Afuera

Cada día despierto en un cuarto distinto. No sé qué o quién me traslada. Tampoco entiendo por qué a mí: no soy especial, no soy nadie. Soy un hombre patético sumergido en el tedio. Acá, ya no siento hambre ni dolor. Pero sí, siento una indecible opresión en el cuerpo y en la mente, como si un gigante invisible me pisara a la vez que enlentece mis ideas. No sueño. No tengo referencias temporales: ¿han pasado días, años, minutos, meses? No he escuchado sonido alguno ni he visto nada que llame la atención, tampoco a nadie; pero hay excepciones. Una vez, un sonido metálico y chirriante reverberó en el aire unos segundos; luego, silencio total. En otra ocasión, vi una puerta abierta y ancha que llevaba a una cantidad inmensa de caminos entrecruzados y delineados por muros, los caminos se prolongaban hasta más allá de la vista y parecían de metal. De allí provenía un olor agresivo, un tufo que de no haberse borrado al instante, me habría hecho vomitar. Creo que ese lugar era una suerte de laberinto, no pude ver más: se cerró y la puerta desapareció. En otra ocasión vi la figura de una mujer que me resultó vagamente familiar, se desvaneció al instante, solo dejó un momento el mismo olor del laberinto. Luego, nada, silencio total. Y no puedo precisar si estas cosas ocurrieron hace una semana o hace diez años o si no han ocurrido aún pero ya las presencié en el futuro. Los cuartos son distintos entre sí, ni uno solo se repite. Ya sea por el tamaño, el color, la forma o el material del que están hechos, al menos una pared, siempre es de metal. La temperatura varía de forma abrupta, y he detectado que repite un ciclo: calor, frío seco, aire templado, calor, frío seco. Entre ese ciclo no pasa nada y pasa mucho. Luego me duermo.
Lo bueno de este lugar es que no siento dolor, como ya dije, al menos no dolor físico. Afuera padezco de una enfermedad crónica que lentamente desgasta mis articulaciones y machaca los nervios, a la vez que paraliza partes de mi cuerpo, y cada vez la parálisis dura más tiempo y el dolor es permanente y sordo, en ocasiones agudo. Dicen que está llegando a mi cerebro. A veces afecta mi conducta y no controlo y olvido lo que digo o hago, esto dura instantes, son como fugas. Aquí reacciono de acuerdo al entorno y a lo que experimento, pero no me siento así, como afuera. No todavía. Dudo, porque no sé qué esperar de este traspaso entre lugares inclasificables, todos herméticos, solo con una luz opaca en el techo.
Tengo recuerdos de afuera. Abundan los que involucran a mi familia, aunque cada vez se reducen en cantidad, o los aprecio con menor nitidez: pierdo las caras de las personas, las olvido, los recuerdos se me escapan hacia la parte oscura de la mente; por más esfuerzo que haga por retenerlos, se van y a veces solo vuelven fragmentos. También sucede que hay escenas, situaciones, personas y momentos que siento ajenos. Bien pueden ser de alguien más o haber sido puestos en mí por alguna razón o por ninguna.
De mi familia no puedo decir muchas cosas buenas, pero tampoco es justo pintarla como infernal o desalmada. No todos son calaña. Mi madre fue buena pero sumisa. Recuerdo su cariño en mi niñez, la cálida protección que me brindaba. Pero recuerdo también cómo esas cualidades fueron de a poco cercenadas por mi padre. Él nunca le puso una mano arriba, pero la torturaba psicológicamente. En casa lo hacía de forma brusca y directa y también con duros eufemismos. Afuera, con gente ajena a la familia, era pasivo-agresivo y sutilmente dominante. Y como era un hombre grande y rudo, de un pasado turbio en el que boxeaba sin guantes por hobby y trabajaba de peón en la construcción, nadie se metía con él. Poco tiempo antes de conocer a mi madre y de tener a mi hermana y luego a mí, ya había dejado esa vida y tenía un taller de autos que sigue funcionando. Aunque ya no era abiertamente violento, e incluso con otra gente era gentil y amable, el pasado definía parte de su presente. Parte nuclear de lo que es. Así es que la gente le temía, por más que él se mostrara simpático. Desde mi niñez fue reduciendo a mamá al punto de volverla fría conmigo, distante. Y actuaba según los caprichos de él, quien siempre fue, además, muy manipulador. La sumisión que demostraba mamá era patética. Mi hermana tuvo el tino de dejar la casa apenas terminó el liceo. De un día al otro se fue sin dar aviso. Yo me sentí dolido, porque con ella compartía cierta complicidad, pero a medida que hacía amigos y tenía novios en su adolescencia cada vez estaba menos en casa. Mi tristeza surgió porque ni siquiera me avisó que se iba. Quedé solo con mis padres y como vieron que mi hermana pudo eludir con esfuerzo su control y las manipulaciones de mi padre, me arrinconaron en su mecanismo enfermizo. Yo esperaba a diario noticias de mi hermana, imaginaba que me iba a vivir con ella, pero no recibía nada, ni siquiera una llamada para preguntarme cómo estaba. Así fue por años. Yo creía que éramos unidos, no podía entender por qué me hacía eso. Yo, a todo esto que menciono, aún lo puedo ver, pero en ocasiones, un hueco oscuro y flotante interrumpe las imágenes y detiene el flujo de pensamientos. Entonces, me trae al presente un fuerte dolor de cabeza que solo dura unos minutos. Es como si algo quisiera frenar los recuerdos, las ideas, anular ciertos procesos de mi mente. Otras veces, en vez del dolor de cabeza y la vuelta al presente, tras el hueco negro, y cuando me despierto, me siento arrojado contra cierta angustia aguda que se disipa enseguida, y por un instante pienso que estoy en casa, en mi cama. Pero continúo en algo que hasta ahora entiendo como una suerte de sueño dirigido, porque me veo y siento momentos y lugares desconocidos, veo personas que hablan conmigo, no reconozco la presencia de mi padres y sí la de mi hermana, o viceversa. Luego caigo otra vez hacia lugares inquietantes y absurdos: pantanos azulados de los que veo salir negros tentáculos que primero me rozan y luego comienzan a enroscarse en mi cuello, y justo cuando empiezo a sentir que me asfixio, vuelvo a la realidad, al lugar, al cuarto, y me derrumbo agotado, pero sigo despierto. Y al rato otra vez, estoy recordando algo cierto, ocurrido, y entro en una versión de mi vida controlada hasta el mínimo detalle. Luego la caída al pantano que se multiplica en selva y la recorro entre la pesada humedad y los bichos. Nuevamente los tentáculos que no llegan a ahorcarme, y otra vez acá, exhausto, respirando agitado, temblando. Otras veces solo son recuerdos reales mezclados con las invenciones ajenas. Y ahora, admito que empiezo a confundirme y me cuesta distinguir entre los recuerdos reales y los otros; tampoco los ubico en orden. Todo esto ocurre cada más con mayor agresividad, mientras estoy despierto. Luego vuelvo a dormir sin sueños y aparezco en otro lugar. Y así, lugar, recuerdos, delirios, lugar. Es un ciclo. Ya estoy en un punto que prefiero el dolor y el desgaste de mi enfermedad afuera, que esta extraña tortura. Pareciera que están intentando convencerme de que mi vida fue otra, y lo están logrando. Hay intervalos en los que estoy acá y en el silencio reflexiono, aunque cada vez es más difícil porque empiezo a entender con dificultad el lenguaje, y, tal como sucede con los recuerdos, entra en mi cabeza un lenguaje nuevo, desconocido que empieza a sustituir al original y cierto, ya que algo me hace entenderlo. Aún no tengo con quién comunicarme, pero otra forma de entender la realidad me invade. Vuelvo a ver la figura femenina, deja el tufo y se va. ¿Quién y cómo era mi madre? ¿Qué implican esas palabras? Hablar poco y sin orden puedo ahora. Puedo ahora volver al pantano azul. No puedo ahora describir más que eso: azul, pero empiezo a dejar de entender qué es “azul”, qué representa. La garganta, tentáculos, aire que falta, y vuelvo. Otra vez la figura femenina. Puedo hablar que veo a otra mujer y a un hombre, eso aún sé qué significa. Los dos, más la otra figura, o sea que tres, me miran y se borran del aire. Se abre la puerta y solo miro los caminos laberínticos protegidos por muros. Quedo un rato sin pensar, la mente en blanco. Solo miro el laberinto. Cruzo la puerta. Y sin darme cuenta estoy corriendo entre el olor repugnante y siento que el lenguaje vuelve, exacto y preciso a mi mente, entra y se distribuye por mi entero ser como ramificaciones de un vasto río y lejano que ha encontrado un cauce. Mientras corro, sin noción del tiempo y sin saber dónde estoy y hacia dónde voy, los verdaderos recuerdos vuelven. Sí, ahora los olores reales se reproducen en mi cabeza, los olores ya ocurridos, atados a las imágenes y las texturas de las cosas, y puedo discernir la temperatura de un día de verano recostado en la arena, a punto de arrojarme al mar. Siento el aire salado en la cara. El agua mansa y plateada al sol en un cielo sin nubes. Todavía no empezaron los dolores en esa época. Veo que estoy en un pasillo con otros alumnos: espero el resultado de un examen para recibirme. Y corro y corro por el laberinto de metal, entre los muros, entrando y saliendo al azar, avanzado o retrocediendo, o quieto rodeado de movimiento. Siguen los recuerdos. Estos vienen cargados de emociones fuertes. Adulto, dejo mi casa, tras años de transformar la tristeza en odio contra mi hermana, porque nunca supe de ella. Peleo con mis padres. Me atrevo a golpear a mi padre y empiezo a correr, sin destino, como corro ahora. Pasan años y estoy en una habitación que alquilo y vuelvo a una obsesión que había dejado: espiar mi casa solo para ver si había vuelto mi hermana. El recuerdo importante, el que trae rabia asesina, es el de la noche en que la veo en casa cenando con mis padres, sin mí. Y ahora un recuerdo nuevo, que puede ser real como impuesto o una mixtura entre ambos. Sigo corriendo y veo una luz azul del otro lado, la luz aumenta a medida que avanzo. El recuerdo, real o no, o mixtura: mis padres y mi hermana maniatados y golpeados, les rompí la cara a los tres, yacen en el piso. Y lo que no es un recuerdo es que ahora estoy frente a un enorme edificio de metal, cuya altura rebasa las nubes. Se abre una puerta, y yo pateo los cuerpos en el piso que no paran de sacudirse, y siento tanto placer, y al sentirlo descubro una parte esencial de lo que soy y allí dentro no recordaba. Llegan dos seres altos, muy altos, levantan a mi familia con violencia. Lo último que veo es a mi hermana y mis padres forcejando con estas criaturas, porque no son humanos, eso es seguro, y rindiéndose a la fuerza y entrando al edificio en el que estuve yo. La puerta se cierra. Ellos están adentro, o ya estaban o van a estar, todavía no manejo la idea del tiempo. Y, además, recuerdo las figuras que vi como fantasmas allí dentro: eran ellos. Es complicado pensar en lo que es el tiempo ahora, detectar cómo funciona. Lo que es seguro es que ahora, aunque con mi dolor y el cuerpo entumecido, resuelto a volver a casa y llenarme de analgésicos y flotar en el alivio, finalmente, estoy afuera.

Hundimiento

Hundimiento

Hay un dolor indomable: el de la miseria orgánica. Es mío y solo yo lo conozco, pero no lo explico, es imposible. Puedo describir lo que representa, no lo que es. Me enrosca y estruja, como hace una Boa con su presa. Pero no me deglute. Mantiene la presión sin matarme. Todo lo que me es familiar se pierde como se olvida un sueño. El dolor me empuja y caigo, me desplomo en la negrura. Allí espero días como milenios, adentro. No importa si afuera todo funciona, porque el dolor intoxica interno, y cuando me deja, regreso infernal y obseso.
Yo nací y el dolor creció conmigo. Luego me superó y ya no pudo medirse. Con el tiempo entendí que no tiene fondo (si arrojo en su boca una piedra, nunca la escucho caer). Así es en mí, así es en otros; pero estamos incomunicados y solos (los otros y yo, los otros conmigo).

