Microbiografía de Adolfo Payés

Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

martes, 27 de enero de 2026

Relato X -El día en que el tiempo se partió en dos









El día en que el tiempo se partió en dos

Un domingo cualquiera, o eso creí al principio. Amanecí entre los muros silenciosos del seminario franciscano, donde la paz parecía entrelazarse con la piedra. Tras un desayuno rápido, salí. El aire olía a lluvia reciente y a tierra húmeda. A las diez en punto, una cita urgente me aguardaba en el zoológico de San Salvador: Flor, Héctor y yo debíamos trazar las líneas frágiles de una red de salud clandestina. La guerra respiraba a nuestro alrededor, y cada gesto de organización era un acto de fe contra el olvido.

Llegaron puntuales. Flor llevaba en brazos a su hija, una criatura de seis meses que dormía ajena al mundo que la rodeaba. Nos saludamos con la seriedad breve de quienes conocen el valor del tiempo. Bajo la sombra de un árbol, expliqué la urgencia: montar casas de seguridad, preparar logística para lo que venía. Las palabras salían medidas, precisas, como puntos de sutura en una herida abierta.

Terminada la reunión, emprendimos la caminata hacia la parada del autobús, la ruta 12 que nos devolvería al vientre gris de la capital. Caminábamos frente a la Escuela de Sordomudos, un lugar de silencio enseñado, cuando el paisaje se quebró.

Al otro lado de la calle, frente a las rejas del zoológico, dos vehículos sin placas se habían detenido. Fantasmas de metal y vidrio polarizado. El primero, un sedán blanco, albergaba cuatro figuras inmóviles; el segundo, una pickup doble cabina, cargaba otros cuatro hombres en su interior y cuatro más sobre la capota. Todos vestidos de civil. Todos fuertemente armados. Todos con la mirada fija en nosotros, como halcones sobre una presa que ya ha sido señalada.

El peso del instante cayó sobre mí como una losa. Con la niña aún en mis brazos, musité hacia Flor: "El enemigo. Está frente a nosotros". Sus ojos se agrandaron, reflejando el mismo entendimiento lúcido y frío. Empezamos a tender líneas de fuga con la mirada, mientras el autobús de la ruta 12 se acercaba, rugiendo como una bestia de salvación. Subimos. El vehículo arrancó en dirección a Los Planes de Renderos, llevándonos en sentido contrario a aquellos coches letales.

Pero no hubo escape. Por el espejo retrovisor, vi cómo los fantasmas de metal se ponían en movimiento, siguiendo nuestro rastro con una calma aterradora. El paisaje verde comenzaba a desfilar cuando, en la curva del kilómetro 8, perdí de vista a nuestros perseguidores. Una esperanza frágil, un respiro. "Me bajo con Héctor", dije rápido a Flor. "Tú sigues hasta Los Planes".

Héctor descendió. Yo iba tras él cuando, en un relámpago, los vehículos reaparecieron, cerrándonos el horizonte. "¡Corre!", le grité a Héctor, y volví a subir al autobús de un salto. Me acerqué a Flor, cuyo rostro era ya un mapa de tensiones. "Yo me quedo en el seminario. Tú llega hasta al parque Balboa". Le pedí al conductor que redujera la marcha. En la próxima curva, antes de que el metal asesino nos alcanzara, me lancé al vacío.

El mundo se volvió piernas, asfalto y el sonido de mi propia respiración. Corrí hacia la entrada del seminario, ese refugio que ya no lo era. Al cruzar la calle, vi por el rabillo del oído cómo los vehículos se detenían frente a la iglesia, bloqueando la paz del lugar. No me detuve. Me adentré en los pasillos conocidos, deshaciéndome de papeles comprometedores en los baños, quemando evidencias con la urgencia del condenado.

Escalé el muro trasero. Desde allí, el mundo era una calle vacía cuesta arriba. Vacía, excepto por dos figuras que vigilaban la esquina. Uno de ellos volvió la cabeza. Nuestras miradas se cruzaron en el aire envenenado.

Retrocedí. Busqué el último santuario: un aula donde el padre Miguel Cabada impartía una charla a un grupo de la comunidad eclesial de base. Sus palabras de fe flotaban en la habitación. Yo solo podía hacerle gestos desesperados, señales mudas de auxilio, cuando la puerta se abrió de par en par.

La luz del pasillo, de repente, se quebró. Se recortó en ella la geometría brutal de cinco siluetas. No eran hombres; eran la materialización de una amenaza larga y temida. Empuñaban fusiles G3, y el metal frío de sus cañones era la única respuesta a la pregunta no hecha, la única palabra en ese silencio electrizante.

No hubo diálogo, no hubo escapatoria. Solo el lenguaje primitivo de la violencia: el impacto seco de las culatas contra las costillas, un ritmo sordo que hablaba de quebrantos. Los orificios oscuros de los fusiles, círculos perfectos de una condena, se fijaron en mí. Mi mirada, contra todo pronóstico, no se desvió. Era una serenidad extraña, un lago en calma en medio del huracán, y se cruzó, una a una, con cada uno de esos ojos negros de acero que me apuntaban. Era un duelo mudo, un reconocimiento final entre el cazador y lo cazado.

Los golpes, sin embargo, no cesaban. Eran el tambor que marcaba el fin. Y de entre aquel bosque de armas y brazos, unas manos ásperas, con la urgencia de quien tapa un secreto, me vendaron los ojos a golpes. La luz del mundo se apagó, reemplazada por una tela áspera y la presión de nudillos contra los pómulos.

Forcejeé. Fue un acto puro de instinto, un espasmo del animal acorralado contra un destino cuyo guión ya estaba escrito en tinta indeleble. Un movimiento inútil, sí, pero necesario: el último testimonio de un cuerpo que se niega a ser dócil ante su desaparición. No hubo piedad en la fuerza que se opuso a la mía. Como un fardo, como una cosa, me arrastraron fuera de aquel santuario de palabras y fe, cruzando el umbral donde terminaba la paz y comenzaba la noche.

El aire libre me golpeó, seguido por el impacto seco de un puño en la cabeza. "A vos te queríamos, hijo de puta", escupió una voz. Moví la cabeza con violencia, y por un instante, bajo la ceguera forzada, vi un rostro. Un rostro conocido. Era un oreja, un infiltrado que había compartido aulas y consignas en Ciencias Sociales con la gente del FEUS, el frente estudiantil.

