La luz solar castiga en el balneario desierto. El aire imita el peso de una pared. El calor avanza ardiente, lo mismo en la calle que en la altura de los edificios. Y así, atraviesa todo lo que el día abarca. La playa es inhabitable y el mar parece plomo que hacia el horizonte se derrite. Tal es el calor que si alguna vez llueve, no será agua lo que caiga, ya que el cielo alto, el que no se ve, se pudre y sufre como un ojo gigante y sin párpados expuesto a una tortura.
Bajo la sombra de un árbol un perro trota en círculos, se detiene, refriega el hocico contra el suelo, y de golpe empieza a saltar ladrándole a la nada. Matemático casi, el perro repite ese ritual cada cinco minutos. Lo hace como accionado por una incógnita o se está volviendo loco.
Décimo piso, balcón. Patricia Stein fuma empapada en sudor, la ropa interior pegada al cuerpo, los labios secos. Allí parada, parece una piedra sobre la cual se talló la forma de una mujer todavía joven. La blancura ardiente la rodea. Y si la piedra no se guarda, el sol pronto la hará polvo. ¿Por qué se para allí, expuesta al aire asesino? Al aire del calor que por intenso y sordo ya deforma la misma comprensión del tiempo. Pasado, presente y futuro: materia confusa y tóxica que llena el espacio sin mayor pretensión que ocuparlo. Se para en el balcón como eligiendo un castigo por algo que no distingue si ya hizo o hará, y como buscando compañía en el abrazo agresivo del calor. Es que hay algo que sumado al calor la martiriza: la soledad, no tolera estar sola. El asedio de recuerdos crudos que ha logrado enterrar, ha vuelto con violencia calculadora, por eso los químicos la recorren con frecuencia. El engaño artificial que suponen, empuja los recuerdos hasta cierto punto. Arroja el cigarro, todavía por la mitad, cierra la puerta corrediza y se mete en el living. Allí el aire acondicionado trabaja como puede, ya no es capaz de cumplir debidamente su función, ha sido usado con abuso y ningún técnico del service se anima a meterle el cuerpo al exterior para ir a arreglarlo. El abuso no corresponde solo al calor; durante los días helados, fue usado para calentar la casa. Patricia siente que cuando el aire deje de funcionar, ella morirá. Entonces comienza a pensar y a actuar como si estuviera en su lecho de muerte.
Ahora Patricia está desnuda y echada en el sofá, al que mancha con la humedad que el sudor permanente ha dejado en su espalda. Tiene enfrente un ventanal con una vista por la que algunas personas traicionarían hasta la madre. Sabe que, en esa noción de que ya no respirará más si el aire se detiene, comenzará a revisar su interior, ha diseccionar recuerdos, imágenes y deseos, a disolverse. Es inevitable hundirse en uno mismo cuando se piensa, errado o no, que ha llegado la muerte. Cuando Patricia está a punto de arrojarse en sí misma, algo le detiene la vista en la blanca lejanía. En un balcón, en otro edificio, una figura levanta algo pequeño y lo deja caer. Le toma unos segundos, pero entiende que lo que ha visto ha sido un adulto que soltó al vacío un niño; más que entenderlo, lo supone. Y deja que la duda se instale. Si eso realmente fue así: ¿qué pudo motivarlo? La locura ciega; un brote psicótico inducido por las drogas; la solución más drástica y extrema al problema de un niño que nació enfermo, retrasado, deforme. ¿Entra el acto entonces en lo que se entiende por misericordia? ¿Al ahorrarle al niño una vida horrible, devolviéndolo a la nada? O simplemente, lo que motivó eso que Patricia aún pelea por distinguir si es real, pudo haber sido lo mismo que obliga al perro a perpetuar su ritual absurdo.