Hace tiempo que al dolor lo siento distinto, cambiante, pero sin llegar a ser ajeno y sin dejar de castigar. Cada vez que accedo a mis recuerdos, el dolor se ramifica y los trastoca. Muta permanente y distorsiona los fragmentos del pasado. Mi memoria sigue intacta, a pesar de todos los abusos. Y he detectado, que cada tanto y de golpe, recientemente, todos los recuerdos desaparecen y solo me llena el vacío, no accedo a nada y me ausento; hasta que vuelven y la chance de recordar, de mover el tiempo en mi cabeza, se activa otra vez, como un reinicio. Esto sucede y marca un ciclo, define un patrón, se repite con intervalos. Así reconozco la ilusión del tiempo, que ahora y aquí, va hacia atrás o adelante, o en simultáneo a todos lados. Y ahora, aquí, puedo oler cierto peso agrio y de colores oscuros aplastando mi cuerpo y torciéndome hacia un misterio. No es la muerte, es otro tipo de permanencia en la vida. Lo confirmo porque la lasitud usual ahora se funde en cierta agudeza o en una forma de percepción intensa. Y hacia el misterio voy, me dejo llevar hacia una revisión de los fragmentos inconexos del pasado. Es una revisión impuesta, no la busqué.
Soy joven. Fumo tendido en la cama, los ojos hinchados de tanto llorar. Mi esposa golpea la puerta del cuarto y entra. Me mira cual si fuera un animal que ha de ser sacrificado. Me pregunta algo, yo no respondo. Se va. El veneno de la miseria orgánica me tiene paralizado. Los ojos están duros, abiertos, clavados en el techo, enrojecidos, y pienso que no le desearía ni al peor hijo de puta padecer este estado asfixiante, esta caída libre insoportable. La ventana está abierta, y afuera, en la ciudad, se puede oler la violencia que entra y me atufa; y en mi parálisis, no hago nada más que tragar cigarrillos.
Sin que yo los busque, en la revisión de la que hablo, los recuerdos se desarrollan en mí, se muestran, se mueven como un arroyo que me atraviesa cuya corriente no controlo. Nunca fue así, siempre tuve yo la voluntad de acceder a ellos, nunca nada los puso en mí para que funcionaran solos. La revisión impuesta me traslada sin mi voluntad.
Tengo once años. Llego a casa de la escuela y mamá está tirada en el medio de la cocina. Papá no está porque nunca estuvo, nos dejó cuando yo era un bebé. No es la primera vez que encuentro a mamá así; pero por lo general, la sacudo, reacciona y se acuesta en la cama y duerme un día entero, luego se levanta y todo sigue como si nada. Esta vez no reacciona de ningún modo. La muevo, le arrojo agua fría, la sacudo con fuerza. Mamá, mamá, mamá. Nada pasa. Pero respira. Viene la ambulancia y se la lleva. No la veo más. Se la han llevado lejos. Estoy en la casa de mis abuelos. Mi abuelo me enseña cosas, me habla de la vida, y me siento seguro; lo quiero, y él a mí. Luego veo cómo se detiene el auto frente a la casa. Veo que él se baja y sé quién es porque me dijeron que iba y me preguntaron si quería verlo, dije que sí, por decir algo. Es papá. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo once. Me trae un regalo. Solo una vez lo vi antes, y fue hace años, no puedo retener con claridad lo que pasó, solo sé que no fue bueno. Ahora llega a la casa y mi abuelo lo mira como un perro que se aguanta por atacar, que se aguanta a fuerza de lo que le dice el dueño: es que mi abuelo tolera la presencia de papá solo por mí. Y entonces discuten porque papá me quiere llevar con él. Y lo hace.
Algo hurga en mí y entra otro recuerdo a prepo. No dejo de avanzar en esta nueva lucidez, tan atípica. Las drogas ya no hacen efecto. No importa cuánta morfina me meta, ni siquiera puedo morir, y el dolor no se borra. Lo mismo pasa con toda la compleja clase de pastillas que siempre tomé. Nada. Puedo bajar cien, doscientas, mil, y no siento nada más que dolor sordo. El recuerdo que entró a la fuerza estalla. Reproduce un fragmento de cuando las drogas hacían efecto.
Es de tarde y es primavera y me quiero morir. Llego a casa de trabajar y mi esposa ha dejado una nota. Se fue. Sus cosas ya no están. Dice que ya no puede conmigo, tampoco con la niña. Mi hija duerme, no sabe nada. Tiene razón mi esposa, yo también me dejaría, pero no es coherente ni sano que una madre deje a su hija con alguien como yo y nunca mire atrás. Tomo un puñado de pastillas, una mezcla de psicofármacos, mastico y lo trago sin agua, siento cómo baja como piedra y se disuelve lento en mi garganta. Doy vueltas por la casa y espero la anestesia, espero vivir muerto unas horas, sin sentir. Y llega. Me duermo.
Los recuerdos, en mi lucidez que ahora es velocidad sin tiempo, empiezan a transformarse en cuerpos: pesan, existen, se mueven, respiran. Y yo empiezo a hundirme en la masa que son ellos. Porque sin notarlo, adquieren una forma elástica y densa, tangible y olorosa. Y ahora todo es lento y se detiene en la violencia.
Le estoy dando una paliza a mi hija. Primero cachetadas, luego trompadas y por último la doblo a cintazos. No llora durante la paliza. Llora antes, cuando sabe que es uno de esos días. Tiene diez años. Y le pego porque sí, no culpo a nadie ni a nada. Tal vez, en todo caso, influya la cocaína a la que le agrego, pisadas, toda clase de pastillas. Armo líneas gruesas, esnifo y corro subiendo las escaleras hasta el cuarto de mi hija. Soy un monstruo. Al otro día la llevo a tomar helado, la beso y la cuido. Y no recuerdo la paliza hasta más tarde. Ella no dice nada; acepta, dócil, todo lo que propongo. Después llega el día negro, la tarde cargada de nubes grises que explotó en una noche lluviosa y helada. La noche en la que se me fue la mano y la maté. Yo seguía dándole cintazos, eufórico, al cuerpo muerto. Lo hice por un buen rato hasta que me di cuenta de que no respiraba. Merca y más merca y más merca y pastillas; luego whisky, mucho. Entonces, sin sentir nada, ni miedo ni tristeza, pienso en qué haré con el cuerpo y en cómo haré para que nadie me descubra. Todo resulta en éxito. La hago desaparecer en el mar, con previo cuidado obsesivo de no dejar rastros, evidencias que la vinculen a mí. Entonces reporto su desaparición. Nunca encontraron el cuerpo. Fue por esa época que las drogas dejaron de funcionar. Y días pasaron, largos y horrendos, hasta que alcancé este estado que me domina ahora, y este misterio comenzó a transformar los recuerdos en cuerpos y a llevarme sin mi voluntad quien sabe a dónde o cuándo.
Algo hurga en mí. Circula por dentro, como un largo y ciego gusano. Y crece.
No tengo cómo saber cuánto tiempo ha pasado, meses, años quizá. Pero sigo nadando en lo que ahora es un océano de recuerdos, una masa viscosa en la que cuesta avanzar, y en la que parece que me hundo si no paro de moverme. Y no me canso, sigo adelante, nado, esperando ver una orilla. Pero no hay orilla y los recuerdos ahora expulsan toda clase de voces en distintos tonos y ritmos. Murmullos y gritos arrojan los recuerdos, mientras me hunden, lo hacen sin esforzarse, como seguros de que van a ganarme; gustan de verme nadar con tanto trabajo en la búsqueda de una orilla. No tengo miedo, les digo, no me asustan.
Lo que hurga en mí, luego de atravesarme, se transforma en una garra que sale de mi boca, deja mi cuerpo, queda un instante en el aire, y luego baja en picada y se sumerge en el océano viscoso de los recuerdos. Enseguida siento que bajo la superficie me ha tomado de una pierna e intenta hundirme con fuerza. Se ha sumado a la intención de los recuerdos, es más: los lidera.
Ahora pasan horas o días y ya me estoy cansando, pues la garra no ha dejado de tirar y el océano es más ancho y no hay atisbo alguno de una orilla. Más días o meses y ahora estoy desesperado: nada sugiere una orilla y encima este océano no deja de crecer. Su profundidad es la suficiente, sin duda, para ahogarme y hundirme para siempre en un infierno sin tiempo, hecho de recuerdos míos, desde lo más mínimo (lavar la vajilla un martes) hasta lo más grande (el día que nació mi hija).
Es ridículo hablar de tiempo a esta altura; sensato decir que me rendí. Ahora ya no nado, ya no me esfuerzo. Me dejo estar en el océano y siento abajo las vibraciones de la garra que se detiene un instante y vuelve a tirar de mi pierna con más fuerza. Un montón de manchas negras son como nubes arriba, hechas de algunos recuerdos evaporados. Océano viscoso, dame aunque sea una isla, digo. Y entonces empiezo a sumergirme: torso, cuello, mentón, nariz. Y antes de hundirme por completo hacia mi infierno de recuerdos, veo la orilla, y no es lo que esperaba.

Piedad

No es una selva, no es un pantano. El lugar en el que estoy ahora es más bien una porción difusa de vaga locura. Un estado, una repetición de momentos suspendidos en la electricidad de mi cerebro idiota. No es una selva hinchada de calor y humedad y verde presencia de fronda tupida. Ni un pantano al borde de un lago estancado que empieza a oscurecer porque atardece, y así la luz solar se extingue ocre y el aire se enfría negro. Sin embargo, en mi cabeza flota una bruma lechosa, que gana fuerza de cuerpo y obliga una migraña. Muchas horas estiradas entre dolor, drogas y placer, quizá. Demasiado ocio, poca voluntad de salir sonriendo en una foto en el cumpleaños de mi mejor amigo.

Las drogas, más que nada las que calman, me mantienen seguro en el lugar este del que sigo hablando. Si empiezo a meterme estimulantes, corro peligro de arrancarme de mí y perder todo control, y llenarme de paranoia, y, por qué no, matar a un niño, con lo fácil que puede ser. Y cuanto más chico mejor; sufrirá menos, porque en el presente horrendo y larguísimo en el que toda la vida se licúa en recuerdos invertidos antes de morir, él no tendrá mucho, pues por vivir poco, sus vivencias han sido mínimas. Eso es piedad.

La migraña en este espacio empieza a ser aguda, a meter agujas en las grietas más sensibles del cerebro. Alucino una selva, alucino un pantano. No alucino dolor, lo siento. Pienso: calma, que están las drogas, muchas, por suerte, y de las que me gustan. Hago un gesto, pido, y entra en mi brazo una jeringa. Frío al principio, tibio después, y entonces un orgasmo y un suspiro. La migraña se disuelve y vuelvo a disfrutar del ocio, redondo, gordo, tumbado en una cama. Todo ocurre más lento ahora, y el aire se me hace dulce. Las aspas del ventilador giran como en lentos fotogramas, pero el aire que arroja es fuerte, fresco, y como es dulce, es como un postre que no pedí, pero tuve la suerte de recibir.

No, le dije a mi amigo, no voy a ir a tu cumpleaños. Enojate si querés, no me importa, pero nadie me va a ver la cara en esa ceremonia ridícula. ¿Qué festejás? Si te estás muriendo, infeliz, le digo. El que se está muriendo sos vos, dice. Llora, pobre, mi amigo. Entonces se aleja unos pasos y deja pasar a un hombre canoso, de túnica blanca, con la cara recia y preocupada. Veo que anota algo en una planilla y empiezo a darme cuenta que el lugar es una habitación de hospital. La bruma lechosa vuelve, tul turbio, y pierdo la vista. Hay, ahora, un instante largo que no tiene tiempo, y en él ocurren mil cosas, mil escenas de las que entro y salgo, son todas ciertas, reales. Vuelve la vista y vuelve, más fuerte, la migraña. Y otra vez la jeringa y mi amigo y el cumpleaños y el ventilador y el aire dulce y el hombre canoso y el placer y el dolor y el pantano y la selva y el atardecer y la migraña y las drogas. Se arma un ciclo con todo, que se repite indomable y rítmico, tedioso casi. Ya no sé si han pasado días o meses, pero empieza a ser insoportable la repetición perfecta del ciclo. Es tremendo, es raro. Ahora, hay una sola pregunta que usa todo mi lenguaje, que absorbe mi energía: ¿en qué clase de prisión estoy?

Baldío

El dolor hedía aromas y colores increíbles, que solo yo sentía.

La única que sabe es Eliana. Solo a ella se lo dije, antes del bicho ciego y agresivo, que nunca nadie pudo tocar. Se lo dije cuando el bicho quizá era una larva con un propósito indefinido. Omití lo cierto con los demás: no valía la pena y no iban a entender. Mamá murió de cáncer. La enfermedad la asestó de modo tal que para nosotros el tiempo de cuatro meses desde el diagnóstico a la muerte nos habitó como años. Eliana era realista, más propensa al razonamiento que a la imaginación. Por eso, frente a cada noticia que anunciaba mejoría en la salud de mamá, reaccionaba escéptica, como un animal de caza que aún huele el peligro, aunque ya no se escuchen los balazos. Distinto era con mis tías, que transformaban la esperanza en una solución. Y yo rebotaba entre ambas nociones, tal vez por ser el hijo único, la sola cosa que mamá dejó de ella respirando en este mundo. Y navegaba, repleto adentro de desesperación y miedo, entre las personas y las cosas, como un fantasma enfermo, desparramado en el viento frío de agosto. Lo que me obligaba a perderme así, era una indecible certeza de que el amor crudo que en su carne me alojó, ya no estaría más en un cuerpo capaz de extenderse en abrazos y formado con el primitivo propósito de protegerme. El amor, que de por sí nadie sabe muy bien qué es, ahora se volvería intangible y estaría para siempre fuera de mi alcance, hundido en la negrura de la nada. Y no hay consuelo en mí si pienso en el amor, ya sin cuerpo ni gestos, como algo que emana de la muerte. Lo que queda son interpretaciones y una ausencia imposible, un vacío que los recuerdos no llenan, porque no pesan ni se tocan como la carne. Porque desde que supe que era en el páncreas y que ya había crecido silencioso e imperceptible, creo que la vi muerta. Lo que no supe, lo que no esperé, fue todo lo que pasaría en el medio. Mamá se estaba muriendo, es cierto, pero seguía siendo feliz. Y su estado llegó a contagiarme varias veces. Y si yo dormía en el mismo cuarto que ella, esa alegría me rodeaba con fuerza, por más que tarde o temprano la agonía sorda la haría pedazos, y la paz ganaría, pero al final, después del dolor. El dolor es una cosa muy interesante de examinar, y hasta yo, que no sé nada, que no he leído más que historietas y libros de ciencia ficción, lo entiendo como la fuerza más asombrosa y reinante de la Naturaleza. Y asumo, además, que tiene infinitas formas, algunas conocidas, familiares, lógicas; otras, que explicarlas supondría una pérdida de tiempo, pues no tienen nada en común con la realidad que todos compartimos.

