Purgatorio

«Yo me volví hacia un lado, con pavura, / de abandonado estar, cuando veía / delante de mí sólo la tierra oscura» (Dante Alighieri. La Divina ComediaCanto Tercero: AntepurgatorioIII, 15-18)

Ese dantesco antepurgatorio de los arrepentidos existe y, tal como nos lo describiera el propio Dante, es una especie de playa a la que he tenido la aciaga ocasión de visitar en cuerpo presente al recalar -mediado este ferragosto- en las orilladas urgencias hospitalarias de una ciudad insular de esas híper turísticas. De sobra sabía yo que en un hospital pego menos que un pósit reciclado, pero lo que nunca hube imaginado es que sus aposentos fueran la antesala desde donde llegaría a franquear los primeros repechos de las siete gradas del purgatorio.

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Piernas

«Está claro que las mujeres son más inteligentes. ¿Has oído a alguna que pierda la cabeza porque un hombre tiene piernas bonitas?» (Faína Ranévskaya)

Recuerdo la sorpresa que -en su momento- me causó una narración de esas que el maestro Vila-Matas parece que las escriba desde un balcón asomado al vacío, donde venía poco menos que a descubrir el movimiento en reposo (algo así como baile y literatura vibrando al compás) inspirado por la simple contemplación de una foto artística de Hans Finsler (Estudio de piernas, 1930) que tenía enmarcada en su biblioteca. Una imagen en la que el artista suizo-alemán hubo capturado con exquisita elegancia los tantos matices del recatado cruce de piernas de una mujer con un libro en el regazo, en lo que parece sugerir la calma que precede al baile. Mi asombro se debió no tanto a la original digresión literaria del autor como al hecho de que yo también guardo una foto parecida e igualmente magnética (aunque no tan recatada, tratándose como se trata de un anuncio de pantis) que lleva aguantando una pila de años encumbrada -a título de musa- en todo lo alto de la estantería del estudio.

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Vivir

«Au milieu de l´hiver, j´apprenais en fin qu´il y avait en moi un été invencible» (Albert Camus)

Bajo la gloriosa luz de una mañana líquida -como nos revelara Camus en su retorno a Tipasa- yo también encontré lo que andaba buscando y así “en medio del invierno entendí al fin que había en mí –en mi interior– un verano invencible” presto para acudir al rescate. Supe que vivir -ser humano- no es solo una ciencia biológica consustancial a nuestra química orgánica (que también) sino más bien un arte que florece a partir del amor recibido y en el que, en su esencia más pura, cada uno de nosotros es tanto el artista como la obra.

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Zum

«Zum (adaptación al español de la voz inglesa zoom): Objetivo de distancia focal variable, que modifica el ángulo de visión con el efecto de acercar o alejar la imagen» (RAE)

Si haces caso a los innumerables medios, a poco que te fijes, casi todo lo que se nos (re)presenta visible y con apariencia de verdad incontestable (desde los anuncios de lavavajillas hasta las distintas manifestaciones del arte con mensaje implícito o, no digamos ya, los repiqueteados eslóganes panfletarios de algunos políticos) viene envuelto -como los caramelos- en el papel parafinado del influjo a medida de algún sobrevenido sermón social dominante. Por intentar sustraerme de tan molesto e incesante manejo político-sociológico que por tierra, mar y aire bombardea sin descanso nuestra improbable individualidad, vengo en aplicar el viejo truco de abrir o cerrar el zum para así desplazar el foco de esa publicitada pseudorealidad y tratar de reconocerla, no como la venden los tantos e interesados charlatanes sino desde una cierta (o, al menos, propia) perspectiva.

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Encanto

«El encanto es más que belleza» (proverbio yiddish)

Puede sonar frívolo pero, como al tío Óscar (Wilde), yo tampoco he conocido ni conozco mayor encanto que el ofrecido por la sonrisa gratuita de la juventud. Cosa que he vuelto a ratificar -bien que a la manera cinematográfica- viendo y volviendo a ver Parthenope, metáfora ilustrativa y genial del hechizo femenino (imagen, a mayores, del encanto en general como cualidad connatural solo al alcance de ciertas criaturas privilegiadas) encarnado para la ocasión en una mítica sirena napolitana, renacida de las aguas por el gran Paolo Sorrentino (el mismo que pergeñara La Grande Bellezza) para gozo y deleite de los sentidos, despertando de paso nuestros más nobles y profundos sentimientos.

