Sin traumas

En la riada de 1957, gran parte de los alumnos de primaria y secundaria de la ciudad de Valencia nos quedamos sin clase. Sin contar con que en la misma calle de Carniceros se cayó un edificio a plomo, víctima de las lluvias, los padres escolapios, como otras muchas instituciones, transformaron las aulas, a toda prisa, en albergues para las personas que se habían quedado sin techo, que fueron muchas.

Estuvimos algo más de un mes sin ir a la escuela. Desamparados, desprovistos aún del maravilloso programa Teams, nos dedicamos en buena medida a la vagancia. Es así como, más allá de los repasos de lecciones a que nos invitaron en casa, más allá de los recados y las tardes de radio, los chavales de la barriada de Quart encontramos en el viejo cauce del Turia un verdadero parque de atracciones. Un paraíso silvestre en el que el barro se fue convirtiendo en arena, con dunas de auténtico desierto cuajadas de broza, enseres personales y cadáveres de animales domésticos arrastrados por el Turia.

El abuelo advertía del peligro inminente de tétanos, pero eso hizo más emocionante la transgresión, la fantasía de encontrar la aventura entre los restos del naufragio de la civilización. La otra alternativa era el desafío, aún mayor, de abrir el compás y llegar hasta la Alameda para ver las enormes máquinas traídas a Valencia para la campaña militar de retirada del barro. La normalización escolar, la pérdida de aquellos días de asueto inolvidables, llegó al tiempo de la intervención de los soldados en favor de los que lo habían perdido todo. Les trajeron barracones cuarteleros, de madera, y allí vivieron al menos un par de años mientras se empezó a construir el barrio de la Fuensanta.

Ahora, a la vista de la preocupación por los traumas sicológicos con que se contempla el riesgo de que los alumnos se queden unos días sin escuela, solo me queda el recurso de la sonrisa. Que crece y crece cuando veo las prisas con que se organizan manifestaciones sobre la utopía de que la normalidad de ayer vuelva de inmediato. ¿Pero no será más educativo enfrentar a los alumnos a una realidad sin tanto mimo? ¿Por  qué no decirles que tendrán que esperar un par de años a una escuela nueva, que quizá ya no va a estar en el mismo punto?

Por fortuna, la generación que hemos criado entre algodones se sacudió la mantita hace bien poco y, llamada por los tambores digitales, se fue a quitar barro. Estoy seguro de que en pocos días han aprendido todo lo que no les enseñamos sobre el riesgo de vivir en zonas inundables. Lástima que no hubiera esperándoles gestores resabiados que les dijeran a tiempo que no conviene tirar el barro a las alcantarillas. Y mucho menos una mesilla de noche entera, con su lámpara y el despertador.

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Domar la cólera

No es muy difícil estar de acuerdo en lo elemental: esta calamidad, el monstruoso fenómeno natural que hemos padecido de nuevo, nos ha vuelto a desbordar a todos como en siglos pasados. El Estado ha fracasado, decimos en el colmo de la tristeza y la rabia.

Sin embargo, hay matices y acentos. Cuando se dice Estado hay quien seguramente piensa nada más que en los políticos. Que tienen una enorme responsabilidad en tanto que son administradores temporales del Estado, pero no lo son todo. Mazón y sus consellers, Sánchez y sus ministros, es posible que hayan fracasado, que se hayan visto desbordados por la crisis. Pero no son, ni mucho menos, todo aquello que configura el Estado organizado, el Estado civilizado y de Bienestar digno de ser vivido en una democracia.

Una riada es una manifestación de la parte más salvaje y primaria de la Naturaleza. Desarbolado, el individuo es reducido a lo elemental –vivir o morir– y trasladado a la Edad de Piedra:  no tienes más que tus manos. Ese es el fundamento del dolor y la rabia de estos días: se acabó la protección, apáñatelas, sálvate. Y luego, limpia tu guarida, recupera tu casa, etc. porque el Estado de Bienestar se ha cancelado de repente y aquella orgullosa civilización, la de ordenadores y móviles, se ha roto en un instante.

