LA MUERTE

Como la vida, ya que no se entiende una sin la otra, la muerte está presente como tema central de los poemas de la historia. Difícil se hace encontrar una dicotomía tan extrema como la vida y la muerte, lo que hace que ambos conceptos hayan sido tomados hasta el hartazgo por la gran mayoría de los poetas, en todos los tiempos.

“Plegarias en penumbra”, mi segundo poemario, trata sobre la vida, lo que irremediablemente lo lleva a abordar el tema de la muerte, como en este poema XIII

El humano, animal que tiene en suerte
esa espada que pende en su conciencia,
es constante amenaza de existencia,
al poder conocer su propia muerte.

El saber que la vida se termina,
el vivir con la muerte en su destino,
no entorpezca el andar en su camino,
ni le haga presentir que se avecina.

Si no fuera porque tiene el recurso
de olvidar cada instante ese apagón,
que por más que produzca algún bajón
no le impide a la vida dar su curso.

Y esos ratos de pleno despertar
no le dejan al hombre alternativa
de pasar por la vida en forma activa,
si es su tiempo el que debe aprovechar.

En el mismo “Plegarias…”, entre otros, cabe destacar un fragmento del poema CII, el temor a la muerte, que de alguna manera insinúa un temor a vivir…

¿Por qué se le teme a la muerte?
También se le teme a la vida…
¿No habrá que temerle
a la vida después de la muerte?

En mi primer libro “Soy el silencio” la muerte no estaba exenta de menciones, como en esta estrofa del poema XXVIII.

El olvido es muy cruel porque siempre liquida,
es capaz de esconder en un soplo lo actuado,
prematura la muerte de aquel descuidado
que vive el presente y pero pronto lo olvida.

Seguramente no haya poema más clásico y conocido sobre la muerte que el “Romance de El Enamorado y la Muerte”, de autor desconocido, que comienza de esta manera, aludiendo a la muerte como más fría que la nieve y de la que no se puede escapar. El romance es verdaderamente una carrera contra el tiempo.

Un sueño soñaba anoche
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante;
la Muerte que Dios te envía.
-¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
un hora tienes de vida.

Quizás tan o más clásica que este romane es la primera, la más célebre de las “Coplas por la muerte de su padre”, de Jorge Manrique

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.

“¿Cuándo vendrá la muerte?” (fragmento), de Diego de Torres Villarroel


La muerte, aunque parece que se esconde,
cada momento nos está acechando;
dejémosla que siga y que nos ronde
.

Ella va y viene, y nos está esperando,
y ya que nos oculta cómo y dónde,
estemos prontos para siempre y cuándo.

“Para entonces” (fragmento), de Manuel Gutiérrez Nájera

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo.

“Morir, dormir”, de Manuel Machado

«Hijo, para descansar,
es necesario dormir,
no pensar,
no sentir,
no soñar…»
«Madre, para descansar, morir».

Dentro de los Poemas Póstumos de Vicente Huidobro, aquí te comparto el 19

La muerte que alguien espera
la muerte que alguien aleja
la muerte que va por el camino
la muerte que viene taciturna
la muerte que enciende las bujías
la muerte que se sienta en la montaña
la muerte que abre la ventana
la muerte que apaga los faroles
la muerte que aprieta la garganta
la muerte que cierra los riñones
la muerte que rompe la cabeza
la muerte que muerde las entrañas
la muerte que no sabe si debe cantar
la muerte que alguien entreabre
la muerte alguien hace sonreír
la muerte que alguien hace llorar
la muerte que no puede vivir sin nosotros
la muerte que viene al galope del caballo
la muerte que llueve en grandes estampidos

“Muerte mía”, de Meira Delmar

La muerte no es quedarme
con las manos ancladas
como barcos inútiles
a mis propias orillas,
ni tener en los ojos,
tras la sombra del párpado
el último paisaje
hundiéndose en sí mismo.
La muerte no es sentirme
fija en la tierra oscura
mientras mueve la noche
su gajo de luceros,
y mueve el mar profundo
las naves y los peces,
y el viento mueve estíos,
otoños, primaveras.
¡Otra cosa es la muerte!
decir tu nombre una
y otra vez en la niebla
sin que tornes el rostro
a mi rostro, es la muerte.
Y estar de ti lejana
cuando dices la tarde
vuela sobre las rosas
como un ala de oro .
La muerte es ir borrando
caminos de regreso
y llegar con mis lágrimas
a un país sin nosotros
y es saber que pregunta
mi corazón en vano,
ya para siempre en vano,
por tu melancolía
otra cosa es la muerte.

