
Súplicas incansables se estrellan contra el muro histórico de tu indiferencia
que no es más que la tradicional incompetencia con la que naciste
para con los sentires ajenos, siempre venidos a menos
en todo lo que a ti respecta, lejanía que se le escapa, siempre,
a los modales de tus formas incorrectas.
En el cubículo con ruedas, caída ya la noche,
rezan tres agnósticos y ateos, a la mínima expresión de tu humanidad
sin saber, como yo sé, que no existe y, en realidad,
la apuesta es a caballo perdedor, aunque lo peor esté por llegar:
entre llamada y llamada, negarás mi presencia, por segunda vez.
Los depredadores del tiempo devoran minuto a minuto
todos los derechos pisoteados sin un solo escrúpulo,
todas mis patrias y potestades, mis guardias y custodias,
mis noches de centinela queriendo velar la esencia
de mi más feliz misión: amar sin condición el despertar de mi sangre.
La fábrica de desechos que es tu corazón negro, escurridizo, desde el año
en el que te equivocaste de camino, aún estando yo en la misma encrucijada
llamándote como un loco, podrido de desengaños,
esperanzado, aún, como un niño frente a la hoguera
donde nunca ardió aquel libro maldito ni se escribió la buena nueva,
no deja de caer, cada vez más abajo, encharcando el subsuelo
del veneno con el que te amamantaron inútiles emocionales,
miserables inexpertos e intolerantes desgraciados, cobardes cuyas gafas cóncavas
hacen más altos a los reptiles que en nada dan la talla,
ladrones de todas las flores que crecen a la par que las murallas.
Allí esperamos, ansiosos, pacientes, soldados, creyentes, amantes y centinelas,
amigos, abrazos, palmadas en la espalda, consejos y lentejas,
pucheros llenos de deseos, familias que empujan tras las puertas
donde aguardan bien fresquitas todas las botellas, todos los brindis a tu salud
mientras te ahogas con la espuma de la rabia que provocan ciertas ausencias.