Sensibilidad

Me gusta imaginarnos cómo a unos seres redonditos rodeados de unos filamentos muy finos.

Finos como el pelo de un gato.

Pero largos, mucho más largos.

Tenemos muchos de esos tentáculos, cientos de miles de millones.

Cada uno por una persona, un sitio, una cosa que nos tocó el corazón algún día.

Algunos filamentos son mucho más largos que otros, siguen creciendo a pesar del tiempo y la distancia y se enrollan, y se enredan en aquello que aman.

Es por eso que al volver a ese sitio, esa persona, esa cosa, sentimos un pellizco en el corazón. Los hilos más largos salen directamente de ahí, y les encanta recordarnos lo que nos hace felices.

Tiempos salvajes

Recuerdo haber vivido en aquel otro planeta.

El aire era denso y el calor insoportable, y muchos días apenas reunía fuerzas para acercarme a la ventana.

Lo hacía porque era en espectáculo ver crecer las flores en las veredas, de esos tonos tan luminosos que parecían eléctricas.

Luego, de un momento a otro, ardían. Tal era el calor que hacía en aquel otro planeta.

Recuerdo haber vivido en aquel otro planeta.

La gente estaba triste por lo ocurrido años atrás en las afueras. Nadie se atrevía a mencionarlo, y los que no nacimos allí nada sabíamos realmente. Una atmósfera de culpa flotaba en el ambiente, y se nos castigaba por ello varias veces al día.

Recuerdo querer irme con todas mis fuerzas, pero él me habría encontrado allá dónde fuera. Sería como llevarme ese planeta a rastras a uno mejor. Y yo jamás haría eso.

Recuerdo dormir mucho en aquel otro planeta… e intentar no ver a las pesadillas acecharme en las esquinas de la casa como tigres diminutos, esperando el ansiado momento en el que avalanzarse sobre mi y hacerme trizas.

Sólo para no hacerme trizas en realidad. Sólo para volver a despertarme y volver a vivir ese tormento.

Recuerdo la vida en aquel otro planeta. Pero sobre todo recuerdo la muerte.

Te recuerdo siempre de espaldas, y yo de frente.

Te recuerdo gritar sin decir nada. Te recuerdo gris. Te recuerdo…

Sincronicidades

Una hoja de papel vieja asoma entre las páginas de un libro aburrido en el mercadillo.

El libro intenté leerlo hace años y es horrible, pero esa hoja vieja me resulta extrañamente familiar; verde pastel muy desgastado, gruesa…

Tanta es mi intriga,  que me sorprendo pagando al vendedor un euro con cincuenta por ese libro horrible que sin duda dejaré  «olvidado» en el transporte público de vuelta a casa.

Me voy a un lugar apartado, porque sé, estoy segura, de que esa hojita de papel dice algo importante, relevante. Algo que tendrá de alguna manera un impacto en mi, y no quiero ser molestada mientras la lea.

Entonces abro esa hoja que parece ser una carta y leo:

«Querido Pablo…»

Me quedo mirando la hoja sin ver, sin leer… diría que sin respirar. Pasado, presente y futuro se mezclan con tres mil multiversos diferentes, arrojando un torbellino de miles de imágenes confusas, unas trescientas por segundo, en mi mente.

Acto seguido me levanto y la hoja y el libro van directos a la papelera; una historia horrible y una historia de pena* se harán buena compañía en la basura.

Y me alejo, rápido, lo más rápido que puedo… no me gustan las sincronicidades.

*de mierda, quise decir.

Escribiendo…

Y yo te escribo, aunque sé de sobra que no sabes leer.

Te escribo en el cielo, en el mar, en el aire. En el suelo, en las paredes, en las calles…

Mensajes de más de diez mil palabras surcan veloces por el canal de la telepatía.

Te escribo en papel, pero el cartero destruye mis cartas. Te escribo en tu mesa con un punzón afilado, tan afilado que duele.

Te escribo en la piel con mi terrible caligrafía, pero apareces desnudo en mis sueños sin mácula.

Te escribo hasta perder la voz, hasta que me tiembla el pulso.

Te escribo, te escribo y te escribo… y tú no sabes leer.

Pero me entiendes.

Friendly reminder (parte I)

Esto es un recordatorio amoroso para ti si has superado o sobrellevado una relación con un/a narcicista, persona con poca empatía, con poca responsabilidad afectiva o te han roto el corazón. Ya sea pareja, madre/padre, compañer@ de trabajo ❤️

Te abrazo

  • No te sientas culpable, no fue culpa tuya.
  • No tienes que castigarl@, te aseguro que la vida se encarga. En general este tipo de personas no son especialmente felices.
  • Seguro que hubo momentos buenos pero ¿valen la PENA?
  • Tus pensamientos no te definen. Eres increíble.
  • No te sientas mal por no haber sabido poner límites. Aprendiste y ahora sabes relacionarte más sanamente.
  • Abraza a tu yo en su peor momento del pasado y dile que todo va a estar bien.
  • Crees que lo mejor ya pasó o sólo puede pasar con esa persona, pero no es cierto, y lo sabes.
  • No eres débil por tener empatía y buenos sentimientos, sólo tienes que aprender a protegerte.
  • Ve a dónde eres celebrad@ y no simplemente tolerad@
  • Quiérete mucho, Quiérete bien
  • Es normal sentirse triste a veces y echar de menos a esa persona.
  • Haz hoy algo que te encante para demostrarte cuánto te quieres
  • Vive en congruencia. Si no te sientes bien, no es ahí

Cartas para Pablo, carta sin numerar

Praia do Paço, Portugal

Querido Pablo,

Hace tanto que no te escribo que tu nombre me suena desgastado.

A fuerza de forzar (valga la redundancia, porque me da la gana) lo que no fluye, se ha ido disolviendo como un tinte en el agua. Lo que era rojo encarnado ahora es un rosa muy… mono, pero que no dice nada.

Porque si los colores hablaran, el rojo diría: ¡sangre!, ¡lucha!, ¡fuego!, ¡pasión!, ¡locura!, ¡rabia! Te amo, te odio. Me importas…

Pero el rosa… ¿que dice el rosa? Habla tan bajito que ni se escucha.

Cierro los ojos y siento rabia. Y no debería,  porque ya sabes eso que dicen de que no es el otro, eres tú y bla, bla, bla.

Y lo que más siento, mejor dicho, lamento, es que seas mi último amor. Porque el amor ya me parece algo que leí en un libro muy raro y confundí con la realidad. Ahora ya no tengo ganas.

Me instalo en mi paz con mi revista y mi silla de playa, demasiado cómoda ya cómo para volver a tirarme de cabeza a ese océano tan arisco que mujeres más jóvenes llaman amor. Las miro atentamente mientras me cuentan anécdotas, con el corazón encendido (de rojo) , pensando aunque no lo digan que yo nunca sentí lo que sienten ellas.

Y yo les doy la razón en silencio. Porque ¿quién soy yo, Pablo, sino una soñadora que pecó de pasar demasiado poco tiempo despierta?

Te escribo y divago, porque son tántas las cosas que dejaste a medias… y tengo que ir una por una acabándolas, cerrándolas, amordazándolas e incluso hablándoles para que se callen.

Porque no estás pero estás. Estás hueco, vacío. Y yo te voy rellenando.

Para que tengas sentido, y no seas

mentira.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar