Nos queda todo

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Qué suerte tuve de encontrarte, muchacha.

Dice él mientras la trae para si en su cama y le riega el pelo en el rostro. A ella se le descuelga esa mirada tierna que lo ha fascinado durante las últimas semanas, y lo besa en la boca, despacio. No dice: yo también. Quizás a ella se le hace más fácil recordarlo después, sin que le duela. Él sabe que ha sufrido como solo ella sabe sufrir. No por ser mujer, ni siquiera por ser cómo es (una molécula de ninguna parte, que hoy es de aquí pero mañana de allá) Sabe que sufrió porque nunca supo que podía vivir de otro modo, su capacidad infinita para vivir intensamente ahí donde va hace que lo que tiene que doler,  duela hasta el extremo. Ya le pasó antes en otros rincones del mundo, y sabe que volverá a pasar.

Para él tampoco ha sido fácil llegar ahí, pero su dolor ha sido más discreto. Ha sufrido como sufren algunos hombres, con pudor y en silencio. Pudor para llorar, para abrazar durante demasiado tiempo, para recibir. Pudor también para dar solo lo necesario. Ha sufrido casi sin derecho a hacerlo y mucho menos a mostrarlo. Después de tanta despedida de familiares, amigos de toda la vida, novias que se van a probar una mejor vida, de tanto quedarse siempre, se ha visto obligado a extender la capa de superhéroe. Se acostumbró a la rutina de mantener el contacto un tiempo mediante mails, hasta que se perdiera definitivamente en la niebla del chat de Facebook. Pero con un miedo terrible a enseñar las costuras.

Entonces, de camino a casa, luego de despedirla en una esquina cualquiera cómo habían acordado, de regalarle el libro que sabía que quería y de escribirle la acostumbrada pequeña nota en la primera página, luego de entrelazarse en un abrazo tan fuerte como les fue posible que eliminó hasta la mínima gota de aire que los separaba, para ver después como su pelo se perdía entre la gente,  supo que era la mujer de su vida.

Se levantó como un resorte del asiento del ómnibus que lo llevaba a su casa y bajó disparado en la próxima parada, disculpándose luego de atropellar a todos y recibiendo la sarta de improperios consabidos. La luz del sol en la cara le hizo sentirse invencible y paró el primer taxi que vio por la calle. “¡Rápido, al aeropuerto!”, dijo señalando con el dedo índice el infinito que se abría a través del parabrisas, como si fuera Cristóbal Colón en su Santa María, Erik el Rojo avistando Groenlandia, o Moisés separando las aguas del mar Rojo.

Existe un relación inversamente proporcional entre la urgencia que lleva uno y la pericia al timón del taxista que tenemos la suerte de coger. Si es un taxista en La Habana, la proporción aumenta unas 20 veces. Es así que mientras más apurados estemos, notaremos que el taxista nunca acertará a parar en nuestra exacta posición, no agarrará nunca los semáforos en verde ni adelantará a esos adorables parsimoniosos que siempre van 10 millas por hora menos que la máxima permitida. Y siempre, siempre, se girará para hablar contigo cara a cara, mostrando un rostro bonachón que rebosa amabilidad, justo antes de soltar a modo de aviso: “Es que llevo poco tiempo con el taxi y es un trasto viejo al que tengo que darle cariño y no forzarlo mucho, ¿usted entiende verdad?”

—“Apúrese, por favor

—“¿Pero a la Terminal 3?”

—“Creo que sí pero no estoy seguro. Sólo sé que vuela a Madrid.”

—“¿Madrid? ¿A España?”

—“No amigo, a Malasia. ¡Claro que a España! ¿Podría coger la vía más rápida? ¿En cuánto tiempo podemos estar ahí?”

“Tranquilo, caballo. Eso depende del tráfico y la hora, ahora están todos saliendo del trabajo y la gente anda como loca en la calle. ¿A qué hora sale el vuelo?”

Lo paralizó la pregunta, porque nunca se molestó en preguntarle. Lo hizo a propósito, porque sabía que de hacerlo estaría mirando el reloj a toda hora.  Nervioso, comenzó a teclear en su smartphone buscando el número del aeropuerto en la Guía Telefónica de ETECSA, uno de esos artilugios creados por los cubanos ante la apabullante falta de conectividad en la isla. La inseguridad le subía por los dedos, como en aquellos exámenes de Historia en los que tienes que empezar a inventarte un hecho histórico ante una pregunta traicionera sobre un tema que no estudiaste bien y donde terminas escribiendo una novela tremendamente conmovedora. Así, tras recurrir a lo que le quedaba de paciencia después de ser redireccionado unas tres veces, dio finalmente con la información del vuelo de Air Europa que buscaba: apenas quedaba una hora para el embarque. Había que darse prisa. O la perdería. Para siempre.

Llegó con apenas 30 minutos para el embarque. Le tiró un billete de 20 cuc al taxista y esperó el vuelto. Tampoco era cuestión de volverse loco y 20 cuc son 20 cuc. Y ni él era millonario ni La Habana es Las Vegas. Intentó llamarla por teléfono, pero ella ya había desechado la línea que había comprado para esos días en Cuba. Miró la pizarra y corrió hacia el Control de Aduana, ese lugar donde se acaba todo, de donde no se regresa y que conocía tan bien. Ese lugar que prometió volver a visitar de nuevo sólo cuando le tocara jugar el otro rol. Pero era su única opción.

Y ahí estaba ella. A punto de pasar el punto de control, con el pasaporte  en la mano. Gritó su nombre. Ella se dio la vuelta.

No te vayas. Quédate. Lágrimas. Besos. Tequieros.

“Podemos encontrar una forma. Juntos. Nos queda todo.”, le dijo quitándole el pelo de los ojos, con las voz más segura que encontró.

 —“Todo”, solo atinó a responder ella, con la sonrisa amplísima.

¿Pero qué se  hace después de una escena así? ¿Qué viene después? ¿Cómo continúa la vida? En las películas románticas, los protagonistas se besan al final, comienza a sonar una canción pegajosa y dulce, la cámara se va alejando poco a poco, se abre un plano general de la ciudad, New York o París tal vez, y llega el The End. Luego comienzan a aparecer los créditos y la gente se comienza a levantar de los asientos trastabillando en lo que sus ojos se adaptan de nuevo a la luz. “Es simpática y está buena para pasar el rato”, comentarán cuando les pregunten en el trabajo al otro día y tal vez se acuerden de ella cuando tropiecen con uno de los protagonistas en otra película similar. Y ya está.

Agarró su equipaje de mano y se la llevó corriendo, borrachos de adrenalina, sin saber muy bien a dónde. Decidieron irse a uno de los hoteles que quedan en litoral oeste de la Habana. Le hizo el amor sin remiendos, mirándola a sus ojos verdes en todo momento. Se rieron mucho, pero ella mucho más cuando llegó al orgasmo. Luego se quedó quietecita, con el pelo desparramado y acurrucada sobre su pecho, cómo solía hacer cuando era feliz.

“Bajo al lobby a fumar y a prepararnos un trago, regreso en un momento ¿vale?”, dijo él mientras se vestía.

Empezó a sentirse culpable casi de inmediato sin saber bien porqué. No por algo en específico, más bien por todo y por nada. El miedo colonizaba cada centímetro de su cuerpo. Una angustia se iba apoderando de su pecho. Ella lo había notado y el cigarro no pudo calmar sus nervios. Al subir, se quedaron mirando un rato, sin decirse nada. No hacía falta. Los dos ya lo sabían. Estaban atrapados en una película romántica en la que nadie apareció a tiempo para gritar: ¡Corten!

A la mañana siguiente, muy temprano, la acompañó al aeropuerto en silencio. Ella hizo un arreglo con la aerolínea y sólo tuvo que pagar un poco por el cambio de fecha, ventaja de ser cliente fija y de acumular tantas y tantas millas. Se despidieron educadamente, se desearon suerte, se besaron en las mejillas.

Era lunes y afuera llovía.

“Ojalá lloviera todos los lunes. O todos los días”, pensó.

“Lo siento, Amélie Poulain. No es magia, a veces es casualidad, casualidades que llegan a su fin.

Arrastrando los pies, tomó un taxi y volvió al hotel. A fin de cuentas, el desayuno estaba incluido.

