Hay primaveras que llegan en invierno.

Hay primaveras que llegan en invierno.

Si a T.B le hubiesen dicho la tarde anterior que al día siguiente iba a terminar en la puerta de aquel burdel de barrio viejo clásico y anticuado jamás lo hubiese creído.
Allí estaba, de pie, errático con su pantalón de pana desgastada y aquel forro polar que no se quitaba nunca, esa ropa sólo era una imagen desgarbada de lo que algún día había sido.
Un triste arquitecto venido a menos después de toda la crisis inmobiliaria, ya no creaba mansiones de diseños incomprensibles para esos extranjeros podridos de dinero, atrás habían quedado esas fiestas a las que acudía en smoking de gala en su coche de lujo con los más renombrados arquitectos a nivel mundial; ahora únicamente le quedaba dedicarse a hacer repetitivas periciales públicas para subsistir, comer y poder llegar a los gastos de fin de mes.
Allí estaba, oliendo a rancio, el mismo aroma que desprendía la puerta de madera era su propio hedor.
Llamó al timbre levantando la cabeza hacia aquel luminoso que había vivido épocas mejores.
“Le Rouge” brillaba incandescentemente con un zumbido continuo que se metía en lo profundo de su cabeza.
Parpadeó un par de veces y negó con la cabeza
Murmuró entre sus labios resecos y cuarteados por el frío.
El suelo crujió bajo sus pies y la puerta empezó a abrirse lentamente, no se veía nada entre la claridad exterior y la oscuridad que reinaba dentro de aquel burdel.
Tanta formalidad era pedante hasta para él.
Tras la oscuridad un par de ojos ambarinos brillantes se vislumbraron.
T.B entró con cautela, sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz que había en el recinto.
A su mano derecha se levantaba una estructura metálica de curvas sinuosas al más estilo Zaha Hadid, entre ellas, una decena de cuerpos se retorcían a la vez que las ondas se proyectaban como formas indescriptibles sobre una pared brillante creando una obra de arte sin predecentes, aquello parecía el “El jardín de las delicias” del Bosco, pero con ese aura de arquitectura moderna inmoral que no era apta para todos los públicos.
Él solo iba por hacer las mediciones pertinentes y comprobar exactamente donde se encontraba el conflictivo “ascensor” que, según algunos vecinos del edificio colindante no cumplía con la normativa vigente.
Sin embargo, sus ojos no podían apartarse de la figura picasiana que se movía tambaleándose eróticamente delante de sus narices, hasta el punto de caérsele el medidor láser que llevaba entre la mano y la carpeta vieja llena de documentos y folios amarillentos donde apuntaba todo lo que veía a su paso.
Detrás de la mujer se visualizaba una cápsula de cristal redondeado con luces estroboscópicas que se alzaba a lo alto hasta el final del edificio.
T.B observó todo, allí no había nada más que una armazón de vidrio transparente, no existía ningún sistema de motor, polea o electricidad.
Era totalmente imposible que aquello funcionase, todo se iba más allá de lo racional, ese juicio lo tenía perdido, no sería capaz de rebatir que aquello cumplía alguna de las normas actuales incluyendo las de seguridad, esa pericial iba a ser tu absoluta ruina.
Si no ganaba ese juicio terminaría debajo de un puente durmiendo o incluso peor.
Sacó su medidor láser, los folios oxidados y empezó a hacer su trabajo bajo la mirada intimidante y atenta de aquella peculiar mujer.
Cuando alzó su mirada hacía el techo se quedó boquiabierto.