Atontada por el bochorno, Patricia mueve su cuerpo desnudo y lo pega al ventanal, todavía duda de lo que vio. Casi se convence de que fue una alucinación provocada por el calor que ya debe ser otra cosa, o trajo con él algo más. Se aparta del ventanal y comienza a caminar en círculos por el living enorme, imita el recorrido que en su cabeza hace la duda. Duró tan poco aquello (una figura tira algo y entra otra vez en la casa), fue tan simple y corto, mecánico, que no parece cierto, salvo que uno lo detenga en la mente.
Que el calor obligue a un perro a hacer cosas absurdas es poco esperable, pero verosímil: los animales no funcionan entre conceptos, no sopesan entre el bien y el mal, ni distinguen lo ridículo de lo aceptable; son solo instinto. Pero que obligue a una persona, presumiblemente un padre, a arrojar a su hijo de un edificio, ya es mucho suponer; no hay duda: tiene que haber algo más recorriendo el balneario.
El living ahora mugriento y sofocado, que Patricia continúa recorriendo perdida en la duda, fue en otro tiempo un salón de reuniones, un lugar que alojaba fiestas. Allí iban casi todas las noches los amigos, que, iguales a ella, nadaban en ocio y dinero de sus familias ricas. Ninguno tenía menos de 30 años y todos se comportaban como si tuvieran 20, o incluso 15. Siempre había alguna cara nueva y siempre una música vacía, solo hecha para el vicio hedónico, flotaba en el living y se repartía por el resto del gran apartamento. Y todos bailaban o se drogaban o cogían como perros en la terraza o en algún dormitorio. Y entonces así, Patricia nunca se sentía sola. Ni siquiera cuando luego de una noche entera de fiesta, amanecía lloviendo y el bajón de merca, cristal, éxtasis, o una fiera combinación de las tres, debía ser asumido unos minutos hasta que otra sustancia de efectos contrarios lo disipaba. Entonces el sopor jocoso dominaba esos cuerpos que aún contra la mañana y hasta que se desplomaran rendidos, continuaban bailando, más solos y acompañados que nunca. Luego dormían hasta bien entrada la tarde y bajaban a la playa. En el ascensor los cuerpos miraban su reflejo demacrado y sonreían, como si el deterioro obligado por la inmadurez no fuera algo patético o triste. Eso cambió un poco cuando una eterna estudiante de arquitectura de 35 años murió de sobredosis en el baño, tras una fiesta en la que mucho de lo que pasó conviene ni pensarlo. Esa muerte pesó un tiempo en el grupo siempre cambiante, pero fue rápidamente borrada por el ejercicio de vivir en la ilusión de un carpe diem superficial. Cuando llegaban a la playa, que estaba a escasos metros del edificio, iban a un parador. Allí se echaban en reposeras bajo la protección de las sombrillas. Pedían agua o mojitos y llenaban la tarde con su limitado lenguaje, sus palabras abreviadas y solo hechas para no tener que esforzarse en entender mucho más que lo básico. Erraban por la piscina del parador, la playa y las reposeras. A veces se encontraban con otros como ellos, que aunque no conocían aún, bastaba con el intercambio de las mismas palabras y los mismos gestos, para unirse todos e ir a parar esa noche u otra a otra fiesta, en otro lado o en lo de Patricia. Ella siempre se aseguraba de no estar sola, aunque no hubiera reunión esa noche. No era difícil si se considera su atrevida belleza y la tendencia a dejarse perseguir como una presa torpe e indefensa por un hombre que cumpla con sus exigencias (esbelto, rico, idiota). Pero cuando las primeras olas de frío empezaron a matar decenas de infelices en los barrios pobres, la actividad nocturna comenzó a mermar. Y cuando el frío comenzó a matar a los ricos, casi que se detuvo. Y cuando de la noche a la mañana el frío se hacía calor insoportable, todas las partes del grupo humano, todos los individuos de cada casta, conocieron el horror con el impacto que causa en un niño la muerte violenta de su mascota. Había un patrón: días enteros de calor, de golpe días de frío, y días enteros de calor otra vez, y así. La gente en el balneario comenzó a morir, a derrumbarse a fuerza de un golpe de frío o de calor. El clima ya no respetaba las normas que lo hacían comprensible. Y no se sabe aún por qué, un buen día, nada ni nadie pudo entrar ni salir nunca más del balneario. Todo eso se aceptó, y como se pudo, se continuó viviendo.
