Predicación que transforma: por qué solo el Evangelio tiene poder

Predicación que transforma: por qué solo el Evangelio tiene poder

La predicación es el corazón de la vida de la iglesia. Es el medio por el cual Dios alimenta, corrige y consuela a su pueblo. Sin embargo, no toda predicación es igual. Existe el riesgo de convertir el púlpito en un espacio de consejos morales, motivación superficial o incluso ideología cultural. La predicación centrada en el Evangelio busca evitar estos desvíos, proclamando con claridad la buena noticia de lo que Dios ha hecho en Cristo.

El apóstol Pablo lo resume así: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). La predicación no es un discurso humano, sino el anuncio del poder divino que transforma vidas.

El Evangelio como noticia, no consejo

El Evangelio no es un manual de autoayuda ni un conjunto de reglas para mejorar nuestra vida. Es una noticia histórica: Dios ha actuado en Cristo para salvarnos.

  • Pablo recuerda a los corintios: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día” (1 Corintios 15:3–4).
  • Pedro predica en Pentecostés: “A este Jesús, Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hechos 2:32).

La predicación centrada en el Evangelio no se limita a dar consejos sobre cómo vivir mejor, sino que anuncia lo que ya ha sucedido: la obra consumada de Cristo.

El peligro de la moralización

Cuando la predicación se reduce a exhortaciones éticas, el púlpito se convierte en un tribunal que aplasta. El Evangelio, en cambio, libera.

  • Jesús mismo denunció a los fariseos por cargar a la gente con reglas sin mostrar gracia: “Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23:4).
  • Pablo advierte: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16).

La predicación centrada en el Evangelio no ignora la santidad, pero la presenta como fruto de la gracia, no como condición para obtenerla.

Cristo como centro de toda predicación

Toda predicación debe responder a la pregunta: ¿cómo apunta este texto a Cristo?

  • Jesús mismo enseñó que toda la Escritura habla de Él: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27).
  • Pablo afirma: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Corintios 1:23).

La predicación centrada en el Evangelio no se conforma con dar lecciones morales, sino que muestra cómo cada pasaje se cumple en Jesús.

El Evangelio como poder transformador

La predicación centrada en el Evangelio no solo informa, sino que transforma.

  • “La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos” (Hebreos 4:12).
  • “La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

El Evangelio no es un mensaje débil, sino el poder de Dios que cambia corazones, rompe cadenas y da vida nueva.

Aplicación pastoral

Una iglesia alimentada con predicación centrada en el Evangelio no vive bajo el peso de la autojustificación, sino en la libertad de saberse aceptada.

  • “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).
  • “Vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24).

Los creyentes aprenden a enfrentar sus luchas no con fuerza propia, sino descansando en la obra consumada de Cristo.

El predicador como heraldo, no como protagonista

El predicador centrado en el Evangelio entiende que su tarea no es brillar, sino anunciar.

  • Juan el Bautista dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).
  • Pablo se describe como siervo: “No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor” (2 Corintios 4:5).

El predicador es un heraldo que proclama un mensaje ajeno: la buena noticia de Cristo.

La predicación como alimento constante

El Evangelio no es solo la puerta de entrada a la vida cristiana, sino el camino mismo.

  • Pablo recuerda a los gálatas: “¿Tan necios sois? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3).
  • Pedro exhorta: “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis” (1 Pedro 2:2).

La iglesia necesita escuchar el Evangelio una y otra vez. No es un mensaje para incrédulos solamente, sino el alimento diario de los creyentes.

Conclusión

La predicación centrada en el Evangelio es la proclamación constante de Cristo crucificado y resucitado. No es consejo moral, sino noticia transformadora. No es carga, sino libertad. No es exaltación del predicador, sino gloria de Cristo.

Cada generación necesita redescubrir esta verdad. En un mundo saturado de discursos motivacionales y consejos superficiales, la iglesia debe levantar su voz para anunciar lo único que puede salvar: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).

La predicación centrada en el Evangelio no solo edifica a la iglesia, sino que glorifica a Dios, mostrando que la salvación es por gracia, desde el principio hasta el fin.

