El duende

Cuando vi en mi habitación a un señor bajito, con levita negra, medias blancas y sombrero negro de tres picos, no grité ni nada. Siendo yo grandota para mi edad, no sentí miedo. Además, practicaba judo desde pequeña, en el club estaba muy bien considerada y hasta había ganado competiciones.

Decir que el hombrecillo surgió de la nada podría parecer un tópico, pero es la verdad. Yo estaba tirada en la cama, muy enfadada porque mi madre no me daba permiso para ir a una fiesta. A la fiesta iría una cierta persona y no poder ir me martirizaba. Había entrado en la habitación hecha una furia, y me había lanzado en la cama como quien se tira a una piscina. Había pataleado y gritado, y quería llorar, pero no me salía. Últimamente, no lograba llorar, era como si se me hubieran secado las lágrimas. Fue entonces cuando lo vi, en el centro de la habitación: un hombrecillo petrificado me miraba casi sin parpadear, como si no supiera dónde estaba o cómo había llegado hasta allí.

Me froté los ojos por si estaba viendo visiones. Los tenía muy secos y las mejillas me ardían. Me toqué la frente como hacía mi madre para ver si tenía temperatura. No lo supe discernir, pues yo no era madre. Pensé que era posible que me hubiera dado una calentura tras la pelea, y que era posible que la aparición fuera producto de la fiebre súbita. Me propuse ignorarla, segura de que así como había venido se marcharía, y empecé a arreglarme para la fiesta porque pensaba ir de todas maneras.

De camino al tocador, cuando pasé por su lado, el hombrecillo me dejó paso. A punto estuve de darle las gracias. Sentada ante el espejo, me cepillé el cabello con brío. Después, me apliqué el maquillaje, el pintalabios y la máscara. Esto último lo hacía con gran cuidado porque aún no era muy diestra (lo había aprendido hacía poco de una revista) y siempre acababa metiéndome el pincelillo en el ojo, con resultado doloroso. Aquello era lo más difícil de ser mujer, según mi experiencia hasta el momento (puesto que mi madre no me dejaba depilarme aún, con lo que siempre había de ir con leggings). Al terminar, me miré del derecho y del revés, y quedé admirada. Tenían razón los que decían que era guapa (aunque claro que yo no lo admitiría nunca en voz alta, so pena de quedar como una engreída).

Canturreando satisfecha, procedí a cambiarme de ropa. Desvestirme ante un desconocido no me produjo ningún rubor. Desde pequeña estaba acostumbrada a los vestuarios concurridos. Sin embargo, él era más modesto que yo porque se dio la vuelta en cuanto fue obvio que iba a despojarme del uniforme escolar. Decidí en aquel momento que era un señor entrañable, y supe con seguridad que fuera cual fuera el motivo que le había llevado hasta mí, no me haría ningún daño.

Reflejado en una esquina del espejo del armario vi que buscaba donde sentarse. Debía estar cansado del viaje. Se aproximó a lo que parecía una silla sin serlo. Era un balancín, una reliquia de mi infancia, forrado con una tela de motivos infantiles que gracias a Dios no se apreciaba bajo la montaña de ropa que lo cubría. Ese era otro eterno campo de batalla con mi madre, aparte de mis malas notas, los chicos que me andaban detrás, y la música que sonaba demasiado fuerte en mi cuarto, según ella.

Cuando el hombrecillo se aposentó, el balancín se movió hacia atrás peligrosamente. No me dio tiempo a advertirle. Sin embargo, él mantuvo el equilibrio perfectamente. Ya sentado, se quitó el sombrero y se cubrió la cara con él, quizá para no verme en paños menores. Me dio la risa y esto debió sorprenderle porque al mirar en el espejo de nuevo, vi que me estaba mirando. Tenía los ojos oscuros y juntos, y algo de sombra de barba, pues por pequeño que fuera no dejaba de ser un hombre. Me recordaba vagamente a alguien, pero no sabría decir a quién.

Pensé de repente que quizá era yo quien había aparecido súbitamente en su habitación, y que él estaba esperando a que desapareciera. Este pensamiento me sumió en cierta confusión, tanto más cuanto mi amigo reaccionó adoptando una expresión súbita de discernimiento, como si me hubiera leído el pensamiento. Pero no, no podía ser. El fantasma era él, no yo. Meneé la cabeza con fuerza para deshacerme de los pensamientos intrusivos. Y por si quedaban dudas, de repente se oyó la voz de mi madre llamándome desde el pasillo.