Patricia se tumba otra vez en el sillón, y vencida por la incertidumbre y el calor, que son como un puño cerrado que la golpea desde adentro, provocándole un eco punzante en la cabeza, pone bajo la lengua un tranquilizante, y de forma gradual entra en el sueño. Primero un sabor ácido, como a limón, se transforma en un color: un verde agresivo que palidece hacia el gris. Y entonces, como en un encuadre perfecto, la escena: tres personas, luego más. El señor Stein sonríe obsceno y bonachón. La señora Stein bebe una copa de vino. Patricia juega con una cuchara. Están en una cena familiar. Esperan a que llegue el hermano de Patricia para empezar a comer. Parece que es año nuevo o un cumpleaños. El señor Stein tiene mayonesa en el bigote y su hijo mayor eructa. Ya terminaron de cenar. Ahora hay más gente. Casi todos bailan. Todos están borrachos y eufóricos. Mozos y mucamas sirven y limpian activados por la inercia de sus trabajos. Patricia es una niña y se ha acostado a dormir, escucha el ruido de fondo que hacen los adultos en su festejo. Hay mayonesa en el piso, mucha, derramada y mal oliente, y repentina, como una bestia viciosa, emerge sobre la cama de la niña una figura y se lanza sobre ella. Lo que sigue es solo negrura y de vez en cuando algún recuerdo distorsionado, alguna fusión ridícula de imágenes sin sentido. Patricia despierta. Son la 5 de la tarde. El calor no solo persiste ya corpóreo dominando cada cosa que hay, sino que es aún más fuerte. Va hasta al baño y se mete en la ducha. Poco es el alivio, ya que solo sale tibia el agua. Y en su cabeza, la figura sigue arrojando algo desde un balcón.
Abajo, el portero del edificio, con la cabeza bajo el aire acondicionado de la recepción que todavía funciona, piensa. Cree que encontró una forma de salir del balneario. Como vive en el edificio, en un apartamento chico de la planta baja, y se ha suministrado de los víveres que los propietarios muertos han dejado en varios de los apartamentos, hace semanas que no sale. Lo mismo sucede con Doris, la última mucama que queda. Doris sobrevivió a un golpe de frío, pero con secuelas. Ahora camina ladeada y lenta, y de vez en cuando algunos espasmos la recorren; también le falla la memoria, su vocabulario es pobre y le cuesta hablar. Ahora erra por el lobby y se acerca al mostrador. Saluda por tercera vez al portero y hablan:
—Doris, esta noche me voy.
—Eeee… ¿estás seguro? Es peligroso. Es de locos. Te…te…te vas a morir. Y si estás afuera, el doctor no te puede ayu…ayu…ayudar.
—Tranquila, ya tengo todo cocinado acá —y se toca la sien con un dedo—. Voy a esperar a que se haga de noche, así el calor me deja andar.
—Estás loco, Miguel. Lo… lo…loco.
—Tengo la idea perfecta. Mañana a esta hora ya voy a estar en una ciudad normal, no como este balneario de mierda. ¿Querés que te cuente?
Y lo hace. Se ayuda con unos esquemas y dibujos que hizo en una hoja. Señala cosas, explica. La mucama asiente con la boca abierta, como un idiota. No pregunta nada, solo escucha. Miguel termina y ella se va. Poco después de su discurso, ella ya se ha olvidado de todo. En un rato volverá al mostrador y la operación se repetirá.