No, junto con la clase política, también ha fracasado –por fortuna temporalmente— lo que da sustento a la civilización moderna. El coche, tan fundamental, convertido en ataúd y chatarra infinita. Y con él, la hidrología, las carreteras, el ferrocarril, la electricidad, las alcantarillas, el transporte, el agua potable, el gas, el 30% de la telefonía fija… y una pieza clave que no estaba con los humanos en todas las anteriores catástrofes: la telefonía móvil. El 22% de la red de móviles provincial desapareció y solo fue recuperado por entero el pasado sábado, en el duodécimo día de la catástrofe. ¿Es mucho o es poco tiempo? ¿Y por qué esa es una materia sobre la que no se polemiza? No deja de ser curioso que los señalados por la ira popular, los políticos, hayan tenido que trabajar con las mismas herramientas fracasadas que los damnificados sin cobertura.

Todo esto son, sin duda, divagaciones sin destino cierto. En la ola de indignación de los valencianos hay, qué duda cabe, orgullo herido, soberbia tecnológica vulnerada por la bestialidad de la Naturaleza. Ojalá –qué paradoja– sepamos canalizar la energía de la cólera por cauces de provecho: porque, convertida en firmeza serena, en razón de Estado, debería hacer cambiar nuestro destino como ya ocurrió en el siglo pasado. Recuperar esta provincia reclama muchas inversiones, mucho esfuerzo e ingenio y una gran generosidad por parte de todos. Para cólera y furia, para desbordamientos, basta con los del agua.

Publicado en «Las Provincias». 12 noviembre 2024

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Renfe se recupera de la inundación… de 1957

Emociona comprobar los grandes esfuerzos que Renfe y Adif están haciendo para recuperar la normalidad de su servicio por encima de los estragos de la inundación. En los últimos días, el ruidoso, a veces impertinente ministro Oscar Puente, se está ganando la aprobación de miles de valencianos por su discreta eficacia a la hora de reponer las infraestructuras destruidas y reponer los servicios ferroviarios.

Por eso es chocante, incluso emocionante por su humildad visual, encontrar una página del periódico “Las Provincias” donde se publicó el estado de servicio de la red ferroviaria regional. Lleva la fecha de 16 de noviembre; es decir, había pasado un poco más de un mes después de la inundación. Pero en el diagrama podemos ver las fechas de recuperación de las líneas, en algunos casos muy tempranas.

Todo hay que decirlo: “Las Provincias”, en 1957, tenía un redactor especializado en ferrocarriles, carreteras y servicios públicos. Era Luis Sanchis Orduña, que trabajaba en el periódico y en la Renfe.

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Desprevenidos: una historia que se repite

A la vista de las fuertes lluvias y de las primeras noticias de inundaciones, el que esto escribe, redactor-jefe de LAS PROVINCIAS, llamó a la Confederación Hidrográfica del Júcar para obtener información sobre el estado de los ríos de la provincia. Era el 20 de octubre de 1982 y un alto funcionario, responsable del área de aforos, me confirmó que “esta tarde es muy probable que el rio se desborde”. La siguiente llamada que hice fue a Gobierno Civil, donde fui atendido por la jefa de prensa, Rita Barberá. “¿Tú jefe, el gobernador, ha hablado ya con la Confederación?”. “No, no han hablado. ¿Y para qué han de hablar?”, fue la respuesta…

Pese a los grandes avances de la ciencia, pese a la existencia de satélites meteorológicos y predicciones muy avanzadas, la prevención aún era muy deficiente cuando se produjo la famosa Pantanada de 1982: la Confederación Hidrográfica del Júcar, a media mañana de aquel crucial día 20, aún no había hablado con el principal responsable gubernamental en la provincia de Valencia. La presa de Tous se desmoronó horas después, con la secuela de daños que es bien conocida.

La polémica política de las inundaciones de 2024 se centra en la prevención que se aplicó; a la luz de la información que se cruzó. Todo indica que, en la mañana del 29 de octubre, la atención de los técnicos de la Confederación se centró en controlar los aforos del rio Magro utilizando el pantano de Forata. El barranco del Poyo no reclamó especial interés hasta más tarde.

