Cuando vi en mi habitación a un señor bajito, con levita negra, medias blancas y sombrero negro de tres picos, no grité ni nada. Siendo yo grandota para mi edad, no sentí miedo. Además, practicaba judo desde pequeña, en el club estaba muy bien considerada y hasta había ganado competiciones.
Decir que el hombrecillo surgió de la nada podría parecer un tópico, pero es la verdad. Yo estaba tirada en la cama, muy enfadada porque mi madre no me daba permiso para ir a una fiesta. A la fiesta iría una cierta persona y no poder ir me martirizaba. Había entrado en la habitación hecha una furia, y me había lanzado en la cama como quien se tira a una piscina. Había pataleado y gritado, y quería llorar, pero no me salía. Últimamente, no lograba llorar, era como si se me hubieran secado las lágrimas. Fue entonces cuando lo vi, en el centro de la habitación: un hombrecillo petrificado me miraba casi sin parpadear, como si no supiera dónde estaba o cómo había llegado hasta allí.
Me froté los ojos por si estaba viendo visiones. Los tenía muy secos y las mejillas me ardían. Me toqué la frente como hacía mi madre para ver si tenía temperatura. No lo supe discernir, pues yo no era madre. Pensé que era posible que me hubiera dado una calentura tras la pelea, y que era posible que la aparición fuera producto de la fiebre súbita. Me propuse ignorarla, segura de que así como había venido se marcharía, y empecé a arreglarme para la fiesta porque pensaba ir de todas maneras.
De camino al tocador, cuando pasé por su lado, el hombrecillo me dejó paso. A punto estuve de darle las gracias. Sentada ante el espejo, me cepillé el cabello con brío. Después, me apliqué el maquillaje, el pintalabios y la máscara. Esto último lo hacía con gran cuidado porque aún no era muy diestra (lo había aprendido hacía poco de una revista) y siempre acababa metiéndome el pincelillo en el ojo, con resultado doloroso. Aquello era lo más difícil de ser mujer, según mi experiencia hasta el momento (puesto que mi madre no me dejaba depilarme aún, con lo que siempre había de ir con leggings). Al terminar, me miré del derecho y del revés, y quedé admirada. Tenían razón los que decían que era guapa (aunque claro que yo no lo admitiría nunca en voz alta, so pena de quedar como una engreída).
Canturreando satisfecha, procedí a cambiarme de ropa. Desvestirme ante un desconocido no me produjo ningún rubor. Desde pequeña estaba acostumbrada a los vestuarios concurridos. Sin embargo, él era más modesto que yo porque se dio la vuelta en cuanto fue obvio que iba a despojarme del uniforme escolar. Decidí en aquel momento que era un señor entrañable, y supe con seguridad que fuera cual fuera el motivo que le había llevado hasta mí, no me haría ningún daño.
Reflejado en una esquina del espejo del armario vi que buscaba donde sentarse. Debía estar cansado del viaje. Se aproximó a lo que parecía una silla sin serlo. Era un balancín, una reliquia de mi infancia, forrado con una tela de motivos infantiles que gracias a Dios no se apreciaba bajo la montaña de ropa que lo cubría. Ese era otro eterno campo de batalla con mi madre, aparte de mis malas notas, los chicos que me andaban detrás, y la música que sonaba demasiado fuerte en mi cuarto, según ella.
Cuando el hombrecillo se aposentó, el balancín se movió hacia atrás peligrosamente. No me dio tiempo a advertirle. Sin embargo, él mantuvo el equilibrio perfectamente. Ya sentado, se quitó el sombrero y se cubrió la cara con él, quizá para no verme en paños menores. Me dio la risa y esto debió sorprenderle porque al mirar en el espejo de nuevo, vi que me estaba mirando. Tenía los ojos oscuros y juntos, y algo de sombra de barba, pues por pequeño que fuera no dejaba de ser un hombre. Me recordaba vagamente a alguien, pero no sabría decir a quién.
Pensé de repente que quizá era yo quien había aparecido súbitamente en su habitación, y que él estaba esperando a que desapareciera. Este pensamiento me sumió en cierta confusión, tanto más cuanto mi amigo reaccionó adoptando una expresión súbita de discernimiento, como si me hubiera leído el pensamiento. Pero no, no podía ser. El fantasma era él, no yo. Meneé la cabeza con fuerza para deshacerme de los pensamientos intrusivos. Y por si quedaban dudas, de repente se oyó la voz de mi madre llamándome desde el pasillo.
Mi madre quería saber si había hecho los deberes, si había recogido mi ropa, y por último me recordó que me dejaría la cena preparada porque había de salir a cenar con unos clientes… Todo esto fue expresado de tirón, un tirón típicamente maternal y con tono amenazador. Solo que en esta ocasión me produjo una sensación de sosiego. Le sonreí a mi amigo, como diciendo: ¿Ves como esta es mi casa? A mi madre le respondí a todo que sí (aunque era mentira).
Si había que hacerle caso al reloj, ya eran las siete y media. Se hacía tarde y la fiesta empezaría en una hora. Esperé hasta que oí la puerta principal cerrarse con llave y el coche arrancó. Le hice un gesto de despedida al hombrecillo que parecía dormitar en el balancín y salí por la ventana de mi habitación con los zapatos en la mano. No era la primera vez que me escapaba así. De pequeña había trepado por el roble que crecía junto a mi ventana muchas veces. Mi padre me había enseñado a hacerlo de manera segura, muy a pesar de los miedos de mi madre. El hombrecillo no se movió al verme salir, parecía cómodo donde estaba. Algo me decía que al regresar lo encontraría allí mismo. No sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.
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