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Trópico

«El caos es la partitura en la que está escrita la realidad» (Henry Miller, Trópico de Cáncer)

Viviendo como vivimos en un mundo convertido en parque temático global, doy en viajar al t(r)ópico (entiéndase trópico-tópico) de playas interoceánicas, ríos de aguas bravas, exuberantes selvas tropicales, vida silvestre… gallopinto y café. Desde la capital costarricense nos dirigimos (GPS mediante) por entre una enmarañada red de carreteras -que aquí llaman rutas- hacia Puntarenas, nuestro primer destino. Según nos acercamos a la costa la cosa se va poniendo chunga por momentos a causa de Sara, una persistente y desatendida tormenta tropical con derrota hacia el Pacífico. No sin cierto desasosiego llegamos a nuestra cabaña (una de las tantas que aparecen como “plantadas” sobre esa luenga lengua de arena que da origen a su topónimo) rodeada de arqueadas palmeras que pliegan sus abanicos para defenderse de las fuertes ráfagas de vientos racheados. Frente a nuestras mismas narices la tarde gris se apresura en apagar la luz del día sobre un amenazante océano batiendo las playas con fuertes marejadas, desluciendo así la foto de su tan reconocida imagen turística. Llueve a mares y detrás de nosotros, a escasos metros, el estero y los manglares ya desbordados parezcan estar a punto de inundar la (única) carretera de salida. Pies para qué os quiero, ponemos rumbo de vuelta atropellada a San José.

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Azul

«Mi crimen fue vestir / de azul al príncipe gris…» (Es mentira, Joaquín Sabina)

La vida es gris en un mundo azul, o viceversa. Sea como fuere, gusto revestirla -aun a riesgo de estar cometiendo el mismo crimen que Sabina- del color del ensueño, el rubendariano (Rubén Darío) color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y del firmamento, acuarela de los siete mares color azul. Así nuestro hombre del traje gris investido de príncipe azul transmuta, anodino o brillante, en gris y azul. Es como si al consustancial gris marengo de la existencia le cupiera teñirse de color en las lejanías de lo azul, en todo caso ¡ay! de un azul prestado.

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Casas

Nunca está del todo claro qué convierte un espacio en un hogar, o un proyecto de vida en una vida” (Valeria Luiselli)

No todas las casas que he habitado me han habitado (ellas) a mí, pero casi. Por no pocas he ido desfilando desde aquella antigua casa familiar coronada por un misterioso y destartalado desván donde quedaron apilados mis preciados, aunque escasos, recuerdos de la niñez. Visto en retrospectiva el tiempo transcurre muy deprisa y al despuntar de la adolescencia empiezas a sentir que ese hogar que antaño contuvo tu primer universo va quedando relegado a un segundo plano, hasta acabar convertido en algo así como un doméstico y acomodaticio lugar de acampada. Luego, las lejanías de una juventud errante te llevan a explorar el futuro (salvo cuando, como el turrón, vuelves a casa por Navidad) transitando sin rumbo los tantos espacios ajenos, vibrantes pero efímeros, a la busca de alguna forma personal de asentar tus reales en este mundo, algo que solo sientes materializar cuando habitas tu propia casa.

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Una nube en el café (cuento de verano)

Al calor del efímero y embriagador sabor del verano sus noches tan cortas esconden los más largos sueños. Esta que sigue no es sino la versión libre de uno muy especial (mi particular Sueño de una noche de verano) que -al igual que el clásico- vino a velarme la noche del día de San Juan. Como pasa con todos los sueños, cabe revivir más la atmósfera en que se envuelven que su pertinaz transcurrir siempre inmerso en un aparente caos. Así sé que flotaba en el aire un barroquismo vaporoso cercano a una lejana ambientación teatral de Francisco Nieva que yo había presenciado de jovenzuelo y que -como el rey Oberón- tuve la ocasión de respirar insuflado por el volátil ondular multicolor de fantasmales sedas agitadas por las hadas del bosque; al mismo tiempo, esa veta shakesperiana me transportaba al Romeo y Julieta en aquella neorromántica versión cinematográfica de Franco Zeffirelli, con una Julieta adolescente (la cautivadora Olivia Hussey en flor) impregnada de ese aroma de lo eterno que trasmiten los acordes al piano de Henry Mancini interpretando el fascinante tema de amor que compusiera Nino Rota… y, sobrevolándolo todo, el fluir de un erotismo orientalizante como el que infundiese Pasolini a la poética de unos desnudos cuerpos sin culpa en la adaptación al cine de Las mil y una noches, así como al resto (El Decamerón y Los Cuentos de Canterbury) de su recordada “trilogía de la vida”. 