Cuando yo era niño frente a casa había un baldío. Con mis vecinos y amigos nos pasábamos las tardes allí, luego de salir de la escuela. El lugar era enorme y uno siempre encontraba algo nuevo, todo tipo de objetos que tenían lo mismo en común: llevaban mucho tiempo allí, eran del pasado. Había desde broches, vestidos de niña, pulseras y camisetas, hasta roperos, heladeras y televisores. Y mucho más. Todo roto o descompuesto. Y más allá de lo esperable, como ratas, comadrejas, cucarachas y otros insectos, no se encontraba nada vivo, o nada que alguna vez hubiese estado vivo.
Nadie en el barrio sabía a quién pertenecía ese lote. Se habían hecho averiguaciones, y lo único que se supo, fue que el dueño registrado estaba muerto hace años, y que el lugar estaba a la espera del reclamo de supuestos herederos. Pero eso tenía un tope, si en cierto tiempo nadie lo reclamaba, pasaba a ser del Municipio. Casi todos los vecinos llamaron incontables veces al Municipio, a la parte de Obras, para que por lo menos limpiaran el lugar, pero siempre tenían alguna excusa y encontraban formas de postergar el asunto. Una vez, casi todo el barrio firmó un documento para intimar a las autoridades, pero nunca pasó nada. Con el tiempo, todos se acostumbraron a la existencia permanente del baldío. Y algunos, en secreto, arrojaban basura allí, y cosas que ya no querían por rotas o por haber sido reemplazadas. A nosotros nada de eso nos importaba. Ese era nuestro lugar, allí éramos dueños de todo. Armábamos cuevas, ranchos, nichos y colocábamos en ellos banderas. Definíamos sectores. Establecíamos bandos, inventábamos guerras y treguas. Mamá no me hacía mucho problema con que yo pasara horas en el baldío. A cambio, me exigía hacer los deberes y cumplir con algunas tareas de la casa. Yo hacía todo rápido y bien, ya que mi recompensa me esperaba. En casa éramos mamá y yo; papá se había vuelto a Buenos Aires cuando yo era muy chico, y solo venía en algún cumpleaños, en otros me llamaba, como también llamaba en Navidad. Mamá y yo siempre fuimos muy unidos. En todas las etapas de mi vida ella fue un elemento clave. Incluso en mi adolescencia llena de abusos y caos, estando a un pelo de echarme de casa, terminaba por pedirme disculpas, cuando era yo el que causaba la distorsión, el conflicto en el hogar; pero no por ser duro o negativo con ella, sino por traer a la casa mis problemas. La cara rota por agarrarme a trompadas luego de jalar pegamento y tomar ginebra barata; los ojos llenos de delirio químico, de dureza atroz de cocaína. Antes de que yo fuera así, tuve que cuidarla a ella durante un año, pues intentaba suicidarse seguido. Luego yo emulé esos actos. Es que ambos compartíamos la misma enfermedad mental crónica y severa. Me llevaría años a mí poder convivir con el trastorno bipolar siendo funcional, respetando tratamientos, incorporando actitudes, rechazando con fuerza todo aquello que me enredara en el laberinto de la miseria. Hacía lo que podía.

La noche helada en la que mamá entró en coma y fue llevada en la ambulancia para morir de un paro cardíaco en el sanatorio, sigue siendo hasta hoy mi único recuerdo intacto, no contaminado por la imaginación, crudo. En la mañana del día anterior, yo la había acompañado a una sesión de quimioterapia, la oncóloga había autorizado el retorno a los ciclos. Estaba feliz, iba conmigo atrás, mi tío manejaba. Y así entró a la sala. Dos horas esperé afuera. Cuando la sesión terminó y me dejaron entrar, me dijo que le dolía todo y no habló más, hasta la noche, que dijo mi nombre atravesado por una sola lágrima en la cara. Fue lo último que dijo. La llené de morfina porque se arqueaba y lloraba muda, el cuerpo y la cara retorcidos de dolor. Finalmente se durmió, exhalando un ronquido agitado que le contraía el pecho. Fue al otro día que el dolor, tozudo y recio, por fin cedió a la muerte.
El baldío, yo niño. Todavía Eliana no estaba en mi vida. Pero faltaba poco. Un sábado, con un amigo nos quedamos hasta tarde armando uno de nuestros nichos, una cueva que con tablas y chapas habíamos separado en cuartos. Cuando nos fuimos oscurecía y vimos una figura difícil de definir. Trotaba entre las porquerías con agilidad inusual. No era un perro ni una rata. Podía ser una persona, tal vez. Pero difícil era decirlo. Mi amigo tomó una piedra y un palo. Pero eso no iba hacia nosotros. Ni siquiera nos miró. Solo siguió corriendo hasta perderse en las partes más negras y húmedas del baldío. Esa noche tuve una larga e intensa cadena de pesadillas.
Al otro día, al volver de la escuela, no quise ir al baldío. No me podía explicar por qué. Era un lindo día y teníamos pactada una guerra con un grupo de niños nuevos que no eran nuestros amigos, venían de otro barrio. Pero tras la guerra nos íbamos a amigar. Así funcionaban las cosas. Había baldío para todos, solo que debíamos simular que peleábamos por dominarlo. Era de lo más emocionante. Pero no fui. Me metí en mi cuarto y lloré. No le dije a nadie. Y eso se repitió en adelante. Cada día yo me levantaba seguro de que iba a pasar una tarde fenomenal en el baldío, pero cuando llegaba el momento de ir, no podía, y terminaba encerrado en mi cuarto. Así fue hasta que conocí a Eliana. Recién ahí pude volver, y volví con más fuerza que nunca y estuve días armando cuevas y ganando territorio, y me hacía pasar por un tirano y traicionaba a mis amigos.
La noche helada de la muerte de mamá, fuimos tras la ambulancia dos tíos y mi prima. Y los cuatro nos abrazamos llorando cuando el doctor nos dijo. Luego yo llamé a la funeraria y al rato en la casa de mi abuela estaba lleno de gente, y el dolor hacía del aire una materia pesada. De a poco se fue yendo la gente y quedaron mi abuela recitando poesía, mi prima, una tía, otra tía, un primo y un tío, todos comiendo pizza y ahuyentado el pavor con historias sobre mamá. Nadie durmió esa noche.
Al otro día fue el velatorio. Otra vez mucha gente. El dolor hedía aromas y colores  increíbles, que solo yo sentía. Día largo y pesado. Fueron mis mejores amigos, conocidos y amigos de mi madre, y personas que nunca había visto en mi vida. Mi abuela se quedó en la casa, con mis tías. Luego de horas extenuantes, el velatorio terminó y fui a la casa de mi abuela. Llantos, ruidos, el teléfono que no paraba de sonar. Quería estar solo, tranquilo. Subí a la terraza. Allí, cuando el sol bajaba y yo estaba parado y solo, vi la danza perfecta y circular que a veces hacen los pájaros, contra la fila de casas y árboles en el horizonte. Arriba y hacia el final lento de la luz, el cielo se fundía entre tenues colores diluidos, como arrojados con violencia distraída por un pintor demente. Con el cielo se iba el cuerpo de mi madre, hacia la oscuridad. Me sentí suspendido en un momento sin tiempo, imposible de explicar. Hasta que solo quedó un pájaro perdido. Él me trajo al tiempo otra vez. En ningún momento del día Eliana se había despegado de mí, pero no pudo entrar en ese momento que solo fue mío.
A Eliana la conocí una tarde que yo estaba solo en casa. Mamá había salido. Yo miraba tele y comía galletas con queso, incapaz de mirar siquiera en dirección al baldío. En un momento la imagen de aquello galopando que vimos con mi amigo, se transformó en una idea fija, en una revisión minuciosa. Entonces me sentí mal. Fui al baño y vomité. Cuando volví al living, Eliana estaba allí parada. Me miraba con los ojos más azules y grandes que alguna vez alguien tuvo. Era una niña, como yo. Y luego fue creciendo conmigo, al pasar los años. Estuvo también conmigo en todas las etapas, pero más que mamá, porque cuando me fui a Chubut ella se fue conmigo. Cuando me fui a Chubut yo ya era un adulto, joven y sin vicios fuertes, solamente fumaba. Y tomaba bien la medicación. Cuando volví de Chubut, caí en problemas otra vez. Me mudé solo a un apartamento en el centro y a mamá no la visitaba muy seguido. En el barrio todo estaba igual cuando iba. Ahora eran otros niños que hacían lo mismo que yo de chico en el baldío. Y al tiempo mamá enfermó y yo dejé todo para no soltarme de su lado. Eliana estaba muy triste, porque la quería a mamá. No la amaba como yo, no la entendía, pero la quería como si fuera una madre, me decía. Eliana no tuvo padres, trató de explicarme una vez cómo en realidad nunca nació, pero yo no entendí. Dejamos el tema. Todo siguió.
La noche helada de la muerte de mamá siguió dura y estática en mi cabeza, durante todos los meses de duelo, al punto de que cada día empezaba con el mismo dolor en la boca del estómago que sentí cuando el doctor me dijo que estaba muerta. El dolor y sus formas. Lo veía por todos lados. Era un cenicero, era un grito en la oscuridad, era mi abuela llorando a escondidas. Y empecé a mentirle a la gente. Empecé a contar historias que no eran ciertas. Algunas sobre mamá, y otras de cosas que hice en Chubut. Y todos me escuchaban con atención. Yo era el hijo único que siempre amó y cuidó a su madre, merecía ser escuchado. No dejaba que me victimizaran. Y hablaba y mentía con gusto. Y decía cosas del dolor que no tenían sentido. Y pintaba cuadros espantosos. Empecé a pintar de la nada, nunca había tenido interés por el arte. Eliana aplaudía mis cuadros. Después todo se acomodó y yo seguí viviendo, como vivo aún, pero ya no pintaba. Nos fuimos al campo con Eliana.
Mamá te amo y te fuiste. ¿Te acordás del baldío? Y beso la foto y me voy a dormir y Eliana sonríe. No estamos mal en el campo. Tenemos animales y huertas. Dos veces al mes mi familia me visita y hacemos asados. Lo mismo mis amigos. Pasamos bien. Yo guardo y acaricio eso que tengo adentro, lo que nadie toca, lo que Eliana ya sabe, lo que le oculto a los demás. Y es que yo la maté a mamá cuando tenía 17 años.
Yo le puse el bicho adentro, bien fuerte, un día que yo estaba borracho y triste, y ella eufórica y empastillada, los dos en su cama, los cuerpos pegados. Sólo mamá y yo como testigos y protagonistas del acto. Ese fue otro momento en el que Eliana no pudo entrar. Al otro día se lo dije, sobrio, directo. El bicho se tomó años para crecer y matarla a mamá esa noche helada. Lo que le digo a los demás, ahora, es que por mi culpa enfermó, que yo debería haber estado con ella más tiempo. Que no debería haberme ido a vivir a Chubut. Y entonces la gente se lamenta y me dice que no es mi culpa. Pero les digo: “Yo la maté, yo la maté”. Y mientras lo digo, Eliana me mira cómplice, no me juzga. Luego sonríe. Cuento con que ella no dirá nada, nunca. Entonces, repentino y con todo mi ser, quiero que se vaya, pero sé que eso no lo decido yo.

Colapso

El director lo indica y empieza la escena. Es la sexta toma, pero no hay frustración en la cara de Julián Viena. No hay frustración porque es una escena larga y compleja; define, además, la vuelta de tuerca. Y hay que hacerla bien, cueste lo que cueste. Julián Viena cree que está haciendo una obra maestra, lo cree porque los críticos han dicho de él que es un genio, un nuevo talento descollante. Han usado palabras como esas, han dicho que elevó a la ciencia-ficción a la pureza de lo sublime. Dicen que es un autor, un visionario. Son críticos, les pagan para inflar o castigar. Pero a Julián todo se le subió a la cabeza. La fama le cayó de golpe y toda humildad se esfumó. Ahora es imparable y cuando piensa en el futuro, imagina que sus películas van a ser estudiadas y analizadas por mucho tiempo, y que dejará una marca notable en la historia del cine. 

Esta será su tercera película, la última de una trilogía temática en la que explora la concepción no lineal del tiempo y la incógnita de lo que es real o no. En la película, una isla asoma del mar y libera criaturas de otra dimensión que invaden un pueblo costero del sur, y luego avanzan por la región e influyen en el funcionamiento del tiempo y el espacio en todo el mundo, afectando así la realidad y llevando todo a un colapso; mientras, un hombre enfrenta sus horrores personales. La película comienza por la mitad, durante el caos de la gente ante la amenaza; luego el principio es una suerte de flashback, que aumenta en tensión a medida que se intercala con el resto de la trama; y el final no resuelve el argumento, sino que plantea nuevas preguntas tras la vuelta de tuerca que intenta filmar ahora.  

Los críticos dijeron de las dos películas anteriores, que el autor manejaba el concepto del tiempo de una forma poco convencional y que lograba plantear, mediante sus argumentos y los problemas de los personajes, una reformulación de las grandes preguntas de la humanidad. Un crítico dijo que era farragoso e insustancial, que se perdía en un ejercicio rebuscado que aboga por la forma y descuida el contenido. Esta única reseña negativa le jugó a favor por generar debate, por lo tanto, ruido y así más exposición. Como resultado, Julián despegó y le llovió una catarata de premios internacionales. 

Hace diez días que los técnicos de Julián y los actores están parando en el pueblo que él eligió para rodar algunos exteriores y en particular la escena en cuestión. Tiene los mejores equipos y cuenta con profesionales de primera línea. Trabajan actores vinculados a proyectos pasados serios, galardonados, y llevados adelante por directores veteranos, con peso en la industria, pero famosos por trabajar sin concesiones, conocidos por impulsar una visión propia. Esto respalda a Julián, también supone un desafío.  

Las escenas más chicas del pueblo ya están casi todas prontas. En sí, para rodarlas, lo más difícil fue orquestar a la masa de extras en función del espacio planteado. Como es un pueblo viejo y desatendido, con construcciones venidas abajo y fachadas desechas, no fue tanto lo que tuvo que disfrazar con escenografía. Esto, a la vez, contribuía al tono naturalista que él buscaba para las secuencias en el pueblo costero, distintas en composición a las que ocurren en otras locaciones. Tendría luego mucho trabajo en la posproducción, especialmente con las criaturas y su desplazamiento. Para la fluidez usó mucho dolly: era el momento de la invasión, el cuerpo a cuerpo entre los monstruos y las víctimas, los humanos. Una escena fue más larga, recorrida por un travelling que incluía mucha información. En esta, la peor de las criaturas, el monstruo, rozaba el gore en un brote de rabia; pero en el guion, la acción se detenía allí, pues Julián jugaba con la máxima de sugerir más que mostrar. 

Para los exteriores en el pueblo, rodados antes de la escena que ya asume tendrá que cortar por hoy y retomar mañana (los actores están cansados, hace mucho calor, anuncian lluvia, va a anochecer), usó varias tomas aéreas diseñadas hasta el último detalle.  

Plano general:  

Bunkers desperdigados tras una línea de cerros altos y frondosos. Un arroyo se ramifica entre los cerros y en una boca ancha desciende hasta un valle. Entre los bunkers se ven, cenitales, grupos de personas conducidas por soldados. Van a esconderse. Hay camiones militares, armas y helicópteros que dejan caer provisiones y se van. El mar cambia de color y las criaturas han desaparecido. 

Plano general: 

El agua comienza a hervir y las criaturas emergen otra vez, más grandes y violentas. En la zona de los bunkers solo hay algunos soldados armados custodiando, los civiles se han escondido. 

Plano general: 

La gente que no llegó a esconderse corre por el pueblo, desesperada. Enseguida la cámara baja en picada hacia ese escenario. Mediante una eficaz escala de planos, captura extras y protagonistas. Sonidos: chillidos guturales que hacen eco en el pueblo, las criaturas que regresan. Luego, concisos diálogos que demuestran una reacción realista ante el suceso.  

