Fin de una época

Después de diez años, unos 400 artículos publicados, 2 millones setecientas mil visitas, e innumerables amigos, EL FARO DEL FIN DEL MUNDO finaliza su andadura. Pero antes, si me lo permiten, me gustaría hablarles un poco de mi hermano, de Luís Irles, y como era realmente ese buen marino inolvidable que tantas cosas compartió con ustedes.

Luis fue un gran hijo, un buen hermano, un generoso amigo de sus amigos y el mejor compañero de vida de una mujer, Milena, a la que siempre quiso con toda su alma. Y fue también, desde luego, un padre maravilloso y un abuelo difícil de igualar. Siempre con una sonrisa en la cara, ejercía sus dotes de relaciones públicas con todo aquel que se cruzara en su camino. Siempre luchó por aquello que más le importaba: la felicidad de los suyos.

Con su marcha, El faro del fin del mundo cierra una intensa etapa que supuso para mi hermano muchos momentos de alegría y satisfacción, que en gran parte se los debe a ustedes, lectoras y lectores. En todo caso, esta blog –aunque ya inactivo– continuará en la red con sus puertas abiertas, dando la bienvenida a todo aquel que quiera volver a hacer una visita al pasado.

Mil gracias a todos,

Julio Irles

Palabras de gratitud

«La muerte es el regreso a la eternidad,
ya que la vida es un instante entre dos eternidades»
Santa Teresa de Jesús

La familia de Luis Irles Jiménez, fallecido el 23 de noviembre de 2017, desea hacer púbico su profundo agradecimiento a todas las personas que, a través de sus hermosos y nobles comentarios, nos han hecho llegar sus sentidas condolencias a través de este blog.

 
Santiago de Chile, 29 de noviembre de 2017

Para los que se fueron, eternamente vivos en nuestra memoria

Eran esos marinos que al encontrarse beben,
con avidez, la vida.
Ellos eran,
como tú, callados; como tú, tan vivos;
como tu sombra, tan frescos y puros;
como los mares navegados, tan leves y ausentes;
como nosotros, tan reales al cabo de un tiempo
y tantas desconocidas olas, fatigada espuma
sobre la soledad de los puertos.

 

Ciencia y Filosofía, inevitable y necesaria dualidad

Las reediciones de libros, por razones obvias, acostumbran a tener sentido. Este es el caso del famoso «New Guide to Science» (Introducción a la Ciencia), de Isaac Asimov, que una editorial canadiense vuelve a lanzar al mercado anglosajón. Un libro que se publicó por primera vez en España hace años y que no ha perdido frescura. Lo leí entonces y su relectura (ahora en inglés) no me ha decepcionado en absoluto.

No es muy frecuente, por otra parte, comentar libros de ciencia ni referirse a ellos en diarios, blogs o revistas de información general. Más bien al contrario: al libro de ciencia se le ignora, se le teme o se le desprecia, ya que al «hombre de letras» siempre le ha venido un poco grande, siempre le ha desagradado el acercamiento a temas científicos. Al fin y al cabo, se suele pensar, lo especulativo, lo filosófico, lo «literario», está por encima de lo exacto y mensurable. Además, añadimos nosotros, se suele despreciar lo que se ignora o no se entiende.

Pero es el caso que filosofía y ciencia siempre han ido unidas, y hoy más que nunca. Y es el caso, también, que asistimos al arrumbamiento de concepciones y maneras de pensar tradicionales. Entre nosotros, tradicional ha sido el compartimentar la cultura, el «especializarse» en esto o lo otro despreocupándose de lo demás, como si lo que llamamos conocimiento pudiera servirse y asimilarse al igual que un queso en porciones. Mentalidad pequeña y provinciana, en definitiva. Porque el entramado interdisciplinar está empezando a jubilar, afortunada y definitivamente, al hasta hoy imperante y mal entendido juego de las disciplinas aisladas, de las «especializaciones».

Isaac Asimov se nos muestra decidido opositor a ese juego. Él, o el equipo que figure al amparo de su nombre, entusiasta de la Ciencia —con mayúscula—, con una capacidad prodigiosa para llegar con un lenguaje claro y ameno al lector medio, autor de obras científicas y de ciencia-ficción, escritor fecundo e imaginativo, hombre culto y humanista, siempre estuvo obsesionado por el hombre y su felicidad. Pero una felicidad a través de la razón, no dependiente de algo irracional que se nos dará porque así se nos dice, sin más.