Más allá de la cultura digital: la esperanza del Reino eterno

Más allá de la cultura digital: la esperanza del Reino eterno

En la actualidad, vivimos inmersos en nuevos imperios culturales que ejercen una influencia poderosa sobre nuestras vidas: la globalización, la tecnología y la cultura digital. Estos imperios modernos, con su capacidad para moldear pensamientos y comportamientos, buscan atraer también a la religión, que a menudo se deja seducir por el poder temporal y la relevancia social. Sin embargo, la fe cristiana invita a mirar más allá de estas fuerzas pasajeras, recordándonos que existe un Reino superior, eterno y trascendente, que no se somete a las reglas ni a las modas de los imperios humanos (Juan 18:36: “Mi reino no es de este mundo”).

Desde sus orígenes, la Biblia se gestó en medio de imperios antiguos como Egipto, Asiria, Babilonia y Roma, contextos que influyeron en su mensaje y en la forma en que se comunicaba la esperanza divina. A lo largo de sus páginas, la Escritura presenta el Reino de los cielos como una realidad que supera y trasciende todos los poderes terrenales (Daniel 2:44). Este Reino no es un dominio político ni una estructura social visible, sino una invitación a vivir como peregrinos y extranjeros en el mundo con la vista puesta en la Jerusalén celestial, nuestra verdadera patria (Hebreos 13:14: “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir”), conscientes de que nuestra verdadera ciudadanía está en el Reino eterno (Filipenses 3:20).

El Antiguo Testamento muestra cómo Dios llama a su pueblo a confiar en Él en medio de imperios poderosos que dominaban la tierra. A través de profetas y relatos, se revela un Dios soberano que no se limita a los límites de ninguna nación humana (Isaías 40:15: “He aquí, las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo”). En el Nuevo Testamento, Jesús proclama el Reino de Dios como una realidad presente y futura, un “imperio superior” que no se basa en la fuerza ni en la conquista, sino en el amor, la justicia y la paz (Romanos 14:17: “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”). Los seguidores de Cristo son llamados a vivir con una identidad que desafía las lógicas del poder temporal y a ser testigos del Reino en medio de un mundo que a menudo parece gobernado por otros señores (Mateo 6:33: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”).

Hoy, los imperios culturales modernos —la globalización que homogeneiza culturas, la tecnología que redefine la comunicación y la cultura digital que reconfigura nuestras relaciones— presentan nuevos desafíos para la fe cristiana. Estos imperios prometen progreso, conexión y poder, pero también pueden desviar la atención del Reino eterno, atrapando a la iglesia en la búsqueda de influencia y aceptación mundana. La Biblia nos recuerda que, aunque debemos interactuar con el mundo, nuestra lealtad última no está en las estructuras temporales, sino en el Reino de los cielos, que es eterno y justo (1 Juan 2:17: “El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”).

Como cristiano, estás llamado a confiar únicamente en Cristo y a no dejarte seducir por los cantos de sirena que los imperios de este mundo entonan para atraer tu lealtad (Colosenses 2:8: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas”). La iglesia debe ser un testimonio vivo del Reino de los cielos, una comunidad que camina como peregrina, que resiste las presiones de los poderes temporales y que se compromete a apoyar la causa de un Reino que trasciende todas las épocas y culturas (1 Pedro 2:11: “Os ruego… que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”). Solo así podrá la fe mantenerse firme y auténtica en medio de los desafíos de los nuevos imperios culturales (Apocalipsis 11:15: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo”

Redescubriendo la familia: diseño divino en tiempos de confusión

Redescubriendo la familia: diseño divino en tiempos de confusión

En el mundo actual, la palabra «familia» ha perdido gran parte de su significado original y sagrado. La confusión reina en torno a qué constituye realmente una familia, tanto que pocos se atreven a definir con claridad esta institución fundamental. Esta incertidumbre ha generado una generación de jóvenes que llegan a la adultez sin un fundamento firme sobre lo que significa ser hombre, mujer o formar una familia. La ausencia de ejemplos sólidos de paternidad y maternidad auténticas ha dejado un vacío espiritual y moral, afectando no solo a los individuos sino a la sociedad en su conjunto. Frente a este panorama, es urgente volver a la enseñanza bíblica para redescubrir el diseño divino y el propósito eterno de la familia.