Leer

Leer. Leer porque estás aburrido. Leer para no hacer ruido. Leer para dejar que tu papá duerma la siesta. Leer porque no te dejan ver la televisión ni bajar a jugar con tus amigos porque estás castigado. Leer el Pequeño Larousse Ilustrado con las hojas sueltas y amarillas de tu abuelo, en silencio absoluto para no despertar a nadie desde tu litera en una barbacoa de Cayo Hueso donde duermen todos, un domingo en la mañanita. Leer las Fábulas de Esopo y los Oros Viejos de Herminio Almendros porque ya eres muy grande y nadie quiere leerte cuentos. Leer lo más rápido posible un volumen de la enciclopedia el Tesoro de la Juventud en el mueble de la sala del amigo de tu padre cuando vamos a visitarlo y preguntar cuándo vamos a regresar porque te faltan trece tomos más por leer. Leer uno de los Versos Sencillos de Martí que te orientaron para recitarlo en el matutino de la escuela y regresar a leer los restantes versos dos días, dos meses, dos años, dos décadas después como quien regresa a conversar con un amigo.

Leer los Cuentos Populares Cubanos de Humor de Samuel Feijóo que encontraste guardados en una gaveta de casa de tu abuela y no hacer caso cuando te llaman para almorzar porque no puedes soltarlo, simplemente no puedes. Leer Corazón por recomendación de tu maestra Zoila y llorar porque se te rompió todo cuando muere el pequeño vigía lombardo. Leer nombres de ciudades y bahías y ríos en otros idiomas en el Atlas en la hora del recreo cuando los demás salen a corretear y pasar una tarde cualquiera aprendiendo de qué país es la capital Katmandú y buscando donde nace el Amazonas. Leer el libro de Física Recreativa que tiene tu papá en su librero el día que no fuiste a la escuela porque amaneciste con fiebre y leer además otro montón de revistas Juventud Técnica y Sputnik que trajo consigo de la URSS y preguntarle cuando regresa del trabajo qué pasaría si de repente se detiene la rotación de La Tierra y ver como sonríe. Leer la colección entera de Verne y de Salgari de la biblioteca de tu escuela. Leer Veinte mil leguas de viaje submarino a ratos, camuflajeado entre tus libretas, inclusive en plena clase de Matemáticas. Leer los poquísimos libros que tiene la librería de tu pueblo, pero que tiene al Cochero Azul y a Pippa Mediaslargas y que tiene además a Fernando, aquel librero viejo y bueno de mirada bondadosa que te recomendó Los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga. Leer porque tu mamá está leyendo al lado. Leer Alexandros tirado en un pasillo, cuando debiste estar estudiando o perfeccionando tu casino, y hasta que te apagan la luz en tu albergue de la Lenin. Leer y leer y releer cinco líneas sobre sexo gráfico de Trilogía sucia de la Habana cuando entras a la adolescencia. Leer 1984 en una guagua en La Habana y que un señor mayor te mire fijo y con gesto severo. Leer Cien años de soledad en una guagua en La Habana y que una señora mayor te mire fijo y con mirada cariñosa, y que se te pase la parada porque Remedios la bella se fue volando entre las sábanas para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria. Leer el Señor de los Anillos haciendo guardia en una posta en el Servicio Militar y mantener a salvo y protegidos en tu bolsillo a Frodo, Aragorn, Gandalf y a Gollum de las marchas, los fusiles, las órdenes y tantas otras mierdas militares sin sentido. Leer Esto le Zumba! de Zumbado en medio de una clase aburridísima de Economía Política en la universidad y que se te escape un ja! y que todo el mundo se vire para mirarte y pero a ti que te importa si te estabas partiendo de la risa con el ensayo maravilloso sobre la croqueta. Leer a Hemingway en Adiós a las armas, y encabronarte con Hemingway por el final de Adiós a las armas. Leer Toda Mafalda muy lento y no querer que se acabe nunca y marcar con lápiz tus tiras favoritas y releer Toda Mafalda años después y nuevamente no querer que se acabe nunca.

Leer para encontrar almas gemelas. Leer para vivir aquello que aún no has vivido. Leer para escapar de todo y de todos. Leer para saber y sonreír cuando alguien te dice que se ha leído un libro que no se ha leído. Leer el libro que todos dicen que hay que leer y que es una mierda impresionante para decir con propiedad porqué crees que es una mierda impresionante. Leer el libro de cuentos que escribió una amiga y decirle que te pareció y darle consejos de como mejorar la trama y construir mejor los personajes y para hacerte el crítico literario. Leer todos los libros de un escritor que te gusta. Leer por falta de planes. Leer por holgazanería un sábado cualquiera porque hoy no tienes ganas de hacer deporte. Leer libros y artículos deportivos porque te encantan los deportes. Leer porque no tienes dinero para ir a ningún sitio. Leer por horas en un ómnibus hacia el interior del nordeste brasileño, leer en una playa de Rio de Janeiro, leer en una parada en Miami, leer en un tren en North Carolina, leer en el metro en New York, leer mientras estás esperando un avión a Cuba con la emoción y la impaciencia por abrazar y estar unos días al menos con quien te leyó por primera vez. Leer en días saturados de Netflix, de podcasts, de influencers, instagramers, youtubers, stories, reels. Leer en tu Kindle, en tu teléfono, en tu Ipad, en tu laptop, en un parque, en el inodoro, en una pequeña librería en la pequeña ciudad que visitas a la cual entraste como quien entra a un refugio o a un templo, o a su casa, porque es tu casa. Leer en tiempos de antivacunas, de conspiranoicos, de fanatismo religioso y de todo tipo, de fascismo, racismo y machismo normalizado, de xenofobia, homofobia y tantas otras fobias que desprecian a lo diferente, lo raro y lo especial.  Leer como tu pequeño acto íntimo de rebeldía ante tanto absurdo.

Leer para aprender. Leer para recordar. Leer para olvidar. Leer porque quieres estar solo. Leer porque te sientes solo. Leer para refugiarte de un abandono. Leer porque te falta el amor. Leer para dormirte y apagar todos los ruidos y los fantasmas y olvidar que ella ya no te quiere.

Leer el libro que le gusta para poder hablar con ella y para leerle el pensamiento. Leer el libro que ella te recomendó. Leer el libro que ella se está leyendo. Leer el libro que ella se querrá leer después. Leer por amor. Leer a su lado en silencio para no despertarla, sintiendo su respiración. Leerle en voz alta capítulos enteros de Rayuela antes de dormir y quitarle el pelo de los ojos en lo que ella me mira, de cerca me mira, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope…..

Leer sólo lo que te gusta. Leer sólo aquello que te emocione y te llene la cabeza de pájaros. Leerle al hijo que algún día tendrás para llenarle la cabeza de pájaros. Leerle hasta que se quede dormido. Leerle Corazón y consolarle su llanto porque se le rompió todo cuando se muere el pequeño vigía lombardo. Leerle para volver a revivir la infancia a través de él. Leerle para que aprenda a aprender, a estar solo, a olvidar, a recordar, a amar. Ver cómo tu hijo lee.

Un Thanksgiving normal

Para todos los que han tenido ideas raras, y se las han tenido que comer con pavo.

Ahora Mariana volvía a tener la idea de matar a Susi.

¿Qué pasaría si ella, de repente, se levantara de la mesa, agarrara a la pequeña perra pequinesa y la lanzara por la ventana del piso 14 donde vivían sus padres? ¿O si la apuñalara en silencio, con el cuchillo de cocina que estaba en el centro de la mesa, junto al pavo? ¿Cómo reaccionarían todos? La imbécil de su hermana comenzaría a gritar histéricamente, lo más probable. Su padre se le lanzaría encima y le entraría a galletas, sin mirarla a los ojos y sin ningún rasgo de abatimiento o emoción, como todo lo que hace ese hombre. La abuela ni se enteraría, hace años que no se entera de nada. ¿Y su madre? La tipa era totalmente impredecible. Quizá lo que la detenía de llevar a cabo su idea era saber que allí estaba esa mujer. Le daba miedo que acto seguido su madre la matara a ella, sin decir una sola palabra, con ese carácter de guajira vieja de Las Tunas que no aguanta ningún tipo de malacrianza. Como la vez en que le cayó a cintazos frente a todos sus amigas cuando la vió besándose con un muchacho en una fiesta o cuando la mandó para La Habana para que no siguiera de novia con Alberto, el hijo de los cortadores de caña que vivían en la casa de madera de la esquina . — Yo no lo quiero ni a él ni a esa gente cerca de mi casa, yo no tuve una hija para seguir criando miseria, así que recoge que te estás yendo mañana a vivir a casa de tu tía —, dijo aquella vez como quien se refiere a un trapo de cocina sucio. Chop y chop, con el cuchillo de cocina. Hasta aquí llegó tu pesadez Mariana, estás castigada.

