Y encima nos cobran 69,99 € como si fuéramos tontos… Un abrazo a todos los que lo compran en países del Este por 35 € para jugarlo, por ejemplo, en España. Al menos aún queda salvación para el alma gamer.
Por Turyesdios, Crítico Gamer por un día.
El 28 de octubre de 2025 no fue un lanzamiento. Fue una confesión. Con la llegada de Battlefield: Redsec —el modo gratuito de battle royale prometido como el “futuro del caos táctico”— Electronic Arts no solo abrió las puertas a su nueva apuesta multijugador: las abrió de par en par para que todos viéramos cómo se desmorona por dentro. Tres días después, el veredicto es unánime: Redsec ya fracasó. Y mientras el modo gratuito se ahoga en partidas vacías, bugs y un progreso diseñado para exprimir billeteras, EA sigue vendiendo Battlefield 6 completo por €69,99 —sí, un céntimo menos de 70 euros, como si ese gesto simbólico fuera a engañar a alguien. Nos toman por tontos, y lo hacen con una sonrisa corporativa.
Sin historia, sin alma, sin excusas
Battlefield 6 no tiene campaña. No hay narrativa. No hay personajes. No hay drama humano. Solo hay modos multijugador repetidos desde hace más de una década… fórmulas polvorientas disfrazadas de innovación . En una era donde incluso los shooters más lineales —como Call of Duty o Halo— entienden que los jugadores anhelan historias, DICE ha decidido que contar algo ya no es rentable. Solo importa el engagement, medido en horas jugadas y euros gastados en skins o mierda para niños rata.
Microtransacciones: el verdadero gameplay
La historia de EA con las microtransacciones es tan larga como vergonzosa: desde los BattlePacks de Battlefield 4 hasta el escándalo nuclear de Star Wars: Battlefront II. En Battlefield 6, el modelo persiste con renovada agresividad. Aunque la compañía insiste en que “todo lo que afecta el gameplay será gratuito”, la realidad es otra: el progreso orgánico es deliberadamente lento, los cosméticos exclusivos se esconden tras monedas premium, y el Battle Pass promete “recompensas únicas” que en el fondo son solo más formas de distinguir a quienes pagan de quienes no . No es monetización. Es manipulación psicológica disfrazada de personalización.
Un precio inflado para un producto incompleto
Mientras Redsec se ofrece gratis —presumiblemente como “demo” del motor y el caos destructible—, Battlefield 6 cuesta €69,99 en PC y hasta €79,99 en consolas . Pero ¿qué incluye ese precio? Nada que no puedas probar gratis. De hecho, Redsec es más llamativo: 100 jugadores, vehículos, edificios colapsables, mapas gigantes… todo lo que antes definía a Battlefield, ahora regalado. Entonces, ¿por qué pagar casi 70 euros? Porque EA no vende un juego: vende acceso anticipado a un ecosistema diseñado para seguir cobrándote. Es la versión premium de un producto gratuito. Y lo empaquetan como si fuera un regalo.
Anticheat al servicio del DRM, no del jugador
Para jugar cualquier modo de Battlefield 6, debes aceptar un sistema anticheat con permisos de kernel, sin transparencia sobre qué datos recopila ni cómo los usa . No está ahí para protegerte de tramposos —está ahí para proteger el modelo de negocio de EA. Los verdaderos cheaters ya han encontrado formas de burlarlo, como siempre. Mientras tanto, los jugadores honestos sufren falsos positivos, caídas de rendimiento y vulnerabilidades de privacidad. El anticheat moderno no defiende la integridad del juego: defiende el Digital Rights Management. Y tú eres el peaje.
Redsec: el espejo donde se refleja el despropósito
Redsec no es solo un modo gratuito. Es la prueba definitiva de que EA ya no cree en los juegos como experiencias, sino como plataformas de monetización perpetua. Y el fracaso ya es evidente: foros desolados, streams abandonados, servidores con partidas a medio llenar incluso en horas pico. La promesa de “caos táctico a gran escala” se ha convertido en un eco vacío. Pero su función nunca fue triunfar: fue atraer a todos para que vieran el despropósito con sus propios ojos. Y funcionó.
Conclusión: una obra maestra técnica, una ruina ética
Battlefield 6 es visualmente deslumbrante. Sus explosiones iluminan la noche con una fidelidad casi cinematográfica. Sus edificios colapsan con una física que desafía la realidad. Pero bajo esa capa de polígonos pulidos late un corazón vacío, diseñado no para entretener, sino para extraer. Gana en gráficos, sí. Pero pierde en alma, en respeto al jugador, en coherencia creativa.
Y nos cobran €69,99 —un céntimo menos de 70, como si eso nos hiciera sentir más listos— por el privilegio de ver cómo una de las franquicias más queridas del shooter se convierte en un cascarón brillante, podrido por dentro.
No es un juego. Es un virus que infecta tu sistema es el COVID de 2025.
Las mascarillas no sirven para evitar oler el nauseabundo hedor de este despropósito .