Son tiempos raros y hay que ponerse creativxs

Que levante la mano quien sienta que no son tiempos raros. Que me escriba, por favor, porque me interesa escucharle. berta.reventos@gmail.com.

Cuando pregunto a mi alrededor –en persona, por teléfono, chat o videollamada, a una muestra dentro de todo diversa de seres humanos, en diferentes momentos del día, de la semana, y en latitudes dispares– si cree que son tiempos raros, existe una sensación bastante compartida de que, efectivamente, son tiempos raros. Aunque ya sabemos que mal de muchos consuelo de tontos, eso me alivia, porque me doy cuenta de que no estoy ni loca, ni sola (que muchas veces una cosa es consecuencia de otra).

El 2025 ha empezado, como se dice aquí, con todo. Quienes nos dedicamos a seguir una muy ínfima parte de los eventos que suceden en el mundo, no damos abasto. Quienes se dedican a otra cosa, y quizás precisamente por eso, seguramente tampoco. Y a los que no les interesa saber lo que pasa en el mundo, esta vez siento que no tienen escapatoria. Porque es tan brutal, tan en nuestra cara, tan en nuestra existencia cotidiana, que uno ya no puede decir que no le importa.

Y ni siquiera vengo con lo de tomar partido, ni con lo que está bien, ni con lo que está mal, que esa discusión ya la hemos tenido y, total, quién es nadie para decirle a otro lo que tiene que pensar. Ahora es una cuestión ya esencial, incluso de humanidad y del componente humano que nos hace humanos. Y no, no me he equivocado repitiendo tantas veces esa palabra. Mírate las manos y toca las de otro ser humano por lo menos una vez al día. Y sígueme para más consejos. Porque si estamos siendo testigos, en primera persona, ni más ni menos que del blanqueo del nazismo, habrá que agarrarse fuerte, con manos y dientes, porque vienen curvas.

¿Viste cuando estás en una relación y de repente te das cuenta de que las discusiones siempre son sobre lo mismo? Celos, tareas domésticas, escucha activa, vida sexual, tiempo compartido, lo que sea que sea tu problema de pareja, se va enquistando y se cronifica. Y un día le dices al otro, o te dices a ti: “no puedo creer que sigamos discutiendo sobre esto”. Y en ese instante y de forma inevitable, se abre una puerta a proponer o buscar un cambio: se plantea algo nuevo dentro de la relación, o te vas, o se va la otra persona… pero bueno, algo cambia.

Igual en lo colectivo, pues. Vale, y ¿qué hacemos y cómo? El otro día mi amiga me decía que ya no sabe si las marchas sirven. Es posible que ya no sean el instrumento más efectivo para cambiar o detener o promover algo, como lo ha sido en otros momentos de la historia. Pero entonces, ¿qué hacemos?, ¿por dónde vamos?. ¿Es a través del activismo online, o como se llame? Por cierto, ¿online sigue siendo una palabra? ¿Es en X? ¿Es saliendo de X? Qué difícil.

Andamos un poco como patos mareados, llegamos tarde porque otros ya están viviendo en el futuro, y además nos han sedado un poquito, con la pandemia y la precarización, combinado con un perfeccionamiento impecable del consumismo. Ríete tú de los anuncios de la tele de antes, que supuestamente te iban a hacer tonto y esas cosas. En mi casa no estaba muy bien visto quedarse viéndolos, porque exceso de estímulos y consumismo. Já. Me acuerdo cuando apareció la publicidad en Instagram: nos indignamos cinco minutos y ahora yo ya no distingo, porque “todo es contenido”.

Que levante la mano a quien le afecte seriamente en su interior y en el acontecer de su día ver a una persona en situación de calle. ¿Viste? Sedados. Por supuesto no me voy a zonas de guerra, porque ahí ya… es un videojuego, simplemente. Y ahora un territorio con potencial inmobiliario, fíjate tú, y lo dice un magnate del real estate, que resulta que –cosas de la vida, porque nadie (absolutamente nadie) sabe cómo los outsiders llegan ahí, debe ser que están tocados por lo divino– es presidente. Como empresario, si lo piensas, tiene buena vista: ¿quién no quiere una casita frente al mar?

En fin. Hay que ponerse creativos, creativas y creatives. Y no desesperar. El fin de semana, post Davos, mi amiga llegó un poco abatida: “qué mal día para amanecer lesbiana, boluda”. Y, al cabo de un rato entre amigas, charlas, risas, llantos, brisa de verano y alitas de pollo, dijo: “en realidad, creo que la manera más potente de resistir es seguir sintiendo amor, que es lo que ellos no conocen, en lugar de llenarnos de odio, que es lo que ellos entienden.” Mirá vos qué gente tan lúcida me rodea. Supongo que, efectivamente, ni sola, ni loca. Por ahora, nos vemos el sábado en la marcha.

“It’s already tomorrow in Australia”

Me sigue pareciendo muy extraño celebrar la Navidad en verano. Es un buen ejercicio para mi mente organizada en colores por meses del año –sí– porque le ayuda a recordar que agosto también puede ser azul y diciembre, amarillo. Mi cuerpo por suerte va solo y se adapta con extrema facilidad a la llegada del calor, pero la de arriba todavía piensa que estamos finalizando junio, pobrecita. Y cuando cae en que lo que está finalizando es el año, envía “Error 404” y toda yo me confundo por un instante, pero en seguida se me pasa porque pienso: bueno, ¿y?

Diciembre en Buenos Aires no es cualquier cosa: la mezcla del fin de año con la llegada del verano es un tambaleo constante entre la abundancia y la extenuación, todo en exceso y muy distinto a lo que sucede con el frío en el hemisferio norte. Cuando de chiquita aprendí la división de la Tierra en nortes y sures, y que cuando en un lugar es de noche en otro es de día, y que no siempre es primavera pero sí abril en todas partes a la vez, me voló la cabeza. Después pensé que por qué Asia va primera y América última, y de hecho todavía hoy me pregunto si no habrá manera de hacer que el inicio del día en Alaska sea el final del día anterior en Sydney. O mejor aún, ¿por qué no empieza el día en el meridiano de Greenwich, por ejemplo? Quizás estoy diciendo boludeces, como cuando intento sacar las cuentas en un gasto grupal y nada de lo que digo tiene sentido, pero lanzo la duda por si alguien lo había pensado también y no se había atrevido a preguntar, porque a veces eso pasa. Siempre me sonrío cuando me acuerdo de la tira de Peanuts donde Peppermint Patty le dice a Charlie Brown que no es posible que el mundo acabe hoy ya que “it’s already tomorrow in Australia”. Claro.

Vivir al revés de lo que siempre conocí me va bien, creo. Yo me siento a punto de celebrar Sant Joan y no Nochebuena. Aunque si se trata de celebrar, que se llame como quiera. Lo que me lleva a pensar en otra cosa acerca de la Navidad: no soy cristiana ni practico ninguna religión, y sin embargo celebro litúrgicamente, todos los años, el nacimiento de Jesús. Sí, ya sé que también es un motivo para estar en familia y comer rico, pero, ¿no es un poco raro sumarse un solo día al año a una religión que no practicas? ¿Por qué no le ponemos el mismo compromiso a un cumpleaños, por ejemplo, o a una cita para tomar café o ir al cine? Hace poco hablamos de esto con dos amigas: una de ellas pasa de la Navidad olímpicamente, y a la otra ni le va, ni le viene. La única fan con contradicciones era yo: reconocí sinsentidos obvios como el despliegue descarado del consumismo, pero de puntitas porque… joder, cómo me gusta que los Reyes me traigan regalos.

Ya está, me encanta la Navidad. En invierno, en casa, comiendo galets y pilota y turrones hasta el empache, cantando villancicos sobre adorar al niño Jesús y llorando un poquito por los que ya no están. Por Dios, crecí con el spot del Almendro de “Vuelve a casa por Navidad”. Hay cosas a las que una sencillamente no quiere renunciar, por poco sentido racional que tengan. Y ojo, me encanta estar pasando las Navidades en Buenos Aires: la perspectiva siempre le hace bien al cerebro, porque este se elastiza y se vuelve permeable y recuerda no solo que diciembre puede ser amarillo, sino que puede ser del color que yo quiera.

Siempre me voy de noche

Me acabo de dar cuenta. Siempre me voy de noche. No me gusta amanecer en un lugar del que me tengo que ir; “ah, pero es mejor si te vas de día”, “es mejor conducir con luz”, “vas a encontrar tráfico”… sí, sí, me da igual: me voy de noche. Quiero amanecer en mi casa, en mi cama, no tener que recoger mis cosas por la mañana. Eso me duele de una forma inexplicable, tanto que hasta escribiéndolo me dan ganas de llorar.

Cerca de la medianoche he abandonado la casa de una amiga, donde he vivido durante los últimos 22 días mientras ella estaba de vacaciones con su hijo. Tiene dos gatas y varias plantas y por eso me pidió que me instalara ahí. A mí me pareció un buen plan: mi casa es pequeña, esta era más grande; mi casa no tiene balcón, esta sí; llevo mucho tiempo coqueteando con la idea de mudarme, esto era como un ensayo; así, en resumen, la propuesta implicaba un cambio de aires por un rato. Un buen plan.

Pero lo mejor de todo, y en realidad lo único que me generaba inquietud de esa mini mudanza, eran las gatas. “Yo soy una persona de perros” es una frase que he repetido hasta la saciedad durante años de mi vida, casi en automático, y eso en nuestro mundo binario implica, de alguna manera, que no me gustan los gatos. Claro, porque es gatos o perros; no te pueden gustar los dos. El helado preferido de la gente es vainilla o chocolate; nunca te puede gustar tanto la vainilla como te gusta el chocolate, tienes que elegir.

