Helen Marshall es una escritora, editora y medievalista nacida en Canadá, aunque en la actualidad reside en Australia, donde imparte clases de Escritura Creativa en la universidad de Queensland. El origen de su primera colección de cuentos, Hair Side, Flesh Side, publicada en 2011, hunde sus raíces en su trabajo como historiadora. Dos años después llegaría la segunda, Gifts for the One Who Come After, que ganó el premio Mundial de Fantasía y el Shirley Jackson, además de ser finalista del British Fantasy Award, el Bram Stoker y el Aurora Award (algo así como el Ignotus canadiense). Tras estas dos obras fueron llegando su primera novela, otra colección de relatos, y una segunda novela, The Lady, the Tiger and the Girl Who Loved Death, publicada hace solo unos meses, en 2025. Sin embargo, a pesar de tener a sus espaldas una obra amplia y muy interesante, amén de un impresionante palmarés (porque sus tres últimas obras le han seguido proporcionando nuevas nominaciones a diversos galardones), creo que Helen estaba inédita en español. Hasta hoy.
El juego del ahorcamiento (The Hanging Game) se publicó en Tor.com en 2013, y es uno de los cuentos incluidos en su doblemente premiada segunda colección de relatos, Gifts for the One Who Come After. También ha sido recogido en un par de antologías, entre ellas el volumen con el que Tor.com conmemoró su decimoquinto cumpleaños publicando ficción breve, y para el que seleccionó algunos de los mejores relatos aparecidos en su sitio web a lo largo de esos quince años. Se trata de una de esas historias que resulta difícil catalogar (¿terror?, ¿realismo mágico?, ¿literatura extraña?…). De la mano de su protagonista, una niña de doce años, vamos a tener oportunidad de conocer muy de cerca el escalofriante juego que practican los adolescentes de la región donde vive ―rica en bosques y osos― y que es mucho más que un mero divertimento. De igual manera, el cuento también resulta ser una meditación más profunda que lo que en un principio parecía, sin que por eso deje de conseguir que nos sintamos recorridos por algún que otro escalofrío.
Ojalá que este relato sirva para dar a conocer un poco a esta autora cuya obra sin duda merecería ser traducida entre nosotros. Pero mientras llega el día en que podáis disfrutar de alguna de sus colecciones o novelas en español, espero que al menos disfrutéis con este pequeño aperitivo de la obra de Helen, a la que, por supuesto, no puedo dejar de agradecer que haya accedido con mil amores a compartir con nosotros su inquietante historia. Thanks a million, Helen!
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El juego del ahorcamiento
Helen Marshall
(3500 palabras)
De críos, solíamos jugar a un juego, el juego del ahorcamiento, lo llamábamos. No sé dónde se originó, pero una vez hablé con una chica en Lawford que recordaba haber jugado a ese mismo juego con combas, cuando tenía unos once años, así que supongo que no éramos los únicos. A lo mejor Travers lo aprendió de mi padre, y así, de padre a padre, remontándonos eternamente. No sé. Sin embargo, nosotros no podíamos utilizar combas, no quienes éramos hijos de los hombres que trabajaban en los campamentos madereros, hombres capaces de encaramarse a postes de cedro de treinta metros y una vez arriba atarse con la cuerda de seguridad solo para ver el brillante destellar de la orina mientras meaban sobre los de abajo.
Para nosotros, el juego del ahorcamiento era algo sagrado, lo más sagrado que conocíamos, con una excepción, de la que también os tendré que hablar, que eran los osos.
Lo que tenéis que saber es que, al norte de Lawford, donde nosotros vivíamos —Travers y yo, mi madre y, a veces, mi padre, cuando no estaba en los campamentos—, se extendía una región de montañas azuladas y abetos y cedros tan altos que parecían sostener el cielo. Los ancianos la llamaban la comarca de Mentoncaído. Decían que los osos pertenecían a Mentoncaído, y también el juego del ahorcamiento. Todos teníamos que jugar, burlando a la muerte, burlando a Mentoncaído, pero al mismo tiempo pagándole como pudiésemos. Vivir tan cerca de la muerte te volvía un poco loco. Mi padre, por ejemplo. De mi padre se apoderaba la locura de los osos.
Recuerdo un verano en el que mató nueve, aún dos por debajo del viejo Sullivan, el conductor del tractor forestal, pero los bastantes para constituir una demostración de agallas, de haber tirado de las barbas a Mentoncaído, suficiente para que no le faltase bebida todo el invierno siguiente. Había cazado al primero de la manera habitual, sí, pero no lo limpió como era debido. Se limitó a dejarlo tirado en la colina y, cuando llegó el siguiente, lo abatió de un disparo limpio en el ojo con su Remington modelo 7. Mató otros siete durante la semana; simplemente se quedaba sentado en el porche con una caja de cervezas y esperaba a que apareciese otro olisqueando el rastro, y ¡pum!, hasta que toda la zona se impregnó de un fuerte olor a sangre y orines de oso, y mi padre decidió que ya bastaba.
No obstante, nosotros éramos niños y no podíamos disparar a los osos, de modo que para nosotros quedaba el juego del ahorcamiento. Esas eran las locuras que se apoderaban de nosotros. Osos y ahorcamiento.
La primera vez que jugué no era más que una cría flacucha de doce años a la que le estaban saliendo las pecas estivales. Me acuerdo de que estaba preocupaba por lo de empezar a tener la regla. Mi madre había comenzado a insinuarme cosas, en un intento por explicar algunos de los fundamentos biológicos del funcionamiento de todo el asunto, pero las palabras eran tan misteriosas que yo no comprendía lo que me estaba dando a entender que me iba a suceder. Me tenía con el corazón en un puño, de verdad.
Fue entonces cuando Travers me llevó a jugar al ahorcamiento.
Travers tenía quince años y el pelo cobrizo, como yo, y aún estaba acostumbrándose a sus nuevas piernas de adulto. Trajo una bobina de cuerda de seguridad, que había mangado del cobertizo, y bajamos a la hondonada tomados de la mano; en su mano libre, trece lazadas de soga colgaban como una criatura viva. Tenía que ser cuerda de seguridad para trabajos en altura, me explicó, no de saltar, como supongo que utilizaban en Lawford. Cuerda de seguridad para los hijos de los leñadores, para quienes la fortaleza de la cuerda constituía la diferencia entre la vida y la muerte.
Travers me subió al taburete de tres patas que guardaban allí para ese fin. Me acordé de que el viento jugueteaba con el borde de mi falda y me preocupó que él pudiese ver algo que yo no quisiese que viera, así que sujeté el dobladillo con la mano, tirando hacia abajo. Pero Travers era mi hermano y no estaba mirando. Lanzó el extremo de la soga por encima de la rama de ahorcar más baja, sin ningún problema, y luego me ajustó la cuerda alrededor del cuello.
—Cierra los ojos, Skye —dijo—. Muy bien.
El juego del ahorcamiento tenía reglas, sí, las siguientes: había que utilizar cuerda de seguridad para trabajos de altura, como ya he dicho, y tenías que robarla; el árbol debía ser un fresno y había que participar de manera voluntaria. Nadie podía obligarte. No podías jugar en respuesta a un reto, desafío o provocación, no funcionaría. Seguir leyendo