“Una noche de verano”, de Antonio Machado —

Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!

“Poema de la íntima agonía” (fragmento), de Julia de Burgos

Es un dolor sentado más allá de la muerte.
Un dolor esperando… Esperando… Esperando…

Todas las horas pasan con la muerte en los hombros.
Yo sola sigo quieta con mi sombra en los brazos.

“No le hables de la muerte…” (fragmento), de Marilina Rébora

No le hables de la muerte…
No le hables de la muerte, háblale de las flores,
de la aurora dorada y el ocaso de fuego,
del azul del océano y el arco de colores,
de los ríos de plata y el astro sin sosiego.
Cuéntale del amante los dichosos amores,
del reír de los niños eternamente en juego,
del canto del poeta y de los trovadores,
del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.

“Malagueña”, de Federico García Lorca

La muerte
entra y sale
de la taberna.

Pasan caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.

Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.

La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna.

José Gorostiza cierra su “Muerte sin fin” con estos versos:

Desde mis ojos insomnes
mi muerte me está acechando,
me acecha, sí, me enamora
con su ojo lánguido.
¡Anda, putilla del rubor helado,
anda, vámonos al diablo!

Nota: La imagen corresponde a la pintura “Pirámide de cráneos”, de Paul Cézanne.

Espero volver a verte por aquí…

LA VIDA

Y llegó el momento para que te lleve por un paseo al tema más utilizado por los `poetas del mundo, la vida, que es la poesía misma. En la selección de esta entrada he tratado de evitar todos aquellos poemas que aluden a la vida en representación del amor.

Como siempre, me atrevo a comenzar por algunas de mis incursiones del tema en cuestión en mis dos primeros poemarios.

En “Soy el silencio”, en el poema VII, sobre la forma de vivir la vida

El lamento enclavado en la condena
de vivir como alma en pena,
de sentir la soledad.

Llanto que nunca queda en apariencia,
que acompaña tu existencia
y sigue con terquedad.

Ilusiones, que naciendo en la espera,
no llegaron hasta afuera
y murieron sin edad.

Evasiones venciendo tu paciencia,
rompieron tu resistencia
ocultando la verdad

de saber que la vida hay que vivirla
sin dejarse arrollar por la tristeza,
comprender la mayor es la riqueza
de buscar la verdad, siempre seguirla

En mi segundo libro, “Plegarias en penumbra”, en el V se expone la contradicción de la certidumbre de nuestra vida terrena con las expectativas de las promesas “divinas”.

Mi vida fue tan cierta.
Nadie puede cuestionarlo.
Eso se llama evidencia.
Las preguntas sin respuesta
alimentan la vida,
le dan sentido.
Dios es expectativa,
un guerrero bravío,
imbatible y perfecto.
Soluciones seguras
que por sí, no aparecen,
decisiones viciadas
por confiadas razones.
El protector que vigila,
el celador que castiga
pero siempre cumple
lo que prometió.
¡Nada!

Y ya pasamos a dar revista a los clásicos:

“Muere la vida, y vivo yo sin vida”, de Lope de Vega

Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte.
Sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.
Está la majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte,
y de su cuerpo la mayor herida.
¡Oh duro corazón de mármol frio!,
¿tiene tu Dios abierto el lado izquierdo,
y no te vuelves un copioso río?
Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

Explosión (fragmento) de Delmira Agustini

¡Si la vida es amor, bendita sea!
¡Quiero más vida para amar! Hoy siento
que no valen mil años de la idea
lo que un minuto azul del sentimiento.

“La vida, esta vida”, de César Vallejo

La vida, esta vida
me placía, su instrumento, esas palomas…
Me placía escucharlas gobernarse en lontananza,
advenir naturales, determinado el número,
y ejecutar, según sus aflicciones, sus dianas de animales.
Encogido,
oí desde mis hombros
su sosegada producción,
cave los albañales sesgar sus trece huesos,
dentro viejo tornillo lincharse el plomo.
Sus paujiles picos,
pareadas palomitas,
las póbridas, hojeándose los hígados,

sobrinas de la nube… Vida! vida! esta es la vida!
zurear su tradición rojo les era,
rojo moral, palomas vigilantes,
talvez rojo de herrumbre,
si caían entonces azulmente.
Su elemental cadena,
sus viajes de individuales pájaros viajeros,
echaron humo denso,
pena física, pórtico influyente.
Palomas saltando, indelebles
palomas olorosas,
manferidas venían, advenían
por azarosas vías digestivas,
a contarme sus cosas fosforosas,
pájaros de contar,

pájaros transitivos y orejones…
No escucharé ya más desde mis hombros
huesudo, enfermo, en cama,
ejecutar sus dianas de animales… Me doy cuenta.