Otro golpe, esta vez con la cold steel de una pistola 9 milímetros. La luz estalló en chispas blancas dentro de mi cráneo. Me arrojaron al piso del asiento trasero del sedán blanco. Las botas pesadas se posaron sobre mi costado, mis piernas, mi pecho, pisoteando el aliento. El hombre a mi cabeza no cesaba: me golpeaba con la culata de su pistola, una y otra vez, mientras presionaba el cañón frío contra mi sien, bajo la oreja.

El clic seco del gatillo al ser amartillado resonaba más fuerte que cualquier golpe. "Hoy no salís vivo de esta, hijo de puta", mascullaba, y su aliento olía a cigarrillo y odio. "Te tenemos. Y nos vas a entregar a los demás."

El vehículo arrancó, y el camino se convirtió en un túnel de oscuridad, dolor y ese clic metálico, repetido como un mantra de muerte. Pero esa… esa ya es otra parte de la historia.

aapayés

lunes, 26 de enero de 2026

La ilusión de ser poesía














Debí haber escogido
un buen momento
para existir leyendo libros.

Esa biblioteca escondida,
a la que, por disciplina,
debíamos acudir.
Y allí,
leíamos esos textos
que nos invitaban
a la imaginación:
creadora del amor,
creadora del sentir.

Hurgué, insólito y perdido,
en cada palabra,
en cada verso latente,
en cada sentido.
Y leía poesía:
libros iracundos
que emancipaban la palabra.

Debí haber escogido
un buen momento
para sentir
la ilusión de ser poesía.
Y fui viento,
lluvia,
soledad,
llanto y versos.

Debí haber escogido
un verso por cada beso
que deseaba,
escribiendo tentaciones.

Debí haber escogido
un poema de amor
de tus pupilas. 

aapayés

domingo, 25 de enero de 2026

El evangelio según mi costilla desgarrada














Amén de las palabras que corren,
y van a yacer en el huerto del pensamiento.
Allí brilla, oh relámpago sin trueno,
el amor que fue y no supo por qué se apagó,
como un párpado que Dios cerró un instante
y al abrirse, el mundo era distinto.

Las pestañas son incensarios de sueño
y la ausencia, un cirio que nunca se consume.
Bajo la bóveda del olivo sagrado,
mi silencio se postra como un monje imaginario.
Y al escribir el verso -hostia de papel-
en ti pienso, altar de una fe remota:
soberbia como un canto llano,
seria como una piedra de ara,
firme y ausente como la columna que sostiene
el peso del olvido en el malecón del tiempo.

Amén de las palabras que corren,
por las venas, sagrarios del ritmo,
y que en silencio profético gritan
el perpetuo amor a la Poesía.
Tú,
sí, tú, eres la liturgia,
el evangelio según mi costilla desgarrada,
la palabra hecha carne en el hueso del verso.

Y aunque en el gran silencio me sumerjo,
y abrazo esta soledad como a un hábito áspero,
a su oído de cáscara le confieso:
ese amor, aunque ausente, es el único dogma,
la sombra de una luz que nunca se extingue.

Amén de lo que corre:
las palabras, el sentimiento,
todo fluye en un río paralelo a tu nombre.
Ya sólo queda la trinidad del despojo:
la Ausencia (padre de este vacío),
el Silencio (espíritu que sopla en la herida),
y el Alma (hija perdida que busca su rito).

Gloria a lo que no estuvo, y sin embargo, es.

aapayés

sábado, 24 de enero de 2026

Me gusta desvanecerme en tu ausencia















Me gusta desvanecerme en tu ausencia,
huir por instantes
de esta soledad antigua
que, con los años,
se ha vuelto más leal que el silencio.

El tiempo envejece en los espejos
y el hilo imaginario
de nuestro amor
cede al viento de lo desconocido,
tejiendo estrellas con su deshilacharse.

Me gusta desvanecerme en ti,
siempre que,
en un segundo de eternidad fracturada,
te descifro como un código lunar,
te siento latir en mis raíces,
te vivo en un sueño de sal y ceniza,
te escribo con tinta de sombra y suspiro.
Y palpita el alma
de un amor que nace ya memorioso,
mientras tú y yo,
dos mitades de un reloj detenido,
nos amamos para inventar un segundo,
para sostenerlo contra el vacío,
a pesar de la distancia que crece
como un jardín de cristal entre nosotros.

Me gusta desvanecerme en ti,
siempre.

aapayés

viernes, 23 de enero de 2026

Desde un escondite del alma




















Me sobrevino la ilusión 
en un segundo:
catapulta existencial
desde un escondite del alma
que aullaba a solas.

Como ese secreto milenario
escrito a caballo
en el desierto persa
de Dasht-e Lut -Desierto del Vacío-,
era ese vacío de ilusión.

Me quedé absorto
pensando en el presente,
y me perdí leyendo
el vacío espiritual
de haber amado
en un pasado
que tampoco existió.

Me sobrevino la ilusión 
de vivir siendo yo
con la poesía literal
de un beso
que jamás llegó,
ni siquiera
en el pensamiento literario.

Me desnudé
mientras hacía el amor
con la poesía.

Me sobrevino la ilusión 

aapayés

jueves, 22 de enero de 2026

El capricho celestial del silencio
















Escuché la noche,
el grito silencioso
de la agonía,
incipiente y cruel.

Me senté a escribir
un poema equivocado
que dejaba caer su melancolía.
Me detuve,
ingenuo y fiel a la poesía,
y derramé todo el amor
que en mis venas fluía.

Escuché la noche
dormida,
y estrangulé las palabras
que en las vísceras
gritaban por salir,
por acariciar
el capricho celestial del silencio,
ungido de ternura.
Acaricié la noche dormida en mí.

El grillo
no me dejó parir poesía,
y solo brotaron tentaciones,
tentaciones acumuladas
por ese amor
que nunca llegó,
por ese amor
que jamás abrazó
este corazón que quiere amar.

Escuché la noche
llorar,
leyendo poesía
que le arrancó una lágrima
de amor,
una lágrima de amar.