Allí a la lejanía se podía observar una Torre Bellesguard, era imposible que eso estuviese allí, ahora comprendía todo ese aura lumínico entre lo sagrado y el pecado que se podía respirar en ese antro.
El láser de medición se perdía entre los colores vibrantes, no había un fin, sólo daba error.
Lo comprobó varias veces, no había forma de tomar las medidas reales, aquello no era lógico, se iba fuera de todo lo que había estudiado, su carrera no valía para nada.
Escuchó una risa detrás de él.
Alargó sus largos dedos puntiagudos y le agarró tan fuerte la mano que casi se cae de bruces sobre aquellos pechos geométricos y deformados.
Planas, sus tetas, eran completamente planas, eran como obra de arte sin dimensiones, un tapiz lleno de colores como una de las señoritas de Avignon, pero a la vez cálida, muy cálida, tanto que notó como sus pantalones le apretaban más de lo normal en ciertas partes.
La cápsula se cerró herméticamente y salieron disparados hacia arriba.
Alrededor se veía toda la vida de los habitantes de aquel peculiar edificio.
Los del primero eran una pareja de seres extraños con cabeza de serpientes y cuerpo humano, a su lado un bebé jugaba con un puzle mientras ellos veían la tele entretenidos.
En el segundo vivía Medusa, allí estaba haciendo sus quehaceres del hogar con un gorro intentando tapar a sus serpientes mortales, vislumbrando cómo se movían bajo esa toga de seda en su cabeza intentando salir. Fue ver a T.B y sacarle el “dedo impudicus” haciendo honor a su nombre y castigo eterno.
Empezó a pensar en cómo iba a ser capaz de justificar todo aquello delante de un juez.
¿Qué tipo de informe podía crear con todo aquello que estaba viendo y sintiendo?
Con razón los vecinos del edificio de al lado habían interpuesto aquella demanda sobre ellos, algo se tenían que oler.
Se paró de golpe y T.B quedó sin palabras.
Allí, delante de sus narices, se encontraba el paraíso con cientos de ninfas a lo más perfecto obra de Boticelli. Danzaban, corrían y reían desnudas jugando con millones de flores semisumergidas en un lago gigantesco.
T.B se imaginó viviendo allí eternamente, era todo perfectamente imperfecto.
Tras aquella puerta vieja de madera rancia y roída se encontraba todo un universo, desde el más absoluto infierno, hasta el paraíso más perfecto que su cerebro arquitectónicamente cuadriculado podía imaginarse.
Tenía que crear el informe perfecto para que aquello nunca desapareciera.
T.B trabajó en aquel informe pericial durante semanas hasta el día del juicio.
Fueron días y noches enteras, sin dormir y sin comer, sólo pensaba en que aquello sobreviviese y se mantuviese en pie tal como lo había visto.
Mintió sobre todo el universo fantástico de “Le Rouge”, llegó a crear imágenes vía IA para hacer ver a todos, que aquello era un simple ascensor más como el de cualquier edificio del barrio.
Mintió como jamás había mentido, él solo quería engullirse en aquellos pechos abstractos y geométricos de la misteriosa mujer de ojos ambarinos, necesitaba quedarse a vivir eternamente en aquel caos perfecto lleno de arquitectura y arte.
Nunca antes se había sentido en paz pero, en aquel antro de perversión delirante se había encontrado mejor que en su propia casa, por fin había encontrado su hogar.
Había llegado el día del juicio, aquel 6 de junio del 2666.
T.B entró por la puerta de los juzgados, se había puesto el único traje con sus antiguos zapatos castellanos que aún conservaba de sus jóvenes años.
Presentó su identificación y se sentó donde siempre a la espera de que lo llamasen para presentar su informe.