Introducción a la Ciencia es un vasto  panorama enciclopédico en el que Isaac Asimov nos puso al día con datos, leyes y teorías, actualizados a nivel de divulgación respecto al campo que le es propio según indica el título de la obra. El Universo, su inabarcable amplitud, las ciencias biológicas y químicas, la materia y el átomo, la astrofísica, la teoría de la relatividad…

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Para entender el futuro

Dos descubrimientos científicos que han sembrado una semilla de esperanza en nuestro planeta han sido reconocidos por los premios internacionales de la ‘Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento’. Sus protagonistas luchan por mejorar nuestras vidas.

El físico estadounidense de origen alemán, Isaac Held

Los investigadores Isaac Held y Alexander Varshavsky, con sus importantes y correspondientes descubrimientos científicos que atañen al cambio climático y a la lucha en contra graves enfermedades como el cáncer o el Parkinson, han sido reconocidos a nivel internacional por su aportación en el desarrollo y avance de la ciencia en las áreas de Medioambiente, Ecología y Biología.

Un alegato optimista para estos tiempos de crisis en los que la ciencia, el medioambiente y la cultura se han visto relegados en la agenda de prioridades públicas.

PREDECIR EL FUTURO DEL CLIMA.

El físico estadounidense de origen alemán, Isaac Held, ha conseguido este reconocimiento en la categoría de Cambio Climático “por sus contribuciones, pioneras y fundamentales, en nuestra comprensión de la estructura de los sistemas de circulación atmosférica y del papel del vapor de agua en el cambio climático”, señala el acta.

El estudio aporta una nueva e innovadora dirección para conocer las transformaciones que el cambio climático, provocado por el calentamiento global, causará en el planeta en un plazo determinado. El objeto de estudio para Held está basado en el papel esencial del agua, tanto de su movimiento en la atmósfera, como la influencia que ejerce en el efecto invernadero.

Las demostraciones del físico estadounidense explican la existencia de las diferentes zonas tropicales del planeta y, además, los cambios que estas zonas experimentarán como consecuencia del cambio climático. Y Held lo que predice, como conclusión del trabajo desarrollado, es que las zonas tropicales serán más húmedas y las subtropicales más secas, una tendencia que ya se observa.

“La cantidad de agua en la atmósfera es lo que hace que unas zonas sean más húmedas que otras. En mis trabajos he buscado analizar cómo se mueve el agua en la atmósfera, y cómo el cambio climático altera estos patrones”, explicó Held tras conocer el fallo.

El proceso del vapor de agua se retroalimenta como efecto del incremento de las temperaturas. A mayor temperatura mayor cantidad de vapor que, a su vez, multiplica el calentamiento. Aspecto necesario para predecir el clima futuro.

Los estudios de Held han estado centrados, sobre todo, en el área del Mediterráneo, donde el físico advierte que, de no reducirse las emisiones de CO2, la temperatura podría aumentar en 3 grados centígrados en un siglo. Consecuencia de este ascenso térmico será la reducción de lluvias, entre un 10 y un 15 por ciento.

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Joan Miró, un artista comprometido con su tiempo

Conocido por su contribución al movimiento surrealista, que le situaron como uno de los artistas más representativos del siglo XX, la creatividad de Joan Miró también pone de manifiesto el compromiso político que mantuvo con su tiempo y su país y que pudo ser contemplado en la muestra “Joan Miró. La escalera de la evasión” que se presentó en su ciudad natal y que posteriormente viajó hacia los Estados Unidos de América.

Joan Miró, una de las figuras más destacadas de las vanguardias artísticas europeas del siglo XX.

De Joan Miró (Barcelona 1893-Palma de Mallorca, 1983) se conoce su apuesta por los símbolos y colores vivos, un lenguaje surrealista que ha sido admirado en todos los rincones del planeta gracias a sus pinturas, esculturas, cerámicas, textiles, grabados y dibujos.

Pero el gran legado que dejó el genial artista catalán también guarda un componente político, su compromiso con su tiempo y su país como claramente se reflejó en la exposición “Joan Miró. La escalera de la evasión”, que tuvo lugar en la Fundación Joan Miró de Barcelona y que posteriormente viajó a la National Gallery of Art de Washington.