Vamos con las gatas. Mi amiga, el día en que se iba, me pasa a buscar en su auto y yo me doy cuenta de que estoy haciendo una verdadera mudanza –“¿qué haces con tantas cosas, niña?” me dice al verme– y yo “tira, que hay un quilombo”, apresurándola a que cargue mis múltiples paquetes porque en hora punta mi calle es un caos, pero dándome cuenta de que, efectivamente, no hace falta tanta cosa, que en mi cabeza podía entrar todo en una mochila y que, no sé cómo, he acabado llevándome hasta un paquete de arroz, varios pares de zapatos, y un segundo libro por si me acabo el que estoy leyendo (sorpresa, no lo he hecho). Mucho “por si acaso”. (En estos momentos de llenar maleteros de por si acasos mientras una fila de coches se te amontona detrás siempre me río pensando en mi abuela, que cuando nos íbamos al pueblo tres semanas en verano se llevaba hasta el cartón de los huevos desde Barcelona). 

Bueno, llegamos a casa de mi amiga, y me enseña dónde está todo: aquí esto, aquí lo otro, yo no presto mucha atención porque solo me preocupa un tema: cómo tengo que cuidar a las gatas. Dios mío, nunca he cuidado a un gato. Y ahora son dos. Espero hacerlo bien. Solo una vez conviví con uno, pero me desentendí de sus cuidados porque el gato hacía lo que le daba la real gana y mi compañera de casa decidió ocuparse ella, que sí que le gustaban y entendía. Gracias eternas porque en mis manos ese gato hubiera muerto. Evaporé ese recuerdo de mi mente ya que estaba a punto de ocuparme de dos ahora. A ver, atención, cuéntame.

“Nada, aquí está la comida, les pones un tazo de estos hasta que se lo acaben, fíjate que siempre tengan agua” –yo pensaba que tomaban leche como en las pelis, mira–,  “y aquí fuera (en la terracita, punto a favor para mi pequeña mudanza temporal) está donde hacen sus cosas”, sí, me suena esto de las arenas o piedritas, qué horror, pensé, agacharme todos los días con pala agujereada en mano, remover esas piedras buscando excrementos, hurgar a ver qué parte de la arena se ha puesto dura de pis, cavar, tamizar –literal– y meter todo en una bolsa de plástico. Mucho más prácticos los perros, que van al baño fuera de casa, recoges y listo.

Bueno, pienso, lo haremos, total ya estoy aquí y me he comprometido. ¿Nada más? No, nada más. ¿Ya está? Sí, és fácil, ¿no?, me dice mi amiga sonriendo y preparándose para salir. La veo muy tranquila y ella no sabe que una vez casi se me muere un gato. A su hijo, de siete años, le están empezando a dar los nervios del viaje, de subirse a un avión y todo eso que se magnifica cuando eres una persona pequeña que está viviendo las cosas casi por primera vez. Yo quiero complicarme la vida, preguntarle a mi amiga mil cosas de las gatas, ¿cómo son?, ¿qué hacen durante el día?, ¿y durante la noche?, ¿dónde duermen?, ¿crees que les caeré bien?, pero me doy cuenta de que tiene cosas más importantes que atender y me hago, también, la adulta. El niño empieza a levantar la voz y a dar vueltas sobre su propio eje, así que mi amiga lo apresura al rellano con las maletas, los despido y se van.

Bueno… ahora solo estamos nosotras tres. Ha. No sé qué hacer. Para empezar, ¿dónde están? Hace un segundo la gris estaba aquí mismo. Abro de nuevo la puerta de entrada, compruebo el rellano. Nada. Bueno, estarán dentro de casa. Yo no sabía que los gatos se esconden tanto. Estoy acostumbrada a los perros, que siempre están ahí, pendientes de ti. Voy a llamarlas. Para, ¿cómo se llamaban? Y lo peor: ¿cuál era cuál? 

Son Rita y Peque, la gris y la de la mancha blanca en el lomo, y son madre e hija, aunque no lo parecen, por el tamaño. Cuando me entero de eso me doy cuenta de que mi querida amiga Maria me ha hecho un regalo como la copa de un pino: ¿hace cuánto no convivo con una madre y su hija? ¿Qué cosas puedo observar, aprender, incluso recordar?

Tengo un arañazo en la mano izquierda, pero no me importa mucho. Entiendo que Rita, la madre, tenga que marcar territorio ante lo desconocido. ¿Para qué tener una hija si no estás dispuesta a protegerla con las garras? Se hace la boluda pero está todo el día pendiente de Peque.

Para mi sorpresa, juegan entre ellas. Se persiguen, saltan de aquí allá, se pasan cosas deslizando por el suelo. Qué divertido, pienso, jugar con tu madre. 

Maria me había dado unos paquetitos de una comida viscosa que tiene una salsa rarísima que parece yakisoba y que resulta que les encanta –“es en plan capricho”, me aclaró–. “Ahá, voy a decidir muy bien cuándo se lo doy” pensé, seria, haciéndome cargo de la responsabilidad de conceder un capricho. Resultó que el momento fue cuando me dio la gana – ni que estuviera yo educando a nadie. Cuando les serví ese extraño manjar (que olía bien, por cierto), Rita llegó primera y empezó a comer con pasión, hasta que su hija la apartó de un golpe de hocico, se abalanzó sobre el bol y dejó a su madre fuera de juego. Por suerte, Maria –que también es madre– me había dado un segundo bol y más yakisoba.

Me empezó a encantar dormir con las gatas. Qué manera de acurrucarse a mi cuerpo, qué ligeras que son y qué calorcito me dieron en lo que han sido las noches más heladas de este invierno porteño. Solo me molestaban por las mañanas, porque se movían mucho, me pisaban, maullaban, y yo soy muy de slow mornings. O eso digo. Me gustaría dejar de mirar el móvil nada más abrir los ojos. 

Lo de los pelos que van dejando por todas partes me importa mucho menos de lo que nunca jamás en la vida hubiera remotamente imaginado. No entiendo tanto drama de la gente con los pelos de gato, ¡si es el animal más higiénico que existe! Se limpian solos y nunca huelen mal. Por unos pelos que dejan… a los perros, en cambio, báñalos, sécalos, péinalos. Hija, da casi más trabajo un perro que un bebé. 

He tomado mucho sol en la terracita de Maria. Hasta me ha gustado salir a pescar cacas y tamizar pises mientras estuviera absorbiendo vitamina D.

Ya las tres nos hemos acostumbrado a las tres. Ellas ya se conocen, lo sé, y mucho – pero también para ellas es una novedad convivir conmigo. Esto lo pienso ya cruzando el ecuador de mi tiempo aquí. Me hubiera gustado pensarlo antes.

Cuando voy al gimnasio, aprovecho y paso por mi casa, que queda cerca. También tengo que regar mis plantas, o se me van a morir. ¿Cómo veo mi casa cuando llevo tantos días sin habitarla? Me hago unos huevos y desayuno allí, viendo las noticias. Me llevo mi secador: siento que el de Maria me deja el pelo chafado.

Ya estoy, digamos, demasiado cómoda. Rutina consolidada. Ojalá esto fuera una mudanza de verdad, porque realmente a todo una se adapta. 

Hago un nuevo amigo, argentino y periodista, que acaba de volver a vivir a su país tras 10 años trabajando fuera. Me dice que está feliz de estar de vuelta, que su cultura le parece maravillosa, que le encanta Buenos Aires. Vivía en Jerusalén.

Maria me escribe, me pregunta si necesito algo, si estoy bien. Siento que le sabe mal no estar más pendiente de mí. ¿Cómo le digo que no tiene absolutamente nada por lo que preocuparse?

Las gatas son lo más. Si trabajo en el sofá, se me acurrucan a un lado y al otro. No debería trabajar en el sofá porque la postura etc y mis cervicales etc. Pero me encanta que se me acurruquen, así que ya volveré a pensar en mis cervicales cuando no viva en casa de Maria.

Me encantan los dibujos de Lucas pegados con imanes a la nevera, las fotos de gente que no conozco, la organización de los tuppers. Me encanta la vida que se respira en un lugar donde vive una madre.

Viene gente a casa a celebrar un cumpleaños. Es domingo por la tarde, hay torta, mate, Coca-Cola, un par de cervezas. Hay gente con resaca. Las velas son de 30. Hablamos de trabajo, de política, de fútbol, de gatos. Nos reímos, fumamos. Al final, agradecemos. 

El producto para fregar el suelo es rosado y huele a “flores”. Pienso en por qué nunca me decanto por estos tan perfumados, siempre tiro hacia “pino” y cosas así. Pienso que a partir de ahora compraré productos rosados con olor a “flores”.

Estrés, ansiedad, recoger, maleta, otra maleta, otra maleta y todavía no he hecho la primera, trabajo, nervios, pantalla, estrés, ansiedad, mente trabajando demasiado rápido y resolviendo demasiado poco, mate, café noticias Twitter estrés ansiedad viaje seguridad dinero organizar organizar organizar… amigas, terapia, cocina, charla, agua, darme cuenta de que estoy acelerada, bajar el ritmo, agua, risa, abrazo, infusión. Gata pidiendo atención.

Es cerca de la medianoche y pido un Uber. Nada de esto es muy práctico pero, como dice mi amigo Joan, ya estás en el baile. No sé cómo mis paquetes se han multiplicado. No importa. Todo limpio, doble ración de comida, agua hasta arriba, arena nueva, sábanas tendidas. Rita bebe un sorbo diminuto y en seguida relleno de nuevo. Mi amiga llega en 24 horas. 24 horas aguantan, ¿no? Ella me ha dicho que sí, que no me preocupe. Me sabe fatal dejarlas, pero me tengo que ir a mi casa, porque en 24 horas viajo yo.

Además, mañana no quiero amanecer aquí. Ni loca. ¿Irse de un lugar por la mañana? Jamás, no puedo, yo siempre me voy de noche. Como si es a la madrugada, pero me voy cuando es oscuro. Así empiezo el día en el lugar donde empieza el día. No me gusta irme de día. Solo imaginarme que duermo con las gatas una noche más y que tengo que despedirlas en medio de mi slow morning, me da algo. Porque irse es como un ocaso, no como un amanecer. Una despedida a pleno sol no encaja con mi idea de nostalgia, y las despedidas tienen que tener un poco de ocaso y de tinte sepia, chicos. Si no, no sé para qué son despedidas. ¿Será que paso mañana rápido a ver si necesitan algo? ¿Será que mi abuela se llevaba el cartón de huevos porque se acordaba de la guerra?

