy is not in our genes. Neuroscience & Biobehavioral Reviews95, 499-507.

7. Keum, S., & Shin, H. S. (2019). Genetic factors associated with empathy in humans and mice. Neuropharmacology159, 107514.

8. Knutson, K. M. et al.  (2007). Neural correlates of automatic beliefs about gender and race. Human Brain Mapping, 28(10), 915-930.

9. Lamm, C., Decety, J., & Singer, T. (2011). Meta-analytic evidence for common and distinct neural networks associated with directly experienced pain and empathy for pain. Neuroimage54(3), 2492-2502.

10. Malti, T. et al. (2016). School-based interventions to promote empathy-related responding in children and adolescents: A developmental analysis. Journal of Clinical Child & Adolescent Psychology45(6), 718-731.

11. Marsh, A. A. (2018). The neuroscience of empathy. Current Opinion in Behavioral Sciences19, 110-115.

12. Meyer, M. L. et al. (2013). Empathy for the social suffering of friends and strangers recruits distinct patterns of brain activation. Social Cognitive and Affective Neuroscience8(4), 446-454.

13. Mischkowski, D., Crocker, J., & Way, B. M. (2016). From painkiller to empathy killer: acetaminophen (paracetamol) reduces empathy for pain. Social Cognitive and Affective Neuroscience11(9), 1345-1353.

14. Nunes, P., Williams, S., Sa, B., & Stevenson, K. (2011). A study of empathy decline in students from five health disciplines during their first year of training. Int J Med Educ2, 12-17.

15. Oatley, K. (2016). Fiction: Simulation of social worlds. Trends in Cognitive Sciences20(8), 618-628.

16. Rein, B. (2025). Why brains need friends: The neuroscience of social connection – and why we all need more. Avery.

17. Sandi, C., & Haller, J. (2015). Stress and the social brain: behavioural effects and neurobiological mechanisms. Nature Reviews Neuroscience16(5), 290-304.

18. Schonert-Reichl, K. A. et al. (2012). Promoting children’s prosocial behaviors in school: Impact of the “Roots of Empathy” program on the social and emotional competence of school-aged children. School Mental Health4(1), 1-21.

19. Scott, K. E., & Graham, J. A. (2015). Service-learning: Implications for empathy and community engagement in elementary school children. Journal of Experiential Education38(4), 354-372.

20. Singer, T. (2025). A neuroscience perspective on the plasticity of the social and relational brain. Annals of the New York Academy of Sciences1547(1), 52-74.

21. Singer, T., & Engert, V. (2019). It matters what you practice: Differential training effects on subjective experience, behavior, brain and body in the ReSource Project. Current Opinion in Psychology28, 151-158.

22. Zaki, J., & Ochsner, K. N. (2012). The neuroscience of empathy: progress, pitfalls and promise. Nature Neuroscience15(5), 675-680.

23. Weisz, E., & Cikara, M. (2021). Strategic regulation of empathy. Trends in cognitive sciences25(3), 213-227.


Comenzamos el año con tesis doctoral

  • El Escape Room como propuesta motivacional, desde una fundamentación neurodidáctica, en estudiantes de secundaria de la institución educativa Albert Einstein de Lima-Perú
  • Doctorand: HERNÁN OCAMPO MORENO
  • Direcció:  Dra. Anna Fores i Dr. Antonio Ruiz
  • Data: 9 de gener de 2026
    Hora: 11:00 hores
  • Lloc: Departament de Didàctica i Organització Educativa, Campus Mundet, Universitat de Barcelona


Fabricio Ballarini, neurocientífico: «El pico de la felicidad se alcanza a los 60 años»

Director del Departamento de Ciencias de la Vida del Instituto Tecnológico de Buenos Aires, asegura: «Los estudios demuestran que cuanto más grande sos, más feliz».