Tal era la “escenografía” de mi sueño, pero lo insólito de su argumento parecería sacado de uno de esos tantos cuentos orientales ahí recopilados y, más concretamente, la “Historia de las seis jóvenes de distintos colores” que hubiera sido versionada solo para mí. Así, en lugar de las seis jóvenes esclavas (hermosas cual otras tantas lunas) del harén en Bagdad, me veía rodeado por un ramillete de lindas mujeres a las que me unía haberlas conocido en distintos momentos de la vida. Reaparecían aquí en todo su esplendor, recostadas junto a mí en aquellas apacibles dependencias para común deleite en una sensual actitud de lo más complaciente: la primera era blanca (Cara-de-Luna) que fuera mi primer amor de adolescencia; la segunda morena (Llama-de-Hoguera) aquella con la que ardieron todas las pasiones de mi primera juventud; la tercera gruesa (Luna-Llena) mujer divina, dueña de una inusitada belleza casi inhumana; la cuarta delgada (Hurí-del-Paraíso) de inolvidable perfil griego y unos ojos moriscos con los que, en su día, me vino a partir el corazón; la quinta rubia (Sol-del-Día) ámbar y oro personificados en una estudiante escandinava a la que había conocido en sus andanzas sevillanas para documentar su tesis; la sexta negra (Pupila-del-Ojo) que, aun apócrifa, venía a representar a otras tantas mujeres más o menos cercanas con las que nunca mantuviere semejantes confianzas. Suena la dulce voz de Carly Simon susurrándome al oído aquello de: Your´e so vain / you probably think song is about you / your´e so vain / I bet you think this song is about you / don´t you, don´t you… y, sumido aún en melosa duermevela, fui tan creído que pensé que esa canción estaba hecha para mí. Lo que en realidad sonaba era la música programada del despertador que, desde la mesilla, venía a disipar mi evanescente sueño con la misma facilidad como se esfuma una nube en el café.

La vida en los zapatos (cuento de verano)

Desde niño y hasta su juventud había pasado largas horas en una habitación que hacía de estudio en el semisótano de la casa familiar asomada a una calle muy concurrida de la ciudad. En su frente de fachada, bajo el techo de la estancia, cruzaba de lado a lado un ventanuco enrejado de apenas dos palmos de altura por donde se filtraba la cambiante luz exterior rebotada sobre el ras de la acera tras unos cristales matizados de polvo, cuando no salpicados por la lluvia. En esa especie de pantalla se venía a retroproyectar un interminable plano-secuencia de zapatos andantes, reflejo pedestre del constante trasiego humano que día a día veía discurrir por aquella tronera, como parte de una sucesión de fotogramas evocadores de antiguas y fascinantes películas reestrenadas en las igualmente maravillosas -bien que decrépitas- salas de sesión continua. Tal circunstancia unida a su natural perspicacia le habían hecho especializarse en lo que podríamos denominar la psicología de los zapatos: sentir la precaria y gris existencia marcada en aquella mayoría de gentes (hombres y mujeres) de andares atropellados calzando unos sempiternos y gastados zapatones negros; evidenciar la prepotencia anunciada en algunos relucientes “oxford” con costura inglesa asomando por entre los bajos de un pantalón muy planchado; percibir ese primaveral aire desenfadado que despiertan los primeros mocasines de la temporada; advertir la fría seducción de unos “stilettos” de tacones imposibles realzando unas pantorrillas inalcanzables… o quedar prendado ante la naturalidad de unas simples “bailarinas” con el andar muy dulce que, al paso y casi sin querer, van aventando a su alrededor (sencillas y tiernas) palabras de amor. Hoy es un ejecutivo de éxito, pero desde hace un tiempo se muestra inseguro en sus relaciones sociales y comerciales. Él lo achaca a la globalización vulgarizadora en la moda de los zapatos, más concretamente a esa interesada burbuja “sneaker” que nos vienen vendiendo las grandes marcas del calzado deportivo y con la que llevan ya algunos lustros uniformando el mundo.