Mensajes

La vida te va poniendo mensajes enfrente. Ya tú decides si los lees, cómo los interpretas y si haces algo al respecto.

Una charla con desconocidos.

Un mensaje.

Las ganas.

La llegada.

La plática uno a uno.

Las risas.

Las copas que fluyen.

Las miradas.

La despedida.

La promesa de otro encuentro.

Los mensajes, las llamadas.

La invitación a una cita.

La sana distancia.

Los chistes locales.

Las fotos atrevidas.

El encuentro a escondidas.

El primer beso.

Los mil besos que lo siguieron.

Nueva despedida.

La nueva integrante.

La nueva aventura nocturna.

Las interrupciones.

Las risas, las confesiones.

El extrañamiento.

Las ganas constantes.

Y así se van los días y así se pasa la vida.

Atendiendo o no, los mensajes del más allá.

Desde el encierro

¿Quién diría? De un evento al que dudé en asistir, apareciste de pronto. Sonriente, amable, divertida y con ganas de estar.

¿Quién eres? Aún no lo sé. Sin embargo lo descubro día tras día y de una manera poco convencional. Pareciera como si viviéramos en ciudades distintas, como si solo nos pudiéramos ver una vez al mes. Como el comienzo de un romance a distancia.

No ha habido más clara compañera de mis soledades y cómplice de mis risas que tú; colega de cuarentena. ¿Qué sigue? Honestamente no lo sé. Pero hoy te pienso, sé que me piensas y tienes toda mi atención. Y dicha atención es la mayor de las caricias; sobretodo en estos tiempos de distancia física e incertidumbre.

Y de momento, a falta de física, dejamos que la química haga lo suyo. Pláticas profundas y también superficiales. Temas a veces sensibles y otros más normales.

¿Qué viene ahora? Por lo pronto el disimulo de estas ganas de saber de ti. De devorar tu tiempo de un bocado, reduciendo las horas a minutos. Pensando que pronto llegará ese momento en que a tu comentario de «gracias por las risas», podré responder sin dudar «y espérate a los roces».

Y es que siempre he pensado que el amor es hacerse reír. Y es curioso porque en estos días siento que vuelvo al estilo de conquista de mi juventud. Yo, un tanto chapado a la antigua, normalmente salía un par de meses, o de menos uno, antes de que hubiera siquiera un beso. Periodo en el que nos dedicábamos a conocernos y a hacernos reír. Hoy, sucede algo así y cada día que pasa, vas creciendo más en mí.

Lo que no quisiste escuchar

Cuando se rompió, ni aunque lo pegues.
«¿De verdad? ¿La víctima? ¿Estás segura de que soy yo quién se está comportando como tal? ¿Dije que estaba dolido? Honestamente no lo recuerdo.
Lo que me parece, es que al no obtener lo que quieres o no aceptar que las cosas no terminaron como te hubiese gustado, eres tú quien se victimiza.

No necesito esperar a que la relación se deteriore, a que nos asfixiemos y comencemos a lastimarnos. Cuando algo no camina, se ve a kilómetros.

Yo ya lo dejé atrás, sin rollos de que soy un gran hombre y que tú eres víctima de ti misma.
Si insistes en buscarme a modo de reclamo, dudo que obtengas algo positivo de mi parte.
Yo terminé la relación contigo en el momento que a mí me pareció preciso. Sin afán de lastimarte, sin afán de hacerte sentir mal. Y siempre estuve ahí para mediar, para platicar, etc.
Llámame egoísta si quieres, por hacer lo que creo conveniente para mí y para mi vida.
Es curioso cómo al decirle a una persona que «ya no quieres continuar con la relación en los mismos términos», te vuelves malo, apuñalas por la espalda, vengativo, no digno de confianza, etc.
Y perdóname, en este caso, claramente lo que te afecta no es la forma, es el fondo. Porque ya te dije que lo hice lo mejor que pude y me disculpé si no fue la forma correcta. Pero eso no vale, lo que te afecta es el fondo. A veces pienso que no había manera correcta de hacerlo, fuera como fuera hubieras reaccionado igual.
Qué pena que insistas en romper lo poco que quedaba. Qué pena que tus argumentos en contra sean (entre otros) lo bien que la pasamos.
Y me entristece mucho que habiendo sido mi consejera y amiga, me escribas cosas como «Y si eres víctima, lo eres de ti mismo»
¿Tú crees que eso me suma, me aporta? ¿Hace falta que te diga yo las cosas negativas que pienso de ti? ¿Que te diga que soy un gran hombre y tú… alguna cosa menos?
Evidentemente no lo haré, ni me cruza por la cabeza.
Por último ¿Si soy tan terrible, la víctima de mí mismo, malo, vengativo y otros tantos calificativos, por qué no me dejas atrás y te quedas con los buenos recuerdos?
Eso hice yo, pasé por alto todas esas cosas que me dijiste y me quedé con lo padre.
Debieras intentarlo.
Si de ahora en delante me vas a buscar para temas como este, prefiero que te abstengas.
Para cualquier otro, con mucho gusto»