Escuché la noche,
y, como siempre,
no estabas tú.

aapayés

miércoles, 21 de enero de 2026

Flotando en las mareas negras de lo eterno




















Solo el ahogo lento en un silencio de ceniza,
en las ausencias que crecen como hongos
en la bodega del tiempo.
Nada

Un pasado hecho de jirones eléctricos,
un presente de forma líquida y neutra.
Solo persiste el espejismo de un aliento,
una caricia-fantasma que, sin ser amor,
adormece el vacío por un parpadeo:
un suspiro deshidratado,
flotando en las mareas negras de lo eterno.

Solo la tentativa de ser
el algoritmo de un verso devorado
por las redes de un sollozo.
Aislado. Torpe.
Una sílaba rota que se hace pasar
por dios en un templo de estática.
Espiritualidad de limo y estática,
naufragando en un océano de tentaciones absurdas,
bajo la sospecha inmaculada
de un amanecer que nunca se desplegó,
plegado eternamente en la memoria
de un cangrejo que camina
hacia el centro de una espiral vacía.
Nada

Sino el acto de escribir pensando en ti:
la pluma que hurga en la costra de lo real,
sangrando tinta de un sol ya apagado.
Cada palabra, un insecto fosforescente
marcando el contorno de tu nombre
en la oscuridad total de esta página,
que es el único lugar donde aún existes:
como una constelación
dibujada con polvo de hueso.
Nada

aapayés

martes, 20 de enero de 2026

Constructor de latidos ajenos




















Debí haber germinado
en el instante oblicuo,
aquel que abre sus párpados de sílex.
Para existir leyendo el humo
de bibliotecas sumergidas,
ese laberinto disciplinado
al que acudíamos con esqueletos de tiza.

Y allí,
masticábamos signos
que nos invitaban
al jardín eléctrico de la mente:
engendrador de bocas sin piel,
constructor de latidos ajenos.

Hurgué, animal de niebla,
en cada sílaba rota,
en cada verso que era un pez ciego,
en cada hueco donde anida el eco.
Y libaba polen de poesía,
tomos ulcerados
que soltaban amarras a la palabra.

Debí haber injertado
un relámpago en la yema del tiempo
para ser el espejo que la ilusión lame.
Y fui viento que escribe en los ciruelos,
lluvia con dientes,
soledad de sal,
llanto de tinta y vértebras.

Debí haber canjeado
un arcoíris por cada beso deshabitado,
tatuando ansias en la lengua del deseo.

Debí haber sido
el caligrama de un amor que nunca supo leer.

aapayés

lunes, 19 de enero de 2026

Audición surrealista de la poesía




















La noche se bebió mi tímpano.
Un grito creció en negativo,
una agonía de cristal líquido
y raíces de sal.

Me senté a descoser
el poema anti-sonámbulo.
Goteaba su melancolía ósea.
Me interrumpí,
inocente y traidor a la gramática,
y transfundí todo ese amor
que en mis arterias solidificaba.

La noche estaba durmiente.
Aplasté los vocablos
que en el estómago del alma
mugían por nacer invertidos,
por lamer
la arbitraria geometría del mutismo,
ungida de polen.
Acuné la noche desvelada dentro de mi costilla.

El canto del grillo
obstruyó el parto de la lírica.
Solo apostaron tentáculos,
tentáculos apilados
por aquel amor
que llegó de lado,
por aquel amor
que solo abrazó
el molde de yeso de un corazón.

Oí a la noche
sudar,
releyendo un poema
que le extrajo un diamante de clorofila,
una lágrima de antes de amar.

Escuché la noche.
Y, en su centro hueco,
tu no-presencia era la única sílaba clara.

aapayés

domingo, 18 de enero de 2026

Entre el vuelo y la caricia














Un mapa de vértigo
-líneas en la palma-
rumbo a un centro
que se desplaza.

Un torbellino quieto,
un amor que no cesa
de arder en la lejanía.

Dijo el pájaro:
«El día del enamoramiento
el aire latió en mis plumas,
y fue el viento
quien borró los lindes
entre el vuelo y la caricia,
entre el recuerdo y su nombre.»

La solvencia es
un silencio inclinado,
precipicio hacia un origen
que se reinventa
en el sueño que acude
cuando se piensa
en la ausencia.

La solvencia es
el gesto que no se esperaba
y, sin embargo,
era exacto.

aapayés

sábado, 17 de enero de 2026

Seremos el viento que desordena los ejes














Y encontré esa voz 
Inciso en la tersura del vacío,
una geometría sonora
girando sobre su eje de savia
y sombra.

No era eco,
era un planeta recién nacido
en la órbita de un párpado.

Y no fui yo,
fuiste tú:
la sílaba germinal,
el verbo anterior a la boca,
la semilla de luz
en la entraña del fonema.

Y tomé entre mis manos
ese cristal de tiempo latiente,
y lo sembré en el campo inverso
de la noche.
Allí creció una espiral de voces,
un árbol de pulsaciones iracundas
que le gritaba al centro del mundo:
Seremos el viento que desordena los ejes.

Y uno a uno,
La voz abrió sus pétalos de frecuencia,
y fue un enjambre,
un sistema solar de ecos,
millones de espejos vibrando
en la memoria del silencio.

aapayés

Relato IX -La canción necesaria












Escuchar las canciones necesarias en El Salvador era una sentencia de muerte, si los cuerpos represivos te encontraban con dicha música.

Ali Primera, Guaraguau, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, por nombrar solo algunos.

La Universidad tenía su propio latido: un pulso político, intelectual, y sobre todo, un aliento colectivo. Y en ese aire cargado de preguntas y anhelos, entraban aquellas canciones que, como pan fresco, alimentaban la conciencia y nutrían el espíritu revolucionario. Una cosa era escuchar la voz de Silvio, otra muy distinta era verlo.

Silvio llevaba más de una década cantando, pero su voz llegó a nosotros a principios de los ochenta, mientras los movimientos sociales -el BPR entre tantos otros- vivían su pleno apogeo. Así, con aquella música de fondo, transcurrían los días, los meses, los años de lucha. Una banda sonora para la resistencia.

No fue hasta julio de 1989 cuando, por fin, tuve la oportunidad de verlo cantar. Fue en un video, sí, pero era la primera vez que sus gestos, su mirada, acompañaban la guitarra y la palabra. Sucedió un sábado, el 22 de julio. Aquel día, yo debía organizar unos movimientos de apoyo a la organización y al sector cristiano, tarea fundamental en aquellos tiempos agitados.