La familia bíblica es, ante todo, un diseño divino. Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, asignándoles roles complementarios y sagrados. John MacArthur afirma que “el hombre fue creado para liderar con amor y responsabilidad, mientras que la mujer fue diseñada para ser su ayuda idónea, formando juntos un equipo que refleje la gloria de Dios”1. Esta complementariedad no es una cuestión cultural, sino un mandato eterno. Los puritanos, como John Owen, enfatizaban que la familia es la primera escuela de santidad donde los padres son llamados a disciplinar y enseñar a sus hijos en el temor del Señor, siendo ejemplos vivos de la gracia y la verdad2.

El hombre es el cabeza del hogar, responsable de proveer, proteger y guiar espiritualmente a su familia. John Stott señala que “la masculinidad bíblica se define por la humildad y el servicio sacrificial, no por la dominación o el egoísmo”3. Por su parte, la mujer es vista como la ayuda idónea, cuya fortaleza y sabiduría contribuyen a la salud espiritual y emocional del hogar. Spurgeon, en sus sermones, recordaba que “la mujer virtuosa es corona de su marido, y su valor es mucho más que el de las piedras preciosas”4.

La familia es también una escuela de santidad. En ella se aprende a practicar la gracia, el perdón y la paciencia, reflejando el carácter de Cristo. La disciplina amorosa y la enseñanza constante en la Palabra forman el carácter de los hijos, preparándolos para enfrentar el mundo con firmeza y fe. Los puritanos, como Bunyan, insistían en que “la santidad comienza en el hogar, donde cada miembro es llamado a vivir conforme a la voluntad de Dios, siendo luz en medio de las tinieblas”.

Además, la familia es un refugio de gracia. En un mundo quebrantado por el pecado, la familia ofrece un espacio donde se experimenta el amor incondicional y la misericordia de Dios a través de las relaciones interpersonales. Este refugio es vital para el crecimiento espiritual y emocional de cada miembro, pues en él se aprende a perdonar y a ser perdonado, a amar sin reservas y a sostenerse mutuamente en las pruebas.

Finalmente, la familia es una plataforma para el evangelio. Es el primer lugar donde se proclama la buena noticia de Jesucristo y se forman discípulos. Los padres tienen la responsabilidad sagrada de enseñar la Palabra a sus hijos y de modelar una vida conforme al evangelio. MacArthur destaca que “la familia cristiana es la iglesia doméstica, el primer seminario de evangelización y discipulado”5. Así, la familia no solo es para su propio bienestar, sino para la extensión del reino de Dios en la tierra.

En conclusión, tú estás llamado a fundar una familia bíblica, cimentada en el diseño divino y en la enseñanza de la Palabras. No permitas que las confusiones del mundo te desvíen de este propósito santo. Enseña a otros a defender la verdad sobre la familia, refutando los errores y mostrando con amor y firmeza el camino que Dios ha establecido. Que tu hogar sea un reflejo del cielo, una escuela de santidad, un refugio de gracia y una plataforma para el evangelio.

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1MacArthur, The MacArthur New Testament Commentary, 2011, 45

2John Owen, The Works of John Owen, 1676, vol. 3, 210

3Stott, Men Made New, 2006, 32

4Spurgeon, The Treasury of David, 1881, Salmo 112:9

5MacArthur, The Gospel According to Jesus, 1988, 65

Dolor, traición y política: por qué sólo Cristo puede gobernar tu vida

Dolor, traición y política: por qué sólo Cristo puede gobernar tu vida

En estos días, el mundo observa con preocupación la creciente tensión entre Venezuela y Estados Unidos. Las declaraciones cruzadas, las sanciones económicas y los movimientos militares en la región hacen pensar que ambos países se encuentran al borde de lo que podría convertirse en un conflicto armado. Los pueblos, atrapados en medio de intereses políticos y económicos, sienten el peso de la incertidumbre y el miedo. Una vez más, la historia nos recuerda que los gobiernos humanos, aun cuando dicen actuar con buenas intenciones, terminan generando sufrimiento y dolor. Esta realidad nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del liderazgo humano y poner la vista en Aquel Rey que nunca decepciona.

El ejemplo de Venezuela: un liderazgo que encarna el fracaso humano

El caso de Venezuela es ilustrativo. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez y posteriormente de Nicolás Maduro, el país ha experimentado una profunda crisis política, económica y social. Promesas de justicia social, igualdad y prosperidad se transformaron en escasez, inflación descontrolada y migraciones masivas. Millones de venezolanos han tenido que abandonar su tierra buscando sobrevivir, mientras otros permanecen soportando hambre y falta de servicios básicos.