Mi madre quería saber si había hecho los deberes, si había recogido mi ropa, y por último me recordó que me dejaría la cena preparada porque había de salir a cenar con unos clientes… Todo esto fue expresado de tirón, un tirón típicamente maternal y con tono amenazador. Solo que en esta ocasión me produjo una sensación de sosiego. Le sonreí a mi amigo, como diciendo: ¿Ves como esta es mi casa? A mi madre le respondí a todo que sí (aunque era mentira).

Si había que hacerle caso al reloj, ya eran las siete y media. Se hacía tarde y la fiesta empezaría en una hora. Esperé hasta que oí la puerta principal cerrarse con llave y el coche arrancó. Le hice un gesto de despedida al hombrecillo que parecía dormitar en el balancín y salí por la ventana de mi habitación con los zapatos en la mano. No era la primera vez que me escapaba así. De pequeña había trepado por el roble que crecía junto a mi ventana muchas veces. Mi padre me había enseñado a hacerlo de manera segura, muy a pesar de los miedos de mi madre. El hombrecillo no se movió al verme salir, parecía cómodo donde estaba. Algo me decía que al regresar lo encontraría allí mismo. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.

ccalduch 8 Jul 2025 all rights reserved

2 comentarios

Archivado bajo Cuento, fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, lectura, online fiction, Sueños

Cabeza de madre

Yo no fui a buscar a mis hijos, ellos me encontraron a mí. Hijos de otra vida, según me dijo la pitonisa a la que acudí para que me ayudara a gestionar unas pesadillas que padecía desde la adolescencia. En esos sueños yo tenía en los brazos a un recién nacido que unas manos estropeadas arrancaban de mí, sin ser yo capaz de retenerlo. Despertaba de golpe, llorando, con el corazón en la boca, la garganta en llamas. Las pesadillas no eran frecuentes, por suerte, pero cuando ocurrían me dejaban inútil para el resto del día. Andaba por el mundo como perdida, ensimismada, triste, incapaz de sustraerme a la sensación de irrealidad profunda que me dejaban los sueños.

Para evitar caer en una depresión acudí al médico, que no me recetó nada. Eres demasiado joven para empezar con somníferos, dijo. Lo que debía hacer era tomar baños templados por la noche, dar paseos al atardecer y procurarme tranquilidad. Sobre todo no tomar bebidas excitantes ni café. Achacaba las pesadillas a un estado nervioso agudo, seguramente provocado por el estrés de los estudios y por querer siempre sacar las mejores notas, obtener becas, etcétera. Si las pesadillas no remitían en un tiempo prudencial debería ir al psicólogo.

Como las pesadillas no remitieron sino que se intensificaron –el argumento de los sueños se volvía cada vez más complicado: las manos arrugadas se convertían en las de una vieja vestida de negro, el padre de mis hijos resultaba ser un hombre mayor, muy cruel, y el escenario se adivinaba arcaico por las ropas que vestían–, acudí a un psicólogo, que después de algunas sesiones, me dijo que yo era demasiado exigente conmigo misma y que aquellas pesadillas eran la forma que tenía mi subconsciente de decir que los estudios me superaban y que había de seguir un camino menos ambicioso, el del matrimonio, por ejemplo. En el fondo es lo que buscáis todas, concluyó el hombre sonriendo plácidamente.

Agotadas las vías tradicionales, no me quedaba más que la vía alternativa. Así que fui a ver a Luisa, la pitonisa del barrio, sin decir nada en mi casa, donde eran muy escépticos en relación a este tipo de cuestiones. Decían de Luisa que era muy buena y que tenía una vía de conexión directa e innegable con el más allá. No era cuestión de desaprovechar el talento local, así que le pedí cita. Pero tenía la agenda llena y tardó más de un mes y medio en poder hacerme un hueco.

