Teoría y táctica de la moda malva

«Está muy bien lo de la heroica, la casta y el pundonor, pero hay que jugar bien para ganar partidos» (Manuel Preciado)

Habrán notado que fue cosa de ponerse un jersey malva en día de partido, patrullar con él por el área técnica en El Molinón y romper Preciado a expresarse en la sala de prensa como si fuera Guardiola. En nuestra ignorancia atribuíamos a lo malva una moda breve de pasarela, un toque de inspiración a medio camino entre el perfil de Adolfo Domínguez y el de Boris Izaguirre. Hasta que el jersey de Preciado y el discurso del cántabro, en el regreso del Sporting a la senda de la victoria, nos situaron frente a la evidencia: un pulóver en tonos malva interactúa con el marcador como si fuera un santo grial. Tiene el poder de la espada Excalibur y el efecto de la poción mágica de Panorámix. 

Paseándose de malva por la alfombra del área técnica, y lanzando luego aquella decidida soflama a modo de conversión a la doctrina del tiqui-taca, Manolo Preciado ha empezado a crear tendencia. Él ya dijo no haber temido por su cabeza ni cuando el tambor redoblaba en el cadalso, en los confines de Somió. Así que ahora, luego de haber promovido la convocatoria del día internacional del centrocampista, vuelve el entrenador del Sporting a lucir pletórico.

Ayer tuvo un ojo puesto en el Atlético, desde luego, pero se diría que en su fuero interno ya prepara la próxima (y mediática) visita del Sporting al Foro. Yo imagino a Manolo, un domingo tempranero de abril en el Bernabeu, de riguroso malva y con un discurso de centrocampistas jugones en la alineación. Lo estoy viendo acomodarse en el banquillo del viejo Chamartín, tan pimpante, tras haberle pedido a Quini el favor de echar un vistazo allí atrás, en la grada, y comprobar que, efectivamente, el hijo de Mou tiene ese día una fiesta de cumpleaños. Juraría que es el malva de pasarela lo que impele a los entrenadores a alinear centrocampistas en su justa medida. Ahí tenemos al padre del invitado al cumpleaños, sin ir más lejos (no más allá del banquillo visitante, y por saludar al muchacho). ¿No le ven a don José atascado con Khedira y con esa espantosa bragona negra que se enrosca al cuello, que hasta el sastre de Marty Feldman habría rechazado?

Los jerseys malva son una invocación a la remontada clasificatoria, a la permanencia anticipada y a un final de Liga en el nirvana. Con ese «look» acuñado por el guardiolismo confió Manolo Preciado su destino a un tercer centrocampista, subió al desván de los trastos para encomendarse al canterano Nacho Cases y, al volver en sí tras el hechizo, se frotó los ojos. Por un momento creyó haberle dado la alternativa a Roberto Baggio.

La irrupción en escena de Cases, coincidiendo con la incorporación de André Castro, tan largamente deseada, es como cuando bajas al Carrefour a por aceite porque lo han puesto en oferta, y al regreso reparas en que en la despensa tenías una lata de quince litros de virgen extra. En Mareo debe de estar el director deportivo revisando los cajones del despacho en busca del contrato de cesión, recordando que las grandes superficies comerciales admiten la devolución del producto si conservas el tique de compra.

La Nueva España. Enero de 2011

Goles antiguos con el volumen a cero

En mayo de 1981, en el mismísimo Bernabéu, Abel Díez Tejerina sacó el repertorio más versátil de delantero realizador, le metió tres al Real Madrid y lo echó de la Copa del Rey con la naturalidad del funcionario forrado de trienios sellando un trámite rutinario. Tres meses y pico antes, en febrero, aquel ariete de ocasión con el que Vicente Miera se iba apañando ante la ausencia de Quini y la interminable lesión de Gomes firmaba dos de los cuatro goles que el Madrid se llevó de El Molinón en la Liga, una tarde para el recuerdo de Ferrero y compañía.

Tan mal acostumbrada tenía el Sporting a su propia parroquia hace cuarenta y tantos años, que aquel insólito doblete en Liga y Copa ante el campeón de ambas en ejercicio –hasta entonces y después, su recurrente bestia negra (blanca)– lo festejó la hinchada rojiblanca con un grado de contención próximo al refalfiu; hermosa palabra de la lengua asturiana, precisa, tan expresiva y difícil de traducir. Con el término «hat- trick» muy lejos aún de ser importado por eruditos y charlatanes, para adornar titulares de portada, el Gijón futbolero se limitó a añadirle un sufijo extranjero a Abel para realzar a su goleador revelación: el leonés discreto y antihéroe, en racha anotadora, pasó a ser Abeloski. Mucho presumir de cantera, de fútbol base y de flamante Mareo, pero nunca nos creímos del todo que partiendo de Boñar y con escala en Avilés se pudiera llegar a enmudecer los anfiteatros de Chamartín con un repertorio goleador de delantero, cuando menos búlgaro.

En 1981 todavía se veía fútbol en diferido en la calle, frente a las tiendas de electrodomésticos. Los narradores de televisión eran parcos y precisos, reacios todos a castigar tímpanos ajenos a base de verborrea y exponerse a la afonía propia graznando «golgolgolgoool» durante 40 interminables segundos, en modo plusmarca de resistencia. En el escaparate de Discoteca, en la calle San Bernardo semiesquina a Los Patos, un televisor «Vanguard» con cuernos y el volumen a cero repetía a media tarde del día siguiente al del señalado 2-3 el segundo gol de los que Abeloski le endosara a domicilio la víspera al campeón de Liga y Copa, flamante subcampeón de Europa. Ningún graznido violentó a espectadores ocasionales arremolinados en la acera tras el cristal; boquiabiertos algunos o con los ojos como platos, contemplando la inolvidable secuencia: Joaquín entrando por la derecha con Camacho resoplando colgado de su sombra, aquel centro de delineante sobrevolando el área pequeña hacia el segundo palo (que todavía no era el largo porque el largo era el larguero) y la cabeza de Abel dos palmos por encima de la de Sabido, dejando al portero Agustín con el molde.

Recitaba Natalie Wood al final de aquel monumento de Elia Kazan a la nostalgia melancólica que «aunque ya nada pueda devolvernos el esplendor en la hierba, no debemos afligirnos, porque la belleza perdura en el recuerdo».


La Nueva España,

abril de 2025

Campu al campo y Martín al timón

Pensando en refuerzos para el ataque en un mercado de invierno, el primer nombre que al grueso del sportinguismo le vendrá a la cabeza es Mate Bilic. No en vano el regreso del croata a Gijón, en enero de 2008, se saldaría hasta junio con diez goles de su firma y el ascenso del Sporting de Preciado a Primera División. Como modelo de eficacia inmediata (nada que ver con esas gangas que llegan sobre la bocina con media tripa que bajar y en mayo no acabaron de coger el punto), el sportinguismo piensa automáticamente en Bilic, aunque yo también me acuerdo de Cruyff. Cito “Mis delanteros solo deben correr 15 metros, a no ser que sean estúpidos o estén durmiendo” entre el ramillete de célebres ocurrencias que ‘El Flaco’ fue soltando en su más bien corto pero denso magisterio en los banquillos, con aquel moflete hinchado por el Chupa-Chup. Se quejaba el holandés de que sus colegas entrenadores instaran a correr todo el rato: “Al fútbol se juega con el cerebro” —sostenía— y a sus delanteros les pedía estar “en el lugar adecuado en el momento preciso, ni antes ni después”.

Me acuerdo de Cruyff —que aquí se refería esencialmente a Romario— pero pienso en Campuzano; guardando las distancias (que se aceptan siderales), lo más parecido que el Sporting tuvo en años a un delantero centro de academia de goleadores. Más allá de sus datos estadísticos, que en goles/minutos también son elocuentes, parece razonable plantearse que al barcelonés, estando disponible, se le dosificará mejor haciéndole correr menos hasta el área que guardándolo en el banquillo para el día de mañana. Un poco más de cruyffismo aplicado y menos ‘diccionario Runner’, catecismo en vigor para esa legión de delanteros de porte atlético, desmarque extraviado y tranco de mediofondista olímpico, que al entrar en contacto con el balón le pegarán fácilmente con la uña. 

Correr era de cobardes en los 70 del pasado siglo, decía el bético Rogelio Sosa, y de bobos durmientes en los 90, según Cruyff. Si bien es cierto que al trotecito lento recorrerás hoy el paseo pero no te comerás ni rosca, un ariete con olfato, fundamentos y dos piernas manejables sigue cotizando en bolsa por encima del ejército de veloces atletas y abnegados tragamillas rondando el área rival. Y como es notorio que el que más corre en el fútbol sigue siendo el balón, igual había que darle una vuelta al tema Nacho Martín, que en su segunda temporada y con 22 años apunta al escogido grupo de talentos de casa que reclaman una apuesta firme de la dirección técnica. Aquella confianza ciega que Miera depositó en Joaquín, como también la que Novoa tuvo en Ablanedo, la de García Cuervo en Abelardo o la de Ciriaco en Iván Iglesias… más el fino olfato de Cruyff comprando a Iván a distancia, mucho antes de Amazon. Decisiones estratégicas de club, más allá del corto plazo, el parte del día y el once del próximo partido. 

Campu al campo y Martín al timón (con el otro Nacho al lado), si al fútbol le queda un resquicio por el que dar salida al talento, y la modernidad entera no es una ola de figurantes y actores de reparto suplantando al cabeza de cartel.

La Nueva España,

enero de 2025

El VAR de ver para creer

No sale en ningún telediario ni alimenta tertulias ni llama la atención de chiringuitos, pero el video de Curbelo y Panichelli desvanecidos en el césped, con Moreno Aragón (el de amarillo, antes de negro) volviéndose por dos veces a mirar aquel cuadro espeluznante tras la colisión de cráneos, dejando seguir el juego para acabar comiéndose el manotazo de Kevin Vázquez que el VAR le llamaría a revisar cuando la ambulancia ya ululaba rumbo al hospital, entra en la antología del surrealismo, en puesto de Champions. Diez angustiosos minutos que vivió Anduva, difíciles de superar en el largo camino que el fútbol moderno parece haber emprendido hacia la estulticia. Por todos los estamentos en general, incluido ese nuevo periodismo (ahora lo llaman Comunicación, que suena guapo pero comunica menos), complacido con la mordaza que el sistema les ha puesto a narradores, comentaristas y reporteros del fútbol en directo: tú estás viendo el Mirandés-Sporting por televisión; un desafortunado lance fortuito lleva la congoja a protagonistas y espectadores en el estadio, y en diez interminables minutos no son capaces o tienen prohibidísimo mostrarte una sola imagen que sin recurrir al morbo amarillista te cuente lo que está pasando, más allá del disimulo con primeros planos de jugadores, técnicos y espectadores con el gesto sobrecogido.

Cumbre del surrealismo berlanguiano es esa dotación de VAR llamando al árbitro —Anduva aún con el canguelo metido en el cuerpo— a que vea por televisión el brote balonmanista de Kevin, antes que su propia figura de amarillo y negro mirando en carrera a los desmayados inertes, para acabar pasando de ellos y sus respectivos chichones con el proverbial ‘sigan, sigan’, que ya es un clásico del reglamento de competición posmodernista. Y qué más da todo si por el medio no andan el Barça ni el Madrid. 

Pendientes de averiguar si Albés remontará el vuelo para llevarnos a La Liga Prometida o se enredará en una madeja de defensas centrales, a los últimos partidos del Sporting los podríamos calificar de todo menos aburridos. Cuándo y dónde se había visto este encadenado desopilante de árbitros despidiendo a la ambulancia y corriendo a ver balonmano en televisión; asistentes que asisten no viendo esa mano clamorosa ni corrigiendo la que sin serlo se pitó. Esa sala VOR de VAR —ver para creer— atestada de tiralíneas sin punto de fuga y ojos de halcón con más dioptrias que una consulta de oculista. Indolentes una jornada, quisquillosos la siguiente. Aquel ‘viva Cartagena’ de llamar al árbitro a que vea que antes del codazo del portero fue la obstrucción del delantero, y si el requerido se lía y dice que penalti y expulsión, como el linier de Mejuto, tú tira p’alante que libres. 

El fútbol moderno es un conglomerado de atletas veloces propensos a pegarle con la uña, entrenadores más sueltos en las salas de prensa que en los banquillos, opulentos dirigentes legos en la materia, informadores cautivos de su bufanda y locutores víctimas de su propio graznido, aficionados que se debaten entre la devoción incondicional y el masoquismo. Uno ya se conformaría con que Infantino se caiga un día del caballo, camino de Ryad, y le prenda fuego al sistema VAR, que es casi Inteligencia Artificial pero manejado con natural torpeza no funciona. Que prohiba jugar partidos a las dos de la tarde y haga el favor de tirar esos playeros blancos.

La Nueva España

Diciembre de 2024

La puerta 11 no es el Actors Studio

Abandonad toda esperanza. Ni en Segunda ni en Primera ni compitiendo con los grandes de la Liga o asomándose a la Champions volverá el Sporting a tener —menos aún retener— a un Enzo Ferrero gambeteando de rojiblanco en El Molinón. Mucho más improbable que mantener hoy a un canterano de Mareo que apunte maneras (cuando no habrá acabado la perla el período de aprendizaje, pero a su representante ya se le hacen los dedos huéspedes) es descubrir a 10.000 kilómetros de distancia un talento de Boca Juniors en fase avanzada de consagración, vistiendo la albiceleste con Menotti y con esa mente abierta que tantos argentinos tienen para confiar en que hay vida más allá del Barça o del Madrid al otro lado del charco.

Ni extraída de un frasco de almíbar de la factoría Disney cabe imaginar hoy la llegada de un Ferrero a Gijón, preludio de aquella deslumbrante década del argentino en el mejor Sporting que conocimos; su repertorio de delantero rápido y valiente, ambidiestro, notable cabeceador, con aquel fabuloso cambio de ritmo y un amplio muestrario de fintas y regates, acunando el balón entre los pies o saliendo en diagonal a toda pastilla. Tan improbable como un bote de Euromillones para ti solo es que vayas ahora al mercado de fichajes, te sellen un boleto simple y te toque el ‘Pibe’. Algún mérito tendrían por tanto Enrique Casas —que le echó el ojo en Buenos Aires hace medio siglo, sin scouting previo ni nada—, Pasieguito —que recomendó a Viejo Feliú echarle el lazo— y el propio Ángel Viejo, que le hizo caso y lo fichó. Algún mérito tendría Vega-Arango, más allá del derecho de retención en vigor, para que Enzo siguiera en Gijón y hasta colgara aquí las botas y se estableciera, luego de haber desoído presidente y futbolista cánticos y más cánticos de los grandes depredadores disfrazados de sirenas.