La muestra, patrocinada por la Fundación BBVA, el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat de Cataluña, reunió más de 170 obras, entre pinturas, esculturas y trabajos sobre papel, procedentes de colecciones públicas y privadas de todo el mundo y que pretendía mostrar “su faceta más comprometida”, explica Teresa Montaner, conservadora de la Fundación Miró e impulsora de esta exposición junto a los comisarios de la Tate Modern de Londres, Mathew Gale y Marko Daniel, de donde procede esta exposición. En la famosa galería londinense, “Joan Miró. La escalera de la evasión” fue visitada por 303.000 personas.

LA ESCALERA, SÍMBOLO DE ESCAPE.

‘Métamorphose’, 1936. de Joan Miró.

Calificada como la exposición más importante sobre Joan Miró que ha podido verse en España en los últimos veinte años, la muestra toma el nombre de uno de los cuadros del artista catalán en el que la escalera, recurrente en su obra, aparece como símbolo de la necesidad de escapar de una realidad política y social que él rechaza.

Miró pintó ese cuadro, «La escalera de la evasión», perteneciente a la colección del MOMA de Nueva York, en 1940, un año después del final de la guerra civil española y ya con el general Francisco Franco instalado en el poder.

‘La estrella matutina’, obra de Joan Miró realizada en 1940.

‘Tête d’homme’, de 1937. Obra perteneciente al Museo de Arte Moderno de Nueva York.

La exposición, dividida en tres apartados, revisa un largo periodo de cerca de sesenta años y muestra la sensibilidad y el posicionamiento de Joan Miró frente a unos acontecimientos que marcaron la historia del siglo XX.

La primera parte de la exposición explora la catalanidad de Miró y los vínculos con su tierra como se plasma en obras como “La masía” (1921-1922), que perteneció a Ernest Hemingway, amigo del artista catalán, o en “Cabeza de payés catalán” (1924-1925). “La identificación de Miró con Cataluña fue constante y nunca renunció a ella”, apuntan los comisarios Matthew Gale y Marko Daniel en la presentación de la exposición.

El drama de la Guerra Civil española, que llena la sección central de la exposición, se refleja en obras como “Naturaleza muerte del zapato viejo” (1937), una pintura al óleo que refleja una sensación de ruptura, de desgarramiento, por parte del autor. “Para mí,” declaró Miró en 1936, “la palabra ‘libertad’ tiene un sentido y lo defenderé a cualquier precio”.

Un joven junto a la obra de Joan Miro, ‘Personatges sobre fons vermell’. Foto de Andreu Dalmau

En esta época, Miró recibe el encargo durante su exilio en París de una gran pintura mural de cinco metros y medio de altura, titulada “El Segador” (Payés catalán en revuelta), para el Pabellón Español de la República de la Exposición Internacional de la capital francesa. Por desgracia, esta pintura, que había estado expuesta junto al “Guernica” de Picasso, desapareció al desmantelar el Pabellón.

La última sección de la muestra examina los últimos años de la dictadura franquista, años setenta, una etapa en la que el artista catalán trabajó en España en una especie de exilio interior, mientras en el exterior crecía el reconocimiento hacia su obra.

Los trípticos “La esperanza del condenado a muerte” y “Fuegos artificiales”, ambos de 1974, reflejan la atmósfera de rebelión de esta época. Tras la muerte de Franco en 1975 y la apertura democrática en España, Miró habló de la responsabilidad cívica del artista en su discurso de aceptación como doctor honoris causa por la Universidad de Barcelona, en 1979. “Entiendo que un artista es alguien que, entre el silencio de los demás, utiliza su voz para decir algo y que tiene la obligación de que no sea algo inútil, sino algo que preste servicio a los hombres”.

Una mujer ante la obra de Joan Miro ‘La Masia’. 1921-1922. Foto de Andreu Dalmau.

La muestra “Joan Miró. La escalera de la evasión” fue la antesala del 120 aniversario del nacimiento y el trigésimo de la muerte de este artista catalán, una de las figuras más destacadas de las vanguardias artísticas europeas del siglo XX.

Juan A. Medina

‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’

Bajo el título de ‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’, la neoyorquina galería de Steven Kasher estuvo albergando –desde el 20 de abril hasta el pasado 3 de junio– una exposición de fotografías excepcionalmente interesantes del músico, poeta y Premio Nobel de Literatura 2016, Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan. Casualmente, me encontraba yo en la Gran Manzana en esos días y –tres o cuatro jornadas antes de su clausura– me planté en el 515 de la calle Oeste con la 26. La exposición, resumida en pocas palabras, no era más que una fresca mirada del fotógrafo Ted Russell (que en la actualidad tiene 87) años al interior del joven Bob Dylan, cuando éste vivía en un descuidado apartamento del Greenwich Village a principios de la década de los 60.