Saudade

Llorando como un bebé, así me han dejado hoy, sola en mi casa, mirando a la pared, escuchando una canción en bucle y dejando el grifo abierto, como decimos cuando te dan unas ganas incontrolables de llorar y te entregas a la causa hasta que todo el cuello de la camiseta está empapado de agua salada. Así, agotada y vacía, me ha dejado Bet, malísima ella, cuando se ha tomado el taxi rumbo a Ezeiza. Así se fue Anna, sola, hace una semana. Pobrecita ella. 

Qué dramón todo, dios mío. Y qué bien poder llorarlo. En realidad, no pasa nada, porque igual que se llora, se ríe, y se charla y se pregunta y se construye. Igual que se llora, se cuestiona, se discute y se sana. Igual que se llora, se duerme, se cocina, se pasea, se canta. Se comparte y se convive.

La amistad, qué vínculo preciado, extraño, deseado y completo, que nos lleva a lugares extraordinarios cada vez que se materializa, por la experiencia que vive, en vivo, el alma. ¡Qué adictiva es! ¡No quiero que se vayan mis amigas! ¿Por qué se tienen que ir mis amigas? ¿Por qué no pueden quedarse aquí? Qué caprichosa y poco adulta puedo llegar a ser. Es que tienen sus vidas, sus casas, sus parejas, sus historias. Sus responsabilidades, claro: el lunes trabajan. Como yo, eh. Pero ah. Un ratito más. ¿No? Bueno. Pero si os vais, no me soltéis. Yo nunca os soltaré.

Las amigas son algo elevado. Duelo momentáneo aparte, no hay nada más bello que tener una amiga. Se entrega porque quiere, te conoce y te cuida, le encanta hacerte reír. Te pide ayuda aunque le cueste, se deja ayudar. Te cuenta lo que ha soñado, lo interpreta contigo. Te manda un mensaje cuando piensa en ti, te enseña nuevas canciones, películas, libros. Te envía una postal, te regala un dulce, te cocina lo que tiene, te invita a dormir. Te acaricia el pelo y te pregunta por lo que le está pasando a tu corazón. Te abraza si te rompes, se rompe si lo necesita. Se interesa por lo que te importa, personas, proyectos, duelos, ideas. Te da la mano por la calle, te cuenta su mayor miedo. Te confía su secreto. Te pregunta por el tuyo. Te respeta todo. Te da, o te pide, pero nunca te quita. Nunca te limita, nunca te frena, nunca te drena. Si te hace daño es sin querer, y busca el camino para curarte. Para curaros, porque la herida nunca es de un solo lado: para bien y para mal, la amistad es recíproca, simbiótica, nunca unilateral.

Cada vez estoy más convencida de que solo la red nos salva, que los vínculos son lo más grande que podemos atesorar los humanos, lo único que nos hace verdaderamente ricos. A veces me impresiona lo profundo y lo cierto de ese pensamiento, y por eso, aunque en el momento duela, me alivia dejar el grifo abierto cuando se van mis amigas, que se me empape el cuello de la camiseta de agua salada mientras agradezco lo vivido, y que solo me den ganas de verlas otra vez.

Ocelles de fúria

Avui, totes les dones que hi ha en mi s’han alçat furioses. No acostumen a estar-ho, de furioses, només a vegades s’hi posen; normalment passegen tranquil·les, despullades, i tracen camins amb els peus descalços. A vegades corren, i s’esveren, i van de la mà, o soles. A vegades van en grup i es diverteixen moltíssim. Xerren, mengen, llegeixen, dormen, escriuen, dansen i també fan l’amor. Es pengen dels arbres, ensumen l’herba, enfilen muntanyes i recullen les flors. N’hi ha que no paren quietes, altres són més del repòs.


Malgrat la seva existència plàcida, saben que fora de mi el món continua girant, i continua agitat. Aquest món tèrbol i cru que les ha castigat tant que han acabat arribant a mi, a dins meu, i a dins de tantes altres. I aquí ara hi estan bé, però elles tenen memòria, i sempre estan alerta i a punt per si a fora passa alguna cosa. Són com llobes de la nit, amb l’oïda aguda i l’olfacte fi. Perquè, igual que jo sento tot el que els passa a elles, elles senten tot el que em passa a mi. Saben si estic contenta o si estic trista. I saben que si estic furiosa necessito la seva força, i llavors totes deixen el que estiguin fent en aquell moment i van a una, i sovint me’n surto gràcies a elles. A dia d’avui, són moltes. Buf! A cada any que passa, cada lloc on vaig, n’arriben més. A vegades penso si m’hi cabran, si tindré prou cos per resguardar-les a totes.


Avui m’he posat furiosa i totes les dones que hi ha en mi s’han alçat. Han anat totes a una, com en massa, com una banda d’ocelles que de manera instintiva volen en la mateixa direcció fent un dibuix amb els núvols. Avui m’han donat la força per dir “prou”, per censurar cap més ofensa contra mi, contra les altres, contra elles. La veritat m’ha vessat per la boca perquè elles m’omplien sencera per dins, volant amb força pels meus cels i udolant, tossudes, la meva lluna. Perquè aquest món tèrbol i cru disposa de tots els recursos possibles per castigar-nos, i a les dones de carn i os sovint ens manquen tots els recursos per confrontar-lo. I el càstig és diari, i la confrontació diària drena i esgota. Per sort, ens tenim les unes a les altres. Per sort, ens habitem les unes a les altres.


Les dones que habiten en mi passegen tranquil·les, despullades, i tracen camins amb els peus descalços. A vegades corren, a vegades ballen, a vegades canten i també es banyen a l’aigua gelada. A mi m’encanta saber que hi són, que fan la seva i que, malgrat el dolor de la memòria, han trobat en mi un lloc on tenir una existència més o menys plàcida.


Són les violades, les assassinades i les torturades. Són les perseguides i les fugitives. Són totes i cadascuna de les bruixes que van poder cremar, i les que no, i les que van penjar del coll a les places. Són les prostituïdes, les esclavitzades, les supervivents. Són les mares, les àvies, les tietes, les germanes. Són les nòvies i les veïnes. Són les amigues. Són les nenes abusades i les nenes casades. Les que pareixen obligades i les que moren donant vida. Són les que cuiden, són les que cuinen, les que fan aliment del seu pit. Són les del plaer prohibit. Són les preses, les malaltes, les que salten murs, les mutilades. Les sense terra i les sense sostre, les segrestades i les que es van suïcidar. Són les que ho van escriure i les que ho van cantar. Són les que els hi va la vida en ser qui són. Són les lliures, les pobres, les boges, les putes, les monges. Són totes les que vulguin ser-hi, i totes habiten en mi. I jo duc un exèrcit a dins.


Pájaras de furia

Hoy, todas las mujeres que hay en mí se han alzado furiosas. No acostumbran a estar furiosas, solo a veces; normalmente pasean tranquilas, desnudas, y trazan caminos con los pies descalzos. A veces corren, y se excitan, y van de la mano, o solas. A veces van en grupo y se divierten muchísimo. Hablan, comen, leen, duermen, escriben, danzan y también hacen el amor. Se cuelgan de los árboles, huelen la hierba, suben montañas y recogen las flores. Algunas no pueden estarse quietas, otras son más del reposo.

Pese a su existencia plácida, saben que fuera de mí el mundo sigue girando, y sigue agitado. Este mundo turbio y crudo que las ha castigado tanto que han acabado llegando a mí, dentro de mí, y dentro de tantas otras. Y aquí, ahora, están bien, pero ellas tienen memoria, y siempre están alerta y a punto por si afuera pasa algo. Son como lobas de la noche, con el oído agudo y el olfato fino. Porque, igual que yo siento todo lo que les pasa a ellas, ellas sienten todo lo que me pasa a mí. Saben si estoy contenta o si estoy triste. Y saben que si estoy furiosa necesito su fuerza, y entonces todas dejan lo que estén haciendo en aquel momento y van a una, y muchas veces puedo seguir gracias a ellas. A día de hoy, son muchas. ¡Buf! Cada año que pasa, cada lugar adonde voy, llegan más. A veces pienso si me cabrán, si tendré suficiente cuerpo para resguardarlas a todas.

Hoy me he puesto furiosa y todas las mujeres que hay en mí se han alzado. Han ido todas a una, como en masa, como una banda de pájaras que de forma instintiva vuelan en una misma dirección, haciendo un dibujo con las nubes. Hoy me han dado la fuerza para decir “basta”, para censurar cualquier otra ofensa contra mí, contra las demás, contra ellas. La verdad me ha rebosado por la boca porque ellas me llenaban entera por dentro, volando con fuerza por mis cielos y aullando, tozudas, a mi luna. Porque este mundo turbio y crudo dispone de todos los recursos posibles para castigarnos, y a las mujeres de carne y hueso a menudo nos faltan todos los recursos para confrontarlo. Y el castigo es diario, y la confrontación diaria drena y agota. Por suerte, nos tenemos las unas a las otras. Por suerte, nos habitamos las unas a las otras.

Las mujeres que habitan en mí pasean tranquilas, desnudas, y trazan caminos con los pies descalzos. A veces corren, a veces bailan, a veces cantan y también se bañan en el agua helada. A mí me encanta saber que están ahí, que hacen lo que les viene en gana y que, pese al dolor de la memoria, han encontrado en mí un lugar donde tener una existencia más o menos plácida.

Son las violadas, las asesinadas y las torturadas. Son las perseguidas y las fugitivas. Son todas y cada una de las brujas que pudieron quemar, y las que no, y las que colgaron del cuello en las plazas. Son las prostituidas, las esclavizadas, las supervivientes. Son las madres, las abuelas, las tías, las hermanas. Son las novias y las vecinas. Son las amigas. Son las niñas abusadas y las niñas casadas. Las que paren obligadas y las que mueren dando vida. Son las que cuidan, las que cocinan, las que crean alimento de su pecho. Son las del placer prohibido. Son las presas, las enfermas, las que saltan muros, las mutiladas. Las sin tierra y las sin techo, las secuestradas y las que se suicidaron. Son las que lo escribieron y las que lo cantaron. Son las que les va la vida en ser quienes son. Son las libres, las pobres, las locas, las putas, las monjas. Son todas las que quieran ser, y todas habitan en mí. Y yo llevo un ejército dentro.