Haciendo memoria de su carrera  —el Bernabéu estupefacto antes de recurrir Pirri a Borrás del Barrio, el córner olímpico al Torino, aquella faena de aliño a Migueli con estocada a la escuadra, etcétera, etcétera…— entre los recuerdos que hoy más valoro de Ferrero figura su célebre incidente con Isidoro San José en El Molinón. La noche de las almohadillas y el ‘así, así, así’; cuando a un codazo del madridista se revolvió Enzo soltando la pierna y comiéndose la roja entera. Reacción destemplada y reprobable, vale, pero infinitamente más digna que esta insoportable moda de futbolistas del Actors Studio, epidemia de cuentistas a quienes cosquilleas con el codo y ellos se desploman, ruedan haciendo la croqueta, el VAR se estremece y los del 112 de guardia ya arrancan la ambulancia. A Ablanedo lo echaron por lo mismo años más tarde y en el campo se quedó Hugo Sánchez, pionero del teatro de la comedia, hoy con un desbordante elenco de comediantes.

Me crucé con Ferrero la semana pasada en El Parchís. Caminaba él hacia San Bernardo viniendo de los recados, anónimo, con la bolsa de la compra y la barra de Panrís asomando. Cincuenta años después de aquel Costa Verde de su debut, recién apeado del taxi y con la tribunona ya pellizcándose, me pareció la imagen andante de la dignidad. Hoy que grandes estrellas internacionales del deporte, infladas de millones de dólares, se despiden para seguir tarifando como embajadores de sátrapas abusadores de mujeres y descuartizadores de disidentes tirando de motosierra.  

La Nueva España

Diciembre de 2024

No te lesiones todavía

El 16 de abril de 2023, en algún lugar de Las Rozas, un asistente de VAR enredando entre televisores le escamoteó a Víctor Campuzano un gol de fantasía. La euforia interrumpida 500 kilómetros al norte cristalizó y se hizo añicos cuando El Molinón ya paladeaba ese dulzor placentero que proporciona tu delantero centro abriendo el marcador en el minuto ocho de los diez de tiempo añadido. 

Al cabo de otros cinco rebobinando vídeos, enfrascado el supervisor a distancia en ese imposible metafísico de tirar líneas paralelas en perspectiva y sin punto de fuga, el gol de Campuzano que adelantaba al Sporting frente al Alavés acabó en el contenedor de residuos tecnológicos. Aquel balón que colgó Carrillo sobre una esquina del área y Rivera dejó a un toque en el punto penalti lo mató el barcelonés entrando a toda pastilla donde muerden los cocodrilos, para depositarlo en la portería en un alarde de coordinación. Repertorio de goleador fino y ambidiestro, de Diego Forlán para arriba. En Las Rozas, el celo de un funcionario teletrabajando, escudriñando en busca de falanges en probable fuera de juego, despojó de interés mediático aquel fogonazo breve y deslumbrante, más allá de la rueda de analistas conteniendo la estupefacción.

Año y medio se hizo esperar la segunda obra de arte de Campuzano, que al contrario de la primera está llamada a perdurar largo tiempo en el altar de adoraciones del sportinguismo, luego de surfear una ola azul de contrariados reclamando otra mediación del VARman Rebobinador. El gol que sentenció el reciente derbi asturiano fue una diagonal inclinada hacia la nostalgia, a medio camino entre el cambio de ritmo de Churruca yéndose al centro y el gambeteo de Ferrero mirando de reojo a la escuadra, por donde entró el balón.

Ahora que el fútbol moderno tira tanto de Big Data, y hasta se encomienda a la biométrica, algunos números y ademanes de Campuzano dan el perfil de un cotizado aspirante al ‘Pichichi’. Sin avanzar más allá de la Estadística, esta temporada ha jugado todos los encuentros de Liga disputados, aunque entre los seis no suma uno entero: 87 minutos en total, a una media de 14 por partido. El ariete de refresco para el último cuarto de hora encabeza la lista de goleadores del equipo. Deslumbrante y aclamado el gol del derbi; rutinario trámite el anterior en Almería, aunque Rafa Gutiérrez, mi librero favorito y sportinguista versado, dice saber de alguien que aquel servicio del ‘Pingüino’ que pedía solo empujarla lo habría estampado contra el poste (por no pegarle con la de palo) o arruinado al caer en fuera de juego mientras se relamía.

Sin recurrir al Big Data, ni siquiera al historial clínico, es notorio que el delantero centro con mejor pinta que el sportinguismo habrá visto desfilar desde el ‘Guaje’ Villa, se lesiona por encima de sus posibilidades. Y las del equipo. Lo necesita tanto una plantilla con la nómina de atacantes perfilada de hace tiempo a base de saldos y remiendos, que igual convenía explorar alguna terapia alternativa. En Mareo ya habrán probado de todo a estas alturas, como cuando al joven Messi le quitaron el chocolate y dejó de romper fibras. Un recurso a la desesperada entraría en el campo emocional, apuntando a lo sicosomático. Alguien —el mismo Rubén Albés, con su aire de cantautor intimista— que cada viernes invocara a Luis Eduardo Aute y sobre cuatro acordes de guitarra le susurrara a Campu, al pronunciar su nombre en la lista de convocados:

“No te lesiones todavía.

