La última pincelada

En este sitio en el que me encuentro, en este retiro espiritual, por así decirlo, donde la distancia con la «civilización» es algo que no me molesta mucho por sí misma, pero que tiene sus bemoles, como es el de no poder venir a este sitio tan a menudo como me gustaría, tenemos, al menos, la distracción de la escritura. De tanto en tanto, como forma de expresarnos (se debe decir así en un lugar como este, donde no hay diferenciación alguna entre las personas, donde todos somos invisibles mónadas de una masa homogénea y, por ende, indiferenciada), se nos pide que escribamos un texto bajo alguna consigna particular. Esto no es algo obligatorio, pero yo lo hago con gusto, porque a pesar de que muchas veces las consignas no son de mi agrado, el hecho de forzarme a escribir sobre algo que no me gusta hace que broten, no pocas veces, algunas cosas interesantes.

Y este es un introito demasiado largo para uno de esos casos. La consigna en cuestión era «¿Qué te gustaría dejar como legado?», y el resultado es el que sigue, un cuento donde la ambientación es lejana a mí en el tiempo y en el espacio, cosa que hice a propósito porque el tema era particularmente personal, y lo mejor en esos casos es volverlo ficcional en la medida de lo posible aunque, por supuesto, la respuesta a esa pregunta/consigna está ahí y es bastante clara. Por eso, sin más, vamos al cuento.

La última pincelada

            El pincel se deslizaba con suavidad sobre el papel de arroz, dejando tras de sí un trazo negro y delgado, como la sombra de un bambú al amanecer. El maestro Akihiro observó su trabajo con una leve sonrisa y dejó el pincel sobre la mesa.

            —Ahora es tu turno —dijo, sin apartar la vista de la pintura.

            Haruto asintió con respeto. El joven aprendiz tomó el pincel entre sus dedos, imitando la postura del maestro. Frente a ellos, un paisaje apenas delineado con manchas aguadas de tinta mostraba una cadena de montañas que se perdían en la distancia; un sendero por el cual un hombre acarreaba agua en dos baldes, los que sostenía de un palo que apoyaba en sus hombros y, en primer plano, una rama de cerezo que ingresaba al cuadro desde algún lugar indefinido de la derecha. En el ángulo izquierdo, un poema ocupaba una columna vertical. El resto, como es habitual, era un gran vacío que completaba y daba balance a los elementos pintados. Las únicas notas de color eran cinco cuadrados rojos: dos al final del poema y tres en la parte inferior. Una de estas estampas correspondía al artista que diseñó la imagen; otra, al que talló la madera a partir de ese diseño; la tercera, al que la imprimió. Las dos que estaban al pie del poema correspondían al poeta y al calígrafo. Con el paso del tiempo, esas obras podían ir llenándose de sellos, en la medida en que otros artistas, e incluso los propietarios, dejaran señalado allí sus nombres.

            Haruto, aún con el pincel en la mano, observó la totalidad de la imagen. El delicado equilibrio entre las formas que, de una mancha aguada, hacía aparecer una montaña más alta que las demás; la brisa insinuada en la curvatura de una rama; el vuelo de una grulla atrapado en un solo gesto de tinta. También observó los cinco Chió yín, los cuadrados de color rojo que encerraban los nombres de todos los artistas que habían participado en la confección de la obra; y notó que allí faltaba un sexto sello: el de su maestro Akihiro.

            —Maestro, ¿por qué nunca firmas tu trabajo? —preguntó Haruto mientras sumergía el pincel en el cuenco de tinta.

            Akihiro sonrió y cruzó las manos detrás de la espalda.

            —Porque mi trabajo no es mío, Haruto; es parte de algo más grande, de lago mayor que yo, que tú, y que cualquier otro que conozcamos.

            El joven inclinó la cabeza, meditando en lo que acababa de oír.

            —¿No deseas ser recordado?

            El maestro negó con calma.