Luisa atendía a sus clientes en su domicilio particular. La primera vez que fui, yo estaba un poco nerviosa, por no saber qué me iba a encontrar, pero ella enseguida me tranquilizó. Su presencia era serena, su trato amable, y su aspecto resultaba de lo más normal, nada hacía sospechar que tuviera tratos con fuerzas de otro reino. Me hizo pasar al comedor y nos sentamos a una mesa con hule. En el aire colgaba olor a comida recién hecha. No había en la estancia ni rastro de bolas de cristal, velas, cartas, ni tampoco nada hacía pensar en extraños movimientos de muebles. Había algunos juguetes tirados por el suelo, eso sí.

Apenas le conté nada. No quería oírlo. Me instó a guardar silencio y me pidió permiso para poner una mano en mi brazo. Se lo di y cerró los ojos.

Lo que te trae aquí pasó hace siglos, lo sé por las ropas que lleváis, empezó después de un par de minutos de silencio total, eres muy joven, llevas un gorro y un delantal blancos muy limpios, eres así como ahora, rubia, de piel clara, muy bonita, de algún país del norte, Suecia o Dinamarca, en invierno hace mucho frío, apenas veis el sol… En tu casa sois muchos, pasáis necesidad… ha habido una hambruna reciente, los campos están yermos, el granero vacío… Te envían de sirvienta a una casa adinerada. Él abusa de ti, y para esconder la vergüenza te quitan a tus hijos nada más nacer… Mientras duermes una mujer se los lleva, la veo vieja, oscura… al despertar la cuna está vacía, y tú te vuelves loca de dolor…

En ese punto dejó de tocarme, abrió los ojos y me miró sonriente como si todo se hubiera resuelto satisfactoriamente:

¿Has tenido sueños extraños últimamente, pesadillas?, preguntó.

Yo estaba espeluznada. En mi incredulidad más absoluta, asentí y le expliqué el contenido de mis sueños que extrañamente coincidían bastante con lo que acababa de oír. Mi parte racional me decía que alguien le habría ido con cuentos sobre mí, o que de alguna manera ella, por sus propios medios, habría averiguado mi problema.

No le des vueltas, dijo como si me oyera el pensamiento, es normal desconfiar, ya que lo que hago no tiene una explicación lógica.

No, si yo no desconfío, qué va…, dije, enrojeciendo.

Es normal, siguió quitándole importancia a mi reacción, mira, lo que te diré ahora te extrañará quizá aún más, pero escúchame bien: tus hijos se han de reencarnar pronto y te están avisando, los sueños que tienes vienen de ahí.

¿Y qué tengo que hacer?, pregunté aún más incrédulamente que antes, porque si algo estaba lejos de mi horizonte era tener hijos con apenas veinte años.

Pues nada, no has de hacer nada. Confiar. Seguir con tu vida. Todo se desarrollará como está previsto. Y como ahora ya sabes el motivo de los sueños, estos desaparecerán por sí mismos.

Eso espero, dije suspirando, son muy angustiosos.

Lo supongo, dijo ella, yo también tengo hijos.

Pagué la visita y me fui. Iba por la calle pensando en lo que me había dicho Luisa y me preguntaba si todo aquello no sería un cuento y si no habría tirado el dinero. Pero las pesadillas cesaron. No hice caso, ya he dicho que no eran frecuentes, y pensé que así como se marchaban podían volver en cualquier momento. No fue el caso. En poco tiempo, por una concatenación de acontecimientos singulares, quedé encinta.

ccalduch 18 Jun 2025 all rights reserved

1 comentario

Archivado bajo Cuento, fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, lectura, online fiction, Sueños

Candilejas

Nadie esperaba que volviera a pasar tan pronto, pero hoy pasó, demostrando que fue erróneo pensar que, porque ya hubiera ocurrido, nos habíamos vacunado de alguna manera contra una posible recaída.

Y ha ocurrido hoy a las cinco de la tarde, mientras administrábamos un examen oficial, uno de los que se administran en diversas escuelas de manera sincrónica. Lo que nos ha alertado casi antes del fundido en negro total ha sido la alarma de incendios, que ha empezado a dar la señal típica de sabotaje. Actúa así siempre que desciende la potencia eléctrica, o cuando las baterías están a punto de agotarse.

En casos así, como responsable del centro docente, me corresponde advertir a las autoridades educativas de que las condiciones en que se habrá de desarrollar la prueba no son óptimas. A su vez ellos me han de indicar, si es el caso, la anulación de la prueba. Sin embargo, no he logrado contactar a distancia con ninguna autoridad, quizá porque la avería afectaba, de la misma manera que durante la vez anterior, a las telecomunicaciones.