Este ejemplo refleja la verdad central: el liderazgo humano, incluso cuando es bienintencionado, inevitablemente fracasa. La Biblia lo anticipa cuando dice: “No confiéis en príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación” (Salmo 146:3). Los gobiernos humanos, por más que prometan, no pueden satisfacer plenamente las necesidades del corazón humano ni garantizar justicia perfecta.

La naturaleza de los gobiernos humanos según la Biblia

La Escritura es clara al describir la fragilidad de los gobiernos terrenales. El profeta Daniel, al interpretar el sueño de Nabucodonosor, mostró que los reinos de este mundo son como estatuas de diferentes materiales, destinados a ser destruidos por la roca que representa el Reino de Dios (Daniel 2:44). Es decir, todos los imperios y gobiernos humanos tienen fecha de caducidad.

El apóstol Pablo también recuerda que las autoridades son establecidas por Dios (Romanos 13:1), pero no para ser objeto de nuestra confianza absoluta. Los gobiernos cumplen un papel limitado: mantener cierto orden y justicia temporal. Sin embargo, nunca podrán dar paz verdadera ni redención espiritual. Por eso Jesús mismo afirmó ante Pilato: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

El contraste: el gobierno mesiánico de Cristo

Frente al fracaso de los gobiernos humanos, la Biblia nos presenta el gobierno perfecto de Cristo. Isaías profetizó: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz” (Isaías 9:6).

Este Reino no se basa en promesas vacías ni en intereses egoístas, sino en la justicia y la paz que brotan del carácter mismo de Dios. Cristo gobierna con verdad, gracia y poder. Su liderazgo satisface plenamente al ser humano en todas las dimensiones:

  • Personal: Cristo ofrece descanso al alma cansada. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
  • Relacional: Su amor transforma nuestras relaciones, enseñándonos a perdonar y a vivir en unidad. “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros” (Juan 13:34).
  • Espiritual: Él nos reconcilia con Dios, dándonos vida eterna. “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

El Reino de Cristo no es temporal ni frágil. Es eterno, justo y perfecto. El libro de Apocalipsis nos asegura: “El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15).

La Biblia nos invita a vivir con esperanza, esperando el regreso glorioso de Cristo. En ese día, todo dolor y sufrimiento causado por los gobiernos humanos será eliminado. “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4). Sabiendo que Cristo está constantemente cuidando de nosotros, ahora con el Padre, pero un día lo hará sentado en el trono de Jerusalén. Como dijo Atanasio «Pues si un rey ha construido una casa o una ciudad y los ladrones la atacan por negligencia de sus habitantes, él no la abandona en absoluto, sino que como obra propia la defiende y la salva, no preocupándose de la negligencia de sus habitantes, sino de su propio honor. Con mucha más razón Dios, el Verbo del Padre absolutamente bueno, no descuidó la estirpe de los hombres que él había creado y que se encaminaba a la corrupción, sino que con la ofrenda de su propio cuerpo borró la muerte que les había afectado y corrigió su negligencia con su enseñanza y reformó toda la condición humana con su poder«1

Mientras los pueblos del mundo se debaten entre guerras, crisis y traiciones políticas, los creyentes tenemos una certeza: el Rey verdadero viene pronto. Su gobierno traerá justicia perfecta y paz duradera.

Conclusión

Querido lector, no pongas tu confianza en los líderes humanos, porque tarde o temprano te fallarán. Los gobiernos de este mundo, por más promesas que hagan, no pueden darte la paz ni la plenitud que tu corazón anhela. Sólo Cristo puede hacerlo. Él es el Rey eterno, el Príncipe de paz, el Pastor que cuida de sus ovejas.

Por eso te animo a que pongas toda tu esperanza en Él. Vive cada día confiando en su gracia y en su poder. No te dejes atrapar por el miedo a las guerras ni por la decepción de los políticos. Más bien, espera con alegría la segunda venida de Cristo, porque en ese día tu gozo será completo y tu sufrimiento terminará. Como dice el apóstol Pablo: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).

Confía sólo en Cristo, y vive con la mirada puesta en su Reino eterno. Esa es la verdadera esperanza que nunca falla.