Ya es de mañana. Llovió toda la noche. Corre un aire fresco, el cielo claro. La atmósfera distendida, hay buen humor y ganas de trabajar. Técnicos y actores comieron y descansaron bien. Por lo que, Julián está seguro de que hoy cierra la escena; considera, además, que el clima menos opresivo mejora la composición. Una vez que terminen de rodarla y él quede conforme, ya no tienen que seguir en el pueblo. Debe rodar algunas escenas cortas en la ciudad y entonces comienza la posproducción. Julián está alegre y lleno de energía. Hoy terminamos, seguro que hoy liquidamos acá, piensa, mientras fuma tras desayunar y empieza a coordinar con técnicos y actores para empezar a filmar en dos horas.  

Necesitó cortar tres veces, pero en la cuarta toma, todo empezó a fluir y a funcionar matemático casi, todo se dio exactamente como él esperaba. Por fin, la escena estaba pronta. Todos estaban cansados y anochecía, pero compartían cierta euforia colectiva por el logro alcanzado; por tanto, festejarían. Tenían carpas, habitaciones reservadas en el único hotel del pueblo, y casas rodantes de distintos tamaños. Tenían también montes y playa en una noche agradable, en ese pueblo costero y alejado en el sur. Contaban con provisiones más que suficientes para armar una fiesta: comida, catering, alcohol, drogas. Volverían mañana a la ciudad.   

En la fiesta Julián dio un pequeño discurso. Habló de la importancia del trabajo colectivo, agradeció a todos los presentes por ayudarlo a concretar su visión. Y, zumbado por la cerveza, dijo que estaban (que estoy, pensó) haciendo historia. Hubo aplausos y entonces empezó la fiesta de verdad. No hubo descontrol, pero sí una libre ejecución de hedonismo. Cocaína, ácido, sexo entre actores y técnicos que se tenían ganas, fogones en la playa, música; en fin, excesos, pero dentro de lo esperable. Julián finalmente pudo concretar la fantasía que tienen algunos directores como él: coger con la bella protagonista. Se tomaron unas pastillas y en su casa rodante (la más grande y cómoda de todas) pasaron en la cama toda la madrugada. Al otro día, el sol y el profesionalismo volvió a ponerlos a todos en su lugar, y a media tarde emprendieron el regreso a la ciudad.  

Nadie supo que, en la noche, mientras festejaban, algo, de inexplicable color y aroma rancio, atravesó la costa y se movió sin cuerpo entre ellos y la noche. Algo que, además, generó un cambio sutil en la circulación del tiempo, una pausa tal vez, o un retroceso. Nadie lo notó, pero ocurrió con la misma veracidad, innegable y aceptada, de un amanecer o un terremoto.  

Tenían tres horas de viaje por delante. En el camino casi todos fueron durmiendo o echados con resaca mirando por la ventana. Ninguno, ni siquiera Julián, pensaba en otra cosa que no fuera llegar a su casa, comer y acostarse a dormir; ignoraban todo lo demás y se desplazaban como en una burbuja. Pero cuando llegaron a la ciudad, estaba amaneciendo. Nadie pareció sorprendido por eso. ¿Qué había pasado en el camino? Fuera lo que fuera, había comenzado antes, en la noche, cuando estaban en la fiesta y los recorrió ese misterio ignorado. 

No llegó a pasar una semana, que Julián ya tenía todo filmado. Las escenas de la ciudad, breves, prontas. Durante esos días, Julián se sintió raro, como desorientado; se lo atribuyó al estrés, al cansancio. Ahora empezaba la segunda película, como se le llama muchas veces a la posproducción. Y eso llevaría tiempo. Pero Julián contaba con el mismo montajista de sus películas anteriores, que era, además, muy bueno, y soportaba sus manías. Se entendían. Iban a ser semanas de ellos dos y un asistente editando, discutiendo, proponiendo. Estrés, cigarrillos, café, dormir mal. Bien. Eso él ya lo conocía. Lo que no sabía era que, a mitad del trabajo, el montajista le iba a mostrar algo que lo afectaría muchísimo. 

Cuando estaban trabajando en la escena importante, la del pueblo, la de la vuelta de tuerca, el montajista le señaló algo que, en aquel momento, nadie había detectado. Y que ni el propio director de fotografía, en su examen minucioso de los encuadres, había visto. En velocidad normal, era una mancha verde que atravesaba tomas con autonomía, como una estela. Pero en un ralentí pronunciado, era una criatura muy parecida a las demás (actores disfrazados que luego serían retocados por efectos especiales). El problema era que todos los extras que fueron maquillados como criaturas ya no estaban en el pueblo cuando esa escena se filmó. Ya habían cumplido con su parte, ya no eran requeridos. E incluso, esa escena tan importante no contenía criaturas, sino al protagonista (el hombre), la protagonista (su esposa) y dos o tres secundarios, y pocos extras de fondo, pero humanos, sin disfraces; en la escena nada había que tuviera que ver con monstruos o criaturas. Esa cosa, además, se movía claramente a una velocidad anormal. A cada revisión de la escena que hacían veían cómo aparecía en nuevas tomas; tomas en las que en la revisión anterior no estaba. Y así su presencia se fue multiplicando hasta abarcar todos los fotogramas que componían cada plano de la escena. Lo intentaron por días, pero no existía recurso digital alguno que pudiera eliminar esa cosa de la pantalla.  

Julián hizo todas las averiguaciones, indagó, preguntó, revisó; ¿algún extra se había quedado a hacer payasadas? (lo cual no tenía sentido: nadie se mueve tan rápido) ¿Alguien le estaba haciendo una broma cruel? ¿Lo querían hundir? Pero no existía una explicación lógica, no encontró ninguna justificación. Entonces empezó a trastornarse. Dormía poco y nada, casi no comía, no iba a la casa; su salud peligraba, estaba frágil. Se la pasaba en la sala de montaje, mirando una y otra vez esa escena, fumando y tomando café. Resultó tan afectado que se peleó muy mal con el montajista y lo echó a patadas, como volcando en él la culpa de lo inexplicable. 

Estaba tan obsesionado en ese encierro, que perdió la noción del tiempo y no se dio cuenta de que algo, afuera, en la calle, en la ciudad, estaba trastocando a la gente, al espacio y al tiempo, como en sus películas. Una madrugada vio en una toma cómo la criatura abría unos ojos enormes, lo miraba y lo señalaba con un dedo larguísimo. Saltó de la silla como si le hubiesen arrojado agua hirviendo, y se quedó duro, parado en el medio de la sala, los ojos colgados en la pantalla. Retrocedió espantado cuando esa cosa empezó a moverse hacia él. Y entonces se derrumbó, quedó duro en el suelo, ya sin respirar. Y la criatura pisó la sala de montaje, ya estaba afuera. 

Entonces el colapso asestó. En algunas partes de la ciudad el tiempo avanzaba, en otras retrocedía; y en ambos casos ocurría, como por secciones, a velocidades distintas. Un avispero arrojado al suelo con violencia parecía la masa de gente, que iba y venía, envejecía, volvía a su estado primario de feto, moría y volvía a nacer. No tenía sentido alguno el tiempo. Pronto la gente, que ya era como un organismo preso de un brote psicótico agudo, comenzó a hacer todo tipo de ridiculeces y barbaridades. De golpe, toda esa locura del tiempo se detuvo, y por un momento, todo volvió a la normalidad. Mientras, en el pueblo costero del sur, roído, venido a menos, se vio, cerca de la costa, cómo una isla emergía, lenta y oscura. 

Fuego en la playa

La luz solar castiga en el balneario desierto. El aire imita el peso de una pared. El calor  avanza ardiente, lo mismo en la calle que en la altura de los edificios. Y así, atraviesa todo lo que el día abarca. La playa es inhabitable y el mar parece plomo que hacia el horizonte se derrite. Tal es el calor que si alguna vez llueve, no será agua lo que caiga, ya que el cielo alto, el que no se ve, se pudre y sufre como un ojo gigante y sin párpados expuesto a una tortura.

Bajo la sombra de un árbol un perro trota en círculos, se detiene, refriega el hocico contra el suelo, y de golpe empieza a saltar ladrándole a la nada. Matemático casi, el perro repite ese ritual cada cinco minutos. Lo hace como accionado por una incógnita o se está volviendo loco.

 Décimo piso, balcón. Patricia Stein fuma empapada en sudor, la ropa interior pegada al cuerpo, los labios secos. Allí parada, parece una piedra sobre la cual se talló la forma de una mujer todavía joven. La blancura ardiente la rodea. Y si la piedra no se guarda, el sol pronto la hará polvo. ¿Por qué se para allí, expuesta al aire asesino? Al aire del calor que por intenso y sordo ya deforma la misma comprensión del tiempo. Pasado, presente y futuro: materia confusa y tóxica que llena el espacio sin mayor pretensión que ocuparlo. Se para en el balcón como eligiendo un castigo por algo que no distingue si ya hizo o hará, y como buscando compañía en el abrazo agresivo del calor. Es que hay algo que sumado al calor la martiriza: la soledad, no tolera estar sola. El asedio de recuerdos crudos que ha logrado enterrar, ha vuelto con violencia calculadora, por eso los químicos la recorren con frecuencia. El engaño artificial que suponen, empuja los recuerdos hasta cierto punto. Arroja el cigarro, todavía por la mitad, cierra la puerta corrediza y se mete en el living. Allí el aire acondicionado trabaja como puede, ya no es capaz de cumplir debidamente su función, ha sido usado con abuso y ningún técnico del service se anima a meterle el cuerpo al exterior para ir a arreglarlo. El abuso no corresponde solo al calor; durante los días helados, fue usado para calentar la casa. Patricia siente que cuando el aire deje de funcionar, ella morirá. Entonces comienza a pensar y a actuar como si estuviera en su lecho de muerte.

Ahora Patricia está desnuda y echada en el sofá, al que mancha con la humedad que el sudor permanente ha dejado en su espalda. Tiene enfrente un ventanal con una vista por la que algunas personas traicionarían hasta la madre. Sabe que, en esa noción de que ya no respirará más si el aire se detiene, comenzará a revisar su interior, ha diseccionar recuerdos, imágenes y deseos, a disolverse. Es inevitable hundirse en uno mismo cuando se piensa, errado o no, que ha llegado la muerte. Cuando Patricia está a punto de arrojarse en sí misma, algo le detiene la vista en la blanca lejanía. En un balcón, en otro edificio, una figura levanta algo pequeño y lo deja caer. Le toma unos segundos, pero entiende que lo que ha visto ha sido un adulto que soltó al vacío un niño; más que entenderlo, lo supone. Y deja que la duda se instale. Si eso realmente fue así: ¿qué pudo motivarlo? La locura ciega; un brote psicótico inducido por las drogas; la solución más drástica y extrema al problema de un niño que nació enfermo, retrasado, deforme. ¿Entra el acto entonces en lo que se entiende por misericordia? ¿Al ahorrarle al niño una vida horrible, devolviéndolo a la nada? O simplemente, lo que motivó eso que Patricia aún pelea por distinguir si es real, pudo haber sido lo mismo que obliga al perro a perpetuar su ritual absurdo.

Atontada por el bochorno, Patricia mueve su cuerpo desnudo y lo pega al ventanal, todavía duda de lo que vio. Casi se convence de que fue una alucinación provocada por el calor que ya debe ser otra cosa, o trajo con él algo más. Se aparta del ventanal y comienza a caminar en círculos por el living enorme, imita el recorrido que en su cabeza hace la duda. Duró tan poco aquello (una figura tira algo y entra otra vez en la casa), fue tan simple y corto, mecánico, que no parece cierto, salvo que uno lo detenga en la mente.

Que el calor obligue a un perro a hacer cosas absurdas es poco esperable, pero verosímil: los animales no funcionan entre conceptos, no sopesan entre el bien y el mal, ni distinguen lo ridículo de lo aceptable; son solo instinto. Pero que obligue a una persona, presumiblemente un padre, a arrojar a su hijo de un edificio, ya es mucho suponer; no hay duda: tiene que haber algo más recorriendo el balneario.

El living ahora mugriento y sofocado, que Patricia continúa recorriendo perdida en la duda, fue en otro tiempo un salón de reuniones, un lugar que alojaba fiestas. Allí iban casi todas las noches los amigos, que, iguales a ella, nadaban en ocio y dinero de sus familias ricas. Ninguno tenía menos de 30 años y todos se comportaban como si tuvieran 20, o incluso 15. Siempre había alguna cara nueva y siempre una música vacía, solo hecha para el vicio hedónico, flotaba en el living y se repartía por el resto del gran apartamento. Y todos bailaban o se drogaban o cogían como perros en la terraza o en algún dormitorio. Y entonces así, Patricia nunca se sentía sola. Ni siquiera cuando luego de una noche entera de fiesta, amanecía lloviendo y el bajón de merca, cristal, éxtasis, o una fiera combinación de las tres, debía ser asumido unos minutos hasta que otra sustancia de efectos contrarios lo disipaba. Entonces el sopor jocoso dominaba esos cuerpos que aún contra la mañana y hasta que se desplomaran rendidos, continuaban bailando, más solos y acompañados que nunca. Luego dormían hasta bien entrada la tarde y bajaban a la playa. En el ascensor los cuerpos miraban su reflejo demacrado y sonreían, como si el deterioro obligado por la inmadurez no fuera algo patético o triste. Eso cambió un poco cuando una eterna estudiante de arquitectura de 35 años murió de sobredosis en el baño, tras una fiesta en la que mucho de lo que pasó conviene ni pensarlo. Esa muerte pesó un tiempo en el grupo siempre cambiante, pero fue rápidamente borrada por el ejercicio de vivir en la ilusión de un carpe diem superficial. Cuando llegaban a la playa, que estaba a escasos metros del edificio, iban a un parador. Allí se echaban en reposeras bajo la protección de las sombrillas. Pedían agua o mojitos y llenaban la tarde con su limitado lenguaje, sus palabras abreviadas y solo hechas para no tener que esforzarse en entender mucho más que lo básico. Erraban por la piscina del parador, la playa y las reposeras. A veces se encontraban con otros como ellos, que aunque no conocían aún, bastaba con el intercambio de las mismas palabras y los mismos gestos, para unirse todos e ir a parar esa noche u otra a otra fiesta, en otro lado o en lo de Patricia. Ella siempre se aseguraba de no estar sola, aunque no hubiera reunión esa noche. No era difícil si se considera su atrevida belleza y la tendencia a dejarse perseguir como una presa torpe e indefensa por un hombre que cumpla con sus exigencias (esbelto, rico, idiota). Pero cuando las primeras olas de frío empezaron a matar decenas de infelices en los barrios pobres, la actividad nocturna comenzó a mermar. Y cuando el frío comenzó a matar a los ricos, casi que se detuvo. Y cuando de la noche a la mañana el frío se hacía calor insoportable, todas las partes del grupo humano, todos los individuos de cada casta, conocieron el horror con el impacto que causa en un niño la muerte violenta de su mascota. Había un patrón: días enteros de calor, de golpe días de frío, y días enteros de calor otra vez, y así. La gente en el balneario comenzó a morir, a derrumbarse a fuerza de un golpe de frío o de calor. El clima ya no respetaba las normas que lo hacían comprensible. Y no se sabe aún por qué, un buen día, nada ni nadie pudo entrar ni salir nunca más del balneario. Todo eso se aceptó, y como se pudo, se continuó viviendo.