Una vez despachados los estudiantes, no me ha quedado más remedio que acudir personalmente a la oficina de asuntos educativos más cercana, para dar aviso de lo ocurrido. Entretanto, la alarma contra incendios seguía alertando de un posible sabotaje, y mientras me marchaba, me parecía oírla diciéndome: VETE, VETE…

En la calle el panorama era desolador. En un cruce cercano se hallaban retenidas varias columnas de vehículos que, por su gran número, hacían imposible el avance sin peligro de caos y choques en cadena. Los únicos vehículos que aún circulaban lo hacían alrededor de una glorieta. Eran los que habían entrado en la misma justo en el momento en que habían dejado de funcionar los semáforos. Por la misma razón que los que se encontraban atorados ante los semáforos mudos, aquellos debían continuar su marcha infinita alrededor de la plaza, coronada por una estatua ecuestre, por lo normal ignorada, que ahora estaba siendo fotografiada a destajo desde las ventanillas de los vehículos que la circunnavegaban sin cesar. El jinete, espada en mano, celebraba la figura de un antiguo general que había dictado los destinos de la nación en la época previa a la bombilla.

Dejando atrás las columnas de vehículos, y habiendo olvidado que el centro administrativo de la ciudad se halla en lo alto de un montículo de difícil acceso—emplazado allí desde tiempos de los romanos—, me adentré por una cuesta empedrada. Enseguida mis pies empezaron a resbalar sobre el suelo húmedo, me sentía con pocas fuerzas para acometer la ascensión, y dos veces caí de bruces. A las puertas de las casas, individuos malcarados me miraban sin hacer ningún ademán de acudir en mi ayuda. Al contrario, aún escuché algunas risas, y casi tuve miedo. Miedo de que, dadas las circunstancias, y la oscuridad reinante dentro de los domicilios, alguno quisiera arrastrarme por los pies y llevarme consigo hasta el interior de su habitáculo, al estilo de un hombre de las cavernas. La zona tiene mala fama y huele a orines de gato.

Resultó el mío un miedo infundado de maestra vieja. Como pude me puse en pie y, agarrándome al barandal que flanquea el inicio de una escalera de piedra, logré completar la escalada.

Llegué sana y salva a la oficina gubernamental, pero la encontré cerrada a cal y canto. A través de los ventanales, vi a varias personas hablando en corrillos en el vestíbulo. Al menos allí las luces de emergencia funcionaban, aunque conferían a los rostros de los reunidos un aspecto fantasmal. Golpeé la puerta, que habitualmente se abre gracias a un sensor de presencia, pero evidentemente, dadas las circunstancias, el mecanismo no respondía, y no solo eso, sino que parecía bloqueado del todo, impidiendo seguramente la salida de los allí presentes. Golpeé la puerta de nuevo, con más brío. Algunos rostros se volvieron. Una mujer se acercó a los ventanales y, señalando un invisible reloj de pulsera, me dio a entender que la oficina estaba cerrada. Insistí dando nuevos golpes. Entonces la mujer señaló la puerta mientras negaba con la cabeza. Mi presencia allí debía resultarles un problema añadido, quizá por eso, la mujer se apresuró a desaparecer de mi vista. Sin embargo, al poco, la sustituyó un hombre alto y corpulento que llevaba un manojo de llaves en la mano. Me gritó: ¡DIME! Yo señalé hacia la puerta y grité: ¡ABRE! El hombre suspiró, se encogió de hombros y dio unas cuantas vueltas a las llaves, hasta que debió encontrar la que permitía desbloquear el mecanismo. Aun así, hubo de sujetar los paneles laterales para permitirme pasar.

Una vez en el vestíbulo, pedí a la recepcionista ver al superintendente de educación.

¿Tiene cita?, preguntó la mujer, casi sin aliento, porque había corrido hasta su puesto al verme entrar, y justo había dejado caer las posaderas en la silla al tiempo que yo me asomaba al mostrador. El resto de personas reunidas anteriormente en el vestíbulo había desaparecido como por ensalmo.

Pues no, dije yo, pero tengo que reportar que el examen de XX no se podrá llevar a cabo hoy, como estaba previsto, por motivos de fuerza mayor.