Así llegué, ya entrada la noche, al Seminario Franciscano de los Planes de Renderos. Tras una reunión con unos seminaristas, uno de ellos -nicaragüense, de voz serena-  me propuso: “Quedémonos a ver cantar a Silvio”. La propuesta me estremeció. Sería la primera vez que lo vería, aunque fuera a través de la pantalla. Acepté sin dudar. Y allí me quedé, hasta que la madrugada se hizo dueña del silencio, mientras la voz de Silvio llenaba la sala, concierto íntimo, luz y sombra en aquel rincón de El Salvador.

Aquel sábado, por fin, había visto cantar a Silvio Rodríguez.

Me fui a dormir tarde, con sus acordes aún resonando en el pecho, sabiendo que al amanecer me esperaba una coordinación con unos compañeros en el parque Zoológico de San Salvador. Quedaba de paso, en el mismo trayecto hacia la ciudad, donde tomaría el autobús número 12.

Pero esa… esa es otra historia, que contaré en otro momento.

aapayés

viernes, 16 de enero de 2026

La solvencia emocional



















La solvencia emocional
está escrita en tus manos:
un camino,
un laberinto imaginario
en los carruseles de un sueño,
de un amor
que no deja de brillar
a lo lejos.

Me dijo un gorrión
que el día que se enamoró
sintió latir su vuelo
en cada caricia,
y era el viento
quien más lo enamoraba,
al acariciar el recuerdo
de eso que llaman poesía.

La solvencia emocional
está escrita en tu silencio,
un abismo oblicuo,
un renacer
de ese amor inesperado
en los sueños
que te acompañan
siempre que piensas en él.

La solvencia emocional
está en los gestos menos esperados.

aapayés

jueves, 15 de enero de 2026

Ahogado en las inundaciones del tiempo




















Ya no me queda nada,
sino ahogarme en este silencio,
en mis ausencias,
ecos dispersos de un pasado desdibujado
y un presente amorfo,
donde solo pervive
el aliento de un amor imaginado,
una caricia que, sin ser amor,
calma por instantes el vacío de existir,
como un suspiro marchito
ahogado en las inundaciones del tiempo.

Ya no me queda nada,
sino intentar ser
el algoritmo imperfecto
de un verso olvidado
entre las redes del suspiro,
aislado y torpe,
mediocre y astuto sinónimo
de una espiritualidad mezquina,
perdida en un mar de tentaciones absurdas,
bajo el suspiro inmaculado
de un amanecer
plegado en la memoria de un cangrejo
caminando hacia ninguna parte.

Ya no me queda nada,
sino escribir con la pluma mojada en tu recuerdo,
trazando letras que son puentes hacia tu nombre,
mientras la página se convierte en el único territorio
donde aún respiras.

aapayés

miércoles, 14 de enero de 2026

El tacto de una ausencia



















Una caricia sin piel
Una mirada en el vacío
Un naufragio de sílabas
para nombrar tu sombra

El arcoíris se deshace en luz
y un beso de aire
devora instantes

Lo incorporo
Lo habito
Un grito esculptura
en la agonía de sentir
el tacto de una ausencia
en tu reflejo

La mirada es un ángulo
un perfil de niebla
en el claroscuro del lenguaje

Los versos rompen su jaula
y liberan
el espejismo de ser
una letra en tu párpado

Me posesiono
Me desdigo
Y grabo tu silencio
en la necrología del ansia

Qué arquitectura la del sueño
Y qué vértigo
pensar tu hueco
mientras me uno
al fantasma de poseerte
en el sueño

Una madrugada de cristal
Un ósculo
y una caricia hecha de tiempo
con tus pupilas cerradas
acunando la eternidad

aapayés

martes, 13 de enero de 2026

El Amor




















Una palabra tan pronunciada,
y tan poco vivida,
tan poco comprendida.

En un mundo que destruye
hasta el más mínimo gesto:
un beso,
una caricia,
un abrazo,
una mirada,
una palabra
que acaricie el alma
de quien la escucha,
amando sin condición.

Una palabra,
un sentimiento
que encierra la esencia
de existir y vivir.

Amor.

aapayés

lunes, 12 de enero de 2026

Saboreo tu pecado




















Mi tentación
aniquila el deseo
de escribir.

Un beso en tus pechos,
una caricia
en el pubis de tu presencia.

Que la pasión
por la poesía
me lleve a la lectura
de tu cuerpo,
a la desnudez
de besar
tus versos húmedos
de secreto.

Libido, pasión
en mi lengua:
saboreo tu pecado.

Mi tentación
es la poesía
que me lleva a tu cuerpo desnudo,
convertido en versos.

aapayés

domingo, 11 de enero de 2026

En el álbum de los acontecimientos rotos















La poesía es un reloj de miel que sueña
donde el alma abre sus ventanas cuadradas
y el amor -abismal, seglar-
es un pez de yeso nadando en el té de lo cierto,
mientras lo incierto cosecha estrellas verdes
en la melancolía líquida del tiempo.

Silencio permanente, pensamiento de mármol blando.
Abanico de tentaciones que florecen en la muñeca.
Delirio emocional de la vida que se deshilacha
como un vestido antiguo bajo la lluvia de números.

La soledad es un violín de sal
tocando la memoria descalza,
interior abandonado
en el álbum de los acontecimientos rotos.

La poesía es el instante en que la lámpara escribe sola,
trasciende el tiempo como un árbol que camina,
algoritmo de jade que palpita
en las venas literarias del pensamiento,
oriundo del beso entre la vida y la muerte,
amor que es una escalera de seda
subiendo por la espalda del silencio.

La poesía es el éxtasis del espejo que siente todo en uno:
alma de cristal ahumado,
amor de sombra proyectada,
mujer eterna que amamanta relámpagos.

Un beso al mundo exquisito de la poesía,
donde los versos son semillas de eco
y las palabras crecen con raíces de aire.

aapayés

sábado, 10 de enero de 2026

Sobre las sábanas de tu regazo.




















En la cabecera ausente
de mis sueños, encontré
los pergaminos que un día
descifraron la nostalgia
y acumularon la riqueza
de tu belleza.