La falta de prevención se puede afirmar que es una constante en el comportamiento de los ríos y barrancos valencianos, particularmente violentos en sus avenidas. Si en las inundaciones antiguas es obvio que poca alerta podía darse a causa de la ausencia de medios rápidos de comunicación, en las modernas, las que ya se producen en los tiempos del telégrafo o el teléfono, tampoco hay visos de coordinación entre autoridades. En la inundación que Valencia sufrió en 1897, los barrios de las dos márgenes del Turia más toda la franja marítima se inundaron, en medio de cuantiosas víctimas y daños. No hubo una destacable presencia de las autoridades, que solo son mencionadas por los periódicos cuando empieza una campaña de donaciones benéficas para los damnificados.

Coordinación, llave maestra

La prevención y la coordinación de las autoridades en la alerta al público es la llave maestra en las inundaciones súbitas. En la inundación de 1949, se cita al alcalde Manglano Selva trabajando personalmente, con bomberos y otros empleados municipales, en el tendido de maromas con las que se logró salvar a algunos chabolistas que vivían en el cauce del Turia, en el paseo de la Pechina. Pero ese comportamiento ejemplar no es el modelo de alertas y avisos que se persigue.

En la famosa inundación de 14 de octubre de 1957, el alcalde, marqués del Turia, en la primera inundación, marchó hasta Nazaret con el gobernador civil para estar cerca de la zona más castigada, en la desembocadura. Y allí fueron sorprendidos por las aguas: las dos máximas autoridades del momento se quedaron refugiadas, junto con docenas de vecinos, en la comandancia de Marina. Mientras tanto, fue el diputado provincial Vicente Giner Boira, el que se quedó en el palacio del Temple, como responsable de la provincia, con apenas una deficiente línea telefónica a su disposición. En sus memorias, Giner Boira recuerda con emoción aquellos momentos terribles: durante la noche habló varias veces con un guardia que pasó horas en la plaza del Temple inundada, agarrado a uno de los postes del tranvía, aguantando la corriente.

Al día siguiente, desplegó dos órdenes: pedir a un horno no inundado que fabricara todo el pan que pudiera…y enviar un camión para rescatar al alcalde y el gobernador.

(Publicado en «Las Provincias». 16 noviembre 2024)

En la imagen, un grabado popular sobre la inundación de 1897

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Palpar al enfermo

En la tarde del jueves, un destello vino a alumbrar en medio del espectáculo televisivo de la inundación: con medios precarios, con apenas tres diapositivas improvisadas, el profesor Marco Segura, maestro de ingenieros en la Politécnica, abordó el porqué de lo ocurrido e incluso se atrevió a dar las razones que han demorado la aplicación de soluciones de ingeniería a esa red de barrancos que ha causado el terrible desastre.

Las televisiones llevan días bordeando el peligro de retornar, con la Dana, al antiguo Caso Alcácer. Las televisiones se nutren de heroísmo y drama, de dolor, rabia y agresividad política. Pero, cuando se agoten las pilas de la culpa, cuando se haga bien evidente el fracaso colectivo de los políticos y la banalidad de todas las alertas, igual abre también espacios a los que pueden explicar lo que ha ocurrido sobre el territorio y, como consecuencia, ayudar a que vayamos pensando en las soluciones.

Leer, leer y estudiar las pistas de la memoria. Sería buena cosa saber por qué Chiva se agrupó en torno a su barranco y si es verdad que la riada de 1776 le causó doscientos muertos. ¿Cuántas casas derribó la barrancada de 1875 y cómo se consiguió ampliar el cauce unos años después? ¿Se conservará la placa que recordaba la desgracia en el puente viejo? El profesor Marco, como el maestro Mateu Bellés, llevan años estudiando la Albufera y sus aterramientos, los barrancos y su angostura, el Turia de las chabolas y el Magro que no lo es. La Ingeniería, como la Geografía, no hace sino recobrar la memoria de lo que ha sucedido y sus razones. Palpa al enfermo, ausculta su respiración y traza un diagnóstico. Luego es la maldita política la que tiene que ordenar la cirugía, según sus presupuestos y prioridades y al hilo de esas cien regulaciones que en tiempos modernos hacen cada vez más difícil ejecutar una obra pública con la debida seriedad.

No va a ser difícil concluir que, en todos esos pueblos, donde abundaban las barracas, se vivía al compás del ciclo del agua y del arroz hasta que llegó el ferrocarril del marqués de Campo. Camino Real de Madrid, y vía férrea, en busca de Alzira y Xátiva. Y un barranco doméstico, siempre seco, que en algunas ocasiones se desmandaba.