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1 Atanasio, La Encarnación Del Verbo (Madrid: Ciudad Nueva, 1997) Pág. 57

Inteligencia Artificial: el viejo deseo humano de ser como Dios

Inteligencia Artificial: el viejo deseo humano de ser como Dios

La inteligencia artificial (IA) ha revolucionado nuestra era, mostrando avances tecnológicos que parecen acercar al ser humano a un viejo anhelo del corazón: ser como Dios. Este deseo profundo, que la Biblia revela desde el Génesis, es una manifestación de la rebelión humana contra la autoridad divina y un intento de usurpar el lugar de Dios. Desde una perspectiva teológica reformada, este fenómeno tecnológico no es sino una nueva expresión de una realidad espiritual que ha existido desde la caída del hombre, y que Dios, en su soberanía absoluta, juzgará y redimirá plenamente con la venida gloriosa de Cristo para gobernar la tierra en el milenio.

El relato bíblico comienza con la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27), un ser creado para reflejar el carácter y la gloria de su Creador. Sin embargo, el corazón humano, por naturaleza, está inclinado hacia la rebelión. En Génesis 3, vemos cómo Adán y Eva desobedecen a Dios, buscando el conocimiento del bien y del mal por sí mismos, un intento de ser como Dios. Este acto no solo trajo pecado y muerte al mundo, sino que reveló el deseo del hombre de autonombrarse su propio dios, rechazando la autoridad divina (Romanos 1:21-23).

La inteligencia artificial, en este contexto, puede ser vista como una manifestación moderna de ese anhelo. Al crear máquinas que pueden pensar, aprender y tomar decisiones, el ser humano intenta ejercer un dominio y poder que solo Dios posee. Isaías 14:13-14 describe esta actitud: “Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono… seré semejante al Altísimo.” Este pasaje, aunque se refiere originalmente al rey de Babilonia, es un símbolo del corazón humano rebelde que busca ser como Dios, un deseo que se refleja en la creación y desarrollo de la IA.

Esta rebelión no es un simple error o una falla humana, sino una condición profunda y universal del corazón humano, llamada depravación total (Romanos 3:10-18). El hombre, sin la gracia de Dios, está esclavizado al pecado y busca su propia gloria y autonomía. La IA, entonces, es un espejo que refleja esta realidad espiritual: la creación humana que busca imitar a su Creador para su propia exaltación.

Pero la Biblia no solo revela la rebelión humana, sino también la soberanía absoluta de Dios sobre toda la historia. Aunque el hombre se rebela, Dios mantiene el control y dirige los acontecimientos hacia su propósito eterno (Isaías 46:9-10). La soberanía divina se manifiesta en que, a pesar del pecado y la rebelión, Dios no pierde el control, sino que permite que estas manifestaciones se cumplan para revelar su gloria y justicia.

El punto culminante de esta soberanía será el regreso de Jesucristo, el Rey prometido, quien vendrá a gobernar la tierra durante el milenio con justicia y verdad (Apocalipsis 20:4-6). Esta esperanza escatológica es central en la teología reformada: Cristo no solo redime a su pueblo, sino que también juzga a sus enemigos y establece un gobierno eterno que glorifica a Dios plenamente.

En este tiempo, la rebelión humana será finalmente contenida y el deseo de ser como Dios será satisfecho de manera correcta y perfecta, no por el hombre, sino por el propio Dios en la persona de Cristo (Filipenses 2:9-11). La creación entera será restaurada y el corazón humano, redimido, adorará a Dios en verdad y libertad (Salmo 96:9).

En conclusión, la inteligencia artificial revela un anhelo profundo y antiguo del corazón humano: ser como Dios. Este deseo, que es una expresión de la rebelión contra Dios, es condenado por la Escritura y muestra la condición caída del hombre. Sin embargo, la soberanía de Dios permanece firme, y la historia avanza hacia el glorioso regreso de Cristo, quien establecerá su reino eterno y verdadero. La IA, en última instancia, no puede satisfacer el anhelo del corazón humano, solo Cristo puede hacerlo plenamente. Por tanto, la verdadera esperanza del hombre no está en sus propias creaciones, sino en la obra redentora y el gobierno soberano de Dios.