Dormidos yacían,
y no pude leer
-ni siquiera el título-
de tu memoria escrita
sobre las sábanas de tu regazo.

Los pergaminos
que un día leímos juntos
se cubrieron
con el polvo del tiempo
en este océano de la vida.

aapayés

viernes, 9 de enero de 2026

Geografía de tu Ausencia




















Recorrí la historia
como la vida imaginaria
de tu cuerpo.
Me leí a solas
el jardín de tu belleza.

Conté los poros,
tus lunares,
tus cicatrices,
tu memoria bajo mis yemas.
Y sin saber por qué,
pensé en el horizonte
de tu tentación:
un poquito de allá,
un poquito de acá,
y todo se unió.

Sin darme cuenta,
compuse la ilusión
de tenerte a mi lado.
Pero no estabas tú,
solo el deseo de amar,
de amarte y de sentir
una lágrima de tu presencia
humedeciendo mis versos.

Tampoco estabas tú
leyendo la poesía
que por siglos, por ti,
palpitaba en mis vísceras,
en mis sueños,
en todo… menos en ti.

Para ti escribí poesía,
por ti lo di todo,
sin pensar,
sin temor a seguir amándote
el resto de mi vida.

Y sí,
tampoco estabas tú,
allá,
aquí conmigo.

Y sin ti, la poesía
es un universo sin astros,
sin las constelaciones
que concatenan el ritmo
de la existencia.

Y aun así, recorrí la historia
sin ti.
Y sin embargo, pienso en ti.
Sigo creyendo en ti,
sigo amándote,
sigo sintiéndote,
sigo escribiendo por ti,
sigo soñándote
como el primer día
que hicimos el amor,
leyéndonos,
mirándonos.

Y recorrí la historia de amor
por ti.

aapayés

Relato VIII -La Rutina que Conduce al Abismo









La Rutina que Conduce al Abismo

Los días corrían teñidos de guerra, y en El Salvador los escuadrones de la muerte sembraban el miedo a plena luz. En la Universidad de El Salvador, el movimiento estudiantil latía al compás de la lucha política, y mi aporte, como el de tantos otros en tiempos convulsos, era un grano de sal en el torbellino. En la UES, la resistencia era cotidiana: planificar manifestaciones, organizar el quehacer universitario, vivir.

Y es ahí, en lo habitual, donde anida el peligro. La rutina se convierte en un camino previsible, y el previsible es vulnerable. Así me sucedió.

Cada mañana entraba temprano a la UES, y al caer la tarde, entre las cuatro y las cinco, partía en busca de mi novia. Nuestro encuentro era siempre en su trabajo y junto ir al autobús que nos llevaría al centro de San Salvador. Una tarde más, una tarde que parecía igual a las anteriores, iba sentado en las butacas traseras, pegado a la puerta. De pronto, sentí sobre mí la mirada fija de un hombre. Me alarmé y comencé a observar con disimulo. Entonces descubrí a otro, con idéntica intensidad en los ojos. Eran dos jóvenes bien vestidos, de apariencia informal, pero con ese detalle siniestro: la “mariconera”, ese bolso donde los escuadrones solían llevar el arma.

De repente, no eran dos. Eran cinco. Cinco rostros imperturbables formando un círculo tácito a mi alrededor. Yo estaba junto a la salida; un movimiento brusco y podría saltar, huir. Pero no estaba solo. Junto a mí, mi novia, y esa era una responsabilidad sagrada. Al aproximarnos al mercado central, rumbo al parque Libertad, la tensión se enroscaba en mi pecho. El miedo, agudo y frío, recorría mis venas con el presentimiento del secuestro.

Inclinándome hacia su oído, le dije en voz baja: “Nos bajamos en el parque, frente a la Iglesia del Rosario”. Así lo hicimos. Bajamos corriendo, tomados de la mano, y corrimos hacia otro autobús que avanzaba por la Avenida, hacia el Reloj de Flores. Pero al subir, el corazón se me heló: ellos también habían abordado. Entonces le confesé a mi novia: “Nos siguen desde la universidad. Tenemos que actuar”.

Íbamos en la ruta 3, vía Soyapango. En medio del tráfico, decidido, le dije: “Nos tiramos con el autobús en marcha”. Bajamos en plena calle, y caminamos hacia adelante, evitando las aceras. De pronto, los cinco caminaban paralelos a nosotros: ellos en la vereda, nosotros en el asfalto. Corrimos hacia otro bus detenido por el semáforo y subimos. Pero en la parada de La Constancia, donde se agolpaba la gente, vi a uno de ellos llegar corriendo. Nuestras miradas se cruzaron por un instante cortante como un cuchillo. Subió de inmediato.

Ya en marcha, por el bulevar del Ejército, cerca de la entrada a Amatepeque, mi novia me susurró: “Adolfo, esos tipos no dejan de mirarte”. Volteé. Todos estaban ahí, sus mariconeras marcando el volumen pesado de un arma. Lo vi con claridad: el metal se delataba bajo la tela, balanceándose con el movimiento del bus.

Reflexioné un segundo, que fue una eternidad. Le dije a mi novia, con calma forjada en el miedo: “Vamos a saltar otra vez. Inclínate hacia atrás al caer”. Y así, frente a BoniDiscos, nos lanzamos al vacío de la calle. Corrimos desesperados hacia el mercado de Soyapango, perdiéndonos entre la multitud, buscando la salida que nos llevara a refugio, a la casa de mi madre.

Y debo decirlo, ahora que la memoria lo reclama: mi novia llevaba en su vientre tres meses de vida.

Así fue, en una tarde cualquiera convertida en pesadilla, como escapé una más de las tantas veces que la muerte rondó disfrazada de rutina.

aapayés

jueves, 8 de enero de 2026

Cuando tu nombre resuena.




















Bebo el vacío
de un sorbo imaginario
que fluye por mis grietas
y en el centro abierto
hacia todo lo posible.

Pero eres ausencia.
Solo el rastro del alba
de lo que pudo ser:
un eco de labios
en el día del no-adios.

Un umbral suspendido
y la caída vertical
cuando tu nombre resuena.

Bebo el tiempo
que nunca aconteció
en los desiertos del tacto
perdido en el ángulo ciego.