La cena de Thanksgiving seguía. Arroz, frijoles negros, yuca, platanitos fritos y pavo. Un pavo gigantesco de 13 libras, presentado impecablemente con papas, calabacines, uvas, y todo el combo. Pavo, esta gente que hasta hace 6 años no habían salido nunca de Puerto Padre. Tan hermosos los new Americans. Allí estaban mis padres, él con su otra casa, su otra mujer, su otro hijo y su otra vida en otra parte, pero viviendo en casa para guardar las apariencias en la compañía. Ella sabiéndolo todo y odiándolo en silencio, pero demasiado cobarde como para largarse y vivir sin las tarjetas de crédito, el carro, la ropa cara y los viajes que le pagaba él.

— ¿Y Roberto, cuándo llega Roberto? — dijo de nuevo la abuela mirando a la puerta.

Roberto, el abuelo ausente que nunca conocí y que se fue con su otra mujer sin mirar atrás cuando mi mamá era una adolescente. Más nunca supieron nada de él, y ahora mi abuela en medio de su demencia vuelve a obsesionarse por un hombre que sí entendió a tiempo lo que era ser parte de esta familia.

¡Qué suerte tuviste Roberto, cuánto te envidio!, pensó Mariana.

Por supuesto que jamás le iba a hacer nada a Susi. Obvio que no, eso no era una posibilidad real, y tampoco le contaría nunca a nadie que su mente fantaseaba con cosas así. Mucho menos al psicólogo que le pagaron después su última crisis depresiva tras intentar abandonar por enésima vez la Facultad de Negocios en la que la había forzado a entrar su padre. Era una perrita juguetona, siempre dispuesta a echarse bocarriba a que le acariciaran la panza o a traerte su pelotica cuando se la tirabas lejos. Un ornamento más en esta casa, igual que ella.  

— ¿Todo bien en la facultad, Mariana? ¿Cuándo tienes los exámenes finales? — le preguntó su padre.

— Todo bien. Pronto, a finales de junio.

Como explicarle que no le pasaba nada, que odiaba esa escuela y todo lo relacionado con los negocios, que no quería hablar de ese lugar aburrido con gente aburrida que solo quiere graduarse para trabajar en una empresa aburrida toda su vida aburrida y tener una familia aburrida para finalmente, tener una muerte aburrida.

Ella estaba bien y era normal. Una muchacha normal en una cena de Thanksgiving normal con su familia perfectamente normal.

Si acaso, por contentar al oyente de turno que le preguntaba porque se le veía últimamente tan decaída, con voz queda, decía que aún estaba un poco afectada luego de romper con su último novio.

— ¿Y Roberto, ya está aquí Roberto? —

Empezó a cortar el pavo y sintió de nuevo la presencia de su madre en su cabeza. Estaba convencida de que podía escucharla pensar. La sola idea de que ella supiera lo que pasaba por su cerebro la aterrorizaba más que la idea misma de despachar a Susi. Mira, mamá, no tengo nada en contra de la perra, solo es curiosidad. Lo dijo mentalmente muy despacio, solo por si acaso.

Su padre cada vez levantaba más la voz.

— Este país ya no es lo que era. Estos comunistas están en todas partes, en los medios, en el Congreso, hasta en las escuelas. Tu escuela debe estar llena de esa gente, Mariana. Se merecen todos que los manden para Cuba y Venezuela, para que aprendan en lo que convierten a un país los comunistas. Ahí si te matan por hablar en contra del gobierno —

Entonces Mariana quiso abrir la boca. Levantarse y hacer un alegato a favor del comunismo, solo para ver como se le hinchaba las venas del cuello. Tirar la servilleta a la mesa. Levantar el puño al aire. Decir cosas como que en esos países la gente disfrutaba matando a los demás como mismo se disfruta del sexo o del chocolate. No había nada de malo, forma parte de la naturaleza humana, y así había sido siempre el mundo y así seguiría siéndolo. ¿Ustedes se imaginan lo que se debe sentir matar a una persona caballero? Vamos, no puedo ser yo la única que alguna vez ha fantaseado con eso. ¿Cómo se sentiría hacerlo con un cuchillo grande de esos con que matábamos a los puercos allá en el campo de Cuba? Seguro que a ustedes también les gustaría notar el calor de la sangre caliente chorreando por su mano. ¿Cuánta fuerza haría falta para introducir una hoja de acero en la piel de alguien que está de pie delante de ti y te mira a los ojos? ¿Cuál lugar del cuerpo escoger para que muera más rápido, o más lento, según se desee? Lo ves, papá? Es puro conocimiento científico. Y no hay conocimiento inútil, todo conocimiento siempre es importante en la circunstancia adecuada, como nos enseñan en la facultad. ¿Qué haría su cuerpo después, ¿convulsionaría? ¿vomitaría sangre como en las películas? ¿Qué expresión facial y a donde mira alguien cuando se da cuenta que su existencia misma se escapa? 

Volvió a la tarea de acuchillar al pavo sobre la fuente de cristal y a repartir pequeños trozos a los demás. Pero a ver, yo no puedo ser la única persona de este planeta que va por la calle y elige a desconocidos al azar que podría matar con cierta facilidad. El muchacho que reparte el correo, el señor mayor que sale solo del mercado, los adolescentes que van en patineta. En el juicio diría que el único motivo del asesinato fue saber cómo se sentía, recopilar datos, información, recabar conocimiento. Sé que puedes entenderme, ¿verdad papá? ¿Y ustedes que tanto me conocen qué creen? ¿Llevaría bien estar en la cárcel? ¿Sería capar de estar sola en una celda, aislada y siendo un auténtico despojo para la sociedad? ¿A qué lugares tú crees que iría esta cabecita loca mía mamá? ¿Esta cabecita que ustedes dan por enferma y que solo puede entender un psicólogo? ¿Qué tú crees, mamita?

Todos terminaron de cenar, su mamá le ordenó a la chica que servía la comida que comenzara a recoger los platos. Mariana miró de reojo al cuchillo grande de cocina que descansaba sucio al borde de la fuente con los restos del pavo. Un pensamiento se le deslizó por los labios y murmuró algo como quien habla estando bajo del agua. Está convencida de que nadie ha sido capaz de escucharla. Se voltea y ve a los ojos arrugados de su abuela que la miran fijos, clavados en los suyos:

— Y a Roberto, no te olvides de Roberto —

País para dos

Mira, voy a salir a fumarme un cigarro, porque como vuelva a fingir que me gusta cómo me haces sexo oral me llevo el Óscar al mejor actor este año. Necesito estar un rato solo. Por favor, qué cosa tan aburrida Susana, es que ni pasión le pones. Y todo ese peso muerto, esa falta de movimiento cuando singamos y ese ir a mirar el teléfono enseguida que terminamos a ver quién te comentó en algunas de tus jodidas fotos de Instagram. Quita, quita. El cigarro de después sí, si chica, el de después de deprimirme por la pena que damos en la cama. Ah, pero que bonita nuestra habitación y este balcón con vistas a Hollywood Beach. ¿Justo como lo querías verdad? Dale, sí, quédate dormida. ¿Dónde carajo puse ayer la fosforera? Cierto, arriba del microwave donde me recalenté la comida que me dejaste en el refrigerador. Qué precio tienen ya tienen los cigarros, coño. A ver si lo dejo de una maldita vez.

