Si hubiera algún modo de hacerlo, seguro escogería ser un poco más como tú y mucho menos como yo. No es que no me guste ser yo, es que me gustas mucho más tú. Hay tanto en ti que admiro: esa forma dulce y tranquila que tienes para creer en lo que a mí me cuesta, por ejemplo; o esa sutileza con que sabes estarte en el mundo, odiándolo todo pero sin perder la fe, para otro ejemplo; o la inseguridad tierna que usas para mirarte al espejo, mientras yo me aboco al desprecio vehemente de mi propio reflejo; o cuando dices «te amo» y yo sé que no es cierto. Es mejor ser más como tú, de eso no hay duda.
Me puse a pensar en cuánto de realidad nos perteneció de ese pedacito de sueño que nunca fuimos. Cuánto de nosotros dejamos uno en el otro en esos encuentros cortos, rodeados del desdén del que no quería: como dos viajantes cansados de un viaje que lleva años a punto de comenzar.
Pensé en algún beso teñido de ansiedad y de miedo, de no saber; signos que al final fueron del mismo talante que ha regido esta relación armada a fuerza de promesas y expectativas muertas antes de ser pronunciadas.
Podría alguien suponer imposible quererte, de eso estamos los dos seguros. No por ti ni por mí, sino porque es estúpido construir un amor sobre la inestabilidad de las expectativas. Menos uno que no defenestre de angustia. Sin embargo, quienes nombran lo imposible nunca hablaron contigo hasta el amanecer. Tampoco te tuvieron cerca cuando la realidad parecía estarse haciendo de agua y anegaba el mundo, convirtiéndolo en un lugar donde tú sabías enseñar a flotar y yo me empeñaba por hundirme hasta el fondo. O viceversa, da igual. Tú, que sí sabes cuán imposibles son los imposibles. Tú.
Me puse a pensar en ti con tu cabeza. Para ver de qué es que iba nuestro prospecto de nada. Y entonces descubrí que más allá de lo que sí hubo, son más las cosas que se nos quedan enredadas en hubieras. Y aún así, con tanto hubiera arrepentido, reconozco lo fundamental que me has sido para estar hoy, aquí, menos triste que de lo que estaría si no te hubieses atravesado en mi vida. Hay intentos que no comienzan, es cierto; que nunca comenzarán y, por ende, tampoco acabarán. Y no todo debe ser definitivo, no todas las veces. El truco está, diría yo, en aferrarse a la potencia y usarla para no dejar que la vida te consuma y que el amor exista aunque sea torpe y embrionario. Al menos.
Y ahora quiero ser un poquito como tú. Creer. Esperar que quizá, algún día, el viaje al fin comience y ya no seamos más viajantes sin destino, siempre a la espera de un lugar para tomarnos las manos y abrazarnos hasta que la fuerza de los huesos nos lo permita. Quizá tú, más que yo, sabes cuánto es posible lo imposible.