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En la apuesta de la vida: un pleno al 15. ¿Mi suerte? Incalculable. Mi pequeño: único, inigualable, imprevisible.

Ya tengo que ponerme de puntillas para darte un beso y felicitarte. Ahora eres tú el que me envuelve en tu abrazo y el que (casi) sin esfuerzo puede levantarme. ¡Ay! Tan pequeño y, a la vez, tan grande.

Qué tendrá el tiempo que deja solo buenos recuerdos, borrando todas esas noches en las que tantas veces nos despertabas. Quién nos iba a decir que las echaríamos en falta, ahora que hay que sobornarte con café para sacarte de la cama por las mañanas.

Gracias por hacerme reír cada día. Por tus interminables historias, por bombardearme con información sobre el universo Marvel y contarme todas tus movidas; por llamarme sin dudar cada vez que me necesitas. Por ser como eres, por convertir mi vida en caos. Por compartir conmigo tus camisetas y darme a probar tus postres y tus helados, aunque solo sea para que luego te deje probar yo.

Sigue siempre así: libre, independiente; encuentra en el mundo tu lugar, ese que ni siquiera estás buscando. Soy consciente, y para ello, necesitarás tu espacio. Yo me alejaré de a pocos, muy despacio. Pero siempre estaré cerca: porque por mucho que crezcas, nunca soltaré tu mano; siempre cabrás en mis brazos.

Por muchos otros 12 de septiembre. Felicidades, pequeño.
No sabes bien cuánto te quiero.
Má.

Y así, a pesar de mi poca tolerancia hacia los números dobles y los pares, he llegado a cumplir cuarenta y cuatro: cifra que no tiene la decencia de tener un solo divisor que pueda parecerme medianamente aceptable, y que no puede ser más simétrica y redundante.

Uno más, que no sé bien si suma o multiplica, ya que vengo notando desde hace unos años que, a partir de cierta cifra, el tiempo se organiza en forma exponencial. Las semanas son más cortas, las noches mucho más largas, los segundos corren, los días vuelan, pero las tardes de los viernes tardan siglos en llegar. Mientras tanto, en paralelo, mi pequeño crece y crece mientras yo me quedo igual.

Pocas cosas han cambiado, pero la evolución es necesaria e inconsciente; en algún momento acepté que el tiempo no es permanente. Antes devoraba libros; ahora esa batalla la ganan las horas de estudio y el sueño. He extrañado la impaciencia, que creía imperdible. He pasado páginas, desconocido a personas. Me he sentido sabia y poderosa, e ignorante y perdida como la que más. He entrenado el doble, pero mi fuerza se dividió por mitad. He perdido hasta la voz, que un día quedó atrapada entre las cuerdas de mi ukelele, en una melodía imposible, y ya jamás volvió.

Pero hay constantes eternas que me hacen sentir en casa. Mi lugar del mundo: Alaska. Mi color es el azul. Mi playlist: indefinible. ¿Mi límite? No sé aún. Mi mes preferido: agosto. Lo que muestro es lo que soy. Mi anhelo: soñar despierta. Mi día favorito… HOY.

Y explícame, que no recuerdo; cómo se deja atrás esa libertad salvaje; en la que el huso horario no importa y su uso todavía importa menos. Esa otra vida en la que las tormentas arrancan a traición provocando carcajadas y en la que puedes bailar bajo la lluvia sin correr para escaparte porque el sol te alcanzará sin anunciarse. Dime cómo aprender a perder las grandes costumbres nocturnas, las de dormir sin paredes, entre el aullido del lobo y la oscuridad profunda.