Chispa, fuego, calada, humo. Si yo fumo es por no gritar. Calada, humo. De verdad que no sé lo que hago viviendo contigo. Calada, humo, ceniza a la calle. Tengo que aprender a dejar de darle vueltas a todo. Calada, humo, más humo, mucho más humo a ver si se me nubla el cerebro y se me olvida hasta el nombre. Me tratas de maravilla y me adoras, cojones, me adoras de verdad. Que si tienes cinco minutos en el trabajo, me llamas, me mandas un emoji por WhatsApp o algo. Emojis de caritas tirando besitos, te encantan esos. Pero él gustarme Susana, el gustarme no me has gustado nunca. Igual, no sé, al principio le veía su punto, ahora me aburre hasta que respires. Calada, humo, ceniza. ¿Dónde pusiste el cenicero? Que ahorita algún cretino allá abajo comienza a protestar. Claro que podría dejarte. Yo te dejo y me las arreglo como sea. Me busco un efficiency por Kendall y andando. Te mato de tristeza, eso sí. Y ya sabes lo que toca: stories con mensajitos de autosuperación en Instagram y a salir todas las noches con tus amigas por los bares de Brickell a hablar mierda de mí y a subir fotos con tipos en Facebook para que yo las vea. Oh, el drama. Pero, coño, que yo también tengo derecho a buscar mi espacio. Calada, negar con la cabeza, humo. Tengo las uñas negras de la nicotina y unas ojeras que me llegan al piso de tantas noches pensando en esto. Qué frialdad, coño. Tengo que dejar de fumar. Calada, calada. ¿Y el humo? ¿Y la familia? Porque, claro, no te dejo a ti, es una tragedia familiar. Ay, tus tíos, tus sobrinitos. En serio ¿y el humo? ¿me lo tragué? Pero yo me busco un cuchitril cerca del trabajo y me da para vivir. Calada. Y a ti también, que no ganas mal en esa oficina de seguros. No te vas a morir Susana, nadie se muere nunca. Y dentro de poco ya estás enamoradísima de nuevo tirándote selfies en Miami Beach y alquilada con algún exvecino tuyo de la Víbora. Ok, puede que yo no haya estado al cien por cien en la relación, pero eso no signif….coño, ¿y el humo?, eso no significa que no me hayas importado. Porque yo me preocupo por ti, Susana. Ya, ok, como te preocupas por tu madre o por tu prima, eso es verdad. ¿Y el humo? Pero no puedo pasarme toda la vida fingiendo ser quien no soy. Que no soy esto. Calada. A mí me gusta tomar ron y cerveza, pero como todo el mundo cojones, no soy un alcohólico, pero alguna que otra vez me gusta tomar hasta las cuatro de la mañana y acabar bocabajo en el sofá hasta el otro día. Calada. Y ahí en tu familia no bebe nadie. Abstemios, educados y correctísimos todos. Me tomo dos lagers ¿y el humo? me pongo medio contento, comienzo a tambalearme y ya comienzan con las risitas disimuladas y los «mira, ya empezó el borrachito». Ah, pero para hablar de lo bien que está este país con Trump y para hacer chistes racistas hasta por los codos a la menor oportunidad, ahí sí. Y esa manera que tienen tus tíos de sentir repugnancia enfurruñando los labios cuando dan alguna noticia de algún famoso se declaró gay o cuando los sorprende alguna escena de dos hombres o dos mujeres besándose en una película para decir enseguida orgullosos que «en mis tiempos no se veían esas», se paran un segundo y terminan triunfalmente…«cosas».  Susana, que se me tiene que notar la cara de asco, se me levanta el labio sin querer. Me los puedo imaginar haciendo el misionero en pijamas una vez al mes, Lucrecia y Alberto. Coño, me ahogo. Tengo que dejar de fumar que me voy a joder todo. ¿Y el humo?

¿Te he despertado? Disculpa no era mi intención. No me mires así. Pero yo no podía saberlo, Susana, no podía. Mucho menos decírtelo a ti. Yo no podía saber nada ese día que salí a fumar a la terraza de aquel bar en donde te vi con esos ojos grandes y tristes y esa aura de misterio que me pareció interesante. Sí, ya sé que fui yo quien te invitó a un trago, pero no podía imaginar donde terminaríamos después. Además, se te veía que necesitabas que alguien te preguntara como estabas, que te dijeran dos palabras amables, parecías un perrito abandonado, y yo también necesitaba lo mismo Susana, para qué te voy a mentir. Y ahí estábamos riéndonos media hora de cualquier bobería. Cómo iba a saber yo que…..Imposible. Yo solo salí a fumar y no me di cuenta de nada. Necesitaba que me diera el aire, pasar cinco minutos a solas después de otra semana de porquería trabajando de madrugada cinco días seguidos cargando sacos de comida para perros en el Walmart de mierda ese. Y en menos de dos días ya estábamos acostándonos en los motelitos de la Calle 8 y besuqueándonos en el carro frente a tu casa con los «llámame cuando llegues» y todo el rollo romanticón ese. Dos días Susana, dos días. Eso no era normal. Coño, Susana, de sorpresa no puede cogerte esto. Y yo casi nunca te llamaba, se me olvidaba, simplemente. No pongas esa cara ahora. Yo tenía clarísimo que tú no me movías el piso, pero de repente estabas invitándome al baby shower de tu prima con toda tu familia y yo asintiendo porque qué coño te iba a decir si ya les habías dicho a todos que querías presentarles a su novio nuevo. Y yo ahí rodeado de niños, inflando globos y tú mostrándome a todos feliz y sonriente como un trofeo. Te veías tan victoriosa, tan feliz teniendo uno de los mejores recuerdos de tu vida, y tus tíos con esa cara de alivio porque la niña, pobrecita al fin se encontró a alguien que por lo menos habla correctamente y no tiene tatuajes, y tú llamando a tu mamá en Cuba, «mira mami, mi novio, ¿verdad que es lindo?». Y yo ahí riendo y saludando como un idiota, pero por dentro era otra cosa, por dentro me quería colgar de una viga del techo. No te comiences a morder las uñas, por favor, siempre haces eso cuando te pones tensa. Tampoco fue una de esas veces en las que la gente hace cosas en automático. Yo no es que la haya pasado terriblemente mal ese día, todos en tu familia fueron súper amables y me hicieron sentir como en casa por lo que me di cuenta entonces que era una total y absoluta contradicción: ¿quién se pone malhumorado, irritado y se fuma media caja de cigarros de pura ansiedad el día en que su novia lo presenta a toda su familia? Nadie, Susana, nadie.

¿Tú también has notado los fuegos artificiales allá afuera o esta vez sí son disparos? Te juro, vamos, que se me muera mi madre si miento, que yo durante todas esas semanas estuve fumándome dos cajas de cigarros al día. Cuando en una de esas, te estoy escuchando hablar de lo frustrada que estabas de tu trabajo en el mall, ofreciéndole muestras de perfumes todo el día a gente que ni siquiera te miraban a los ojos y lo obstinada que estabas de tu tía y sus puyitas sobre los precios de la renta que estaban bajando en la Florida para que te acabaras de largar y se me ocurrió comentarte la idea de que quizás podríamos irnos a vivir juntos. Pero claro, Susana….¿cómo no me iba a parecer buena la idea de irme contigo a un efficiency o a donde sea? Seis meses llevaba durmiendo en un colchón de aire en casa de mi prima con la espalda hecha mierda, seis meses. Para debajo de un puente me hubiera ido. Y bueno, ¿éramos novios no? Compartiríamos los gastos, tendríamos nuestra independencia, andaríamos en calzoncillo y blúmer como quisiéramos en la casa y teníamos química cuando aquello, podríamos singar a la hora que nos diera la gana. Porque eso es lo que hacen los novios, ¿no? Yo me lo creí, te juro que me lo creí. Pero yo no paraba de fumar, aunque eso era nada comparado con la cantidad de humo que tenía en la cabeza. Tardé un tiempo, no sabría decir cuánto, hasta que deduje el tremendo error de lo que había pasado. ¿Qué coño iba a saber yo? ¿Conoces a alguien que se haya fumado completa la voz de su conciencia? Ah, ¿que no me crees? Date cuenta, comenzamos a buscar casa y a mí todo me parecía bien, las discusiones normales, las de ponernos de acuerdo para escoger un sitio que tuviera lavadora, dishwasher, esas jamás las tuvimos. Me daba lo mismo, te lo juro. Lo único que una vez te comenté era que había que tener cuidado con la zona no fuera a ser que nos robaran el carro o nos descuartizaran un día de madrugada o algo. Eso tendría que haberte dado alguna pista chica. Pero no había pasión, la pasión de dos novios que se mudan juntos que es al final la pasión más normal del mundo, esa no la hubo. Y no hubo pasión porque eso no era amor, Susana, nunca lo fue. Pon unos libros o algo encima aquel estante, que se ve feo ese churre en la pared. Voy a fumar aquí dentro. Me da igual todo ya. ¿Tienes un cigarro por ahí? No, claro que no, no tienes sangre en las venas y vas a tener un cigarro.