En el séptimo piso vive el doctor, el único médico en el edificio y en un radio de cinco manzanas o más. Llegó al balneario buscando una especie de retiro temporal, un descanso sin fecha de final pautada. En su ciudad, es el director del hospital más importante. Lleva años ejerciendo ese cargo y se ganó la posibilidad de elegir ese retiro sin que ninguna autoridad lo cuestionara. Todo lo administrativo, todo lo que debía ser decidido o confirmado por él, lo relegó a su secretario, y solo a lo que nadie más que él podía autorizar, lo resolvía por teléfono. Es una eminencia, un caso raro. Tiene tres especialidades: es psiquiatra, anestesista y cardiólogo. Tiene arriba una cantidad insuperable de conferencias y es consultado en casos importantes a nivel internacional. Probablemente fue capaz de lograr todo eso porque nunca quiso tener hijos, motivo que muchas veces facilitó la ruptura de las pocas relaciones serias que mantuvo. Tiene 60 años pero luce menor, es un hombre sano. Él no solo le salvó la vida a la mucama, sino que también salvó la de varios propietarios y algunos empleados más. A varios los vio morir, a otros, luego de haberlos salvado, tuvo que verlos también morir, víctimas de un segundo ataque. La mayoría morían por los cambios radicales de temperatura; algunos ya propensos debido a enfermedades previas, otros viejos, otros débiles, y algunos solamente desafortunados. Pero existía un grupo reducido cuya causa de muerte era difícil de precisar, hasta para él.
Ahora Patricia está en la cocina. Abre el congelador, que como al aire, no le queda mucho tiempo, y mete allí la cabeza. Ese consejo lo tomó del doctor, la única vez que se cruzaron cuando empezaron los cambios. Luego lo cierra, sabe que no puede abusar, pues de vez en cuando la heladera entera agoniza con ruidos metálicos. Lo vuelve a abrir pero solo para sacar la cubetera. Llena una jarra de agua con hielo y vuelve al living. Si lo que vio fue cierto, ya se debe haber hecho algo, o no. El ruido sordo del niño contra el asfalto pudo haber sido ignorado (esto potenciado por el hecho de que nadie anda en la calle) y las autoridades no estar al tanto; y aunque la policía supiera ya del homicidio, ningún oficial arriesgaría su vida al dejar la comisaría solo para constatar la denuncia de un vecino. Además, el padre ya está en su propia cárcel, y el niño a esta altura debe ser una masa derretida pegada al suelo, aplastada como una comadreja por un auto en la ruta. Si no fue cierto, si alucinó, debería preocuparse por su salud mental. Entonces llama al médico. Él le dice que solo la puede recibir en su apartamento, le aconseja que no tome el ascensor, dicen que está roto, y el riesgo de quedar atrapada en un infierno hermético de metal es alto. Debe usar las escaleras. Tres pisos. Le dice que lo va a pensar y que lo llama luego, lo dice con un tono de niña caprichosa, ya que asumió, como la habían acostumbrado desde chica, que iba a tener lo que quería al instante. En la pausa (¿escaleras, o deja el tema para otro momento, si empeora?) se mete otra vez en ella. Se sumerge en una fiesta en la que tocó un DJ famoso ahí mismo, donde ahora no hay más que una mesa ratona llena de polvo. Al DJ le pagó un dineral y por un buen tiempo aquella fiesta se irguió como la mejor del verano. Eso cuando era o cuando había verano. Ahora, en el balneario, no así en el resto del mundo, ya no existen las estaciones. De la fiesta se ve en una oficina en otro lado, en una ciudad muy lejos del balneario y en un tiempo anterior. Allí habla con un abogado y firma una larga serie de documentos. Está triste, pero más que nada enojada, ojerosa, con resaca. Firma y el abogado sonríe y le da la mano. Una siguiente imagen: ella es adolescente y discute con la madre, se arrojan palabras como cuchillos, están en su casa, el señor Stein salió; ella llora, da un portazo y se va.