Patricia se tumba otra vez en el sillón, y vencida por la incertidumbre y el calor, que son como un puño cerrado que la golpea desde adentro, provocándole un eco punzante en la cabeza, pone bajo la lengua un tranquilizante, y de forma gradual entra en el sueño. Primero un sabor ácido, como a limón, se transforma en un color: un verde agresivo que palidece hacia el gris. Y entonces, como en un encuadre perfecto, la escena: tres personas, luego más. El señor Stein sonríe obsceno y bonachón. La señora Stein bebe una copa de vino. Patricia juega con una cuchara. Están en una cena familiar. Esperan a que llegue el hermano de Patricia para empezar a comer. Parece que es año nuevo o un cumpleaños. El señor Stein tiene mayonesa en el bigote y su hijo mayor eructa. Ya terminaron de cenar. Ahora hay más gente. Casi todos bailan. Todos están borrachos y eufóricos. Mozos y mucamas sirven y limpian activados por la inercia de sus trabajos. Patricia es una niña y se ha acostado a dormir, escucha el ruido de fondo que hacen los adultos en su festejo. Hay mayonesa en el piso, mucha, derramada y mal oliente, y repentina, como una bestia viciosa, emerge sobre la cama de la niña una figura y se lanza sobre ella. Lo que sigue es solo negrura y de vez en cuando algún recuerdo distorsionado, alguna fusión ridícula de imágenes sin sentido. Patricia despierta. Son la 5 de la tarde. El calor no solo persiste ya corpóreo dominando cada cosa que hay, sino que es aún más fuerte. Va hasta al baño y se mete en la ducha. Poco es el alivio, ya que solo sale tibia el agua. Y en su cabeza, la figura sigue arrojando algo desde un balcón.

Abajo, el portero del edificio, con la cabeza bajo el aire acondicionado de la recepción que todavía funciona, piensa. Cree que encontró una forma de salir del balneario. Como vive en el edificio, en un apartamento chico de la planta baja, y se ha suministrado de los víveres que los propietarios muertos han dejado en varios de los apartamentos, hace semanas que no sale. Lo mismo sucede con Doris, la última mucama que queda. Doris sobrevivió a un golpe de frío, pero con secuelas. Ahora camina ladeada y lenta, y de vez en cuando algunos espasmos la recorren; también le falla la memoria, su vocabulario es pobre y le cuesta hablar. Ahora erra por el lobby y se acerca al mostrador. Saluda por tercera vez al portero y hablan:

—Doris, esta noche me voy.

—Eeee… ¿estás seguro? Es peligroso. Es de locos. Te…te…te vas a morir. Y si estás afuera, el doctor no te puede ayu…ayu…ayudar.

—Tranquila, ya tengo todo cocinado acá —y se toca la sien con un dedo—. Voy a esperar a que se haga de noche, así el calor me deja andar.

—Estás loco, Miguel. Lo… lo…loco.

—Tengo la idea perfecta. Mañana a esta hora ya voy a estar en una ciudad normal, no como este balneario de mierda. ¿Querés que te cuente?

Y lo hace. Se ayuda con unos esquemas y dibujos que hizo en una hoja. Señala cosas, explica. La mucama asiente con la boca abierta, como un idiota. No pregunta nada, solo escucha. Miguel termina y ella se va. Poco después de su discurso, ella ya se ha olvidado de todo. En un rato volverá al mostrador y la operación se repetirá.

En el séptimo piso vive el doctor, el único médico en el edificio y en un radio de cinco manzanas o más. Llegó al balneario buscando una especie de retiro temporal, un descanso sin fecha de final pautada. En su ciudad, es el director del hospital más importante. Lleva años ejerciendo ese cargo y se ganó la posibilidad de elegir ese retiro sin que ninguna autoridad lo cuestionara. Todo lo administrativo, todo lo que debía ser decidido o confirmado por él, lo relegó a su secretario, y solo a lo que nadie más que él podía autorizar, lo resolvía por teléfono. Es una eminencia, un caso raro. Tiene tres especialidades: es psiquiatra, anestesista y cardiólogo. Tiene arriba una cantidad insuperable de conferencias y es consultado en casos importantes a nivel internacional. Probablemente fue capaz de lograr todo eso porque nunca quiso tener hijos, motivo que muchas veces facilitó la ruptura de las pocas relaciones serias que mantuvo. Tiene 60 años pero luce menor, es un hombre sano. Él no solo le salvó la vida a la mucama, sino que también salvó la de varios propietarios y algunos empleados más. A varios los vio morir, a otros, luego de haberlos salvado, tuvo que verlos también morir, víctimas de un segundo ataque. La mayoría morían por los cambios radicales de temperatura; algunos ya propensos debido a enfermedades previas, otros viejos, otros débiles, y algunos solamente desafortunados. Pero existía un grupo reducido cuya causa de muerte era difícil de precisar, hasta para él.

Ahora Patricia está en la cocina. Abre el congelador, que como al aire, no le queda mucho tiempo, y mete allí la cabeza. Ese consejo lo tomó del doctor, la única vez que se cruzaron cuando empezaron los cambios. Luego lo cierra, sabe que no puede abusar, pues de vez en cuando la heladera entera agoniza con ruidos metálicos. Lo vuelve a abrir pero solo para sacar la cubetera. Llena una jarra de agua con hielo y vuelve al living. Si lo que vio fue cierto, ya se debe haber hecho algo, o no. El ruido sordo del niño contra el asfalto pudo haber sido ignorado (esto potenciado por el hecho de que nadie anda en la calle) y las autoridades no estar al tanto; y aunque la policía supiera ya del homicidio, ningún oficial arriesgaría su vida al dejar la comisaría solo para constatar la denuncia de un vecino. Además, el padre ya está en su propia cárcel, y el niño a esta altura debe ser una masa derretida pegada al suelo, aplastada como una comadreja por un auto en la ruta. Si no fue cierto, si alucinó, debería preocuparse por su salud mental. Entonces llama al médico. Él le dice que solo la puede recibir en su apartamento, le aconseja que no tome el ascensor, dicen que está roto, y el riesgo de quedar atrapada en un infierno hermético de metal es alto. Debe usar las escaleras. Tres pisos. Le dice que lo va a pensar y que lo llama luego, lo dice con un tono de niña caprichosa, ya que asumió, como la habían acostumbrado desde chica, que iba a tener lo que quería al instante. En la pausa (¿escaleras, o deja el tema para otro momento, si empeora?) se mete otra vez en ella. Se sumerge en una fiesta en la que tocó un DJ famoso ahí mismo, donde ahora no hay más que una mesa ratona llena de polvo. Al DJ le pagó un dineral y por un buen tiempo aquella fiesta se irguió como la mejor del verano. Eso cuando era o cuando había verano. Ahora, en el balneario, no así en el resto del mundo, ya no existen las estaciones. De la fiesta se ve en una oficina en otro lado, en una ciudad muy lejos del balneario y en un tiempo anterior. Allí habla con un abogado y firma una larga serie de documentos. Está triste, pero más que nada enojada, ojerosa, con resaca. Firma y el abogado sonríe y le da la mano. Una siguiente imagen: ella es adolescente y discute con la madre, se arrojan palabras como cuchillos, están en su casa, el señor Stein salió; ella llora, da un portazo y se va.

Ya es de noche y es imposible adivinar si el calor va a persistir o si el frío irrumpirá violento, como tantas veces. Miguel ya empezó con los preparativos para su escape. Lleva semanas confeccionando un traje que asegura puede soportar los cambios bruscos de temperatura. Eso no se le dijo a la mucama, a ella solo le habló de lo que pensaba hacer en términos de desplazamiento. De hecho, no compartió la idea con nadie más que el doctor, por considerarlo como la persona más inteligente del edificio y probablemente del balneario. Miguel, yo no soy ingeniero, soy médico, pero si querés mi opinión, ese traje no sirve para nada, le había dicho el doctor. Él dudó un poco de su idea entonces, pero luego se aseguró de que estaba en lo correcto, al elegir solamente las palabras del doctor que decían que él no era un ingeniero. No importa que él, Miguel, sea solo un portero; su idea tiene que funcionar. Verifica que el traje esté en condiciones. Sí, no le falta nada, va a funcionar perfectamente. Luego llena una mochila de comida, agua y ropa, como si se aventurara a una expedición en el desierto o la selva. Por último verifica el plano del balneario con los garabatos y esquemas que agregó, y lo guarda en un bolsillo. Confirma los puntos que le servirán de atajos para llegar hasta la salida del balneario. Se pone el traje, se cuelga la mochila y sale. Sin duda está solo en su cabeza, pero afuera, no siente tanto calor, aunque sabe que no ha mermado mucho desde la tarde. Vio en un video que era importante administrar la energía y el ritmo de la respiración frente a situaciones de extremo peligro. Eso hace ahora. Respira rítmico y solo trota cuando es necesario. Pero por momentos decide correr, preso de la ansiedad. Sigue. Consulta de vez en cuando el plano. En la calle reina un silencio de cementerio. Algunas luces en algunos edificios; dos o tres casas en las que por sus ventanas se ven varios ventiladores arrojando aire caliente. A unas cuadras, el perro continúa con sus absurdas piruetas; no se ha detenido un instante desde que empezó, al mediodía. Aquí y allá, autos que ya no funcionan, fundidos por el calor o el frío. Y Miguel, en ese traje ridículo, similar al que una madre le haría a su hijo para que juegue al astronauta. Finalmente la realidad borra la falsa certeza empecinada de Miguel y se descubre sofocado, y siente que se está por prender fuego. Echa a correr, le quedan pocas cuadras para llegar al empalme a las afueras del balneario. Le quedan unos metros para dejar ese lugar. Y entonces, de un segundo al otro, el frío golpea como trompada y Miguel se derrumba. El cuerpo muerto en la calle, el silencio y la absoluta ausencia de movimiento. La excepción es la de un murciélago que desesperado bate las alas hacia los límites del balneario, pero cuando llega es frenado de golpe, y cae duro en el suelo.

En el edificio todavía hace calor; el clima a veces reparte sus extremos por zonas. Así, al mismo tiempo en el balneario, puede hacer frío y calor, solo que distribuido en segmentos aleatorios. Patricia, que siguió indagándose hasta llegar a un recuerdo que no quiere revisar, decide ir a ver al doctor.

—Patricia. Puede ser perfectamente un engaño de tus sentidos. No es que te estés volviendo loca. Este clima extremo puede causar cosas así. Por otro lado, si lo que viste es cierto, no hay nada que hacer. Ya sabés que como están las cosas no podemos hacer nada. Ahora quiero que sigas hidratándote y que tomes de estas pastillas —le alcanza un frasco— cuando sientas que te vas a morir o vuelvas a ver a ver algo raro, ¿de acuerdo? Y bajo ningún concepto tomes más de una. Deben transcurrir al menos cuatro horas entre cada toma. Y mucho menos se te ocurra mezclarlas con alcohol. Considerate advertida. Si no haces lo que te digo, no te voy a poder ayudar. ¿Oís?

—Sí, doctor —dice Patricia—, así será. Quédese tranquilo.

—Bien, ahora andá con cuidado, no corras al subir las escaleras. Un cambio de ritmo en el corazón puede ser fatal, incluso en alguien joven, como vos.

—Gracias, doctor. No lo molesto más. A lo sumo, más tarde, si no queda otra, lo llamo.

Y se va. Cruza el pasillo, sube lentamente las escaleras y se mete en su apartamento. Cuando entra le gana una sensación extraña: algo en su cabeza pone en duda si lo del doctor ocurrió o va a ocurrir. Mira el frasco que sostiene en una mano y confirma que fue algo que ya pasó. Intenta sacarse esa noción de arriba, que a pesar de haberla sopesado con la realidad, todavía la molesta. En la intención de distraerse con algo que no involucre el pasado ni las rarezas del presente, Patricia se masturba. Cuando acaba encuentra una calma, una distracción casi absoluta de todo problema; solo dura unos segundos. Otra vez le cae arriba el tiempo en su peculiar fusión con el espacio. Y vuelve a caminar en círculos, ya que la figura que arroja algo, otra vez nada en su cabeza. Entonces toma una de las pastillas del doctor. Pocos minutos después empieza a sentir un alivio asociado a cierto frescor. Piensa que las pastillas deben tener algo que la ayuda también a padecer menos el calor. Pero enseguida se da cuenta que no son las pastillas, es que el frío ha vuelto y con un rápido avance borra el calor y se instala duro como una piedra. Entonces, en el preciso instante en el que deja de hacer calor y vuelve el frío, la realidad entera, con todo en ella, se detiene atemporal. Se abre y se mueve. Dentro de una materia inclasificable, la realidad se expresa en solas imágenes que apenas se ven y enseguida desaparecen, como diapositivas. Una destaca ya que sale y entra de Patricia, mientras el resto solo aparecen y se van. La que entra y sale muestra a Patricia con 7 años jugando a las muñecas, lleva un vestido de verano, que parece apenas una tela que la cubre hasta las rodillas. Sonríe en su goce infantil, sin preocupaciones. Juega sola y abstraída. Además de ella, en la casa solo están una mucama y el señor Stein, quien come un sándwich repleto de mayonesa que la mucama le preparó. La madre de Patricia ha salido y no volverá en varios días. El señor Stein termina de comer y sube al cuarto de Patricia. La mucama está concentrada en la limpieza del salón. El señor Stein sube las escaleras sin saber que tiene los bigotes llenos de mayonesa y llega al cuarto de su hija. Parado en la puerta la ve, delicada e inocente arropada en esa tela, exudando pureza. La niña parece un hada, el hombre un ogro hambriento. El señor Stein cierra con llave, tras él, la puerta. El sonido estremece a la niña, quien le pone la cara mansa, distendida. El padre se acerca a ella temblando, poseído por un vicio que no controla, una retorcida fijación. De esa imagen se desprende, breve, otra: Patricia accede, años después, mejor dicho, cede, y ante la amenaza de ser desprovista de por vida de todo lujo, dinero o bien, omite el castigo que podría haber dejado caer sobre el señor Stein. Ahora tiene este apartamento, dos casas más, campo y una cuenta bancaria con dinero que no podrá gastar en décadas. Las dos imágenes mueren, como murió el señor Stein de un infarto hace tres años. De ellas, escupidas por la realidad detenida y atemporal, solo queda una pátina, un recuerdo; como quedó el recuerdo de su padre marcado en Patricia, definitorio. Entonces todo vuelve a moverse, material y coherente.