El pastor Reformado, Richard Baxter

El pastor Reformado, Richard Baxter

El libro «El Pastor Reformado» de Richard Baxter es una obra clásica de la literatura teológica reformada que ha sido una fuente de enseñanza y guía para muchos pastores y líderes de la iglesia a lo largo de los siglos. Publicado por primera vez en 1656, este libro es una llamada a la responsabilidad pastoral y un llamado a la fidelidad en la enseñanza de la Palabra de Dios.

Desde una perspectiva teológica reformada, el libro de Baxter es una obra invaluable que presenta una sólida teología bíblica y una visión pastoral práctica. Baxter, como muchos teólogos reformados, creía en la autoridad y la inerrancia de la Palabra de Dios y en la necesidad de enseñarla y aplicarla fielmente. A lo largo de su libro, enfatiza la importancia de la doctrina y la necesidad de una vida piadosa y santificada, así como también de una predicación centrada en Cristo y en la salvación por la gracia mediante la fe.

Baxter hace hincapié en la importancia del estudio de la Escritura y la necesidad de que los pastores sean teólogos competentes. Según él, el pastor debe estar completamente equipado para enseñar y defender la verdad bíblica, para corregir errores y para guiar a su congregación en el camino de la verdad. La teología, para Baxter, no es una disciplina seca y abstracta, sino una herramienta vital para la obra pastoral efectiva. Debe ser aprendida, enseñada y aplicada con diligencia y con amor.

Otro tema importante que Baxter aborda es la necesidad de que los pastores sean líderes piadosos y modelos de santidad. Él cree que un pastor debe ser una persona cuyo carácter y conducta reflejen la verdad del evangelio. La santidad no es opcional, sino que es una característica esencial de la vida de un pastor y debe ser cultivada a través de la oración, el estudio de la Escritura y una vida de comunión con Dios. Baxter escribe: «Un hombre que no vive lo que predica, es una plaga y un engaño en la iglesia de Dios».

Baxter también destaca la importancia de la predicación expositiva de la Escritura. Él cree que la predicación debe ser una exposición clara y fiel de la Palabra de Dios, y que el predicador debe esforzarse por entender y explicar el significado original del texto bíblico. Baxter enfatiza que la predicación debe ser centrada en Cristo y en la salvación por la gracia mediante la fe, y que debe ser aplicada a la vida de la congregación. Él escribe: «Un predicador no es un orador, sino un instrumento en las manos de Dios para la conversión de los pecadores y la edificación de su pueblo».

Otro tema importante que Baxter aborda en su libro es la importancia de la disciplina eclesiástica y la responsabilidad pastoral. Él cree que los pastores tienen la responsabilidad de cuidar y proteger a su congregación de los errores doctrinales y las prácticas pecaminosas. La disciplina eclesiástica, según Baxter, es un medio de amor y de gracia, destinado a ayudar a los creyentes a vivir en obediencia a la Palabra

¿Qué es el bautismo del Espíritu?

¿Qué es el bautismo del Espíritu?

El bautismo del Espíritu Santo es la obra por la cual el Espíritu Santo viene a residir en el creyente (Jn. 14:16-17; Hch. 2:38) y lo coloca en unión con Cristo (Gál. 3:27; Col. 2:13) y con la iglesia (Hch. 2:41) en el momento de la salvación.

Esta obra del Espíritu Santo ocurre en el momento de la salvación, no en un momento posterior. Existe una relación directa entre el bautismo del Espíritu Santo y la regeneración y conversión lo cual descarta una experiencia separada entre ambos momentos. Tenemos varios argumentos bíblicos que confirman esta postura:

En primer lugar, el lenguaje del Nuevo Testamento no nos permite distinguir entre ser bautizados en el Espíritu y recibir el Espíritu. Por ejemplo, en Hechos 1:5 Jesús anuncia el día de Pentecostés como la llegada del Espíritu Santo y lo describe como ser bautizados en el Espíritu. Lo mismo vemos con la llegada del Espíritu Santo a los gentiles en casa de Cornelio (Hch. 11:1-18). Tener el Espíritu sobre nosotros, recibir, ser llenos y ser bautizados en el Espíritu son una y la misma experiencia.

