El 17 de noviembre y el catalejo de Fidel

Por: 

Elier Ramírez Cañedo

En noviembre de 2005, me desempeñaba como presidente de la FEU de la Universidad de La Habana y teníamos muy cerca la conmemoración del Día Internacional del Estudiante, el 17 de noviembre. Precisamente ese día fue el escogido para materializar un acontecimiento muy esperado: la visita del Comandante en Jefe a la Universidad, pospuesta —por razones de agenda de trabajo— desde el mes de septiembre, cuando todo estuvo listo para conmemorar el 60 aniversario de su ingreso a la Colina universitaria.

Mientras participaba en las sesiones del Consejo Nacional de la FEU, recibí la encomienda de hacer uso de la palabra en el acto de inicio de aquella jornada, en el Memorial a Julio Antonio Mella, casi al pie de la Escalinata universitaria, antes de que miles de estudiantes subieran los 88 peldaños. Al llegar al Aula Magna, aquel sitial histórico estaba copado. Logré presenciar y escuchar aquel discurso desde el segundo balcón. Cientos de estudiantes lo hicieron a través de pantallas gigantes colocadas en distintos lugares de la plaza Ignacio Agramonte y esperaron horas con el ánimo de interactuar directamente con él.

“Las palabras de Fidel aquella tarde-noche del 17 de noviembre de 2005 marcaron un punto de inflexión, desde la crítica y la reflexión más profunda de todos nuestros errores e insuficiencias (…)”.

Todos caímos en su magia natural, en esa capacidad especial para conectar con las audiencias —en especial los más jóvenes— y convocarlas a las tareas más complejas, pero no menos nobles y justas. Su discurso ofreció un programa para la acción, para la transformación revolucionaria; delineó retos presentes y futuros para Cuba y la humanidad, totalmente vigentes hoy. Se sintió en casa, en su Universidad —en la que se hizo revolucionario, como recordó en su propia intervención— y con los jóvenes universitarios en los que siempre confió para los análisis más agudos y las acciones más audaces. No fue para nada casual que escogiera este escenario para pronunciar un discurso que marcaría un hito político en la historia de la Revolución, como no había sido casual que, durante los sucesos del 5 de agosto de 1994, en los primeros en que pensara Fidel para buscar apoyo fuera en los estudiantes universitarios.

Confieso que tuve una gran aspiración ese día, como seguro fue la de otros bisoños asistentes, y no era otra que coronar el sueño de por fin estrechar la mano del Comandante, pero no se dio la ocasión. Sin embargo, días después se celebró una Mesa Redonda a la que invitaron a varios dirigentes de la FEU como público, y allí, cuando menos me lo esperaba, pude materializar ese noble anhelo de cualquier revolucionario. Guardo la instantánea de ese día como uno de los tesoros más preciados.

Las palabras de Fidel aquella tarde-noche del 17 de noviembre de 2005 marcaron un punto de inflexión, desde la crítica y la reflexión más profunda de todos nuestros errores e insuficiencias, pero también desde el llamado a la participación de todo el pueblo —con énfasis en la juventud— a librar esa batalla decisiva desde los valores éticos forjados por la obra revolucionaria. Una nueva etapa en la que mirarnos hacia adentro se convirtió en tarea primordial —sin descuidar el conocimiento y la reflexión sobre lo que acontecía en el mundo—, aunque algunos todavía se resistan. La mirada que reclamaba Fidel no era aquella que solo se conforma con la contemplación y los diagnósticos y, mucho menos, la que se arropa en posturas oportunistas o de torres de marfil, como supuesta conciencia crítica de la sociedad.

A la luz de hoy, cobran cada vez más vigencia las palabras de Fidel aquel 17 de noviembre de 2005. Foto: Tomada de Fidel Soldado de las Ideas

El discurso fue una clarinada a combatir, a no rendirnos jamás frente a los imposibles, el burocratismo, la insensibilidad, el derroche, las ilegalidades, la corrupción y muchos otros males, más peligrosos que todos los planes macabros juntos de nuestros enemigos históricos.

Comenzaba en aquel tiempo la Revolución Energética liderada por Fidel, y recuerdo que la FEU de la Universidad de La Habana cumplió importantes tareas en esa misión estratégica: el cambio de bombillos incandescentes y otros equipos electrodomésticos en varios municipios de la capital, el censo electroenergético y, junto a los trabajadores sociales, la custodia del combustible en servicentros de la ciudad el 31 de diciembre de 2005. Al llamado de Fidel, los estudiantes respondieron con entusiasmo y dedicación; era la primera vez que las Brigadas Universitarias de Trabajo Social (BUTS) se activaban en fin de año. Cientos de estudiantes de provincia sacrificaron sus vacaciones decembrinas para cumplir con la convocatoria del Comandante.

Fidel no pudo ser más explícito en su intervención: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos —se refirió a los imperialistas—; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra”. Siempre hubo y hay quien ha hecho una lectura errónea y pesimista de aquella estocada crítica y certera, pero lo cierto es que no se encuentra en todo el discurso destello de pesimismo y derrota; todo lo contrario, es un grito en medio de la contienda basado en la confianza de que es posible vencer si se moviliza la mayor fortaleza que siempre ha tenido la Revolución: el pueblo. “Y, en general, lo sabemos todo —señaló Fidel en sus palabras—, y muchos han dicho: ‘La Revolución no puede; no, esto es imposible; no, esto no hay quien lo arregle’. Pues sí, esto lo va a arreglar el pueblo, esto lo va a arreglar la Revolución, y de qué manera. ¿Es solo una cuestión ética? Sí, es primero que todo una cuestión ética; pero, además, es una cuestión económica vital”.

“El discurso fue una clarinada a combatir, a no rendirnos jamás frente a los imposibles, el burocratismo, la insensibilidad, el derroche, las ilegalidades, la corrupción y muchos otros males, más peligrosos que todos los planes macabros juntos de nuestros enemigos históricos”.

A la luz de hoy, cobran cada vez más vigencia las palabras de Fidel aquel 17 de noviembre de 2005. Nuestras capacidades internas están sometidas a una de las pruebas más difíciles por las que ha atravesado la Revolución. El imperialismo no va a desistir de su empeño por destruir nuestra obra emancipadora desde fuera, pero sobre todo desde dentro; buscará las formas más creativas para hacerlo y no podemos facilitarles el camino. De ahí que hoy sea imprescindible barrer de una vez por todas —como se viene haciendo— aquellos vicios que denunciaba Fidel en su magistral discurso, aún hoy presentes en nuestra realidad y que indudablemente constituyen los principales aliados con los que cuentan quienes nos adversan. “Debemos estar decididos —señalaba Fidel—: o derrotamos todas esas desviaciones y hacemos más fuerte la Revolución destruyendo las ilusiones que puedan quedar al imperio, o podríamos decir: o vencemos radicalmente esos problemas o moriremos. Habría que reiterar en ese campo la consigna de: ¡Patria o Muerte!”.

Para esa batalla a la cual nos convocaba Fidel, y que aún 20 años después está planteada, contamos con numerosas fortalezas y potencialidades, que bien articuladas resultan invencibles. Confío siempre en que, por muy difíciles que sean las circunstancias, ese Fidel que los revolucionarios cubanos llevamos dentro nos hará victoriosos. Nuestro optimismo no es complaciente y pasivo, sino crítico y activo, como fue el espíritu de las palabras de Fidel en el Aula Magna de la Universidad. El reto mayor está en nosotros mismos.

(Tomado de La Jiribilla)

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Fidel y la batalla contra el ALCA

Por: 

Elier Ramírez Cañedo

Hace exactamente 20 años tuvo lugar un acontecimiento que algunos han llegado a considerar la más grande derrota del imperialismo en América después de la sufrida en las arenas de Playa Girón en abril de 1961, me refiero al entierro del proyecto neocolonial yanqui conocido por Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), decretado simbólicamente por el Comandante y presidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías, a través de un vibrante y profundo discurso antiimperialista en el estadio José María Minella, del balneario de Mar del Plata, Argentina, copado por más de 40 000 personas. Con su estilo apasionado Chávez lanzó la histórica frase:

“ALCA, ALCA, al carajo”, que resonó como sentencia definitiva y que antes había estremecido las calles de la ciudad argentina en multitudinaria marcha de los movimientos sociales, sindicales, estudiantiles y organizaciones de todo el continente. En toda esa jornada hubo presencia cubana, con una amplia y diversa delegación de más de doscientos participantes —glorias del deporte cubano, artistas, científicos, intelectuales, estudiantes y representantes de nuestras organizaciones de masas—, de cuyo desempeño, así como de cada detalle de lo que ocurría en la III Cumbre de los Pueblos, evento paralelo a la cumbre oficial de presidentes, estaba al tanto el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz.

Si bien no estuvo presente físicamente, el influjo del líder de la Revolución Cubana se hizo sentir, tanto en la voz de los pueblos como en la de los presidentes que enfrentaron en las discusiones de la IV Cumbre de las Américas el intento de la administración de George W. Bush de imponer el ALCA. Los líderes indiscutibles que plantaron cara fueron Chávez, Luis Ignacio Lula Da Silva, de Brasil, y el anfitrión, Néstor Kirchner, también se opusieron los de Paraguay y Uruguay, produciendo una de las victorias más contundentes del ideal latinoamericano de independencia, unión e integración frente al proyecto de dominación de Washington, que bajo el eufemismo del “libre comercio” pretendía reforzar la condición de patio trasero de la región de América Latina y el Caribe. La idea del ALCA había sido planteada por la administración de William Clinton durante la I Cumbre de las Américas celebrada en Miami en 1994. Ya en el 2001, durante la III Cumbre de las Américas en Quebec, Canadá, todos los países presentes, exceptuando la Venezuela liderada por Chávez, votaron a favor del ALCA, con la idea de que las negociaciones estuviesen concluidas para el 1ro de enero de 2005 y su implementación en diciembre del propio año. Pero en el 2005, la correlación de fuerzas en la región había cambiado, fracturando el llamado “consenso de Washington”.

“Desde finales de los años 90, el Comandante en Jefe emergió como una de las voces más críticas y lúcidas frente al ALCA”.

Los movimientos sociales llevaban una década de arduo batallar contra el ALCA y, en la medida que fueron llegando gobiernos progresistas y de izquierda al gobierno, los resultados de esa lucha comenzaron a hacerse palpables.

Cuba no había permanecido ajena. Fidel se había convertido en uno de los estrategas fundamentales en la lucha contra el ALCA. Desde finales de los años 90, el Comandante en Jefe emergió como una de las voces más críticas y lúcidas frente al ALCA. A través de discursos, entrevistas y reflexiones, Fidel no solo alertó sobre los riesgos económicos y políticos de este acuerdo, sino que protagonizó una batalla ideológica y diplomática que culminaría con su rechazo continental años después.

Para Fidel, el ALCA no era un simple tratado comercial. Lo definió como un “instrumento de anexión”, un “nuevo colonialismo” que buscaba “devolver a América Latina a la era de la recolección de frutas”. Insistía en que Estados Unidos no deseaba una integración regional basada en la igualdad sino una relación asimétrica que perpetuara su dominio económico y político. Asimismo, alertó sobre la desaparición de las monedas nacionales, la pérdida de las industrias locales, el aumento del desempleo, la dependencia financiera y que, bajo el disfraz del libre comercio, se escondía un plan para liquidar cualquier intento de autonomía regional.

“Estados Unidos desea tragarse enterita a América Latina y al Caribe, a través del llamado ALCA”, afirmó en 1999. Y añadió: “No quieren unión, porque la unión da fuerza”.

Fidel y Chávez, 14 de diciembre de 2004. Foto: Tomada de Juventud Rebelde

Uno de los ejes centrales de su lucha fue la necesidad de “sembrar conciencia”, pues se percataba que el mayor peligro no era la posición de los intelectuales —en su mayoría contrarios al ALCA—, sino de la desinformación de las grandes mayorías. Fue abanderado de la propuesta de la realización de plebiscitos antes de cualquier aprobación del acuerdo, para que los pueblos pudieran decidir. “No puede haber anexión, si hay plebiscito”, advirtió.

La estrategia de Fidel no se limitó a la denuncia, sino que convirtió a Cuba en epicentro de la resistencia intelectual y política al ALCA. Los foros organizados en La Habana, especialmente las conferencias internacionales Globalización y problemas del desarrollo y los Encuentros Hemisféricos de Lucha contra el ALCA, constituyeron espacios fundamentales para articular la contraofensiva. En estos eventos Fidel participaba directamente e intercambiaba con intelectuales, economistas y movimientos sociales de todo el mundo, tejiendo alianzas y consolidando argumentos.

Cuando había madurado la batalla contra el ALCA, junto a Chávez, Fidel impulsó la alternativa, así surgió la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), en diciembre de 2004, una integración basada en la cooperación y la solidaridad, no en el mercado, una respuesta ética y política al modelo neoliberal representado por el ALCA.

Testigos directos en la organización de la III Cumbre de los Pueblos —contra cumbre de los pueblos o Stop Bush—, la gran marcha y el acto de masas en el estadio de Mar del Plata, recuerdan la significativa incidencia de Fidel —desde la distancia— en su preparación y realización. El periodista Randy Alonso, el intelectual Abel Prieto y otros de los cubanos que participaron en la cita, cumplían indicaciones precisas de Fidel en temas organizativos y en la búsqueda de la unidad entre las distintas fuerzas de izquierda allí reunidas.

“Fue Fidel el que propuso la participación de Diego Armando Maradona, el astro del futbol argentino, como un símbolo que podía contribuir a la convocatoria de masas y al impacto comunicacional de la marcha y el acto en el estadio”. Foto: Tomada de Sputnik

En La Habana, previo a la realización de los eventos, Fidel también había sostenido intercambios con los argentinos Luis D Elía, líder y fundador de la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat (FVT) y Miguel Bonasso, diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires, donde pasaron revista a la agenda de la Cumbre de los Pueblos y las distintas ideas. Fue Fidel el que propuso la participación de Diego Armando Maradona, el astro del futbol argentino, como un símbolo que podía contribuir a la convocatoria de masas y al impacto comunicacional de la marcha y el acto en el estadio.

Al volver y analizar toda esta historia, es imposible no hacer un vínculo con la batalla también política, diplomática y comunicacional librada por José Martí a finales del siglo XIX contra el “convite de la Roma Americana” que representaron la Conferencia Internacional Americana (1889) y la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América (1891), donde el secretario de Estado estadounidense James G. Blaine propugnaba la iniciativa de una Unión Aduanera. Martí vio en aquel proyecto un mecanismo para asegurar la “dominación económica y política” de Estados Unidos sobre la América recién liberada de España.

Un siglo después, para Fidel, el ALCA era una versión actualizada del mismo convite anexionista.

Aunque Bush salió de aquella cumbre con la cola entre las piernas, el imperialismo no quedó de manos cruzadas, paso entonces a una ofensiva que buscaba satisfacer sus intereses por separado con cada uno de los países y la firma de Tratados de Libre de Comercio (TLC) de forma bilateral.

La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) es una integración basada en la cooperación y la solidaridad, no en el mercado. Foto: Tomada de Internet

Chávez fue clarividente cuando expresó en su discurso en el estadio mundialista que se había ganado una batalla pero que la lucha continuaría por largo tiempo. “La batalla del ALCA —señaló el líder bolivariano—, la batalla del ALCA, que como bien decía Hebe de Bonafini sin duda que la hemos ganado, pero ¡cuidado!, eso es solo una batalla, eso es solo una batalla de tantas batallas pendientes que nos quedan para toda la vida, ahora, decía que tenemos una doble tarea, enterrar el ALCA y el modelo económico, imperialista, capitalista por una parte, pero por la otra nos toca, compañeros y compañeras, ser los parteros del nuevo tiempo, los parteros de la nueva historia, los parteros de la nueva integración”.

A la luz de 20 años, el entierro del ALCA en aquellas jornadas del 4 y 5 de noviembre de 2005, en Mar del Plata, Argentina, sigue siendo una inspiración, una luz que nos muestra que no es imposible vencer al imperialismo y que la mejor táctica y mejor estrategia continúa siendo la unidad, como aquella que se fraguó entre movimientos sociales y gobiernos progresistas y de izquierda con un objetivo común y con claridad meridiana de dónde y quién es el enemigo principal a derrotar. Fidel, lo tuvo siempre muy claro y eso le permitió convertirse en un estratega en la conducción de la batalla contra el ALCA y de la victoria alcanzada. Con ella se abrieron paso, sin duda, el ALBA, la Unión de Naciones del Sur (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) y otros mecanismos de integración nuestramericanos.

(Tomado de La Jiribilla)

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La batalla diplomática y política en torno a la Crisis de Octubre

Elier Ramírez Cañedo

Sin duda, la llamada Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre es dentro de la confrontación histórica entre Cuba y Estados Unidos el incidente más peligroso por el que atravesaron ambos países y el mundo durante el período de la Guerra Fría.

Limitada en sus posibilidades de manifestación militar a la toma de algunas medidas que dieran cierta capacidad de respuesta a los planes agresivos de Washington y mantenida al margen del proceso de negociación entre la URSS y Estados Unidos, el papel protagónico de Cuba durante la Crisis de Octubre centró sus esfuerzos en el terreno político y diplomático.

Al igual que en otros momentos de la historia de la Revolución, brilló la diplomacia cubana guiada por su principal artífice: Fidel Castro Ruz. Como dijera Ernesto Che Guevara en su célebre carta de despedida, al referirse al papel desempeñado por el Comandante en Jefe durante la crisis: “Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días”.

Los errores que dieron ventaja a Kennedy

Es conocido que, para aquel tiempo, los artífices de la agresividad contra la Isla en la política norteamericana estaban deseosos de cobrarse el fiasco de Girón, por lo que ya tenían diseñado un proyecto —conocido como Plan Mangosta— que contemplaba en su última fase la invasión a Cuba en gran escala para octubre de 1962, utilizando las fuerzas armadas de Estados Unidos.

La máxima dirección cubana disponía de concepciones defensivas que no comprendían el despliegue de misiles nucleares. Imagen: Archivo de Granma.

Este peligro inminente, conocido por las autoridades de la Isla y de la URSS, influyó en el paso dado por los soviéticos en mayo de 1962 de proponer la instalación de cohetes nucleares de corto y mediano alcance en Cuba. Sin embargo, al parecer, los motivos más profundos del premier soviético, Nikita Jruschov, al dar ese paso tan arriesgado, estuvieron relacionados con la intención de disminuir la brecha nuclear existente entre la URSS y Estados Unidos, con amplia ventaja para esta última nación, aspecto que desconocía la máxima dirección de la Isla en aquellos momentos.

La manera en que Jruschov actuó después, al producirse la crisis, cuando sin contar con la dirección cubana negoció con Kennedy la salida de los cohetes nucleares de la Isla, y peor aún, de manera subrepticia negoció esa salida a cambio de la retirada de los misiles nucleares estadounidenses ubicados en Turquía e Italia, dejan mucho que desear sobre las verdaderas o fundamentales motivaciones que tuvo Jruschov a la hora de proponer a los cubanos la instalación de los cohetes en Cuba.

¿Qué tenían que ver los cohetes de Turquía e Italia con la defensa de Cuba? ¿Por qué no exigió se devolviera a la Mayor de las Antillas el usurpado territorio de la Base Naval de Guantánamo, se eliminara el bloqueo económico, u otros aspectos que sí se ajustaban a los intereses de la Isla?