Es hora de actuar, de limpiar y recuperarse. Pero hay que dedicar un tiempo, cuando se pueda, a releer todo lo que se ha venido escribiendo aparentemente para nada. Yo, en mi pequeño fichero, veo una fecha: 30 de marzo de 1976. El primer hipermercado de Valencia, el Continente de Alfafar, abrió sus puertas como gran novedad. El 2 de abril tengo anotado “embotellamientos enormes en la pista de Silla”. Nadie quiso perderse la fiesta. El polígono comercial –70 hectáreas– recibía hasta hace poco 150.000 visitas diarias.

(Publicado en «Las Provincias». 10 noviembre 2024)

En la imagen, dos vehículos dañados, en la confluencia de las calles de la Universidad y de las Barcas, tras la riada de 1957. (Colección Huguet)

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Lecciones de Geografía

Isaac Moreno Gallo explicó en televisión la España romana, como nadie lo había hecho. Pero ahora se ha hecho el dueño de las redes con un video didáctico sobre nuestros ríos, ese viejo barranco que ha causado tanta desgracia, y la Albufera, el lago milenario que acaba de sufrir un mazazo histórico. También ha hecho fortuna la noticia del botánico Cavanilles sobre la riada de 1775 del barranco del Poyo, que ya arrasó Chiva. Son, si queréis, elementos didácticos para una reflexión sobre lo consabido: lo que deliberadamente nos empeñamos en olvidar, un siglo tras otro y vuelta a empezar.

Los políticos riñen, se echan las culpas, traban ataques y defensas con un arsenal de normas y protocolos que la gente no entendemos. ¿Quién tiene que dar la alerta? ¿Y quién le ha de suministrar las razones para hacerlo? ¿Cuándo tenía que haberse dado la maldita alerta? ¿Y qué caso hubiéramos hecho donde ni siquiera llovía?

El debate político, ese rastrero ajuste de cuentas que nos va a inundar de manera inevitable antes o después, no va a servir de nada salvo para propiciar un lamentable desgaste del crédito que puedan conservar todavía los que tienen que ponerse a trabajar. Trabajar mucho, sin descanso y unidos como hasta ahora están haciendo: primero para conseguir una normalidad que por desgracia se va a demorar mucho tiempo; y en segundo lugar para estudiar a Cavanilles, para escuchar a Isaac y a otros cien expertos que hay disponibles, y aplicar las pocas, las muy escasas soluciones físicas que nos quedan.

Porque, descartado ahora el proyecto de desviar el barranco del Poyo al nuevo cauce del Turia, la tarea de aminorar, que no eliminar, el peligro de repetición de las inundaciones de los ríos y barrancos valencianos, es tan colosal como urgente, y tan difícil como costosa. Hemos colmatado el territorio, hemos castigado un suelo donde ahora vivimos y trabajamos apelmazados. De tal manera, que lo que era una esponja que absorbía agua y complementaba el papel atribuido por la geografía a la Albufera, es ahora una bandeja bruñida, un continuo de asfalto por donde el agua resbala con furia mortal.

Maestros y maestras, donde se puede dar clase, están explicando lo ocurrido con el video de Isaac. Es un principio elemental: si los alumnos entienden el porqué de las cosas, volverán a tener la noción de riesgo, el respeto a la Naturaleza, el cuidado en las decisiones, que tenían, por pura supervivencia, los que vivían en barracas –cañas y barro– en las mismas zonas ahora arrasadas por el agua.

En cuanto a los políticos, la verdad es que no hay muchas esperanzas de que aprendan a convivir y colaborar. Incluso teniendo delante el ejemplo que les está dando el pueblo.

(Publicado en «Las Provincias» el 7 de noviembre de 2024)

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«En realidad lo que pasó es que llovió mucho»

Víctor Alcover, un maestro entre los meteorólogos valencianos, resumió las lluvias de 1957 de la manera más sencilla: “En realidad lo que pasó hay que resumirlo diciendo que llovió mucho, llovió demasiado”. En 2007, cuando le entrevistamos para el libro “Hasta aquí llegó la riada”, Alcover era jefe del grupo de predicción para las comunidades de Valencia y Murcia del INM. Y reconoció que en la famosa riada todas las previsiones fueron superadas y los pluviómetros se desbordaron por encima de los 200 litros.

