Querida Gloria:
Hoy me enteré de que te habías marchado. No por esperada, la noticia fue menos dura. Un golpe seco al centro del pecho. Esa ráfaga de angustia repentina que te inunda como una marea oscura, llenándote de tristeza, desasosiego y dolor.
Recuerdo que nos conocimos el día de mi boda. Hiciste el esfuerzo de viajar desde Puerto Rico hasta el pueblo de Caripe, en mi Venezuela natal, acompañada de tu esposo Ramón y de su hija Mayda. Muy difícilmente podría yo entonces sospechar, siquiera, que te convertirías, poco tiempo después, en una de las personas más importantes en la vida de aquella familia que en esa boda se estaba fundando.
Cuando nos vinimos a España, fuiste la primera en tendernos la mano. Tú y Ramón fuisteis un refugio seguro, un colchón mullido donde siempre podíamos dejarnos caer para llorar nuestras penas por la evolución terrible de la enfermedad de mi esposa. Se daba la coincidencia cruel de que tu único hijo padecía la misma enfermedad que mi amada. Sabías muy bien lo que era sufrir, de manera intensa, por uno de tus seres más queridos, quizá el que más. Sabías, tanto como yo, que las palabras sobraban para personas como nosotros. Eran los gestos, el hombro dispuesto, la presencia silenciosa, lo que se valora en momentos así. Y en eso tú eras lo más grande que por entonces conocí. Sí que eras grande, Gloria. Muy grande. Inmensa como el océano que separaba nuestras tierras de origen; inmensa en apoyo, soporte y sustento. No había palabras suficientes para demostrar lo mucho que te agradecía tanto auxilio y tanto socorro.
Recuerdo que el día que velábamos a mi esposa en el tanatorio de La Guardia, te apareciste a media mañana con un pequeño perol de aluminio lleno de caldo de pollo.
—De aquí no me voy a mover hasta que te lo bebas todo —dijiste con esa determinación tuya que no admitía réplica.
Y luego, delante de toda aquella familia llena de odio y veneno contra ellos mismos en particular y contra todo el mundo en general, dijiste con voz sonora e impactante:
—¡Tú no estás solo!
Y lo repetiste aún con más fuerza, como quien clava un estandarte en tierra enemiga:
—¡¡¡TÚ NO ESTÁS SOLO!!!
Todos ellos tuvieron que tragarse su veneno mortal, guardarlo en lo más profundo de sus entrañas, cuando vieron que había alguien dispuesto a poner su cuerpo, e incluso su vida, para defenderme de aquellos odios tan profundos, absurdos e inexplicables.
Y cuando mi amada dejó este mundo, te hiciste cargo de buena parte de sus deudas para que, al agobio de su ausencia, no se sumara también la incertidumbre de lo material. Fuiste el bastón que impidió que el peso me hiciera caer.
Y eso solo por poner dos ejemplos de esos grandes gestos que hicieron que te idolatrara y te venerara como la santa que siempre fuiste para mí.
Siento mucha pena por no haber ido a verte a Puerto Rico durante la evolución de tu camino hacia el infinito. Pero a la vez me reconforta saber que, desde ahora, vas a estar siempre cerca de nosotros. Protegiéndonos con ese manto de amor que siempre nos demostraste. Ahora eres el viento que no se ve pero que se siente; la luz que atraviesa las rendijas cuando más oscura es la noche.
Gracias por todo, Gloria. Gracias por tanto.
Desde ahora, y hasta el final de mi camino, viajas conmigo.
Franklin.-