“Al igual que en otros momentos de la historia de la Revolución, brilló la diplomacia cubana guiada por su principal artífice: Fidel Castro Ruz”. Imagen: Tomada de Internet

A pesar de que en las concepciones defensivas ya elaboradas para entonces por parte de la máxima dirección cubana, los misiles nucleares no estaban comprendidos, y de la conciencia de los líderes cubanos de que su presencia en el territorio insular podía afectar el prestigio de la Revolución, se aceptó la instalación de los cohetes, a partir de que se cumplía con un principio ineludible de apoyo internacionalista con el Campo Socialista y la URSS en particular, sobre cuya amistad no existía la menor duda, porque la había demostrado muchas veces.

Se trataba entonces, de que, si los soviéticos habían estado siempre dispuesta a ayudar a Cuba en los momentos más críticos, no se podían esgrimir intereses nacionales estrechos, cuando los que estaban en juego eran los intereses del Campo Socialista como un todo y por supuesto, vistos en un sentido más estratégico, los de la capacidad para defender a la isla también.

Mucho se perdió en el terreno moral, político y diplomático cuando los soviéticos decidieron que la instalación de los cohetes nucleares en Cuba se hiciera de manera secreta, y solo hacerla pública cuando fuera un hecho consumado, al que Estados Unidos supuestamente tendría que resignarse. El líder de la Revolución Cubana defendió en todo momento que la operación se hiciera pública bajo el respaldo del derecho internacional, pues no había nada ilegal en ello. Aunque mantuvo el criterio de que los soviéticos eran los que debían tomar la decisión final, por consideración a su gran experiencia internacional y militar.

Sin contar con la dirección cubana, Jruschov negoció con Kennedy la salida de los cohetes nucleares de la Isla. Imagen: Tomada de Sputnik

Otro elemento que dio ventaja política y diplomática a la Administración Kennedy fue la errada táctica soviética de responder a todos los ataques sobre el envío de armas a Cuba asegurando que estas eran de carácter defensivo, cuando para los estadounidenses la cuestión no estaba dada en el propósito de su empleo, sino en su capacidad para alcanzar el territorio continental de Estados Unidos. Por eso, cuando estalló la crisis Kennedy se presentó exitosamente a la opinión pública como un hombre engañado.

Los días “luminosos y tristes”

El 14 de octubre de 1962 un avión U-2 de Estados Unidos, violando el espacio aéreo de Cuba obtuvo las fotografías que mostraron la presencia de cohetes nucleares de alcance medio. Al día siguiente se confirmó la existencia de los cohetes con nuevos vuelos de reconocimiento por aviones U-2 de la fuerza aérea estadounidense. El 16 de octubre de 1962, McGeorge Bundy, asistente especial del Presidente para Asuntos de Seguridad Nacional, informaba a Kennedy sobre la presencia de los misiles en Cuba.

Por aquellos días, fuerzas militares estadounidenses se concentraban en las cercanías de la Isla, bajo el pretexto de la realización de varios ejercicios y maniobras, como el Unitas III y el Sweep Clear, sin embargo, el propio lunes 15 de octubre comenzó el ejercicio Phibrilex 62, uno de los más importantes y peligrosos para el archipiélago cubano. Este se desarrollaría hasta el 30 de octubre con la participación de más de cuarenta buques, veinte mil marinos y cuarenta mil infantes de marina, e incluía la realización del asalto anfibio a la isla de Vieques, en Puerto Rico, convertida a los fines del ejercicio en la ficticia “República de Vieques”, para derrocar a un tirano imaginario, Ortsac, que es el apellido Castro deletreado al revés.

“El 14 de octubre de 1962 un avión U-2 de Estados Unidos, violando el espacio aéreo de Cuba obtuvo las fotografías que mostraron la presencia de cohetes nucleares de alcance medio”.

No había que hacer gran esfuerzo para interpretar el objetivo de la maniobra. Cuando estas prácticas fueron planificadas no habían pruebas aún de la existencia de los cohetes de alcance medio en Cuba. Este ejercicio constituía un ensayo de la última fase de la Operación Mangosta, prevista para fines del mes de octubre de 1962. De cualquier forma, la maniobra sirvió a Estados Unidos para encubrir la movilización de las tropas necesarias en la nueva situación.

Cuando en las horas de la mañana del 22 de octubre de 1962, se anunció que el presidente Kennedy hablaría a las siete de la tarde para dar a conocer acontecimientos extraordinarios a la población de Estados Unidos, y al tenerse en cuenta una serie de movimientos militares que se habían detectado en La Florida y en el sur de Estados Unidos en general, el Primer Ministro, Fidel Castro Ruz, apreció que este hecho estaba relacionado directamente con Cuba y con la presencia de los cohetes soviéticos. Dadas esas circunstancias, ordenó poner en situación de alerta a las Fuerzas Armadas Cubanas a las 3:50pm, y a las 5:35pm decretó la alarma de combate para toda la nación.

En su declaración, Kennedy informó que en Cuba existían bases de proyectiles ofensivos con capacidad para un ataque nuclear contra el hemisferio, que peligraban el Canal de Panamá, Washington, Cabo Cañaveral, Ciudad México y otras ciudades del sector sureste de Estados Unidos, Centroamérica y la zona del Caribe, que además, se estaban construyendo bases adicionales que ponían en peligro ciudades del hemisferio occidental, desde puntos tan al norte como la Bahía de Hudson, en Canadá, y tan al sur como Lima, Perú, así como que bombarderos a chorro capaces de transportar armas nucleares estaban siendo desembarcados y armados en Cuba.

También planteaba que Cuba constituía una amenaza a la paz y seguridad de América, en deliberado reto al Pacto de Río de Janeiro, la Resolución Conjunta del Congreso de Estados Unidos, la Carta de las Naciones Unidas y las propias advertencias públicas del presidente Kennedy a la Unión Soviética formuladas los días 4 y 13 de septiembre. A partir de esa situación Kennedy da a conocer las medidas tomadas por su Gobierno: primero, se decretaba una cuarentena estricta contra todo equipo militar de ofensiva embarcado con destino a Cuba y que todos los buques de cualquier clase destinado a la Isla, procedente de cualquier nación o puerto, serían obligados a regresar si se descubría que llevaban armamentos de carácter ofensivo, y que esta cuarentena se extendería si hacía falta a otras clases de cargamentos y transportes, segundo; que continuaría y se incrementaría la estricta vigilancia a Cuba y a su refuerzo militar, y que las fuerzas armadas norteamericanas estuviesen preparadas para cualquier eventualidad, tercero; que sería política de Estados Unidos considerar a cualquier proyectil nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier país del hemisferio occidental, como un ataque de la Unión Soviética contra Estados Unidos, merecedor de plena respuesta de represalia contra la URSS, cuarto; que se reforzaba la base de Guantánamo y se evacuaba al personal no militar y se ponía en estado de alerta a las unidades militares adicionales, quinto; que se convocaba inmediatamente una reunión de consulta de la OEA para que estudiara esa amenaza contra la seguridad del hemisferio a tenor de los artículos 6 y 8 del tratado de Río de Janeiro, y se advertía de la situación a los aliados de Estados Unidos en todo el mundo, sexto; que según la Carta de las Naciones Unidas se solicitaría una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad para tomar medidas contra la amenaza soviética a la paz en el mundo y que Estados Unidos pedirían el pronto desmantelamiento y retirada de todos los armamentos de ofensiva que había en Cuba, bajo la supervisión de observadores para que la cuarentena pudiera ser levantada.

“En su declaración, Kennedy informó que en Cuba existían bases de proyectiles ofensivos con capacidad para un ataque nuclear contra el hemisferio”. Imágenes: Tomadas de Internet

Esa misma noche, Adlai Stevenson, embajador de Estados Unidos en las Naciones Unidas, solicitó una reunión urgente del Consejo de Seguridad. Kennedy envió además una misiva personal a Jruschov mediante un canal de comunicación especial. Con esta carta comenzó la correspondencia secreta entre ambos, que se extendió durante todo el período de la crisis.

Simultáneamente, Cuba y la URSS también dirigieron al Consejo de Seguridad sus quejas sobre las acciones agresivas y violaciones del derecho internacional de Estados Unidos, y solicitaron una reunión urgente. En la carta del Gobierno cubano al Presidente del Consejo de Seguridad, se señalaba que el bloqueo naval decretado por el gobierno de Estados Unidos constituía una acción unilateral y un acto de guerra establecido a espaldas de los organismos internacionales.

El 23 de octubre la agencia TASS emitió una declaración del Gobierno soviético, en la cual se denunciaba el serio peligro que para la paz significaba el bloqueo naval, calificándolo como un paso en el camino del desencadenamiento de la guerra termonuclear.

Al mismo tiempo, la Cancillería soviética entregó al embajador Foy D.Kohler una copia de dicha declaración y un mensaje de Jruschov al presidente Kennedy, donde reiteraba que los armamentos en Cuba eran defensivos y calificaba las medidas proclamadas el día anterior de insólita injerencia en los asuntos internos de la Isla, así como un acto provocativo contra la Unión Soviética. También Jruschov envió una misiva a Fidel, en la cual calificaba las acciones de Estados Unidos de piratescas, pérfidas y agresivas, informando además que había dado órdenes a los militares soviéticos en la Isla de estar en completa disposición combativa. Esta carta fue interpretada por la dirección cubana como una clara voluntad de la URSS de no ceder ante las amenazas y exigencias de Estados Unidos.

El Consejo de Seguridad de la ONU se reunió el propio 23 de octubre para escuchar los planteamientos de los acreditados por las tres naciones involucradas. El representante cubano fue invitado a participar en el debate ya que no era miembro del Consejo de Seguridad.

Cuba y Rusia denunciaron que el bloqueo naval de Estados Unidos en torno a la isla caribeña representaba una seria amenaza a la paz.

El primero en hacer uso de la palabra fue el representante norteamericano. Adlai Stevenson pronunció un largo discurso tratando de presentar el bloqueo como una medida de autodefensa. Acusó a Cuba por recibir armas estratégicas en su territorio y a la Unión Soviética por no hacer pública su decisión de enviarlas. Presentó un proyecto que demandaba el desmantelamiento y la retirada inmediata de las armas “ofensivas”, el envío de un cuerpo de observadores de la ONU a la Isla y la realización de negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética para eliminar la amenaza presente.

Acto seguido el representante cubano, García Incháustegui, afirmó que la Isla se había visto precisada a armarse ante las agresiones reiteradas de los norteamericanos y negó que las armas de Cuba fueran una amenaza para sus vecinos, pues eran puramente defensivas. Criticó fuertemente a Estados Unidos por enviar sus barcos y aviones a la Isla para después recurrir a la ONU.

Al concluir su discurso, el representante cubano sentó la posición de principio de la Isla de no dejarse inspeccionar, pues lo primero que había que hacer era revisar las bases norteamericanas de donde salían las invasiones y que no se aceptaría observadores de ningún tipo en asuntos que competían a la jurisdicción interna de Cuba. Ese mismo día Incháustegui presentó a las Naciones Unidas un documento en el que se relacionaban los sabotajes, ataques piratas, atentados terroristas y demás fechorías realizadas ese año contra Cuba, ya fuera con la participación directa o indirecta del Gobierno de Estados Unidos, y solicitó que se distribuyera como un documento oficial de la Asamblea General.

Por su parte, Valerian Zorin, el representante permanente soviético y presidente además en ese momento del Consejo de Seguridad, señaló que Estados Unidos habían realizado un acto sin precedentes en las relaciones entre países que no estaban en guerra y habían puesto en peligro la navegación de numerosos buques, violando abiertamente las prerrogativas del Consejo de Seguridad, único que podía autorizar la realización de cualquier clase de actos coercitivos.

“Al concluir su discurso, el representante cubano sentó la posición de principio de la Isla de no dejarse inspeccionar, pues lo primero que había que hacer era revisar las bases norteamericanas de donde salían las invasiones (…)”.

Zorin declaró que no entraría en polémicas con Stevenson, porque la declaración de Estados Unidos no era más que una cortina de humo para distraer la atención de las violaciones flagrantes de la carta de las Naciones Unidas. Agregó que confirmaba oficialmente la declaración del Gobierno de la Unión Soviética de que no había enviado ni estaba enviando armamentos ofensivos a Cuba, que las armas enviadas a Cuba estaban destinadas solamente a fines defensivos, pues la URSS poseía cohetes tan poderosos que no necesitaba buscar territorio alguno fuera de la Unión Soviética para lanzarlos.

Al finalizar su intervención, pidió la condena a las acciones emprendidas por los norteamericanos, que Estados Unidos revocaran su decisión de inspeccionar los buques de otros países en aguas internacionales, que cesara toda interferencia en los asuntos internos de Cuba, y que los tres países establecieran contactos para normalizar la situación y eliminar la amenaza de guerra.

Asimismo, el propio martes 23 de octubre se reunió el Órgano de Consulta de la OEA, ante la insistencia de Estados Unidos, de discutir una resolución que respaldara el bloqueo naval a la Isla. Ese mismo día fue aprobada por 17 votos a favor, ninguno en contra y una abstención (Uruguay). La resolución exigía el desmantelamiento inmediato y la retirada de las armas con capacidad ofensiva de Cuba y recomendaba que los estados miembros, basándose en los artículos 6 y 8 del Tratado de Río de Janeiro, tomaran las medidas individuales y colectivas, incluido el uso de la fuerza armada, para evitar que Cuba pudiera continuar amenazando la paz y la seguridad del continente.

Fidel refutó las imputaciones hechas contra Cuba por Kennedy, y exigió el desmantelamiento de las bases militares y la salida de tropas extranjeras desplegadas en territorios de otros países. Imagen: Tomada de Granma

En la comparecencia ante la Televisión y la Radio Nacional en la noche de ese día, 23 de octubre, Fidel refutó cada una de las imputaciones hechas contra Cuba por Kennedy el día anterior. El Primer Ministro cubano dejó claro que no tenía obligación de rendir cuentas al Gobierno de Estados Unidos y que éste no tenía derecho alguno de decidir el tipo de armas que Cuba debía o no tener. También rechazó categóricamente la pretensión estadounidense de inspeccionar el territorio cubano. Sobre cómo el Gobierno de Estados Unidos —a diferencia de Cuba— estaba haciendo añicos las normas más elementales del derecho internacional con sus medidas unilaterales y agresivas contra la Isla, señaló:

“Habla (Kennedy) de la Carta de las Naciones Unidas; precisamente en el momento en que van a violar la Carta de las Naciones Unidas, invocan la Carta de las Naciones Unidas, cuando nosotros no hemos cometido la menor violación de ninguno de los artículos de la Carta de las Naciones Unidas.

(…)

“Hay el hecho siguiente. La medida que toma, ‘es una violación inocultable por completo de la ley internacional; ningún Estado puede hacer eso, ningún estado puede parar a los barcos de otro Estado en altamar; ningún Estado puede bloquear a otro Estado. Es como si nosotros ahora mandáramos nuestros barcos, para decir: ‘no, Estados Unidos no puede mandar tales armas a Guatemala, ni a Venezuela’; que cualquier país pusiera sus barcos de guerra frente a otro país y bloqueara a ese país. Eso está contra toda ley internacional, y está, además, contra la moral de las relaciones internacionales, contra el más elemental derecho de los pueblos.

“Es decir que es, en primer lugar, una violación flagrante de la ley. Comete dos violaciones: una violación contra nuestra soberanía, por cuanto intenta bloquear nuestro país; y, en segundo lugar, comete una violación contra el derecho de todos los pueblos porque dice ‘cualquier barco de cualquier país puede ser registrado’. ¿Dónde? ¿En aguas norteamericanas? ¡No, en alta mar, es decir, en aguas internacionales ¡Comete una violación contra el derecho de todas las demás naciones no solo contra Cuba!”

Al mismo tiempo, Fidel aseveró que Cuba era partidaria del desmantelamiento de todas las bases militares y de la no permanencia de tropas extranjeras en el territorio de otro país. “Si Estados Unidos —dijo— quiere el desarme, magnífico: vamos a desmantelar todas las bases que haya en todas las partes del mundo. (…) Pero con la política de desarmarnos nosotros frente a los agresores, no estamos de acuerdo”.

Fidel además señaló que ante la nueva situación se podían dar dos alternativas, bloqueo total o agresión directa, y agregó: “Bloqueo total, lo resistiremos tomando las medidas necesarias, si se presenta el caso, podemos resistir bloqueo total (…) Si hay la otra alternativa, el ataque directo, ¡lo rechazaremos!”

“(…) U Thant planteó que mediaría en el conflicto a petición de un grupo de Gobiernos, por lo que envió un mensaje con textos idénticos a Kennedy y Jruschov, solicitándoles que se abstuvieran de emprender acciones que pudieran agravar la situación (…)”.

El Consejo de Seguridad de la ONU se reanudó el 24 de octubre a las nueve de la mañana, el mismo día en que entró en vigor el bloqueo naval impuesto por el Gobierno norteamericano a Cuba. En la reunión, U Thant planteó que mediaría en el conflicto a petición de un grupo de Gobiernos, por lo que envió un mensaje con textos idénticos a Kennedy y Jruschov, solicitándoles que se abstuvieran de emprender acciones que pudieran agravar la situación y propuso la suspensión voluntaria, por un período de dos a tres semanas de los envíos de armas y de la “cuarentena”, con el objetivo de que las partes se reunieran para solucionar la crisis.

De igual forma, U Thant había apelado al Gobierno de Cuba, exhortándolo a buscar algún terreno de interés común, como base para una discusión, por la cual se pudiera hallar una salida negociada a la crisis. Señaló que era posible contribuir grandemente a ese fin si la construcción de las instalaciones militares soviéticas en Cuba se suspendía durante el período de negociaciones.

Esa noche, en cumplimiento de indicaciones del Departamento de Estado, Stevenson se dirigió a U Thant e intentó que este hiciera una apelación a Jruschov para que mantuviera los barcos soviéticos fuera del área de la “cuarentena”; el diplomático birmano debía hacer la proposición como si fuera iniciativa propia con el objetivo de evitar una confrontación que podría producirse a corto plazo. U Thant estuvo de acuerdo con enviar un mensaje con la propuesta a primera hora de la mañana, y hacerlo a nombre suyo. Le plantearía la necesidad de que mantuviera sus barcos alejados para evitar una confrontación, porque pensaba que había la posibilidad de que los norteamericanos estuviesen preparados para discutir las modalidades de una negociación.

“El Gobierno cubano, a través de su embajador García Incháustegui, reafirmó a U Thant la actitud pacífica de Cuba, pero señaló que Washington no había aportado ninguna prueba que demostrara que la Isla era una amenaza para el hemisferio occidental (…)”.

En la mañana del 25 de octubre el Secretario General interino de la ONU, U Thant, recibió las respuestas de Jruschov y Kennedy a su mensaje del día anterior. El dirigente soviético dio una respuesta positiva, y aceptó el ofrecimiento para tratar de solucionar la crisis. Por su parte, la respuesta norteamericana era ambigua y no contenía ningún compromiso concreto.

El Gobierno cubano, a través de su embajador García Incháustegui, reafirmó a U Thant la actitud pacífica de Cuba, pero señaló que Washington no había aportado ninguna prueba que demostrara que la Isla era una amenaza para el hemisferio occidental y que esta tenía todo el derecho a defenderse de la agresividad del imperialismo estadounidense.