Y la vida como escuela, según la pinta José Hernández, en este fragmento de “El gaucho Martín Fierro”, dentro de los célebres consejos de Fierro a sus hijos:

Yo nunca tuve otra escuela
Que una vida desgraciada;
No estrafien si en la jugada
Alguna vez me equivoco
Pues debe saber muy poca
Aquel que no aprendió nada.

Eduardo Milán va en estos versos, buscando un sentido superior a la vida…

El compromiso del poeta es escribir un vaso
real, algo sublime que sirva para más
que vivir. Vivir no alcanzó nunca.
Pedir esencia, pedir médula, pedir hueso:
pedir endurecimiento de la arena, si la arena
ya es frágil, leve de pie, velo de pie,
es pedir roca caliza, sedimento. Para la sed
de ti desnuda como bajar al Precámbrico.
Algo terrible nos pasó y nos dimos cuenta:
el hueso que pedimos al poema era el mismo
hueso que el hueso de África
aunque quisiéramos roca.
Las arenas de África están llenas de poemas.

“Miedo a la vida”, de Marilina Rébora

Miedo a la vida
tengo miedo, señor, pero no de la noche,
tampoco de la sombra, menos de la tiniebla;
es miedo de la aurora refulgente derroche
como miedo del mundo, cuando el mundo se puebla.
Tengo miedo, señor, no por valerme sola
ni por triste aislamiento o apartado retiro,
tengo miedo a la gente, a la imponente ola,
el vaivén de los seres en asfixiante giro.
Tengo miedo, señor, de enfrentarme a la vida
con tantas exigencias, compromisos, deberes;
de no cumplir contigo, no ser agradecida,
dejándome llevar de errados procederes.
Y temiendo en el día naturales contiendas,

te ruego: oye mi voz para que me defiendas.

“La vida tiene hoy ritmo” (fragmento), de Antonio Machado

La vida hoy tiene ritmo
de ondas que pasan,
de olitas temblorosas
que fluyen y se alcanzan.
La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,
la risa de las aguas
que entre los verdes junquerales corren,
y entre las verdes cañas.

“Cabe la vida entera en un soneto”, de Manuel Machado

Cabe la vida entera en un soneto
empezado con lánguido descuido,
y, apenas iniciado, ha transcurrido
la infancia, imagen del primer cuarteto.

Llega la juventud con el secreto
de la vida, que pasa inadvertido,
y que se va también, que ya se ha ido,
antes de entrar en el primer terceto.

Maduros, a mirar a ayer tornamos
añorantes y, ansiosos, a mañana,
y así el primer terceto malgastamos.

Y cuando en el terceto último entramos,
es para ver con experiencia vana
que se acaba el soneto Y que nos vamos.

“¡Ea!, aprisa subamos de la vida” (fragmento), de Rosalía de Castro

¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida
La cada vez más empinada cuesta!
Empújame dolor, y hálleme luego
En su cima fantástica y desierta.

“La vida nada más”, de Gabriel Celaya

Biografía
la vida que murmura. La vida abierta.
La vida sonriente y siempre inquieta.
La vida que huye volviendo la cabeza,
tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
La vida sin más. La vida ciega
que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
ligera, sólo ligera, sencillamente bella
o lo que así solemos llamar en la tierra.

“La vida es tan sencilla…” (fragmento) de Gabriel Celaya

La vida es tan sencilla…
La vida es tan sencilla que se explica por sí misma,
se basta a sí misma.
¡Mira! todo está hecho. Todo está

“Despedida” (fragmento), de Líber Falco

La vida es como un trompo, compañeros.
La vida gira como todo gira,
y tiene colores como los del cielo.
La vida es un juguete, compañeros.

A trabajar jugamos muchos años,
a estar tristes o alegres, mucho tiempo.
La vida es lo poco y lo mucho que tenemos;
la moneda del pobre, compañeros.

“Vida, oficios” (fragmento), de Roque Dalton García

Insoslayable para la vida,
la nueva vida me amanece: es un pequeño
sol con raíces que habré de regar mucho
e impulsar a que juegue
su propio ataque contra la cizaña.