He vivido en una nube, he surcado el cielo. He observado los inicios del mundo y a ochenta metros bajo tierra he navegado ríos subterráneos sin ningún miedo. He observado caer cascadas fosforitas, nacer estalactitas, me he asomado a abismos casi infinitos. He probado a hablar en cuatro idiomas sin conocer ninguno; ni siquiera el mío. He creído en los milagros con fe y con escepticismo. He lanzado hechizos, volado en escobas; he perseguido a las ardillas en el centro de una gran ciudad. He vuelto al futuro, viajado al pasado, disfrutado el presente en esta irrealidad. He leído libros y más libros. He escuchado más de cien canciones de los grandes rimadores. He reído, he saltado, he nadado, he dormido. He perdido la cuenta de todos los besos y abrazos que he dado y he recibido. Silvestre, desenfadada, sin preocuparme de nada; dejando el estrés y el móvil en el olvido. Caótica y despeinada; las gomas de pelo que llevé, las he perdido. El tiempo volaba y a la vez era eterno, un reino de anarquía en el que la obligación no iba conmigo.

Explícame, cómo lo hago; cómo volver al día a día sin perder ningún fragmento de todo lo que he vivido.

 

Puedo sentir tu rabia como mía y aún así disgustarme y, a la vez, comprenderte.

Puedo abrazar tus lágrimas, aunque surjan como consecuencia de tus actos.

Es inevitable que me enfurezca un poco y, también, que me duelas y lo lamente.

El aprendizaje no te lo darán las penas ni los perdones, pero con suerte el equilibrio entre ellos algún día te enseñará que hay consecuencias irreversibles y que otras, con el tiempo, se subsanan y se olvidan o se relativizan.

Dentro de unos años, es posible que no recuerdes el motivo por el que hoy te has enfadado con vehemencia ni esa estúpida nota de mates que te lleva de cabeza; pero es más que seguro que no se te olvidará la diferencia que puede marcar un punto más de interés que se refleja en unas (malditas) décimas.

Te aseguré que los números son solo números y que todo esfuerzo siempre tiene alguna recompensa; pero también intenté hacerte entender que no siempre el intentarlo es suficiente y que a veces el empeño no te asegura los logros ni los éxitos, pues estos no siempre se obtienen conforme a tus expectativas aún cuando mucho lo deseas.

Y por favor… sonríe. Que un tropiezo no te nuble la confianza y la memoria. Que no hay que dejar crecer esa culpa, tan grande que te ciega e intentas compartirla mientras yo intento no hundirme en ella. Que, aunque a ti te vaya el mundo y solo pienses en lo que has perdido, te aseguro que las cosas realmente importantes no son las materiales y que tu frustración de hoy ni te va a pasar factura ni será tenida en cuenta; porque sé que no es posible gestionar los contratiempos con tan solo trece años siempre de forma perfecta.

Caminaremos juntos… y por supuesto que conseguirás reencauzar tu camino. Siempre me tendrás a tu lado; siempre de apoyo; siempre contigo. Y aunque hoy estés enfadado con la vida entera; mañana saldrá el sol y te aseguro que lo verás todo de otra manera.

Izad las velas, que hoy yo las soplo. Soltad amarras, que avanzamos; aunque intenté detenerlo, la vida al final me trajo hasta el momento en que estamos.

Un nuevo doce de mayo. Cumplir sueños, borrar fuegos, sumar años. Mi contienda contra el tiempo, en la que no queda claro si voy ganando o perdiendo.

Uno más, nuevos proyectos. Añadir más incoherencias a mi lista de deseos. Hacer que valga la pena, dejar huella, correr riesgos; Seguir soñando despierta, volar sin dejar el suelo; gritar a toda potencia sin que se rompa el silencio. Amar con todas mis fuerzas, odiar también si hay que hacerlo; atesorar los segundos, fabricar cien mil recuerdos. Un año como el que acaba; perfectamente imperfecto.

Vida extra, un nuevo intento.

¿Un año más… o uno menos?

Cuando un viaje se termina, otro paisaje comienza.

Se (re)inicia el calendario que, en septiembre, resetea. Los recuerdos de un verano que despacio, pieza a pieza, han formado un nuevo puzzle de emociones, de memorias, reencuentros y preferencias.

Si me dieran a escribir un folio en blanco, elegiría tatuarle letra a letra esta vida de pirata, con el parche que muestra una realidad a medias; la del reloj olvidado, la del sol bien caliente; la que te hace sentir distinto, relajado, inmortal, (in)diferente.