Poco después, U Thant se dirigía de nuevo a Jruschov y Kennedy. Con el objetivo de evitar un enfrentamiento en el mar, pedía al primero mantener los barcos soviéticos fuera del de la zona de intercepción, al menos por un tiempo limitado que permitiera la realización de las conversaciones para negociar una solución a la crisis. A Kennedy le solicitaba que las fuerzas de Estados Unidos en el Caribe evitaran un enfrentamiento con los barcos soviéticos, con el objetivo de disminuir el riesgo de cualquier incidente enojoso.

En horas de la tarde de ese día 25 de octubre se efectuó una nueva sesión del Consejo de Seguridad. El embajador soviético, Valerian Zorin, fue interrumpido en medio de su intervención por Stevenson, quien en tono inquisitivo, le pidió que dijera si en Cuba había o no armas ofensivas. Mientras Zorin se negaba a dar una respuesta directa a esa pregunta, Stevenson introdujo en la sala las ampliaciones de las fotos tomadas por los U-2, en las que se veía claramente los bombarderos y las posiciones de lanzamiento que se construían para los cohetes. El efecto fue devastador y el lance constituyó un fracaso total para la diplomacia soviética.

Ante esas claras evidencias, el representante soviético, respondió señalando que si el presidente Kennedy poseía esas pruebas desde el día 16 de octubre, como había hecho referencia en su discurso del 22 de octubre, ¿por qué no le había dicho nada sobre ese aspecto al ministro de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética, Alexei Gromyko, en la prolongada entrevista que sostuvo con él el día 18 del propio mes?

Estados Unidos mostró ante el Consejo de Seguridad fotos de los bombarderos y las posiciones de lanzamiento que se construían para los cohetes. El lance constituyó un fracaso para la diplomacia soviética. Imágenes: Tomadas de la ONU

Zorin además hizo énfasis en que, si el presidente Kennedy verdaderamente no tenía intenciones agresivas y quería defender la paz, ¿por qué se había callado y anunciado un bloqueo cuatro días después, colocando al mundo al borde de la guerra termonuclear? Posteriormente, Zorin mencionó la carta de Jruschov, destacando que ella se exponían claramente las intenciones de la Unión Soviética de buscar una salida negociada a la crisis, rechazando las interpretaciones que había dado Stevenson sobre la posición asumida por la URSS.

La sesión del Consejo de Seguridad terminó con el anuncio de U Thant de que, en la mañana del siguiente día, iniciaría conversaciones con los representantes de Cuba, la Unión Soviética y Estados Unidos, para tratar de buscar una solución a la crisis y se acordó, en espera de esas negociaciones, posponer las discusiones en ese organismo. Realmente, después de esta sesión del 25, no hubo ninguna otra reunión del Consejo de Seguridad donde se discutiera el tema de la Crisis.

El 26 de octubre U Thant recibió una carta de Jruschov comunicándole que aceptaba su proposición del día 25, por lo que en adelante los barcos soviéticos se mantendrían fuera del área de intercepción, aunque señalaba que esa situación no podría prolongarse.

Sin embargo, las horas que se vivían eran muy tensas, tanto para Cuba y la URSS, como para Estados Unidos, y llegaron a su punto más álgido cuando el 27 de octubre fue derribado un avión U-2 de la fuerza área estadounidense por cohetes soviéticos, en el momento en que éste violaba el espacio aéreo cubano.

El 27 de octubre Jruschov envía una misiva a Kennedy en la que le propone retirar los cohetes nucleares del archipiélago cubano, si Estados Unidos retiraban los suyos de Turquía, se comprometían a no invadir Cuba desde su territorio o de otro de sus vecinos y pactaban no inmiscuirse en los asuntos internos de la Isla.

Finalmente, el Gobierno estadounidense decidió enviar una carta a Jruschov en respuesta a la recibida el día 26, pues en ella, el gobierno soviético solo ponía como condición para retirar los cohetes de Cuba: que Estados Unidos se comprometiera a no invadir la Isla y a impedir que esta acción se perpetrara desde cualquier otro país. De esta manera, Washington ignoró la misiva de Jruschov que había transmitido Radio Moscú en la mañana del día 27, en la que hacía la propuesta relacionada con la retirada de los cohetes de Turquía. La actuación del Gobierno norteamericano consistió en manifestarse como si no hubieran recibido la carta del 27 y esperar la respuesta del líder soviético antes de emprender alguna acción de lamentables consecuencias.

El Secretario General interino de la ONU, U Thant, jugó un papel importante en la mediación.

El contenido fundamental de la carta de Kennedy a Jruschov planteaba que la URSS debía retirar los sistemas de armamentos ofensivos de Cuba bajo la inspección de la ONU, y comprometerse, con las debidas garantías, a no introducir en lo sucesivo armamento de esta clase en Cuba. De actuar de esta manera, Estados Unidos levantaría rápidamente el bloqueo naval y daría garantías de que Cuba no sería invadida. La esencia del mensaje consistía en que, si los cohetes no eran retirados inmediatamente de la ínsula, Estados Unidos se vería obligado a iniciar las acciones combativas a más tardar los días 29 o 30 de octubre.

El encargado de llevar el mensaje al embajador soviético en Estados Unidos fue Robert Kennedy, hermano del presidente de Estados Unidos. En la conversación, el embajador de la Unión Soviética insistió en la retirada de los cohetes estadounidenses en Turquía. Finalmente, se acordó que esos proyectiles en Turquía serían desmantelados tres y cinco meses después de la retirada de los cohetes soviéticos de Cuba, y que ese acuerdo se mantuviera en estricto secreto y no se incluyera en el texto oficial sobre el cese de la crisis. 

El 28 de octubre se trasmitió la carta de repuesta de Jrushchov a Kennedy por Radio Moscú. De nuevo el Gobierno soviético cometía un error durante la crisis: el texto ya se estaba haciendo público y no había sido concertado con el Gobierno cubano. El contenido fundamental de la carta era el siguiente: “Veo con respeto y confianza la declaración, expuesta en su mensaje del 27 de octubre de 1962, de que no se cometerá un ataque contra Cuba, de que no habrá invasión (…) Entonces los motivos que nos impulsaron a prestar ayuda de ese carácter a Cuba desaparecen. Por eso hemos dado instrucciones a nuestros oficiales (…) de adoptar las medidas correspondientes para que cese la construcción de los mencionados objetivos, para su desmontaje y devolución a la Unión Soviética”.

“El 28 de octubre se trasmitió la carta de repuesta de Jrushchov a Kennedy por Radio Moscú. De nuevo el Gobierno soviético cometía un error durante la crisis: el texto ya se estaba haciendo público y no había sido concertado con el Gobierno cubano”.

Esta noticia fue recibida con júbilo en Washington, sin embargo, la dirigencia cubana manifestó su inconformidad, pues la garantía de la palabra del Presidente norteamericano tenía muy poco valor, como había demostrado la historia de los últimos años. Por eso, en la tarde de aquel domingo el líder cubano, Fidel Castro, planteó sus conocidos “Cinco Puntos” y manifestó que no existirían las garantías de que hablaba Kennedy, si, además de la eliminación del bloqueo naval que prometía, no se adoptaban las medidas siguientes:

1ro. Cese del bloqueo económico y de todas las medidas de presiones comerciales y económicas que ejercen los Estados Unidos en todas las partes del mundo contra Cuba.

2do. Cese de todas las actividades subversivas, lanzamientos y desembarcos de armas y explosivos por aire y mar, organización de invasiones mercenarias, infiltración de espías y sabotajes, acciones todas que se llevan a cabo desde el territorio de los Estados Unidos y de algunos países cómplices.

3ro. Cese de los ataques piratas que se llevan a cabo desde bases existentes en los Estados Unidos y en Puerto Rico.

4to. Cese de todas las violaciones del espacio aéreo y naval por aviones y navíos de guerra norteamericanos.

5to. Retirada de la base naval de Guantánamo y devolución del territorio cubano ocupado por los Estados Unidos.

Fidel denunció que no existirían las garantías de no invasión de que hablaba Kennedy y planteó sus conocidos “Cinco Puntos”. Imagen: Tomada de Granma

Las negociaciones

El lunes 29 de octubre, en Naciones Unidas, la delegación soviética anunció la designación del viceministro de Relaciones Exteriores, Vasilievich Kuznetzov, para encabezar las negociaciones con Estados Unidos. Por la parte estadounidense participarían Adlai Stevenson y John McCloy, y por Cuba, Carlos Lechuga. Otra noticia dada a conocer ese día fue la aceptación de U Thant a la invitación del Gobierno Revolucionario para que visitara la Isla. Partiría hacia La Habana el martes 30.

En sus conversaciones con la alta dirección del país, quedaron delineadas las posturas firmes de Cuba en cuanto al necesario cumplimiento de los cinco puntos decretados por Fidel. Se planteó que no se permitiría ninguna inspección de control en territorio cubano con pretensiones de verificar la verdadera retirada de los cohetes, pues Cuba no había violado ninguna ley internacional, y que en cambio, Estados Unidos si lo habían hecho y nadie controlaría el cumplimiento de su palabra de no invadir a la isla. Al respecto expresó Fidel a U Thant, en la primera entrevista sostenida en la tarde del día 30 de octubre:

“Precisamente nosotros no comprendemos por qué se nos pide eso, porque nosotros no hemos violado ningún derecho, no hemos llevado a cabo agresión absolutamente contra nadie; todos nuestros actos han estado basados en el Derecho Internacional, no hemos hecho absolutamente nada fuera de las normas del Derecho Internacional. En cambio, nosotros hemos sido víctimas, en primer lugar, de un bloqueo, que es un acto ilegal, en segundo lugar, la pretensión de determinar desde otro país qué tenemos nosotros derecho a hacer o no hacer dentro de nuestras fronteras.

“Nosotros entendemos que Cuba es un Estado soberano ni más ni menos que cualquier otro de los Estados miembros de las Naciones Unidas, y con todos los atributos que son inherentes a cualquiera de esos estados.

“Además, los Estados Unidos han estado violando reiteradamente nuestro espacio aéreo sin ningún derecho, cometiendo un acto de agresión intolerable contra nuestro país. Han pretendido justificarlo con un acuerdo de la OEA, pero ese acuerdo no tiene para nosotros ninguna validez. Nosotros fuimos, incluso, expulsados de la OEA.

“Nosotros podemos aceptar cualquier cosa que se ajuste al derecho, que no implique merma en nuestra condición de Estado soberano. Los derechos violados por Estados Unidos no han sido restablecidos, y por medio de la fuerza no aceptamos ninguna imposición.

“Entiendo que esto de la inspección es un intento más de humillar a nuestro país. Por lo tanto, no lo aceptamos”.

Fidel sostuvo encuentros con U Thant en La Habana. Ambos coincidieron en el carácter ilegal del bloqueo de Estados Unidos contra Cuba. Imágenes: Tomadas de Internet

Más avanzada la conversación diría el Comandante en Jefe: “resulta realmente difícil comprender cómo se puede hablar de soluciones inmediatas, independientemente de soluciones futuras, cuando lo que más interesa no es pagar ahora cualquier precio por la paz, sino garantizar la paz de manera definitiva, y no estar pagando todos los días el precio de una paz efímera”.

U Thant coincidió con Fidel respecto a la ilegalidad del bloqueo: “Mis colegas y yo opinamos, y así se lo hice saber a Estados Unidos, que el bloqueo era ilegal; que ningún Estado puede admitir un bloqueo no ya solo militar, ni siquiera económico. Eso es usar la imposición de la fuerza de una gran potencia contra un país pequeño. También les dije que era ilegal e inadmisible el reconocimiento aéreo que se estaba haciendo sobre Cuba”. El Secretario General interino de la ONU también destacó en la reunión que él estaba buscando una solución a largo plazo del problema, no solo inmediata, porque consideraba que ambas cuestiones estaban unidas.

El 1ro. de noviembre Fidel ofreció una comparecencia ante las cámaras y micrófonos de la televisión nacional para informar sobre los resultados de las conversaciones con U Thant. El Primer Ministro cubano reconoció de forma positiva la labor desempeñada por U Thant, señalando que se trataba de una persona honesta, imparcial, competente, que tenía verdaderos deseos de luchar por encontrar soluciones a los problemas surgidos y había inspirado confianza en la dirección cubana. “Indiscutiblemente —agregó Fidel— que es de interés de que las Naciones Unidas constituyan una institución de garantía para los derechos de los pueblos, sobre todo para los derechos de los pueblos pequeños; y en este momento nos parece que las Naciones Unidas están desempeñando bien ese papel”.

Sin duda, las posiciones y planteamientos de U Thant en torno a la Crisis de Octubre y las valoraciones positivas que sobre su persona dio la máxima dirección de Cuba, influyeron en que el Gobierno de Estados Unidos evitara luego una discusión amplia en Naciones Unidas sobre la crisis y la participación directa de U Thant en las negociaciones. Poco a poco Washington fue sacando el tema del marco de las Naciones Unidas.

Desde el 31 de octubre, de acuerdo con el compromiso contraído por la URSS, se había iniciado la retirada de los cohetes de alcance medio, sin ningún tipo de obstáculo por parte de Cuba. La actitud cubana y soviética contrastaba con la asumida por Estados Unidos, que mantenía el bloqueo y aumentaba los vuelos rasantes. Por si fuera poco, incorporaba nuevas exigencias para el cese de sus acciones agresivas y se negaba a entrar en negociaciones directas con los cubanos. Las conversaciones se llevaban a cabo entre soviéticos y norteamericanos por una parte; soviéticos y cubanos por otro lado y todos los factores con U Thant.

“(…) las posiciones y planteamientos de U Thant en torno a la Crisis de Octubre y las valoraciones positivas que sobre su persona dio la máxima dirección de Cuba, influyeron en que el Gobierno de Estados Unidos evitara luego una discusión amplia en Naciones Unidas sobre la crisis (…)”.

Desde el regreso de U Thant a New York, los negociadores soviéticos y cubanos venían confeccionando un proyecto de Protocolo Tripartito para ser sometido al Consejo de Seguridad por los tres países. En el proyecto quedaban recogidos los intereses de Cuba que habían sido planteados por Fidel en los Cinco Puntos. Además planteaba en su capítulo IV, artículo 12: “Las partes contratantes acuerdan aceptar el plan sobre la presencia de la ONU en la zona del mar Caribe, por medio del establecimiento de puestos de observación por los representantes de ese organismo con el objeto de lograr el cumplimiento de los objetivos del presente acuerdo”.

Cuba estuvo de acuerdo con este artículo, pues no se trataba de que se hiciese una verificación solamente en su territorio, sino también en el territorio de otros países de la región, incluyendo Estados Unidos, pero Washington rechazó la proposición.

El martes 6 de noviembre, el Gobierno de Estados Unidos, convencido de que se habían desmantelado los cohetes y después de aceptar la propuesta de la URSS de verificación en alta mar de los buques que los transportaban, solicitó oficialmente como solución de la crisis una nueva exigencia, la retirada de los IL-28, convertidos de pronto en armas “ofensivas”.

El bloqueo naval y las violaciones al espacio aéreo cubano continuarían todavía por varios días, al tiempo que Kennedy amenazaba con tomar nuevas medidas agresivas a partir del 20 de noviembre. Precisamente ese día los soviéticos terminaron cediendo, cuando llegó a la Casa Blanca un mensaje de Jruschov, en el cual se anunciaba que los IL-28 serían retirados en un plazo de 30 días. El Presidente estadounidense inmediatamente realizó una conferencia de prensa donde declaró que se habían reducido significativamente los peligros con la decisión soviética de retirar las “armas ofensivas” y que habría paz en el Caribe si esas armas se mantenían fuera del hemisferio y si no se usaba a Cuba para exportar los propósitos agresivos del comunismo.

Con posterioridad, Estados Unidos presentó oficialmente como solución de la crisis una nueva exigencia: la retirada de los IL-28, convertidos de pronto en armas “ofensivas”.

Minutos después de la conferencia, el secretario de Defensa, Robert McNamara, anunció que había ordenado a la Marina de Guerra el cese del bloqueo, comenzado el 24 de octubre. También el 20 de noviembre, la URSS y los demás países socialistas miembros del Tratado de Varsovia declararon el paso de sus fuerzas armadas a condiciones normales. En Cuba, dos días después, se tomaron medidas similares.

En la tarde del 25 de noviembre, la Dirección Nacional de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y el Consejo de Ministros de la República de Cuba se reunieron, en sesión conjunta, para tratar los problemas referentes a la solución de la crisis y discutir la respuesta a las palabras del presidente Kennedy del martes 20. Allí se acordó hacer pública una declaración para dar a conocer al pueblo y al mundo la posición del partido y el Gobierno cubanos de condena a la violación flagrante del derecho internacional por parte del gobierno de Estados Unidos.

El 26 de noviembre Carlos Lechuga, embajador cubano en Naciones Unidas, visitó a U Thant para expresarle que era muy importante que la ONU no perdiera el control del proceso de negociaciones, pues ya a esas alturas los representantes soviéticos y norteamericanos se reunían sin consultar a U Thant, a quien solo se le informaba después de los acuerdos tomados. Era evidente que el Gobierno estadounidense trataba de esquivar un debate en el Consejo de Seguridad donde saldrían a relucir todos sus actos agresivos contra la Isla y violaciones del derecho internacional y de la Carta de la ONU.

Además era de conocimiento público que U Thant, quien debía rendir cuentas de las gestiones que como mediador le confió el Consejo, había manifestado en La Habana que los dos temas, el de la solución a corto plazo y el de la normalización de las relaciones internacionales en la zona del Caribe, estaban vinculados, por lo que las acciones subversivas y bélicas contra Cuba y el bloqueo económico, también serían objeto de análisis, como aspectos esenciales de la solución de la crisis a la largo plazo. Por supuesto, Estados Unidos evitó en todo momento verse en una posición tan incómoda en Naciones Unidas, mucho menos a entrar en un debate con los cubanos.

Incluso, en uno de los documentos desclasificados en Estados Unidos que contiene las sugerencias que McCloy hizo a Kennedy antes de que este último se reuniera el 29 de noviembre con el Viceprimer Ministro de la URSS, Anastas Mikoyan, se recomendó al Presidente estadounidense que le expresara al dirigente soviético que si la URSS mantenía la intención de incorporar a los cubanos en la discusión de los arreglos finales, se examinaría la alternativa de interrumpir unilateralmente las negociaciones.

“Estados Unidos evitó en todo momento verse en una posición tan incómoda en Naciones Unidas, mucho menos a entrar en un debate con los cubanos”.

El 28 de noviembre el Gobierno Revolucionario cubano cursó instrucciones a su embajador en la ONU, Carlos Lechuga, previendo una posible discusión en el Consejo de Seguridad de los proyectos independientes de declaración de Estados Unidos y la URSS. Se le orientaba que debía ajustar su conducta al criterio del Gobierno cubano expuesto en la Declaración Conjunta del Consejo de Ministros y de la Dirección Nacional de las ORI, firmada por el Primer Ministro Fidel Castro y el Presidente Osvaldo Dorticós, el 25 de noviembre.