En noviembre de 1961, Bob Dylan tenía 20 años, y ya era un cantante bastante popular que se preparaba para una ascendente y prometedora carrera musical. Sus primeras actuaciones pagadas, sobre todo en el ‘Gerde’s Folk City’, despertaban interés. Una favorable e inesperada reseña en el ‘New York Times’ y la grabación y lanzamiento de «Song for Woody», su primera composición original, tuvo un gran éxito e influyó en muchos cantantes y compositores de la época.

Por su parte Ted Russell –nacido en Londres en 1930– y residente en los Estados Unidos desde el año 1952, está considerado uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Comenzó a fotografiar a los 10 años y, a los 15, ya colaboraba con algunos periódicos londinenses. Al año siguiente, trabajó en ‘Acme Newspictures’ en Bruselas. Más tarde se unió al personal de ‘Now’, un magazine ilustrado, y posteriormente a la revista ‘Spotlight’. En el 52 abordó el Queen Mary para Nueva York, llegando con cuatro cámaras y 200 dólares. Pronto fue reclutado y se desempeñó como fotógrafo del Ejército. Después de asistir a la Universidad de California en Berkeley, regresó a Nueva York y se convirtió en fotógrafo de la revista ‘Life’ durante más de 12 años. Sus trabajos han aparecido además en las prestigiosas revistas ‘Newsweek’, ‘Time’, ‘Saturday Review’ y ‘New York’ e igualmente expuestas en el Centro Internacional de Fotografía y en el MOMA.

Por mi parte, debo confesar que fue una grata experiencia la visita que hice a la ‘Steven Kasher Gallery’, inspiradas por la música y los retratos de Bob Dylan. Estas fotografías de Dylan han sido una iluminación: cuando en 1961 su primer disco ni siquiera había sido promocionado, el músico de 21 años, con el pelo rizado y los ojos vivos, estaba a punto de proclamar su propia verdad al mundo, aunque nadie lo sospechaba. Armado con su máquina de escribir y su guitarra iba a aplastar y absorber la realidad y devolverle la vida dentro de una nueva forma, con un equilibrio perfecto entre una inocencia necesaria y ligera para hablar sinceramente al mundo y una tenacidad antigua, de siglos, para hacerlo. Fue Bob Dylan, sin duda, el joven que cambió el rock and roll en ese momento, la primera gran revolución musical desde que Elvis Presley la iniciara en Memphis en 1956.

Mr. Arriflex

En torno a la literatura infantil y juvenil

La literatura infantil y juvenil en los países hispanohablantes está considerada como un subgénero literario que los escritores y críticos pasan por alto con pleno convencimiento. Cierto es que muy pocos deben tener recuerdos gratos de lecturas de libros infantiles en su propia niñez: estaban los cómics de mal gusto y tan alienantes como para considerarlos peligrosos para la «salud mental» de las víctimas (hoy sucede lo mismo) y los textos edificantes —donde en cada página se levantaba un dedo moralizador, amenazante— que ayudaban a aprender la lección del colegio. Obviamente, estos géneros no podían despertar ningún entusiasmo, ninguna afición a la lectura.

La últimas encuestas del CIS sobre hábitos de lectura en España –país al que, paradójicamente, se le considera una potencia editorial– han vuelto a dar un resultado alarmante: el 40% de la población reconoce que no lee nunca un libro o prácticamente nunca. Me parece una cifra suficientemente elocuente como para insistir en hechos elementales: hay que dedicar más atención al campo de la literatura infantil, estimular la lectura desde muy pequeño, familiarizar al niño con el libro como objeto bello y divertido, crear bibliotecas públicas, crear bibliotecas en los colegios, crear bibliotecas ambulantes, separar tajantemente la pedagogía de la literatura infantil y difundir un hecho aparentemente poco conocido: la literatura infantil es una diversión, una pasatiempo agradable.

¿Y qué es entonces esta literatura infantil y juvenil? Mi respuesta es que se trata de literatura a secas, como la novela policíaca, bien hecha, es literatura. Una prueba para ver si un libro «infantil» es bueno o no, consiste en leerlo uno mismo: si se divierte, la respuesta es positiva, si se aburre, es negativa.