Elijo volar ligera, improvisando el viaje, con esta sensación minimalista que de a pocos se encuentra. ¡Da igual mar de arena o piedra! Que mi corazón de artista no soporta la (in)comodidad impersonal de una hamaca y por absurdo que parezca, con la cabeza en las nubes yo aún prefiero el cuerpo a tierra.

Escojo esta vida instantánea, sin horarios ni planes, en la que en muchos momentos me olvido del teléfono y de contestar a los mensajes. Me encantan estos días diseñados para cumplir deseos (in)alcanzables, en los que gasto más de la cuenta y despierto sin saber si es muy temprano o muy tarde. Elijo esta vida ambigua, loca, silvestre, salvaje… en la que mi hogar errante se encuentra donde estén ellos, mis dos compañeros de historia y de viaje.

Pero ahora que todo esto acaba, todo de nuevo comienza.

(R)establezco el caos dentro del orden y recupero mi existencia organizada y prosaica de (en)sueño e (im)perfecta que alimenta con su maravilloso día a día, mi alma torturada e idealista de inagotable turista y de frustrada poeta.

A veces con cumplir, no basta.
Hay que sentir el momento,
soplar las velas.

Vivir la fecha,
pensar deseos,
fijar tus metas.

Quemar la vida.

Y avivar el fuego día tras día.
Que de incendios los años van repletos
arrasando esta existencia que es caduca,
temporal e indefinida.

Y así pasan los años,
sumando experiencias,
sueños, fantasías…
con la sensación continua de viajar a la deriva.

Si no recuerdo ya mis últimas palabras, es porque el tiempo arrasó con las libretas que en mi cabeza se vaciaron de páginas tachadas, quedando tan solo la espiral llena de restos de papel arrancado y aquellas tapas azules desgastadas.

Si hoy las letras se agolpan apresuradas es por recuperar las hojas en blanco que aún con el precinto estaban. Y liberadas con una inspiración seguida de un suspiro de caracteres han hecho explotar el sinsentido del abismal vacío literario que me acompañaba.

Soy consciente que tal vez, no suenen acompasadas, pues libres brotan sus trazos como el agua cristalina del deshielo que buscando su camino fluye por arroyos nuevos.

Si hoy no escribo con la urgencia del que olvidó como se espera, es probable que al descuido, en un tropiezo, las pierda; y tan desordenadas queden las ideas que, mudando lógicamente a incoherentes, ni yo desearía escribirlas, ni nadie consideraría leerlas.

Si esperabas una historia que comienza, sigue, acaba; es que no me leíste nunca, ni entendiste de qué hablaba.

Si esperabas una historia que termina, enreda, empieza; no dejes tus perspectivas en las manos de un poeta.

Siempre es para siempre, hasta lo que una vez llegó para quedarse pero se terminó marchando. Todo aquello que consiguió tocarte el alma. Los recuerdos, los lugares, las personas, los momentos… hasta los instantes más fugaces se hacen eternos entre tu memoria y tu corazón.

Para siempre son los sueños no realizados, los deseos cumplidos, los amantes de una noche y los que se quedaron toda una vida a tu lado. Para siempre los amigos, los que desaparecieron y los que te hablan a diario, los están siempre contigo y los que solo te escriben de ciento a viento en ciertos días grises y en tu cumpleaños.

Para siempre son las cicatrices, tatuajes vitales que, aunque a veces invisibles, perduran en el tiempo. Son perpetuos los engaños y las decepciones; así como los aciertos y las decisiones equivocadas. Para siempre las ilusiones, las palabras dichas en voz alta, los pensamientos dormidos y la verdadera confianza.

El amor de tu vida es para siempre, aunque alguna vez se despiste en el camino y no siempre esté a tu lado. Son para siempre los días perdidos, distancias temporales irrecuperables. Para siempre también son los te quiero y las cartas que una vez escribiste, incluso las que no llegaron a su destino y quedaron perdidas sin leerse. Para siempre es la promesa de un compromiso eterno, y nada hay más para siempre y más permanente que eso.

Siempre serás para siempre… y que nada ni nadie te arrebate lo que eres, lo que vives, lo que sientes. Siempre.