También que, en caso de no arribarse a un acuerdo conforme a los puntos de vista de Cuba —que era lo más probable—, declarara que no existían garantías para Cuba y fuese agresivo contra la posición norteamericana, denunciando ante la ONU las consecuencias de esa posición (derecho a invadir que se atribuía, derecho a continuar con medidas de presión económica y de guerra paramilitar), llamando la atención al Consejo de Seguridad sobre el descaro de entrar a discutir el derecho a la invasión, lo cual pugnaba con los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

“Ser enérgico en la intervención —se enfatizaba en las instrucciones—, y anunciar al mundo que no se ha logrado la paz en el Caribe, y que solo se ha evitado, por ahora, la guerra”.

“El compañero Lechuga debe saber que la posición de Cuba ha agotado todas las posibilidades de flexibilidad, y en lo adelante, no da un solo paso atrás en esa posición, que claramente aparece en la Declaración Conjunta de la Dirección Nacional de las ORI y del Consejo de Ministros, que se adjunta”.

Al día siguiente, Lechuga volvió a recibir instrucciones desde La Habana, en ellas se le indicaba que, si bien estaba excluida una declaración tripartita, tampoco Cuba estaba de acuerdo con el proyecto de declaración de los soviéticos y que la única alternativa era una declaración independiente, con la que al menos Estados Unidos quedaría desenmascarado ante el Consejo de Seguridad.

El 3 de diciembre, la oficina del Ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, envió a Lechuga un mensaje cifrado que era una versión de un memorando enviado por Dorticós a Roa, en el que se subrayaba que Cuba haría una sola declaración de acuerdo con las instrucciones enviadas y que era “imposible ocultar en el Consejo de Seguridad las discrepancias entre la URSS y Cuba”, aunque no había que destacarlas expresamente, pero sí fijar la posición cubana de que la promesa de no invasión, sin las garantías mínimas contenidas en el proyecto de Protocolo, no constituían una seguridad para la Isla.

“Una de las discrepancias fundamentales de Cuba con el proyecto de Declaración de la URSS estuvo en la afirmación de que, en todo, el Gobierno soviético actuaba de acuerdo con el de la República de Cuba, lo cual no era cierto”.

Las observaciones que nuestro Gobierno le hizo a los proyectos de Declaración de Estados Unidos y la URSS fueron:

1ro. No se aceptaba como acuerdo válido ninguno que no incluyera los Cinco Puntos, del 28 de octubre, tal y como aparecía en el proyecto de Protocolo Tripartito, pues la simple promesa de no invasión no era garantía alguna, ya que dejaba libre las manos a los Estados Unidos para proseguir con sus actos de presión, bloqueo económico y acciones subversivas paramilitares contra Cuba.

2do. Se coincidía con la URSS al oponerse decididamente a permitir la nueva exigencia de los Estados Unidos sobre el supuesto retiro del “sistema de armas aptas para uso con fines ofensivos”, ya que además por su generalidad implicaba armas convencionales.

3ro. Se consideraba que toda insistencia de los Estados Unidos sobre futuros medios de inspección solo significaba un intento de humillar a Cuba y afectar su soberanía, puesto que ya se habían retirado todas las armas comprometidas entre Kennedy y Kruschov, extendiéndose incluso a los IL-28, y esto había sido verificado en alta mar, como se había acordado entre ambas partes. Además se destacó que para Cuba, toda oferta de no invasión con carácter condicional era ineficaz, pues invadir no era un derecho de los Estados Unidos, sino un delito internacional.

4to. Se enfatizó en que no se daría un solo paso atrás en no aceptar verificación sobre la base de la promesa de no invasión. Tampoco se aceptaría ningún tipo de inspección unilateral, solo inspección múltiple que incluyera el territorio de los Estados Unidos.

5to. Se rechazó la declaración de los Estados Unidos de reservarse el derecho de hacer uso de otros medios de inspección y control, al constituir ello una vulneración de la soberanía de Cuba.

6to. No aceptación como materia de discusión la sola oferta de no invasión, pues la materia de discusión debían ser los Cinco Puntos y lo demás consignado en el proyecto de Protocolo.

“En realidad, Kennedy no se comprometió oficialmente a nada. Todo quedó en palabras y letras de correspondencia. Estados Unidos nunca se comprometió a dejar de seguir agrediendo a Cuba de las más disímiles maneras, sino a no invadirla”.

Una de las discrepancias fundamentales de Cuba con el proyecto de Declaración de la URSS estuvo en la afirmación de que, en todo, el Gobierno soviético actuaba de acuerdo con el de la República de Cuba, lo cual no era cierto. Además, Cuba discrepaba con la declaración soviética cuando esta consideraba como compromisos, algunos asuntos a los que nunca los norteamericanos se comprometieron, tales como el respeto a la soberanía de Cuba y la inviolabilidad de sus fronteras, así como la no interferencia en sus asuntos internos.

En realidad, Kennedy no se comprometió oficialmente a nada. Todo quedó en palabras y letras de correspondencia. Estados Unidos nunca se comprometió a dejar de seguir agrediendo a Cuba de las más disímiles maneras, sino a no invadirla. Cumplió con su compromiso de retirar los cohetes Júpiter de Turquía e Italia, pues sabía que de todas maneras serían retirados a corto plazo por su carácter obsoleto.

En cuanto al proyecto de resolución presentado por la parte norteamericana saltaba a la vista su insistencia en la comprobación por parte de la ONU del retiro de los cohetes y bombarderos bajo la definición general de “sistemas de armas apta para fines ofensivos”; así como el condicionamiento de la no invasión a Cuba al criterio ambiguo y fácilmente manipulable de que Cuba no emprendería acción que amenazara la paz y seguridad del Hemisferio Occidental, cual había sido la supuesta justificación de las agresiones de Estados Unidos contra Cuba.

Finalmente, la crisis se liquidó de manera formal con dos cartas a U Thant, una muy breve firmada conjuntamente por Adlai Stevenson y V. Kuznetsov y otra más extensa del Gobierno revolucionario cubano. Ambas con fecha 7 de enero de 1963. Estados Unidos había logrado imposibilitar un amplio debate en las Naciones Unidas.

Como en juicio docto señaló Carlos Lechuga: “Esto también es un hecho que dejó en cierta forma desamparada a Cuba, pues le impidió exponer sus criterios en el seno de la comunidad internacional, en la ONU, que supuestamente estaba actuando de mediadora en el conflicto, y se cerró el camino para continuar la discusión sobre uno de los aspectos fundamentales de la crisis que era lo que se dio en llamar la solución a largo plazo, la búsqueda de una fórmula que diera fin a la política agresiva de los Estados Unidos contra ella, raíz de todo el conflicto”.

Estados Unidos impidió un amplio debate en las Naciones Unidas y que Cuba denunciara ante el mundo la agresiva política de la Casa Blanca, valoró el entonces embajador Carlos Lechuga (en la foto, junto al Canciller Raúl Roa). Imagen: Tomada de Cubadebate

Nada más entregadas las cartas a U Thant para que este las trasladara al Presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, se reanudaron inmediatamente los planes subversivos de Estados Unidos contra la Isla.

A modo de conclusión podría decirse que la ONU desempeñó un papel importante durante la Crisis de Octubre, incluso desde antes de su estallido, en tanto se convirtió en escenario de enconada batalla diplomática de Cuba y la URSS frente a Estados Unidos. También hay que reconocer la labor que realizó U Thant, Secretario General Interino de la ONU, en función de lograr una solución definitiva a la crisis.

Sin embargo, Estados Unidos actuó siempre desde posiciones de fuerza y violaron impunemente la Carta de las Naciones Unidas, práctica que han seguido desempeñando hasta la actualidad. Las Naciones Unidas no tomaron ante estas violaciones medidas de sanción contra Estados Unidos, demostrando que los principios básicos bajo los que se creó esta organización habían quedado en letra muerta desde fecha temprana, producto de la irracionalidad y el irrespeto del imperialismo norteamericano hacia las normas más elementales de comportamiento en las relaciones internacionales, pretendiendo siempre actuar a su libre albedrío y como gendarme del mundo.

Cuba denunció en todo momento esta conducta inadmisible para las Naciones Unidas y mantuvo una posición digna y firme ante la defensa de su soberanía. La posición valiente e intransigente de la dirección cubana al negarse a cualquier tipo de inspección del territorio cubano, al plantear los Cinco Puntos e impedir en todo momento que se le presionara, fue lo que salvó el prestigio moral y político de la Revolución en aquella coyuntura. Esto fue así, a pesar de que la URSS tomó decisiones inconsultas con la parte cubana que trajeron como consecuencia que la Isla fuese la más desfavorecida con la solución que se le dio a la crisis.

(Tomado de La Jiribilla)

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Ventanas al alma

Elier Ramírez Cañedo

Hoy nos reunimos bajo la luz simbólica de la Historia. Celebramos el 99 aniversario del natalicio de nuestro Comandante en Jefe y, a la vez, nos adentramos en el camino hacia su centenario. En el 2026, además, se estará cumpliendo el 30 aniversario de la creación del Memorial José Martí, este espacio sagrado de la patria inaugurado por Fidel, en el que hoy nos reunimos y sentimos ese puente ineludible sin el cual no puede explicarse la obra de la Revolución, entre las dos figuras más descollantes de nuestra historia.

Es en este contexto de reflexión histórica, que inauguramos la exposición Toda la gloria del mundo de Alex Castro y, con ello, el Memorial José Martí, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas y los trabajadores del Comité Central dan comienzo a su programa de actividades por el centenario del natalicio del Comandante en Jefe.

“Esta muestra trasciende el documento para convertirse en poesía visual (…) Encontramos a un Fidel libre de artificios, sin poses, sin escenografía. Solo la esencia del ser humano en su lucha, su pensamiento y su entrega”.

Esta muestra trasciende el documento para convertirse en poesía visual, 50 fotografías de Alex Castro, quien nos ofrece un privilegio único, la mirada íntima del hijo. Esta perspectiva filial no solo acerca la cámara al hombre; sino que revela lo humano detrás del ícono. Encontramos a un Fidel libre de artificios, sin poses, sin escenografía. Solo la esencia del ser humano en su lucha, su pensamiento y su entrega.

Hay un manejo magistral de la luz natural ─contraluces, sombras, claroscuros─ que borra las fronteras entre lo épico y lo cotidiano. Encuadres que eliminan lo accesorio para centrarse en lo esencial: sus manos expresivas, la gorra rebelde, la barba guerrillera, su mesa de trabajo. Gestos que hablan más que discursos. Vemos a Fidel dialogando con la historia, el presente y el futuro, en complicidad con Raúl y otros líderes y personalidades del mundo, en su curiosidad científica, en su ternura con los niños. El revolucionario que interactúa con su tiempo y su pueblo.

“Gestos que hablan más que discursos. Vemos a Fidel dialogando con la historia, el presente y el futuro…”

La gloria que anuncia el título no está en una calle, una estatua o un monumento, está en la sencillez de un gesto auténtico, en el cumplimiento del deber sencilla y naturalmente, en la tenacidad de la lucha, en la humanidad compartida. Esta exposición captura la verdad profunda de Fidel: su rechazo a la gloria personal y su identificación con la gloria colectiva del pueblo y el valor de las ideas.

Estas fotos son, en esencia, un acto de amor filial y compromiso patriótico. Alex no solo rinde homenaje a su padre; nos lega una visión íntima del líder que forjó el destino de Cuba. Cada imagen es una ventana al alma de Fidel, recordándonos que su verdadera fuerza radicaba en lo auténtico, lo humano, lo irreductiblemente honesto.

“Estas fotos son, en esencia, un acto de amor filial y compromiso patriótico”.

Que esta exposición nos inspire a buscar como él, toda la gloria del mundo —esa que cabe en un grano de maíz—, en la entrega a los demás, en la lealtad a las ideas y en la convicción de que un futuro mejor es posible.

¡Gracias, Alex, por este regalo a Cuba!

*Palabras pronunciadas en el Memorial José Martí, La Habana, 11 de agosto de 2025.

(Tomado de La Jiribilla)

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La conducta diferente

Elier Ramírez Cañedo

Es un gran acierto y a la vez oportunidad, en vísperas del cumpleaños 99 del Comandante en Jefe, poder presentar en este Centro que lleva con orgullo y compromiso su nombre, el libro 10 complots para asesinar a Fidel Castro, de la editorial Ocean Sur.

Su autor, Fabián Escalante Font, ya nos tiene acostumbrados a estos grandes aportes, fruto de su propia experiencia como uno de los protagonistas que, junto a otros compañeros —la mayoría muy jóvenes—, desde inicios de la Revolución y desde el Buró de Atentados del Departamento de la Seguridad del Estado enfrentaron con éxito cientos de planes o complots contra la vida del líder de la Revolución cubana y otros dirigentes de nuestro país.

El fundador de los órganos de los servicios de inteligencia cubanos que llegó a alcanzar en activo los grados de General de División, no solo contribuye como testigo excepcional de esa gran batalla contra las fuerzas más oscuras de nuestros enemigos históricos, sino que estamos en presencia de un gran comunicador, tanto a través de la palabra escrita como oral. Además de los libros, creo que todos de una forma u otra, hemos tenido la dicha de disfrutar de esa cualidad de Fabián a través de sus múltiples intervenciones en programas televisivos, series, documentales, etc. Incluso, quienes nos adversan o no simpatizan del todo con el proceso revolucionario cubano han tenido que consultar sus investigaciones o contar con sus intervenciones para múltiples empeños bibliográficos o audiovisuales, como una voz autorizada para el tratamiento de este tema en Cuba y más allá de nuestras fronteras.

Esta obra que hoy presentamos tiene esos atributos. Se incorporan elementos de ficción para hacer más amena la lectura, sin perder el rigor de la investigación histórica, respaldada, además, con documentos de los archivos de la Seguridad del Estado y datos conocidos por el autor como soldado de primera línea en el enfrentamiento.

10 complots para asesinar a Fidel Castro es hijo de una obra anterior, también publicada por Ocean Sur en el 2023 con el título: 634 maneras de matar a Fidel, un libro mucho más amplio, de casi 300 páginas. En este que hoy presentamos, Fabián ha hecho una selección de los 10 complots que considera más importantes, de los 634 investigados por él durante décadas. Todos estos centenares de planes, como se plantea en la introducción, fueron desarticulados por la Seguridad cubana en diferentes momentos de su planificación. En el caso de los 167 de mayor envergadura y peligrosidad, sus participantes fueron detenidos y juzgados por las autoridades del país.

“Muchos todavía hoy se preguntan ¿cómo pudo Fidel sobrevivir a más de 600 planes contra su vida, organizados, planeados, financiados, apoyados todos desde la potencia más poderosa de la historia de la humanidad?”.

Como se conoce, en 1975, a partir del escándalo de Watergate y otros factores de presión interna en Estados Unidos, se creó una comisión en el Congreso, presidida por el senador Frank Church, encargada de investigar las acciones de inteligencia relacionadas con la “eliminación de líderes hostiles a la política de Washington”. Aquella comisión solo reconoció ocho de los planes fraguados contra la vida de nuestro máximo líder. No obstante, fue importarte que la Comisión lograra sacar a la luz que, a inicios de 1961, los dos principales jefes de la CIA, Allen Dulles y Richard Bissell, habían ordenado la creación de la operación ZR/Rifle con la misión de “crear capacidades para la eliminación física de líderes políticos extranjeros”. Fue como parte de esta operación que, de manera directa o indirecta, se orquestaron numerosos planes contra la vida del Comandante en Jefe, lo que luego devino en el mecanismo cubano-americano de la CIA y la mafia, como bien lo define Fabián.

A diferencia de las ideas que siempre defendió el Comandante en Jefe ─de inspiración martiana— y que están en la raíz misma de la Revolución, lo que caracteriza estos 10 complot seleccionados por Fabián —y yo diría los 634 planes que se conocen— es la falta de escrúpulos y principios éticos en la élite de poder de Estados Unidos, en cuya conducta ha prevalecido la concepción de que el fin justifica los medios y en ese camino el ser humano es una mercancía más y la verdad tampoco importa cuando lo que se persigue es la prevalencia del poder y el dinero.

¿Cuán diferente ha sido la conducta de la Revolución cubana? ¿Cuán diferente fue siempre la conducta de Fidel, incluso frente al adversario? Son interrogantes y reflexiones que también provoca la lectura de este libro.

Muchos todavía hoy se preguntan ¿cómo pudo Fidel sobrevivir a más de 600 planes contra su vida, organizados, planeados, financiados, apoyados todos desde la potencia más poderosa de la historia de la humanidad?

10 complots para asesinar a Fidel Castro es hijo de una obra anterior, también publicada por Ocean Sur en el 2023 con el título: 634 maneras de matar a Fidel, un libro mucho más amplio, de casi 300 páginas”.

Diversas son las respuestas que se han dado ante este cuestionamiento, algunas incluso desde la religiosidad. El autor de 10 complots para asesinar a Fidel Castro nos ofrece también argumentos muy sólidos: la perspicacia de Fidel, el apoyo general del pueblo, de cubanos dentro y fuera, y los amigos en el exterior, simpatizantes y solidarios con el proceso cubano, que respaldaron siempre el trabajo de los órganos de la seguridad del estado y, por supuesto, aunque el autor por modestia no lo exalte, el desvelo, la pasión y la inteligencia de hombres como Fabián, que desde el Ministerio del Interior dedicaron o entregaron su vida para que jamás nos faltara la luz de Fidel. A ellos también quiero homenajear y agradecer en estas palabras. Estoy seguro, es un sentimiento compartido por los revolucionarios cubanos y todos los que luchan en cualquier rincón del mundo.

Finalmente, me atrevo a responder, con un argumento más a la pregunta planteada con anterioridad de cómo Fidel pudo sobrevivir y que creo explica, en gran medida, el éxito de la Revolución cubana ante todos los temporales agresivos provenientes del imperialismo estadounidense.

“Los que ayer se empeñaron en eliminar físicamente al Comandante y jamás lo lograron (…) apuestan por atentar contra sus ideas, legado y ejemplo, que es atentar contra la obra de la Revolución y el pueblo cubano”.

El elemento que incorporo es lo que el propio Comandante definió en histórico y revelador discurso el 20 de mayo de 2005 como La conducta diferente [1], cuyos principios y sostén ético había sintetizado de forma magistral casi exactamente cinco años antes en su concepto de Revolución, el 1ro de mayo de 2000. Para Fidel no podía haber política sin ética y en su concepción tampoco esta podía erigirse sobre el odio o el fanatismo. Eso se expresó en su conducta hacia adversarios, enemigos y hasta los más despreciables traidores. Solo este tema daría para otro libro. Pero me limito a mencionar algunos ejemplos:

• El tratamiento a los prisioneros durante la lucha en la Sierra Maestra.

• La búsqueda de una solución negociada para la liberación de los mercenarios de Playa Girón.

• La solicitud al fiscal en la causa no.108 de 1966, para que no se le aplicara la pena máxima al comandante ─reclutado como agente de la CIA─ Rolando Cubela, implicado de forma directa en uno de los planes de atentado más avanzados y peligrosos contra la vida del líder de la Revolución Cubana, de los seleccionados por Fabián para este libro, conocido como la operación AM/LASH. “Ser duros sin vacilación cuando las circunstancias lo exigen y a la vez no ser nunca necesariamente drásticos…La sanción revolucionaria es por encima de todo medio de defensa no castigo”, expresó Fidel en misiva enviada al fiscal en aquella ocasión [2].