“Este libro” (fragmento), de Alfonsina Storni

Me vienen estas cosas del fondo de la vida:
Acumulado estaba, yo me vuelvo reflejo…
Agua continuamente cambiada y removida;
Así como las cosas, es mudable el espejo.

Momentos de la vida aprisionó mi pluma,
Momentos de la vida que se fugaron luego,
Momentos que tuvieron la violencia del fuego
O fueron más livianos que los copos de espuma.

Nota: La imagen corresponde a “La creación del hombre”, de Michelangelo, en la capilla Sixtina.

Espero volver a verte por aquí…

EL BRINDIS

La poesía nunca estuvo ausente de los rituales humanos. Uno de estos, el brindis, nos llega desde épocas remotas con una vigencia que pocas ceremonias pueden ostentar. No son pocos los ritos de la antigüedad que se han perdido a través de la evolución humana y hoy solo observamos como hechos históricos que nos causan hilaridad por estar fuera de contexto o verdadero terror por el salvajismo que conllevaban.
En el monte Olimpo, Dionisos, el dios del vino, pidió a sus invitados que chocaran las copas para que el vino llegara a todos sus sentidos. En la Antigua Grecia y Roma, se derramaba vino como ofrenda a los dioses y a los muertos. En China, el anfitrión invitaba a sus comensales a vaciar las copas diciendo “ging-ging”, que significa “por favor”. En Alemania, los mercenarios de Carlos V, conocidos como lansquenetes, pronunciaban “bring dir’s”, que significa “te lo ofrezco”, tras saquear Roma.
Y hoy el brindis no distingue de clases sociales, económicas ni rangos de edades. Con alcohol o sin alcohol está presente en casi todas las reuniones o juntadas de gente joven o anciana.
Eso, sí, para brindar se necesitan al menos dos. Es quizás este concepto social que exige la presencia de dos brindantes, lo que me llevó a escribir el poema LXXXI de “Plegarias en penumbra” – “Sin brindis”, para definir la soledad del hombre que lucha ante los ángeles y demonios.

Demonio, con cuernos quebrados,
que portas tridente sin filo en las puntas,
apenas vas rosado y tu cola es rabona
pero tu sombría presencia no asusta,
solo me desorienta en tu noche.
Me espanta tu risa estridente,
me asombra tu argucia
pero no trago tu fraude,
tu fealdad y tus tormentas
no me aíslan.
No mientas mis ansias
que no amenazas mi camino…

Ángel, que estás con las alas abiertas,
que tus rizos de un rubio brillante,
yo apenas digiero de mustio ceniza,
tu fulgor, con tu risa amigable,
tan solo encandila mi día.
No me conmueve tu calma belleza,
me asusta tu paz,
me incomoda tu gracia.
Tu lozanía y tu bonanza
no me amparan.
No mientas mis credos
que no riges mi destino…

No me ofrezcan verdades,
no insinúen certezas,
vuestra lucha es mi pelea,
si tan solo voy marchando
las tinieblas de mi ignorancia
a través de la penumbra
de mis dudas,
de mis preguntas.
La media luz de mis propias respuestas
me hace beber mis culpas,
sin brindis,
solo yo, conmigo…

Y al momento de mencionar a los clásicos es evidente la trascendencia del brindis a lo largo de la historia. Los grandes maestros de la poesía van a usar la metáfora del brindis para expresar la unión entre dos cosas, generalmente hermosas.

Aquí va una pequeña muestra.


“Entre las soledades, don Francisco” (fragmento), de Lope de Vega.

Enternecido yo (piedad humana),
mas si queréis que os cuente alguna cosa
sabed que lo soñaba esta mañana,
cuando el rocío del aurora hermosa
en copa de cristal teñida en grana
con brindis al jazmín, bebió la rosa.

”Jerez y Rhin” (fragmento) de Manuel del Palacio

Para curarme el esplín
los tomo más de una vez:
¡Rico vino es el Jerez!
¡Buena bebida es el Rhin!
Los dos, usados con calma,
dan, triunfando del dolor,
al cuerpo nuevo vigor,
nueva juventud al alma.
Y ambos, en igual porfía,
después de darnos solaz,
brindan al que duerme, paz,
y al que trabaja, alegría.
Hay quien con mala intención

“Brindis” (fragmento), de Manuel del Palacio

Ni yo brindé jamás con vino blanco,
Ni se me ocurren versos cuando trinco,
Ni hago otra cosa que beber por cinco
Y ser cual siempre bullicioso y franco.

