La ciudad se siente sobrecargada los días previos a navidad. La gente camina rápido, se prepara comprando lo que hace falta, comida, regalos. lo que sea. Todos viajan de un lado a otro visitando a sus familias, amigos, o a la gente importante en sus vidas. Es un ritual. No hacerlo sería desafiar normas casi sagradas. O ser visto con lástima.
El tren iba lleno, como es esperado para las fechas. Todos buscaban su asiento despistadamente mientras acomodaban las maletas. Los niños eran los más escandalosos, gritando y riéndose. Tocó instintivamente su panza, aún sin estar acostumbrada a la extraña sensación dentro de ella. Para ese momento debería sentirse mejor, pero su cuerpo parecía resistirse a la idea.
Tomó asiento y suspiró al cerrar los ojos un momento. Su esposo acomodó la maleta en el compartimento superior y se sentó. Él parecía tranquilo, como si fuera un día cualquiera. Le preguntó algo, pero no escuchó; seguramente por los audífonos puestos. Volteó hacia la ventana. Era de noche y no se veía nada más que el reflejo de las luces dentro del tren. Sería un viaje largo.
Hacía frío, quizá por eso le temblaban las manos. Se mordió un pellejo del dedo. Tenía la mitad de la vida mordiéndose las uñas y la otra mitad tratando de no hacerlo. Cerró los ojos y trató de dormir, aunque su corazón latía demasiado rápido y su cuerpo no se apagaba lo suficiente como para distraerse del mundo real. Volvió a mirar a su esposo.
-Me siento ansiosa – susurró. No supo si lo dijo en voz alta o lo pensó.
Su esposo, instintivamente, puso su mano sobre su rodilla y volteó hacia otro lado.
Volvió a tocarse el vientre mientras se acomodaba en el asiento. Forzó los ojos a cerrarse y sintió que tres lágrimas bajaron por sus mejillas, en contra de su voluntad. No sentía un nudo en la garganta ni dolor, solo… una ausencia sin definición.
¿Por qué no sonreía si todo esta bien?, se preguntó. No hacía falta nada. La noche anterior los padres de su esposo se habían comportado como los futuros abuelos que ella esperaba. Les dieron regalos e hicieron todas las preguntas. Quizá el problema eres tú, le había dicho él. Y tal vez tenía razón.
Los síntomas del primer trimestre habían sido terroríficos. Era como si su cuerpo se hubiera vuelto en su contra. Además, las preocupaciones sobre cientos de temas que jamás había pensado le taladraban la mente.
-Preferiría una cesárea -Dijo cuando su suegra preguntó algo sobre el parto – Me da mucho miedo el parto natural y con mis ant…
-¡Las hormonas te tienen ansiosa! Claro que será un parto natural, es lo mejor – Interrumpió su esposo entre risas. Luego le dio un beso en la frente y apoyó la mano en su muslo.
Su suegra estuvo de acuerdo y en tono ligero dijo que todos sus hijos habían nacido de forma natural. Ella asintió, se chupó los labios y bajó la mirada hacia sus manos.
La conversación siguió como muchas otras: risas, comida, copas. Pero algo no le permitió bajar los hombros ni respirar con calma.
Cuando todos se fueron a dormir, un dolor intenso le atravesó la espalda. Estaba dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. Su respiración se aceleró. No era que se estuviera ahogando era como… si a poco se estuviera apagando, asfixiándose sin darse cuenta. Movió a su esposo pero solo hizo un ruido. Nada más.
Corrió al baño. Una sensación nauseabunda le revolvió el estómago. Abrazó la taza e intentó vomitar. Nada. Suspiró y se pasó la mano por el cabello, dando vueltas en círculos. Era algo.
Hacía bastante frío y la ventana del baño temblaba con las rafagas de viento. Pero ella estaba sudando. Intentó ir al baño y notó una secreción: apenas unas gotas. Corrió con su esposo y lo sacudió con fuerza. Tenía la frente empapada y los ojos desorbitados.
-Sentí algo, te lo juro -Le temblaba la voz. – Y no pude vomitar, pe…
Él se incorporó y con un movimiento firme y suave la llevó de vuelta a la cama. La abrazó.
-Estás bien, son solo los nervios. -Le dijo al oído. – A veces tu mente te hace exagerar.
Le dio un beso en el hombro.
Vio su reflejo en la ventana del tren. ¿Cómo se había quedado dormida? Ni siquiera recordaba la mitad del día que le siguió. Los padres de su esposo los despidieron con regalos Se veían tan emocionados que no preguntaron por sus marcadas ojeras. Aunque, quizá ni ella las había notado.
Se mordió los labios y sintió otras lágrimas recorriendo su rostro. Nadie trató de leer sus ojos.
Su esposo se acomodo en el asiento, con los brazos cruzados.
No habían sido solo gotas.
Había sido bastante sangre.
Aunque después, quizá, ya no importaría.
–B
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