• El mensaje de condena enviado al gobierno de Estados Unidos a partir de conocerse el atentado contra la vida del presidente Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981.

• La entrega confidencial en el verano de 1984 al gobierno estadounidense de una información obtenida por fuentes de inteligencia cubana de un plan de atentado también contra el presidente Reagan –uno de los más agresivos en su política hacia Cuba— organizado por un grupo de extrema derecha en Carolina del Norte.

Hay muchos otros ejemplos que muestran la altura ética de Fidel y la Revolución cubana. Fidel se refirió simbólicamente a esto cuando habló de que portaba un chaleco moral, ante la pregunta de un periodista estadounidense en 1979, cuando viajaba a Naciones Unidas.

“¿Cuán diferente ha sido la conducta de la Revolución cubana? ¿Cuán diferente fue siempre la conducta de Fidel, incluso frente al adversario? Son interrogantes y reflexiones que también provoca la lectura de este libro”.

Esa es la verdadera historia de un líder, un pueblo y una Revolución, que siendo víctima del terrorismo durante décadas y, a la vez, adalid en la lucha contra ese flagelo, se le acusa de terrorista y se le incorpora en una lista espuria y cínica, con el objetivo también perverso de dañar la vida y supervivencia cotidiana a todas las cubanas y cubanos.

Los que ayer se empeñaron en eliminar físicamente al Comandante y jamás lo lograron —se fue invicto a los 90 años—, hoy sumidos en una gran frustración y odio desenfrenado, apuestan por atentar contra sus ideas, legado y ejemplo, que es atentar contra la obra de la Revolución y el pueblo cubano.

¡El pueblo heroico de esta isla insumisa jamás dejará morir a Fidel, mucho menos en el año de su centenario!

¡Gracias nuevamente a Fabián Escalante y a la editorial Ocean Sur, por ofrecernos esta artillería pesada para el combate!


Notas:

[1] Véase Fidel Castro, La conducta diferente, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2005 (Intervención donde Fidel desclasifica varios documentos del año 1998 que prueban la alerta que hizo Cuba al gobierno estadounidense, a través del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez, de varios planes terroristas contra la isla, donde se ponía en peligro también la vida de ciudadanos estadounidenses).

[2] Véase en Documentos de la Revolución Cubana 1966, José Bell Lara. Delia Luisa López y Tania Caram, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015, pp.114-118.

(Tomado de la Jiribilla)

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La excarcelación de Fidel Castro y moncadistas del presidio en Isla de Pinos: Una victoria popular

Por: M Sc. Roberto F. Unger Pérez

Desde el siglo XIX Félix Varela ya había nombrado a la entonces Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, como la Siberia de Cuba. José Martí permaneció en este territorio por la causa de infidencia política desde el 13 de octubre y hasta el 18 de diciembre de 1870. Con la irrupción al poder  del presidente Gerardo Machado se retoma el odiado destino de la ínsula-penal, mediante la construcción del Presidio Modelo, luego renombrado en la década del 40,  Reclusorio Nacional para  Hombres de Isla de Pinos. También se replicaría el uso de la instalación carcelaria, desde el año 1931, para reprimir las ideas revolucionarias discordantes con el proyecto político del grupo en el poder.

El domingo 26 de julio de 1953, una representación de la “Generación del Centenario”, liderada por Fidel Castro Ruz, asaltan los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y  Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo. Fidel Castro fue el principal acusado de la Causa 37 de 1953 del Tribunal de Urgencia de Santiago de Cuba, que lo condenó a 15 años de prisión. Las sanciones de la  mayoría de los  hombres, menos dos, estaban entre 10 y 15 años de cárcel.

El 13 de octubre, el mismo día que José Martí, los primeros 26 revolucionarios fueron trasladados, en dos  aviones, desde Santiago de Cuba a Isla de Pinos. El destino de la Dra. Melba Hernández y Haydee Santamaría, sería la cárcel de mujeres de Guanajay.

El viernes 16 de octubre de 1953 Fidel Castro comparece ante los magistrados. La vista se celebró en una pequeña sala de enfermería del hospital Saturnino Lora, donde pronuncia su alegato de autodefensa que ganaría celebridad al publicarse como documento con el título La historia me absolverá.  El sábado 17 se produjo la entrada de Fidel Castro Ruz y Fidel Labrador al Reclusorio Nacional de Isla de Pinos, cuatro días después que el resto de sus compañeros. Todos fueron ubicados en el pabellón número uno del hospital-prisión, separados del resto de la población penal. En carta de Armando Mestre a su tío, le comenta “que no es lo mismo estar en Isla de Pinos que es como decir estar en el destierro, que estar en la Cabaña”.

Al igual que los primeros revolucionarios de la década del 30 que fundaron la Academia Carlos Marx, en el pabellón no.2 del entonces nombrado  Presidio Modelo; Fidel y sus compañeros crearon la Academia Ideológica Abel Santamaría Cuadrado, con una pequeña pizarra y la mesa de madera en que comían bajo el alero del pasillo con acceso al patio de soleo. Además, organizaron la biblioteca Raúl Gómez García, con dos estantes de madera con sus libros dentro del dormitorio colectivo. Sumarían una cooperativa para apoyar con la alimentación y otras necesidades a todos los integrantes de la nueva vanguardia revolucionaria, con independencia de su contribución financiera.

El propio Fidel describe que: “Tenemos derecho al patio de 10 a 10 y 30 a.m. y de 1 a 4 p.m. En cuanto al horario que llevan en prisión: “Sintetizando: a las 5 y 30, desayuno; a las 8, clases hasta las 10 y 30 am.; 10 y 45, almuerzo; 2 pm., clases de nuevo hasta las 3; recreo hasta las 4; 4 y 45, comida; 7 a 8 y 15, clases de economía política y lectura en común; 9 y 30 pm., silencio.”

Fidel  participa en la impartición de clases de oratoria, Economía Política, Filosofía e Historia Universal. Otros impartirían Historia de Cuba, geografía aritmética, etc.

El sábado 12 de febrero de 1954, cuando el dictador Fulgencio Batista visitaba el Penal para inaugurar la planta eléctrica de la prisión, los moncadistas entonaron, a toda voz, la Marcha del 26 de Julio. Batista creyó, en un inicio, que se trataba de una bienvenida, y visiblemente disgustado, abandonó el reclusorio. Por esta acción serían castigados severamente, Fidel Castro, Ramiro Valdés, Ernesto Tizol, Israel Tápanes y Agustín Díaz Cartaya. Este último había compuesto aquella marcha en apenas tres días, la cual tituló Himno de la Libertad, pero posteriormente fue calificada con la histórica fecha que cambió el rumbo de la patria.

Los señalados fueron trasladados al pabellón 2 de los enfermos mentales, con sus once celdas de castigo, hasta el 1 de marzo de 1954. Al resto de los compañeros le quitaron el radio que tenían en el pabellón, les prohibieron las visitas, y el acceso al periódico. Fidel Castro fue trasladado en solitario, a una celda separada del resto de sus compañeros hasta la excarcelación, y sin luz eléctrica hasta el 24 de marzo de 1954.

El 17 de abril de 1954, en carta de Fidel a Melba Hernández le precisaba “Primero: no podemos abandonar la propaganda ni por un instante, porque es el alma de nuestra lucha. La nuestra debe tener su propio estilo y estar a la altura de nuestras circunstancias…”

“Saber esperar, decía Martí, es el gran secreto del éxito”. (Es una alusión directa a la reconstrucción de la historia me absolverá).

Reconstruye entonces su histórico alegato, y organiza su distribución para que el pueblo conociera el programa de lucha; le agita el país a Fulgencio Batista mediante el uso de la propaganda revolucionaria y las constantes denuncias de los crímenes cometidos  con sus compañeros de lucha, y la corrupción imperante. De igual forma imparte instrucciones a los integrantes del movimiento que se encontraban en el exilio o en la clandestinidad.

También se puso al frente de la lucha iniciada por el Movimiento de Madres Cubanas, devenido Comité Pro-amnistía de los Presos Políticos de Isla de Pinos, hasta alcanzar la excarcelación el 15 de mayo de 1955. Por eso, justamente, este período fue  nombrado por el líder revolucionario, “prisión fecunda”.

Desde horas tempranas del día 14 de mayo de 1955, avisados de la sospechosa presencia de dos militares vestidos de civil en Nueva Gerona, familiares, amigos, simpatizantes y la prensa nacional se concentraron a la entrada del reclusorio para evitar cualquier acción en contra de la integridad física de los “muchachos”, como ya eran identificados los revolucionarios amnistiados. El día 15 se produjo la liberación en tres grupos: en el primero fue incluido Jesús Montané, el único natural de Isla de Pinos; en el segundo grupo sobresalen Fidel y Raúl; mientras que en el tercero y más numeroso, se encontraba Ramiro Valdés.

Una vez liberados una parte de los revolucionarios se dirigieron a la finca El Abra, a rendirle tributo a José Martí, autor intelectual de las acciones militares en los cuarteles Moncada y Carlos M. de Céspedes. Juan Almeida visitaría a quienes apoyaron, mientras que Fidel se dirige a la casa de la familia Montané-Oropesa y sede del Comité pro-amnistía. En horas de la noche el líder, junto a Montané, y con el apoyo entusiasta del periodista Mario Rodríguez Alemán,  realiza una conferencia de prensa en el hotel Isla de Pinos, donde, además, proclama el Manifiesto al pueblo de Cuba de Fidel Castro y combatientes, y dejaba claro que la amnistía no influirá en el propósito de ser libres o mártires. Además, cataloga la campaña popular pro-amnistía como “la gran victoria del pueblo en los últimos tres años”.

A las 10:00pm zarparía el Ferry Pinero con los moncadistas, excepto Montané. Durante la travesía  Fidel se reunió con sus compañeros y hubo consenso en nombrar al movimiento, como Movimiento Revolucionario 26 de Julio, aunque se haría oficial con posterioridad.

(Tomado de Cubadebate)

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Las relaciones Estados Unidos-Cuba desde la visión de Fidel

Por: 

Elier Ramírez Cañedo

Sobre la mirada profunda que caracterizaba al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, en sus análisis sobre Estados Unidos, expresaría el Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez: “El país del cual sabe más después de Cuba, es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo”.

A su vez, en la raíz misma de la visión de Fidel sobre las relaciones Estados Unidos-Cuba, así como la manera de encarar el desafío que representa la Roma americana a 90 millas de nuestras costas, preservando nuestra independencia y soberanía, está el legado de José Martí, que el líder de la Revolución asumió de forma consciente y entregada. Entre los aspectos que encontramos en el pensamiento del apóstol de nuestra independencia, está su concepción de que era viable un escenario de paz con Estados Unidos: “Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos —escribió—, y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad”.

Bajo las coordenadas de su tiempo histórico, encontramos también esta posición en Fidel. Y es que uno de los tantos mitos que se han propalado —en especial por los enemigos de la Revolución— en torno a las relaciones conflictuales entre Cuba y Estados Unidos, es el que sostiene que el líder cubano fue el gran obstáculo para la normalización de las relaciones entre ambos países, con lo cual se ubica el inicio del conflicto bilateral al momento en que triunfa la Revolución Cubana en 1959 bajo su liderazgo indiscutible.

Tan desacertado juicio obvia que el origen del conflicto Cuba-Estados Unidos tiene un pasado mucho más remoto, desde los momentos en que comenzó a configurarse la esencia del mismo —finales del siglo XVIII e inicios del XIX—, que no ha sido otra hasta nuestros días, que el de las intenciones de las élites de poder de la nación norteña por dominar a Cuba y la determinación de la Isla por alcanzar y mantener su soberanía. Por otro lado, tal valoración, desconoce que entre Cuba y Estados Unidos jamás han existido relaciones normales.

“(…) con gran maestría política evitó cualquier pretexto que pudiera servir a Estados Unidos para intervenir en Cuba y se frustrara nuevamente la Revolución”.

En cuanto al criterio que en acto de injusticia histórica coloca en los hombros de Fidel la responsabilidad del no entendimiento entre ambos países, los hechos y documentos históricos señalan otra realidad. Lo cierto es que Fidel nunca descartó la posibilidad de un modus vivendi con Estados Unidos y, no solo eso, sino que desde la diplomacia secreta él mismo se involucró en numerosas iniciativas de acercamiento.

Durante sus luchas en la Sierra Maestra, el líder cubano recibió a varios periodistas estadounidenses, a través de ellos, además de asestar fuertes golpes mediáticos a la dictadura, aprovechó la ocasión para trasladar importantes mensajes a la opinión pública estadounidense. Al más conocido de todos, el periodista Herbert Matthews, del New York Times, le expresó el 17 de febrero de 1958: “Puedo asegurar que no tenemos animosidad contra los Estados Unidos y el pueblo norteamericano”. 

Al propio tiempo con gran maestría política evitó cualquier pretexto que pudiera servir a Estados Unidos para intervenir en Cuba y se frustrara nuevamente la Revolución.

“Fidel no tenía una actitud hostil preconcebida contra Estados Unidos y su deseo no era incitar la ruptura de las relaciones, aunque era consciente de que una revolución verdadera no podía realizarse sin chocar con los intereses del imperialismo estadounidense establecidos en la Isla”.

En los meses finales de 1958, ese peligro se hizo mayor al producirse varios incidentes, evidentemente fabricados por el dictador Fulgencio Batista y el embajador yanqui, con la intención de generar una situación que provocara la intervención de los marines en la Isla. La actitud responsable, serena, y a la vez muy firme de Fidel en la denuncia de estos propósitos a través de Radio Rebelde, logró frenar y desmontar estas maniobras.

Es decir, Fidel no tenía una actitud hostil preconcebida contra Estados Unidos y su deseo no era incitar la ruptura de las relaciones, aunque era consciente de que una revolución verdadera no podía realizarse sin chocar con los intereses del imperialismo estadounidense establecidos en la Isla. Era un antiimperialista convencido, pero no anti estadounidense. Su posición y política hacia el vecino del norte estuvo siempre basada en la fuerza de las ideas y principios, no en odios y fanatismos.

En la conferencia internacional sobre la Crisis de Octubre, celebrada en La Habana en 1994, el exsecretario de defensa de Estados Unidos durante la administración Kennedy, Robert S. McNamara, trató de fundamentar la indisposición del líder cubano a relaciones normales con Washington, a partir de una carta escrita por él a Celia Sánchez el 3 de junio de 1958, en la que planteaba: “Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo.  Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos.  Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.

La respuesta de Fidel y el diálogo establecido al respecto durante el evento de la Crisis de Octubre fue el siguiente:

Fidel Castro: “Eso es parte de una carta —y aprovecho la oportunidad ya para esclarecerlo y que no tenga que intervenir nadie más en eso— que dice:  Cuando veo caer —lo recuerdo, Mendoza, que es historiador, lo sabe mejor, porque conoce de memoria todos los documentos esos— las bombas que están lanzando los aviones sobre la casa de Sariol…  Dilo textualmente.

Jorge E. Mendoza:  Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo.

Fidel Castro:  Es decir, no se puede citar esa frase aislada de que vamos a tener una guerra con los americanos, como si yo tuviera por vocación la guerra, por carrera la guerra y no quisiera más que la guerra.  Y realmente eso está muy lejos de la realidad.

Pero como los norteamericanos de la Base Naval de Guantánamo les habían suministrado aquellas bombas y estaban bombardeando una casa de familia, estaban bombardeando la población civil con aquellas bombas norteamericanas, fue en ese momento en que yo, redactando un mensaje, porque estoy desde una altura viendo el bombardeo de la casa de Mario Sariol con los cohetes aquellos, escribo la nota y hago expresión de ese sentimiento de irritación. De modo que no es legítimo tomar del contexto esa frase aislada, que escuchada así pareciera la de un loco o la de uno que lo que quiere es guerra de todas maneras y le tiene odio a Estados Unidos y quiere exterminarlo, sino que es la de un individuo indignado en el momento en que estaba viendo aquellas bombas que les habían entregado desde la base de Guantánamo.  Ese es el origen de la frase”.

“Todo pudo haber sido menos traumático para las relaciones bilaterales, de haber respondido Washington de manera diferente a la Revolución cubana”.

En abril de 1959 Fidel viaja a Estados Unidos —su segunda salida al exterior después del triunfo de la Revolución—, no para pedir dinero como estaban acostumbrados los presidentes de la república neocolonial burguesa, sino para explicar los rumbos que tomaría la Revolución y tratar de lograr la comprensión del gobierno y pueblo de Estados Unidos sobre el nuevo momento histórico que se vivía en la mayor de las Antillas.

Todo pudo haber sido menos traumático para las relaciones bilaterales, de haber respondido Washington de manera diferente a la Revolución cubana. La reacción airada y hostil de la administración norteamericana solo logró incentivar y acelerar la radicalización del proceso revolucionario y el acercamiento a la URSS. Realmente, la clase dominante de Estados Unidos estaba incapacitada para entender lo que sucedía en la Isla y el papel de su nuevo liderazgo. Les era imposible asimilar que, luego de tantos años de exitoso control del hemisferio occidental, pudiera una isla como Cuba, a la cual habían convertido en su probeta de ensayo neocolonial por excelencia, apartarse de sus designios e influencias, en sus propias narices.

El secretario interino de Estado, Christian Herter invita a Fidel a sentarse en el hotel de Washington, el 16 de abril de 1959.

Ante la aceptación de Fidel de una invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos para visitar Washington y hablar ante su reunión anual en abril, lo primero que hizo Eisenhower en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Nacional fue preguntar si no se le podía negar la visa al líder cubano, para luego —ya durante la estancia de Fidel en ese país— evadir la posibilidad de un encuentro. Prefirió irse a jugar golf en Georgia que recibir a Fidel. Dejó esta “incómoda” misión en manos del secretario de Estado Cristian Herter y el vicepresidente Richard Nixon. Este último trató de darle lecciones a Fidel de cómo gobernar en Cuba y más tarde escribiría en sus memorias que había salido de la reunión con el líder cubano convencido de que había que derrocar al gobierno revolucionario.

“Cuando se revisa la documentación cubana y estadounidense del período revolucionario, es sorprendente la cantidad de tiempo que el Comandante en Jefe dedicó durante años a recibir y conversar con congresistas y personalidades de la política norteamericana”.

Es decir, solo a tres meses del triunfo revolucionario, cuando aún no se habían establecido los vínculos con los soviéticos, ni firmado la Ley de Reforma Agraria y prácticamente no se había tomado medida alguna que afectara sustancialmente los intereses de Estados Unidos, la administración Eisenhower se mostraba poco cooperativa y más bien adversa con el nuevo gobierno cubano, especialmente con Fidel Castro. Ello, a pesar de que el líder cubano buscaba la manera de no provocar una ruptura abrupta con Washington, si bien advertía en cada discurso a los vecinos del norte que las cosas iban a ser diferentes, pues en Cuba por primera vez habría independencia y soberanía absoluta.

Cubriéndose de las luces de las lámparas, Fidel comienza a hablar ante los miembros de la Sociedad de Editores de Prensa de Washington en conferencia de prensa en el Hotel Statler Hilton, de Washington.

Cuando se revisa la documentación cubana y estadounidense del período revolucionario, es sorprendente la cantidad de tiempo que el Comandante en Jefe dedicó durante años a recibir y conversar con congresistas y personalidades de la política norteamericana. Si Fidel no hubiera creído que era importante este tipo de encuentros para buscar un mejor entendimiento entre ambos países e influir políticamente, no hubiera invertido en ellos ni un minuto de su preciado y limitado tiempo.

