Cuento: Hoy ya no

Un olor pestilente desbordaba de la cocina. La basura llevaba acumulada

días. Sandra miró su reloj. Era bastante tarde pero se rehusaba a dormir

hasta que llegara su esposo. Tenía los dedos de las manos rojos de tanto que

se había mordido las uñas y los pellejos.

Tenía desde la tarde esperando, dando vueltas en el mismo sitio,

arrancándose el cabello, fumando dentro de casa sin importarle que el olor se

acumulara. Tuvieron que pasar minutos más hasta que escuchó la puerta

abrirse. Se puso de pie de inmediato, recargándose en la mesa.

—Llegas demasiado tarde —le soltó con voz temblorosa.

—Te dije que no me esperaras —su aliento a cigarro y alcohol la alcanzó en

seguida. Entró a la cocina sin verla a los ojos. Se sirvió un vaso de agua y

se le cayó antes de que pudiera tomar algo. El estruendo de los cientos de

pedazos de vidrio en el suelo no pareció afectarlo.

—¿Cómo no te iba a esperar? Te fuiste hace horas y estás borracho.

Se acercó a él de forma automática, como si su contacto fuera a borrar

todo, a calmarlo.

—Te dije que no me esperaras —repitió con voz grave y le soltó el brazo

con un movimiento fuerte —No quería verte hoy, ni siquiera quería pensar

en ti, necesitaba sentir que no existes.

Silencio.

El estómago se contrajo de las náuseas, como si apenas en ese momento

fuera consciente del olor nauseabundo a comida podrida. Dio un paso hacia

atrás y su esposo avanzó hacia ella, hasta que pudiera sentir su

respiración, su sudor, su odio.

—No… puedes decidir algo así.

-Le dijo SandraSu marido dio un último paso hacia ella y la tomó con suficiente fuerza del

brazo.

—Hoy fue la última vez que me golpeas, Sandra.

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Cuento: Estas sin estar

La ciudad se siente sobrecargada los días previos a navidad. La gente camina rápido, se prepara comprando lo que hace falta, comida, regalos. lo que sea. Todos viajan de un lado a otro visitando a sus familias, amigos, o a la gente importante en sus vidas. Es un ritual. No hacerlo sería desafiar normas casi sagradas. O ser visto con lástima.

El tren iba lleno, como es esperado para las fechas. Todos buscaban su asiento despistadamente mientras acomodaban las maletas. Los niños eran los más escandalosos, gritando y riéndose. Tocó instintivamente su panza, aún sin estar acostumbrada a la extraña sensación dentro de ella. Para ese momento debería sentirse mejor, pero su cuerpo parecía resistirse a la idea.

Tomó asiento y suspiró al cerrar los ojos un momento. Su esposo acomodó la maleta en el compartimento superior y se sentó. Él parecía tranquilo, como si fuera un día cualquiera. Le preguntó algo, pero no escuchó; seguramente por los audífonos puestos. Volteó hacia la ventana. Era de noche y no se veía nada más que el reflejo de las luces dentro del tren. Sería un viaje largo.

Hacía frío, quizá por eso le temblaban las manos. Se mordió un pellejo del dedo. Tenía la mitad de la vida mordiéndose las uñas y la otra mitad tratando de no hacerlo. Cerró los ojos y trató de dormir, aunque su corazón latía demasiado rápido y su cuerpo no se apagaba lo suficiente como para distraerse del mundo real. Volvió a mirar a su esposo.

-Me siento ansiosa – susurró. No supo si lo dijo en voz alta o lo pensó.

Su esposo, instintivamente, puso su mano sobre su rodilla y volteó hacia otro lado.

Volvió a tocarse el vientre  mientras se acomodaba en el asiento. Forzó los ojos a cerrarse y sintió que tres lágrimas bajaron por sus mejillas, en contra de su voluntad. No sentía un nudo en la garganta ni dolor, solo… una ausencia sin definición. 

¿Por qué no sonreía si todo esta bien?, se preguntó. No hacía falta nada. La noche anterior los padres de su esposo se habían comportado como los futuros abuelos que ella esperaba. Les dieron regalos e hicieron todas las preguntas. Quizá el problema eres tú, le había dicho él. Y tal vez tenía razón.

Los síntomas del primer trimestre habían sido terroríficos. Era como si su cuerpo se hubiera vuelto en su contra. Además, las preocupaciones sobre cientos de temas que jamás había pensado le taladraban la mente.