            —Ser recordado es una sombra que el ego persigue. Lo importante no es mi nombre, sino la enseñanza que queda en cada pincelada. Lo que pinto se funde con las pinceladas de otros, como una corriente de agua que no tiene dueño.

            Haruto guardó silencio. Luego, con mano firme y con un solo movimiento de su muñeca, trazó las alas de una golondrina en la esquina superior derecha, sobre la última montaña que ya se desdibujaba en la distancia.

            El maestro observó el resultado y asintió con satisfacción.

            —Bien. Ahora guarda el pincel. Otro vendrá después a terminar el trabajo.

            Haruto obedeció, sintiendo que, por primera vez comprendía la verdadera naturaleza del arte. No importaba el autor, importaba la huella efímera de su trabajo; no la diferencia que se plasma en el nombre, sino la enseñanza silenciosa.

            Al día siguiente, al volver al estudio, Haruto encontró el lugar vacío. El maestro Akihiro se había ido en silencio; sin despedirse, y sin dejar ni ningún rastro, como la última pincelada de una pintura que jamás se termina.

Rivero tenía razón

        Gerardo estaba cansado. En realidad, si alguien le hubiera preguntado, Gerardo no hubiese podido definir con precisión su estado de ánimo. Cansado, aburrido, desganado, desilusionado… algo así; tal vez un poco de todo eso, en un mezcla heterogénea de esos ingredientes y alguno más, que por no figurar en la lista, no puede ser negado ni en su existencia ni en su importancia.
        Sea como fuere, Gerardo había llegado a lo que comúnmente se llama encrucijada; ese punto en la vida de las personas donde supuestamente hay que tomar una decisión crucial o de «vital importancia», como dicen los periodistas o los políticos o cualquiera que pretenda hacerse el interesante.
        Pero Gerardo estaba cansado o desganado o desilusionado y no quería tomar más decisiones; así que había optado por una sola, la cual iba a servirle para no tener que tomar ninguna otra. Una decisión abarcadora, total y definitiva.
        Volvió a escuchar el audio de Jazmín, quien a sus catorce años le hablaba como si él fuese el hijo dilecto de Atila. Ella, en algunos aspectos, tenía razón; es cierto, él había sido un padre ausente, pero también era cierto que habían existido fuertes razones por las cuales él había faltado en aquellos cumpleaños o en aquellos momentos puntuales que hoy ella le echaba en cara. Ana, su madre, debería habérselos explicado; pero qué va, si la verdad es que había sido al contrario, ella había sido la principal influencia sobre Jazmín en su contra. ¿Y todo para qué? ¿Para obtener una victoria parcial, generalmente económica y nada más, a costa de la salud mental de una adolescente? No tenía ningún sentido; pero en este mundo nada parece tenerlo, así que todo cuadra, de alguna manera también absurda.
        Abrió el cajón inferior del escritorio y sacó el .38 plateado que había comprado por seguridad y que nunca usó porque la realidad es algo bastante diferente de lo que te hace creer la televisión. En el momento en el que su mano se cerró sobre él, y por esa forma extraña de funcionar que tiene el cerebro o la mente o lo que sea, un tango cruzó por su cabeza y él lo dejó correr desde los pasillos de la memoria:

Estás desorientado y no sabés

Qué trole hay que tomar, para seguir…

        La voz de Edmundo Rivero, quebrada, como siempre, parecía hablarle a él, y eso le causó gracia. No mucha, la verdad sea dicha; solo lo suficiente como para hacer una ligera mueca con la parte izquierda de la boca y saborear la ironía de la idea.
        Qué cosa, che; qué trole hay que tomar para seguir… ¿pero quién quiere seguir en estas condiciones? Recordó el desprecio con el que su jefe se burló de él antes de despedirlo; la soberbia del taxista que lo había traído ayer; la indiferencia displicente del camarero que tarda el triple de lo normal para traer un café que, además, llega tibio.