 Espera un poco más,

 no tengas prisa…”

También podemos dejarlo estar y disfrutar de lo efímero, como la entrada en escena en el Heliodoro de Tenerife, que no fue gol pero valió un curso de rematador. Porque si Victor Campuzano Bonilla, de 27 años, estuviera disponible una media de cuarenta partidos por temporada, vistiendo la camiseta del Sporting de Gijón no lo habríamos visto ni en sueños. En el Espanyol igual lo hubiera pescado el Villarreal, soltando un par de millonucos, para vendérselo años después al Chelsea y tarifar 40 kilos más variables por objetivos.

La Nueva España,

setiembre de 2024. 

Taylor Swift y los quince del andén

Iba a salirnos bien y salió bien, como auguraba el lema de campaña que encendió al sportinguismo militante y hasta desperezó al durmiente. Suena raro por tanto que el andamiaje que tan bien aguantó en los balances –el oficial y el sentimental– lo estén acabando de desmontar en Mareo con el proverbial rosario de despedidas, empezando por el explicable pero no explicado relevo al frente del banquillo.

Con la parroquia rojiblanca dividida (hoy no se divide, se polariza) entre los más fieles «gurkas» de Ramírez y sus acérrimos detractores, la despedida del canario ante jugadores, técnicos, empleados y directivos, todos allí en un MAR de abrazos y lagrimones, precisaba una aclaración; alguna pista sobre el origen del desencuentro y el cambio de ciclo, que ya es el enésimo: vuelta a la casilla de salida con nueva dirección técnica, planificación y reconversión de plantilla. Otro verano en Mareo con el taco de madera bajo la puerta del vestuario, no vaya a cerrarse en medio del trajín de entradas y salidas.

En cosa de días, el sportinguismo militante, cargando bengalas y consultando la tabla de mareonas en el flamante calendario, cuenta ya con soldados de Rubén Albés pulsando las redes y patrullando los chigres, haciendo proselitismo entre los descreídos. La versión buena de su Albacete alterna en el argumentario de fe con un atisbo de 4-3-3 y ese porte de modelo de línea «casual», levemente italiano, que el vigués ofrece en la banda. Hoy que la imagen es casi todo.

Una quincena de aficionados rojiblancos esperaban en el andén de la estación de Gijón la llegada del expreso de Madrid, la mañana del 10 de junio de 1991. En aquel tren volvían los expedicionarios del Sporting, contentos sin presumir, tras haber certificado la víspera en Valencia una hazaña comparable en mérito y dificultad a las que había ido sumando el club desde finales de los 70, acariciando los grandes títulos y asomándose repetidamente a Europa. El gol de Luis Enrique en Mestalla, a pase de Luhovy, hacía el número 30 de los que entre ambos anotaron aquel año, a partes iguales. Coronaba la última clasificación del Sporting para la UEFA, hace ahora 33 años, al cabo de una segunda vuelta de Liga para enmarcar, con Ciriaco Cano en chándal de felpa, al frente de un equipo que había llegado diezmado por las bajas a la recta final de la temporada, remontando desde el furgón de cola y por cuyo éxito no habrían apostado dinero más de cuatro optimistas.

Los quince de la estación –Sergio Puente y catorce más, según testimonios de la época– esperando al convoy ferroviario, más el plano general de un Gijón distante, casi ajeno a su equipo regresando tras hacer historia, habrá aflorado estos días en la memoria de los viejos parroquianos, a título comparativo. Se preguntan mayormente qué celebra ahora esta marea intergeneracional de feligreses rojiblancos, más allá de su propia euforia placentera entre recibimientos y despedidas… esos movimientos de masas que escoltan un autobús de Alsa abriéndose paso al ralentí entre una nube roja, con escenografía a lo Fura dels Baus.

La portada del periódico local recibió aquel lunes de junio a los héroes de Mestalla con un lacónico «El Sporting, por sexta vez a Europa», recuadrado en una esquina. Ilustraba discretamente el titular un lance del partido de la UEFA disputado… en Eindhoven, doce años atrás. La foto principal mostraba los efectos de la explosión fortuita de unos cohetes… en un pueblo de Orense. Y en primera plana había sitio para el abandono de Greg Lemond en el Giro y la erupción de un volcán en Filipinas. A ese paradigma de la sobriedad y el júbilo embridado se contrapone hoy el desparrame de cuadernillos especiales que acompaña a los grandes desafíos futbolísticos, ambientando las previas y engordando las crónicas con esas colecciones de titulares homéricos e imágenes coloristas, en las que no falta el Codema entero posando de rojiblanco en el patio o ese voluntariado de hinchas dispuestos a trepar hasta el mástil de La Escalerona para que Marcos León los inmortalice allá arriba izando la bandera, como marines en Iwo Jima. No reparamos los ancianos de la tribu en que el fútbol cambió, como todo y para bien en tantos aspectos (el relevo generacional en las gradas, los jóvenes, las mujeres, las camisetas rojiblancas, el culto al optimismo…). El viejo Molinón se metía con Maceda y torcía el gesto con Joaquín; despreció el talento de Tati Valdés y arruinó el de Juanma del Valle. Hoy tenemos una Mareona surcando el Muro desde la peana de Pelayo hasta la rotonda del garaje, que ganaría por goleada a cualquier convocatoria a favor o en contra de la amnistía, cualquier concentración de apoyo o protesta, mitin de campaña, procesión laica o religiosa, verbena festiva, manifestación de duelo o parada militar. Lejos de aquel Molinón en blanco y negro de gabardinas grises y bigotes adustos, con su marcada tendencia a reprobar, la renovada afición disfruta del fútbol sintiéndose parte esencial del espectáculo. Son como los fans de Taylor Swift, a quien uno, en flagrante fuera de juego, confundía hasta hace poco con la franquicia de una sastrería. Me dicen que todo es deslumbrante en sus conciertos menos el repertorio musical, como en tantos partidos de Segunda.