-Preferiría una cesárea -Dijo cuando su suegra preguntó algo sobre el parto – Me da mucho miedo el parto natural y con mis ant…

-¡Las hormonas te tienen ansiosa! Claro que será un parto natural, es lo mejor – Interrumpió su esposo entre risas. Luego le dio un beso en la frente y apoyó la mano en su muslo.

Su suegra estuvo de acuerdo y en tono ligero dijo que todos sus hijos habían nacido de forma natural. Ella asintió, se chupó los labios y bajó la mirada hacia sus manos.

La conversación siguió como muchas otras: risas, comida, copas. Pero algo no le permitió bajar los hombros ni respirar con calma.

Cuando todos se fueron a dormir, un dolor intenso le atravesó la espalda. Estaba dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Su respiración se aceleró. No era que se estuviera ahogando era como… si a poco se estuviera apagando, asfixiándose sin darse cuenta. Movió a su esposo pero solo hizo un ruido. Nada más.

Corrió al baño. Una sensación nauseabunda le revolvió el estómago. Abrazó la taza  e intentó vomitar. Nada. Suspiró y se pasó la mano por el cabello, dando vueltas en círculos. Era algo.

Hacía bastante frío y la ventana del baño temblaba con las rafagas de viento. Pero ella estaba sudando. Intentó ir al baño y notó una secreción: apenas unas gotas. Corrió con su esposo y lo sacudió con fuerza. Tenía la frente empapada y los ojos desorbitados.

-Sentí algo, te lo juro -Le temblaba la voz. – Y no pude vomitar, pe…

Él se incorporó y con un movimiento firme y suave la llevó de vuelta a la cama. La abrazó.

-Estás bien, son solo los nervios. -Le dijo al oído. – A veces tu mente te hace exagerar.

Le dio un beso en el hombro.

Vio su reflejo en la ventana del tren. ¿Cómo se había quedado dormida? Ni siquiera recordaba la mitad del día que le siguió. Los padres de su esposo los despidieron con regalos Se veían tan emocionados que no preguntaron por sus marcadas ojeras. Aunque, quizá ni ella las había notado.

Se mordió los labios y sintió otras lágrimas recorriendo su rostro. Nadie trató de leer sus ojos.

Su esposo se acomodo en el asiento, con los brazos cruzados. 

No habían sido solo gotas.

Había sido bastante sangre.

Aunque después, quizá, ya no importaría.

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Cuento: Ya no mires

El despertador tenía sonando más de 43 minutos. Su habitación solo tenía una pequeña ventana que daba a otro edificio, por lo que nunca podía depender del sol para despertar. Un olor espeso a cigarro de la noche anterior inundaba la habitación. El cenicero, junto a su cama, estaba desbordado, y las cenizas caían por un lado del colchón. Valeria trató de abrir los ojos con dificultad hasta incorporarse en el borde de la cama. Se frotó la cara suavemente para poder despertar y posteriormente encendió un cigarro.

Solo uno y comenzaría su día. Tomó bastante aire y se levantó de la cama.

Contempló la cama un segundo, debatiéndose si hacerla o no, pero eso involucraría recoger toda la ropa que había dejado sobre la almohada. No tenía energía suficiente para eso. Además, iba tarde. Había quedado con su amiga para desayunar y le había insistido tanto que le daba pena cancelar. Le mandó un mensaje para decirle que llegaría un poco tarde y se apresuró para ducharse. Era la segunda vez en meses que hacían ese tipo de plan y aunque se sentía demasiado cansada, lo agradecía en el fondo. Se miró en el espejo antes de irse. Unas ojeras profundas y rosáceas le atravesaban la cara. Se había dado por vencida ya que no importaba cuando corrector se pusiera, las marcas profundas no se podían disimular. Se pintó muy ligeramente los labios, al menos para parecer que se esforzó, y salió corriendo.

Su amiga ya estaba en la mesa, esperándola y Valeria se acercó con una media sonrisa.

-No escuche la alarma, discúlpame -le dijo con un tono suave y titubeante.

-no te preocupes, tengo apenas unos minutos. Vale… -se quedó pensando un segundo – te ves mejor.

Tragó saliva. Su amiga no tenía idea de lo que realmente significaba ese comentario. Los labios le temblaron un poco y tomó asiento. Hacía bastante calor, pero de igual forma un escalofrío recorrió sus piernas y brazos. No había nada más liberador que ser vista por alguien más y aún así ser aceptada. Sus ojos se humedecieron, pero parpadeó rápidamente para que nadie lo notara. 