“La voz del espejo” (fragmento), de César Vallejo

Van al pie de brahmánicos elefantes reales,
y al sórdido abejeo de un hervor mercurial
parejas que alzan brindis esculpidos en roca
y olvidados crepúsculos una cruz en la boca.

“Yuyos secos” (fragmento), de José Alonso y Trelles

Que cuando al alba salía a la puerta
Brindando el beso de su boca roja,
Dende el palenque mi overo, alerta,
La saludaba con la coscoja…

“Adiós al vino” (fragmento), de Pedro Antonio de Alarcón

Arrepentido estoy de haber hollado,
vate indigno, con planta entorpecida,
el laurel inmortal y el áurea ropa…
¡Néctar fatal!, licor envenenado,
acepta, al recibir mi despedida,
el brindis postrimer… ¡Llenad mi copa!

“Brindis”, de José Ángel Buesa

He aquí dos rosas frescas, mojadas de rocío:
una blanca, otra roja, como tu amor y el mío.
Y he aquí que, lentamente, las dos rosas deshojo:
la roja, en vino blanco; la blanca, en vino rojo.
Al beber, gota a gota, los pétalos flotantes
me rozarán los labios, como labios de amante;
y, en su llama o su nieve de idéntico destino,
serán como fantasmas de besos en el vino.
Ahora, elige tú, amiga, cuál ha de ser tu vaso:
si éste, que es como un alba, o aquél, como un ocaso.
No me preguntes nada: yo sé bien que es mejor
embriagarse de vino que embriagarse de amor…
Y así mientras tú bebes, sonriéndome así,
yo, sin que tú lo sepas, me embriagaré de ti…

“Último brindis” (fragmento), de Nicanor Parra


Las cartas por jugar
son solamente dos:
el presente y el día de mañana.
Y ni siquiera dos
porque es un hecho bien establecido
que el presente no existe
sino en la medida en que se hace pasado
y ya pasó…,
Como la juventud.
En resumidas cuentas
sólo nos va quedando el mañana:
yo levanto mi copa
por ese día que no llega nunca
pero que es lo único
de lo que realmente disponemos.

«A Dorila, oda VI» (fragmento), de Juan Meléndez Valdés

Ven, ¡ay!, ¿qué te detienes?
ven, ven, paloma mía,
debajo de estas parras
do lene el viento aspira;
y entre brindis süaves
y mimosas delicias
de la niñez gocemos,
pues vuela tan aprisa.

“La siesta” (fragmento), de Francisco Sosa Escalante-

Tras el regio festín de la mañana
De aromas, y de luz, y de armonías,
Parece que á tan dulces alegrías
Natura, tregua, por brindar se afana.

“Las tres musas últimas castellanas”, soneto 83, de Francisco de Quevedo —

De los misterios a los brindis llevas,
¡oh! Baltasar, los vasos más divinos,
y de los sacrificios a los vinos,
porque injurias de dios, profano, bebas.
¡Qué a difamar los cálices te atrevas,
que vinieron del templo peregrinos,
juntando a ceremonias desatinos
y a ancianos ritos tus blasfemias nuevas!
después de haber, sacrílego, bebido
toda la edad a Baco en urna santa,
mojado el seso y húmedo el sentido,
¿ver una mano en la pared te espanta,
habiendo tu garganta merecido,
no que escriba, que corte tu garganta?

Y para finalizar, va el cierre de un poema del contemporáneo Nicolás Alberte, el numero 2 de “He venido a brindar conmigo mismo”, que rompe con la necesidad de los dos brindantes o, más bien, el sujeto se desdobla en dos personas que brindan consigo.

Que quede claro, dijo:
si no existieran las palabras,
literalmente no habría vino
ni copa
……………………..ni brindis.

Nota: La imagen pertenece a “El triunfo de Baco”, de Velázquez en el Museo del Prado, Madrid.

Espero volver a verte por aquí… 

LA FELICIDAD, LA ALEGRÍA

La alegría, una de las emociones básicas o auténticas del ser humano, como el amor, el odio, la tristeza y el miedo, ocupa un lugar preponderante en toda la historia de la escritura. Tanto en narrativa como en lírica la alegría ha sido protagonista de historias y poemas. Y su pariente mayor, la felicidad, sea utópica o real, viene enganchada con ella. En la literatura, la alegría y la felicidad casi que ocupan el mismo espacio, sin entrar, salvo en aquellos trabajos técnicos o científicos, en las disquisiciones que la se separan.