Le gustaba aquel sitio, siempre iba bastante antes de la comparecencia para verles las caras a todos los que iban entrando, tanto demandados, como demandantes y abogados de ambas partes, sólo con verlos cruzar el quicio de la puerta ya sabía quién iba a ganar y perder, siempre había acertado en todos los juicios desde sus inicios en los peritajes oficiales.
Por delante de él pasó un hombre bastante anciano cuya chaqueta de cuadros marrones y verdes había vivido tiempos mejores, a su lado caminaba un hombre alto repeinado lleno de gomina con un traje impoluto que era el abogado de la otra comunidad, estaba claro la parte demandante, no pintaba mal pero tenía dudas.
Al poco rato entró por la puerta una mujer espectacularmente alta con una melena pelirroja y rizada que lo dejó atontado por unos minutos, el viento entró de golpe echándole el pelo hacia atrás, dejando ver unos preciosos labios gruesos rojos que daban ganas de ser besados una y otra vez. Vestía un traje de falda lápiz negro se ceñía a todas sus curvas, era como una maldita modelo bamboleándose con unos impecables tacones de aguja rojos que no dejaban nada a la imaginación
Al su lado un hombre muy peculiar con un traje de círculos enormes de colores a lo cuadro de Kandisky, su cara era apacible y resaltaba con una sonrisa que transmitía una seguridad que T.B jamás había visto.
Cuando había visitado “Le Rouge” no había visto a ninguno de ellos pero a saber quiénes podían ser después de ver lo que se había encontrado allí.
T.B se quedó mirando como se cerró la puerta tras él y se dispuso a la típica tensa espera mientras miraba el reloj incansablemente; parecía que el tiempo no pasaba.
Repasó mentalmente el informe pericial que había preparado, aquello todo era una farsa, una fantasía que había creado sólo para que aquel antro se mantuviese en pie; hacía años que no se encontraba tan feliz con algo que hubiese hecho, sabía que ese era su destino, necesitaba que se ganase el juicio para irse a vivir allí.
Las ganas le apretaron la entrepierna y recordó el perfume de la mujer del local, le volvía loco ese almizcle de madera y vainilla. De repente se abrió la puerta y oyó su nombre, se levantó como pudo intentando disimular su erección.
Caminó despacio pero seguro hacia el señor juez y escuchó las palabras que tan cansado estaba de oír.
Sentándose en la incómoda silla empezó a contestar fluidamente todas las preguntas que el abogado de la parte demandante le empezó a hacer.
Todo era una grandísima mentira pero se había creído su propia farsa, era perfecto para que su parte demandada ganase aquel juicio.
El juez no parpadeaba mientras T.B hablaba, simplemente miraba a la mujer modelo con ojos cargados de lujuria y ganas de cazarla como su presa.
Se acabó su exposición del caso como perito, el juez miró a T.B y se dispuso a hablar.
Al salir el abogado y la mujer testigo de la parte demandada se acercaron a T.B.
No contestó, no sabía ni qué decirles, su lengua se había hecho un nudo que era incapaz de deshacer, simplemente movió la cabeza en señal de aprobación y les ofreció la mano para cerrar esa etapa.
La mujer se la sostuvo y se la acercó hacia su pecho.
A T.B se le abrieron los ojos de par en par, aquellos pechos geométricos y planos debajo del traje eran los de la mujer de ojos ambarinos de “Le Rouge”.
Había cambiado por completo su forma ¿quién era ella? ¿Quiénes eran ellos?
No tardaron ni media hora en volver a llamar a todos dentro de la sala.
Aquel juicio y su resolución había sido la más rápida de toda su vida profesional.
El juez empezó a hablar mecánicamente como hipnotizado por algo superior a él
T.B aplaudió como nunca lo había hecho, aquel juicio había sido el colofón final de su carrera profesional como perito y como arquitecto.
Solo quería salir de allí e irse a “Le Rouge” olvidarse de toda su triste vida en los brazos de aquella mujer y así lo hizo.
Llegó a la puerta sin nervios seguro de sí mismo y golpeó con sus nudillos.
Alzó la vista al cartel luminoso y por última vez respiró aire puro.
Allí estaba, ella, su mujer picasiana con su sonrisa torcida y sus pechos de formas geométricas abstractas. Le brillaban los ojos de un ámbar tan puro que lo atrajeron como un imán, sus pies caminaban solos.
T.B camino hacia la bóveda de luz tras el movimiento hipnótico de sus caderas.
En un rápido movimiento Davenka lo abrazó entre sus brazos tan fuerte que era incapaz de respirar.
T.B abrió los ojos a su alrededor estaba en una réplica perfecta del templo expiatorio de la Sagrada Familia de Gaudí, era el final de todo o tal vez el principio.
Notó los labios de Davenka sobre su frente y en un ligero beso fugaz fue absorbido por la refulgencia de millones de cristales de colores descomponiendo su cuerpo en haces de luz incandescente y partículas volátiles que ascendían hacia lo sagrado y lo corrompido de su alma.
Los ruidos de su cabeza cesaron de golpe y como una voz del más allá escuchó con atención.
FINAL ALTERNATIVO 2
En cuanto T.B salió por la puerta de los juzgados, corrió a su casa y preparó un macuto con las cuatro prendas de ropa que tenía y un par de mudas.
Llegó agotado y sudoroso al portal número 666 de la Calle Azrael pero allí no había nada.
Ni el cartel luminoso de “Le Rouge”, ni la puerta de madera roída, ni el edificio, no había absolutamente nada.
Aquello era un viejo almacén con puertas metálicas y cristales rotos a pedradas por los vándalos del barrio.
No podía ser, era imposible, rebusco en su móvil y encontró todo el informe pericial en el que había trabajado por días enteros, no se lo había inventado, o sí.
Todo podía haber sido una jugada de su loca cabeza que cada día que pasaba iba a peor.
Su vida no iba a cambiar, iba a seguir siendo el arquitecto y perito de mierda de siempre, todo aquello había sido debido a sus malas decisiones, sus excesos y su vida anterior.
Lo había tirado todo por la borda.
Volvió arrastrando sus zapatillas viejas y roñosas por toda la calle hasta su antro de casa.
Se sentó en el sofá maloliente lleno de migas de pan y comida podrida.
Cogió el mando y encendió la televisión y allí estaba, en la pantalla con grandes letras rojas luminosas “Le Rouge”.