Igual que la legión de «swifties» siguiendo a su diva, al fútbol acabaremos yendo con pañal. Prevenidos para la marcha por el Muro, el recibimiento al bus (con su antidisturbios de Famobil aporreando hinchas), el tifo, el bufandeo, el globo aerostático sobrevolando el templo, el himno, el solemne minuto 9, el lanzamiento coral de ovillos de cartulina, la cola en los urinarios al descanso, la de la cantina, los diez minutos del VAR más la despedida al equipo entre vítores. Bien igual no, pero nos va a salir largo, con eso de que hay equipos de fútbol que encienden las madrugadas.

La Nueva España.

junio de 2024

Veinte años no es nada y medio siglo tampoco

También era caro perforar un túnel bajo Gijón que nadie pidió ni falta que hacía. 3,8 kilómetros de ninguna a ninguna parte, a la espera de excavadoras para prolongarlo por un extremo y de estación intermodal a la que conectarlo por el otro (intermodal es un modo de decir).

Es caro pasarse 40 años cambiando estaciones ferroviarias de sitio y tener en servicio un apeadero «provisional», transcurrido casi medio siglo desde que la estación que teníamos -y que cientos de ciudades europeas mantienen en uso- la dejamos para museo de viejos trenes, a modo de metáfora.

Es caro vivir en los barrios del
oeste de Gijón y parte del concejo de Carreño, respirando los hollines de una actividad industrial que, bajo iniciativa pública o privada o ambas dos, supedita a una cuenta de resultados la buena salud del aparato respiratorio de seis generaciones.

Es caro invertir dinero público en muelles portuarios que no se van a usar, o vincularlos a una supuesta Zona de Actividades Logísticas donde al cabo de 20 años no se ha instalado empresa alguna, ni logística ni ilógica.

Que un tren de Cercanías directo tarde 35 minutos en llevarte de Gijón a Oviedo o viceversa sale caro, cuando el trayecto se podría hacer en 20 minutos, con una inversión mínima si la comparas con el tercer carril de la autopista y sus fulgurantes luminarias.

Sale bastante caro dejar que echen abajo una antigua escuela de Peritos en pleno centro de Gijón, por pura ocurrencia, y que el solar quede para aparcamiento. El edificio que la piqueta derribó podría ser hoy, por poner un ejemplo entre varios, sede integral de la diseminada Universidad Popular de Gijón, de la que a nadie oyes hablar pero es uno de los grandes logros de la ciudad en el último medio siglo.

Es caro tener un edificio como el de Tabacalera, empantanado y con Cimavilla clamando por su apertura, transcurridos veinte años desde que la fábrica de tabacos cerró. El mismo día que echaron el candado las de Madrid, Málaga o San Sebastián, que ya son museos o centros culturales haciéndose maduros.

Otro edificio en desuso y sin cesión de uso, el de los antiguos juzgados de Prendes Pando, va a salir carísimo, tanto tiempo ahí muerto de risa.

Es caro y deprimente tener un solar abandonado en Naval Gijón desde hace 15 años, y aún más caro permitir que los terrenos, que en parte fueron ganados al mar para beneficio de empresas privadas, no hayan revertido al municipio en su totalidad. Sale más caro el empeño «seudoprogresista» de impedir tozudamente que parte de ese suelo, en primera línea de costa, tenga un uso residencial.

No es tan caro irse unos días a Malmoe, a Gotemburgo, a Liverpool, a Düsseldorf a la orilla del Rhin, a comprobar qué se hizo allí en terrenos abandonados por la desindustrialización, distinguiendo meridianamente entre cohesión urbanística y pelotazo. También se puede ir a Bilbao, dar una vueltina por la ribera del Nervión y volver en el día.

Salió francamente caro sacar 12 millones de euros (de hace 20 años) de la caja de caudales del Ayuntamiento para comprar la Escuela de Fútbol de Mareo, al rescate de una deficiente gestión del Sporting y sin exigir contrapartida alguna a cambio ni intervenir aquella gestión; hasta que la SAD socorrida acabó arruinada y una quita de la deuda por vía judicial la sacó de la quiebra.