Durante algunos meses entré en pánico. Cojones, normal, yo renegaba por dentro. Bueno, no, renegar se queda corto, me cagaba en mi puta madre cada día, o para ser más exacto, cada cinco minutos. Te estás poniendo pálida, Susana. Porque yo ya había tomado la decisión, ¿sabes? Yo ya iba a dejarte e irme a cualquier lado. Pero no, en mi cabeza pensaba una cosa y luego, como si me convirtiera en otra persona o fuese una especie de zombie, hacía exactamente lo contrario. Desayuno, trabajo, comida, Netflix, dormir, desayuno, trabajo, comida, Netflix, dormir. Y los fines de semana compras y sofá. Semana tras semana. Cuando vinimos a ver ya singábamos una vez a la semana cuando más. Y cuando digo vinimos a ver digo al mes y pico de mudarnos, tú sabes muy bien de lo que hablo. Y tus tíos, ay tus tíos, con su bendita costumbre de meter las narices en nuestra vida y en todo lo que no les importa. No, espérate un momento, ahora te dejo hablar. No hubo decisión importante o planes nuestros en que no metieran la cuchareta. Los dos carros con sus respectivos seguros, las tarjetas de crédito, hasta la jodida membresía de Cotsco porque ya tú sabes, saca mejores ofertas en BlackFriday que Sam’s. No es que no nos quisieran ayudar Susana, no es eso, es que se estaban poniendo viejos y no tienen a nadie más que los cuide o se quiera quedar con ellos cuando se comiencen a mear encima, ¿no te das cuenta? «Tienen que ponerse las pilas y echar para adelante juntos, muchachos, que esto no es Cuba, aquí la cosa es dura y ustedes son jóvenes y pueden tener muchas cosas juntas, esto un país para dos». Pero por dentro yo lo que quería era reventar una silla contra la pared, así, plafff, a lo bestia. Aquel otro día fue lo que me faltó fue aplaudir cuando a tu tío se le ocurrió la espléndida idea del crucero por el Caribe. Luego miro y ahí estoy, con una mimosa y con tus sobrinos arriba de mí en una piscina rumbo a Puerto Rico. Me recuerdo feliz y me doy asco. Vamos, un crucero en altamar por todo el Caribe como los yumas que ya somos, lo máximo a lo que aspirar en la vida. El nirvana en medio de las Bahamas con una camisa de flores y con protector solar hasta en el culo. No singamos ni una vez en el puto viaje, ni una. ¿No tienes calor? Y tu tía de pronto tirada en una tumbona con su margarita hablando de niños y tú diciendo toda risueña: «te imaginas, mi vida, una niña que se llame Daniela o un niño que se llame Diego, como mi papá». Y yo también sonriendo, pero con una sonrisa de esas que pone el Joker cuando está a punto de asesinar a alguien. Me habría dado yo mismo un piñazo si me hubiera visto desde el otro lado del bar sonriendo así. No por los niños, no me malinterpretes, los niños de los demás me parecen una idea estupenda, pero no me jodas Susana, cómo que niños, si el gato se nos está muriendo de hambre. Yo no podía, Susana, no podía soportar viéndome destrozar así mi propia vida y sin suficiente nicotina a mano. Sí, Lucrecia, yo también prefiero los niños a las niñas, dan menos trabajo. Sí, ¿eh?, mejor que no se lleven más de tres años, así pueden jugar juntos. Sí, ¿verdad?, en un apartamento cerca de la playa o con un patiecito cerca de un canal estaríamos mejor para cuando llegaran. Coño, que calor. ¿Está el aire acondicionado puesto? Necesito una cerveza. ¿Quieres una, Susana? Tienes cara de necesitar una cerveza.

Ahhh, qué rica, necesitaba algo de alcohol en el cuerpo. Mira, toma un poco tú también. Luego ya todo ocurrió de prisa y sin freno. Me pediste irnos a un apartamento frente a la playa. Mira que habíamos hablado mil veces de eso y mil veces me escuchaste decir que me parecía una mala idea, que no importaba lo que dijeran tus amigas en el nuevo trabajo, que debíamos enfocarnos en otras cosas antes, que venían un montón de gastos con Inmigración para los procesos de sacar a nuestras familias de Cuba.  Pero no, tú estabas decidida, que hasta las cuantas íbamos a estar en ese cuartucho, que con los trabajos que habíamos conseguido podíamos irnos a unos apartamentos lindísimos de lo más bonitos frente a la playa con gimnasio y piscina y que rentando por dos años nos bajaban el precio. Dos años, y yo que no soportaba ni dos horas más contigo, Susana. Coño, yo creo que eso de allá abajo esta vez sí fueron disparos. Y bueno Susana, que escucharte lamentarte frente a tus amigas el otro día en la roof party esa en Brickell de que todas se habían casado y de que a ver cuándo te tocaba a ti, que a ver cuando al fin me decidiera a pedirte matrimonio fue la gota que colmó el vaso. Y seguiste, con tu copa de vino, de que tenías muchas ganas de comenzar a hablar con tus amigos realtors para buscar casa y que cuando te casaras te ibas de luna de miel a New York que es lo que siempre habías querido. Sí, Susana, te escuché mientras andaba por ahí intentando emborracharme y esconderme en esa fiesta llena de gente hablando de los últimos carros que compraron, de las fiestas en los yates y de lo jodido que se iba a poner todo si salía el comunista de Biden. Yo tampoco hubiera querido oírte, pero te oí. Lo que grité Susana, los alaridos que di. Sin gritar, ya me entiendes. Y ahí me aplastó todo, todos los meses juntos, no los que ya teníamos, sino todos los que vendrían después. Ese día me fumé cuatro cajas de cigarros por lo menos. Ya lo sé, ¿quién se enamora perdidamente y se casa hoy en día por amor hoy en día anyways? Es lo ideal en este país ¿no? Me incluyes en tu seguro médico, te presento a mi jefe como mi esposa para dar una buena impresión. Todo se hace más fácil ¿no? Y mientras en casa a sumergirnos en el teléfono en el sofá y a fumar yerba para que se me olvide que ya estoy muerto. Mierda y confeti, nada más. Los unicornios también existen, supongo.

Este frasco de somníferos no estaba aquí ayer, ¿has estado tomando pastillas para dormir tú también? Le he puesto todas las ganas que he podido a esto, te lo juro. Pero no, no nos podemos casar Susana, porque al final nos vamos a acabar casando y comprando la jodida casa con el jodido patiecito para cuando vengan los niños y ni la casa, ni los niños, ni tú ni yo nos merecemos eso. Es que, ¿cuánto tiempo ha sido? ¿dos años ya? ¿tres? He dicho que sí Susana, a todo. Sin rechistar, a todo. Pero ya no. No puedo más. Me voy. Mañana mismo recojo mis cosas y me voy. Vamos, que te estoy dejando. No Susana, pucheros no por favor, pucheros no. Quédate con todo, habrá que hacer algunos papeles con lo del apartamento supongo, la cuenta de Netflix, los platos, el televisor, la membresía de IKEA, lo que quieras, no tengo ni ganas ni fuerzas para discutir por nada. Podemos compartir el seguro del carro, la cuenta de teléfono, no sé, que no hace falta complicarse la vida tampoco. Y amigos podemos ser, por supuesto. Te vas a encontrar a alguien, alguien que te lleve de luna de miel a New York a tirarte fotos en el Central Park con los patos y que sea el padre de todas las Danielas y los Diegos que quieras. Las uñas, déjatelas. ¿Ves lo que te digo? Pero esto no soy yo, te juro que no soy yo. Y no quiero mentirte ni mentirme más, hace años que te soporto, pero no te quiero. Ojalá fuera capaz de sentir pena por ti en este momento, pero estoy aliviado. Sí. Solo aliviado. Esto es un sinsentido, siempre lo fue. Por fin lo digo en voz alta. La orquídea se ha muerto de repente y el helecho está amarillo y también tiene ganas de acabar de morirse ya, como todo en esta casa. Será cosa de la monotonía y el aburrimiento que lo mata todo. Hasta las cervezas se calentaron. El gato sigue maullando a la puerta, tiene hambre Susana. Y ni siquiera me gustan los gatos, soy más de perros, coño. Qué mierda todo. Voy a salir a por cigarros.

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− Javi.

− ¿Qué?