En ese caso rellene este formulario, dijo la mujer con ademán eficiente.

Preferiría hablar con el superintendente en persona, insistí.

Imposible. Está en una reunión muy urgente.

Bajo las luces de emergencia completé el formulario, lo firmé y se lo entregué a la mujer que, con ojos apretados, lo leyó y le estampó un sello.

No se preocupe, lo tramitamos, dijo sonriéndome de repente.

El bedel hubo de sujetar de nuevo los paneles laterales para dejarme salir. Pero ahora ya no me miraba con disgusto, sino más bien con sufrida indiferencia y cansancio.

Las calles rebosaban de gente que jugaba a la pelota, bailaban improvisadas danzas o paseaban románticamente. Sobre el mar, el cielo iba cambiando de color. Algunos barcos en el horizonte se hablaban los unos a los otros con los faros.

ccalduch – all rights reserved – June 5th, 2025

Deja un comentario

Archivado bajo Ficción

Lencería Fina

Resulta que Fina ha cerrado la tienda y se ha ido sin decir ni adiós. Iba yo esta mañana a recoger un negligé que me tenía apartado, y me he encontrado con la sorpresa: la tienda cerrada y el letrero de Se Alquila pegado en el escaparate. Justo pasaba una señora por allí y le he preguntado si sabía qué había pasado con la tienda.

 Buf, es mejor no preguntar, hija, ha dicho.

Dentro de la tienda las estanterías estaban vacías y había cajas rotas y cartas por el suelo. No he alcanzado a ver si los libros seguían en su sitio. No es lo más habitual en una tienda de lencería encontrar libros. Al verlos el primer día, pensé que seguramente serían falsos, de adorno, meras carcasas de plástico, como los que tienen en las tiendas de muebles. Mi sorpresa fue, al coger un volumen (Ilíada), ver que no solo eran libros de verdad, sino que eran dignos de coleccionista: ediciones antiguas, tapas acolchadas, traducciones de clásicos (Virgilio, Homero, Balzac, Dickens, los rusos…).

Eres la primera persona que se fija en los libros, me dijo Fina.

Levanté la vista y la vi por primera vez. Era la doble de J. Lo, (o yeilo, o como la llamen). Vestía extremada, iba muy maquillada, con un moño en lo alto de la cabeza, de dos vueltas de pelo gruesas, de las que salía una cola larga que le llegaba a la cintura (con el tiempo y la confianza supe que toda aquella parafernalia era postiza). Sonreía siempre, y al hacerlo, se le hacían arrugas. 

¿Están en venta?, pregunté.

No, dijo ella. Pero si te gusta alguno, quédatelo. Regalo de bienvenida.

Pero es una primera edición, dije, seguro que valen mucho dinero.

Con gesto displicente, Fina dijo:

Todos esos libros eran de mi ex y me traen malos recuerdos, así que si te los llevas, favor que me haces.

Pero yo no me atrevía a llevarme un libro sin más. En mi casa me habían enseñado modales, y también a desconfiar de las cosas gratis, lo barato sale caro, y todo eso.

Nos quedamos mirándonos. Yo, indecisa, con el libro en la mano, y ella, a su vez, con un pijama de verano en la suya, sonriéndome. Era bonito el pijama (rosa con puntilla, aún lo tengo), y por no llevarme el libro por la cara sin hacerle gasto, me lo compré. Casualmente, era de mi talla.

Por supuesto que volví, y muchas veces. Y no solo por los libros. Fina me daba conversación y era fácil hablar con ella y hacerle confidencias, que a mi madre, por ser de otra generación, nunca le haría. Para disimular mi interés por los libros (aunque creo que nunca la engañé) le decía que necesitaba camisetas, calcetines, medias… Fina tenía buen ojo y me acertaba siempre la talla. Tanto era así que no me hacía falta pasar al probador. El bañador fue lo único que me probé, porque era caro y no quería comprarlo y encontrarme luego teniéndolo que descambiar si por algún motivo no me gustaba, o no me quedaba bien. Pero no habría sido el caso, me quedaba clavado. 