“Hasta a un furibundo adversario del proceso cubano como Richard Nixon, envió Fidel señales conciliadoras de manera confidencial”.

Empleando la diplomacia secreta, Fidel fue el gestor de numerosas iniciativas de acercamiento entre ambos países. A través del abogado James Donovan, quien negoció con Fidel la liberación de los mercenarios presos a raíz de la invasión de 1961; la periodista Lisa Howard y otras vías, el líder de la Revolución hizo llegar al gobierno de Kennedy una y otra vez su disposición de conversar en busca de un entendimiento. En agosto de 1961 Ernesto Che Guevara trasladó una rama de olivo al gobierno estadounidense en un encuentro que sostuvo en Montevideo con el asesor especial de Kennedy para asuntos latinoamericanos, Richard Goodwin. Es imposible pensar que el Che actuara por su cuenta y no de común acuerdo con el líder cubano. Fidel además envió un mensaje verbal al presidente Lyndon Johnson, a través de la periodista Lisa Howard en 1964, que entre otras cosas decía:

Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y los Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias. Creo que no existen áreas polémicas entre nosotros que no puedan discutirse y solucionarse en un ambiente de comprensión mutua. Pero primero, por supuesto, es necesario analizar nuestras diferencias. Ahora, considero que esta hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos es tanto innatural como innecesaria y puede ser eliminada.

Dígale al Presidente que no debe interpretar mi actitud conciliatoria, mi deseo de conversar como una señal de debilidad.  Una interpretación así sería un grave error de cálculo.  No estamos débiles… la Revolución es fuerte… muy fuerte.  Nada, absolutamente nada que los Estados Unidos puedan hacer destruirá a la Revolución.  Sí, somos fuertes.  Y es desde esa posición de fuerza que deseamos resolver nuestras diferencias con los Estados Unidos y vivir en paz con todas las naciones del mundo.

Hasta a un furibundo adversario del proceso cubano como Richard Nixon, envió Fidel señales conciliadoras de manera confidencial. Los documentos desclasificados en Estados Unidos muestran que el 11 de marzo de 1969 el embajador suizo en La Habana, Alfred Fischli, luego de haber tenido una entrevista con el líder de la Revolución, trasladó al secretario de Estado de Estados Unidos, William P. Rogers, un mensaje no escrito del primer ministro cubano en el que expresaba su voluntad negociadora.

“Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y los Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias”.

Durante la administración Carter fueron muchas las acciones de Fidel que mostraron su disposición de mejorar las relaciones con Estados Unidos, fue en esos años en que se abrieron las secciones de intereses de ambos países en Washington y La Habana y se firmó el acuerdo pesquero y el de límites marítimos. Fue la época en que más conversaciones secretas hubo entre representantes de ambos países, así como numerosos intercambios académicos, deportivos y culturales. En el año 1978, como un gesto unilateral, sin negociarlo con Estados Unidos, Cuba liberó a miles de presos contrarrevolucionarios, lo cual evidenciaba un deseo de la dirección cubana de reanimar el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, congelado a partir de la entrada de tropas cubanas en Etiopía. “En ese momento —recuerda Robert Pastor, asistente para América Latina del Consejo de Seguridad Nacional—, llegué a la conclusión de que Castro vio esta iniciativa como una manera de tratar de poner las discusiones sobre la normalización de nuevo en marcha. No tenía la menor intención de negociar el papel de Cuba en África a cambio de la normalización, pero tal vez pensó que gestos positivos en los derechos humanos, prioridad de Carter, serían suficientes. No lo eran”.

En una reveladora carta escrita el 22 de septiembre de 1994 al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari, que había servido de mediador entre él y el presidente estadounidense, William Clinton, Fidel expresó nuevamente su posición favorable a la normalización de las relaciones entre ambos países: 

La normalización de las relaciones entre ambos países es la única alternativa; un bloqueo naval no resolvería nada, una bomba atómica, para hablar en lenguaje figurado, tampoco. Hacer estallar a este país, como se ha pretendido y todavía se pretende, no beneficiaría en nada los intereses de Estados Unidos. Lo haría ingobernable por cien años y la lucha no terminaría nunca. Sólo la Revolución puede hacer viable la marcha y el futuro de este país.

Seis semanas después de los anuncios del 17 de diciembre de 2014, Fidel, con la experiencia de haber lidiado con 10 administraciones estadounidenses, ratificó su posición en cuanto a una normalización de las relaciones con Estados Unidos. “No confío en la política de los Estados Unidos”, dijo, teniendo suficientes elementos de juicio para hacer ese planteamiento. Pero también expresó que, como principio general, respaldaba “cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre Estados Unidos y los pueblos o cualquier pueblo de América Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza”.

“De la posibilidad del retiro de las tropas cubanas de África a cambio de relaciones normales con los Estados Unidos, Fidel fue categórico: “¡La solidaridad de Cuba con los pueblos de África no se negocia!”.

Se podrían mencionar otros ejemplos. Pero estos son más que suficientes para demostrar la postura de Fidel sobre las relaciones bilaterales, favorable al diálogo y la negociación, sobre la base de la igualdad y el respeto mutuo, sin menoscabo a la soberanía de la Isla y a los principios proclamados y defendidos por la Revolución.

En diversas circunstancias el gobierno de Estados Unidos pretendió negociar con Cuba estos principios o condicionó la posible mejoría de las relaciones entre ambos países a cambio de que la Isla se retractara de apoyar a los movimientos de liberación en América Latina, Centroamérica o África, retirara sus misiones internacionalistas de Angola y Etiopía, redujera o rompiera sus vínculos con la URSS, desistiera de apoyar la causa independentista de Puerto Rico y muchas otras exigencias, solo para estrellarse una y otra vez contra la dignidad de Cuba y Fidel.

Por lo visto, en la mentalidad de los dirigentes de Estados Unidos –expresaría Fidel-, el precio de una mejoría de las relaciones, o de relaciones comerciales o económicas, es renunciar a los principios de la Revolución. ¡Y nosotros no renunciaremos jamás a nuestra solidaridad con Puerto Rico! (…) Ahora ya no es Puerto Rico solo, ahora es también Angola. Siempre, en todo el proceso revolucionario, nosotros hemos llevado a cabo una política de solidaridad con el movimiento revolucionario africano.

Sobre el apoyo de Cuba a la causa independentista de Puerto Rico dos años después añadiría:

…cuando se fundó el Partido Revolucionario Cubano, se fundó para la independencia de Cuba y de Puerto Rico. Tenemos vínculos históricos, morales y espirituales sagrados con Puerto Rico y les hemos dicho (se refiere a las autoridades estadounidenses): mientras haya un puertorriqueño que defienda la idea de la independencia, mientras haya uno, tenemos el deber moral y político de apoyar la idea de la independencia de Puerto Rico. (…) y se lo hemos dicho muy claro, que ese es un problema de principios, ¡y con los principios nosotros no negociamos!

De la posibilidad del retiro de las tropas cubanas de África a cambio de relaciones normales con los Estados Unidos, Fidel fue categórico: “¡La solidaridad de Cuba con los pueblos de África no se negocia!”.

Esta posición ética de Fidel, en un mundo caracterizado mayormente por el egoísmo, el chovinismo, los nacionalismos estrechos y el oportunismo político, sigue siendo uno de los paradigmas más importantes que legó Fidel a la humanidad en el campo de las relaciones internacionales y, en específico, a la manera de conducir la política exterior de Cuba y las relaciones con Estados Unidos.

El pueblo cubano, y podríamos decir, los revolucionarios del mundo, contamos con la fortaleza que constituye el pensamiento y la praxis revolucionaria del líder histórico de la Revolución en su enfrentamiento a la política de Washington, durante el paso de 10 administraciones estadounidenses, ya fueran demócratas o republicanas, así como su postura ética y de principios, en defensa de la paz, pero sin concesiones que constituyan la merma de la soberanía y la independencia.

(Tomado de La Jiribilla)

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El tratado Hay-Quesada en el senado de los EE.UU.

Por: 

Elier Ramírez Cañedo / Imágenes: Tomadas de Cubadebate

Sin duda, la ratificación del Tratado Hay-Quesada en el Senado de Estados Unidos, ocurrida el 13 de marzo de 1925, resulta una fecha de relevancia no solo para el pueblo pinero, sino también para toda la nación, en tanto constituyó una victoria política y diplomática del pueblo cubano, resultado de las acciones que desde la diplomacia desempeñaron en Washington figuras como Cosme de la Torriente ─antes lo había hecho Gonzalo de Quesada─, así como el movimiento cívico, popular y patriótico que se extendió por todo el país, desde los distintos espectros ideológicos, ya fuera desde las posiciones anti injerencistas de un nacionalismo moderado que, defendía la soberanía territorial, pero sin romper desde su raíz la dependencia neocolonial o el antiimperialismo que brotaba de un nacionalismo radical como el que encarnaba Julio Antonio Mella.

Lo cierto es que el Movimiento de Veteranos y Patriotas, los intelectuales, obreros, estudiantes y pueblo en general se unieron en defensa de la soberanía de Isla de Pinos. Las batallas emprendidas en ese camino y la victoria alcanzada, contribuyeron a reverdecer la conciencia e identidad cubana en esa década del veinte, caracterizada también por la injerencia yanqui más descarnada, a través del representante diplomático de Estados Unidos, Enoch Crowder. Es por eso que ahora que conmemoramos el Centenario de aquel acontecimiento, insistimos en que no solo se trata de destacar la ratificación del tratado en el Senado de Estados Unidos en la fecha señalada, sino que celebramos el proceso de luchas del pueblo cubano por su soberanía que alcanzó un momento cumbre con aquel triunfo, aunque aún habría que bregar mucho hasta la total independencia y autodeterminación del país, alcanzada el 1ro de enero de 1959.

“El origen de esta disputa venía arrastrándose desde inicios de siglo, cuando en el artículo 6 de la Enmienda Platt se planteaba que Isla de Pinos sería omitida de los límites de Cuba propuestos por la Constitución”.

La presión popular, la hábil gestión diplomática del embajador Cosme de la Torriente, las fricciones que generaba este tema entre el gobierno cubano y el estadounidense, los intereses de mejorar la imagen de la política exterior de la administración Calvin Coolige hacia América Latina y el Caribe y la necesidad de definir de una vez el status de Isla de Pinos para evitar conflictos violentos entre los cubanos y la colonia norteamericana asentada en la Isla de Pinos, fueron algunos de los elementos principales que contribuyeron a que, luego de transcurridas dos décadas el gobierno estadounidense prestara atención al asunto y se sometiera a debate y votación la ratificación del tratado Hay-Quesada en el legislativo estadounidense.

El origen de esta disputa venía arrastrándose desde inicios de siglo, cuando en el artículo 6 de la Enmienda Platt se planteaba que Isla de Pinos sería omitida de los límites de Cuba propuestos por la Constitución, dejándose para un futuro arreglo la propiedad de la misma. En varios mapas de la época elaborados por la administración de William McKinley aparecía Isla de Pinos como parte del territorio estadounidense y desde Washington se convirtió en un negocio lucrativo la venta de las tierras de esa ínsula a colonos estadounidenses, parte de los cuales encabezaron luego diversas intentonas anexionistas. Una historia muy similar a lo ocurrido con otras adquisiciones territoriales de Estados Unidos en su lógica expansionista e imperialista en el mundo.

El propio senador Orville H. Platt reveló su intención anexionista al incluir la cláusula 6 en la Enmienda impuesta bajo coacción y como apéndice a la constitución cubana de 1901: “cuando redacté la enmienda a la Ley del Ejército que ha llegado a ser conocida como la Enmienda Platt, inserté una cláusula a fin de que el título de dominio quedara sujeto a negociaciones para un tratado. Tengo la opinión que es de la mayor importancia que la isla (Isla de Pinos) sea nuestra. Nos proporcionaría el punto más ventajoso para defender la entrada del canal de istmo. Pensé, cuando inserté la disposición de que debía ser objeto de negociaciones para un tratado, que a menos que no lográramos satisfacer al gobierno cubano de que la isla pasara a ser territorio de los Estados Unidos por cesión en el tratado de paz, llegaría a ser nuestra por compra, y éste es todavía mi pensamiento”. [1]

“Resulta muy interesante cien años después, un acercamiento al debate acontecido el 13 de marzo de 1925 en el legislativo estadounidense. Los argumentos esgrimidos a favor y en contra por algunos congresistas, dan una idea de los intereses y móviles que se estaban moviendo en torno al espinoso asunto”.

El 2 de julio de 1903, se firmó un tratado sobre la jurisdicción de Isla de Pinos, por el Secretario de Estado interino de Cuba, José María García Montes, y el primer enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Estados Unidos en Cuba, Hebert G. Squiers, que por una falta de visión diplomática del lado cubano incluyó una cláusula de caducidad en siete meses si no era ratificado por el Senado, como de hecho ocurrió. Esta situación obligó a la firma de un nuevo tratado, el 2 de marzo de 1904, por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Hay y Gonzalo de Quesada, conocido entonces como Tratado Hay-Quesada, esta vez sin la cláusula de caducidad. En el artículo II de este tratado, Estados Unidos renunciaba a favor de Cuba de toda reclamación acerca del derecho a la Isla de Pinos, en consideración a las concesiones de estaciones carboneras y navales, Asimismo, se puntualizaba en el artículo III que los ciudadanos estadounidenses que residían o tenían propiedades en Isla de Pinos, no sufrirían menoscabo alguno en los derechos y privilegios que habían adquirido con anterioridad a la fecha del canje de ratificaciones del tratado. Sin embargo, el lobby contrario a la ratificación del tratado hizo de las suyas y logró retardar el debate y la votación en el Senado por 21 años.

Resulta muy interesante cien años después, un acercamiento al debate acontecido el 13 de marzo de 1925 en el legislativo estadounidense. Los argumentos esgrimidos a favor y en contra por algunos congresistas, dan una idea de los intereses y móviles que se estaban moviendo en torno al espinoso asunto.

A esas alturas, era visible que el ejecutivo estadounidense estaba a favor de la ratificación y había movido los hilos de su influencia con algunos congresistas, al igual que lo había hecho Cosme de la Torriente, como parte de su misión diplomática.

“(…) el presidente McKinley consideró a la Isla de Pinos como nuestro territorio y tenía la intención de retener esa isla. Los mapas de los Estados Unidos luego de la guerra con España hasta su muerte mantuvieron a esta isla como territorio perteneciente a los Estados Unidos”.

Según señala Rolando Álvarez Estévez, la aprobación para que se discutiera por el senado el Tratado fue lograda cuando el senador George Wharton Pepper, republicano por Pennsylvania, quien para las discusiones presidió la Comisión de Relaciones Exteriores en sustitución de Borah, principal enemigo de la ratificación, propuso al Senado procediera en una sesión ejecutiva a considerar el Tratado sobre Isla de Pinos. Pepper fue apoyado por otros senadores. El senador Coppeland, demócrata por Nueva York y uno de los principales detractores del Tratado, propuso posponer la votación hasta el 1ro de diciembre, siendo denegada la misma por los líderes del Senado. [2]

Cablegrama no. 840 del 13 de marzo de 1925, donde se informa sobre aprobación del Tratado Hay-Quesada, por parte del Senado de EEUU.

Los debates tuvieron lugar los días 12 y 13 de marzo, pero fue el día 13 en el que se procedió a la votación final. El día 12 el senador Coppeland se empeñó en las discusiones en tratar de demostrar que Isla de Pinos era posesión de Estados Unidos, las discusiones se extendieron hasta que se acordó reanudar el debate al día siguiente.

El día 13 comenzó la sesión con la lectura por la presidencia de un comunicado que recogía una resolución adoptada por el consejo de la Sociedad Pan Americana de los Estados Unidos en favor de la ratificación del tratado.

El senador Kenneth McKellar, demócrata por Tennesse, fue uno de los más activos oponentes a la ratificación del tratado, bajo el argumento de que el elemento principal a tomar en cuenta eran los derechos de los ciudadanos estadounidenses establecidos en Isla de Pinos, a quienes se les había «invitado» a ir a Isla de Pinos y crear sus hogares allí. También hizo gala de su racismo y menosprecio hacia los cubanos:

«Lo que estamos haciendo ─señaló─, si ratificamos el tratado, es poner a esos 900 ciudadanos americanos bajo dominio y control de una población ignorante y mestiza ahí en esa isla. Me opongo a ello. No estoy dispuesto a apoyar tal propuesta con mi voto”. [3]

“El día 13 comenzó la sesión con la lectura por la presidencia de un comunicado que recogía una resolución adoptada por el consejo de la Sociedad Pan Americana de los Estados Unidos en favor de la ratificación del tratado”.

El también demócrata, pero por el estado de Arkansas, Thaddeus H. Caraway, replicó este argumento al señalar que no se debía hacer pagar a Cuba por el actuar incorrecto del gobierno estadounidense. A lo que Mckellar contrarreplicó en varias intervenciones expresando que no había duda de que Estados Unidos gozaba de la titularidad de la Isla y que por lo tanto se estaba entregando a Cuba esa titularidad sin una consideración o reserva de protección a los ciudadanos estadounidenses en la Isla.

Senadores demócratas como Claude A Swanson de Virginia, Joseph T. Robinson, de Arkansas y Duncan U. Fletcher, de Florida, expresaron su posición contraria a los argumentos de McKellar.

William Cabell Bruce, de Maryland, aunque desde el mito construido de que Cuba debía su independencia a Estados Unidos, hizo una larga exposición en favor de la ratificación del tratado. Al final de su intervención señaló:

Por años la conciliación del respeto y la buena voluntad de toda América Latina ha sido uno de los objetivos cardinales de la política americana. ¿Debemos abandonar este objetivo e involucrarnos en el amargo resentimiento de todo país en América Latina, incluyendo Cuba?

(…) no creo que el pueblo americano aprobara el rechazo de este organismo a ratificar el tratado de la Isla de Pinos; y ahora que grandes hombres tan celosos del honor nacional como Theodore Roosevelt, John Hay, Elihu Root y Charles Hughes y la Corte Suprema de Estados Unidos les han dicho que no tenemos titularidad sobre la Isla de Pinos, creo debemos aceptar esta conclusión y rápidamente llevarla a efecto. [4]

Otro senador que hizo trinchera contra la aprobación del tratado, desde un pensamiento expansionista e imperialista, fue James Thomas Heflin, demócrata de Alabama:

No tengo la menor duda que el presidente McKinley consideró a la Isla de Pinos como nuestro territorio y tenía la intención de retener esa isla. Los mapas de los Estados Unidos luego de la guerra con España hasta su muerte mantuvieron a esta isla como territorio perteneciente a los Estados Unidos, y no fue hasta que murió que este territorio desapareció de los mapas de Estados Unidos.

(…)

Necesitamos esa isla como una base militar, por su proximidad al Canal de Panamá; y algunos senadores aquí son excesivamente generosos de una manera extraña cuando expresan su voluntad de cederle a Cuba territorio que nos pertenece y está habitado por algunos de los mejores y más patrióticos ciudadanos de Estados Unidos. [5]

Caraway intervino nuevamente a favor del tratado, haciendo énfasis en que Cuba no podía verse perjudicada por declaraciones que se les hicieron a los ciudadanos estadounidenses sin confirmar y que en todo caso era el gobierno estadounidense el responsable de responder ante ese error y compensar económicamente a los afectados.

