Tu cuerpo atlético y cincelado por el ejercicio ha llegado a conjuntar cualidades disímiles. No es común apreciar en un mismo cuerpo la agilidad de un ciervo y la fuerza de un jaguar. Ese es precisamente el misterio que emana de ti, y eso mismo te ha vuelto portentoso.
Mirándote me hiciste recordar un paseo por el Museo Metropolitano de Nueva York. Esas tardes en que mis ojos han recorrido discretamente los músculos de tu cuerpo me transportaron a aquella mañana en que disfrutaba de las obras de arte del museo. Al entrar a la sala de la Antigua Grecia, me detuve a contemplar los cuerpos armónicos y bien proporcionados de los guerreros y dioses. ¡Qué hermosura de cuerpos! ¡Qué cuerpos tan espléndidos! ¡Justamente como el tuyo!
Una tarde de muchas mis ojos volvieron a comerse tu cuerpo. Lamían lentamente trozos de tu piel, mordisqueaban partes de tus músculos e incluso jugueteaban con los vellos de tu espalda baja. Mis pupilas embelesadas se dilataban mirando la tensión en tus deltoides y la fuerza de tus femorales mientras hacías ejercicio. En silencio se metían entre las fibras de tus isquiotibiales al irse uniendo con tus gluteos. Y ahi se quedaban un rato, escondiéndose entre tus músculos, nadando en el torrente de tu sangre. Miraban detenidamente las venas que recorrían tus brazos y lo bien desarrollados que estaban tus cuádriceps y femorales. El deleite de mis pupilas en esas tardes de primavera me hacía recordar los cuerpos de aquellas estatuas bellas y distantes.
Y de esa misma manera, después de haber entrelazado mis pestañas con los vellos que cubren tu piel, una tarde me percaté que el parecido que tenías con esas estatuas era mayor del que imaginaba. No solo compartían la belleza y fuerza del mármol labrado sino también su ausencia y frialdad. Un buen día te subiste a tu pedestal y ya no bajaste. Tu verdadero yo se hizo presente. Lo único que mis ojos pudieron hacer fue seguir inundándose de ti.