El Almanaque de LAS PROVINCIAS que resumió la inundación de 1957 manejó y condensó todos los informes oficiales de aquella tragedia. Y escribió, con informes oficiales del 20 de octubre, que el pantano de Buseo registró, el 14 de octubre, 852 litros por m2, mientras Liria anotaba 610. En Pobla de Vallbona se consignaron 850 litros y en la ciudad de Valencia otros 650. ¿Son registros fieles? ¿Variarían con medios modernos? Son, en todo caso, los que los investigadores de los tiempos modernos disponen para trabajar.

Víctor Alcover, en 2007, habló con admiración profesional de Víctor García Miralles y Antonio Carrasco Andrés, responsables del Centro Meteorológico valenciano en 1957 que hicieron un minucioso trabajo publicado en 1958. Con ese trabajo en las manos, Alcover dijo que “la cantidad de agua caída sobre Valencia es la misma que se da en tres años sobre la ciudad, la que descarga durante un año en Londres, y casi similar a la media anual de Francia y otros países húmedos”.

“Se extenderá la inestabilidad, sobre todo a partir de mediodía (…) con chubascos a veces tormentosos y de cuantía irregular”, dice el informe nacional que se publicó en los periódicos el 13 de octubre de 1957. Alcover, a la vista del escueto parte de avisos, afirmó que “es suficiente; está dicho lo principal”. Y señaló que en otras ocasiones ya se habían dado casos de lluvias torrenciales con desbordamientos de pluviómetros. También dijo que la red de observadores, en 1957, estaba integrada por no profesionales, y no todos pudieron salir a vaciar los pluviómetros cuando empezaron a desbordar. En los registros hay muchas anotaciones que se detienen en los 200 litros por metro cuadrado. El observador de Bejís, sin embargo, si cambió el pluviómetro y pudo registrar 364 litros; el de Villar del Arzobispo anotó con precisión el desbordamiento del aparato.

Alcover, en la entrevista concedida en 2007, descubrió el barógrafo usado por el Centro Meteorológico de Valencia cincuenta años atrás y lo prestó para una exposición, junto con las carpetas de informes mecanografiados y los cuadernos de anotaciones hechas a pluma por los atentos funcionarios observadores del INM. “Día de las dos avenidas catastróficas del Turia”, anotó el observador, a pie de página del informe del 14 de octubre de 1957.

(Publicado en «Las Provincias» el 6 de noiviembre de 2024)

En la imagen, las anotaciones del día de la riada de 1957 en el Centro Meteorológico de Valencia

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Metrópolis

Si hay víctimas, no valen los protocolos establecidos: todos los avisos serán escasos y tardíos desde el punto de vista de la gente… y de la oposición. Si el número de muertos llega a configurar la más grande tragedia que el clima ha provocado en estas tierras en el último siglo, de poco van a valer las apelaciones a la calma: está garantizada una desagradable, improductiva controversia política. No hay que esperar otra cosa: ni de los avinagrados que tenemos en la oposición ni de los que quizá titubearon una hora, dos, cuando llegó el momento de tomar drásticas decisiones.

El debate, que vendrá cuando hayamos pasado los días amargos que nos aguardan, será una pérdida de tiempo, un derroche de energía de una inutilidad histórica. Porque lo que se necesita, lo que nos vendría muy bien, sería una revisión de los asuntos pendientes en los viejos y polvorientos cajones de la administración. Sí, no seamos torpes, vamos a dejarnos de bobadas ajardinadas y vamos a dragar el tramo final del nuevo cauce del Turia, para que tenga mayor capacidad de desagüe. Porque por vez primera se ha visto clara la utilidad práctica de aquella obra ¿excesiva? de los sesenta. Y vamos a ver si ese proyecto de desvío del barranco de Chiva-Catarroja, que lleva quince años parado en la Confederación, arranca de una vez con dineros del presidente Sánchez.