La araña que salvaste te picó, qué vas a hacer

Y el hombre que ayudaste te hizo mal, dale nomás…

Y todo el carnaval, gritando pisoteó

La mano fraternal que Dios te dio…

        Rivero seguía ironizando desde algún rincón del pasado.
        Está bien, seamos sinceros, se dijo Gerardo con la honestidad del que llegó a un punto de no retorno con alguna seguridad, la cual no es siempre definitiva, claro, pero sobre la que se supone que sí lo es. Seamos honestos, la cosa es sencilla: cuando la injusticia la Sufrimos nosotros, ponemos el grito en el cielo y clamamos por una justicia que nunca es tal, sino algo parecido a una venganza pequeña y personal. Ahora, cuando la injusticia es la hija consciente o inconsciente de nuestros actos, siempre encontraremos el modo correcto de justificarnos o de encontrar los diez mil caminos que llevan al perdón. Es así de simple y funciona con todo el mundo. Yo no soy la excepción.         Yo, Gerado, no soy más ni menos perfecto o imperfecto que cualquier otro bípedo implume que anda sobre la faz de la Tierra. La única diferencia es que yo, al menos, lo reconozco; se dijo.

En el corso a contramano

Un grupí trampeó a Jesús

No te fíes ni de tu hermano

Se te cuelgan de la cruz…

        Sintió que esos versos ya no le hablaban tan personalmente a él, aunque el sentido general corría por los mismos carriles que los anteriores. Gerado sonrió, anticipando el sentido de los versos finales del tango y preguntándose si sería realmente así. En este mundo todo está tan mal hecho que, como perfecta ironía, podía llegar a ocurrir que al apretar el gatillo, nada ocurriera; tal vez por defecto del arma o porque la pólvora estuviera húmeda o fuese demasiado vieja… che, ¿tienen fecha de vencimiento las balas? Se encogió de hombros. Qué se yo…
        Por un momento volvió a pensar en Ana, y se disculpó con ella. Volvió a ver el rostro idiota del gerente y del taxista y la burla del político en la pantalla de la televisión y evitó toda idea de venganza o de desprecio. Volvió a oír la voz de Jazmín y, en un impulso incontenible, solo le pidió tiempo; después volvió a oír a Rivero, cansado, que repetía la frase final del tango, esa que había anticipado con cierta ironía:

Por eso en tu total fracaso de vivir

Ni el tiro del final te va a salir…

        El tango terminó como terminan todos los tangos, y su mente quedó en blanco total, cero absoluto, vacío perfecto. Unos segundos después volvió de ese paseo blanco, respiró, contuvo el aire, y lo expulsó lentamente por la nariz. Qué mundo de mierda, che… y fue entonces que, presa de un cansancio infinito, de un asco visceral, de un vacío omnívoro, levantó el arma y apoyó el caño en su sien. Y lo hizo no porque hubiera algo que le importara o porque tuviese algo que decir o porque alguna razón oculta lo hubiese impulsado a ello; tampoco lo hizo porque tuviera que probar algo a alguien o, mucho menos, a sí mismo; solo lo hizo para ver si Rivero tenía razón.

Luna de día

Luna de día, luna diurna
acuarela
perla sutil
cuerpo celeste en el celeste diáfano del cielo
lágrima divina
cosida al velo de la falda de Maya
¿Por qué te despojan del romance que en ti misma
evocan en la noche?
¿Es que eres menos luna, Luna, menos áurea, evocadora, asombrosa?
Pasas, invisible y en mí quedas engarzada en mis ojos y en mis labios inmóviles.

Grano de sal
amor de las mareas
dueña del silencio
el afanoso deambular humano te hace invisible
pasas por tu cristalino arco del cielo
como una bailarina de caja musical, en puntas de pie y en giro perpetuo
Tal vez en un eclipse te prestan un poco de atención
solo por un rato, momentos u horas y  eso es todo
del asombro a la rutina otra vez
y tú continúas
antítesis de Jano
como corresponde a tu nombradía
y tu alcurnia
magnífica
en tu pequeña parcela universal
sabia de peripatéticas órbitas.