Bebo el silencio
de lo no dicho
el fuego que digirió la memoria
geometría de un vértigo
deseo asimétrico
en el lecho de todos los posibles.

Y aquí permanezco
habiéndome bebido el mundo
en tu no-estar.

aapayés

miércoles, 7 de enero de 2026

En el acuario infinito del olvido















Mi expediente proyectaba una sombra líquida
que mojaba las paredes del tiempo.
En sus reflejos, tu rostro era un espejo vacío
y yo solo el eco de un nombre mal escrito.

Al navegar sus páginas pálidas,
encontré un poema con extremidades amputadas,
flotando en formol de silencio.
Y en su tinta evaporada,
leí tu desaparición geometrizada.

La penumbra del expediente era un animal quieto
que devoraba mi alma con dientes de algodón.
La vaciaba hasta dejarla transparente:
cristal opaco que cantaba,
espejismo con huesos rotos,
ángel caído en un océano de mármol.

Las palabras eran mariposas ciegas
quemando sus propias alas en lámparas de razón.
El verbo imaginario, un fauno pálido,
danzaba sobre las ruinas del sentido,
mientras su retórica de humo
cristalizaba en flores de sal.

Al final, la penumbra era un río negro
donde mi infancia nadaba con branquias de papel,
convirtiéndose en un pez de tinta
en el acuario infinito del olvido.

aapayés

martes, 6 de enero de 2026

Vibras como el cielo














Aquí permanezco,
con una imagen del silencio
que me dice todo lo que contigo
nunca supe expresar.

Y vibras como el cielo
en una tormenta de invierno;
sus rayos y truenos
son esos sentimientos
que no supe nombrar,
los días de un amor sin amar.

Y sigo aquí,
como siempre,sin entender
la vida que un día soñamos vivir

aapayés

Relato VII. -La UES La última cena.












El aire caliente del verano olía a tiza, a tierra reseca y a tinta fresca de mimeógrafo. Nuestro mundo era aquel local de la Unión Consecuente, enclavado entre las cabañas de Humanidades, frente al silencio oscuro de las cabañas de Idiomas. Los días se consumían en el ritmo lento pero urgente de la memoria: reuniones, planes, la sombra larga de las fechas que se acercaban. Julgaba sobre nosotros, imborrable, el 30 de julio. El eco de los disparos en la pasarela del Seguro Social, unas cuadras abajo del Hospital Rosales, aún resonaba en el asfalto y en nuestros carteles. Era la herida que la represión de Molina había abierto y que nosotros, con brochas, papeles y palabras, intentábamos mantener viva.

Por eso, esa noche, días antes del aniversario, el local bullía. Decidimos quedarnos, trabajar mientras la ciudad dormía. De algún modo, entre todos, habíamos conjurado una cena. Cada uno aportó lo que pudo: un trozo de pan, unas frutas, algo de queso. No era fastuosa, pero en su sencillez era un banquete, un acto de resistencia compartida. La mesa, grande y desvencijada, se llenó de aquella comida humilde que sabía a comunidad, a un breve y frágil momento de paz. Agradecimos en silencio. No era común tener tanto.

La tregua fue breve. Como a las diez u once, la sombra de un custodio se pegó a la ventanilla del bunker. Su voz, un susurro áspero, nos heló la sangre: “El ejército entró por Derecho”. El aire se espesó. De inmediato, el instinto de seguridad se apoderó de nosotros. “Flecha” me miró: “Salí a verificar”. Asentí, y salí a la noche.

El campus era un laberinto de sombras y silencio. Me parapeté junto a un árbol en la esquina de las cabañas de Idiomas, cerca de las aulas de Física, con la vista clavada hacia Biología. La oscuridad era mi único escudo. Y entonces, los vi.

Emergió primero un solo soldado, un fantasma con casco y fusil. Y detrás, una procesión siniestra, una serpiente de pesadilla que se deslizaba en el silencio: filas combinadas de ejército, policía, guardia nacional, hacienda. Pasaron a seis o siete metros de mí. Conté, con el corazón golpeándome los oídos, unos cincuenta efectivos. Avanzaron por el pasillo de Física, se perdieron tras Biología, rumbo a Periodismo, para luego torcer hacia Ingeniería, Agronomía… un lento y metódico cerco que describía un círculo fatal, de vuelta hacia el Consejo Superior, el parqueo de Psicología, y finalmente, hacia nuestro pasillo. Hacia nosotros.

Corrí. La confirmación que llevaba era un nudo de hielo en la garganta. “Sí, están aquí”. Las órdenes fueron rápidas: a Víctor y a mí nos destinaron afuera, como ojos en la penumbra. Nos refugiamos en la primera aula de Idiomas, a pocos pasos del local. Desde allí, entre sombras, observábamos.

Pasada las once y media, la silueta del primer soldado recortó el pasillo. Se detuvieron frente a a la puerta. El despliegue fue un ballet macabro: uno a cada lado del marco, otro en el centro, otros en las esquinas del local, algunos desvaneciéndose hacia la parte trasera. El que estaba en el centro alzó el puño y golpeó la puerta. Toc, toc, toc. El sonido era seco, obsceno, en la quietud total. Allí se quedaron, inmóviles, durante diez minutos eternos.

Víctor y yo, desde nuestro escondite, conteníamos la respiración. Mi mente, en medio del estrés que agrietaba todo pensamiento, ya dibujaba el final: una balacera súbita, el cuerpo desplomado bajo los follajes de las cabañas de Idiomas, la última noche. Me vi ahí, tendido muerto, mientras los árboles susurraban indiferentes.

Pero el milagro, o el capricho del miedo ajeno, ocurrió. No entraron. Tras esos minutos de tensión insoportable, dieron media vuelta. Los vi marcharse, la misma fila fantasmal, desfilando una vez más frente a mi escondite, alejándose en la oscuridad.

Más tarde, los compañeros, con los rostros aún pálidos, me contaron lo que había sucedido al otro lado de la puerta. Habían estado apostados allí, listos, escuchando cada rumor. Oyeron la voz ronca de un soldado: “Entramos, la puerta está abierta…”.

Hubo una pausa. Luego, otra voz, cargada de una duda súbita o de un temor supersticioso, cortó el aire: “¡No!”.

Y se marcharon.