Con el corazón roto

Qué título tan más trillado. ¿No? Y más cuando se trata del primer post, mismo que no publiqué hasta ahora, muchos años después. En fin, eso es lo que me nacía en este momento.

Hoy por primera vez me sentí con el corazón roto. No he sido un santo y sabía que este momento llegaría, pero había hecho todo lo posible por evitarlo. Me siento devastado. La idea de perder a alguien para siempre, es algo que nunca he sabido manejar de manera adecuada. El simple hecho de saber que alguien está enojado conmigo, es razón suficiente para que yo haga hasta lo imposible por revertir dicha situación. Así soy, siempre le he dado mucho peso a lo que los demás opinen.

Este 2013 que avanza a pasos agigantados, ha sido sin duda el año con mayores emociones en mi vida. Una ruptura dolorosísima llena de idas y vueltas, engaños y mentiras. Ruptura que me mantiene en un estado latente entre llorar y reír. Por si fuera poco, compruebo lo que sabía y me negaba a creer desde hace años, la doble vida y/o doble moral de alguien demasiado cercano y a quién aprecio tanto.

Lo positivo es que este último tema trajo como consecuencia, fue el conocer a una persona maravillosa con quién ahora comparto tanto cariño y sentimiento.

Mi mundo se ha detenido, he caído, me he levantado y vuelto a andar 25 veces. «Time Bomb» es como mejor podría describir.

El querer y el deber ser

La manera en la que las personas perciben la realidad, siempre es distinta. Nunca dejará de sorprenderme lo distintos que somos unos de otros, a pesar de ser de la misma especie. Basta con pensar en cómo vemos los colores y en cómo hombres y mujeres podemos experimentar de maneras completamente distintas la misma vivencia.
A veces, reflejamos nuestros deseos y frustraciones hacia los demás. La crítica con respecto al deber ser, bien puede derivar de alguna huella de abandono en nuestra infancia o quizá de alguna herida que jamás cicatrizó. Sin embargo, estamos tan acostumbrados a verla, que la adoptamos como parte nuestra. Se vuelvo normal, parte de el día a día. Consideremos lo siguiente.
A nuestros padres les educaron nuestros abuelos con las reglas de su tiempo o incluso con las reglas que les impusieron los bisabuelos. Los padres a veces (muchas veces) imponen reglas caducas, fuera de tiempo, sin actualización alguna. Y lo hacen porque así les educaron a ellos, pero a veces (muchas veces) no se ponen a pensar en que los tiempos han cambiado y hay temas que ya no se pueden tratar de la misma manera que en 1935.
Hay gente que vive a través de los demás, porque es incapaz de vivir su propia realidad, les resulta más fácil evadirla y alegrarse por los logros de otros a un grado tal que parecieran propios. Del mismo modo, pero en sentido opuesto, hacen suyos los problemas de otros y sufren como si les estuvieran pasando a ellos mismos.
Cuando uno juzga algo que no ha vivido, habría que pensar si lo hace porque lo desconoce o si lo hace porque alguien le tatuó la idea de cómo ese hecho debiera ser manejado. En otras palabras, si no lo conozco o mi referencia de verdad es distinta, en automático lo catalogo como equívoco.
Por mal que parezca, las «reglas y normas» aunque no hayan sido escritas y no sean siempre acertadas, son bien, el principio de la civilización.
Si no hubiese una «conciencia colectiva» no alcanzaríamos muchos de nuestros logros. Si bien, hay reglas que son injustas o mal aplicadas, ayudan a delimitar nuestros parámetros como sociedad.
A mi parecer, aunque consideremos que algunas de estas normas son anticuadas, tenemos como individuos, que encontrar el método para navegar a través de ellas para poder convivir con nuestros similares.
Llevándolo al extremo, si yo decido desnudarme en mi casa porque hace calor, no debiera ser una actitud equivocada, no es antinatural, simplemente no es un comportamiento adecuado en sociedad. Ahora bien, si yo lo hago y nadie me ve, no me siento culpable. Por otro lado, si alguien me mira o se lo cuento, probablemente me avergüence a pesar de qué instintivamente me apetece y me sienta bien.
Pensando en comida, normalmente no comemos gatos, perros o delfines, sin embargo comemos cerdos, vacas, pescados y pollos. ¿Todos son animales, no?
¿Qué pasa si un día invito a la gente a mi casa a comer ensalada con láminas de gato selladas y un extraordinario filete de perro? ¿Estaría mal? ¿Están en extinción?
Ese no sería el argumento seguramente. Pero apuesto a que más de uno no lo comería.
Ahora bien, los vegetarianos son «raros», casi mal vistos.
¿Está mal que coman más sano? ¿Está mal que por amor a los animales no los ingieran? A mí honestamente me parece maravilloso, pero no creo ser parte de la mayoría. Y más aun, me parece maravilloso pero no lo aplico.
Para muchos, es complicado vivir en un mundo con reglas. Para algunos otros nos es increíble vivir bajo nuestras propias reglas, pero respetando el pensar y sentir de los demás cuando estamos en sociedad. Me parece que esa sutil diferencia es en realidad un diferencia abismal.
Cerrando la idea, mientras en mi cabeza comprenda que lo que hago me produce una satisfacción plena y me llena, si los demás piensan que está bien o está mal, ese debe ser problema de ellos específicamente.
Ahora bien, yo decido qué comparto, con quién lo comparto y qué no, pues algunos por miedo o falta de experiencia descartarán este tipo de experiencias y complicarán mi convivencia con ellos; mi convivencia en sociedad.