Abajo el clima sigue en su actitud aleatoria. Incluso logra mezclar el frío y el calor en algo que viola la misma sustancia del tiempo. Otra vez algunos mueren y otros sobreviven; otra vez el miedo intoxica todo; otra vez el doctor hace lo que puede con lo que tiene. Y todo evento, toda acción, se repite, avanza y retrocede, como una película haciéndose. Arriba, lo único cíclico y constante, es el comportamiento de Patricia: copia, como si lo tuviese enfrente e hiciera de él una mímica exacta, el ritual absurdo del perro; solo que no ladra, llora. Y cerca, la playa arde en un fuego helado y se mezcla y se confunde con el cielo enfermo.

Después de la reunión

Mago Jones era el nombre del niño, y no me dejaba entrar solo al baño. Cabezón, de boca grande y ojos saltones, hacía todo lo posible por arruinar la reunión con sus berrinches de retrasado. Es que ya tenía diez años y sin embargo no soportaba estar solo en una habitación, salvo que estuviese dormido. Pero lo peor era cuando elegía a alguien de quien prenderse y se obsesionaba al punto de que aunque hubiese más gente compartiendo el espacio, tenía que ser siempre esa persona la que debía estar con él en todo momento, como si los demás solo fueran muebles. Mago Jones era muy feo y aunque uno lo bañase bien, siempre tenía un olor como a leche agria que empeoraba cuando él se agitaba frenético en uno de sus berrinches de idiota. Otra cosa detestable en Mago, era su forma de llorar: ronca, sofocada, llena de mocos y sin lágrimas. Era normal que babeara porque sí y se quedase varios minutos parado mirando la pared, y que de golpe interrumpiese el trance para comenzar a girar sobre sí mismo hasta marearse y caer al suelo. Entonces reía y trataba, con todas sus ganas, de resultar tierno, pero nos daba un asco tremendo. Y eso que hacíamos un esfuerzo, pero no había caso, lo único que su presencia nos provocaba era un rotundo y creciente desprecio; un desprecio visceral  por cada ademán, cada palabra mal dicha, cada cucharada de puré que intentaba meterse en la boca. Ah, porque también estaba eso: no tenía dientes; apenas indicios, como los de un bebé. Teníamos que darle todo licuado, pisado o líquido. Tampoco tenía buena coordinación, siempre se le volcaba la comida, teníamos que ponerle un babero. Y el olor de sus pedos era rancio y vomitivo; como si adentro procesara los alimentos de forma anormal. Tenerlo a cargo era como llevar una bola de hierro colgada en el cuello, y el tirón de la cadena cada mañana que dejábamos la cama, era un recordatorio permanente del hastío.

El día de la reunión yo había tenido la mala suerte de ser su obsesión de turno, su chupete. No me soltaba para nada. Me interrumpía con su seseo lento cuando yo hablaba con los demás, sin aportar más que palabras sin sentido. Tiraba cosas y si alguien se atrevía a levantar lo que fuera que arrojara, empezaba a gritar; solo paraba si era yo quien se tomaba la molestia de agacharse a cumplir su capricho. El día de la reunión estábamos celebrando el cumpleaños de mi esposa. Éramos pocos: tres amigos de ella, mi hermana y un primo que había venido de Buenos Aires. El día de la reunión, cuando finalmente entró al baño conmigo, empezó a hablarme con un poco de coherencia y en voz baja. Lo que le entendí fue una historia sobre una gaviota con cuerpo de humano, un híbrido siniestro y violento. Al parecer la criatura tenía una cara horrenda, con un ojo grande y duro. De noche, me dijo Mago, cuando todos dormíamos, lo picoteaba por gusto y a veces le metía la mano entre las piernas. Él se dejaba porque quedaba como paralizado, decía. Mago agregó que esto venía pasando hace un buen tiempo ya. Durante los minutos en los que me contó esa historia mantuvo siempre un gesto nuevo en él, algo que no le conocía: la cara de alguien que cuenta, con miedo, algo horrendo pero cierto. Igualmente lo ignoré, se trataba de Mago Jones, la criatura más imbécil en kilómetros.

Todos se habían ido. Mi mujer y yo estábamos ordenando un poco. Ella barría el comedor, yo fregaba en la cocina. Mago estaba en uno de sus trances. Después nos fuimos a dormir. Cuando yo tenía noches de sueño liviano, y esa era una, me irritaban los ronquidos de Mago, entonces iba a su cuarto y le daba vuelta la cabeza o lo sacudía un poco para que parara. Esa noche, tuve que ir tres veces a su cuarto. Luego de la tercera ya tenía insomnio. Bajé a la cocina, comí algo, fumé. Me quedé mirando tele como una hora. En un momento empecé a sentir un coro de graznidos arriba, reverberaban en el aire de la casa como multiplicándose. Me quedé duro y hubo silencio; me moví y sentí agudo y horrendo un único y prolongado graznido, tan fuerte que me dejó pitando los oídos. Subí la escalera, el corazón en la boca. Entonces vi a mi mujer, sonreía parada en la puerta del cuarto de Mago Jones. Me acerqué y vi la ventana abierta y la cama vacía y llena de plumas. Nos abrazamos. Por fin, éramos libres de aquel engendro que siempre nos torturó con su existencia.

Cine violento

De las artes, la única que me importa es el cine.

La música por sí sola no me lleva a ningún lado, tiene que estar ocurriendo algo que la justifique.

Las Artes plásticas…qué decir. Mirar un cuadro, extraerle sentido, buscar belleza allí: la sola idea de pensarlo me aburre. No hay movimiento, nada sucede, más de la mitad lo inventa mi cabeza. No, no y no.  

Leer es tedioso y lento. Ya leí suficiente: en la adolescencia devoraba cómics de ciencia ficción y Hard boiled, y novelas que salían por entregas, pocas iban más allá de los géneros que menciono. La única novela que leí con disfrute fue Crimen y castigo, aunque no la terminé, y fue antes de que el cine entrara a mi vida. En el liceo me obligaba a leer para pasar de año; memoricé partes del aburridísimo Don Quijote de la Mancha: nadie habla así ya, nadie escribe así ahora, ¿qué importa? Me daba lo mismo la importancia que le atribuyen en quinientos mil sentidos y formas. Todas las películas que adaptaron de la novela ya las vi, algunas hasta tres veces. Es suficiente. En todas las materias me obligué no solo a leer, también a estudiar y salvar exámenes. También tenía que fingir interés. Pero eventualmente me liberé de ese peso y rompí la promesa que le había hecho a mi madre de ir a la Facultad. Se lo prometí porque no me dejaba en paz, y era algo que le importaba a ella, algo que nunca hizo y pensó que su hijo logaría.

He llegado a mirar hasta diez películas en un día. No eludo géneros ni épocas; armo ciclos separados en criterios que yo me propongo. Degluto cine. Sueño escenas de distintas películas distorsionadas y mezcladas con la realidad. Vivo de rentas. Solo tengo dos amigos que veo tres, cuatro veces al año, y muy ocasionalmente y no sé cómo, la verdad, consigo convencer a una mujer del ritual de comer, mirar películas y coger. Por lo general no vuelven. No indago el motivo. Es mejor así. La única familia que tengo es mi madre, y no la soporto. He soñado que la veo morir, desangrándose en el piso de un balazo en el vientre, el olor a pólvora en el aire. Y puedo evitarlo, pero en el sueño prefiero quedarme a ver cómo se muere. No la mataría en la realidad, y sí, supongo que la amo, es mi madre. Pero también creo que la detesto. Amor y odio pueden convivir en una persona, asumo. Quizá sea una pugna y en algún momento, uno deba comerse al otro. Tiene sentido. Ella, desde que tengo memoria, siempre ha encontrado la manera de culparme por todo lo malo que ocurría en la familia. Incluso me culpaba de cosas externas a la familia, no sé cómo, pero encontraba la forma. Si se excedía, se hacía la víctima, lloraba y con palabras y gestos precisos me hacía sentir mal. Era en exceso controladora, todavía lo es. Por eso y más se debe haber ido mi padre cuando yo era niño. O quizá por algo más, nunca lo sabré.

Después de unos años, logré sustituir a los antidepresivos y los estabilizadores de humor con el cine. Y no porque el arte salve o ninguna estupidez por el estilo, sino, porque transformé al cine en una obsesión. Y creo que si uno construye una obsesión compleja y adictiva, puede ignorar o esconder muy bien otros problemas. La obsesión salva, en todo caso. Antes de que me medicaran, creí poder hacer eso con las drogas, la cocaína sobre todo; terminó siendo un fiasco. La dejé cuando de tomar tanta casi me explota una parte del cerebro, un derrame, me dijo el doctor, agregó que tuve muchísima suerte, porque iba directo a la parálisis cerebral. Quedaría idiota o en silla de ruedas o sin poder mover casi mi cuerpo. Estar muerto en vida hasta la suerte de morir de verdad. Odio el dolor soportable pero extendido. No quiero vivir más allá de los cuarenta. Es innecesario. Ojalá fuera tan fácil como llegar a esa edad y automáticamente desaparecer en la nada. Uno ya lo sabría de antemano. El día antes haría una fiesta. Pero estas cosas solo están en mi imaginación. Me tengo que conformar con vivir, porque no tengo fibra de suicida. Entonces, mientras espero: cine, cine y más cine.

Mamá viene de visita una o dos veces a la semana. Intento que se dé cuenta que no la quiero acá. Finjo estar ocupado, no la miro, respondo con monosílabos. Pero se queda, y por horas a veces. Habla tanto de cosas que me importan tan poco. Arroja eufemismos venenosos: por qué no tengo pareja ni me he casado o tenido hijos, todos los hijos de sus amigas ya están casados, dice; por qué nunca salgo de casa; que mi casa es un asco, todo está sucio y desordenado; y dice más cosas, más que no quiero gastarme en describir, porque admito, algunas me hieren, me duelen al punto de que cuando se va, me largo a llorar. Y en esas ocasiones tiemblo, porque estoy muy triste y no puedo darle vida a la obsesión. Y lloro por la mujer, que en vez de amarme o alentarme o ayudarme, derrama miseria en mí como si estuviera hablando del clima. Muchas veces, luego de esas visitas nefastas, me duermo y sueño mucho, y una y otra vez, la escena de mi madre muriendo y yo mirando sin hacer nada, se repite. Me despierto con la vaga idea de que mi imaginación trabaja sola y hace lo que el pensamiento no. Pero es solo eso. Jamás le haría daño a mi madre, nunca la lastimaría yo, con mi voluntad, directo y con mis propias manos. Todavía y a pesar de todo, creo que la amo, como la amaba cuando papá se fue y nos quedamos solos, pero al tiempo yo sentía que ambos se habían ido. Y no había hermanos o tíos o abuelos para protegerme de la paliza que me daba la vida que me moldeaba a golpes. Solo mi madre y yo; y luego, solo yo y yo.

La semana pasada fue de Tarkovski, por tercera vez. Esta será de lo que puedo englobar en Cine violento, ya que es una mezcla de distintos directores y épocas, pero todas películas con la violencia como eje. Desde la psicológica del thriller o ciertos dramas, hasta la explosiva del slasher y la grotesca del gore. Y más. Violencia en todas sus formas.

La fusión de la realidad con escenas de películas en mis sueños se ha vuelto cada vez más intensa, casi al punto de que puedo palpar esas mutaciones por unos segundos cuando despierto, o puedo verlas ocurrir unos instantes en mi cuarto, el living o la cocina, y se borran. La semana pasada me sucedió con Sacrificio, de Tarkovski, la película, que a mi juicio, flota sola en una altura inalcanzable en relación al resto del cine entre las nubes de la perfecta belleza. Siempre lloro al final, porque no puedo soportar tanta belleza, se me eriza la piel, me afecta el apetito, estoy unas horas mareado. Tras verla, los sueños fueron pasmosos, me llevaban colgando de la melancolía por paisajes de mí mismo desparramado en océanos y campos brumosos y susurros y llantos y animales y variaciones sutiles de color y textura, tocaba cosas intangibles, y levitaba al despertar, o creía hacerlo, no lo sé, por unos segundos. Sentía que venía de otro lugar y en otro tiempo cuando pisaba el suelo al dejar la cama, y me tomaba unos minutos aclimatarme a este mundo mío pero ajeno, en otra atmósfera, con distinta gravedad; enseguida el tedio, el desayuno, y me recuperaba de a poco. Lo que tenía era resaca, resaca de mis sueños mezclados no solo con Sacrificio, sino con el resto de la filmografía del genio ruso. No puedo describir mejor mis sueños. Ocurrían muchas cosas más y había música que encajaba perfecta con cada pieza de cada cuadro de cada sueño encadenado en otro sueño.