¿Quien te vió por vez primera?
¿Quien te señaló con un dedo o la punta de una rama y dijo
Luna?

Yo fui
Yo fui en mi yo pretérito
Yo fui quien te vio y el que te ve en este momento
en esta confluencia de los ríos del tiempo
(del tuyo, caudaloso y circular
del mío, arroyo insustancial
de deambular azaroso)
Yo fui en ese ayer y en este hoy
y seré
Seré a quien despidas
algún día y sin saberlo
y ese adiós,
moneda de plata
moneda compartida tantas y tantas veces
regalo eterno de los enamorados
ojo del cielo
ese adiós,
inevitable,
me hace ser modestamente agradecido
porque solo por haberte conocido
doy gracias por haber nacido en esta Tierra,
eje nuestro,
perfecta Celestina

Luna de día
portal del universo
gema engarzada en mis ojos y en mis labios inmóviles
guía de insectos migratorios
Yo
(el menor de todos ellos)
sigo el derrotero
de tu arco en el cielo
te señalo con mis ojos
y guardo silencio.

Un largo día de seis años



Vivir en Venecia es ingresar en los códigos, claves y secretos del lugar exótico en el que pasaremos años de vida. Estábamos en esa ciudad única, defendida desde su origen por sus murallas de agua, inaccesible en muchos sentidos, irrepetible. Viviríamos allí un largo día de seis años. Un sexenio circular, sin antes ni después. Un Continuum. Irán apareciendo los borrosos signos que nos manda el destino como para jugar con nuestra voluntad inocente de cerezas y planes.
Yo nunca he estado en Venecia y no sé si alguna vez lo estaré, pero eso no importa demasiado; es solo una posibilidad más entre muchas, entre un cúmulo infinito de ellas. No es algo que particularmente me quite el sueño.
El repiqueteo de las gotas de lluvia en la ventana me distrae de la lectura que tengo entre manos, el libro Vivir Venecia, de Abel Posse, del que copio una parte (el párrafo con que se inician estas páginas) porque él, sin saberlo, ha dicho con perfección poética lo que para mí no es nada más que una trivial realidad. Dejo el libro a un lado sin despegar mi mirada del cristal donde la lluvia se detiene o corre en líneas azarosas hacia abajo. Por esa rendija de distracción vuelve a mí una idea que anda rondándome desde hace unos días. La escuché en un programa de televisión y desde entonces aparece y desaparece como si tuviera voluntad propia. Supongo que es así como comienzan las obsesiones. Según Schopenhauer –y esto lo dijo un doctor en filosofía al que estaban entrevistando en ese programa de televisión–, en la apreciación estética el observador y lo observado se funden en una sola entidad, en una unidad indisoluble que le permite al hombre ir más allá de sí mismo; en otras palabras, algo así como trascender; ser algo más de lo que es en su límite de huesos y piel. Esa idea me inquietaba; de alguna manera comprendía que lo que podía derivarse de ella era algo enorme, ¿pero cómo podía alguien como yo, que apenas había leído, y solo de pasada, algún manual de filosofía, llegar a profundizar y comprender un concepto tan abstracto como ese? La idea me gustaba, pero al mismo tiempo me parecía excesiva para mí, así que pensé en dejarla de lado, en olvidarla; pero como dije, ella parecía tener voluntad propia y  esta vez había decidido llegar para quedarse y ponerse cómoda. Tal vez fue ella la que susurró en mis oídos las siguientes preguntas, porque yo no tengo memoria de haberlas formulado de manera consciente: ¿Es que realmente es posible ver el mundo sin salir de mi habitación, sin tener que exponerme, digamos, a las inclemencias del tiempo? ¿Podría encontrar la belleza en la quietud de mi cama, en la contemplación silenciosa del paisaje que se extendía más allá del cristal húmedo de la ventana?
Cerré los ojos. La lectura, la noche, el silencio que me rodeaba en aquella habitación me llevó a un adormecimiento casi total. Mi cuerpo se relajó hasta adormecerse, mi respiración se apoderó de mí y me guió a un lugar donde todo parecía ser más lento, más calmo o, si puede decirse así, más amplio .
Poco después, la lluvia, antes un sonido monótono y repetitivo, se transformó en una sinfonía acuática. Cada gota que golpeaba en la ventana era una nota musical diferente, un ritmo que marcaba el pulso del tiempo, de esa noche (o de ese largo día de seis años), de ese momento. El viento, que se colaba por las rendijas, susurraba historias secretas entre las hojas de los árboles. Me acerqué a la ventana, la abrí, y dejé que la lluvia resbalara por mis dedos, recorriéndolos en una danza pluvial o marina. Sentí, al fin, y sin que un solo pensamiento consciente hubiese puesto en palabras aquello que sentía, una profunda conexión con el mundo exterior, como si formásemos parte de una misma, indisoluble entidad.
Lo supe o lo entendí o lo que fuera: la belleza no estaba solo en los grandes paisajes o en la majestuosidad de una obra de arte o de un museo. Estaba, también, frente a mí, en esa lluvia sinfónica que corría por esa ventana o entre mis dedos o en el relato que el viento colaba entre las ramas de los árboles. ¿Qué me importaba, entonces, Venecia y sus gondoleros tenores o barítonos, su Piazza San Marcos o su pasado ducal? Ni toda el agua de sus canales puede llegar a valer lo que una sola gota de esa lluvia que corría presurosa por el cristal de mi ventana; porque ella está aquí y ahora, y Venecia no, y tal vez ni siquiera lo esté en algún momento futuro. Es mi ventana la que está aquí y soy yo el que aquí está y sé que es verdad aquella idea de Schopenhauer: en la apreciación estética, el observador y lo observado son, por un momento, al menos, una y la misma cosa. Y eso me abre todas las puertas, a todos los paisajes, a todas las Venecias.

