Al calor del efímero y embriagador sabor del verano sus noches tan cortas esconden los más largos sueños. Esta que sigue no es sino la versión libre de uno muy especial (mi particular Sueño de una noche de verano) que -al igual que el clásico- vino a velarme la noche del día de San Juan. Como pasa con todos los sueños, cabe revivir más la atmósfera en que se envuelven que su pertinaz transcurrir siempre inmerso en un aparente caos. Así sé que flotaba en el aire un barroquismo vaporoso cercano a una lejana ambientación teatral de Francisco Nieva que yo había presenciado de jovenzuelo y que -como el rey Oberón- tuve la ocasión de respirar insuflado por el volátil ondular multicolor de fantasmales sedas agitadas por las hadas del bosque; al mismo tiempo, esa veta shakesperiana me transportaba al Romeo y Julieta en aquella neorromántica versión cinematográfica de Franco Zeffirelli, con una Julieta adolescente (la cautivadora Olivia Hussey en flor) impregnada de ese aroma de lo eterno que trasmiten los acordes al piano de Henry Mancini interpretando el fascinante tema de amor que compusiera Nino Rota… y, sobrevolándolo todo, el fluir de un erotismo orientalizante como el que infundiese Pasolini a la poética de unos desnudos cuerpos sin culpa en la adaptación al cine de Las mil y una noches, así como al resto (El Decamerón y Los Cuentos de Canterbury) de su recordada “trilogía de la vida”.
Tal era la “escenografía” de mi sueño, pero lo insólito de su argumento parecería sacado de uno de esos tantos cuentos orientales ahí recopilados y, más concretamente, la “Historia de las seis jóvenes de distintos colores” que hubiera sido versionada solo para mí. Así, en lugar de las seis jóvenes esclavas (hermosas cual otras tantas lunas) del harén en Bagdad, me veía rodeado por un ramillete de lindas mujeres a las que me unía haberlas conocido en distintos momentos de la vida. Reaparecían aquí en todo su esplendor, recostadas junto a mí en aquellas apacibles dependencias para común deleite en una sensual actitud de lo más complaciente: la primera era blanca (Cara-de-Luna) que fuera mi primer amor de adolescencia; la segunda morena (Llama-de-Hoguera) aquella con la que ardieron todas las pasiones de mi primera juventud; la tercera gruesa (Luna-Llena) mujer divina, dueña de una inusitada belleza casi inhumana; la cuarta delgada (Hurí-del-Paraíso) de inolvidable perfil griego y unos ojos moriscos con los que, en su día, me vino a partir el corazón; la quinta rubia (Sol-del-Día) ámbar y oro personificados en una estudiante escandinava a la que había conocido en sus andanzas sevillanas para documentar su tesis; la sexta negra (Pupila-del-Ojo) que, aun apócrifa, venía a representar a otras tantas mujeres más o menos cercanas con las que nunca mantuviere semejantes confianzas. Suena la dulce voz de Carly Simon susurrándome al oído aquello de: Your´e so vain / you probably think song is about you / your´e so vain / I bet you think this song is about you / don´t you, don´t you… y, sumido aún en melosa duermevela, fui tan creído que pensé que esa canción estaba hecha para mí. Lo que en realidad sonaba era la música programada del despertador que, desde la mesilla, venía a disipar mi evanescente sueño con la misma facilidad como se esfuma una nube en el café.