La intensidad de lo que ahora llamo sueños vivos ha crecido al punto de que veo lo que me pasa adentro, afuera, cuando salgo a hacer las compras o si camino bordeando un rato el mar. No es algo insoportable aún; sí, es casi imposible de explicar. ¿Cómo hacerle entender a alguien que estoy empezando a ver escenas ficticias mezcladas con la realidad? Es como si alguien las proyectara de algún rincón invisible, un proyector cargado de cine puro y vida cruda, cine de otros, vida mía. Y ahora, esta semana, que empieza hoy, hay cine violento, y quiero ver qué pasa con los sueños, y más que nada, con los sueños vivos.  

No es raro que me duerma entre películas que he visto ya varias veces; pero no es que me aburra. Se reitera un estado apacible en el que duermo acunado por el movimiento de las imágenes y el sonido. De esa repetición, de tanto volver a ver cadenas de películas ya vistas y dormirme entremedio, de ahí, tienen que haber nacido los sueños vivos. Cuando en efecto voy a dormir, me acuesto en la cama y cierro los ojos rodeado de silencio; pero sigue funcionando en mí la reiteración de ese estado, y halla en el subconsciente una tierra fértil para evolucionar. Esta semana empecé con un corto ciclo de gore, del más crudo: el sueño fue intranquilo y superficial, soñé principalmente sonidos metálicos y olores rancios, siempre sujeto a un nerviosismo vibrante, vi muchas vísceras. Al levantarme vi una pila de cadáveres mutilados en el dormitorio. Fue intenso, inesperado, pero breve. Más tarde en la carnicería confundí un pedazo de carne con un torso humano sangriento. Y así. Tras una tanda de slashers, de las que dejé para el final, una muy interesante que se mezclaba muy bien con el cine negro, me fui a dormir. La escena de mamá en el suelo sangrando (vientre, balazo, olor a pólvora) se repitió de distintas formas y revelando diversos y extraños detalles en la confusa materia de sueños y pesadillas. En todas había algo distinto, salvo una cosa: siempre la veía morir sabiendo que podía evitarlo. Nada me retenía. Y en el último sueño, antes de despertar, sucedió algo inédito: deliberadamente me acerqué a su cuerpo agonizante y le tapé la boca, pues los gritos me molestaban. Era la primera vez que podía hacer algo por voluntad propia en un sueño, tomar una decisión, accionar un movimiento. Desperté calmo, sin presencia de imagen alguna, sin sentir la inminente llegada de una escena. Ese día mamá avisó que vendría a visitarme a la tarde. Nunca me preguntaba si estaba ocupado o si podía recibirla, solo avisaba que iba a venir, a veces, ni eso, solo se aparecía. Pensaba y pienso aún más seguido que no se ha ganado ese derecho, bastante que la dejo entrar. Recién ahora reconocía que la pugna entre el amor y odio pedía resolución a gritos, y que quizá me mentía diciéndome una y otra vez que la amaba, que debía amarla porque era mi madre, y a las madres se las debe amar, incondicionalmente. El odio, el odio por sus omisiones, por sus torturas psicológicas, por culparme por la ausencia de papá, por decir que por vagos como yo el país no funciona, para luego sonreír y entregarme un paquete de brownies que hizo solo para mí; el odio por todas las veces que me ilusionó, que me hizo pensar que era una madre buena y pura, capaz de hacer lo que fuera por mí, para luego, una y otra vez, demostrarme lo contrario; ese odio comenzaba a moverse sigiloso y frío en mi cabeza y parecía querer destronar al amor, tristemente fingido a esta altura, y por el cual hice todo lo posible para que triunfara.

La visita esa tarde fue igual a cualquier otra. Los eufemismos de siempre, me mostró fotos de los bebés de los hijos de sus amigas fingiendo que no lo había hecho ya, me dijo que mi padre hubiera querido que yo formara una familia, hablando de él como si estuviera muerto, y a ciencia cierta, nadie sabe dónde está. Por suerte llegó la hora de irse. Me besó la frente, cerré y tranqué la puerta. Me arrojé en el sillón y puse una película. Había decidido hacer una fusión de todos los géneros que elegí, sin orden ni criterio. Puse 5 películas, seleccioné para que en la pantalla se sucedieran y luego se repitieran sin orden. Era exquisita violencia funcionando perfecta en la ficción. Era hermoso y me dormí.

Desperté sobre las 3 de la madrugada con el estruendo de un balazo y unos gritos de agonía, no distinguí la película. Estuve horas rebotando entre la repetición del estado, el lugar de la creación pura de los sueños vivos. Entraba y salía de la ficción a la realidad forjando un ciclo que bien podría haber durado mil años o un minuto. Sentía que flotaba, mi casa me resultaba un tanto ajena y de golpe familiar. En esa intermitencia vivencial me fui a dormir, caí con los ojos cerrados en la cama y no desperté hasta pasado el mediodía. El sueño de mamá había alcanzado dimensiones indescriptibles. Todo era tan real que parecía real. Lo primero que sentí al abrir los ojos fue el olor a pólvora. Luego vi que tenía sangre salpicada en el pecho. La ventana estaba abierta; y, abajo, en el suelo, vi un arma de fuego. Y nada se iba, todo era igual de real que el techo, la cama o el televisor. El olor a pólvora se hacía más intenso. Salté de la cama y vi un reguero de sangre en el suelo, y manchas prolongadas, pátinas, como de un cuerpo herido que se ha estado arrastrando. No llegué al pasillo; antes llegaron los gemidos de dolor. Avancé aterrado y aturdido por los gritos y vi el cuerpo de mamá sobre un charco ancho y espeso de sangre. No dejé de mirar sus ojos rogando y apagándose. Golpearon la puerta. Lo ignoré. Ya casi ni gritaba, jadeaba afónica. Volvieron a golpear con insistencia. Y empezaron a sacudir el picaporte. Avancé. Abrí la puerta, forzando a mi cuerpo a través del trance. La policía. Un vecino denunció balazos y gritos. Me llevaron. Me dejaron en una celda. A los tres días vino mi abogado y me dijo que era libre: el arma no tenía mis huellas, y nada indicaba que yo le hubiese disparado a nivel circunstancial. Y no pudieron hacerla hablar, murió antes. La ventana abierta y la falta de evidencias en mi contra más una reciente serie de homicidios en hogares de la zona, sugerían la presencia de un atacante desconocido. Lo único raro, dijeron, fue cómo no me desperté en ningún momento. Cómo ni el balazo ni los gritos me sacaron del sueño.

Bichos

No sé por qué me acusan. Yo no la toqué. Se equivocan. ¿Ocurrió? Quizá, pero no en mí, no adentro; sino en la realidad, afuera. Si pasó, yo no tuve nada que ver. La realidad y mi cabeza no se entienden hace tiempo ya; funcionan separadas, pero ninguna ignora la existencia de la otra. Aunque hay algo que las conecta, que logra un intercambio distorsionado: los bichos. Extienden sus patas largas y ásperas para caminar en mi cabeza, salir de ella, actuar afuera y luego volver. La sola culpa de toda esta confusión la tienen ellos, y es por ellos que a veces dudo, lo reconozco. Son una plaga que actúa contra mi voluntad. Se instalaron en mí hace tiempo, no han estado siempre. Antes de que se metieran y echaran raíces las cosas eran distintas.

Dicen que tienen evidencias. Ya veremos. Hasta ahora, de acuerdo a mi abogado, la cosa no pinta tan mal. Hay tres testigos; dos, son dudosos, porque eran dos amigos borrachos que salían de un bar. El otro, creíble: un canciller que no parece tener registros que pongan en duda su palabra. Mi abogado revisó, preguntó, pero cuanto más indagaba más dignidad encontraba en ese hombre. Teníamos que considerar que al momento eran tres testigos; podían surgir más. Por lo delicado del asunto, por la sordidez que guarda el crimen del que me acusan, suelen surgir, de a poco, más testigos, y de toda clase, asegura el abogado. También, hay que considerar los resultados del examen forense. Pero me dice que averiguó lo suficiente como para saber que hasta el momento no han avanzado mucho. Además, y esto sólo yo lo sé: los bichos son cuidadosos, han encontrado en mí un lugar apacible donde vivir, y no quieren arrastrar consigo problemas que pongan en peligro su hábitat. Si enloquezco, eso sería para ellos una tormenta que podría matarlos. Si algo más me sucede, pueden salir mal heridos y dejar de funcionar.

Esto va a tomar tiempo. Deben construir un caso sólido para definir si me castigan, y si lo hacen, deben definir cómo, porque existen al menos tres maneras. Y no me pueden retener para siempre. Otra cosa importante es que no contraté al primer idiota que me recomendó el comisario. Encontré un abogado con la mejor motivación que este mundo conoce: el dinero. De él me dijeron que era frío, lúcido, amoral, creativo. Así que bien, por ahora, yo llamo a esto un empate.

El día que me agarraron, estaba manejando con la cabeza llena de cocaína. Era una noche calurosa y yo estaba yendo al casino. De pronto, como en una película, un patrullero me cruzó en una esquina y dos policías me obligaron a bajarme. Por suerte toda la cocaína ya la tenía adentro, funcionando asombrosa. No iban a poder achacarme eso. Además, no había infringido ninguna norma de tránsito. Me dijeron que tenían una orden por acoso, entonces me acordé. Recordé algo que yo sí hice, algo que hago a diario, y que a esta altura ya naturalizo. Desde que nos separamos, persigo a mi mujer con fría obsesión, pero soy precavido. Supongo que debió haberme visto y alertó a la policía, ya que tengo prohibido estar cerca de ella.

En el calabozo tuve que soportar el bajón de la merca sin los ansiolíticos que me ayudan a domarlo, ya que los habían confiscado. No tenían nada que decir, porque eran recetados. Un borracho que compartía el calabozo conmigo me convidó de una petaca de ginebra, se la vacié. Al rato, se llevaron al borracho y metieron a un ladrón, un ratero que si me preguntan a mí, tenía que ser, por lo menos, imbécil; digo, clínicamente imbécil. Me contó, con ridículo orgullo, que había intentado robar la casa de un senador a las tres de la tarde. A quién se le ocurre semejante estupidez. Cuando salió con una bolsa llena de joyas y ropa de marca, la policía ya lo esperaba afuera.

Cuando el ladrón dormía, vino el fiscal y me llevaron a una sala. Me sentaron frente a una mesa. El fiscal parecía un buitre y fumaba sentado en silencio, mientras el comisario me hacía preguntas. Me lo tomé a la ligera y recordé algo de un libro que una vez leí, y ante cada pregunta respondía: “Preferiría no hacerlo”. Media hora después el comisario erraba por la sala, confundido y rábico, hasta que se frustró. Nunca nadie le había respondido así: sistemático, neutro, indiferente. Me dio el teléfono de un abogado público, me lo arrojó anotado en un papel. Cerró la puerta y me dejó a solas con el fiscal. Solemne, el fiscal aseguró que el acto por el cual se me acusa yo lo ejecuté antes de subirme al auto en dirección al casino, y que por ahora lo del acoso servía para retenerme. Silencio. Se incorporó. Avanzó. Ahora, feroz, el buitre abría las alas. Dijo: “Yo sé lo que hizo, y lo voy a probar. A los cerdos como usted no les va la cárcel ni el manicomio, terminan ya sabe dónde. Pero por las dudas, si no lo sabe, le aclaro: se los come el tercer castigo, ¿me oye?” No dije nada; me asusté, reconozco. Salió. Entraron dos policías que me escoltaron de vuelta al calabozo. En el camino me detuve y llamé a un amigo, él tenía el contacto del abogado que ahora me defiende. El miedo se diluyó y no pensé en nada. Tenía hambre. Comí un puré de zapallo insípido con un churrasco chamuscado. Les pregunté, riéndome, si no tenían sushi. Luego me acosté a tratar de sentir el movimiento de los bichos en mi cabeza. En la oscuridad, en el frío calabozo, la idea del tercer castigo me atravesaba cual descarga eléctrica. Costó, pero finalmente me dormí. Al otro día me trasladaron a otro lugar: una cárcel pequeña en una chacra. Tenía una celda solo para mí y no podía quejarme, ya que era cómoda y tenía una ventana. Maniobra del abogado.

Ahora parece que hay otro testigo. Un sereno de un edificio. Dice que en una de sus rondas, caminando en la terraza, vio algo tras la ventana de un octavo piso, enfrente. Asegura haber visto a alguien que coincide con mi aspecto; aunque, era de noche y él padece miopía. Sigue el empate, pero también se confirma lo que dijo el abogado: están surgiendo testigos, y seguirán apareciendo. Entienda, amigo, ellos quieren un caso contra usted, y van a hacer todo por obtenerlo. Pero también me conocen. Saben que no pierdo, o que pierdo poco. Me odian. Pero qué le vamos a hacer, es la ley.

Dos testigos más. Y ahora confieso que me estoy asustando. Se lo dije al abogado, pero él asegura que seguimos bien, que tiene todo bajo control. Le dije que necesitaba mis ansiolíticos. Le dije que los tenía recetados. Le di el nombre de mi doctor. Horas después llegó un cadete con dos cajas. Es que yo debo cargar con una ansiedad doble: la mía y la de mis bichos. Ellos no quieren saber nada con salir ahora. Al igual que yo, aún retienen lo que dijo el fiscal sobre el tercer castigo, y rondan inquietos. Ahora pongo cuatro ansiolíticos bajo mi lengua (extraño la cocaína y se empieza a notar) y me arrojo en la cama. Cené bien. Quizá sueñe. Mañana quiero hablar del tercer castigo con mi abogado.

Quédese tranquilo, hombre: ¡no piense en ningún castigo siquiera! Ya le dije que vamos bien, dijo el abogado. Hágase un favor y piense que a lo sumo en dos semanas estará tirando fichas en el casino con una puta en la falda. Escúcheme bien: en toda mi carrera nunca mandé a nadie al tercer castigo. Puede averiguar si no me cree. Es cierto que en los últimos años lo han perfeccionado, y están encontrando formas de que siga siendo ley. Y le admito, no van mal. Pero todavía falta. Usted, por favor, no piense en esos asuntos. Para eso me paga a mí. Le di la razón e intenté distraerme. El abogado se fue y yo me quedé mirando la tele unas horas. Era de tarde. Hacía calor. Mucha humedad, quizá lloviera. Había un gato que se paseaba por la cárcel, entraba y salía, y se peleaba con los perros de la chacra. Luego se acercó a mí, me acompañó. Él y las imágenes y los sonidos que se movían dentro de la cohesión guionada, ya fuera en un programa, una serie o una película, me calmaron hasta que vi que ya no estaba el sol. Pero todavía era temprano. Entonces extrañé de verdad la cocaína. Tomé más ansiolíticos, cené temprano y otra vez a la cama.