Por su parte, el senador demócrata por el estado de Montana, Thomas James Walsh, se basó en el hecho de que ya la Corte Suprema de Estados Unidos en 1907 había concluido ante causa presentada que la soberanía de la Isla de Pinos pertenecía a Cuba. Se refería al conocido como pleito Pearcy contra Stranahan, cuando el estadounidense Edward J. Pearcy había tratado de introducir cierta cantidad de mercancías procedentes de Isla de Pinos por el puerto de Nueva York y al negarse a pagar aranceles ─sosteniendo que provenían de un territorio que era parte de Estados Unidos─ habían sido confiscadas en el acto, lo que produjo la demanda ante los tribunales contra el administrador de aduanas del puerto de esa ciudad, N. Stranhan, la cual llegó hasta el Tribunal Supremo. Este órgano, al emitir su decisión, señaló que Estados Unidos no tenía ningún derecho sobre Isla de Pinos y que esta de jure pertenecía a Cuba.

“Desde la visión de la prepotencia imperial intervino el senador demócrata por Missouri, Reed, al señalar que Cuba no tenía derecho a queja o reclamación pues le debía la independencia y prosperidad a Estados Unidos”.

Frank B. Willis, senador republicano por el estado de Ohio, se refirió a la necesidad de establecer enmiendas al tratado que protegieron los derechos constitucionales de los ciudadanos estadounidenses en Isla de Pinos y la seguridad de que el resto del articulado de la Enmienda Platt y el tratado permanente se hicieran extensivos a ese territorio. Sobre este último punto insistió también el senador William Borah, republicano por Idaho: «Que todas las provisiones existentes y futuros tratados, incluyendo el tratado permanente proclamado el 2 de julio de 1904 entre Estados Unidos de América y la República de Cuba, será aplicado al territorio y los habitantes de la Isla de Pinos». [6]

Desde la visión de la prepotencia imperial intervino el senador demócrata por Missouri, Reed, al señalar que Cuba no tenía derecho a queja o reclamación pues le debía la independencia y prosperidad a Estados Unidos. Vale la pena citar en extenso para entender los criterios geopolíticos imperiales que se estaban moviendo en ese contexto:

Refiriéndome nuevamente al tema de la defensa nacional, quisiera llamar la atención del Senado hacia unos mapas que elaboré aquí hace algunos años. Aquel que se fije en esos mapas observará que, comenzando no muy lejos al sur de Nueva York, Inglaterra posee las Bermudas. Desde las Bermudas podrían ser enviados aviones para atacar la ciudad de Nueva York y otras ciudades del Continente Americano y podrían regresar a sus bases sin mucho peligro de ataques de nosotros a menos que tuviésemos una flota de aviones inmediatamente a mano. Siguiendo toda la costa hacia abajo llegamos a la parte sur de la Florida ahí encontramos en el mapa marcado en rojo, lo que muchos senadores pueden ver con sus propios ojos desde donde se sientan, un grupo de islas extendiéndose desde la Florida por el norte de Cuba hacia Haití. Inmediatamente al sur de Cuba nos encontramos a la isla de Jamaica, que es la llave al Canal de Panamá sin duda alguna, y está marcada en rojo británico.

Encontramos en adición a eso la Honduras Británica, localizada de manera que también comanda uno de los mayores caminos hacia el Canal de Panamá y abraza una bahía en la cual toda una flota de una gran nación extranjera podría descansar en un puerto. Bajando hacia la costa sudamericana nos encontramos otra cadena de islas, una parte de ellas británicas, otra parte francesa, pero todas juntas comandando todos los canales del mar desde esa dirección y todas ellas inclinándose al fin sobre la Guyana Británica, otra gran posesión británica.

Digo que debería ser la política fija y establecida de los Estados Unidos el adquirir todas estas islas. Se encuentran en un semicírculo abrazando el extremo oriental o norteño del Canal de Panamá. Podemos examinar los mapas y podemos encontrar que no hay un solo canal del mar, una sola ruta comercial conduciendo a estas aguas que no esté bajo el comando de territorio extranjero que en cualquier momento pueden ser equipadas con armas extranjeras. Esta situación nuestras autoridades navales han buscado abarcar con el establecimiento de una base naval en Cuba, pero eso es solo un punto desde donde podríamos lanzar un ataque. Tenemos a Puerto Rico y ahí prácticamente termina nuestro dominio, mientras que el resto de ese territorio se encuentra bajo bandera extranjera y puede ser fortificado en cualquier momento sin nuestro consentimiento.

(…)

Una examinación del mapa les mostrará a los senadores que la Isla de Pinos yace a unas 50 millas del paso principal de navíos moviéndose desde el golfo al canal. En esa isla una base de aviones puede ser establecida, y de ella uno o dos aviones pueden proceder a destruir todos los barcos pasando por ese canal. Podrían proceder desde esa isla para atacar para atacar nuestra fortaleza en la isla de Cuba. Podrían salir de esa isla para atacar la porción sur de la Florida.

En lugar de ceder nuestras tierras en las Indias Occidentales deberíamos estar asegurando tierras. Estaría dispuesto a cancelar una parte de la deuda francesa para asegurar las posesiones francesas en las Indias Occidentales. Estaría dispuesto a hacer grandes concesiones a Gran Bretaña en un aspecto financiero para así asegurar esas islas que ella controla y que cierran las aguas del Golfo de México y del Canal de Panamá. El día puede llegar, no en nuestros tiempos ─puede llegar en período más remoto, puede nunca llegar, pero puede llegar─ cuando debamos concentrar la flota del Atlántico y la flota del Pacífico en uno u otro de esos océanos, y hacerlo en apenas unas horas, cuando un único avión procedente de una de estas islas al dejar caer una sola bomba en los cierres del Canal de Panamá podría bloquear esas aguas e impedir la concentración de nuestra flota e involucrarnos en algún gran desastre naval. Inglaterra mira hacia el futuro. Francia mira hacia el futuro. Todos los demás países miran hacia el futuro. Solo nosotros procedemos de manera desordenada, sin consideración por el futuro, considerándonos en todo momento como perfectamente seguros.

Le pido al Senado de los Estados Unidos que me digan ¿por qué estos países se aferran a estas islas de las Indias Occidentales? No son de ningún beneficio financiero para ellos hoy en día. El tiempo fue cuando los habitantes esclavizados de esas islas, produciendo azúcar y otros productos tropicales, eran una fuente de ingresos para sus amos europeos. Esa condición ya no existe. No hay ganancias para estas naciones desde estas islas, y aun así se aferran a ellas. Si quieren saber el motivo, es porque son lo suficientemente sabios para mirar al futuro, al momento cuando pueda haber conflicto, y cuando esas islas constituirán para ellos tantos puntos desde donde atacar a los Estados Unidos. Hay, para usar la expresión de otro, tantos cañones apuntados hacia el corazón de los Estados Unidos de América. Sin embargo, proponemos votar la cesión de un territorio por el cual al menos tenemos una buena reclamación equitativa. [7]

A continuación, se produjo la réplica del senador demócrata por Nevada, Key Pittman:

Señor presidente, no hay duda que el argumento que acaba de ser presentado por el Senador de Missouri es atractivo. Creo que todos deben estar de acuerdo en que debemos tener una buena consideración por la protección del Canal de Panamá y de nuestras costas, pero es más importante, en mi opinión, que actuemos de manera honorable, manteniendo la autoestima de nuestra propia gente y la confianza de las naciones del mundo que poseer cualquier isla en el Mar Caribe. No es una cuestión de lo que queremos ni de lo que obtendremos. La cuestión es cómo podemos obtenerlo honorablemente.

 Si fuéramos a comprar la Isla de Pinos de Cuba, comprémosla después de haberle cedido cualquier reclamo de nuestra titularidad sobre ella, y no antes, a un precio fijado por nosotros como condición de renuncia. Creo que la importancia estratégica de la Isla de Pinos en este argumento está sobrestimada grandemente. [8]

Pittman también ratificó cual había sido uno de los argumentos para defender el artículo 6 de la Enmienda Platt:

Estaba en los poderes de los Estados Unidos el obtener de Cuba la Isla de Pinos como una estación carbonera y una base naval si fuera apropiado, pero no quería la Isla de Pinos. La Isla de Pinos no está adaptada para una base naval. Lo que quería el gobierno de los Estados Unidos eran bases en la isla de Cuba, donde tienen uno de los mejores puertos del mundo, y esa es la única razón de por qué no admitiría el reclamo de Cuba sobre la Isla de Pinos. No hay duda sobre eso. La Isla de Pinos se retuvo como seguridad, para que cuando existiese un gobierno formado en Cuba que pudiese realizar los acuerdos informales que se habían realizado entre nuestros oficiales del ejército y los líderes del ejército revolucionario de Cuba, habría medios para forzar al gobierno constitucional de Cuba a concedernos las bases navales que nosotros realmente queríamos y que más tarde recibimos.

(…)

¿Cómo pueden los senadores oponerse a este tratado cuando nuestra propia Corte Suprema, luego de plena deliberación, bajo la instigación de americanos que la solicitaron, tomó tal decisión como la referida? Deberían estar dispuestos a aceptar la opinión cuando la invocaron.

Hay algo más que eso, aunque no todo eso fuese cierto. Veamos en qué actitud estaría América si se rechazara este tratado. El 2 de julio de 1903, los comisionados representando al gobierno de Cuba y los comisionados de los Estados Unidos se reunieron para darle fuerza y efecto a dos artículos en la Enmienda Platt, uno dándole una base naval a Estados Unidos y otro estableciendo por tratado el título de propiedad sobre la Isla de Pinos. Escuchen, senadores. En ese mismo día, por esas mismas personas, como parte de la misma transacción, y así reconocido en este tratado, los comisionados cubanos aceptaron darnos Guantánamo, la mayor base naval en todo el Mar Caribe, para perfeccionar por lo cual hemos gastado 9 mil millones de dólares, y en consideración de Cuba por darnos Guantánamo entramos en un acuerdo renunciando a cualquier reclamo que teníamos por la Isla de Pinos.

Bajo la Enmienda Platt el tratado concediéndonos a Guantánamo solo debía ser ratificado por los presidentes de las dos repúblicas. El presidente de los Estados Unidos y el presidente de Cuba inmediatamente ratificaron el tratado por separado concerniente a Guantánamo, y Guantánamo pasó a ser posesión de Estados Unidos. Es la más grande base naval en el hemisferio occidental.

Este tratado, que debió ser ratificado por el Senado, fue presentado ante el Senado para su ratificación el 2 de julio de 1903, y por 21 años el Senado se ha rehusado a ratificar el tratado renunciando a nuestra titularidad sobre la Isla de Pinos, y durante todo ese tiempo hemos tenido a Guantánamo.

¿Acaso esto es un accionar justo? Tomamos Guantánamo, pero nos rehusamos a renunciar a la titularidad sobre la Isla de Pinos, cuando eso está suplementado con la decisión de nuestra Corte Suprema, a mi parecer, con justicia, con honor, no debería haber vacilación en nuestra ratificación de este tratado. Si no estamos dispuestos a ratificar este tratado, con honor, y toda justica, deberíamos devolverle Guantánamo a Cuba, que fue declarado como una consideración para la ejecución del tratado. [9]

Nuevamente intervino Swanson en el debate para reforzar y ampliar el argumento de la decisión de la Corte Suprema de justicia cuando había decidido que de jure Isla de Pinos pertenecía a Cuba, y que el secretario de estado Day, uno de los comisionados que negociaron el Tratado de Paris de 1898 había sido uno de los jueces de la Corte Suprema en ese momento y ratificado que el término usado «otras islas bajo la soberanía española en las Indias Occidentales», no incluía a Isla de Pinos. [10]

El senador Robinson, de Arkansas, agregó en favor de la ratificación:

No tengo duda de que este tratado debe ser ratificado. Debió haber sido ratificado hace años. En mi modesta opinión, los Estados Unidos nunca han tenido reclamo sustancial sobre Isla de Pinos. Por cientos de años la isla constituyó una parte de Cuba. Los Estados Unidos en la resolución adoptada el 20 de abril de 1898, declaro su propósito de asegurar la independencia y libertad para el pueblo de Cuba, y nunca nos alejamos de ese propósito. No estaría de acuerdo con los principios a los que esta adherido los Estados Unidos en sus tratos con gobiernos extranjeros, el hacer la guerra por la independencia de un pueblo solo para requerir de ellos el someterse a la jurisdicción y soberanía de Estados Unidos. Debemos mantener la confianza en Cuba. Para lograr esto no debemos dejar más en duda el título de propiedad sobre Isla de Pinos. [11]

Cerró el debate sustancial del tema con una intervención del senador republicano por Pennsylvania, George Wharton Pepper, advirtiendo que el rechazo del tratado por el Senado no resolvería nada, al contrario, generaría esperanzas inciertas en los residentes americanos en la isla de que algún día Isla de Pinos se convertiría en territorio estadounidense.

Su ratificación lograría, por el contrario, tres resultados definitivos: terminaría el periodo de intolerable suspense que la demora ha provocado en los colonos estadounidenses, les permitiría darse cuenta que a lo que aspiran es imposible y se volverían hacia Estados Unidos para reclamar algún tipo de indemnización, la devolución al beneficiario ─Cuba─ de la tutela nacional establecida y una evidencia clara para todos los vecinos que los Estados Unidos tienen la intención de tratar justamente con los débiles al igual que con los fuertes.

Finalmente se produjo la votación siendo aprobada la ratificación del tratado con dos enmiendas. El resultado fue 63 votos a favor, 14 en contra y 19 abstenciones. La primera enmienda establecía que todos los tratados existentes y futuros, incluyendo el tratado permanente proclamado el 2 de julio de 1904, entre los Estados Unidos de América y la República de Cuba se aplicarán al territorio y a los habitantes de la Isla de Pinos y la segunda que la expresión “otros extranjeros” que figura al final del articulo III se entenderá como los extranjeros que reciban el tratamiento más favorable bajo el gobierno de Cuba».

“Es evidente que el gobierno de Estados Unidos tomó en consideración que no se trataba solo de un asunto concerniente a la política hacia Cuba, sino también hacia toda América Latina y el Caribe”.

Al día siguiente, no para celebrar un acto de justicia histórica, sino cumpliendo uno de los objetivos que perseguía para su provecho el ejecutivo estadounidense, de limpieza de imagen hacia el resto de la región, la Oficina de Prensa del secretario de Estado, Kellog, emitió la siguiente declaración acerca de la ratificación del Tratado Hay-Quesada:

El Secretario de Estado opina que ese es un paso que afirmará la simpatía de Estados Unidos hacia América Latina, y viceversa, considerándolo como un hecho “extremadamente satisfactorio”.

Asimismo, que el secretario de Estado consideraba “que tanto Centro como Suramérica deben ver en ese laudable hecho que los Estados Unidos cumplen su palabra caballerosamente cuando se trata de dar la razón, y que las nacionalidades débiles deben perder todo temor a un imperialismo más remoto que la constelación de Alpha. [12]

Las reservas que hizo el Senado de Estados Unidos al Tratado fueron aprobadas por el senado cubano el 16 de marzo de 1925, las ratificaciones fueron canjeadas el 23 de marzo y publicadas en la Gaceta Oficial el 9 de mayo. El legislativo cubano declaró en una resolución, que Isla de Pinos era definitivamente cubana.

Por su parte, el presidente Coolige hizo pública una proclama por la que Estados Unidos reconocía el tratado firmado en 1904. Es evidente que el gobierno de Estados Unidos tomó en consideración que no se trataba solo de un asunto concerniente a la política hacia Cuba, sino también hacia toda América Latina y el Caribe, donde las resistencia y luchas antiimperialistas habían ido en aumento, a partir de la propia injerencia y explotación yanqui y el sostén a dictaduras sanguinarias. Tres años después, tendría lugar en La Habana, bajo el amparo de la dictadura de Gerardo Machado, la VI Conferencia Panamericana.

La manera en que se recibió la noticia de la ratificación del Tratado Hay-Quesada en Cuba, también es un reflejo de la polarización ideológica existente en aquel año 1925. Por un lado, el gobierno de Zayas, acordó en sesión del Consejo de Ministros realizar un acto que comprendía un recorrido por varios puntos de la ciudad y desfile ante la representación diplomática de Estados Unidos para expresar aprecio y gratitud al poder Ejecutivo y Legislativo de ese país por la ratificación del Tratado, por otro, los sectores más revolucionarios del movimiento obrero y estudiantil, si bien consideraban una victoria lo alcanzado, no había nada que agradecer y mucho menos realizar pleitesías al imperialismo estadounidense, pues Isla de Pinos siempre había sido cubana, lo que había ocurrido era un intento de despojo y el 13 de marzo de 1925 el acto jurídico que confirmaba el reclamo del pueblo cubano en defensa de su soberanía.

“Todavía costaría mucho sacrificio y sangre al pueblo cubano, para que Isla de Pinos y toda Cuba, fueran enteramente cubanas”.

El 18 de marzo Mella hizo circular una declaración “A los estudiantes y hombres libres”, en el que exhortaba a los cubanos a no asistir al bochornoso acto de servilismo, pues darle a Cuba Isla de Pinos era un acto natural, ya que siempre había sido cubana. Isla de Pinos era de Cuba, pero Cuba no era libre, señalaba la declaración. Los capitalistas yanquis con sus dineros poseían la tierra, las industrias, esclavizando al pueblo, y el gobierno de Washington con la Enmienda Platt y con el abuso de su fuerza, tenía convertida la isla en una colonia. El manifiesto terminaba “Estudiantes, gritemos: ¡Abajo el imperialismo yanqui! ¡Viva nuestra dignidad de hombres libres!”. [13]

Estudiantes y obreros de la Confederación de Estudiantes de Cuba, la Agrupación Comunista de La Habana, la Federación Obrera de La Habana, rompieron la manifestación preparada por el gobierno en varios puntos. Aquella contramarcha, en la que tuvieron especial protagonismo Mella y Alfredo López, en defensa del honor patrio, fue el preludio de una larga lucha que vendría luego para enfrentar la dictadura de Gerardo Machado. Todavía costaría mucho sacrificio y sangre al pueblo cubano, para que Isla de Pinos y toda Cuba, fueran enteramente cubanas.


Notas:

[1] Citado por Rolando Álvarez Estévez en: Isla de Pinos y el Tratado Hay-Quesada, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, p.105

[2] Ibídem, pp.87-89.

[3] Congresional Record-Senate, March 13, veáse en: https://www.congress.gov/bound-congressional-record/1925/03/13/senate-section.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem.

[12] Rolando Álvarez Estévez en: Isla de Pinos y el Tratado Hay-Quesada, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, pp.90-91.

[13] Rolando Rodríguez García, República Rigurosamente Vigilada. De Menocal a Zayas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2012, tomo II, pp.468-469.

(Tomado de La Jiribilla)

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La atalaya tercermundista de Fidel Castro

Intervención en el Panel Fidel y el marxismo, organizado por el Centro Fidel Castro Ruz, 19 de noviembre de 2024.