Estat d’alarma

El pit que s’infla d’aire,
i els pulmons a mig omplir
El badall que fa palanca
però no arriba a fer el respir

En sortir, em sento invisible
o més aviat transparent?
Ningú et fixa la mirada
Què deuen entendre els nens?

Ja no es troben les senyores
que xerraven a la plaça
Les guerreres de la vida
senten por a cada passa

La ciutat és a vessar
però ningú mai no ho diria
Hi ha un silenci sepulcral
tan bon punt s’apaga el dia

Cares tristes, cares llargues,
massa sol per ser febrer
Massa persianes baixades
Massa cartrons al carrer

I no et portis malament,
hi és a cada cantonada,
esperant que t’equivoquis,
d’incògnit i uniformada

I els herois de bata blanca?
Que s’hi estan deixant la pell!
Com ets tan insolidària?
Ja no empatitzes amb ells?

Sobretot queda’t a casa,
surt només per treballar,
vinga va, i alguna compra,
bé que haurem d’anar a votar!

Però prohibit passar-s’ho bé,
que estem en estat d’alarma
Potser vas sentint l’ofec
però has de mantenir la calma

Ara et costa respirar?
No ho diguis gaire fort!
Que demà ja som dilluns
and the show must go on.

Màgia en monotonia

Per l'Aina.

Ahir a les vuit vaig sortir a aplaudir, com gairebé cada dia. M’adono que ja no ho faig com abans: no sé dir fins quan, però sé que “abans” sortia cada vespre a la finestra pensant conscientment en les persones que estan sostenint la situació actual amb el seu treball (els “herois”, que diuen els polítics i la tele). Ara surto a aplaudir, més aviat, per inèrcia: és més “l’hora dels aplaudiments” que no pas “l’hora de l’homenatge al personal sanitari”, o com vulguem dir-li. No estic dient que ja no reconegui la feina d’aquestes persones: estic dient que la repetició dels aplaudiments ha fet que es converteixin en rutina. I a la rutina, ja se sap, una s’hi acostuma i li treu significat.

Els aplaudiments són la meva única cita pràcticament fixa des que va començar el confinament (fa cinquanta-quants dies?), i en la qual mai passa res extraordinari. Sí que poc a poc ens hem anat coneixent les cares amb les veïnes i els veïns, i el que abans era un tímid “déeeu, déu” tancant la finestra, ara és un “adéeeeu, fins demàaaa”, acompanyat d’unes enèrgiques salutacions a dues mans. Però mai hi ha novetats rellevants: si fa no fa, cada dia som les mateixes persones, a la mateixa hora, fent el mateix durant el mateix temps. Mai hi ha hagut un canvi de guió, fins ahir.

Al balcó del davant, va sortir la veïna, que estava embarassada, amb un bebè als braços. Així, de cop: un vespre hi havia panxa i dos vespres més tard hi havia nen. “Mamaaaa, la veïna ha parit!” Des de la resta de finestres van començar les preguntes: quan ha sigut? I on ha nascut? Com et trobes? Quantes hores de part? I ja ets a casa? Què ràpid, no? Que bé! I com es diu?… Imagineu-vos aquella dona inundada per preguntes de persones amb qui amb prou feines havia intercanviat un “hola” i “adéu”. Crec que la vam atabalar una mica, però ella semblava contenta i amb ganes d’explicar-nos-ho tot. Havia parit la nit abans, a l’hospital, es trobava perfectament bé, “el parto maravilloso”; i sí, ja era a casa, i sí, tot molt ràpid, i el nen es diu Martín. Jo l’escoltava pensant, “realment, qualsevol diria que va parir ahir, amb l’energia que té i lo estupenda que està”. No en sé res, de parir, però la meva mare sí i també es va sorprendre: “Ahir al vespre, i ja és a casa? Carai!”

En un segon aquella dona es va trobar explicant el seu part en una conversa a vuit o deu bandes –no sé exactament quantes finestres i balcons hi participàvem–, presentant-nos el seu fill. Ens alternàvem per fer preguntes a la mare i donar conversa també al pare, que agafava en braços el fill gran: el Tomás, de tres anys d’edat, que veia com l’atenció rebuda els últims cinquanta-i-tants vespres havia caigut en picat. Ràpidament vam interpel·lar-lo: “Tomás, deus estar content!”, “hala, ¡un hermanito!”, “qué guay, podréis jugar mucho”. “Sí”, va dir tímid, i va tornar a somriure. Aquell balcó semblava un anunci d’assegurances.

Acabat el safareig, vam entonar l’“adéeeeu, fins demàaaa” de cada dia. Amb la finestra tancada, vaig sentir que acabava de viure un seguit de successos completament nous dins de l’esdeveniment més monòton i rutinari del meu confinament. La paraula rutina no m’ha excitat mai, i tot i que intento ser una persona ordenada, cada dia miro de fer les coses de maneres diferents per no avorrir-me. Ahir, la rutina més monòtona es va trencar: als aplaudiments de les vuit vam saber que havia nascut una criatura. La quotidianitat més rutinitzada havia patit un canvi. No sé per què, per la nit vaig posar-me una pel·lícula cubana, La vida es silbar (1998). Sabia perfectament que em remourien per dins les imatges de L’Havana i l’accent dels personatges, perquè un dia no molt llunyà caminar per aquells carrers i sentir aquell parlar havien sigut la meva rutina.

Així que vaig ficar-me al llit, i suposo que en un estat de nostàlgia, vaig començar a remenar fotos del mòbil, topant-me amb records que gairebé havia oblidat. 2018, 2017, 2016… Les vaig anar enviant per xat a les persones que hi apareixien. “Gràcies”, “quines fotos més bones”, “de quan és això?”, “ai, me’n recordo tant d’aquest dia!” Em vaig quedar sorpresa de l’alegria que ens feia compartir aquells records, i em vaig adonar que són fotos que no m’aturo a mirar mai, potser perquè inconscientment penso que tot això va passar fa quatre dies i que “encara” no són “records”. Ara, havent-ho escrit, penso: “quina tonteria”. Com si només valgués la pena dedicar temps a mirar fotos de fa anys i panys, quan els avis vivien i els pares estaven junts! Clar, perquè allò “sí» que són records. Sembla que com més lluny queda un fet i més impalpable és, més especial es torna. I, ben mirat, a les fotos de fa quinze o vint anys hi sortim fent les mateixes coses que a les de fa quatre dies: bufem espelmes, anem d’excursió, ens disfressem, ens banyem al mar… en general, coses ben poc transcendents.

L’altre dia algú em va assenyalar com escric insistentment sobre la quotidianitat. Semblava que m’acusessin per enaltiment de la banalitat o per curtedat de mires. Em va fer pensar: per què m’agrada tant recrear-me explicant fets de la vida quotidiana? Què és el que fa que pugui dedicar hores a triar cada paraula per explicar que la meva veïna ha parit? El crític assenyalava el meu ego, sospitava d’un desig meu per voler-me sentir rellevant. Encara que no m’agradi, segur que té part de raó. Però també hi ha un altre motiu, que vaig desxifrar tot rumiant-hi i em va portar a escriure aquest text: la quotidianitat, sigui quina sigui, és l’escenari on ocorre la vida. Si no parlem de les nostres quotidianitats, no parlarem mai de les nostres vides. No trobo una manera menys cursi de dir-ho: la vida és allò que passa mentre vivim; són les fotos de fa vint anys i les fotos de fa dos, i tots els records importen, encara que no fem coses gaire transcendents. Algun dia el 2018 seran moments borrosos que per sort vam immortalitzar.

Jo no faig gaires fotos però sí que m’agrada escriure, que és com retratar les coses amb paraules. Ja sé que el fet que la meva veïna hagi parit no és rellevant. Tampoc ho és que el seu fill gran estigui lidiant amb la novetat de tenir un germà. Que el meu pati de veïns estigui més cohesionat que abans no importa a ningú, ni tampoc que jo hagi rutinitzat els aplaudiments de les vuit. Però de tot en podria escriure pàgines. Amb cap pretensió de fer reflexionar ningú sobre les grans preguntes de l’existència humana. Amb cap voluntat de sentir-me important. Perquè ni llegir, ni escriure sobre fets quotidians no canviarà grans coses. Però ens pot distreure, ens pot entretenir… o potser ens activa l’empatia i ens apropa. I ara que portem tants dies separats i que anem cap a una “nova normalitat”… potser podríem normalitzar el fet d’estar tots una mica més a prop, oi?

De finestres, balcons i terrats

La veïna del davant està embarassada. El seu company li acaricia la panxa i la mira embadalit. A la nostra esquerra una noia rossa pren el sol asseguda al seu balcó. Ho sé perquè la veig reflectida a la finestra dels que viuen al davant, al costat dels que seran pares. Són un noi i una noia i sembla que viuen junts fa poc. Ell va amb barnús tot el dia. Dos pisos per sobre hi viuen, també, un noi i una noia, que són parella. Sovint fan trucades des del balcó en un italià ben fort i expressiu: “Mamma, stai bene?” Amb ella, si coincidim, ens posem al dia: “¿Qué, cómo lo llevas?”

Sobre els italians, hi ha un terrat on hi puja un home amb el seu fill en braços. Sento com li parla dels núvols i dels ocells. Sota els que fa poc que viuen junts hi ha una nena d’uns cinc anys que juga molt: un dia pinta, l’altre infla globus, un altre dia es disfressa… i sempre, sempre, surt amb la seva mare a aplaudir molt fort a les vuit del vespre. El pati ressona, i quan la finestra està oberta sento veïns coneixent-se, “…pues mira, ¡hace quince años que vivimos aquí! Si necesitáis algo, ya sabéis”, i coses per l’estil que em posen el cor content.

