Que cada vez que apagamos la luz del dormitorio se cae un pájaro del techo. «Buenas noches», nos decimos. Y luego se escucha su cuerpo aterrizando contra el suelo. Un chof de sangre y plumas. Yo sé que tú también lo oyes, aunque haces como si no. El pobre se nos queda agonizando a los pies de la cama durante horas. El pico ligeramente abierto, el brillo de los ojos cada vez más oscuro, la respiración entrecortada, los temblores de alas, en fin.
No sabría decir cuándo le nacieron esos dos nuevos botones al ascensor. Un 6 y un 7 relucientes, espléndidos, de una redondez lunar, pero absurdos en cualquier caso al tratarse de un edificio de cinco plantas.
Aunque lo intento, no logro recordar en qué momento brotaron. Sé que antes no estaban y que ahora sí. Y que me miran cada noche, al regresar a casa derrotado de tanto día. Y que me chistan a veces, eso también lo sé, como si quisieran que los pulsara. Y que yo siempre estoy a punto de hacerlo; a puntito.
Papá es cazador de leones. Le encanta su trabajo, aunque todavía no ha coincidido con ninguno. Nadie se lo echamos en cara porque sabemos que no hay leones por donde vivimos. ¿Qué le vas a pedir al pobre? Nos vale con ver lo bien que otea el horizonte en los días claros, con la mirada perdida allá lejos. O como anda con la cabeza gacha, siguiendo el rastro de vete a saber qué pisadas.
Por las tardes se queda muy quietecito en el sofá y cierra los ojos para concentrarse al máximo. Se pasa horas haciendo esos rugidos suyos de reclamo, pero ellos nunca vienen. «¡Papá, un león!», le gritamos a veces para a ver si reacciona. O le mordemos un poco las piernas. Él nunca hace nada. Nos mira triste, como si añorara alguna selva, y continúa inmóvil.
Mis hermanos y yo le regalamos a papá un móvil con botones grandes. Los números son enormes. Gigantescos. Monstruosos.
Si vierais ese uno… es como una carretera a Las Vegas.
Con el anterior teléfono me mandaba mensajes sin espacios. “Vasatardar”, me puso un día que llegué tarde. Sin espacios ni interrogaciones. “Vasatardar”, decía la pantalla.
Pero con el nuevo móvil ni siquiera tiene que escribir. Se lo compramos con una botón rojo de emergencia que, solo con pulsarlo, manda un mensaje de auxilio a los contactos más cercanos. “¡Necesito tu ayuda!”, avisa, con sus espacios y sus exclamaciones. Terroríficamente correcto.
La primera vez que recibí uno de esos mensajes me paralicé. Esas exclamaciones parecían apuntarme a mí directamente, no sé si me explico. Pero con el paso del tiempo uno se acostumbra a todo.
Mis hermanos y yo recibimos una media de cinco mensajes de esos cada día. A papá se le pulsa el botón cada vez que se sienta y se levanta, cuando pone a cargar el móvil, siempre que intenta sacar la cartera. El impacto inicial ha perdido fuerza y nosotros, sus hijos, seguimos haciendo nuestra vida. Sabemos que es una falsa alarma. Y aún así, todos lo sentimos. Nunca lo he hablado con ellos pero sé que también lo notan. Los signos de exclamación… nos… apuntan… directamente.
Escrito realizado para el taller de escritura de Matías Cañorroto. Más información de esta actividad, por aquí.
Tengo dos gatas. Cualquiera que haya estado en mi casa y sepa contar lo sabe. Llenan las habitaciones de pelos y de un ruido nervioso de arañazos sobre la tarima. Pero sobre todo de pelos. Un gato es 95 % pelo y 10 % uñas.
Por eso hay veces que se vomitan a sí mismas. Vomitan bolas de pelo en un proceso de autodestrucción muy parecido a la escritura. Afortunadamente lo suyo tiene solución. Basta con darles malta, una pasta color miel que ellas engullen a lametazos.
Una vez cometí el error de dárselo mientras estaba en el baño. Ustedes ya saben; ahí se producen ratos muertos, eso es innegable. Y desde entonces me acompañan al vater como perritos falderos.
Se me quedan mirando fijamente. O dibujan ochos entre mis piernas y ronronean, que es el suplicar de los gatos. Y yo también les suplico, les suplicó intimidad, pero ellas en cuestiones de comida no escuchan lo que no les interesa.
No siempre les doy malta y ahí está el problema. A veces voy con prisa o estoy despistado o simplemente me enfado con ellas por esa insistencia tan suya. Y, como digo, ahí está el problema.
Lo vi en un documental. Es precisamente la incertidumbre lo que crea la adición. El premio arbitrario es lo que te engancha. Por eso sigues echando monedas a la máquina tragaperras, por eso nunca no sabes cuándo parar. Tan sencillo como creer que a la próxima podría ocurrir. A la próxima será, piensan mis gatas. Y me miran muy atentas mientras estoy en el baño.
2. Aquí las gatas tienen ojos, no sé en otras casas. Nunca menos de uno ni más de dos.
3. Aquí las costillas son cóncavas para facilitar el descanso por apilamiento de cuerpos. Siempre hay alguien encima de alguien dormitando a la hora de la siesta.
4. Aquí sobre todo hay libros. Libros que te vigilan desde las estanterías. Libros que duermen en cajas. Libros en el sofá, en la mesilla de noche, por el suelo, comiéndole espacio a la alfombra.
5. Aquí se suda. Que lo sepan tus poros. No es que haga calor. Ocurre que fuera hace un frío que empaña hasta el cristal del microondas.
6. Aquí la lavadora (ojos: uno) gira al revés y… por lo tanto… es algo fácil de deducir… saca la ropa más sucia de lo que estaba.
7. Sin ambages: aquí sobre todo hay libros. No me gustaría ponerme pesado, pero tampoco quiero que haya dudas a este respecto.
8. Aquí, cuando algo nos gusta, ronroneamos. Cuando algo nos gusta mucho, ronroneamos mucho. No escatimes en esto.
9. No me vengas con que eres muy pequeña. No me cuentes que tú utilizas pañales. Aquí somos muy estrictos con cambiar el rollo del papel higiénico cuando se acaba. No nos gustaría echarte por una tontería así.
10. Lo de los libros. Acuérdate de lo de los libros.