Enrique Ubieta

No miraban Marx y Engels el mundo desde la misma atalaya que Lenin; los dos primeros lo hacían desde la Europa de mayor desarrollo industrial, centro colonizador de vastas regiones del planeta; Lenin, desde una de las economías más atrasadas de Europa, que sin embargo mantenía el dominio y la hegemonía cultural, como imperio, de extensos territorios de Europa Oriental y Asia Central. Lenin tuvo que partir de un concepto novedoso, el de “eslabón más débil”, y pensar en la construcción de un nuevo tipo de relación con las ex colonias rusas, que respetara su autodeterminación. El tema del nacionalismo de los pueblos oprimidos aparece en sus textos, como parte de su enfrentamiento a la autocracia zarista. Mao es el líder revolucionario de un estado multinacional, de origen imperial, portador de culturas milenarias. Ho Chi Minh, lideró una nación más pequeña que albergaba también culturas milenarias, pero que había sido colonizada y neocolonizada, durante siglos, por chinos, franceses y estadounidenses. Cada una de esas condiciones conformaba atalayas diferentes, desde las cuales sus líderes estudiaban y actuaban.
El caso de Cuba es peculiar, la nación es resultado del mismo proceso de colonización: son los hijos de los recién llegados, de los pueblos opresores y de los pueblos oprimidos, estos últimos traídos a la fuerza como esclavos, los que empiezan a crear las bases -las necesidades y los afectos- de una nueva convivencia, que en las dos guerras por la independencia del siglo XIX terminan por cuajar en una nueva nación. “Nación nueva”, según la clasificación del antropólogo brasileño Darcy Ribeiro -en referencia, sobre todo, a los países caribeños-, porque integra elementos étnicos y culturales muy diversos, y crea una nueva cualidad, un “ajiaco” que, como señala Fernando Ortiz, se encuentra en “permanente cocción”. El concepto de Patria no se aviene entonces con el (por demás falso) ius sanguinis europeo, es decir, por un supuesto origen “de sangre”: se es cubano por nacimiento o adopción. Por eso José Martí, hijo de españoles, puede decir: “Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más cerca, y en que nos tocó nacer”. Y también por eso, su voz se alza para defender la independencia de Puerto Rico, la dignidad de Haití, y la de los pueblos precolombinos de América. Por eso quiere impedir que los Estados Unidos se apoderen de Cuba y caigan, con esa fuerza más sobre nuestros pueblos de América, de Nuestra América, “lo que estamos equilibrando es un mundo”, decía, y representa como diplomático a Uruguay, Argentina y Paraguay. Para Roberto Fernández Retamar, José Martí es el primer pensador “tercermundista”. Esa es la atalaya desde la que el marxista Fidel Castro enfrenta la emancipación social y política de Cuba.
Me referiré a tres afirmaciones comunes en la historiografía sobre la Revolución cubana, que considero erróneas:

1. No es cierto que la adopción del socialismo en Cuba fuese el resultado de la  incomprensión y el cerco estadounidenses. Antes de su declaración pública el 16 de abril de 1961, desde el mismo triunfo revolucionario de 1959, Fidel crea el consenso necesario. Pero unos meses más tarde afirma: “la Revolución no se hizo socialista ese día (…). El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada, cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución (…)” Y añade: “Dentro de un régimen social semicolonial y capitalista como aquel, no podía haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de liberación nacional”. Por otra parte, desde su período guerrillero en la Sierra Maestra, Fidel comprende que su enemigo real no es el gobierno espurio de Batista, sino el imperialismo estadounidense, como revela su famosa frase escrita a Celia Sánchez: “Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”. Por su origen colonial y neocolonial, por su carácter de nación “nueva”, por la tradición de pensamiento revolucionario que hereda, en primer lugar de Martí, pero también de hombres como Gómez y Maceo, como Mella, Martínez Villena y Guiteras -los tres últimos, martianos y marxistas–, entre otros, Fidel Castro es un líder tercermundista, en una época histórica en la que, cada vez de forma más clara, la contradicción fundamental, como señalara el Che Guevara, era entre pueblos explotados y pueblos explotadores.

2.Otro error muy extendido, en mi opinión, es la interpretación de nuestra solidaridad y apoyo a los movimientos guerrilleros e independentistas de América Latina, África y Asia, solo como estrategia defensiva frente al cerco imperialista, como respuesta a los ataques del imperialismo y de sus aliados menores. La Revolución cubana no se percibía aislada del movimiento revolucionario mundial. Es “la primera revolución socialista del hemisferio occidental”, y el “primer territorio libre de América”. El internacionalismo fue y es consustancial al socialismo cubano y ningún estado socialista lo asumió de manera más limpia, más pura, que Cuba. No era una ayuda “de padre a hijo”, lo que implicaba cierta superioridad, cierta visión paternalista que solía esconder intereses geopolíticos; la nuestra era una ayuda “entre hermanos”, entre iguales, que no exigía nada a cambio, ni recursos, ni fidelidad ideológica.

3. El argumento movilizador, la “excusa” histórica de nuestro apoyo a los procesos independentistas africanos eran nuestros vínculos étnicos y culturales con ese continente, y la deuda con los ancestros esclavizados. Ante una pregunta mía sobre el contexto histórico en el que se desempeñó su esposo, la viuda de SekouTouré mencionó con naturalidada Fidel entre los grandes líderes africanos de los años sesenta. La razón real, sin embargo, trasciende esa justificación: éramos solidarios con los pueblos africanos que luchaban por su independencia, porque era nuestro deber, como mismo lo éramos con el pueblo vietnamita o el palestino. Lo que quiero decir es esto: si la historia y la cultura cubanas no hubiesen estado vinculadas al llamado continente negro, igual habríamos peleado por su independencia. Ese concepto es esencial: tanto Fidel como el Che, consideraban que el internacionalismo no se ejercía como favor, sino como deber. De la misma manera que entregábamos esa ayuda sin pedir nada a cambio, la exigíamos de manera expedita a quienes podían ayudarnos (los soviéticos, por ejemplo). Cuba dividía lo poco que tenía o recibía, para ayudar a otros pueblos; su fuerza en el escenario mundial es moral.
La inserción del pensamiento martiano en la prédica y la práctica fidelistas se produce de manera natural. Martí es el último luchador anticolonial de América frente al decadente imperio español, y también el primer antimperialista. Asume, como Fidel, una posición ética frente a la opresión y a los oprimidos; “con los pobres de la Tierra, quiero yo mi suerte echar”. La teoría marxista ofrecería después a Fidel el soporte necesario para la acción. En un enjundioso estudio sobre su pensamiento de mi amigo, el profesor villaclareño Rafael Pla, este dice: “En el pensamiento martiano (…) hay una carga ética de fuerte inspiración estoica que no se aprecia en el pensamiento marxista-leninista, el cual daba a la ética un segundo lugar en la teoría que fundamentaba la revolución social que preconizaba”. No concuerdo en este punto con él, aunque entiendo que tiene en mente la batalla de Marx contra el socialismo utópico, asido a una concepción abstracta del bien. La ética es siempre el punto de partida, la brújula que permite rectificar el rumbo y ajustar la teoría. Fidel y Martí se alejan de cualquier comprensión cientificista de la realidad: los conocimientos enciclopédicos de que disponen, se complementan con una peculiar capacidad intuitiva. “La ciencia -dice Martí con respecto a la que promueve el positivismo, e inventa el verbo preciso- insecteando por lo concreto, no ve más allá que el detalle”. Por eso es necesario el “vuelo de cóndor”. El espíritu reformista y el revolucionario se diferencian, sobre todo, por su diferente manera de entender lo posible y lo imposible. Esa diferencia tiene una causa: la fe (o la ausencia de fe) en el pueblo. Y usualmente, una causa de causa: los intereses de clase. Los asaltos al cielo, definen el espíritu revolucionario. He mencionado la palabra fe. “Existe la necesidad racional de dudar -escribía en 1991 Martí-, pero sobre ella está la más imponente y viva y victoriosa de creer”. La fe martiana se resume en la dedicatoria que escribe para su hijo en el Ismaelillo: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. En ti, es una declaración de fe que trasciende a su hijo, que apunta a las nuevas generaciones, al futuro de la Patria. No creo en los eruditos que conocen y pueden repetir de memoria los textos de Marx y Engels, pero no tienen como premisa de sus investigaciones la emancipación de los seres humanos, y no participan de las transformaciones sociales. El marxismo no es compatible ni con el espíritu positivista, ni con el teoricista. Esos estudiosos no son, en sentido real, marxistas. Los más importantes teóricos del marxismo han sido a su vez dirigentes revolucionarios o se han involucrado de manera activa en las luchas sociales.
Martí crea el concepto de “Nuestra América”, para construir en ella una “modernidad” diferente. Equilibrar el mundo era su obsesión, su premisa. Fidel sigue esa visión totalizadora en su lucha contra el imperialismo, una visión que no tiene fronteras nacionales o multinacionales, que no se encierra en un Estado o una Región; jamás abandona el sentido martiano de Patria. A veces, nuestros estudiosos quedan entrampados en la enumeración de influencias, de lecturas previas. Los discursos de Fidel, como los de Lenin, no solo hay que leerlos a través de otros textos, también a través de sus contextos. Son estos los que aportan sentido a sus palabras o a sus actos. No ha sido lineal la Revolución cubana: cada período tiene sus peculiaridades y debe interpretarse en función del momento. Fidel, siempre dialéctico en su accionar interno y externo, fue un genuino líder del entonces llamado Tercer Mundo, de los pueblos explotados. En su discurso ante el Grupo de los 77, en el año 2000, casi una década después de la desaparición del “campo socialista”, nos instaba a proseguir la lucha: “la hora actual no puede ser de ruegos a los países desarrollados, ni de sumisión, derrotismo o divisiones internas, sino de rescate de nuestro espíritu de lucha, de la unidad y cohesión en torno a nuestras demandas”. Con los años fue cada vez más evidente para Fidel que el capitalismo puede aniquilar la habitabilidad del planeta Tierra, que comparten ricos y pobres, explotados y explotadores. Por otra parte, Martí y Fidel compartían una convicción: los explotadores no pueden ser libres mientras mantengan esa condición. Esa es la razón por la que no solo fueron líderes “tercermundistas”, de lo que hoy llamaríamos el Sur Global: fueron líderes para todos los mundos en la batalla por la emancipación humana.

(Tomado del sitio web del Centro Fidel Castro Ruz, http://www.centrofidel.cu)

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Elier desde su, nuestra Ínsula

Palabras de presentación del libro Desde mi Ínsula, de Elier Ramírez Cañedo.

Enrique Ubieta Gómez

Mantener las pesadas puertas de la Academia abiertas al bullicio de la calle, conectar los anaqueles, las mullidas sillas, los salones, al latido sanguíneo de la época, es una vieja aspiración de la Humanidad y una exigencia de la Revolución. Pero no es Elier Ramírez Cañedo un académico de oficio. Tiene los méritos, los estudios y la obra suficiente —datos que no es menester enumerar aquí—, pese a su edad, para tal condición. Elier es, desde sus años de estudiante universitario, un riguroso combatiente del pensamiento. En el gabinete busca respuestas que sirvan para pelear y abrir caminos. Sentadas las bases científicas de su percepción, monta guardia en su trinchera de ideas, alerta ante los ataques enemigos, burdos o sutiles. Esas escaramuzas defensivas adquieren una inusitada importancia para entender la exacta dimensión de su aporte académico.

Este libro, inusual en su bibliografía, similar a otros de diversos contenidos que han aparecido en los últimos años, no es un hijo menor; muestra sus obsesiones de investigador y su elección de vida, es una útil selección de textos breves, agrupados en cinco secciones: Historia, Relaciones Estados Unidos-Cuba, Polémicas (donde se reasumen los dos universos anteriores, pero en franca carga al machete), Entrevistas (útil para “entrever”, como diría Retamar, preocupaciones y motivaciones), y Cuba hoy. Podría decir que todos los textos conducen y preparan la sección final. Cuba ayer, Cuba hoy, podría titularse el libro.

Dos grandes temas se transversalizan: el primero es el estudio y la crítica de la corriente autonomista o “tercera vía” decimonónica —ni independentista, ni integrista, tomadas esas opciones como los supuestos “extremos” de la época— que le permiten entrar en un debate de plena actualidad política. El interés que suscita esa corriente en la batalla ideológica actual es comprensible. Elier la asume con la mesura y el rigor de un cientista social, y la convicción de que el historiador es un constructor de futuro. Como dice en una de las entrevistas que el libro recoge:

“Me gusta (…) la definición de Marc Bloch sobre la historia como “la ciencia de los hombres en el tiempo”, y ese tiempo puede llegar a incluir el mes pasado, el día de ayer, y hasta el minuto transcurrido en que te respondo (…) La historia neutral es un mito. Siempre se toma partido por más que trate el investigador de desprejuiciarse. Se puede ser más o menos objetivo, pero la objetividad absoluta no existe”.

Su mirada es martiana: denuncia la raíz clasista y racista del autonomismo, su desconfianza en el pueblo y su papel retardatario, de contención del movimiento revolucionario, pero no juzga por igual a todos sus exponentes y valora el aporte cultural de muchos de ellos. Su cruzada intelectual no se detiene en las personas, sino en las ideas. Así procedía Martí, el más implacable crítico de aquella corriente, al tender la mano, con el elogio oportuno, a hombres como Enrique José Varona, devenido después en independentista, y más tarde en símbolo moral del antimachadismo.

Pero ante quienes intentan colorear el pasado, y presentar la opción inviable del autonomismo como la mejor, Elier desenvaina el machete mambí. Permítaseme recordar, en apoyo a su tesis, estos fragmentos de una carta que escribe José María Gálvez, presidente del Partido Liberal Autonomista al anexionista José Ignacio Rodríguez, radicado en Washington, el 3 de septiembre de 1899 (rescatada por mí en la Biblioteca del Congreso), ya ocupado el país por tropas estadounidenses, reveladora de cómo los intereses de clase y el desprecio al pueblo, a la “turba mulata”, unifican las aspiraciones de un tutelaje extranjero:

“La independencia absoluta es la ilusión del día, fomentada por los ‘patrioteros’ y acariciada por la turba mulata. Conviene desvanecerla antes de emprender la demostración de que á la anexión ha de llegarse de todos modos. […] Creo haberte dicho antes y repito ahora que suspiran por la anexión todos los que tienen algo que perder, los que aspiran á adquirir, y la masa general de españoles.”

No es casual que la segunda sección (y el segundo gran tema) del libro aborde las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Todos los grandes pensadores cubanos de los siglos XIX y XX, —y de esta categoría no excluyo a quienes como Antonio Maceo, tenían tanta fuerza en la mente como en el brazo, al decir de Martí— expresan admiración o rechazo, preocupación o cautela ante el imponente desarrollo, la prepotencia y el desdén del vecino y sus pretensiones expansionistas. La línea matriz que conduce toda la historia de Cuba, desde los primeros balbuceos de su nacionalidad —que se consolida de manera paralela y a solo 90 millas del lugar donde nace el imperialismo—, la traza esa tensión histórica. Elier Ramírez es uno de los más competentes especialistas en estos asuntos, sobre todo, en lo referido a las décadas de Revolución.

En el libro aparecen, siempre desde un ángulo novedoso, escritos con elegancia y precisión, los hitos más importantes en esa relación en los últimos 60 años:  la Crisis de Octubre y el papel de Fidel, el reclamo del origen ilegal de la Base Naval de Guantánamo, los primeros acercamientos bilaterales, incluido el poco conocido encuentro del Che Guevara con un asesor de Kennedy en Montevideo, las luces y sombras y las sombras de aquellas luces, en los períodos presidenciales de Carter y Obama, así como el retroceso de Trump, el tema migratorio, y la consecuencia de Fidel y su apego al ideario martiano. Dos mentores tiene el autor, y no lo oculta: Martí y Fidel.

Ya en plena sección de polémicas, aparece un Elier que esgrime con sutileza, conocimiento y valentía sus argumentos. No es que los escritos de las primeras secciones carezcan de punta y filo, es que ahora el combate es frontal. En su respuesta a un libro de Rafael Rojas, que intenta justificar la pertinencia del autonomismo Elier señala:

“En su criterio, Martí inventó una nación moderna que contemplaba la comunidad negra dentro del espacio nacional y donde solo se exaltaban las virtudes morales del pueblo cubano, pero una nación que no tenía nada que ver con la que existía en la práctica y que se sustentaba en el imaginario de la aristocracia blanca, en donde era discriminado el negro criollo. Está claro que, para Rojas, la real nacionalidad cubana estaba representada por los autonomistas y que lo que Martí exaltaba era una nacionalidad inventada. “Un breve recorrido por la historia de Cuba —señala Rojas— convencería a cualquiera de que ese pueblo martiano no ha existido, no existe y, probablemente, jamás existirá”.

Me parece oportuno recordar la célebre frase de Martí cuando un emigrado le dice que en la atmósfera de Cuba no se observan esos ímpetus emancipadores, a lo que responde: pero yo no hablo de la atmósfera, yo hablo del subsuelo. Es necesario establecer el carácter de la prosa martiana, que no describe como los positivistas la realidad visible, sino la posible, que también (no hay que olvidarlo) forma parte de la realidad, y cuya consumación depende de la actividad de los seres humanos. Ante esa realidad posible y deseable, la tarea de los revolucionarios es propiciar su advenimiento. Esta característica de Martí confunde a los reformistas, prolijos descriptores de lo inmediato, y ciegos ante el elemento “invisible”, que radica en la fuerza del pueblo al que desprecian o desconocen.

Dos de los textos de esta sección forman parte de una intensa polémica desarrollada en 2017, en la que tuve el privilegio de compartir trinchera junto al autor de este libro entre aquellos que impugnaban el proyecto político de la revista digital Cuba Posible, autopercibida por sus editores como centrista, una publicación financiada, entre otras ONG de claro perfil interventor, por la desaparecida y desenmascarada USAID. En esta ocasión los supuestos extremos eran la radicalidad revolucionaria de La Habana y el furibundo anticomunismo de Miami. En realidad, como demuestra Elier, ni el independentismo revolucionario de Martí, ni la radicalidad revolucionaria de Fidel son extremos de nada: son las únicas soluciones realistas y de fondo frente al colonialismo y al neocolonialismo. Por eso creo que la palabra “extremista”, usada por la contrarrevolución para confundir, exige siempre una aclaración de contenidos.

Pero son las entrevistas la que humanizan al autor, la que presentan al hombre sin mediaciones. Y en un plano más íntimo, responde así cuando le preguntan por sus hijas, las de carne y huesos, María Fernanda y Alejandra, y las de tinta y papel: “Por supuesto, los hijos son algo único en la vida, la mayor creación, pero al mismo tiempo estaría incompleto si no tuviese libros.”

El libro reserva para el final textos de muy variada índole: intervenciones en Congresos políticos y académicos, artículos periodísticos de temas variados y actualidad máxima. En ellos aún destella el filo de su palabra, como si nunca abandonase el caballo de pelea. Y está Fidel, por supuesto: en su revalorización de textos esenciales, como sus Palabras a los Intelectuales, o su discurso en el Aula Magna de la Universidad en 2005, pero también en ese homenaje póstumo en el que muestra algunas de sus herejías geniales. Hay mucho más y cada lector lo descubrirá por sí mismo, porque para entender la obra historiográfica de Elier Ramírez Cañedo, sus lectores del futuro tendrán que consultar este libro.

(Tomado de Cubasí)

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