Al terrat canvien els personatges: és l’altra banda de l’edifici, veig el carrer i es multipliquen els escenaris. Amb la mirada vaig saltant d’un a l’altre, explorant els interiors de les llars i les vides que hi habiten. En un moment perdo el focus i arribo a un mar blau que ja tinc ganes de tastar. Torno al present, un noi surt a fumar a la finestra. Cada dia fa pitjor cara. Ens saludem i li somric. I surten a un terrat tres amigues que beuen cervesa quan fa sol. Avui no hi ha birra, proven de fer esport. Al costat, una velleta camina de punta a punta la seva terrassa, sembla que vol estirar les cames. Dos veïns xerren d’un balcó a l’altre, i el de sobre posa música i balla. I pels vidres veig sofàs, cadires i teles, tauletes de nit i llits desfets, rellotges de paret, fotos emmarcades, cuines impecables i piques plenes dels plats d’ahir.

De cop entro a la vida de tantes persones… i sento tanta vida al meu voltant! I ho visc tot sense sortir de casa, jo que sempre he sortit de casa per fer vida. Visc dinars, sopars, jornades laborals, trucades, jocs, celebracions, discussions i moments de no fer res de moltes, moltíssimes persones. De persones que no conec però que ara són el meu dia a dia. És una sensació molt estranya que d’alguna manera em reconforta. És com si, de sobte, tota aquesta gent em fos… propera? Em pregunto com deuen estar, quan fa tres setmanes no sabia ni que existien. Com deu viure l’embaràs, la veïna del davant? La nena de cinc anys, s’avorreix mai? Al noi que fuma, què li preocupa? I a la senyora que camina, què li deu passar pel cap mentre repeteix el circuit una vegada, i una altra, i una altra? I m’imagino les vides de totes i de tots, i les sento tan certes que me les crec, però potser les històries portes endins són ben diferents.

Una vegada vaig voler fer un petó a un noi però no em vaig atrevir. Després l’hi vaig confessar i ell em va dir que som també els petons que no fem. Així es com em sento ara: essent, també, vides que no soc. Totes les que ara m’envolten són vides que tinc a tocar però que només puc arribar a intuir. I sense permís entro en espais que no són meus i veig què fan persones que no conec. Però, és cert, que no les conec? Si sé quins pijames porten o si van amb barnús tot el dia! Sé si fumen, si els agrada ballar, si són desendreçats, si tenen fills o n’esperen. Sé quina música escolten, sé si han fet anys fa poc. Fins i tot d’alguns sé “cómo lo llevan” o quants anys fa que viuen aquí. I el que no sé, intento imaginar-m’ho, com aquell petó que no vaig fer. Els projectes, els neguits. Si s’han quedat sense feina o si treballen més que mai. Si estan tristos o optimistes. Si tenien plans o enyoren algú estimat. O si, en els últims dies, han perdut algú estimat.

Fa temps que dic que me’n vull anar al camp, que la ciutat em resulta freda perquè vivim tots amuntegats i ni tan sols ens coneixem. Aquests dies –no tota l’estona, però potser més sovint que mai– estic agraint viure amuntegada: en temps de distanciament social, saber que tinc gent a dalt i a baix i a la dreta i a l’esquerra, m’ho fa més fàcil tot plegat. Saber que hi ha vida, que hi ha vides passant al meu voltant, em dóna certa pau. Crec que estic estimant una mica més la ciutat, o potser estic estimant el tipus de vida que veig que també aquí podem crear. I no sé si algú mira cap a casa meva i pensa en totes aquestes coses. No sé si, com jo, algú està descobrint que té veïnes i veïns que no sabia que tenia. Potser sí, o potser no. Però sigui com sigui, aquí estem, coneixent-nos al mateix temps que ens fem costat. Veient-nos cada dia i habitant espais en blanc. I, com un petó que no es va fer, ens vivim sense viure’ns per finestres, balcons i terrats.

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De ventanas, azoteas y balcones

La vecina de en frente está embarazada. Su compañero le acaricia la barriga y la mira embelesado. A nuestra izquierda, una chica rubia toma el sol sentada en su balcón. Lo sé porque la veo reflejada en la ventana de los que viven en frente, al lado de los que serán padres. Son un chico y una chica y parece que viven juntos hace poco. Él va en albornoz todo el día. Dos pisos por encima viven, también, un chico y una chica, que son pareja. A menudo hacen llamadas desde el balcón en un italiano bien fuerte y expresivo: “Mamma, stai bene?” Con ella, si coincidimos, nos ponemos al día: “¿Qué, cómo lo llevas?”

Encima de los italianos, hay una azotea donde sube un hombre con su hijo en brazos. Oigo cómo le habla de las nubes y de los pájaros. Debajo de los que hace poco que viven juntos, hay una niña de unos cinco años que juega mucho: un día pinta, otro día hincha globos, otro día se disfraza… y siempre, siempre, sale con su madre a aplaudir muy fuerte a las ocho de la tarde. El patio resuena, y cuando la ventana está abierta oigo a vecinos conociéndose, “…pues mira, ¡hace quince años que vivimos aquí! Si necesitáis algo, ya sabéis”, y cosas por el estilo que me ponen el corazón contento.

En la azotea, cambian los personajes: es el otro lado del edificio, veo la calle y se multiplican los escenarios. Con la mirada voy saltando de uno a otro, explorando los interiores de los hogares y las vidas que los habitan. En un momento pierdo el foco y llego a un mar azul que ya tengo ganas de probar. Vuelvo al presente, un chico sale a fumar a su ventana. Cada día tiene peor cara. Nos saludamos y le sonrío. Y salen a una azotea tres amigas que beben cerveza cuando hace sol. Hoy no hay birra, hacen deporte. Al lado, una viejita camina de punta a punta su terraza, parece que quiere estirar las piernas. Dos vecinos charlan de un balcón a otro, el de encima pone música y baila. Y por las ventanas veo sofás, sillas y teles, mesitas de noche y camas deshechas, relojes de pared, fotos enmarcadas, cocinas impecables y fregaderos llenos de los platos de ayer.

De pronto entro en la vida de tantas personas… ¡y siento tanta vida a mi alrededor! Y lo vivo todo sin salir de casa, yo que siempre he salido de casa para hacer vida. Vivo almuerzos, cenas, jornadas laborales, llamadas, juegos, celebraciones, discusiones y momentos de no hacer nada de muchas, muchísimas personas. De personas que no conozco pero que ahora son mi día a día. Es una sensación muy extraña que de alguna forma me reconforta. Es como si, de repente, toda esta gente me fuera… ¿cercana? Me pregunto cómo deben estar, cuando hace tres semanas no sabía ni que existían. ¿Cómo debe vivir el embarazo, la vecina de en frente? La niña de cinco años, ¿se aburre? Al chico que fuma, ¿qué le preocupa? Y a la viejita que camina, ¿qué le debe pasar por la cabeza mientras repite el circuito una vez, y otra, y otra? Y me imagino las vidas de todas y de todos, y las siento tan ciertas que me las creo, pero quizás las historias puertas adentro son muy diferentes.

Una vez, quise besar a un chico pero no me atreví. Después se lo confesé y él me dijo que somos también los besos que no damos. Así es como me siento ahora: siendo, también, vidas que no soy. Todas las que ahora me rodean son vidas que tengo a tocar pero que solo puedo llegar a intuir. Y sin permiso entro en espacios que no son míos y veo qué hacen personas que no conozco. Pero ¿es cierto, que no las conozco? ¡Si sé hasta qué pijamas llevan o si van en albornoz todo el día! Sé si fuman, si les gusta bailar, si son desordenados, si tienen hijos o los esperan. Sé qué música escuchan, sé si han cumplido años hace poco. De algunos hasta sé “cómo lo llevan” o cuántos años hace que viven aquí. Y lo que no sé, intento imaginarlo, como aquel beso que nunca di. Los proyectos, las inquietudes. Si se han quedado sin trabajo o si trabajan más que nunca. Si están tristes u optimistas. Si tenían planes o extrañan a alguien querido. O si, en los últimos días, han perdido a alguien querido.

Hace tiempo que digo que me quiero ir al campo, que la ciudad me resulta fría porque vivimos todos amontonados y ni siquiera nos conocemos. Estos días –no todo el tiempo, pero quizás más que nunca– estoy agradeciendo vivir amontonada: en tiempos de distanciamiento social, saber que tengo gente encima y debajo y a la derecha y a la izquierda, lo hace más llevadero todo. Saber que hay vida, que hay vidas pasando a mi alrededor, me da cierta paz. Creo que estoy queriendo un poquito más a la ciudad, o quizás estoy queriendo el tipo de vida que veo que también aquí podemos crear. Y no sé si alguien mira hacia mi casa y piensa en todas estas cosas. No sé si, como yo, alguien está descubriendo que tiene vecinas y vecinos que no sabía que tenía. Quizás sí, quizás no. Pero sea como sea, aquí estamos, conociéndonos al mismo tiempo que nos apoyamos. Viéndonos cada día y habitando espacios en blanco. Y, como un beso que nunca se dio, nos vivimos sin vivirnos por ventanas, azoteas y balcones.

Ha arribat la primavera

Avui m’he llevat fatal. Potser ha sigut el pitjor despertar des que va començar el confinament. M’he llevat trista, sense ganes de res, sense ganes d’encendre el mòbil, per por a sentir-me acorralada per informació nova, per noves xifres de contagis i de morts, noves declaracions, nous tuits. Per primera vegada en una setmana, m’ha costat sortir del llit amb ànims i arrencar un nou dia, fins que ho he fet perquè no en tenim d’altra.

La meva mare m’esperava amb l’esmorzar preparat. “Quina sort”, he pensat, “què més vull?”. M’ha assenyalat el calendari que tenim a la cuina, i ha somrigut: “avui comença la primavera”. És cert, avui és 20 de març. Se m’havia oblidat, i normalment sé perfectament en quin dia canviem d’estació, sigui quina sigui, i del canvi a la primavera encara en soc més conscient: me l’apunto a l’agenda i compto els dies, perquè per mi és el millor canvi d’estació. Comença la calor, el carrer reviu, la gent es mira, el cos respira i ens toca el sol. “Però aquesta primavera serà diferent”, he pensat. I m’he posat a plorar. Per primera vegada en una setmana, m’he trencat i ho he tret tot.