Ya es de noche y es imposible adivinar si el calor va a persistir o si el frío irrumpirá violento, como tantas veces. Miguel ya empezó con los preparativos para su escape. Lleva semanas confeccionando un traje que asegura puede soportar los cambios bruscos de temperatura. Eso no se le dijo a la mucama, a ella solo le habló de lo que pensaba hacer en términos de desplazamiento. De hecho, no compartió la idea con nadie más que el doctor, por considerarlo como la persona más inteligente del edificio y probablemente del balneario. Miguel, yo no soy ingeniero, soy médico, pero si querés mi opinión, ese traje no sirve para nada, le había dicho el doctor. Él dudó un poco de su idea entonces, pero luego se aseguró de que estaba en lo correcto, al elegir solamente las palabras del doctor que decían que él no era un ingeniero. No importa que él, Miguel, sea solo un portero; su idea tiene que funcionar. Verifica que el traje esté en condiciones. Sí, no le falta nada, va a funcionar perfectamente. Luego llena una mochila de comida, agua y ropa, como si se aventurara a una expedición en el desierto o la selva. Por último verifica el plano del balneario con los garabatos y esquemas que agregó, y lo guarda en un bolsillo. Confirma los puntos que le servirán de atajos para llegar hasta la salida del balneario. Se pone el traje, se cuelga la mochila y sale. Sin duda está solo en su cabeza, pero afuera, no siente tanto calor, aunque sabe que no ha mermado mucho desde la tarde. Vio en un video que era importante administrar la energía y el ritmo de la respiración frente a situaciones de extremo peligro. Eso hace ahora. Respira rítmico y solo trota cuando es necesario. Pero por momentos decide correr, preso de la ansiedad. Sigue. Consulta de vez en cuando el plano. En la calle reina un silencio de cementerio. Algunas luces en algunos edificios; dos o tres casas en las que por sus ventanas se ven varios ventiladores arrojando aire caliente. A unas cuadras, el perro continúa con sus absurdas piruetas; no se ha detenido un instante desde que empezó, al mediodía. Aquí y allá, autos que ya no funcionan, fundidos por el calor o el frío. Y Miguel, en ese traje ridículo, similar al que una madre le haría a su hijo para que juegue al astronauta. Finalmente la realidad borra la falsa certeza empecinada de Miguel y se descubre sofocado, y siente que se está por prender fuego. Echa a correr, le quedan pocas cuadras para llegar al empalme a las afueras del balneario. Le quedan unos metros para dejar ese lugar. Y entonces, de un segundo al otro, el frío golpea como trompada y Miguel se derrumba. El cuerpo muerto en la calle, el silencio y la absoluta ausencia de movimiento. La excepción es la de un murciélago que desesperado bate las alas hacia los límites del balneario, pero cuando llega es frenado de golpe, y cae duro en el suelo.
En el edificio todavía hace calor; el clima a veces reparte sus extremos por zonas. Así, al mismo tiempo en el balneario, puede hacer frío y calor, solo que distribuido en segmentos aleatorios. Patricia, que siguió indagándose hasta llegar a un recuerdo que no quiere revisar, decide ir a ver al doctor.
—Patricia. Puede ser perfectamente un engaño de tus sentidos. No es que te estés volviendo loca. Este clima extremo puede causar cosas así. Por otro lado, si lo que viste es cierto, no hay nada que hacer. Ya sabés que como están las cosas no podemos hacer nada. Ahora quiero que sigas hidratándote y que tomes de estas pastillas —le alcanza un frasco— cuando sientas que te vas a morir o vuelvas a ver a ver algo raro, ¿de acuerdo? Y bajo ningún concepto tomes más de una. Deben transcurrir al menos cuatro horas entre cada toma. Y mucho menos se te ocurra mezclarlas con alcohol. Considerate advertida. Si no haces lo que te digo, no te voy a poder ayudar. ¿Oís?
—Sí, doctor —dice Patricia—, así será. Quédese tranquilo.
—Bien, ahora andá con cuidado, no corras al subir las escaleras. Un cambio de ritmo en el corazón puede ser fatal, incluso en alguien joven, como vos.
—Gracias, doctor. No lo molesto más. A lo sumo, más tarde, si no queda otra, lo llamo.