Nueva visita a La Mancha

Hace tres décadas, sumergí por primera vez mis ojos en las líneas impresas de «Don Quijote de la Mancha», esa obra inmortal de Miguel de Cervantes Saavedra. Era un joven entusiasta, devorando páginas sin la madurez para apreciar plenamente las capas de sátira, humanidad y la riqueza de personajes que Cervantes tejía con tal maestría. Hoy, después de treinta años, me aventuro nuevamente en el mundo manchego; y esta vez descubro que la segunda parte del Quijote, para mí, no solo supera a la primera, sino que redefine mi comprensión del texto, especialmente a través de la evolución de Sancho Panza.

No me malinterpreten, la primera parte tiene su encanto, introduciéndonos en ese mundo lleno de ideales quijotescos y realidades terrenales, pero hay algo en la continuación de esta epopeya que me ha hecho revaluar la genialidad de Cervantes, especialmente, como ya he dicho, en el desarrollo de uno de sus personajes más queridos: Sancho Panza.

¿Por qué la segunda parte se lleva mis aplausos o, por decirlo de otra manera, me hizo tan feliz? Antes que nada, la madurez con la que Cervantes desarrolla su narrativa en la segunda parte es extraordinaria. Aquí, los personajes ya establecidos evolucionan de maneras que reflejan un profundo entendimiento de la condición humana, y la trama se enriquece en ricas capas de metaficción y juegos narrativos que eran un hallazgo, un verdadero rasgo de genialidad cervantina para la época de su publicación.