Así vivimos nuestra última cena. No hubo vino ni pan consagrado, sino el sabor agridulce de la comida compartida y el metal de la angustia. Esa noche, el ejército combinado, violando la autonomía universitaria, armado hasta los dientes, había entrado en nuestro santuario. Y se había ido, dejándonos con el sabor del miedo, la sombra de la muerte, y la frágil, temblorosa certeza de que, por esa vez, la historia había pasado de largo, rozándonos con sus garras heladas

aapayés

lunes, 5 de enero de 2026

Sosegado


 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sosegado 
Por la incoherencia matinal
me sobrevino
un arcoíris de imágenes
que acariciaban
el menester placer de tenerte
con una caricia huérfana
del viento moliendo
el verso de amarte.

Y supe, sin darme cuenta,
que la imaginación
es un parásito del placer,
un deseo abandonado
en el hospicio del olvido.

Sosegado
y ausente de ti,
me inclino a la partida
para escribir
un verso en el malecón
de tu silencio desnudo,
con la ingenuidad
de un colibrí que busca miel.

Te dejo
y me inclino
al placer de leer
tu cuerpo en primavera
y, en invierno,
al calor de tu ausencia.

aapayés

domingo, 4 de enero de 2026

Vértice de un silencio




















Existe una geometría
de la partida.
Una de sus aristas
-corte de luz en el vacío-
es la palabra que se congela
antes del labio,
el vértice de un silencio.

Girar sobre uno mismo
es una forma del camino.
Avanzar con la sombra
como única ofrenda,
mientras la mano
-sin querer-
firma el primer pacto
con lo que aguarda.

Hay un archipiélago
de besos en la bruma.
Solo uno es mapa:
la quemadura intacta,
la forma que perdura
cuando se desdibujan
todos los contornos.

aapayés

sábado, 3 de enero de 2026

Ecos de lo Inasible















Un sonido que todos repiten,
una sílaba gastada en el viento,
un río seco en los labios.

Habitan un mundo de ruinas,
donde todo gesto puro
es un jeroglífico a la intemperie.

El beso que es un eclipse,
la caricia, geografía fugaz,
el abrazo, arquitectura del vacío,
la mirada, un espejo empañado.

Solo la palabra que nace del silencio,
puede, con su luz suave,
acariciar el alma desnuda
del que espera oírla.

Es la raíz del grito y del silencio,
la savia secreta del instante,
la única respuesta
a la feroz pregunta de estar vivos.

aapayés

viernes, 2 de enero de 2026

Un poema sin órganos




















El eclipse del expediente se alzó.
Y en su negrura,
no eras más que un vacío.
Ni siquiera yo estaba allí.

Al recorrer sus páginas póstumas,
sólo hallé
un poema sin órganos.
Y en su gangrena,
confirmé tu no-existencia.

El eclipse del expediente creció.
Y al final,
mi alma se deshizo en tizne:
yerta y embriagada de nada,
obscena e innoble,
como un metal maldito en la niebla eterna.

Pudriéndose de sí misma,
la palabra mental,
ese espíritu elocuente,
incineró con su frío
la última semilla del sentido.

El eclipse del expediente consumió
hasta el polvo.
Y mi infancia fue un tumor en la página,
un cáncer de sílabas vanas
en el hospital del olvido.

aapayés

jueves, 1 de enero de 2026

En el limbo de tu cintura




















Tu silueta 
lleva escrito el verso
que funda lo eterno
con sólo aparecer.

Me desnudo
en el limbo de tu cintura,
piel hecha de umbral,
repitiendo el instante
en que fuimos
un solo intento de vuelo.

Tu figura:
geografía inminente
donde el infierno y el paraíso
se tocan.
Cielo de una ternura quieta,
volcán que arrasa con su lava
justo antes
de que arda la razón.

Tu imagen
es el claroscuro del poema,
oráculo que habla con la piel,
festín del sentido.
Es el punto final
que desnuda la lucidez
sobre el lecho del mundo.

aapayés

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Bebo los minutos que se negaron a nacer














Bebo la sombra de un sorbo
que inventa sus propias venas
en mi geografía invertida
y en el corazón abierto como un mapa
que se desdobla hacia todos los nunca.

Pero eres el vacío que respiro.
Solo la huella de una mañana
que nunca amaneció:
el reflejo de un beso
en el espejo del no-tiempo.

Una esquina que toca el infinito
y un abismo que pisa su propio fondo
cuando pienso en tu nombre de arena.

Bebo los minutos que se negaron a nacer
en los páramos de lo intangible
extraviado en el pliegue de lo que se olvida.

Bebo el eco del silencio
que no pudo contener
el incendio que se comió los espejos
álgebra de un delirio
deseo que desafía la gravedad
en el lecho de todos los imposibles.

Y aquí permanezco
habiéndome bebido los relojes
en tu eterna tal vez-existencia.

aapayés

martes, 30 de diciembre de 2025

En el asilo de la nada


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Plácido 
Por la fuga matinal
sobrevino
un arcoíris de sombras
acariciando
la necesidad de poseer
con una caricia huérfana
del viento pulverizando
el verbo amar.

Y supe, sin ser,
que la imaginación
es un parásito del goce,
un deseo recluido
en el asilo de la nada.

Sereno 
y vacío de ti,
me inclino hacia la fuga
para trazar
un verso en el espigón
de tu mudez desnuda,
con el temblor
de un colibrí en el néctar.

Me pierdo
y me inclino
al acto de leer
tu geografía en llamas
y, en la escarcha,
al calor de tu hueco.

aapayés

lunes, 29 de diciembre de 2025

En el silencio estelar de la vida.




















Ya lo dijo la luna:
"Si no encuentras el brillo del alma
en el firmamento,
será por la ausencia
de amor en tus ojos."

No mires a los lados,
no esperes nada de nadie.
Ama como te amas,
escuchando al alma
lo que gritan las vísceras.

Y yo aquí,
sosegado por el destierro,
cual imagen perfecta del olvido,
escribo un verso para ti.
Y el lucero se lo lleva,
cual beso ausente
en el silencio estelar de la vida.

aapayés

domingo, 28 de diciembre de 2025

Disparé Silencios




















Disparé silencios de ala fugaz,
para calmar la sed del tiempo ya perdido,
que removió el cristal de aquellos instantes,
los que dormían, mustios y vencidos,
en la urna de sombra del olvido.
Y no estabas tú.

