Cuando en mi adolescencia me sentaba en el sofá a ver Mad Max (reconozco que lo hice en más de una ocasión por el mero hecho de recrearme viendo a Mel Gibson) me encantaba ese caos fuera de la realidad que la pantalla me mostraba. Ese planeta desértico en el que todo rastro de civilización había desaparecido, en el que la violencia por la supervivencia era la que mandaba. Me gustaba porque luego, cuando regresaba a la realidad, valoraba la capacidad de imaginación de los guionistas y el mundo que me rodeaba.
El domingo en La 1 emitieron una película titulada ‘Civil war’. Calidad cinematográfica tenía poca, la verdad, pero su argumento pese a irreal, me inquietó. EEUU estaba sumida en una guerra interna generada por su presidente al que dos fotógrafas y dos periodistas tenían la intención de entrevistar cuando llegasen a Washington DF. Querían plantearle una pregunta clara: «¿Le parece buena idea enviar helicópteros a bombardear a la sociedad civil americana?». No pudieron hacérsela.
El camino a la Casa Blanca estuvo plagado de peligros, de ciudadanos que se mataban unos a otros sin argumentos o con ellos, daba igual. Era la violencia por la violencia y alguno de los protagonistas perdió la vida. Cuando llegaron a su destino las ‘fuerzas aliadas’ sometían y mataban al mandatario de la primera potencia mundial. Insisto, mala calidad cinematográfica y argumento ¿irreal?. Lamentablemente me dejó muy mal cuerpo porque lo veo posible. Igual es porque ya dejé la inocencia de la adolescencia muy atrás, y estoy metida en plena madurez de la vida.
Este martes por la tarde en un canal de noticias 24 horas les dio por programar otra película distópica. Era la de un tipo de pelo amarillo y cara naranja que se subía al púlpito de las Naciones Unidas. Desvariaba, en un discurso deslavazado, hablando de escaleras mecánicas que se habían estropeado, protestando por no tener el prompter funcionando, pidiendo el Nóbel de la Paz por haber acabado en ocho meses con siete guerras, afirmando que las energías renovables acabarán con el planeta, asegurando que en las calles de Londres su alcalde va a imponer la ley islámica, reivindicando el mármol como necesario para reformar las salas del plenario neoyorquino, augurando el derrumbe de Europa por permitir entrar en sus países a los inmigrantes, negando el genocidio en Gaza.
De verdad, no sé por qué las televisiones se empeñan en programar este cine que no hace más que incomodar el espíritu y llevarnos a la inquietud continua.