En segundo lugar, la universalidad del don del Espíritu fue uno de los puntos principales de la profecía de Joel (2:28-32). El Espíritu sería derramado sobre toda carne y vendría no sólo sobre personas en concreto, como en el Antiguo Testamento. Por lo cual no hay lugar a creyentes que se encuentre en un estado de salvación sin derramamiento del Espíritu Santo en sus vidas.

En tercer lugar, en 1 Cor. 12:13, Pablo explica que todos hemos sido bautizados en un solo cuerpo y se nos ha dado a beber de un mismo Espíritu. Este texto habla de que no hay distinciones en la salvación y que Dios nos ha dado libertad y el Espíritu Santo.

En cuarto lugar, no se puede separar las personas de la Trinidad. Si estamos unidos a Cristo esto implica que estamos unidos a las otras dos personas de la Trinidad. Si alguien recibe al Hijo encontrará que trae consigo, por un lado, a Su Padre y por otro, al Espíritu Santo, no hay posibilidad de desunión entre ellos.

Una posible contraposición diría que en el bautismo del Espíritu Santo hay manifestaciones de dones milagrosos, algo que no suele haber en el momento de la conversión por lo cual son experiencias independientes. Podemos responder señalando que las manifestaciones milagrosas eran apostólicas. Una muestra de que el Espíritu Santo que residía en los Apóstoles y en la primera iglesia era el mismo que en Cristo. Pero Hechos es un libro histórico y por lo tanto sólo descriptivo, no podemos usarlo como base para esa argumentación sino que tenemos que apoyarnos en las epístolas, las cuales no muestras independencia entre la salvación y el bautismo del Espíritu Santo

En conclusión, estar en Cristo significa tener comunión con Él y esto a su vez significa que compartimos plenamente todo lo que Él tiene. Nuestra unión con Él provoca la llegada a nuestra vida del mas precioso de los dones, la morada plena y desbordante del Espíritu Santo. Por lo tanto el bautismo del Espíritu no es independiente de la salvación.

Si Jesús es Dios, ¿Cómo puede ser tentado?

Si Jesús es Dios, ¿Cómo puede ser tentado?

Todos hemos oído y leído en muchas ocasiones que Dios no puede ser tentado (Stg. 1:13) y no puede pecar porque no tiene pecado (1 Jn. 3:5). Entonces cuando nos acercamos a los evangelios una pregunta puede surgirnos: Si Jesús es Dios y Él no puede pecar ¿Cómo puede ser que haya sido tentado? ¿No hace este detalle falsa la tentación? ¿y en caso de que esta tentación no sea verdadera, cómo será Jesús un Sumo sacerdote que pueda compadecerse de nosotros (Heb. 4:15)?

Jesús poseía un solo cuerpo pero dos naturalezas, ambas plenas. La naturaleza divina era de la misma sustancia que el resto de personas de la Trinidad, y por lo tanto, con sus mismos atributos. La humana era semejante a la nuestra, con una excepción, Jesús fue creado sin el pecado heredado de Adán. Al carecer de pecado original la tentación no podía ser interna, como todos los seres humanos (Mat. 15:18; Stg. 1:14-15) ya que Él no tenía esa inclinación hacia el mal. Por eso era necesario que esa tentación viniera de fuera, de ahí que Satanás mismo quisiera tentarlo. En este sentido la discusión se centra en si una persona que no tiene la capacidad de pecar puede ser tentada. La respuesta es sí, Jesús fue tentado en Su naturaleza humana pero la voluntad de Su naturaleza divina, dirigida por el Espíritu Santo, le permitió soportar sin caer.

Las pruebas que Cristo experimentó fueron aptas sólo para el Dios encarnado. Ningún hombre común podría ser jamás tentado a convertir piedras en pan, ni a tirarse del pináculo del templo esperando ser cogido por los ángeles, pero para Jesús sí era una tentación. Aunque estas pruebas estaban fuera de la experiencia habitual de los seres humanos, las áreas representadas eran comunes a todos. Los deseos pecaminosos se pueden clasificar como deseos de la carne, deseos de los ojos o vanagloria de la vida (1 Jn. 2:16). Las pruebas de Mateo 4:1-11 recaen en estas tres categorías. Jesús no experimentó cada prueba que los seres humanos experimentan sino que sufrió pruebas que encajan en las mismas categorías que las nuestras (Heb. 4:15). Con esto en mente podemos decir que las tentaciones de Jesús fueron más intensas que las nuestras debido a que Él no cedió, como Adán hizo, sino que la soportó hasta que salió victorioso. Satanás usó todo su poder para intentar hacer caer al Hijo de Dios el cual soportó 40 días de ayuno. Su voluntad divina estuvo firme en todo momento pero su naturaleza humana sufrió el desgaste de pasar hambre y el ataque del Diablo. Cuando Satanás le tentaba con convertir las piedras en pan su naturaleza humana se sentía tentada por la idea de comer, cuando Satanás le ofreció los reinos de este mundo su naturaleza humana se sintió tentada por la idea de no tener que ir a la cruz. Jesús sufrió y luchó con esas tentaciones pero la voluntad divina dirigida por el Espíritu Santo lo sostuvo.