Me revuelco como un pez en la tierra cuando tú pasas asfixiándome, mientras me pisas lo poco que me queda del alma, entre la suela de tu zapato y el lodo del arroyo olvidado en el que juraste lealtad.
Me revuelco bajo los falsos besos que me diste entre un “te quiero” y un “para siempre”.
Me revuelco como pez en la tierra llena de lágrimas y con las agallas a punto de colapsar, por los gritos que no salen por mi boca.
Me revuelco aleteando con la esperanza de soltarme de tus falsos abrazos carentes de sentido alguno.
Me revuelco como pez en la tierra, a la espera de que en un ataque fortuito de tu odio, me arrojes al mar y libre de nuevo pueda nadar hasta ese atardecer infinito.
Me revuelco entre algo desconocido, me sobresalto al sonido de mi alarma del despertador, abro los ojos, observo la luz que entra por las rendijas de mi persiana y me doy cuenta de que, todo aquello, había sido un mal sueño.
Deva

Incluso en la más absoluta soledad
descubrió
que no estaba solo.

Deva
Y te quedaste ahí,
esperando ese mensaje que nunca se escribió.

Las palabras se hicieron besos eternos
sobre todas las partes de nuestros cuerpos
en todas las lenguas del universo.
Creando
nuestro mundo de perfección improvisada,
anhelándonos en caricias
cada milesima del tiempo.
Así,
infinito
como ese beso inocente
que deposito sobre tu frente.
Así
infinito
en ese beso eterno.

Deva
Existen exceso de estigmas
estigma a no gustar;
a no ser lo que espera la familia que seas.
Estigma,
a no querer;
a no querer como la sociedad quiere que quieras.
Estigma
a no vestir,
a no ponrte lo que tus normas te dictan.
Y así quedamos,
entre
estigma y estigma
y
un nunca
llegar a ser.

Me asomo y no te veo,
te busco a través de esa ventana
de enredadera y piedra
plagada de historias muertas.
Te busco y no te encuentro
y te asomas en la lejanía
tras una muralla infinita.
Alzo mi mano
que no vislumbro
y me la arrancan de cuajo
de tu lado,
de tus entrañas,
de tus besos
y no me acostumbro
…
No me acostumbro
a no quererte
a un abrazo sin cariño
o a un beso sin sentido
.
.
.
Y
NO
ME
ACOSTUMBRO.

Te quedaste ahí
en medio de un adiós
y un hasta luego.
Con tus huellas fusionadas
en el suelo
y ese paso hacia delante
que nunca llegaste a dar.

Deva.
Te quiero tanto
como a un amanecer a medio hacer
y ese beso a medio dar.