Y se va. Cruza el pasillo, sube lentamente las escaleras y se mete en su apartamento. Cuando entra le gana una sensación extraña: algo en su cabeza pone en duda si lo del doctor ocurrió o va a ocurrir. Mira el frasco que sostiene en una mano y confirma que fue algo que ya pasó. Intenta sacarse esa noción de arriba, que a pesar de haberla sopesado con la realidad, todavía la molesta. En la intención de distraerse con algo que no involucre el pasado ni las rarezas del presente, Patricia se masturba. Cuando acaba encuentra una calma, una distracción casi absoluta de todo problema; solo dura unos segundos. Otra vez le cae arriba el tiempo en su peculiar fusión con el espacio. Y vuelve a caminar en círculos, ya que la figura que arroja algo, otra vez nada en su cabeza. Entonces toma una de las pastillas del doctor. Pocos minutos después empieza a sentir un alivio asociado a cierto frescor. Piensa que las pastillas deben tener algo que la ayuda también a padecer menos el calor. Pero enseguida se da cuenta que no son las pastillas, es que el frío ha vuelto y con un rápido avance borra el calor y se instala duro como una piedra. Entonces, en el preciso instante en el que deja de hacer calor y vuelve el frío, la realidad entera, con todo en ella, se detiene atemporal. Se abre y se mueve. Dentro de una materia inclasificable, la realidad se expresa en solas imágenes que apenas se ven y enseguida desaparecen, como diapositivas. Una destaca ya que sale y entra de Patricia, mientras el resto solo aparecen y se van. La que entra y sale muestra a Patricia con 7 años jugando a las muñecas, lleva un vestido de verano, que parece apenas una tela que la cubre hasta las rodillas. Sonríe en su goce infantil, sin preocupaciones. Juega sola y abstraída. Además de ella, en la casa solo están una mucama y el señor Stein, quien come un sándwich repleto de mayonesa que la mucama le preparó. La madre de Patricia ha salido y no volverá en varios días. El señor Stein termina de comer y sube al cuarto de Patricia. La mucama está concentrada en la limpieza del salón. El señor Stein sube las escaleras sin saber que tiene los bigotes llenos de mayonesa y llega al cuarto de su hija. Parado en la puerta la ve, delicada e inocente arropada en esa tela, exudando pureza. La niña parece un hada, el hombre un ogro hambriento. El señor Stein cierra con llave, tras él, la puerta. El sonido estremece a la niña, quien le pone la cara mansa, distendida. El padre se acerca a ella temblando, poseído por un vicio que no controla, una retorcida fijación. De esa imagen se desprende, breve, otra: Patricia accede, años después, mejor dicho, cede, y ante la amenaza de ser desprovista de por vida de todo lujo, dinero o bien, omite el castigo que podría haber dejado caer sobre el señor Stein. Ahora tiene este apartamento, dos casas más, campo y una cuenta bancaria con dinero que no podrá gastar en décadas. Las dos imágenes mueren, como murió el señor Stein de un infarto hace tres años. De ellas, escupidas por la realidad detenida y atemporal, solo queda una pátina, un recuerdo; como quedó el recuerdo de su padre marcado en Patricia, definitorio. Entonces todo vuelve a moverse, material y coherente.
Abajo el clima sigue en su actitud aleatoria. Incluso logra mezclar el frío y el calor en algo que viola la misma sustancia del tiempo. Otra vez algunos mueren y otros sobreviven; otra vez el miedo intoxica todo; otra vez el doctor hace lo que puede con lo que tiene. Y todo evento, toda acción, se repite, avanza y retrocede, como una película haciéndose. Arriba, lo único cíclico y constante, es el comportamiento de Patricia: copia, como si lo tuviese enfrente e hiciera de él una mímica exacta, el ritual absurdo del perro; solo que no ladra, llora. Y cerca, la playa arde en un fuego helado y se mezcla y se confunde con el cielo enfermo.