Saldrá caro seguir mantenien- do El Molinón a base de remiendos otros 40 años, desde la poco afortunada ampliación para el Mundial 82. Sin un plan a medio o largo plazo para la conservación y modernización de un estadio que usan cada mes unas 40.000 personas, muy por encima de cualquier otro recinto de espectáculos en la ciudad.

Porque ahora que no va a haber Mundial-30 (ni falta que nos hace el torneo en sí, y menos aún tener que tratar con esa banda futbolera de mercachifles apoltronados en Suiza), habrá que preguntar a la Corporación Municipal gijonesa quién, cuándo y cómo va a correr con la inversión necesaria para que el cacareado estadio más antiguo del fútbol español no se caiga a pedazos de aquí a 20 años, que no es nada como cantaba Gardel.

De Orlegi se dice que vinieron a hacer negocio no más, y claro que sí. Si hubieran venido a repartir dinero no serían una empresa privada, serían una ONG. De momento se han quedado con el Sporting de Gijón SAD, no a la fuerza o a punta de revólver, sino poniendo encima de la mesa 50 millones de euros para comprar las acciones que estaban en venta. Aquí creemos de hace tiempo que venir de fuera a hacer negocios es venir a apoderarse de lo ajeno, pero a ver si en otros 20 años abrimos el foco y nos convencemos de que hacer negocios no es un delito; más bien lo contrario si el negociante no estafa, no incumple la normativa vigente, no explota a sus empleados, no defrauda a Hacienda ni vende mascarillas defectuosas en plena emergencia sanitaria para comprarse un coche de 240.000 euros. Que de todo eso ya sabemos un rato.

Mundial macanudo

El mundial de la vergüenza, llama Amnistía Internacional a Qatar 22, y lo bautiza con doce años de retraso. Corría 2010 cuando la plana mayor de la FIFA -con el indescriptible Joseph Blatter al mando, aunque él jura que los sobornos los llevaba Platini- se tiraba de cabeza a un pozo negro en medio del desierto, a retozar entre bolsas de petrodólares. Doce años tardaron en aflorar quejas y reparos a tan controvertida adjudicación de sede: en las pancartas de los hinchas alemanes, en las llamadas del Foreign Office a la templanza de sus borrachos sin fronteras y en las camisetas con mensaje de la selección danesa, prohibidas por la autoridad futbolística porque el lema ‘Derechos humanos para todos’ es un mensaje político, ya se sabe. Como el ‘Gracias por todo, Llaneza’ podría incitar al odio y la violencia.

Francés como Platini, como Sarkozy corrupto y el escuadrón entero de aviones de combate que le colocaron al emirato del Golfo (en su doble acepción), es Eric Cantona, largamente adelantado a Ibai Llanos en declararse objetor del Mundial, a falta de la mili. El viejo ídolo de Old Trafford ya anunciaba el pasado enero que del torneo que ahora empieza no verá ningún partido, pues han muerto miles trabajando como esclavos en los estadios en obras. Cantona es a Qatar 22 lo que Paul Breitner fue a Argentina 78: contrarios ambos a celebrar grandes eventos deportivos en colaboración con oscuros regímenes políticos, parcos en libertades o que directamente apestan. Hace medio siglo, la FIFA todavía adjudicaba sus mundiales a potencias balompédicas, pero si en el plazo entre adjudicación y celebración mediaba algún golpe de Estado, con gente desapareciendo a mansalva, el torneo se disputaba como si nada. Sin Breitner, que era alemán pero maoísta, y con asesinos en serie presidiendo en los palcos, con Havelange al lado mirando que no salpicara mucho y Menotti tan ufano, levantando el mazacote de la copa del Mundo entre sospechas de pucherazo y tapándose la nariz.

El suizo de turno al frente de la FIFA cree hoy que la guerra en Ucrania debería parar durante la disputa del Mundial 22. Luego si eso, que sigan. Un ex futbolista qatarí que ejerce de embajador externo promociona aires de apertura en su país definiendo la homosexualidad como un ‘daño en la mente’. Las primeras crónicas de ambiente desde Qatar refieren un interesante toma y daca entre lo que allí dicta la sharía, que es la ley islámica, y lo que paga Budweiser, que es patrocinador oficial. El vídeo de entusiastas aficionados (argentinos, daneses, brasileños, españoles…) que rula estos días por redes y telediarios, parecía un canto al fair play, pero resultó ser un ‘fake’ (antes mentira). Los indicios apuntan que se avecina un Campeonato del Mundo de Fútbol con todo postizo, incluidos los hinchas. 

Los mundiales fueron referencia en nuestras vidas, o al menos una excusa para cambiar de televisor. Entre el Vanguard con cuernos y la SmartTV UHD 4K desfilaron Pelé y su legendario gol que en realidad no metió porque la echó fuera, los chispeantes cambios de ritmo de Cruyff, el fabuloso cuarteto Sócrates-Cerezo-Falçao-Zico, Sandro Pertini botando de risa en el Bernabéu, un eslalon supergigante del Barrilete Cósmico, Ronaldo Nazario, único y verdadero; el iniestazo galvanizando España sobre un fondo de vuvuzelas… Alicientes no faltaron ni en Rusia, donde tampoco tenía que haber sido el Mundial, pero bien que disimulamos. Allí donde Florentino le birló a Rubiales un seleccionador por el método del descuido, y en los mercados de fichajes pasó a regir la cotización del kilo de fornido centrocampista francés.