La meva mare, que clarament em volia abraçar però no pot, s’ha quedat mirant-me amb la tassa de cafè a les mans, convidant-me a que li expliqués el que em passava pel cap.
–No ho sé, mama– he dit entre llàgrimes i mocs, –és que ho trobo molt fort tot.
–Ho és. Però Berta, que te n’adones ara?
No me n’adono ara. No és que baixi ara de la figuera. És que porto –com tothom– una setmana a un ritme mental frenètic, consumint informació com potser mai abans. I m’he cuidat, o –com tothom– ho he intentat, refugiant-me en l’afecte telemàtic d’amics i família, en moments compartits amb la meva mare, i en moments per mi. Però també, com a tothom, em costa molt deixar de pensar.

M’encanta –i m’esgota– llegir articles d’opinió i d’anàlisi, consultar fonts diverses i obtenir dades, especular amb teories conspiratòries i seguir minuciosament la gestió política d’aquesta crisi. No obstant, crec que aquesta vegada em quedo amb la versió dels fets d’aquella vella sàvia que és més sàvia que tots els éssers humans del món junts. No m’agraden els moralismes però jo estic entenent aquesta pandèmia com un “alto el foc” de la Mare Natura.

Aquella que està cansada de dir-nos de totes les maneres possibles que l’estem assassinant. Aquella que no entén de governs ni d’Estats, que no sap què són les borses ni el Dow Jones ni l’IBEX-no-sé-quant, i que no li importa perquè no és important. Aquella que s’escanya a si mateixa fent pujar la temperatura del planeta, per dir-nos que cal abaixar el ritme a què portem el planeta. Aquella que fa temps que ens diu que si el ritme baixa, la vida puja, com passa a la borsa. Puja la vida, la vida digna, perquè baixa l’explotació de les persones. Puja la vida que posa les cures al centre, perquè baixa la vida que posa el treball, el consum i la riquesa al centre.

Puja fer xarxa i cau l’individualisme. Puja el silenci i cau el soroll. Puja l’amor en el sentit més ampli, pugen l’autoestima i la salut mental col·lectives. I poc a poc cau allò que ja no hi té lloc: fronteres i fam i odis i guerres. I cauen així els poders que ens governen, que com els virus, també son “enemics invisibles”. I cau l’obediència cega que els hi rendim. I pugen i afloren la solidaritat, l’ajuda mútua, l’empatia i la vida. Puja la vida i tots hi sortim guanyant.

I penso en com s’ho deu mirar ella, la Mare Natura. Doncs imagino que com una mare quan esbronca el seu fill: amb dolor i amb esperança, perquè sap que ens està fent mal, però també sap que, si som prou intel·ligents, de tot això en podrem treure alguna cosa.

Remenant entre llibretes, he trobat una frase que vaig escriure fa no gaire, en tornar de Cuba després de viure-hi dos anys, mentre em readaptava al ritme d’aquí: “és difícil viure a poc a poc, però ho hem d’intentar”. Crec que me la intentaré aplicar aquests dies. Només desitjo que ens ho pensem dues vegades abans de tornar a engegar la màquina, abans de tornar al que anomenem “normalitat”. No sé si hi tinc gaire fe, però ho hem d’intentar.

Per la finestra veig com està el cel i em dóna ganes de menjar-me’l. I és que avui és 20 de març, i per si se’ns havia oblidat, ha arribat la primavera.

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Ha llegado la primavera

Hoy he amanecido fatal. Quizás ha sido el peor despertar desde que empezó el confinamiento. Me he levantado triste, sin ganas de nada, sin ganas de encender el móvil, por miedo a sentirme acorralada por información nueva, por nuevas cifras de contagio y de muertos, nuevas declaraciones, nuevos tuits. Por primera vez en una semana, me ha costado salir de la cama con ánimos y arrancar un nuevo día, hasta que lo he hecho porque no nos queda otra.

Mi madre me esperaba con el desayuno preparado. “Qué suerte”, he pensado, “¿qué más quiero?” Me ha señalado el calendario que tenemos en la cocina, y ha sonreído: “hoy empieza la primavera”. Es cierto, hoy es 20 de marzo. Se me había olvidado, y normalmente sé perfectamente en qué día cambiamos de estación, sea cual sea, y del cambio a la primavera soy todavía más consciente: me lo apunto en la agenda y cuento los días, porque para mí es el mejor cambio de estación. Empieza el calor, la calle revive, la gente se mira, el cuerpo respira y nos toca el sol. “Pero esta primavera será diferente”, he pensado. Y me he puesto a llorar. Por primera vez en una semana, me he roto en pedazos y lo he sacado todo.

Mi madre, que claramente quería abrazarme pero no puede, se ha quedado mirándome con la taza de café en las manos, invitándome a que le contara lo que me pasaba por la mente.
–No lo sé, mamá– he dicho entre lágrimas y mocos, –es que me parece muy fuerte todo.
–Lo es. Pero Berta, ¿te das cuenta ahora?
No es que me dé cuenta ahora. No es que acabe de abrir los ojos. Es que llevo –como todo el mundo– una semana a un ritmo mental frenético, consumiendo información como quizás nunca antes. Y me he cuidado, o –como todo el mundo– lo he intentado, refugiándome en el afecto telemático de amigos y familia, en momentos compartidos con mi madre, y en momentos para mí. Pero también, como a todo el mundo, me cuesta mucho dejar de pensar.

Me encanta –y me agota– leer artículos de opinión y de análisis, consultar fuentes varias y obtener datos, especular con teorías conspiratorias y seguir minuciosamente la gestión política de esta crisis. Sin embargo, creo que esta vez me quedo con la versión de los hechos de aquella vieja sabia que es más sabia que todos los seres humanos del mundo juntos. No me gustan los moralismos pero yo estoy entendiendo esta pandemia como un “alto al fuego” de la Madre Naturaleza.

Aquella que está cansada de decirnos de todas las formas posibles que la estamos asesinando. Aquella que no entiende de gobiernos ni de Estados, que no sabe lo que son las bolsas ni el Dow Jones ni el IBEX-no-sé-cuánto, y que no le importa porque no es importante. Aquella que se estrangula a sí misma haciendo que suba la temperatura del planeta, para decirnos que hay que bajar el ritmo al que llevamos el planeta. Aquella que hace tiempo que nos dice que si el ritmo baja, la vida sube, como pasa en la bolsa. Sube la vida, la vida digna, porque baja la explotación de las personas. Sube la vida que pone los cuidados en el centro, porque baja la vida que pone el trabajo, el consumo y la riqueza en el centro.

Sube tejer redes y cae el individualismo. Sube el silencio y cae el ruido. Sube el amor en su sentido más amplio, suben la autoestima y la salud mental colectivas. Y poco a poco cae todo aquello que ya no tiene lugar: fronteras y hambre y odios y guerras. Y caen así los poderes que nos gobiernan, que como los virus, también son “enemigos invisibles”. Y cae la obediencia ciega que les rendimos. Y suben y afloran la solidaridad, la ayuda mutua, la empatía y la vida. Sube la vida y todos salimos ganando.

Y pienso en cómo nos debe estar mirando ella, la Madre Naturaleza. Imagino que como una madre cuando regaña a su hijo: con dolor y esperanza, porque sabe que nos está haciendo daño, pero también sabe que, si somos inteligentes, de todo esto podremos sacar algo.

Hurgando entre libretas, he encontrado una frase que escribí hace poco, cuando volví de Cuba después de vivir ahí dos años, mientras me readaptaba al ritmo de aquí: “es difícil vivir despacio, pero tenemos que intentarlo”. Creo que intentaré aplicármela estos días. Solo deseo que lo pensemos bien antes de volver a encender la máquina, antes de volver a lo que llamamos “normalidad”. No sé si tengo mucha fe, pero tenemos que intentarlo.

Por la ventana, veo cómo está el cielo y me dan ganas de comérmelo. Y es que hoy es 20 de marzo, y por si se nos había olvidado, ha llegado la primavera.

No estem mai soles

Cada dia que passa trobo una raó més per defensar un feminisme radical. Que ningú s’espanti amb el terme ‘radical’, que no mossega. Abans que res, voldria establir amb tu, que estàs llegint això, un petit acord sobre el significat de la paraula, només per saber que partim d’un criteri comú. Faré servir les repetidíssimes paraules d’Angela Davis, que va advocar sempre per un feminisme “holístic” i “integrat”: «radical vol dir, simplement, anar a l’arrel de les coses». Doncs això. Començo.

Ahir al matí, vaig veure que tenia una trucada al mòbil d’un número que no tenia guardat. Era un fix. “Que estrany”, vaig pensar, perquè ja ningú em truca des de cap fix: potser molt de tant en tant, el banc o alguna companyia telefònica, i generalment no responc, perquè ni el meu compte bancari dona per fer grans coses, ni de moment penso a canviar de companyia. Però com que fa un mes que busco feina i he llençat força currículums, aquest cop vaig retornar la trucada sense dubtar-ho; mai se sap. Em va respondre la veu greu d’un home:

–Sí?
–Hola, bon dia! Tinc una trucada d’aquest número.
–Sí, em pots dir qui ets? És que he fet unes quantes trucades.
–Soc la Berta– Ara estava intrigada.
–Ah, Berta! Què tal, com estàs? Soc el J.M., no sé si em recordes. Ens vam conèixer en una roda de premsa a un teatre del Paral·lel, quan tu treballaves al diari tal. Te’n recordes?

La veritat és que em va sonar la seva veu, ben greu i potent – molt radiofònica, que diria un amic. Però no li posava cara al tal J.M., ni hauria recordat mai que es deia així, perquè ara fa més de dos anys que vaig treballar –i només durant un estiu, fent pràctiques– al diari tal. Sí que recordava haver intercanviat conversa i número de telèfon amb un periodista en aquell context. Recordo que fins i tot havíem sortit del teatre, després de la roda de premsa, i havíem caminat junts un trosset del Paral·lel en un diàleg animat. No tinc feina, però lo del networking (o sigui, xerrar amb la gent) no se’m dona tan malament.