Fabricio Ballarini, neurocientífico: "El pico de la felicidad se alcanza a los 60 años"

CintiaKemelmajer

La juventud no es un divino tesoro: según un reciente estudio científico publicado en la prestigiosa revista del National Bureau of Economic Research (NBER), “el malestar disminuye con la edad” y las personas alcanzan la cumbre de la felicidad a los 60 años. Para llegar a esa conclusión, los científicos midieron, durante décadas, parámetros relacionados al bienestar en más de cien países desarrollados y en desarrollo, entre ellos Argentina. “

Ya son diversas las investigaciones globales que venían demostrando que al llegar a los 60 años las personas equilibran sus prioridades, saben qué hacer y qué no hacer y se estresan menos porque tienen cierta sabiduría que les da la experiencia de vida”, explica Fabricio Ballarini, neurocientífico, autor de los libros REC, por qué recordamos (Sudamericana, 2015) y No sos vos, soy yo: Qué nos enseña la ciencia sobre el amor y el desamor (Ediciones B, 2025).

“Lo que vienen a confirmar los nuevos estudios es que el dogma popular que dice que cuanto más viejo sos más infeliz, es completamente falso”, añade Ballarini, que dirige el Departamento de Ciencias de la Vida del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y del Laboratorio de Neurociencia Traslacional de la Facultad de Medicina de la UBA.

La curva de la felicidad

Los estudios sobre la felicidad comenzaron a publicarse a partir de 2008, liderados por Andrew Oswald, un especialista en comportamiento de la Universidad de Warwik, Inglaterra, y David Blanchflower, un académico de la Oficina Nacional de Investigación Económica de Estados Unidos especializado en el estudio de la “economía de la felicidad”.

Esas investigaciones, que medían la felicidad a través de parámetros como el empleo, las relaciones, la salud física y mental, la situación financiera, el cumplimiento de metas y deseos, revelaron que el nivel de satisfacción a lo largo de la vida puede graficarse como una “U”.

Esa curva comienza en un pico de felicidad en la infancia y adolescencia, cuando las personas tienen libertad, autonomía, amistades; decrece a partir de los 18 años, con la incorporación al mundo laboral o del estudio, las responsabilidades, y una menor sensación de libertad y placer; alcanza su punto más bajo alrededor de los 40 años; y, una vez pasada la crisis de la mediana edad, a partir de los 50, vuelve a ascender hasta alcanzar el cénit a los 60.

«Los altos índices de felicidad de los adultos mayores están íntimamente ligados al bagaje que te da la pura experiencia». Foto ilustrativa Shutterstock.

“Esos primeros estudios detectaron que la edad de los 40 años es el momento de mayor depresión, porque es un momento de mucha actividad laboral y de muchas más presiones. Además, a esa edad las personas comienzan a ser padres o madres y atraviesan una crisis que los lleva a hacerse un montón de preguntas. Pero después todo mejora”, resume Ballarini, que como investigador del CONICET se especializa en estudiar lo que ocurre a nivel cerebral durante los procesos de aprendizaje y memoria. “Esas primeras evidencias ya demostraban que la vida en el futuro siempre se pone mejor”.

El reciente estudio publicado en la NBER ratifica esa tendencia ascendente, pero dibuja a la felicidad no ya como una curva en “U” sino como una línea recta que comienza desde abajo y va siempre hacia arriba.

“Los mismos científicos que descubrieron la U ahora empiezan a ver que cuanto más grande sos, más feliz. Pero eso no significa que los jóvenes adultos tengan una infelicidad menos marcada, sino que los jóvenes actuales la están pasando peor que antes, están teniendo grados de infelicidad mucho más altos que en décadas anteriores y su salud mental se está deteriorando”, analiza Ballarini.

¿Qué es lo que está provocando que los jóvenes “la pasen peor que antes” y los adultos mayores sigan siendo “los más felices”?

—Está vinculado a las redes sociales y el uso de la tecnología, que a los jóvenes los hace dormir peor, tener más ansiedad. Sumado a la incertidumbre laboral y la ausencia de vinculación en la “vida real”, todo eso está haciendo que los parámetros de salud mental en jóvenes estén muy mal. Estamos viendo niveles de depresión, falta de motivación y adicción a la tecnología nunca antes vistos en adolescentes. Y la edad del adulto mayor sigue siendo la etapa de mayor felicidad, también en estos estudios más recientes.

¿La tecnología también puede convertirse en un problema para los adultos mayores?