Hay varias maneras de interesar a los adultos. Y hay que interesarlos, porque los niños no disponen generalmente de dinero para poder comprar libros; ¿cuántos niños habrán entrado alguna vez en una librería? ¿Dónde encontrarán fácilmente el rincón dedicado a sus libros?

Se puede reflexionar sobre la necesidad de crear hábitos de lectura y leer y discutir con los niños los textos, escoger libros no pedagógicos, no didácticos, no moralizantes sino aquellos que tienen calidad literaria y tratan problemas contemporáneos. Cualquiera puede disfrutar de la lectura de un cuento de hadas que, como lo ha demostrado Bruno Bettelheim recientemente, son una práctica muy necesaria para poder solucionar conflictos emocionales y sociales. También sirven para evocar pueblos lejanos, e ir conociendo sus costumbres y mitos.  Los niños –está más que probado– suelen ser lectores muy críticos, pero en cambio su acogida es muy alentadora. Grandes escritores han escrito grandes obras infantiles: pienso en Bashevis Singer, Böll, Buzzati, Dahl, Durrell, Kästner, Twain… faltan buenos originales, y faltan más editores de libros infantiles.

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La ‘Cinémathèque’ anticipa su homenaje al actor Montgomery Clift

Montgomery Clift junto a Marilyn Monroe y Clark Gable.

Adelantándose a la celebración oficial del 50 aniversario de la muerte de Montgomery Clift, la emblemática ‘Cinémathèque Française’ ha programado para los próximos días 23, 24 y 25 de julio la proyección de 12 de las 17 películas en los que intervino el inolvidable actor. Entre ellas destacan ‘De aquí a la eternidad’, ‘Río Salvaje’, ‘Vidas rebeldes’, ‘De repente, el último verano’, ‘La heredera’, ‘Río Rojo’, ‘Vencedores o vencidos’ y ‘Yo confieso’.

Mi primer recuerdo de Montgomery Clift va unido a la proyección del film Río Rojo, de Howard Hawks. Era una sala para cinéfilos ya desaparecida, por supuesto. Corría el año 1970 y una de mis inquietudes culturales era frecuentar cines de Arte y Ensayo recomendados por las revistas especializadas de la época. Río Rojo se proyectó junto a Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais. Aunque era un gran admiradorde John Wayne, sin embargo me quedé impresionado por el trabajo de Montgomery Clift, que interpretaba en la película de Hawks al hijo de Wayne, un vaquero introvertido. Fue seguramente la profundidad psicológica del personaje, con su rostro atormentado, lo que me atrajo de este inolvidable actor.

Curiosamente Río Rojo fue el primer film de los 17 en que intervino Clift. Había nacido 7 de octubre de 1920 en Omaha (Nebraska). Hasta participar en el film de Hawks (tenía 28 años) Montgomery Clift ya poseía un amplia carrera teatral en Broadway, rechazando las ofertas que le venían de Hollywood. Pronto dos hechos –que posteriorente marcaron toda su carrera– influyeron en el actor. Por una parte su trabajo con Elia Kazan (le dirige en la obra de Thornton Wilder ‘The Skin of Our Teeth’), que le inicia en método del Actor’s Studio (Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro y Al Pacino han confesado las influencias que recibieron de Clift). Y por otra parte una disentería que contrajo muy joven, cuyo tratamiento le puso en contacto con el mundo de los fármacos y las drogas.

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El filósofo pulidor de lentes

Lugar de trabajo de la casa de Spinoza en Rijnsburg (Holanda), con los instrumentos propios de su oficio, como un molino de pulir. El filósofo vivió en Rijnsburg desde el 1661 hasta 1663, como inquilino de Herman Hooman (médico-químico), en una casa situada actualmente en el número 29 de la Spinozalaan.

Spinoza fue excomulgado de la comunidad judía de Ámsterdam el 27 de julio de 1656 cuando contaba con 23 años. A raíz de esta expulsión, el filósofo holandés decidió aprender un oficio: eligió ser pulidor de lentes. Ello le permitió subsistir, satisfacer parte de su intensa curiosidad científica y dedicarse con pasión a la actividad filosófica. La maestría manual y el interés de Spinoza por los avances ópticos de la época (un siglo dorado para Holanda) también tuvieron reflejo en su maestría mental y en su método filosófico: geométrico y óptico a la vez.