Creíamos que un mundial de fútbol de cartón piedra, en noviembre y en el desierto, interfiriendo las grandes ligas, el Black Friday, las cenas de empresa y las colas de Doña Manolita no lo calentaría ni Medina Cantalejo manejando el VAR, con su amplio repertorio de llamadas a revisar penaltitos. Temíamos que el lamentable escamoteo del modo ‘sonido ambiente’ en la tecla de selección de audios nos abocaría de nuevo al tormento de escuchar a la tropa de narradores, -los de la tele versus los de la radio-, disputándose quién grazna más desaforadamente ‘golgolgollll’. Citius, altius, fortius. Que ya dice Hostelería local que quién va a sentarse en una terraza con televisión a ver el Qatar-Ecuador con los graznidos a cero.

Fue entonces cuando Luis Enrique se hizo ‘streamer’. No había acabado Emilio Pérez de Rozas de contar ausencias clamorosas en la lista de 26, ni Sergio Ramos de postear sus grandes sueños incumplidos, ni el ala integrista del merenguismo de decidirse entre Brasil o Argentina, como en su día fue Portugal, cuando el seleccionador español se anunciaba como comentarista inside. Por entregas. Partido a partido. La FIFA gastando pasta en llevar ‘influencers’ al Golfo (menos Ibai, que no va), a eso que llaman crear contenidos y que Rodrigo Fáez inventó hace tiempo, poniendo el listón por las nubes, y va Lucho y se coloca por sorpresa al frente del show, con una promo oscura y austera, de escenografía a lo Zelenski.

Pasaría a la historia de la comunicación audiovisual un directo de Luis Enrique desde Doha para el mundo, inmediatamente después de ganar España la final. A Brasil, por penaltis, con Casemiro tirando el último al segundo anfiteatro. Despacharía el mister campeón la conferencia de prensa pos partido respondiendo preguntas como pimientos de Padrón; saldría zumbando para el hotel, se pondría una camiseta vintage del Sporting y conectado a la nube revelaría que tras el Mundial macanudo, el futuro será una encrucijada: continuar hasta la Eurocopa, hacerse otra vez los Dolomitas en bici o emplearse a fondo en la refundación del Xeitosa. 

Terminado el último recuento de ausencias clamorosas entre los 26 campeones del mundo, y entrevistado en exclusiva el aficionado qatarí que se quedó con el balón de Casemiro en el segundo anfiteatro, Pedrerol cerraría El Chiringuito para fundar la Escuela Superior de Creadores de Contenidos. Con medidor de decibelios en el laboratorio de prácticas, para puntuar graznidos de gol. 

La Nueva España. Noviembre de 2022




Pardillos

Son unos pardillos. Otra vez se metieron en un jardín siguiéndole el juego a las derechas y salvándoles de paso el culo. Dándole al adversario aire que respirar en pleno sofoco; combustible gratis para que con toda su trompetería mediática distraigan a la peña a tres turnos con sus cortinas de humo.

Unos genios de la estrategia, es lo que son. A la derecha partida y sin brújula, que cumple un año de pandemia planetaria obsesionada con echar al Gobierno, por ilegítimo y por criminal (el SARS-COV 2, ya se sabe, nació en un laboratorio chino, pero lo expandieron por el mundo unas ministras de malva reivindicando el 8M), la tenemos hoy en todas las portadas, en todos los boletines, en todos los titulares de apertura pidiendo cabezas a quienes alientan o legitiman la guerrilla urbana (con la tercera ola de virus todavía en curso, como recordarán). La semana de los balances del destrozo electoral en Cataluña no hay en los telediarios rastro de sorpassos ni Bárcenas ni Cifuentes ni jueces partidistas ni quedadas nazis, gracias a la distracción que desde el otro bando proporcionan conspicuos expertos en Ciencias Políticas. Astutos como ellos solos.

Ya sabíamos que ser un cretino antisistema y hacerse pasar por artista no es ningún delito. Y que si a estas alturas del siglo XXI, en España te entrullan por eso es que ningún gobierno en cuarenta años se dignó derogar la ley que lo permite, que en cualquier país del mundo civilizado no es ni imaginable, ni por la derecha ni por la izquierda. Por sentido de la medida y porque las injusticias no se curan con indultos, se extirpan legislando.

Así que, a punto de cumplir un año de emergencia sanitaria, con picos de mortandad desbocada, desplome de la economía y más penurias para los desfavorecidos, asistimos al prodigioso espectáculo de ver a finos estrategas llamando desde el Gobierno o sus inmediaciones a la insurrección callejera, para alivio y regodeo de las bancadas de enfrente.

Un año de drama social y esperpento político, con la plana mayor de asaltantes del cielo inspirando a Cuca Gamarra y animándole el circo a Ferreras, mientras la dignísima ministra de Trabajo les sostiene la brocha.

Facebook, febrero de 2021.