—El vínculo con la tecnología en esta edad tiene otro aspecto preocupante, y es que si bien el uso de la tecnología le da posibilidad de hacer muchas cosas, cuando los adultos mayores empiezan a delegar mucho en la tecnología, como por ejemplo interactuar con el chatbox, o con una inteligencia artificial que les dice cómo hacer todo, se crea una atrofia cognitiva. Porque si vos antes escribías una receta o la memorizabas, había un montón de gasto energético positivo en esa práctica. Pedirle a una inteligencia artificial una receta no implica ningún desafío. Depender de esos atajos tecnológicos va atrofiando el “músculo” de la cognición y de la creatividad.

Otro problema en adultos mayores es el uso de Tik Tok, que prendió mucho no solo en jóvenes sino también en adultos mayores porque es hiperadictivo. Tiene un algoritmo muy agresivo que rápidamente capta tus gustos: qué música escuchás, qué pensás políticamente, si te gusta hacer gimnasia, recetas. Desde las neurociencias estamos viendo que hay personas que pasan mirando videos de Tiktok el 50% de su día. Son videos sin ninguna estimulación cognitiva, que se olvidan rápido, cortos, que no permiten procesar la información. Y en los adultos mayores, que tienen mucho tiempo libre y quizás pasan más horas que el resto solas, eso es un peligro.

«Los adultos mayores empiezan a delegar mucho en la tecnología», advierte el neurocientífico. Foto ilustración Shutterstock.

¿Qué actividades pueden beneficiar la cognición en adultos mayores?

—Hace poco fui a dar una charla a una universidad en España, a unos 50 alumnos de alrededor de 18 años. Cuando salí del aula, entraron unos 300 adultos mayores, vestidos impecables. Me pareció rarísimo, me llamó la atención ver tanta gente grande entrando a un aula de la universidad. Pregunté a qué iban y me dijeron que había un programa que funcionaba muy bien, que consiste en convocar a profesores jubilados a que enseñen a otros adultos mayores lo que hacían, cuando las aulas quedan libres. «Hoy, por ejemplo, vamos a dar física cuántica”, me dijo uno. Era un físico que iba a contar qué era la física cuántica y el auditorio estaba repleto. Un evento gratuito, un espacio para socializar y aprender, que es algo fundamental a esa edad para mantener el cerebro sano. Deberíamos promover más ese tipo de espacios, que son muy fáciles de diseñar y dan beneficios directos para la cognición, y no requieren un gran costo económico para el Estado.

Otra cosa fundamental a esa edad, más allá de los consejos clásicos como hacer ejercicio físico, moverse, caminar, bicicleta, alejarse de la televisión, es la lectura. Eso lo estudiaron dos investigadores argentinos que trabajan en memoria, Iván Izquierdo y Jorge Medina. Ellos dicen que leer una novela, leerle a tus nietos, leer el manual de un auto, lo que sea, al ritmo que puedas, es fundamental para mantener el cerebro activo. Y conversar. En ese sentido, la lectura tiene algo muy positivo que es que te da motivos de charla. Lo social, encontrarse por ejemplo en clubes de lectura, es algo sumamente beneficioso.

¿El hecho de que los adultos mayores sean “más felices” ocurre de manera similar en todos los países o la realidad económica particular de cada país hace diferencias?

—Los estudios sobre la felicidad se hicieron en distintas culturas y en países con distintas economías, y demostraron que hay una raíz común en los países del mundo, que tiene que ver con la etapa de los adultos mayores relacionada al bienestar. La felicidad tiene forma de U en todas partes. En líneas generales, a partir de los 60, se ve que las personas tienen las cosas más o menos resueltas, muchísimo más tiempo, y poca presión laboral. Es un momento de bastante plenitud, un momento para disfrutar de cosas distintas a la que uno se imagina cuando es joven. La felicidad pasa por otros lugares.

La idea central de estas investigaciones es que la vejez no tiene que ver con acercarse a la muerte o de infelicidad, sino que tiene sus momentos alucinantes. Sobre todo, estos estudios indican que los adultos mayores saben priorizar mejor los problemas. Cuando sos más joven te cuesta administrar los problemas y casi todo lo ponés al mismo nivel, entonces es muy difícil la vida. Necesitás experiencia para definir qué es más importante y qué menos importante. Podríamos decir que los altos índices de felicidad de los adultos mayores están íntimamente ligados al bagaje que te da la pura experiencia.

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