Cicatriz indeleble

A lo lejos, el sonido de una campanilla me trae de vuelta a la realidad.

No fue un mal sueño, sí pasó. Sigo aquí, pero ya no soy el mismo, cambié.
A lo lejos miro la ciudad en movimiento a través de la ventana y me surgen muchas preguntas.
¿Podré sobrepasar esto sin miedo?
¿La gente me verá distinto; con pena quizá?
Y mientras miro, aparecen detrás de la montaña unos fuegos artificiales que percibo a modo de señal, a modo de respuesta. (Todo estará bien)
Toda esta situación me pone en un estado entre llorar y reír. Reír por lo ridículo y poco probable. Llorar porque me queda mucho por hacer y tuve miedo, miedo como jamás había sentido.
Y ahora mientras escribo, se me borra la sonrisa y comienzan a aguarse mis ojos hasta desbordarse.
No hay sollozos ni lamentos, solo una nostalgia que cala hondo.
En mi mente da vueltas el mismo pensamiento. «Qué mal momento».
Y es que está claro que siempre duele cuando algo sale mal, sin embargo duele más cuando sabes que estabas haciendo las cosas bien.
Ahora tener el corazón roto y/o ser de mal corazón, toman un significado distinto.

¿Quién eres?

¿Quién eres?
Tu voz, tus palabras, ese humor tan inteligente que hace mi risa estallar.
Tu cara hermosa, tu cuerpo, tu piel. Ese olor a destino donde quiero habitar.
Es curioso, no me faltaba nada y ahora con tu llegada, noto todo lo que sin saber estaba necesitando.
¿Quién eres? ¿Por qué me lees tan bien? ¿Por qué acabas de llegar y me eres tan natural, tan familiar, tan especial?
Llevo años esperándote y no lo sabía. Llevo tanto sin ti que pensé que no existías, que no te merecía, que no ibas a llegar.
Y un buen día, te apareces así, radiante, hermosa, contagiándome eso que no logro descifrar y que me embelesa.
Y ahora tengo sed, sed de ti, de tu compañía, de tus besos, de tu cuerpo sobre el mío, de tu boca en mi boca.
Tengo un mundo para darte y una vida para enseñarte todo lo que he vivido sin ti.
Sueña conmigo, sueña tranquila y no lo cuentes, que todo lo haremos realidad; aférrate con uñas y dientes.

Midiendo

Un mes, dos, tres….
¿Qué significa cada uno? ¿Cual es la diferencia entre uno y otro?
¿Está bien medir así la vida? ¿Las relaciones?
¿Son mejores los días, meses y años? ¿O son más interesantes los instantes, los momentos y los recuerdos?
Tenemos a veces una forma tan neurótica de medir el tiempo. ¿Cuanto tiempo haces de un trayecto a otro ¿Hace cuanto tiempo no hacemos una cosa o no nos vemos? Ese afán por contar, por medir.
¿Cuanto dura un abrazo? ¿Cuanto dura una sonrisa después de que la persona correcta te dice que te quiere? Esos son el tipo de cosas que valdría le pena medir y no lo hacemos.
¿Hace cuanto no te ries a carcajadas? ¿Hace cuanto no le llamas a alguien de manera espontánea para invitarle un café o para decirle que le extrañas?
¿Cuantos años llevas en ese trabajo? ¿Cuanto te toca de liquidación?
Me parece que a veces (demasiadas veces) perdemos la noción de lo verdaderamente importante por andar midiendo.