− Que te quiero.

− Tengo que dejar de fumar.

Hoy no te quiero

Yo hoy no te quiero. Y mientras no te quiero, trabajo, luego limpio el baño y hago ejercicios. Y riego las plantas, paso la aspiradora y salgo a caminar. No te quiero y me pongo a escuchar música en mis audífonos aunque le de skip a ciertas canciones. Después de un tiempo de no quererte, llamo a mis amigos y hablamos un tiempo largo. Hablamos de más, hasta que se agotan los temas, hablamos de cosas importantes y de cosas sin sentido, menos de ti por supuesto, porque hoy no te quiero. Siempre son ellos los que se despiden amablemente y cuelgan. Después cocino, pero sin quererte. Me pongo a hacer una ensalada y a adobar una carne y machaco ajos, pico ají, cebolla y lloro un poco. Maldita cebolla. Luego me voy a Netflix y elijo una película que jamás veremos juntos y que no pienso en cómo sería verla contigo. Y la veo sin pensar en ti. Ni siquiera cuando el protagonista dice “eres todo lo que quiero en mi vida”. Justo ahí tampoco me acuerdo de ti. Tampoco miro el teléfono porque no quiero saber si me escribiste. Lo miro tan solo por si me ha escrito cualquiera, cualquiera que no seas tú. Salgo a tomar unas cervezas con personas que no son tú y pienso “menos mal que no estás tú aquí” e inhalo y exhalo profundo. Que no, que no estoy suspirando. Cae la noche y me acuesto en una cama que de ninguna manera me recuerda a ti. Por eso duermo en el lado izquierdo, porque el lado derecho no tiene la forma de un cuerpo de mujer ni unas sábanas que ni mucho menos huelen a ti. Y en medio de la duermevela, justo antes de quedarme rendido, me siento orgulloso porque he sobrevivido a otro día de no quererte y de no pensar en ti.

Cuando esto pase

Cuando esto pase no voy a tener ganas de salir a la calle a abrazarme con el primer desconocido con mascarilla para felicitarnos mutuamente por estar vivos. De hecho, no voy a tener ganas de salir a abrazarme con algunos conocidos que más que ponerse mascarillas, se las han quitado definitivamente.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de llenarme de vida y entrar corriendo desaforado al mar con ropa o de ir a una montaña a disfrutar de una puesta de sol, o de gritar al borde de un barranco. Creo que más bien voy querer homenajear a la vida tomando cerveza hasta casi perder el sentido bailando reguetón toda la noche con gente sudando fumando a mi alrededor y sudar y fumar yo con ellos también (sí mamá, yo también fumo a veces).

Cuando esto pase no voy a tener ganas de ir a reencuentros emotivos post-pandemia con antiguos ex-compañeros de estudios a los que un virus global los hizo reflexionar sobre la fragilidad de la existencia humana pero que antes de todo este desastre no sabían nada de mí porque estaban demasiado ocupados con sus vidas y de los cuales yo tampoco sabía nada pues (seamos justos), también estaba demasiado ocupado con la mía.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de gritar y saltar en un concierto de una banda mediocre ni de manejar en un descapotable a 90 mph alzando las manos, ni de besuquear a cualquier muchacha olvidable en una semana, ni de irme a ningún casino de Las Vegas a gastarme el dinero que no tengo o a una tienda a comprar un montón de trastes inútiles en Black Friday que de nada me van a servir para matar el tedio de una cuarentena. Voy a tener ganas simplemente de manejar un rato largo un día de lluvia y bajar la ventanilla y dejar que la lluvia me golpee en la cara.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de mensajes subliminales que nos envía la “Madre Naturaleza” a través de videos de ciervos caminando por las grandes ciudades o de delfines nadando en Venecia. Tampoco voy a tener ganas de tirarme selfies en cada sitio turístico al que vaya para luego publicarlas en Instagram en el próximo findelmundo y demostrar que yo fui supermegafeliz en esos lugares icónicos que están ahora tan desolados.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de ver todas las películas clásicas del Neorrealismo italiano ni de Ingmar Bergman ni de escuchar a Rachmaninoff ni a Wagner ni de leer a Baudelaire ni a Proust ni de ponerme al día con todo el arte bellísimo que ha hecho la Humanidad. Voy tener más bien ganas de quedarme dormido en el sofá viendo un juego intrascendente entre equipos mediocres de la Liga Española o viendo cualquier película china de artes marciales de clase B con un final predecible lleno de patadas y sangre con el aprendiz vengando la muerte del maestro contra un villano ridículamente malo y cruel. Y obviamente, voy a tener ganas de seguir viendo de vez en cuando alguna buena película porno.

Cuando esto pase no voy a tener ganas de patriotismos baratos, ni de chovinismos, ni de los Trumps y Bolsonaros dándose golpes en el pecho rodeados de flamantes banderas y de ancianos noventeros sobrevivientes del coronavirus mientras alaban a médicos y enfermeras que van a seguir cobrando muchísimo menos de lo que merecen. No voy a querer el asco de escuchar a estos “vencedores” y a sus discursos triunfalistas donde nada se dirá de implementar políticas de salud pública accesibles y de calidad que nos brinde la esperanza mínima de no morirnos como ratas en tropel en la próxima pandemia.

Cuando esto pase voy a tener ganas de salir a caminar y de ir a tomarme un café donde me gusta tomarme un café. Voy a tener ganas de que un perro malhumorado me ladre desde el patio de una casa y de dibujar con ella nombres en la arena mojada. Voy a tener ganas de afeitarme y de ir a cortarme el pelo por cualquier motivo, qué sé yo, para verme bien en una cena o para para subirme un poco la autoestima. Voy a tener ganas de voltearme cuando me cruce con unos ojos hermosos por la calle para ver si ella se volteó también. Voy a tener ganas de ruidos de bocinas, pregones, taladros, gente comiendo rositas de maíz en el cine, y del olor del césped recién cortado. Voy a tener ganas de recuperar la frivolidad de reírme con chistes de humor negro, de hablar de cosas intrascendentes en Facebook, de que el clima influya en mi estado de ánimo, y de alegrarme por los colores del otoño que se derraman a la orilla de la carretera en North Carolina. Voy a tener ganas de encabronarme en una congestión del tráfico y por cosas estúpidas como el aumento del precio de la leche que me gusta en el supermercado. Voy a tener ganas del agobio por llegar tarde a algún sitio y de la ansiedad de hacer la maleta una hora antes de irme al aeropuerto, de la ansiedad del camino al aeropuerto y de la ansiedad de la fila del chequeo de la aduana en el aeropuerto. Voy a tener muchas ganas de aeropuertos. Aeropuertos, aeropuertos, aeropuertos, con o sin ansiedad.

Cuando esto pase voy a querer recuperar el tormento de la indecisión sobre la camisa indicada para ir a verla y de las dudas al sentarme a esperarla, de la incertidumbre y los nervios en lo que apuro una cerveza, del placer de observarla un rato a lo lejos cuando la veo llegar electrizando el aire, y de la certeza, cuando finalmente me vea y me sonría, que la camisa al final no importaba demasiado.

Cuando esto pase voy a tener ganas de mirar la luna. ¿Ya notaron que no ha dejado de estar allá arriba todo este tiempo, que es gratis y que es siempre hermosa? Pues yo no.

Cuando esto pase voy a querer seguir queriendo no caerle bien a quien no quiero caerle bien. Voy a querer seguir entristeciéndome por la muerte de mis ídolos para luego beber cerveza en su honor. Voy a querer beber en honor de gente que se muera de muertes naturales, que no hay suficientes cervezas para homenajear a tantos miles de muertos por el maldito coronavirus.

Cuando esto pase voy a tener ganas de seguir pudiendo elegir. Voy a tener ganas de vivir muy bien vividos los años que me toquen vivir para no acabar prostrado en una cama a los cien años sin acabar de morirme porque a lo largo de mi vida comí, no sé, demasiadas lechugas.

Cuando esto pase voy a querer siendo un tipo ahí imperfecto pero perfectible, un tipo que a veces miente pero que luego se siente miserable. Voy a querer seguir teniendo vacíos existenciales. Voy a querer de vuelta mi vida ausente de grandes acontecimientos donde parece que no pasa nada pero donde en realidad pasa mucho. No voy a querer ser el héroe ni el salvador en la película de nadie. Voy a querer seguir siendo tan solo un extra prescindible en la película de la vida de todos, pero que al menos haya una película, carajo.