Pero, si de celebrar se trata, Sancho Panza merece todos los laureles. En la primera parte, Sancho ya había robado el corazón del lector con su lealtad y su simplicidad, sin embargo, es en esta segunda entrega donde su figura se engrandece, convirtiéndose no solo en el fiel escudero de nuestro Caballero de la Triste Figura, sino en un personaje de profunda sabiduría popular y, por sobre todo, de humanidad. Sancho, con su ingenio natural, llega a ser tanto o más protagonista que el propio Quijote. Sus aventuras, su lógica a menudo terrenal frente a las idealistas aspiraciones de su señor, y su inesperada ascensión a la gobernación de una ínsula, nos presentan a un personaje redondo, complejo, y absolutamente encantador. Es este enriquecimiento del personaje lo que, a mi parecer, dota a la segunda parte de una riqueza y una profundidad que la primera parte solo anticipaba.

En esta revisita, la interacción entre Quijote y Sancho se vuelve aún más entrañable y fundamental. Cada diálogo, cada disputa, cada reflexión, nos sumerge más en su mundo, haciéndonos partícipes de una amistad que trasciende las páginas del libro para convertirse en un modelo de lealtad y respeto mutuo.

Retomar el Quijote fue redescubrir un universo que pensaba conocer; pero que, cosa que es habitual con las relecturas,  me recordó que las grandes obras siempre tienen nuevas historias que contarnos, aunque se oiga hablar de ellas a menudo, o las hayamos leído varias veces.

A raíz de estas ideas que fueron surgiendo después de la lectura, queda para otro momento un análisis (o un comienzo de análisis) de la importancia de los personajes secundarios en muchas grandes obras; pero vamos sin prisa, como Sancho nos enseñó a lo largo de esa segunda, magnífica, parte. Por ahora vamos a disfrutar de la tarde.

Apatía

Hoy es un día que, presumo, va a ser particularmente duro. Me siento presa de la más profunda apatía, del más profundo y visceral cansancio. Hablo de un cansancio metafísico, existencial, no solo físico. Solo quisiera irme a casa y no estar aquí, donde las horas son todas iguales en su llano vacío, en su insustancial presencia o paso.
Pienso en escribir sobre algo y todo me resulta vano, insustancial, absurdo. Es un pérfido círculo vicioso: mi apatía hace que vea todo como absurdo, y ver todo como absurdo acrecienta mi apatía. Los temas que más me gustan y sobre los que más he escrito aquí (poesía, literatura, arte, filosofía) los miro, en este momento, con profundo desdén, como si fuesen una pieza sin mayor sentido en este rompecabezas que es la realidad.
Pero veamos: la apatía se define como la falta de interés, entusiasmo o motivación por algo. Se caracteriza por una actitud de indiferencia o pasividad ante las cosas que normalmente deberían generar emoción o preocupación. La etimología de la palabra proviene del griego «apatheia», que se compone de «a» (sin) y «pathos» (sentimiento, emoción); y sí, me describe en este momento a la perfección.
Busco en la red qué puede ser causa de la apatía, porque no veo nada en mí que pudiera ser causa de ella, y encuentro la siguiente lista:

Depresión
Estrés
Aburrimiento
Agotamiento
Falta de sueño
Trastornos de la personalidad

Me analizo y veo que podría señalar los siguientes puntos: Depresión (no), estrés (no), aburrimiento (algo), agotamiento (no) falta de sueño (sí) trastornos de la personalidad (no). Yo, de manera personal, agregaría algo ajeno a mí pero que sé que viene a acrecentar este malestar: día gris (sí).
Veo, entonces, que tal vez el tema no sea para tanto; quizás con una noche de buen sueño y algo para entretenerme pueda salir de este estado anímico.