Sospeché que estaba enferma mucho antes de que las autoridades dieran la voz de alarma. Antes de que nos prohibiesen salir de casa; incluso antes de que las farmacias se quedasen sin desinfectante de manos, los supermercados sin papel higiénico, antes de que desapareciesen todas las mascarillas y antes de que suspendieran los conciertos, el fútbol, los vuelos y los viajes.

Poner una fecha sería algo inexacto, pues uno no enferma de un día para otro. O quizá sí lo haga pero la ignorancia y el desconocimiento nos impiden ser conscientes de ello. Tal vez es la propia afección la que nos nubla los sentidos o puede que sea nuestro narcisismo el que no nos permite creer que no somos invencibles y que ya hemos caído. Porque no lo ves venir, no quieres verlo. No es como observar que te acercas a un puente en construcción al final del cual hay solo abismo. Solo corres, con los ojos vendados, intentando llegar a la meta sin parar el ritmo. El problema es que cuando quieres darte cuenta; la meta que creíste ver se disolvió entre las nubes y tú ya has caído. Por eso, no os puedo dar un día exacto en el calendario; pero a día de hoy, aunque entonces no lo supiera, sí puedo asegurar que algo en mí se rompió hace unos tres o cuatro años y obvié todos los síntomas. Como quien ignora un catarro mal curado; como quien sigue entrenando sin querer parar aún estando lesionado.

No me paré a pensar, ni me metí en la cama. La lógica imperó, ya que jamás vas al médico cuando crees que no te pasa nada o cuando sabes que algo ocurre, pero crees que se pasará. La fiebre me mantenía activa, y con el corazón acelerado, continué con mi vida atropellada. Comencé a alargar poco a poco las horas del día. A mantenerme ocupada: a estudiar, a trabajar, a ejercitarme, a cuidar de los demás… soltando lastre para aligerar la carga, perdiendo en el camino mi amor por la música, las letras, la conciencia y la calma. Pero nunca me paré a respirar ni pedí a gritos que me cuidaran… o quizá sí lo hice pero nadie me escuchaba. Y en medio de esa vorágine encontré la poción mágica; la ilusión perdida; el multiplicador del tiempo y, en tan sólo veinticuatro horas, aprendí a vivir dos vidas. A no detenerme ni un instante. A correr de un lado a otro para adelantar al tiempo y decir que todo está bien, saltando de mentira en mentira. Y así, con un reloj que marca 120 segundos por minuto y con mucho escepticismo previo; atardeció el 13 de marzo en Zaragoza y la noche más larga se nos vino encima, atrapándonos a oscuras dentro de nuestras propias vidas.

Acaté el aislamiento con preocupación, resignación y algo de enfado. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas, las cuentas bancarias daban vueltas en mis sueños; y el cuerpo se desencajó de dolor rindiéndose a la inercia que provocan las paradas inesperadas causadas por los frenos de emergencia. Organicé mi día a día, a mi velocidad convenida, pero mi propio reloj me traicionó dejando de monitorizar toda la actividad que hacía; decidió apagarse y devolverme mi vida. Volvió a sincronizarse el segundero con el sol cuando amanece, con la luna y las estrellas, con mis ritmos circadianos y, mis días volvieron a tener 24 horas. Volvieron a ser solo un día.

Y fue así como encerrada en la jaula más pequeña de la historia, años después de llamar a mi puerta desaparecieron la angustia, la prisa, la ansiedad, la tensión y la fatiga. Fue así como volví a disfrutar del mundo a cámara lenta, y así como volví a escuchar a las voces que hablaban en mi cabeza. Recuperé la paz que había perdido, recuperé la consciencia y la armonía. Fue así como mi vida se equilibró conmigo misma volviendo a avanzar a merced del ritmo pausado que marcan mis propios latidos. Y solo queda esperar a vencer el pánico y la agorafobia, soñando con que sirva a largo plazo todo este aprendizaje para que cuando salga el sol, para cuando seamos libres y el mundo vuelva a la normalidad de antes; nada vuelva a ser como era, que con vivir día a día, ya debería ser bastante.

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