Cuando esto pase voy a tener ganas, muchas más ganas, de tener mi propia familia.

Cuando esto pase voy a tener ganas, en resumen, de despertarme una mañana y hacerle el amor despacito, y de decirle luego al oído que aproveche y que duerma un poco más, que ya voy yo a hacernos café.

Mateo quiere salir

¡¿Por qué no puedo salir?!

– Ha dicho Mateo muy enfadado –

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Mateo se ha enterado de que tiene que quedarse en casa un día más.

Otro día que no puede ir a la escuela con sus amiguitos.

Otro día que no puede salir a montar bicicleta.

¿Por qué, -pregunta- por qué no puedo salir?

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Por culpa del Bichito.

– Ha respondido mamá –

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¿El Bichito? ¿Quién es el Bichito?

– Ha preguntado Mateo curioso –

Si, el Bichito es un bicho malo que está en la calle ahora.

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Es muy pequeño, por eso no lo ves.

Y es veloz y se esconde muy bien, como un ninja.

Además, es muy traicionero, y ataca cuando menos te lo imaginas.

 

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El Bichito también es un abusador.

Ataca a los viejitos como tu abuela y tu abuelo.

O a gente que está enfermita.

 

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¿Y cómo hacemos para detener a este Bichito tan feo y malo?

– Ha preguntado Mateo enfadado –

Lo que este bichito no sabe es que tenemos un superpoder.

– Le ha dicho papá desde su sillón, donde estaba leyendo el periódico –

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¿Yo también tengo un superpoder?

– Ha preguntado Mateo, entusiasmado. –

Si, tú, yo, papá, abuelito, abuelita, y todos.

El superpoder de quedarnos en casa.

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Cuando todos nos quedamos en casa el Bichito se hace débil.

Al no tener a nadie a quien hacer daño, va perdiendo su fuerza y se muere.

– le dice mamá –

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¿Y cuando tú y papá van a trabajar o salen a comprar comida?

-pregunta Mateo, preocupado –

Cuando vamos al trabajo o a comprar comida nos ponemos nuestro traje antiBichito.

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Y, por si fuera poco, hay un superequipo de superhéroes antiBichito que están trabajando día y noche para acabar con él.

¿Recuerdas que preguntaste porqué salíamos a aplaudir cada día de noche?

Pues es para darles gracias a estos héroes por todo lo que están haciendo contra el Bichito.

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Mateo se sonríe.

Sabe que el Bichito no tiene nada que hacer.

Decide que el también será un superhéroe.

Decide quedarse en casa.

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Mateo, el superhéroe volador que se queda en casa

FIN

Y así

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— ¿Qué tal? Te amo.

— Bien, ¿y tú? Y yo te amo a ti. Mucho. Y te extraño, me haces falta.

— Bien, todo tranquilo. No dejo de pensar en ti. Necesito olerte, tocarte, besarte.

—A ver si un día nos vemos. Fui muy cobarde. No he querido a nadie como a ti.

— Eso, a ver si nos vemos. Pero hagamos algo, por favor, que se nos va el tiempo, la vida.

Y así.

Yo no sé, yo no quiero

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G y Malecón. Septiembre, 2019.

Amanece. Estoy triste.

Desde la ventana de mi hotel en Lattaquié contemplo el mar Mediterráneo.

No sé por qué recuerdo la bahía de La Habana.

 Acaso por la forma de la orilla o quizá porque hay modo de estar en Siria y a la vez en Cuba.

Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí)

Yo nací en el Vedado el 30 de julio de 1986, apenas unos meses después de que Marquetti le cazara el tenedor a Rogelio García y le pusiera la bola en las gradas para darle el campeonato a La Habana después de 13 años en el acto supremo de industrialismo por excelencia. Mi madre estuvo dos días ingresada antes de que yo naciera. Fui cesárea, nací a las 42 semanas y pesé 11.2 libras. Los doctores le dijeron a mi mamá que yo estaba tan gordo porque estaba pasadísimo de tiempo y que al parecer estaba muy cómodo porque no hacía el menor esfuerzo por nacer. Vago desde el día cero, coño. Yo me demoré un mes para llegar a la Habana y 5 años después de haber emigrado definitivamente lejos de ella, todavía no sé cómo irme.

Yo no tengo ninguna foto de La Catedral ni del Malecón colgada en mi casa porque no me hace falta, La Habana va conmigo a todas partes. Yo pudiera decir que La Habana es mi mamá, mi hermano, el resto de mi familia y los amigos como casas que aún tengo regados por allá. O es mi profesor de la primaria, viejito ya, al que visito cuando regreso y nos ponemos a rememorar cuando hace 25 años nos quedábamos mucho después de las 4 y 20 para seguir haciendo problemas matemáticos como preparación para los concursos, aunque en realidad ambos sabíamos que nos quedábamos solo por el placer de seguir resolviendo problemas matemáticos. O todos los cuadrados que rayamos con tiza en las paredes de los edificios del barrio para jugar al taco con un palo y una pelota hecha con una media, una bolita de desodorante y esparadrapo. O es el “chofe déjame aquí”, el “¿chofe llega hasta Tercera?”, el “chofe dame un chance atrás”, el “socio, no me tires la puerta cuando te bajes”, el “hermano, ¿se demora mucho esa pizza?”, y un montón de frases que tengo que confirmar si todavía se usan cada vez que vuelvo para no pasar por cheo. O todas las muchachas de las que me enamoré, o todas las que me hicieron mierda el corazón.

Pudiera decir todo eso, pero también pudiera decir que La Habana son lugares muy concretos. Es el parque Maceo y papá enseñándonos a mi hermano y a mí a montar bicicleta y a como agarrar el bate sin separar nunca los ojos de la pelota.  Es el parque de Palatino, donde reencontrar y despedir a los amigos de la Lenin los fines de semana antes y después del pase. Es la guarapera de la CUJAE donde refrescar la garganta con aquella cosa horriblemente empalagosa pero que servía para no desfallecer por el camino en el viaje de 2 horas en guagua hasta mi casa al otro lado de la ciudad. Es el portal del Chaplin y el “tremendo filme, ¿y ahora pa donde cogemos?”. Es el parque Lennon. Es tus besos en el parque Lennon (y en todos los demás). Es el Hubert, el Mella, la Casona de Línea, el cine La Rampa, el Trianón, el Karl Marx, el Sótano, y todos esos lugares a los que siempre llegué tarde mientras tú me esperabas con tremendo mal genio. Es la Plaza de Armas que se abre llena de luz después del tumulto y el bullicio de Obispo. Es la loma de la Iglesia del Ángel en donde nos reíamos de cualquier cosa aquel día en que te estrenaste ese vestido y donde nos tiramos aquellas fotos que ya no puedo volver a ver.  Es el parque del Quijote y el “¿cuándo pinga va a pasar la confronta de la 195?”. Es Prado entre Refugio y Colón y unos refrescos gaseados de mierda a los que me hice adicto en lo que esperaba el P11 bajo un sol imposible. Es el Latino y nosotros gritando con dos outs en el noveno “Malleta, decide tú”. Son los banquitos frente a Casa, la estatua de Calixto y el muro en G y Malecón donde más lindo y colorido se pone el sol en toda la Habana. Es nosotros abrazados viendo a Silvio cantándole al fantasma de alguien en una tarima improvisada en una esquina cualquiera de algún barrio cualquiera frente a un par de cientos de personas cualquiera. La Habana son dos cuerpos sudados, las carcajadas más estridentes, los ojos más bonitos que te miran fijo y el «ay, así, coño, así…» de un orgasmo en medio de un calor del carajo que no refresca un ventilador viejo, mientras un afilador de tijeras pregona allá afuera.

El problema es que La Habana ya no es nada de eso, salvo en mis memorias y en mi incurable nostalgia. Mi profesor me cuenta que después de jubilarse ya ni pasa por la escuela a preguntarle a los maestros casi tan jóvenes como sus alumnos si alguien está preparando a los niños para participar en los concursos. Los chamas del barrio ya no pueden jugar al taco en ninguna parte entre tanto terreno cercado y tanta mata de plátano infestada de caracoles africanos.  A Calixto lo trasladaron a otra parte y solo le dejaron los zapatos para que se sigan oxidando frente al mar. «Pipo, desde más lejos se oye más bonito», me dijo una vez mi amigo, ingeniero informático como yo y que tiene que sobrevivir con los 400 pesos de salario estatal más lo que aparece de freelancing para llegar a fin de mes, cuando le bajé esta muela nostálgica un día entre Cristales y cigarros.