Como siempre, trabajar en uno mismo puede ser la respuesta, aunque ello implique remar en un mar de gelatina. Hay que hacer un esfuerzo mayúsculo, porque esa frígida dama de nombre griego está allí, sentada en la popa del bote diciendo de manera constante «¿Para qué te esfuerzas? No vale la pena». Y yo me digo (porque no es a ella a quien van dirigidas esas palabras, sino a mí mismo y a nadie más que a mí mismo): «Hazlo. Paso a paso, pero hazlo. Remar, en estas circunstancias, es el único modo que tienes para volver a casa».
Y por Dios que voy a volver.

De qué hablamos cuando hablamos de Carver

En 1988, Raymond Carver, muere a los cincuenta años. Diez años después de su muerte, D. T. Max, un periodista de The New York Time Magazine, decide investigar un rumor que circulaba desde hacía años: que los cuentos de Carver estaban escritos en verdad por su editor, Gordon Lish.
Para la investigación viaja a Bloomington, en Indiana, a una biblioteca a la que Lish le había vendido la correspondencia y los originales de Carver escritos a máquina con todas las correcciones.

Página de Raymond Carver con correcciones autógrafas.


Revisando los documentos, Max nota que debajo de las correcciones aún se puede ver el texto original. Así descubre que en «De qué hablamos cuando hablamos de amor» Lish redujo el número de cuentos, cortó a la mitad el número de palabras, suprimió personajes, cambió títulos y reescribió los finales de 10 de los 13 cuentos del libro. Incluso, originalmente el nombre del libro no era ese, sino «Principiantes».
Tras la revelación de Max se produjo un escándalo. Mucha gente tildó de traidor a Lish, mientras que otros le agradecieron haber «inventado el estilo Carver».
En una entrevista en 2015 para The Guardian, Lish aseguró que si él no hubiese editado a Carver, nadie le habría prestado atención.
Es difícil saber cuánto influyó Lish en Carver. Lo cierto es que el escritor decidió alejarse del editor y, en 1983, publicó «Catedral»; y en 1988, «Tres rosas amarillas», dos de sus mejores libros.
En 2009 la editorial Anagrama publicó «Principiantes», la versión original de «De qué hablamos cuando hablamos de amor» sin los cambios de Lish.

El idiota

En algún lado, no recuerdo en dónde, Julio Cortázar cuenta la ocasión en que, llegando a un congreso de escritores en Nicaragua, un amigo lo recibió con los brazos abiertos y este poco usual saludo: “Ah, ¡por fin llegó el idiota!”. Sorprendido, Cortázar le pidió explicaciones, a lo que el susodicho amigo le respondió: “es que nadie se parece más al príncipe Mishkin que usted, que es tan bueno, tan generoso, tan ingenuo, tan confiado en la buena fe de las personas. Es decir, tan idiota”. Este amigo bien pudo ser uno de los muchos personajes de la novela de Dostoievski que ven, en las más nobles cualidades del protagonista de la novela, los defectos propios de un anormal, de alguien que, en definitiva, no encaja en un mundo donde lo normal es todo lo contrario: la hipocresía, el cinismo, la ruindad, la lujuria desmedida, la pura maldad como moneda corriente. Casi una descripción de nosotros mismos, como si se refiriera a nosotros. Si algo hay de sorprendente en «El idiota», es la perfección con que cada uno de estos caracteres o conductas son plasmadas en cada uno de los inolvidables personajes (inolvidables por excelsos como por ruines) que la pueblan. Esta novela está tan bien lograda, tan bien escrita (hay escenas que resultan imperecederas para sus lectores), que creo que está por encima de «Crimen y castigo» y de «Los hermanos Karamázov», es superior a ellas; en definitiva, la mejor novela de Dostoievski. Su verdadera obra maestra. Comparable solo al Quijote por esa maravillosa galería de personajes que ambas novelas exhiben, lo cual es decir mucho ya de ella. Lo que, por cierto, me lleva a insistir en leerla en una buena traducción; es decir, en una directa del ruso –como la de PenguinLibrosUS, por ejemplo, o la de Albaeditorial– y no de las traducciones vertidas de las versiones francesa o inglesa, que traslada al español giros propios de esos idiomas. Dostoievski escribía larguísimas frases –que se observan con mayor detenimiento en «Los hermanos Karamázov»– que la puntuación vertida del francés o el inglés cambian casi irrespetuosamente. ¿Una pista para identificarlas? Es muy fácil: desconfíen de las ediciones que llevan por título «El príncipe idiota».