Amaneció lloviendo y con tormenta eléctrica. Me despertó el gato pasando su cola por mi cara. Seguía siendo temprano, seguía yo extrañando la cocaína. El gato se fue. La tormenta causó un apagón. No podía ver la tele. Entonces yo era una sola y triste materia con lo demás: mis bichos (inquietos, tensos) y mis recuerdos como fotos en el casino, tomando de una tarjeta de crédito y manoseando una moza, luego bromeando con un barman, y más tarde tomando con él y arrojando palabras como metralleta; y más, muchas foto más. Era una mañana gris. Del casino empecé a entrar en otras partes, a tocar otros recuerdos que tenía bien domados hace tiempo. Pensé en Laura. Pensé en que la amé como nunca amé nada. Y evité pensar todo lo que ocurrió en el medio que hizo que entre ella y yo, ahora, mediara una restricción, una exigencia impuesta que de no cumplirse, como fue el caso, podía terminar en lo que me está pasando ahora. Y ahora, acá estoy. Probablemente no pase nada, como dice el abogado; aunque puede que sí, que pase algo, y que sea contundente y nunca esperado, como matar a un hijo, acto que en algún lado en mí presiento, pero solo si revuelvo entre kilos de recuerdos que son como alambres de púa; y evocarlos me lacera por dentro, me castiga. Entonces no puedo, y de esas imágenes extraigo su efecto, y quedan como fotos anónimas tapadas por el polvo. Luego al efecto lo borro, o lo escondo hasta no sentir nada.

El tercer castigo seguía siendo, entre todo, un eco maldito del fiscal que hacía retorcer a mis bichos. Tomé dos ansiolíticos. Me dormí, pero fue un sueño superficial el que me sacó de todo por un rato; en el fondo algo empezaba a ocurrir, algo que se movía en una corriente subterránea buscando emerger. Mi carencia de cocaína, los bichos, el tercer castigo, la acusación que ahora me hace dudar; todo ganaba, de a poco, color de pesadilla. Pero volqué la culpa, sin pensar más, en mis bichos. Igual no descansé.

Pasado el mediodía pude ver, entre las luces ahora encendidas y la ausencia del ruido de lluvia, adentro, a mi lado, al abogado, ofreciéndome un café. Lo acepté. Hablamos.

—Mire —dijo—. Siguen apareciendo testigos. Pero he investigado lo suficiente. Al menos tres tienen barro en el pasado, y ya les hice entender qué les convenía hacer. Acataron. Pero hay otros, sobre los que, en ese sentido, no puedo hacer nada. Están limpios. Igual seguimos lejos de los castigos. Como mucho, tendrá que permanecer aquí un poco más.

—De acuerdo. Lo que sí, le voy a pedir que mande a mi doctor. Necesito hablar con él.

—No se preocupe. Hago unas llamadas y trato de que venga hoy. ¿Le parece?

—Sí. Espero noticias, entonces. Gracias.

Y se fue.

Todavía no baja el sol y llega el doctor. Él y Laura son las dos personas que mejor me conocen. El doctor me atiende desde antes de lo que pasó, desde antes de que Laura me dejara. Por eso conoce mis dos versiones: la que no tenía bichos y la que tiene. Sobre los bichos el doctor sabe todo, menos lo que es imposible comunicar, algunas partes del mecanismo interno que no tienen palabras en que traducirse. Hemos intentado esa traducción por más de dos años, pero no hay caso. Sin embargo él no se rinde, busca soluciones, interpreta, pelea. Es un hombre seguro y una eminencia en su especialidad, tengo suerte de contar con su ayuda. Y no importa cuán cansado esté, siempre presta atención.

Primero hablamos de todo un poco, preguntas y respuestas de rutina. Luego el doctor va al hueso, como le gusta a él, y me pregunta si la toqué. Asegura que tocar es un eufemismo para algo bestial. Le digo que fueron los bichos, pero que estoy empezando a dudar. Él me recuerda que cuando los bichos actúan, es normal que yo me ausente, que mi psiquis se congele o se pause. Le doy la razón y ahora recuerdo algo que se lo trasmito. La noche en la que iba duro manejando al casino, sentí cierto cosquilleo o alivio común al que viene después de un orgasmo intenso. Las piernas algo flojas, la ingle apenas ardiente. Pero se lo atribuí a la merca, que a veces me hace sentir así. El doctor me dice que él jamás me juzgaría, por más sórdido que haya sido un acto cometido por mí. O por los bichos, le aclaro. De igual forma, dice. Agrega: “Le pido que reflexione, que trate de ir hacia esa noche, a ver si ve algo. Aproveche ahora que los bichos están asustados. Tome esto (saca una caja de un medicamento y me la da), tome dos comprimidos antes de acostarse junto a los ansiolíticos, y otro en la mañana. Le va a ayudar con la abstinencia y también a desenredar lo que pasó esa noche. En realidad, una cosa facilita la otra. Porque desde que Laura lo dejó y aparecieron los bichos, usted no ha dejado de consumir ni un día, y créame, la cocaína ayuda a los bichos, y además, permite que usted bloqueé las consecuencias de sus actos. ¿Me entiende? Hágame caso. Volveré pronto y la seguimos. ¿Bien? Aquí parece que está cómodo. Intente relajarse. Yo sé que es difícil. Pero trate. ¿De acuerdo?”

Se despide y se va. Otra vez estoy solo con mis bichos. La televisión está prendida, pero no miro nada, es para que llene el silencio. Parece vacía la chacra. No escucho ruidos, no veo al gato. Pienso. Yo no la toqué. Yo no la toqué. ¡Yo no la toqué!…No, no, no. Jamás haría algo como eso. Fueron los bichos. Bichos, ¿me escuchan? Fueron ustedes. Ustedes. ¡Us-te-des! Hijos de puta… ¿me escuchan? Yo sé que me escuchan. Sí, sé que me escuchan clarito. Espero que estén conformes, espero que lo estén, porque por su culpa me puede tocar el tercer castigo. No dijeron nada. Pero recibí como respuesta una migraña que duró dos horas. Seguí pensando. Pechando y golpeando recuerdos retrocedí hacia el pasado. Recorrí años, hasta que me di contra la pared que era un nudo de recuerdos cerrados. Sentí pánico. No pude seguir. Ya era de noche. Tomé la medicación según lo indicado por el doctor. No cené. Dormí profundo y soñé mucho.

Al otro día vino el abogado. Tenía cara de malas noticias. Me dijo que había aún más testigos y todos limpios. Y que las declaraciones de algunos, por su estatus, por su lugar en la política, eran incuestionables, axiomáticas casi, y pesaban. Y que además había que tomar en cuenta una nueva investigación forense. Se habían dedicado a mejorar fallas, y ahora avanzaban. Dijo que a esta altura iba a pelear por el castigo del manicomio, que de ningún modo iba a permitir que fuera preso, eludiría una sentencia, apelando a un estado mental frágil y errático. Me aseguró que lo del tercer castigo ni lo imaginara. Que no era ni una chance en un millón. Sin embargo, algo vi en él que reflejaba, maquillado, el ardor de la duda. Hablamos un poco más y se fue.

Lo que me dio el doctor ayudó. Pero no a sentirme mejor, sino a ver con mayor claridad, o a facilitar la poda que debo hacer entre los recuerdos frondosos y salvajes. Estoy en el corazón del nudo. Estoy hundido en el esfuerzo de penetrar la pared. Paso horas como un toro ciego y rábico dándome y dándome contra la pared, hasta que la rompo y entro en un espacio helado, y nunca en mi vida estuve tan solo. Aquí, en este espacio, toda imagen se presenta cruda y cargada de toda emoción posible. Y veo, y escucho y puedo oler con intensidad. Floto en el frío negro que me rodea mientras lo recuerdos me revientan a cachetadas. Bajo, me proyecto en picada hacia la corriente subterránea y puedo tocar eso que ya emergió de cuerpo entero, y se muestra como el más cruel de los demonios.

La decisión que tomamos con Laura fue compartida. Luego de cinco años que solo aseguraban que él sería así el resto de su vida, que nunca tendría paz, sentimos que era nuestra obligación de padres hacerlo. Lo hicimos; éramos carne primitiva que actuaba bajo un altruismo enfermizo pero puro, de alguna forma nacido del amor. Y no había bichos que culpar. Enseguida Laura me dejó y yo a ella nunca pude soltarla de mí. Tras el acto salimos impunes; al menos ante la ley. Cada uno lo manejó a su manera. Laura cambió, se volvió de golpe mucho más vieja, y ahora es tan promiscua que da asco. Pero yo no he parado de seguirla. A todas horas, por todos lados, imantado por lo que ella fue, que solo yo entendía y podía ver. Atraído por la resaca de lo que fuimos los tres. Todo a pesar de que yo sabía que ella me odiaba mucho más de lo que alguna vez me amó.

Dormí. Desperté. Desayuné. Mi primer día en mi infierno personal. Y el gato nervioso, rondaba pero no me tocaba. Entonces vino el abogado. Y habló:

—Mire, no le voy a andar con vueltas. Se aprobó, irrefutable, sobre usted, el tercer castigo. A diferencia de los otros, no se puede apelar. No sabe cuánto lo lamento.

La noticia me paralizó. El horror me arrojó a la realidad de aceptar lo peor. La decisión estaba tomada, no había nada que hacer.

— ¿Y ahora qué? ¿Ya vienen?

—Vienen, sí. Pero no se lo llevan. Usted se va.

De mi doctor no iba a saber nada. El abogado dijo que le fue impedido visitarme, aunque fuera una última vez. Nos dimos la mano y se fue, cabizbajo, frustrado. Pensé que a raíz de esto no practicaría más. Había fallado como el peor, y lo sabía.

Mientras espero, puedo repetirme una mentira, aunque la verdad reviente en mi cara. Puedo decir que no la toqué y que su cuerpo infantil no tembló cuando le levanté el vestido, y que no lloró cuando terminé. Puedo decir que fueron los bichos. Pero ya no están, han desaparecido. Y en su lugar solo queda la memoria. Ahora está claro. Los recuerdos ya han definido, sin excusas, la verdad, que cae sobre mí como una avalancha. Entonces vienen, y todo lo que hice y fui, se apelotona en mi garganta. Me asfixio. Y como dijo el abogado, no me llevan, me voy.

El lugar de la sangre

No había chance ni tregua. El viento cortaba como navaja. La lluvia ardía helada al mojar el cuerpo. Amplio el monte y turbio el arroyo. Y arriba él, en el terraplén. Los primeros ruidos de la noche ya instalados en el aire. Hacia todos lados la repetición del acto iba en su cabeza. Todo desde aquel día hasta ahora, desde lo mínimo a lo complejo, no era sino una mancha con diversos tonos de miseria. El olor pesado, el único olor en el que todos los olores del espanto se concentran, era el motor de la repetición. El picor en la nariz permanente lo ponía una y mil veces caminando como fiera en jaula por la sala del hospital. Tragando cigarros en la terraza, alternando whisky y café negro; dos vasos, una taza, dos vasos, una taza. Y otro cigarro afuera. Y otra vez a la cafetería. Luego al baño a meter la nariz en la bolsa. Y de vuelta a la marcha de fiera por la sala de espera. Un ciclo. Pero nada lo iba a salvar del olor que vendría. Todos los truenos del mundo explotaron y el agua del arroyo de golpe fue sangre. Él, ausente, seguía allí parado, dejándose apalear por el frío y la lluvia. Entonces el tiempo, que allí y en él actuaba caprichoso, se movió hacia atrás, sin él, todo se fue al pasado un momento, y él quedó en un instante vacío, y lo que vio fue blanco, crudo; nada a la espera de ser algo. Y el tiempo volvió, trajo todo intacto, incluso el olor. Los bichos empezaron a bajar en tandas violentas. Metralleta. Y se iban por momentos. Amplio el monte y turbio el arroyo. Ahora nuevos ruidos nocturnos espesaban el aire. Y el arroyo seguía siendo de sangre. Desmenuzaba el acto del olor en el hospital. El primer gemido, las primeras sombras, los apagones, los llantos de los niños. La ciudad, afuera, temblando. Y el olor que empezó a repartirse por todos lados progresivo, lento, aumentando imperceptible en intensidad. Ignoró todo protocolo y se lanzó a correr por el pasillo. La luz iba y venía y el hospital era enorme, lleno de brazos con cientos de habitaciones y decenas de consultorios y salas de operación. Pero él solo buscaba, solo intentaba ir hacia un lugar. Entonces el olor se interpuso como una pared y todo se volvió lento. Se movía frenético pero avanzaba poco. Eso duró siglos, hasta que recuperó velocidad y siguió corriendo, ahora guiado por cierta indicación inexplicable que el olor había dejado en él, solo para introducirlo de lleno en el dolor más recio de todos, y allí, en la habitación, el consecuente acto y luego la repetición. Sangre y más sangre en el arroyo, el caudal crecía y se comía el monte, y subía rápido hacia la altura del terraplén en el que el viento cortaba como navaja y la lluvia ardía helada al mojar el cuerpo. Y otra tanda de bichos del cielo. Ahora más grandes, alados, con picos y llenos de largos brazos como raíces. Los brazos se enredaron en su cuerpo, lo exprimían casi, lo tenían agarrado bien fuerte. Y cuando la sangre ya mojaba sus pies, los bichos, en manada, se lo llevaron al cielo negro. Volaron alto, y una y otra vez la repetición del acto iba y venía en él, hasta que perdió toda conciencia cuando un bicho más grande, enorme, flotando en una altura de montaña, atracó colmillos en la cabeza, y luego en el cuello. A la cabeza el bicho la arrancó de un tirón, la dejó caer. Repartió el resto del cuerpo entre las crías hambrientas. El olor, el acto, el dolor, se fundían en otra tortura hacia la repetición, y se hacían cuerpo nuevamente, y él volvió al terraplén. Y allí quedó, parado y ausente, dejándose apalear por el frío y la lluvia. Amplio el monte y turbio el arroyo. Entonces, todos los truenos del mundo. Y la sangre en el arroyo le recordaba que para siempre esa sería su existencia.