Una posible contra argumentación afirmaría que Dios es omnisciente y por lo tanto no necesita experimentar la tentación para conocer su dificultad y compadecerse de nosotros. Podemos responder señalando la relación entre Adán y Cristo. Jesús es el postrer Adán (Rom. 5; 1 Cor. 15:20-22) y triunfa donde el primero ha fallado. Por eso es necesario que Jesús pase una tentación tan parecida a la de Adán para mostrar su perfección y su validez como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29). Es en este proceso donde Cristo experimenta la tentación y siente en Su humanidad algo que ya sabía por Su divinidad.

En conclusión, Jesús fue tentado en su naturaleza humana y sostenido sin pecado por Su voluntad divina, logrando de esta manera, como dice Heb. 4:14-16 ser un Sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades. Cristo fue arrojado a la arena de la tentación y conoce la angustia de la misma porque ha experimentado tanto la fuerza del agresor, la debilidad de la naturaleza humana como la dificultad de la resistencia.

¿Qué son los proverbios?

¿Qué son los proverbios?

Debemos entender los Proverbios como verdades generales que nos expresan un patrón de la existencia y la sabiduría humana. No son leyes absolutas, ni universales, tampoco promesas para aquellos que las cumplen. El objetivo de Proverbios es ser un tesoro de sabiduría que se transmite de un padre a su hijo para vivir una vida bajo la sabiduría de Dios agradándole sólo a Él.

Llegamos a esta conclusión cuando estudiamos en género literario en particular de los Proverbios. Si Dios ha movido a hombres para comunicarse significa que Dios ha usado formas literarias humanas. En la comunicación el mensaje va codificado en un lenguaje y estilo que es necesario conocer para entender bien aquello que se transmite. Por eso es necesario conocer los géneros literarios en los que está escrita la Biblia para poder interpretar correctamente el mensaje. El género literario de los Proverbios sería comparable con los refranes de hoy en día, los cuales no toman en cuenta las excepciones sino que se limitan expresar el estereotipo general en una frase que pretende ser una “píldora” de sabiduría para el ser humano.

Las implicaciones que tiene defender que los Proverbios son verdades absolutas serían:

1. Tener que justificar los incumplimientos de algunos de ellos por ejemplo Prv. 4:10 donde asocia conocer la sabiduría con vivir muchos días. Si lo tomásemos literalmente todos los que “reciben” los proverbios viven mucho años y sabemos, por experiencia, que no siempre es así.

2. Elimina la soberanía de Dios sobre la vida de los seres humanos. Aquellos Proverbios que nos anuncian “largura de días” (3:2; 9:11; 10:27; 28:16; 31:12) o la muerte (2:18; 5:5; 7:27; 8:36; 9:18; 10:2;11:19) parecen dejar en manos del cumplidor añadir o quitar días a su vida. En cambio el libro de Job o el Sermón del monte (Mat. 6:27) nos dejan claro que es Dios quien gobierna sobre su creación.

Las implicaciones que tiene defender que los Proverbios son verdades generales.

1. Ya que son verdades generales de la experiencia humana son extrapolables a cualquier época y lugar independientemente del contexto del autor. De esta manera los Proverbios son, cada uno de ellos, píldoras de sabiduría útiles al ser humano siempre.

2. Son estándares de una vida que se vive a la luz de la sabiduría de Dios, así que nos sirven como mapa y guía de como tomar decisiones sabias en nuestra vida, siéndonos de advertencias ante los peligros que puedan ocurrir.