Lo logramos

Lo logramos, dividimos el voto y le pavimentamos el camino al Peje. No juzgo a los que votaron por Meade por su elección de candidato. Los juzgo por su falta de memoria histórica y por no querer darse cuenta del repudio de tantos mexicanos hacia el partido. Supongo que ahora les queda claro que su voto no fue “útil”.
En adición, los que votamos por Anaya y los que votaron por AMLO ya nos expresamos, pero a los de Meade, en su mayoría, parece que “se les acabó el internet”.
En fin, ya estamos en este camino y no hay espacio para lamentos y no hay vuelta atrás. Este México es de todos y de todos será responsabilidad hacerlo un mejor país.
Para los que no votamos por AMLO, ya se acabó la presión. Ojalá nos hayamos equivocado y AMLO resulte un gran presidente.
Para los que sí votaron por él, ahora viene lo bueno. O se cubren de gloria y nos callan a los demás, o se cubren de lo contrario y en su conciencia quedará haber puesto a este sujeto en el poder.
Hoy más que muchos días, espero haberme equivocado en mi voto.

Intérprete o punto intermedio

¿Te has puesto a pensar en que a veces los profesionales de ciertos temas solo se entienden bien cuando tratan con profesionales del mismo gremio?

Me explico.

Si yo soy chef panadero y preparo un croissant, cuando otro chef lo pruebe, podrá detectar sus defectos o virtudes contra «el deber ser».

Puede encontrar el producto final como rico o pobre, bueno o malo.

En cambio, alguien que no es chef, solo se debatirá entre el «me gusta o no me gusta». O ya echándole ganas, pensará que sí le gusta más o menos que el del otro lado, pero difícilmente dará detalles más allá de dulzura, tamaño y textura.

¿Esto qué quiere decir? Que a veces, cuando no tenemos un punto de referencia, nuestro análisis empírico puede ser más honesto. Digamos que nuestro sentido del gusto no está delimitado o sesgado por reglas impuestas por alguien más.

Alguna vez me dijo mi padre (mientras yo criticaba una botella de vino que abrió) que «el mejor vino es el que más te gusta».

En principio estuve en desacuerdo, porque entonces, a un simple mortal, X botella puede parecerle una maravilla, por más corriente que sea. Y a otro alguien, una botella del vino más prestigioso, puede parecerle intomable.

Después de unos minutos de darle vueltas, estuve un poco más de acuerdo. A mí quién me va a venir a contar qué es lo que a mí me parece más rico.

Ahora bien, esto tiene dos vertientes.

1.- Si yo me acostumbro a ingerir exclusivamente alimentos o bebidas cuyos sabores me agradan al primer contacto, es probable que me limite a un escaso número de alimentos. Ahora bien, si yo entreno a mi paladar y lo enseño a entender distintos sabores, podré disfrutar de una gama de alimentos más amplia y podré quizá encontrar más tonalidades, texturas y detalles, que me harán distinguir entre dos productos equivalentes, llegando más allá del «me gusta y no me gusta».

2.- Si no hubiera reglas, referencias y estudios, no habría mayor innovación. «Lo que no se mide, no se puede mejorar». Si no nos hubieran enseñado que el whisky, el caviar y el anticucho pueden ser fabulosos, quizá jamás los hubiéramos aprendido a ingerir.

¿A dónde voy con todo esto?

Cuando no se es un experto en la materia. ¿De quién preferimos recibir una referencia o recomendación? ¿De un profesional (experto) o de alguien como nosotros, pero más experimentado?

Otro ejemplo:

¿Te ha pasado que alguna película gana varios Óscares y a ti no te pareció ninguna maravilla?

¿Qué prefieres, al cineasta que te dice que es una joya, o al intermedio que tendrá un gusto similar al tuyo, pero con mayor conocimiento de causa que tú?

Lo que concluyo de esto es lo siguiente:

Gracias a los profesionales se avanza, se innova, se mejora y se tiene una gama amplia de «cosas».

Sin embargo, a veces hace falta un puente o intérprete entre ese profesional y alguien neófito en la materia. Porque no olvidemos que lógicamente siempre habrá más «ignorantes» en la materia y a veces los profesionales olvidan cómo ponerse al nivel de las masas.