Qué tipito más mono tienes, me dijo Fina, asomándose por entre la cortina gris del probador. Aún no me había anudado las tiras de la parte de arriba del bañador y me dio un poco de vergüenza que me viera medio desnuda. Ella lo notó, se acercó a hacerme los nudos en la espalda, y dijo: Tonta, si todas tenemos lo mismo

Tenía el tacto suave. Sus uñas, tan largas que daban miedo, ni me rozaron. 

Con este bañador vas a triunfar este verano, seguro, dijo.

A ver si es verdad, pensé. Así que me llevé el bañador, y también Ilusiones Perdidas.

Fina se hizo famosa en el barrio. Todo el mundo le compraba la lencería a ella, así que tuvo que contratar a una dependienta. La chica resultó rarita. No era del barrio y no la conocíamos. Si Fina estaba delante, todo eran sonrisas y buenas palabras, pero cuando se quedaba sola en la tienda, se le ponía una cara avinagrada que daba miedo. Cuando yo iba a la tienda y veía que estaba sola, pasaba de largo.

Un día llegaba yo a la tienda y me las encontré a las dos discutiendo fuerte. Un pedido se había extraviado y Fina le pedía explicaciones a la chica que decía que ella no sabía nada. Al verme, callaron. Fina salió de detrás del mostrador a atenderme. Pero estaba encendida y le llevó un rato recuperar su actitud afable habitual. 

La última vez que la vi, Fina me contó que había tenido que despedir a la dependienta porque le desaparecían cosas, y que por venganza la chica iba hablando tonterías de ella. Que no hiciera caso a las habladurías, me pidió, que era todo mentira, que a ella le gustaban las p…s bien gordas. Nunca la había oído hablar de esa forma y me puse colorada. Rápidamente, como si le hubiera venido otra idea a la cabeza, cambió de tercio, y dijo:

Oye, tengo una cosa para ti.

Me sacó un negligé negro, precioso. Disimuladamente miré la etiqueta. El precio picaba bastante. Además de cara, era una pieza atrevida, transparente del todo, con lentejuelas en los bordes. Le dije que para qué lo quería yo, si no me comía un rosco.

No disimules, que sé que vas con un chico, dijo, y no me lo habías dicho

Cuándo, cómo, dónde nos había visto, me pregunté atropelladamente. Siempre quedábamos en el centro, y si yo no le había contado nada era porque no quería que en mi casa se enteraran.

En este barrio las noticias vuelan, hija, dijo, suspirando. No hace falta que te lo lleves hoy, yo te lo guardo y cuando lo quieras, lo vienes a buscar.

En lugar del negligé, me llevé una bata de guatiné para mi madre, y Crimen y Castigo. Fue el último libro que me llevé.

ccalduch – all rights reserved – May 29, 2025

Deja un comentario

Archivado bajo Ficción

El último guateque

Hoy le he enseñado una teta a Dani. Ha sido solo para que me dejara en paz. Estaba muy pesado. No hacía más que decir: Si quieres ser mi novia, pues… O: Llamaré a tu casa y le diré a tu madre… 

Mi madre seguramente se reiría en su cara si le fuera con cuentos de mí (mi madre se cree que voy para monja, ya le gustaría a ella), pero si acabara por hablar con él, me estaría un año con el rollo de las malas compañías. 

Y yo qué sé si quiero ser la novia de Dani. Es él el que no hace más que irme detrás y venirme a buscar a la salida del colegio. Últimamente me lo encuentro hasta en la sopa. 

Esto ha sido en la fiesta de cumpleaños de Alicia, una amiga de mi hermana. Cuando por la tarde me ha llamado y le he dicho que hoy no podía salir, no ha parado hasta que me lo ha sacado. Cuando le he dicho que iba a un guateque, por poco se muere de la risa. Dice que eso ya no lo dice nadie. Le he colgado sin decir ni adiós, pero cuando hemos llegado a la torre, allí estaba él, plantado como un poste.

(Los padres de Alicia habían ido al pueblo, al entierro de un pariente lejano. Según dice mi hermana, Alicia iba al pueblo de pequeña todos los veranos, y le gustaba mucho ir, pero ahora ya no va nunca, ni para los entierros. Ha superado lo del pueblo, dice mi hermana. Nosotras, que no fuimos de pequeñas a ningún pueblo los veranos, porque no tenemos pueblo, no hemos tenido que superar nada). 