Se supondría que ya tendría que haber superado esto. Se supondría que habiendo conocido gente luminosa y habiendo tenido par de experiencias francamente espectaculares caminando sucio y feliz por Spanish Harlem, borracho de cerveza y de jazz por Frenchmen Street, o ronco de tanto gritar y tostado de sol en medio de un Mundial de Fútbol en Copacabana, esta atadura sentimental insular tendería a desparecer. Se supondría que habiendo hecho amigos y habiendo tenido amores que no hablaban mi idioma ni tenían una jodida idea de quien fue El Caballero de París esta sensación de desarraigo se hubiera quedado atrás. Se supondría que el maldito tiempo hubiera hecho lo suyo. Pero ni modo, en ninguna parte se me hincha tanto el pecho como cuando bajo por Prado con un maní en la mano y el sol se cuela entre los árboles y me da en la cara de idiota sonriente al que la gente mira sin saber de qué demonios se ríe.

Es muy cabrón seguir diciendo «¿Viste quien viene a la Habana?», cómo si todavía estuviera allá. Es muy deprimente y cabrón seguir anclado a un lugar imaginario y seguir regresando una y otra vez en busca de algo que ya no existe. Envidio mucho a esos ciudadanos del mundo, a esas aves migratorias que logran desprenderse de todo sentimiento nacionalistoide y logran hacer del mundo su casa. Ya sé que «Al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver«, ya lo sé. Yo también quisiera no ser  una presa tan fácil de los resortes de la nostalgia. Imagino que al final el tiempo si hará lo suyo, que olvidaré, que dejaré atrás, que seguiré. Pero ahora mismo, yo no sé irme. Yo no quiero irme.

Escribo esto desde un Starbucks un día gris y frío de noviembre, en Winston-Salem, North Carolina. El café mocha no está mal, está caliente y sirve para calentar la garganta y traerle vida al cuerpo antes de manejar 15 minutos hasta la casa. Pienso en lo que me gustaría tomarme uno de esos guarapos horriblemente dulces ahora mismo. Llovizna. Pienso en lo bonita que es la lluvia cuando cae sobre los pinos y sobre todo este derrame de colores otoñales. Pienso en la Habana de lluvia. La lluvia que cae sobre los edificios en ruinas y se cuela entre las grietas de esas ruinas donde vive gente. Gente que nunca se va a poder dar el lujo de la nostalgia. Pienso en San Lázaro que revienta en fumarolas de vapor de tanto calor acumulado cuando llueve en verano, y en el arcoíris del después frente al Malecón, que nunca falla. Pienso que no hay ni habrá ciudad en el mundo que se moje más bella ni más lastimosamente que La Habana.

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La Habana, Cuba. Julio 2019. Colores de una tarde feliz.

Cuando uno está triste por un amor que se ha truncado, triste realmente, superlativamente triste, de esas tristezas que te pegan al cuerpo como ropa mojada después de un aguacero y que no te puedes quitar, de esas que una vez que te sacas la ropa se te queda la humedad impregnada en el cuerpo, de esa humedad que luego te pasa a los pulmones y te provoca un catarro tremendo que luego muta a una neumonía, de esas neumonías que te hacen respirar con dificultad y que al cabo de los días te dejan una flema verde que tienes que ir escupiendo por ahí para no ahogarte y que te dejan la voz ronca y la garganta roja y adolorida de tanto toser, los amigos vienen y te dicen que pases página.

Lo dicen porque es lo que se dice, es lo que les dijeron a ellos alguna vez y es lo que has dicho tú también un montón de veces. El problema es que detrás de esa sencilla frase que te ofrecen tus amigos con tanta buena onda para ayudarte, hay un par de posibilidades ocultas.

Porque lo que ellos te quieren decir en verdad, lo que realmente significa pasar la página es que vuelvas a reír, que vuelvas a ilusionarte con algo, que vuelvas a hacer las cosas que disfrutabas hacer antes de que llegara ese amor. Y eventualmente, que vuelvas a amar.

El único problema es que en los tiempos modernos, tiempos hiperconectados, hiperinformatizados e hiperdigitalizados, las páginas que deben ser pasadas son virtuales, o lo que es lo mismo, son omnipresentes y están llenas de algoritmos inteligentes pero a la vez fríos e hijos de puta que te ponen en la cara cosas que preferirías no ver, lo que hace bastante difícil no ya pasar la página, sino doblarles al menos una esquinita. No importa cuanto lo evites, siempre va a parecer una notificación de un tag o un comentario de improviso en tu timeline, una story que no esperabas detrás de otra que veías al descuido, una foto que no querías ver y con la que te diste de bruces de pronto porque no fuiste lo suficientemente rápido para dar scroll. Y ahí estás nuevamente frente a ella.

Claro que hay opciones, se puede intentar cerrar la página de un tirón, desinstalar todas las apps del teléfono, marcharse de todas las redes sociales, bloquearla de todas partes, desinstalar el navegador, desactivar la wi-fi, cortar la electricidad, arrojar el teléfono y la laptop a la basura, irte a vivir a una caverna, o simplemente, digámoslo alto y claro, tener el coraje suficiente para vivir una vida lejos del cibermundo, en donde no sólo se quedaría viviendo ella, sino donde se quedarían viviendo todos. Todos menos tú.

Solo que entonces no estarías pasando la página, estarías arrancándola. A esa página y a todas las páginas que vienen detrás. Estarías cerrando el libro.

Entonces te encuentras en medio de tu tristeza permanente ante dos disyuntivas: Una drástica que es cerrar el libro y la otra muy costosa que es dejar las cosas como están y aprender a lidiar con el libro, con la cubierta, con el lomo, con la página, con las páginas anteriores y con las que vendrán.

Entonces decides dejar la página donde está hasta que la página se pase sola. Y que tu tristeza y la neumonía duren lo que tengan que durar, y que duela lo que tenga que doler, y que la memoria sea todo lo cabronamente maravillosa y cruel que tenga que ser, y que tosas lo que tengas que toser hasta que entiendas que tu voz ya no es la misma voz, que es ahora más grave, que cambió para siempre. Y así, hasta que una tarde cualquiera, haciendo cualquier otra cosa, te tocas la garganta a ver qué tal el dolor y te sorprendes al notar como en esa zona tan grande de tu cuello que tanto te dolía, ahora lo que sientes son cosquillas, unas cosquillas que te hacen recordar cosas, cosas que están escritas en la página, y algo parecido a una sonrisa comienza a dibujarse en tu rostro.

Escalar

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Ella es de esas personas que tienen una extraña conexión con lo profundo. De esas personas que en algunos momentos de paz y equilibrio, puede apaciguar a los espíritus del mar y y calmar el temporal y la lluvia o convocarlos para desatar la tormenta y las olas a su antojo, tan solo para que el viento furioso le alborote el pelo.

Él es de esas personas que posee la valentía y la curiosidad de los primeros escaladores del Everest, que se arrojaban a la aventura con pocos implementos y la emoción en los ojos y en la sangre.  De esas personas que se lanzan a escalar porque saben que hay Everests que merecen ser escalados, tan solo para saber cómo se ve el mundo bajo los pies en la felicidad más alta.

Estas personas están profundamente conectadas a las primeras por la picada de un mismo mosquito o la mordida de un pez en el mismo río. También sucede que a veces, estos escaladores tienen la suerte de coincidir un día cualquiera en medio de su escalada con una de estas personas dueñas del mar, el viento y la lluvia en el momento en que se conectan con las fuerzas de la naturaleza. Y si tienen además la gracia y la chispa suficiente, pueden capturar esta conexión extraordinaria con los elementos en una imagen.

Lo que intento decir es que, si yo no hubiese estando viajando a tu lado aquella vez, no me hubiera comido unas croquetas caseras gloriosas en un vasito, no me habría detenido en un trozo de mar al borde de la carretera donde se juntan las olas con las nubes y el amor con la tristeza, y no hubiera tenido como destino de ese viaje, una felicidad compartida de mariposas en el estómago y pájaros en la cabeza, y la emoción simple y pura del sueño cumplido de un niño.

O no hubiera simplemente vivido, sin sentir vergüenza de ser feliz.