–Sí, sí! Ara no et poso cara, però sí, recordo haver xerrat! Què tal, com estàs?
“Què deu voler?”, vaig pensar, “serà feina?”
–Bé, molt bé. Escolta, recordo que m’havies explicat que marxaves a Cuba, o que estaves vivint a Cuba, oi? Què tal? Ja ets per aquí? Estàs treballant?
“Ai, que serà feina. Poc a poc, Berta”.
–Doncs sí, ja soc per aquí! He tornat de Cuba, i estic un temps per Barcelona, i justament estic buscant feina.
–Ostres! I com va?
–Bé… més o menys. Hi ha ofertes, he fet un parell d’entrevistes, però de moment no ha sonat la flauta. Mica en mica.
–És que està malament, el sector. Bueno, potser ara els joves ho teniu més fàcil, però a nosaltres, els sèniors, ja ens comencen a escombrar…– va riure.
“Bueno”, vaig pensar, “escombrar, escombrar, el que se’n diu escombrar…”, però no vaig dir res.
–Doncs mira, jo et volia dir de fer un cafè un dia d’aquests, i xerrem. Què et sembla? Em recordo molt de tu, i recordo que vam estar molt a gust.

“Berta, que tenim feina!” El meu cap a vegades pensa massa ràpid: ja m’estava imaginant en un projecte fantàstic de gestió cultural, perquè ara resulta que potser vull dedicar-me a això.
–Ai, doncs perfecte! I tant! Tu diràs, jo tinc la setmana bastant lliure.
–Molt bé. Deixa’m que miri l’agenda i demà et truco i ens posem d’acord. Va bé?
–Perfecte.
–Val. Parlem. Adéu!

En penjar, vaig caminar alegrement fins a casa. Era dilluns, feia un sol preciós, i jo em sentia tan bé que el cos em responia amb energia. Vaig fer dos missatges de veu: un a la meva família (mare, pare i germà, al xat comú que tenim, on es comuniquen coses bones i coses dolentes en fusos horaris diferents) i un altre a la meva parella. Són quatre persones que m’agrada que sàpiguen quan estic contenta. Un cop enviats els àudios, me’ls vaig escoltar, perquè si em passen coses bones també m’agrada recrear-m’hi una mica – “però no cantem victòria”, deia en ambdós missatges: realment, encara no sabia res d’aquesta trobada, de què voldria el tal J.M., de si encaixaria en el perfil que ell buscava…

De fet, potser ni tan sols em volia oferir una feina, feina. Potser només volia unes traduccions o una cangur pels seus fills, que també m’ha passat. En aquell moment no recordava en quin mitjà treballava, però m’era una mica igual, perquè sabia que ell pertany al món de la comunicació cultural, i això ja em semblava prou (he enviat currículums a llocs que no tenen res a veure amb el que a mi m’agradaria fer). I, mira, en qualsevol cas, que algú potencialment interessant laboralment es recordi de tu i et truqui per telèfon dos anys després d’haver-te conegut cinc minuts, està bé, no? Potser vol dir que, en aquells cinc minuts, vaig dir alguna cosa “intel·ligent”, o vaig causar “bona impressió”, o vaig demostrar “professionalitat”. Jo què sé. Estava contenta, perquè a vegades em costa donar-me valor, professionalment parlant.

El dia va transcórrer amb normalitat. Me’l vaig passar a casa, fent feina del màster. Em feia mal el cap però estava resolutiva i de bon humor. Al vespre havia quedat amb amics de la universitat a qui feia temps que no veia. Havíem estudiat Periodisme junts, però on havíem coincidit més, de manera rutinària i per última vegada, havia estat a les assemblees del mitjà digital que havíem creat i autogestionat durant quatre anys. Ara, cadascú està fent el seu camí, aquí o a l’estranger: alguns es dediquen al periodisme i altres no, però tothom fa alguna cosa mínimament relacionada amb la comunicació. Tenia moltes ganes de veure’ls i que m’expliquessin com els anava la vida.

Em vaig posar un vestit nou que m’agrada molt, em vaig pintar els llavis i vaig sortir al carrer amb Amy Winehouse als auriculars. Quan estava a punt d’entrar a la boca del metro, em va sonar el mòbil. Era el fix del J.M. “Que bé, ja deu haver fet agenda”. Vaig respondre des dels auriculars:

–Hola, J.M.! Com estàs?
–Ei Berta, molt bé, i tu? Escolta, aquesta setmana ho tinc una mica complicat per quedar.
–Cap problema. Si vols ens veiem la propera.
–Com ho tindries el cap de setmana?

“Ui. Una reunió de feina en cap de setmana?” Se’m va baixar una mica l’eufòria. Però en la trucada del matí m’havia dit alguna cosa de que la seva mare estava ingressada; “potser, realment, entre setmana va molt atabalat”. No em semblava el primer contacte més adequat del món, però “va, Berta, que potser és feina”.

–Val! Fem un cafè el cap de setmana doncs.
–Sí, o havia pensat… saps que el Bruno Oro i la Clara Segura estan fent una obra al Romea?
–Sssí… Cobertura, es diu?
–Vaja, veig que estàs al dia de l’agenda cultural! Doncs escolta, si et ve de gust, hi estàs convidada, dissabte o diumenge. I, si vols, abans, fem un tallat.

Com que “si vull” fem un tallat? Tot plegat no anava precisament de fer un cafè i tenir una conversa? Havia intentat no fer-me il·lusions, perquè realment en cap moment havia pronunciat la paraula “feina”, però… per a què em trucaria un periodista que no és amic meu si no és per proposar-me alguna cosa relacionada amb el periodisme? I, a banda d’això, en quin moment havíem canviat un cafè per un dissabte de teatre? Ara sí que no entenia res, i no sabia si m’estava agradant aquesta proposta. Però vaig sentir certa pressió, i el directe és molt traïdor:

–Mmm, sí, val, perfecte. Mira, deixa’m que quadri l’agenda, perquè tinc alguns plans el cap de setmana, i et dic alguna cosa, d’acord? Emmm… Quines sessions hi ha?

En realitat no tenia cap pla, només estava buscant una mica més de marge per acabar de decidir si allò em semblava bé o no. M’estava sentint molt estranya preguntant-li pels horaris del teatre, i dins meu ja feia uns segons que s’havia activat una alarma. En paral·lel, mil pensaments: “però… i si és feina? I si la seva manera d’apropar-se a tu és a través de la cultura, convidant-te al teatre, perquè sap que t’agrada? A la gent que es dedica a la cultura sovint no li suposa un gran problema demanar un parell d’entrades… Potser estic exagerant? Però per què em sento tan estranya? I si no és feina, què collons vol?”

–Dissabte a les 6 o a les 8, i diumenge només a les 6–, va dir la veu greu i potent.

Gairebé ni ho vaig sentir. Estava abstreta en tots aquests pensaments, saltant d’un a l’altre, intentant escoltar-los tots, que s’interrompien entre si. De cop vaig sentir fred al cos i em vaig veure sola a la boca del metro, envoltada de gent que n’entrava i en sortia amb pressa, gent que es saludava, gent carregada amb bosses del súper, gent parlant per telèfon. Vaig tornar a connectar.

–Escolta, estic entrant al metro. Demà miro l’agenda i et truco. Gràcies.
–De res, dona. És que vaig quedar-me amb molt bona impressió aquell dia i a vegades en aquest temps m’he recordat de tu.
“Quin fàstic”, vaig pensar.
–Ja. Bé, parlem. Adéu.

No vaig tornar a donar veu a l’Amy. Em vaig deixar els auriculars penjats a les orelles en silenci. Vaig baixar per les escales mecàniques del metro, mecànicament. El cos em pesava una mica. Estava menstruant, també. De cop, les birres amb els amics em van fer mandra. A dins del tren, vaig escriure a les mateixes quatre persones del matí: “ei, m’acaba de passar una cosa una mica estranya. Hi sou?” Que bonic, vaig pensar, que les persones a qui vull fer saber quan estic contenta siguin les mateixes a qui recorro quan em sento vulnerable. El meu pare va respondre “digues” des d’un altre fus horari i a través d’alguns missatges escrits vaig explicar-li la conversa amb el J.M. No tenia energia per fer un àudio, i tampoc volia explicar-ho en veu alta al mig d’aquell vagó ple de gent. Encara no sé si era desgana o vergonya.

Vaig baixar a plaça Catalunya, i caminant Rambla avall em vaig començar a sentir cada cop més petita. M’agafava a la meva bossa amb força, com si hagués de venir algú a robar-me-la. Vaig comprovar quatre vegades que no vingués un cotxe abans de creuar el carrer i em palpava repetidament les butxaques de l’abric per comprovar que hi tenia el mòbil i la cartera. Havia d’arribar al carrer Joaquim Costa i em vaig desorientar com si fos el meu primer cop al centre de Barcelona. “Soc una exagerada?”, m’anava preguntant un cop darrere l’altre. El meu pare i el meu germà van opinar telemàticament que, amb feina o sense, la proposta del teatre no semblava adequada ni innocent. “Quin fàstic”, vaig escriure.

En arribar al bar on havia quedat, em vaig sentir recollida per primer cop en molta estona. Érem pocs i em vaig deixar anar:
–Ai, per fi!
–Què passa?
Els ho vaig explicar.
–Quina merda, Berta.
–Quin fàstic, tia. Em sap greu.
–Ja. Gràcies. Però… i si no va d’això, i ho estic interpretant malament?
–Però… dos anys després?
–Ja…
–I si li dius que no pots anar al teatre però que vols fer un cafè, com havíeu quedat inicialment? I així veus què vol.
–Sí, potser ho faig. És igual, no vull pensar-hi més. Ja us diré. Gràcies.

