¿Recordáis a vuestro padre en la época donde estabais terminando de estudiar aquella carrera? ¿Lo recordáis cuando contemplabais la posibilidad de tocar la puerta de vuestro primer jefe para pedirle un cambio de departamento, o un aumento de sueldo? ¿Y en las tabernas, de cerveza en cerveza, hasta prometer amor para siempre a la mujer con la que luego haríais cuentas para comprar un piso? Luego nació el primer retoño y se lo presentasteis, para volver a olvidar y seguir viviendo.
Porque la vida te exige vivirla. Porque la vida es muy entretenida, y te va ofreciendo nuevos retos hasta que deja de ofrecértelos y comienzas a cansarte de lo mismo. Y, cuando eso ocurre, el viejo ya es muy viejo, si no se ha ido ya.
Mientras cumplías con tu obligación de medrar, aquel viejo siempre te recordaba con los álbumes que ahora ya no tenéis. Aquellos álbumes donde todavía creíais que era vuestro protector, y hasta los 14 o 15 años que era un ser exigente e irracional, y a los 20 estaba casi perdonado pero no se estilaban los abrazos ni las conversaciones profundas.
Para vosotros, queridos hijos; para que paséis a papel de fotografía las fotos que nunca se deben perder. Para que, cuando os llegue la soledad, podáis llorar de alegría y reir, con algo de vergüenza, por aquellos pantalones y peinados que hoy ya no recordáis. Para que vuestros niños puedan recordar cuando a ellos les llegue esta soledad de la que os hablo.
Yo os dejo todas mis pequeñas historias escritas en este lugar que no me pertenece. Este lugar que ahora os pertenece a vosotros. Para que sonriais con lo que ya recordabais, y os sorprendáis con lo que ni siquiera podíais sospechar.
Seguimos.



