Después de un rato de estar allí, Dani me ha llevado detrás de una puerta, y va y dice: Va, aquí. Como llevaba una blusa escotada, me he podido bajar la parte del hombro sin demasiado engorro. Pero estaba oscuro y apenas se veía nada, así que no se ha quedado contento: No vale, no he visto nada, va y me dice el muy imbécil. 

(No sé ni qué hago con él. Si se piensa que tiene algún derecho sobre mí porque me lleva en la moto a veces, va listo). 

Como que estaba mi hermana allí, va y me dice: Si no me dejas, voy y le digo a tu hermana que..Oye, ya vale, le he dicho empezando a cabrearme. Pero él no ha parado. Daba tragos de cerveza y miraba todo el rato hacia mi hermana, como si tuviera la intención de ir a hablar con ella, como si a mi hermana le importara algo lo que yo hago o dejo de hacer. En cuanto lo ha visto allí, se ha alegrado, porque así se podía desentender de mí, olvidando que si mis padres me han dejado ir con ella, era con la condición de que me echara un ojo. 

(Antes Alicia vivía en nuestro barrio, así es como se conocen ella y mi hermana. Pero al padre lo han ascendido en la empresa, y se han hecho esa torre en Vallvidrera. Aún tiene ese olor húmedo de cemento de las casas nuevas. Tiene tres plantas, jardín, piscina y garaje. Alicia ha dicho que cuando haga bueno, nos invitará para que vengamos a bañarnos. Yo le he dicho que vendré, con la condición de que metan al perro en la jaula. Afuera, tienen un perro enorme atado a una cadena. Mientras íbamos entrando, ladraba como un loco y daba unos tirones a la cadena que daba miedo).

Como nunca se sabe con mi hermana, nos hemos metido Dani y yo en la cocina. Entre la nevera y la pared quedaba un rincón bastante grande y allí nos hemos metido. 

Aquí seguramente pondrán una mesa para comer no ensuciar el comedor, he dicho yo.

Mientras me empujaba contra la pared, Dani ha dicho: Estos lo que están es forradosTodos los tontos tienen suerte.

Otra vez me he bajado la blusa y el tirante del sostén. Primero se ha quedado muy quieto, con los ojos que parecían que se le iban a caer de las cuencas, luego ha acercado una mano. Le he dejado que me tocara por debajo, con la mano hueca, como sopesando. Tenía la mano caliente. Cuando ha empezado a apretar, le he dado un bofetón. Me ha salido sin pensar, como por reflejo. Pensaba que se enfadaría, pero no. 

Al salir, hemos visto una tarta de chocolate, con velas, en el mármol. Me he acordado de que mi hermana me había dicho que había sido el cumpleaños de Alicia hacía unos días.

Ostras, y yo sin regalo, he dicho. 

Hemos venido, que es regalo bastante, ha dicho Dani, que a veces la acierta, pasando un dedo por el lado de la tarta y llevándoselo a la boca.

Como si hubieran estado esperando a que volviéramos, enseguida han dicho que era hora de sacar la tarta. Pero nadie encontraba un encendedor que funcionara, y eso que todo el mundo fuma, así que la cosa se ha alargado.

Yo tenía el estómago revuelto y me quería ir. Se lo he dicho a Dani que ha dicho que ya nos podíamos ir, que la fiesta era un bodrio y la música demasiado pijo pastelera para su gusto.

Bajando por las calles no se veía ni un alma, y al llegar al barrio, sombras y olor a cloaca. 

Hemos dejado la moto en la acera enfrente de mi bloque, donde siempre. Caminando a mi lado, Dani iba como pensativo. Yo ya esperaba que empezaría otra vez con sus rollos. Pero no. Al llegar al portal me ha dado un beso en los labios, sin avisar. Era la primera vez y me ha pillado por sorpresa, así que he apartado la cara. Entonces va y me dice que ya me iré acostumbrando, que mañana vendrá a buscarme a las seis, que saldremos a pasear en la moto y que traerá un casco para mí (hasta ahora me ha hecho usar el suyo). Eso será si quiero yo, le he dicho, y él se ha reído, y va y me dice: Claro que quieres, pero aún no lo sabes. Y diciendo eso, coge y se va.

ccalduch – all rights reserved – May 22, 2025

Deja un comentario

Archivado bajo Ficción