La terraza estaba llena de personas y todas las conversaciones parecían mezclarse en un solo ruido agradable. Hace ocho meses aquello le hubiera parecido una realidad alterna extraña sacada de una película de fantasía a la cual jamás podría pertenecer. Con seis kilos menos el mundo había sido otro, más frío, más solo y aterrador. Había llorado tanto en aquel entonces que sentía que su cara se había deformado, con ojeras más penetrantes y párpados hinchados. Había pasado días y noches enteras esforzándose por estar bien con su novio y solo se culpaba a ella por no haber conseguido que todo mejorara.

Recordó aquella tarde, hace algunos meses. Y esa mirada jamás desaparecería de su mente. Su novio, cruzado de brazos y apoyado en el marco de la puerta, miraba  un punto fijo, sus cejas ligeramente fruncidas por milímetros, su boca estática. En un arranque de violencia interna, se había lastimado a sí misma, dejando líneas de sangre por su pierna.

Él no se movió.

-Vale -La interrumpió su amiga.- ¿Quieres más café?

-Por supuesto, no puedo comenzar mi día sin café -Dijo en un tono ligero.

Su amiga era como un ancla a veces. Se envolvieron en una cálida conversación mientras comían, y disfrutaban sin culpa.

Valeria estaba tranquila, disfrutando de aquel ritual simple. Hasta que sintió una mirada a lo lejos, a dos mesas de ellas. Por supuesto que tenía que ser él. Justo ahí, justo en ese momento. Su respiración se detuvo y su amiga desapareció. Su ex novio la estaba viendo, contemplando, esperando algo. Se puso de pie y caminó hacia ella, con ojos suaves y una media sonrisa. Lo volteó a ver, sin medir el tiempo. Y desvió la mirada hacia su amiga, continuando la conversación.

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Micorrelato: No estar

Sus ojos lo miraban fijos.

Había un poco de sol, pero no lo suficiente para ignorar el viento frío. Había dos tazas de café sobre la mesa, pero el suyo se había enfriado hacía minutos.

¿Cómo era que la gente caminaba a su alrededor y no podía escuchar su desilusión?

La observó, alargando el silencio y evitando mover demasiado los dedos. ¿Qué había ahí, en ella? Sus palabras decían que lo comprendía, pero el resto de su cuerpo estaba ausente.

No había preguntas sobre lo que, con gran dificultad, le había contado. No había curiosidad, no había sorpresa o interés. Como si su mundo interno no suscitara nada, no conmoviera.

Su garganta se contrajo.

Era hora de irse.

—B

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Microrrelato: Dos segundos

Sus pasos resonaron como eco por todo el pasillo vacío. Su respiración se sentía rítmica y profunda, y sus puños apretados dejaron marcas de sus uñas contra su piel. Tomó asiento mientras miraba a su alrededor. Una silla metálica y fría, unos cuadros abstractos tratando de adornar las paredes blancas. Un silencio ensordecedor. Esperaba que anunciaran su nombre en alto hasta que su pecho dejara de contraerse y que pudiera respirar con normalidad, hasta que escuchó unos pasos acercarse por las escaleras.  

Miro de reojo, como quien pretende estar ocupada mirando nada en el celular. Era un hombre en sus treintas. Vestía  formal y llevaba el pelo casualmente peinado. 

Una mirada milimétrica. Dos segundos. Y una casi fantasía.

El hombre no detuvo sus pasos, pero un leve temblor en su pie derecho lo hizo casi des balancearse. La miró y sus cejas se levantaron sutilmente, esperando algo, lo que fuera. 

-B

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Cuatro silencios

En aquel momento solo podía pensar en cuatro silencios.

El primer silencio se refiere a un silencio expectante.

Aquel en el que el corazón se detiene, alerta a lo que viene.

Donde se evalúan minuciosamente los próximos pasos:

¿será un peligro mortal o un instante de plácida complicidad?

Ahí, donde se contiene el aire y el tiempo se congela por segundos.

El segundo silencio corresponde al del amor.

Ahí, las palabras sobran; solo quedan los sentimientos ligeros que acarician el alma.

Es un silencio capaz de reparar heridas profundas,

donde simplemente estar es suficiente.

Un silencio que comparte, que sana.

El tercer silencio pertenece al odio.

Un odio corrompido por la destrucción de la esperanza,

por aquello que se anhelaba y no fue, ni será.

Ese odio disfrazado de rabia, pero lleno de ausencia.

Y finalmente, el cuarto silencio.

El confuso.

Aquel que no tiene palabras, ni forma.

Ahí donde las palabras no han sido, donde nada se ha formulado aún.

Un silencio etéreo… asfixiante.

-Blueberry

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