Altura de un amor sin profanar,
aquel que un día,
con suavidad de rocío,
nutría el sueño infinito de tenerte.

Disparé silencios... y la voz se quebró.
Fue un eco sin respuesta en la llanura,
una caricia que se hizo destierro.

Disparé silencios hasta la madrugada,
y en mi boca nació un jardín de piedra.

aapayés

sábado, 27 de diciembre de 2025

En el frasco del recuerdo




















Abrazando tentaciones 
para acallar los anhelos perdidos
que remueven
esos instantes
que se ocultaban,
ya marchitos,
en el frasco del recuerdo.
Y no estabas tú.

La cima de un amor
inmaculado,
aquel que un día
le acariciaba al alma
con tan solo tenerte.

Nostalgias en silencio
y la voz naufragó.
Fue un eco sin respuesta,
una caricia sin regreso,
un puente hacia la nada.

Nostalgias 
y la noche se llenó de mudez.

aapayés

viernes, 26 de diciembre de 2025

Solvente
















Solvente
En la imposibilidad de ser
un algoritmo fiel
a tus anhelos;
una caricia aislada
sobre tu piel,
o un beso hundido sin retorno
en el mar del sentimiento.

Solvente,
esquivo y esquizofrénico,
de un despertar
en soledad,
ante el vasto llamado
de trazar
un verso
al borde del olvido.

Ya lo dije hace mil años,
cuando apenas
era polvo
en la estepa
de un mar seco,
allá en el lejano este de Mongolia.
Y fui desde entonces
grano de poesía
en la carne viva
de la tierra,
átomo errante,
aliento mínimo
en el cielo milenario
del canto.

Solvente,
al menos,
antes de convertirme
en sólo un suspiro
entre tus deseos.

aapayés

jueves, 25 de diciembre de 2025

La cruel riqueza de tu belleza




















¡Los pergaminos!
Aquellos que en su arrugada piel
grabaron a fuego la nostalgia más honda
y atesoraron, cual avaros,
la inmensa, la cruel riqueza de tu belleza…

¡Los encontré!
Yacían, moribundos, abandonados
en la gélida y yerta cabecera
de mis sueños rotos.
Y en un sollozo, quise leer…
mas fue en vano.
¡Mis ojos ciegos ni siquiera pudieron descifrar
el maldito título de tu nombre!

¡Oh, los pergaminos!
Aquellos que nuestras almas leyeran
en un éxtasis de juventud,
ya se cubren, ya se ahogan
bajo la ceniza gris del tiempo insomne,
hundiéndose para siempre
en el insondable, 
traicionero océano de esta vida.

aapayés

Relato VI un disparo marcando el destino









Era una noche de verano de 1965, una noche cargada de un calor denso y de recuerdos recientes del temblor. Yo dormía en un centro de refugiados, un lugar provisional para almas desplazadas por el gran terremoto que había sacudido San Salvador aquel lejano 5 de mayo. La quietud era un frágil velo sobre el miedo.

De pronto, la oscuridad se rasgó. Un grito, desgarrador y agudo, atravesó el silencio como un cristal quebrado. Era el llanto de un niño de dos años, arrancado del sueño no por una pesadilla, sino por el estallido seco, brutal, de un fusil. Un soldado, en un juego fatal con su arma, había dejado escapar un disparo a la noche.

Al clamor del pequeño, respondió el corazón desesperado de dos mujeres. Su madre y su hermana se levantaron como sombras veloces, guiadas únicamente por el hilo de angustia que trenzaba aquel llanto. Corrieron hacia el sonido, un sonido que ya se teñía de un presagio amargo.

Al llegar, el aire se les heló en el pecho. Allí, bañado en un rojo oscuro, estaba el niño. La bala, ciega y violenta, le había atravesado la mano derecha, junto al corazón inocente que latía bajo su pecho. La sangre manaba, pintando un mapa de dolor sobre su piel.

Su hermana, con un valor nacido del puro terror, lo tomó en sus brazos, convirtiéndose en su altar y su baluarte. Los gritos de auxilio se mezclaron con el llanto ahogado de la madre, formando un coro desolado que imploraba a la noche. Así, entre la urgencia y la desesperación, lo trasladaron como un frágil tesoro herido al hospital.

Lo operaron de la mano derecha. Salvaron su vida, pero no pudieron borrar la huella. La cicatriz quedó, no solo en su carne infantil, sino en el lienzo de su destino. Aquel disparo, escapado de un juego insensato en una noche de verano, se convirtió en la marca indeleble que, para siempre, narraría su vida: una historia que comenzó con un estallido, un grito, y el rojo oscuro de la sangre bajo la luna de 1965

aapayés

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Bebiendo el sexo de la discordia
















Soy sacrílego
de mis propios versos,
de la poesía absurda
que anida en los intestinos del olvido.

Soy un agujero negro
en el cielo ciego
de la discordia,
una sonrisa imaginaria
grabada en los aranceles del pensamiento.

Y no sé nada
de lo que siento,
de lo que late
en la inmaculada percepción
de un beso desnudo,
ciruleando
entre sombras,
un beso imaginario
en tu boca
con esa lengua tentadora
que acaricia el vacío,
bebiendo el sexo de la discordia.

Soy sacrílego
de la música discordante,
de la poesía
que nace en tus caderas
y en tus caricias,
atadas al cuerpo del poema,
a tu poesía.

aapayés

martes, 23 de diciembre de 2025

En el acantilado del tiempo.




















En la inminencia de no ser
código fiel
a tu geometría;
un roce suspendido
en el límite de la forma,
un naufragio de labios
en el territorio del tacto.

Doblado y desdoblado
en un amanecer
sin testigos,
en la vasta sed
de marcar un signo
en el acantilado del tiempo.

Ya estaba escrito en el sílex,
cuando era apenas
resto de luz
en la llanura
de un océano de silicio,
allá donde la geografía se desvanece.

Y fui, desde entonces,
partícula de canto
en el cuerpo del mundo;
eco sin origen,
resonancia mínima
en la bóveda antigua
del lenguaje.

Acaso,
antes de volverme
únicamente
fantasma de tu querer.

aapayés