Van anar arribant els altres i, entre canyes i croquetes, cadascú anava explicant la seva vida, on treballava, quins plans tenia: un renovava visat per seguir vivint a Mèxic, un altre volia deixar la feina, una es mudava a Bogotà, i una altra canvia de barri per conviure amb la parella. Estaven passant un munt de coses.

–I tu, Berta? Ja no tornes a Cuba? Busques feina aquí?
–Sí, en principi em quedo uns mesos segur, i estic buscant feina.

Donat que no tinc plans concrets, em semblava més interessant parlar sobre les seves vides professionals que sobre la meva, ara a més sobrevolada pel fantasma del J.M. Com de costum, la conversa va anar tirant progressivament cap a recordar anècdotes, històries divertides, compartir algun xafardeig. Me’ls vaig mirar, sentint-me agraïda de veure’ls, de saber que estan bé, més o menys feliços, més o menys fent el que volen. Però que estan bé.

Avui m’he llevat pensant en el J.M. No estava trista ni enfadada, ni em sentia petita com la nit anterior; simplement volia que deixés d’existir dins dels meus pensaments. A la dutxa, he deixat que un riu de sang fluís entre les meves cames, diluint-se amb l’aigua corrent i arribant al desguàs a tota velocitat, com una presa que s’enderroca de cop i deixa anar tot el que contenia. “Que estrany”, he pensat, “quanta sang”.

Després de dinar, he anat a un dels meus cafès preferits del barri per seguir fent feina. Només d’entrar-hi, he reconegut al fons de tot una de les cares que més feliç em fa veure sempre: la de la Lisa. Ens hem abraçat fort, agraint la casualitat. M’he assegut amb ella i amb les dues amigues amb les qui compartia taula. Els he parlat del J.M. –volia fer-ho amb dones que es dediquen al teatre, perquè sé que també és un camp complex en aquest sentit (i quin no ho és?)– i hi ha hagut quòrum: “Berta, ni un cafè”. Una d’elles ens ha explicat com una vegada un director li va proposar de parlar sobre el contingut d’una obra tot fent una copa, de nit, “en un lloc amb unes vistes espectaculars”… Mentre l’escoltàvem, la Lisa em tenia la mà agafada i me l’acariciava. Sempre ho fa. “No estem mai soles”, he pensat.

He encès l’ordinador i m’he posat a escriure: “Cada dia que passa trobo una raó més per defensar un feminisme radical…”, començava, sense saber ben bé com seguiria. Crec que no he sabut continuar perquè, tot i que penso que el feminisme només pot ser radical, no m’estava sentint còmoda escrivint sobre el J.M. tenint encara el dubte encallat, l’interrogant que m’havia acompanyat des d’ahir al vespre. Només hi havia una manera de resoldre-ho: trucar-li i sortir de dubtes. Havia d’esbrinar per què aquest senyor vol anar amb mi al teatre si no em coneix de res. Havia d’esbrinar si la proposta d’un cafè i una conversa li semblava igual d’atractiva que anar junts a veure el Bruno Oro i la Clara Segura.

No en tenia cap ganes, però ho he hagut de fer. He buscat el seu nom a l’agenda del mòbil i he picat el botó verd. No ha respost. “Uf”, he pensat. Al segon, he rebut una trucada d’un altre número.

–Hola?
–Ei, ets la Berta? És que tinc un número per rebre trucades i un altre per fer-ne.
–Ah– Ara ja tot em semblava estrany. –Sí, soc jo.
–Què tal? Ja t’has mirat l’agenda?
–La veritat és que no em va bé ni dissabte ni diumenge. M’havia oblidat que havia fet plans per anar a la muntanya. Si vols fer un cafè un altre dia, m’avises.
–Cap problema. Mira, hi ha una alternativa, que és anar a veure el Godoy, l’humorista aquest, el coneixes? És al Capitol, i ho fan divendres a la tarda. Així t’ho podries combinar.
“Què li passa a aquest tio amb el teatre?”
–Mira, J.M… tu tens alguna proposta per a mi?
–De feina, vols dir?
–Sí.
–Ah, doncs la veritat és que no. Jo treballo a tal lloc, i en principi ara no hi ha res…
He deixat que parlés: “calla, no li posis fàcil”, m’he dit. Ell ha seguit amb la seva veu greu:
–A veure, soc amic de tal persona, ho podríem mirar, perquè ja et dic, he ajudat a gent jove com tu que després s’han col·locat bé, però… bé, podem anar al teatre, no? Jo treballo en cultura i no em costa res demanar entrades del que sigui.

“Que pesat”, he pensat, “no t’estic demanant que em ‘col·loquis’, i ja sé que treballes en cultura i que pots demanar entrades”. No suporto quan la gent treu excessiu rèdit social dels seus petits privilegis. Ho he intentat modular:
–No sé, J.M. A priori, anar amb tu al teatre no seria el meu pla ideal.
Ha respost sorprès:
–Ah, vaja… I per què?
–Doncs perquè no et conec i perquè en tot cas el que em semblaria lògic per conèixer-nos i xerrar una mica seria, precisament, fer un cafè. Però no anar al teatre.
–Ah, no sé. A mi no em sembla tan estrany anar al teatre. És un pla ben normal per cultivar una amistat. Només em vas causar bona impressió i recordo que vam estar a gust. La setmana passada vaig anar al teatre amb una altra amiga i, mira, vam passar una bona estona junts. Però que si no et sembla bé, doncs res, eh?

“A sobre es fa l’ofès? I què vol dir ‘una altra’ amiga? Si nosaltres no som amics! No m’ho pot estar posant més fàcil. Ni un pas enrere, Berta”.
–Doncs no, no em sembla bé.
–Doncs res, escolta, adéu, que vagi bé.
–Apa doncs, vagi bé.

Oh. Quin gust! M’he sentit alliberada. Se m’ha tret un pes de sobre, una boirina que m’havia acompanyat durant tot el dia d’avui i tota la nit d’ahir. Quin plaer deixar en evidència a un home que quasi em deu doblar l’edat i que, pel “bon record” que té de mi (que tant podria ser la meva “intel·ligència” com el meu cul), no se li acut una idea millor que –sorpresa!– convidar-me al teatre. Si jo fos un home, m’hauria fet la mateixa proposta? No en tingueu cap dubte: no. I quin plaer tornar a sentir-me capaç i poderosa en lloc de petita i vulnerable! Quin plaer plantar cara, quina satisfacció dir “no em sembla bé”, i quin gust fer cas del propi instint! Quina xarxa, la meva!, i quin refugi, jo mateixa.

I quina merda que encara estiguem així. Quina merda que, en la meva curta vida, –i en la meva curtíssima vida laboral– ja pugui fer un recopilatori massa gruixut de propostes indecents i faltes de respecte. En una feina que vaig tenir em van batejar com “bombonet” i “reina” sabent que el meu nom és Berta. Un ex cap em va recomanar a un amic seu periodista, i la primera pregunta que li va fer aquest va ser “és guapa?”. Per no parlar de tots els comentaris masclistes que volen impunement en una oficina qualsevol durant un matí qualsevol. I allà es queden, contaminant l’ambient, carregant-te el cap, en un limbo que ningú jutja, perquè realment “no t’ho han dit a tu, és que t’ho prens tot personal” i, per variar, sempre ets la pesada del feminisme.

Però no estem mai soles. I ja n’hem tingut prou, de tanta violència. És a la feina i és al carrer, a les xarxes, de festa i als nostres llits. I no, no som unes exagerades. Sobre el que ha passat avui, podríem escriure’n infinites versions, però és probable que, segons el personatge de la història –el J.M. o jo– que expliqués els fets, el relat oscil·laria, si fa no fa, entre aquests dos:

1. Un periodista que em va conèixer fa dos anys en un ambient laboral s’ha recordat de mi i em diu de trobar-nos. Per proposar un pla simpàtic, se li acut anar junts al teatre. Jo reacciono fatal perquè estic boja i penso que tot té a veure amb el masclisme, el patriarcat, i les relacions de poder.
2. Un home desconegut –a qui, per cert, encara no he pogut posar cara perquè no en surt cap foto a Internet– amb qui vaig parlar una vegada fa dos anys en un ambient laboral, es “recorda de mi” i em proposa de trobar-nos per un cafè. A la següent trucada, em diu que per què no anem al teatre el cap de setmana. Em sento incòmoda i penso que, si vol parlar de feina (perquè, si no, què deu voler?), no em sembla el pla més adequat. A la tercera conversa, em diu que no vol parlar de feina, “només anar al teatre” i “cultivar una amistat”. Em salten les alarmes del masclisme, el patriarcat i les relacions de poder. Li dic que no. Penjo i em sento alleujada.

Ara no cal que ningú triï quina versió de la història li sembla més fidel als fets. A mi m’és igual; jo sé quina és la meva. Sé perfectament com m’he sentit al llarg d’un dia sencer, sé com el meu cap ha anat volant de manera involuntària cap a pensaments que no m’agradaven. Sé com m’ha parlat el cos, sé que no m’he llevat bé i que he sagnat molt més del normal. Ho sé perquè ho he viscut, i ho he viscut així. Escoltem-nos primer i fem-nos més cas, perquè tot el que hem de saber ja ho portem a dins. I sí, fem xarxa i busquem suport (sempre!), però deixem de requerir el consens extern per validar les nostres històries. Comencem a menystenir-nos menys i a legitimar-nos més. “Jo soc així i així és com m’he sentit” és la forma més respectuosa que tenim de cuidar-nos. I la primera que tenim de protegir-nos.

Cada dia que passa trobo una raó més per defensar un feminisme radical. Que ningú s’espanti amb el terme ‘radical’, que no mossega. Abans d’acabar, voldria aclarir amb tu, que has arribat a llegir fins aquí, un petit acord sobre el significat de la paraula, només per saber que concloem aquest escrit amb un criteri comú. Faré servir les repetidíssimes paraules d’Angela Davis, que va advocar sempre per un feminisme “holístic” i “integrat” (vaja, un feminisme total, sense excepcions): «radical vol dir, simplement, anar a l’arrel de les coses».

Anar a l’arrel de les coses. Doncs això. Seguim.