
La tierra se derretía bajo sus pies al acercarse al ayuntamiento, el suelo de arcilla roja se tornaba barro negro, donde se hundían las suelas de los zapatos, antes de volver a solidificarse al dar el siguiente paso, quedando un amasijo de tierra seca. A pesar de ello caminar era fácil, como si el mutante entorno fuese sólo un espejismo jugando con la distante memoria que le quedaba de aquel pueblo. Cada paso levantaba un remolino de polvo, que era después arrastrado por el viento que sacudía la plaza, un viento fuerte que azotaba a los árboles y hacía silbar a las calles, pero que apenas podía sentirse en la piel. Tras de sí ardían en llamas las ramas sin hojas de árboles que habían crecido con una fuerza sobrenatural en aquella tierra ardiente y seca. Cada paso era como un latigazo de aire sobre esos árboles, alimentando las llamas como un golpe de fuelle que expulsaba una bola de fuego hacia la atmósfera, recordaba cada árbol a un corazón latiendo que quemaba el aire sin consumirse. El fuego calentaba el infierno helado donde se edificaba el pueblo, y el aire quemado soplaba entre los árboles, mezclándose con el frío helador que se movía a través de las calles, contrastando con los tonos rojos, cobres y marrones de la tierra ardiente que lo pintaban todo. Casi se formaba la imagen de dos infiernos, uno ardiendo debajo y otro helado arriba, que se entremezclaban a través de una frontera difusa y febril, de sudor frío.
No tenía ojos para el espectáculo de otro mundo que se abría a su paso, debía alcanzar el ayuntamiento que se alzaba blanco sobre el resto de edificios rojizos de la plaza. El edificio mutaba conforme se acercaba. El blanco brillante cambió a un cobrizo oxidado. El suelo había empezado ya a temblar en torno a sus pies, aunque podía aún andar sin ninguna dificultad, todo parecía aún ese espejismo, una catástrofe solamente visual. El ayuntamiento comenzaba a desmoronarse. Estaba apenas a cien pasos y sus muros se resquebrajaban, a setenta el techo había empezado a ceder, a cincuenta una de las alas había caído y era una montaña de escombros, a treinta metros el suelo crujía, moviendo los restos del edificio. Sin embargo, no había ruido más que el del viento y, como si todo pasase en el vacío, el edificio caía sin un murmullo, el temblor de la plaza seguía sin afectar a su paso, era aún físicamente ajeno a ese falso fin. A veinte pasos el movimiento se intensificaba, como intentando hacerle retroceder, una voz empezaba a susurrar en su cabeza “aquel que buscas ha muerto”. A diez pasos, calma y silencio. No quedaba nada del edificio salvo aquella pequeña sala, llena de libros, que le había creado.
Se acercó hacia la puerta sobre los escombros y la abrió. La habitación era lo que fue, estanterías impecables llenas de tomos cuidadosamente ordenados. Ni una mota de polvo, el escritorio impecable, con una hoja en blanco y una pluma, como si alguien hubiese estado tomando notas hacía unos minutos. Se acercó directamente a uno de los estantes y sacó un pequeño folleto. Lo abrió sobre la mesa en la página catorce, leyó “es la desesperación de abrir los ojos”. Ese había sido el comienzo, el torpe primer paso. Esa frase, sin significado literal, lo significaba todo y marcaba una historia. Quizás no había sido aún la hora de volver, quizás era demasiado pronto. No debía volver hasta que fuese capaz de crear por sí mismo aquello en que vivía. Pero si no era en aquel momento, ¿entonces cuándo? ¿Es que aspiraba a ser Dios? ¿Era demasiado ambicioso? Había tenido la necesidad de crear demasiado deprisa y el único resultado había sido derrumbar todo lo que había conseguido hasta ese momento. No le quedaba más que ese folleto, con ese poema mal construido, con esa primera línea, “Es la desesperación de abrir los ojos”. Ese poema que igual anunciaba la caída de los iconos como la desaparición del azul y el rojo, y a la vez alababa el descubrimiento, apenas unas líneas después, de que había adorado a iconos falsos, de que había puesto su vida en manos de aquellos que no habían sido capaces ni siquiera de darse una vida a sí mismos, en sus propias palabras infantiles, “había visto que no era azul lo que vestían aquellos falsos iconos, sino el rojo intenso de la sangre de un cordero degollado y vacío, cargado por un ejército de hormigas”, sacadas casi directamente de la resolución de cien años de soledad, de la destrucción de una estirpe, que sentía que era lo que se avecinaba sobre él. Había buscado el Aleph, sin saber que no podía haber tal cosa, que cualquier intento de alcanzar el infinito por medio del mundo chocaría inmediatamente con su propia finitud, la única manera de alcanzar el infinito era mediante su reflejo en el Otro, algo que le había sido ajeno toda su vida.
¿Había malgastado entonces su búsqueda en el objetivo equivocado? ¿Había, quizás, caído en buscar lo fácil? El Otro siempre le había resultado lejano, en el infinito, hasta el punto de que buscar un imposible Aleph se antojaba más simple y con más perspectivas de éxito que buscar aquello que el mundo parecía decirle era lo único que se podía buscar, o lo único que merecía la pena ser buscado. Lo imposible había acabado siendo la opción fácil, pero por imposible le consumía y atormentaba.
El resultado había sido entrar devastadoramente en el ayuntamiento buscando ese folleto, esa puerta al pasado que se convertía en su única vía de escape. Y sin haber conseguido nada, volver a salir por la ventana, a la plaza impecable, templada e intacta. Volver a casa, a kilómetros de allí, y sentarse en un rincón a escuchar la guitarra del viejo que tocaba en el mismo punto, y a todas horas la misma melodía. Quizás en un día, en una semana o en un mes, pero con absoluta seguridad, volvería a aquella plaza, volvería a caminar hacia el ayuntamiento siendo testigo de la destrucción de todo un pueblo, del choque de dos infiernos, un terremoto silencioso, un fuego frío quemando los árboles, todo bajo la fiebre y el sudor frío con la que había que pasar el proceso. Y volvería a entrar en la biblioteca impecable, volvería a viajar al pasado con alguno de los tomos, y volvería a casa con la breve calma del adicto que acaba de consumir. Esos repetitivos episodios eran lo único que lo mantenían con vida, el resto era lenta decadencia frente al sonido de una guitarra. De nuevo en sus propias palabras, “cada viaje era un destello en la oscuridad, un desconocido amigo lanzando una breve bengala al abismo. Y seguiría, cada día, esperando a que alguna de esas bengalas fuese algo más, una antorcha roja y azul que iluminase la salida del abismo y no sólo le permitiese dar dos palos más de ciego.” Seguiría sobreviviendo a base de falsos viajes al pasado y breves faros en la oscuridad. O quizás no.