Sí, además de la presencia del Ejército, y de miles de voluntarios organizados, necesitamos menos palabras y más hechos. Como escribió el director de este periódico en 1957, tras la riada, la Batalla del Barro es una prueba que se debe encauzar en una moral de recuperación. No hay que chuparse el dedo: habrá que ver si, después de este fin de semana en el que la prensa de Madrid ha puesto los ojos en “el Levante”, las inversiones vienen de una buena vez y dejamos de ser la Cenicienta española. Desde un escepticismo histórico, vamos a ver si es verdad que se nos está oyendo.

Pero de paso, vamos a ver si los dos grandes partidos valencianos se dejan de maltratar y se ponen a trabajar, juntos, en la ordenación del territorio de Metrópolis. Porque se trata de recomponer, en una zona de alta saturación urbana, el orden y el equilibrio de las piezas que componen la vida: las viviendas, las escuelas y las industrias, las alcantarillas, los transportes… No podemos esperar más a que la Guardia Civil tenga un nuevo cuartel metropolitano, no podemos consentir que un barranco amenace la vida de miles de familias, no se puede seguir creciendo, locamente, en un polígono comercial que abarca una docena de kilómetros. Desde el dolor, hablemos, sentémonos a pensar.

(Publicado en «Las Provincias». 3 noviembre 2024)

Foto: Cabrelles Sigüenza. Archivo Municipal

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Lo de siempre, pero…

De nuevo un periódico de luto a causa de lluvias extremas, riadas, inundaciones y estragos… De nuevo una contabilidad angustiosa y lacerante: cuarenta, cincuenta, más de sesenta víctimas… ¡Con tanta tecnología, con tan modernos sistemas de avisos!

Entre septiembre y noviembre, ya casi no hay día sin una efeméride relacionada con las desgracias que traen las gotas frías. La Pantanada, el Catorce de Octubre, San Carlos… Hace poco se cumplieron 75 años de aquella riada que arrasó las chabolas. ¿Cuántos muertos hubo entonces? No, el periodismo no puede reducirse al morboso conteo y comparación de víctimas. Los años mejoran el conocimiento científico: cada día estamos más preparados para el análisis, la anticipación y la advertencia. Pero ni la repetición histórica, ni la claridad del conocimiento, anulan el estupor de la vida real, el dolor de observar los daños individuales en situaciones humanamente ¿inevitables?

Son demasiadas víctimas. Es muy dura esta liturgia de la búsqueda, el socorro de los refugiados, los coches amontonados, la protección social, los seguros, los muebles al sol, las plantas bajas, las zonas catastróficas… Lo ocurrido ayer es lo de siempre, y apunta a causas y defectos históricos muy semejantes. Pero es posible que tenga ribetes de violencia extrema, de instantaneidad, que tenemos que estudiar con calma, como obligación añadida de este siglo. Esa lluvia brutal en pocos minutos, ese tornado que vuelca camiones, ese barranco que cruza la autovía y busca la Albufera sembrando muerte ¿es o no es equiparable a lo que los antepasados vieron en tiempos antiguos?

Esta DANA, seguramente, es parecida a la de 1957 y seguramente similar a la que derribó el puente del Real en tiempos de Carlos V. Pero seguimos obligados a estudiar bien, mejor si cabe, cómo construimos puentes y cómo libramos los cauces de cañaverales. Saber si llueve como antes o más, es una obligación; pero también es necesario observar que donde tuvimos bosques o cultivos hay ahora millones de metros cuadrados de suelo urbanizado y polígonos industriales que evacúan a raudales el agua que antes absorbía el territorio. Turia, rambla del Poyo, barranco de Chiva, el muy peligroso Magro… ¿Cómo desaguaban ayer y cómo lo hacen hoy, encajados en un territorio que hemos colmatado?  Los ríos protagonistas de siempre, los dueños del paisaje, parecen ahora intrusos en los mapas.

Forata ha sido clave esta vez. Es la primera vez que hemos visto al Turia pasar repleto y utilizando un cauce que queremos “renaturalizar” como parque… Desde la prepotencia tecnológica de ese siglo, llega la hora de analizar otra vez, con calma, con mucha humildad y sin prejuicios políticos, si somos más frágiles que antes y si hemos hecho las cosas mejor o no.

(Publicado en «Las Provincias». 31 octubre 2024)

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1328. Los saqueos de la riada, reprimidos con dureza

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