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El destino de «Convoy euforia»

Aún creo en la poesía. En su poder para regenerarnos en medio de cualquier catástrofe. La palabra poética, no cualquier palabra, nos preserva. Lo demás que pueda decirse es retórica analgésica.


Los libros, que son hijos de los escritores, suelen llegar a los lectores rodeados de historias. Contaré lo que me acaba de suceder con uno de ellos. En 2019 comencé a publicar poemas en este blog.

Así lo hice durante casi un año. Mi intención era llegar a cien poemas y luego armar un libro con ese material. Escribía los poemas a lo largo de la semana en cuadernos y luego de algunas correcciones, los posteaba en el sitio.


Eduardo Reséndiz, timón de la editorial Palíndromo, y con quien compartiera un curso de crítica literaria en la Universidad del Claustro de Sor Juana, me sugirió que hiciera un libro electrónico. Respondí que no sabía cómo hacerlo y él, amable y entusiasta, se ofreció a realizarlo.

«Convoy euforia» se editó en medio de una pandemia. Poemas que son un testimonio de lo vivo, en medio de la catástrofe, e indicio de esa fuerza que puede alinear voluntades para lograr un objetivo común. La cultura, qué duda cabe, es una labor conjunta.

En el caso de este libro, esa labor inició entre dos personas y ahora la conversación se abre a cualquier lector. «Convoy euforia» (2020), en su primera edición, para sus lectores ya disponible en Amazon y otras plataformas: https://t.co/o1DNSSfOtm

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Farola

Salgo de la cena.

Porque vivo cerca

opto por caminar

para volver a casa.

Una farola solitaria

ilumina la acera.

Tiene acento poético,

de película vieja,

en blanco y negro

hablada en francés.

Por el exceso de vino,

siento un motín

en el estómago.

La salida es inminente.

Suelto el vino

en una jardinera seca

y desmemoriada.

No sentí contrición

por aquel acto cavernario.

Quizá de aquello

podría nacer vida.

Cuando camino

por esa avenida,

venero el silencio

de aquella farola.

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Como las hienas

Te burlas como las hienas.

Es una risita entrecortada,

que se encima una sobre otra,

emergente y abrupta.

Casi un temblor.

Pienso en apodarte “hiena”,

aunque de pronto me llegan

a la cabeza imágenes

de ese noble animal

que debe alimentarse

con la carne cruda en la estepa.

Es un sobreviviente.

Tú sólo eres carroña

que se imagina un cazador.

Desconoces tu lugar.

Te falta la gracia de la hiena,

su paso sutil y ese pelaje de rey

africano en medio de la nada.

También te faltará un apodo.

Tu lista de carencias se alarga,

indecente y caliginosa.

Ya termino este poema.

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El clip

Meto la mano en el suéter

y me encuentro un clip.

Es pequeño, está doblado.

Se utilizó para mantener

papeles unidos.

Antes de lanzarlo a la avenida

lo tuerzo con gentileza

hasta regresarlo a su posición original.

Batalla un poco, pero luego cede.

Segundos antes de lanzarlo

concluyo que yo soy el clip,

en las manos de una sociedad

que no tendrá la gentileza

de enderezarme antes de

lanzarme a la basura;

a que me pierda, inocente,

entusiasta aunque sin malicia,

como tantos de sus hijos

en el olvido más inaudito.

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Elegía por un diente

Medito por la tarde

sobre la escritura de un poema.

Anhelaba cantar la tragedia

del tiempo, sus accidentes

y su modo triste de fugarse.

Luego pensé en volver a la épica,

con su estruendo de caballos y de lanzas.

Antes de seguir acudo al sanitario.

Días atrás me sacaron un diente.

Me miro de cerca al espejo.

Me detengo con nostalgia,

luego con amargura.

Quizá apenas importa

si tengo o no tengo un diente;

o todos, en línea,

blancuzcos y oraculares.

Pero a mí me importa

y me acongoja.

Ya no tengo un diente

sino un boquete

que no necesita más poemas

para recordarme

el paso del tiempo.

Al menos tengo algo,

dirá algún socarrón,

para preservar mi lamento.

Ojalá se le caigan todos.

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El asalto

No hay éxito

que con más justicia

pueda llamarse tal,

que acariciar la piel

del otro, en esa frontera

que divide la sorpresa

de una acción esperada.

Es el asalto tibio

a una geografía

de exquisitos

y delicados vellos,

casi imperceptibles,

alrededor

de constelaciones

formadas por lunares

salpicados al azar.

El resto es besar,

que no el silencio.

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No lo hagas

No sonrías,

mejor no sonrías.

La tuya no es una risa

soltada al azar

por una ocurrencia,

sino un efecto

del padecer de otro.

Estruendosa

si es producto

de una maldad

orquestada por ti.

No sonrías,

mejor no lo hagas.

El mundo es un mejor

lugar para vivir

cuando no resuena,

y lo único que nos aportas

es la felicidad

inconmensurable

de tu silencio.

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¿Qué será?

Es una intermitencia

que se cruza

entre los amantes

condenados a buscarse,

en medio de las ruinas

de la ciudad en llamas.

¿Será el azar?

¿La falta de previsión?

¿La perplejidad

de las emociones?

Es un temor humano:

el misterio de la entrega dulce,

a media luz,

al borde del colapso.

Es un temblor meridiano

que nos fractura

como una línea que viaja

de un lado a otro,

a través de la angustia

de quienes se ignoran.

Es una fisura

en la punta de su lengua.

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