El filósofo holandés de origen judío Baruch Spinoza (1632-1677) se ganaba la vida puliendo lentes destinadas a la fabricación de instrumentos ópticos. No vivió de impartir clases; incluso rechazó el ofrecimiento de una plaza en la Universidad de Heidelberg a cambio de conservar la libertad de su verbo rebelde. Tampoco dependió su economía de la publicación de sus obras: apenas solo dos de sus libros vieron la luz en vida del autor, Principios de filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos (1663), con su nombre, y Tratado teológico-político (1670), anónimo. El primero era una exposición crítica de la teoría de Descartes; el segundo, una lúcida y demoledora exégesis bíblica, que cuestionaba una de «las ilusiones» más arraigadas del ser humano, la religión.

El sello inequívoco de Spinoza como autor lo confería una mezcla misteriosa de inteligencia brillante y acerada junto con una profunda originalidad e insólita rebeldía frente a la tradición: lo que Antonio Negri ha denominado «la anomalía salvaje». La obra arquetípica del filósofo holandés, Ética demostrada según el orden geométrico, tuvo que esperar hasta su muerte para ser publicada; pero esas cautelas propias de la época ahora no cuentan, porque los ecos de sus ideas siguen resonando en la actualidad con gran fuerza y colonizando nuevos territorios del pensamiento: así, el interés y reivindicación de las aportaciones de Spinoza a la teoría de los afectos por parte del neurocientífico Antonio Damasio (Looking for Spinoza, 2003).

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Athanasius Kircher, genio y autor olvidado

Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

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Las memorias de un espía inglés

‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.

Más de medio siglo después de publicar su primera novela, «Llamada para un muerto» (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.

¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.

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Zygmunt Bauman, la filosofía como espejo de nuestro tiempo

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman –autor de una extensa obra entre la que destaca «La modernidad líquida»– falleció el pasado lunes, 9 de enero, a los 91 años en Leeds, Inglaterra. Con su muerte, desaparece uno de los intelectuales europeos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos; un pensador que transmite un cierto sosiego en un mundo cada vez más gris.

Leí a Zygmunt Bauman por primera vez en el verano del 2002, cuando aún mantenía yo la esperanza de encontrar una explicación clara e inteligente que me ayudara a moderar la antipatía que siento hacia la sociedad actual, una sociedad en la que el capitalismo salvaje y globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial. Empecé por «El malestar de la posmodernidad», que me gustó mucho. En contraste con el clásico de Freud, «El malestar en la cultura», aquí el filósofo polaco sostiene que la inseguridad y el miedo a los rápidos cambios en la sociedad contemporánea marcan el deseo de libertad que caracteriza a nuestro tiempo, y también la dificultad que tenemos para encontrarla.

Poco después, leí la que para mí es su mejor obra: «Ética Posmoderna». En ella, Bauman sostiene que para renovar la forma en que vemos nuestra vida juntos, tenemos que rehacer de nuevo el significado de muchos conceptos. Uno de ellos sería el de ‘moral’, sin duda, cada vez más desgastado. Estoy de acuerdo con esto: o abandonamos el sentido que la sociedad le ha dado a esta palabra, o seguiremos siendo testigos de muchos crímenes de odio.

También ‘devoré’, con verdadera fruición, su conocida trilogía: «La modernidad líquida», «Amor líquido» y «Vida líquida» y, más tarde, «La cultura como praxis», «La globalización: consecuencias humanas», «En búsqueda de la política», «La sociedad individualizada» y «Vidas desperdiciadas». En cualquier caso, debo confesar que no llegué a encontrar en la extensa obra de Bauman todas las explicaciones que yo buscaba para quitarme ese malestar que no me abandona. Más bien se acrecentó cuando leí su libro «Modernidad y Holocausto», en el que se diferencia de muchos otros pensadores que veían la barbarie del Holocausto como un fracaso en la modernidad.

Seguramente no voy a encontrar las respuestas que busco en el resto de su obra, pero reconozco que sus libros están repletos de observaciones muy lúcidas, de una gran valentía intelectual para enfrentarse a cuestiones muy sensibles y, sobre todo, porque brindan un poco de consuelo ante un mundo cada vez más deplorable. También es un momento para observar la increíble coherencia de su pensamiento: alguien que vio la fluidez contemporánea y la situó como una de los pilares de su pensamiento sólo podía dejar de escribir cuando la muerte se lo impidiera. Y eso es lo que acaba de ocurrir.