En este sitio en el que me encuentro, en este retiro espiritual, por así decirlo, donde la distancia con la «civilización» es algo que no me molesta mucho por sí misma, pero que tiene sus bemoles, como es el de no poder venir a este sitio tan a menudo como me gustaría, tenemos, al menos, la distracción de la escritura. De tanto en tanto, como forma de expresarnos (se debe decir así en un lugar como este, donde no hay diferenciación alguna entre las personas, donde todos somos invisibles mónadas de una masa homogénea y, por ende, indiferenciada), se nos pide que escribamos un texto bajo alguna consigna particular. Esto no es algo obligatorio, pero yo lo hago con gusto, porque a pesar de que muchas veces las consignas no son de mi agrado, el hecho de forzarme a escribir sobre algo que no me gusta hace que broten, no pocas veces, algunas cosas interesantes.
Y este es un introito demasiado largo para uno de esos casos. La consigna en cuestión era «¿Qué te gustaría dejar como legado?», y el resultado es el que sigue, un cuento donde la ambientación es lejana a mí en el tiempo y en el espacio, cosa que hice a propósito porque el tema era particularmente personal, y lo mejor en esos casos es volverlo ficcional en la medida de lo posible aunque, por supuesto, la respuesta a esa pregunta/consigna está ahí y es bastante clara. Por eso, sin más, vamos al cuento.

La última pincelada
El pincel se deslizaba con suavidad sobre el papel de arroz, dejando tras de sí un trazo negro y delgado, como la sombra de un bambú al amanecer. El maestro Akihiro observó su trabajo con una leve sonrisa y dejó el pincel sobre la mesa.
—Ahora es tu turno —dijo, sin apartar la vista de la pintura.
Haruto asintió con respeto. El joven aprendiz tomó el pincel entre sus dedos, imitando la postura del maestro. Frente a ellos, un paisaje apenas delineado con manchas aguadas de tinta mostraba una cadena de montañas que se perdían en la distancia; un sendero por el cual un hombre acarreaba agua en dos baldes, los que sostenía de un palo que apoyaba en sus hombros y, en primer plano, una rama de cerezo que ingresaba al cuadro desde algún lugar indefinido de la derecha. En el ángulo izquierdo, un poema ocupaba una columna vertical. El resto, como es habitual, era un gran vacío que completaba y daba balance a los elementos pintados. Las únicas notas de color eran cinco cuadrados rojos: dos al final del poema y tres en la parte inferior. Una de estas estampas correspondía al artista que diseñó la imagen; otra, al que talló la madera a partir de ese diseño; la tercera, al que la imprimió. Las dos que estaban al pie del poema correspondían al poeta y al calígrafo. Con el paso del tiempo, esas obras podían ir llenándose de sellos, en la medida en que otros artistas, e incluso los propietarios, dejaran señalado allí sus nombres.
Haruto, aún con el pincel en la mano, observó la totalidad de la imagen. El delicado equilibrio entre las formas que, de una mancha aguada, hacía aparecer una montaña más alta que las demás; la brisa insinuada en la curvatura de una rama; el vuelo de una grulla atrapado en un solo gesto de tinta. También observó los cinco Chió yín, los cuadrados de color rojo que encerraban los nombres de todos los artistas que habían participado en la confección de la obra; y notó que allí faltaba un sexto sello: el de su maestro Akihiro.
—Maestro, ¿por qué nunca firmas tu trabajo? —preguntó Haruto mientras sumergía el pincel en el cuenco de tinta.
Akihiro sonrió y cruzó las manos detrás de la espalda.
—Porque mi trabajo no es mío, Haruto; es parte de algo más grande, de lago mayor que yo, que tú, y que cualquier otro que conozcamos.
El joven inclinó la cabeza, meditando en lo que acababa de oír.
—¿No deseas ser recordado?
El maestro negó con calma.
—Ser recordado es una sombra que el ego persigue. Lo importante no es mi nombre, sino la enseñanza que queda en cada pincelada. Lo que pinto se funde con las pinceladas de otros, como una corriente de agua que no tiene dueño.
Haruto guardó silencio. Luego, con mano firme y con un solo movimiento de su muñeca, trazó las alas de una golondrina en la esquina superior derecha, sobre la última montaña que ya se desdibujaba en la distancia.
El maestro observó el resultado y asintió con satisfacción.
—Bien. Ahora guarda el pincel. Otro vendrá después a terminar el trabajo.
Haruto obedeció, sintiendo que, por primera vez comprendía la verdadera naturaleza del arte. No importaba el autor, importaba la huella efímera de su trabajo; no la diferencia que se plasma en el nombre, sino la enseñanza silenciosa.
Al día siguiente, al volver al estudio, Haruto encontró el lugar vacío. El maestro Akihiro se había ido en silencio; sin despedirse, y sin dejar ni ningún rastro, como la última pincelada de una pintura que jamás se termina.