Nota: el texto precedente no es de mi autoría, pero en mi libreta de notas no figura el nombre del autor; así que sea hecha la salvedad del caso (hay dos o tres textos más en las mismas condiciones, qué se le va a hacer…).

Botticelli, Ghirlandao y un humilde servidor

Parece que en su época Simonetta Vespucci era tan hermosa y fascinante que la apodaron «Sin comparación».
Aunque estaba casada, Giuliano de Medici, el hermano menor de Lorenzo el Magnífico, también quedó impresionado por ella y, tras su muerte, Giuliano ya no pudo amar a ninguna otra mujer.

Sandro Botticelli estaba tan obsesionado con su belleza que la eligió como su musa y la pintó en numerosas ocasiones, las cuales  se han convertido en obras maestras inmortales del arte como «Primavera» y «El nacimiento de Venus», donde se la representa como Venus emergiendo de las aguas.

Simonetta Vespucci murió trágicamente de tuberculosis en 1476, con solo 23 años, dejando un vacío en los corazones de quienes la habían amado.
Para honrar su memoria, Lorenzo el Magnífico escribió un soneto en el que la define como «Oh, estrella clara que con tus rayos / quitas la luz a las estrellas cercanas…»

Su cabello rubio, sus ojos claros y magnéticos, sus rasgos angelicales, permanecen inmortales gracias al genio de Botticelli.

Hasta aquí, la breve historia de Simonetta, la cual podría acabar en este punto; pero no, quiero seguir un poco más adelante porque, por pura casualidad (hermoso encuentro entre el arte y el azar), unos días antes me había encontrado con esta otra obra, el retrato de Giovanna Tornabuoni, de Ghirlandao.

En él vemos la simple y delicada belleza de Giovanna, y detrás de ella, un libro y una nota, con un epigrama de Marcial. Curioso como siempre, (creo que esto por lo que estoy pasando no va a quitarme esta faceta mía) quise saber lo que allí decía, y encontré que este epigrama dice así:

«Arte, ojalá pudieras representar el carácter y el espíritu. No habría sobre la tierra imagen más bella».

Este epigrama es parte de uno más extenso, el cual dice:

«¡Oh, si el arte pudiera plasmar los modales y el alma,
como era, y si el marfil se hubiera dejado moldear por mi mano!
Ni Praxiteles, ni Fidias me habrían superado,
ni Mirón, ni Policleto, ni ningún otro marfileño».

En este epigrama, Marcial expresa su deseo de que el arte pudiera capturar no solo la apariencia física de una persona, sino también su carácter y su alma. Si esto fuera posible, dice, él mismo sería un escultor aún más grande que los maestros griegos Praxiteles, Fidias, Mirón y Policleto. Y eso es lo que quisiera yo, eso es lo que humildemente quisiera pedirle a las musas, a la fortuna o a quien maneje los hilos de la creación y de la estética: poder algún día acceder a ese estado en el que pudiera plasmar los modales y el alma de mi Lourdes, quien todo merece (y un poco más). Botticelli lo vio en Simonetta, Ghirlandao en Giovanna ¿Por qué no podría ser yo uno más en la lista de hombres que no llegan a expresar todo lo que quisieran decir? Por supuesto que no me comparo con los artistas renacentistas en lo tocante a su arte, pero sí lo hago en mi sentimiento de incapacidad para llegar a ciertas alturas.

Tendré que vivir con ello. Por suerte, a Lourdes no le molesta que yo sea tan torpe. Qué bueno, así podré vivir con ella, a pesar de todo.