En mi poemario “Soy el silencio” el poema LXXVIII aborda sistemáticamente el tema de la alegría, dejando una sensación general de bienestar y ¿por qué no? de felicidad.

Es despertar lo más lindo de cada día,

abrir los ojos a la luz de la mañana,

y la modorra, que se escabulle haragana,

dejando a mi ser olfateando alegría.

Despierto, rebosante de ganas de hacer,

navego en la dicha de saberme en camino,

disfruto del frescor, los olores a pino,

doy gracias a la vida que pude nacer.

Tan fresco el verano muy temprano se siente,

tan diáfano el momento para recorrer,

pensando cada en día ser libre de ser,

hoy dispongo mi vida soy sólo mi mente.

Y el saber que este día promete respuestas

que uno libre en el tiempo puede elaborar,

con la dicha en la mano poder degustar

las metas cercanas de lejanas propuestas

Al momento de referirme a los clásicos aquí va una amplia selección:

“La felicidad”, de Manuel Acuña

Un cielo azul de estrellas

brillando en la inmensidad;

un pájaro enamorado

cantando en el florestal;

por ambiente los aromas

del jardín y el azahar;

junto a nosotros el agua

brotando del manantial

nuestros corazones cerca,

nuestros labios mucho más,

tú levantándote al cielo

y yo siguiéndote allá,

ese es el amor mi vida,

¡esa es la felicidad!…

Cruza con las mismas alas

los mundos de lo ideal;

apurar todos los goces,

y todo el bien apurar;

de lo sueños y la dicha

volver a la realidad,

despertando entre las flores

de un césped primaveral;

los dos mirándonos mucho,

los dos besándonos más,

ese es el amor, mi vida,

¡esa es la felicidad…!

”Oda al día feliz”, de Pablo Neruda

Esta vez dejadme

ser feliz,

nada ha pasado a nadie,

no estoy en parte alguna,

sucede solamente

que soy feliz

por los cuatro costados

del corazón, andando,

durmiendo o escribiendo.

Qué voy a hacerle, soy

feliz.

Soy más innumerable

que el pasto

en las praderas,

siento la piel como un árbol rugoso

y el agua abajo,

los pájaros arriba,

el mar como un anillo

en mi cintura,

hecha de pan y piedra la tierra

el aire canta como una guitarra.

Tú a mi lado en la arena

eres arena,

tú cantas y eres canto,

el mundo

es hoy mi alma,

canto y arena,

el mundo

es hoy tu boca,

dejadme

en tu boca y en la arena

ser feliz,

ser feliz porque sí, porque respiro

y porque tú respiras,

ser feliz porque toco

tu rodilla

y es como si tocara

la piel azul del cielo

y su frescura.

Hoy dejadme

a mí solo

ser feliz,

con todos o sin todos,

ser feliz

con el pasto

y la arena,

ser feliz

con el aire y la tierra,

ser feliz,

contigo, con tu boca,

ser feliz.

“Defensa de la alegría”, de Mario Benedetti

A Trini

defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

y las definitivas

defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino

defenderla del fuego y de los bomberos

de los suicidas y los homicidas

de las vacaciones y del agobio

de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza

defenderla del óxido y la roña

de la famosa pátina del tiempo

del relente y del oportunismo

de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho

defenderla de dios y del invierno

de las mayúsculas y de la muerte

de los apellidos y las lástimas

del azar

y también de la alegría

“Me dijo una tarde”, de Antonio Machado

Me dijo una tarde

de la primavera:

Si buscas caminos

en flor en la tierra,

mata tus palabras

y oye tu alma vieja.

Que el mismo albo lino

que te vista sea

tu traje de duelo,

tu traje de fiesta.

Ama tu alegría

y ama tu tristeza,

si buscas caminos

en flor en la tierra.

Respondí a la tarde

de la primavera:

Tú has dicho el secreto

que en mi alma reza:

yo odio la alegría

por odio a la pena.

Mas antes que pise

tu florida senda,

quisiera traerte

muerta mi alma vieja.

“Los locos”, de Roque Dalton García

Los locos

a los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres

llevan sus nombres como vestidos nuevos,

los balbucean al fundar amigos,

los hacen imprimir en tarjetitas blancas

que luego van de mano en mano

con la alegría de las cosas simples.

Y qué alegría muestran los alfredos, los antonios,

los pobres juanes y los taciturnos sergios,

los alejandros con olor a mar!

todos extienden, desde la misma garganta con que cantan

sus nombres envidiables como banderas bélicas,

tus nombres que se quedan en la tierra sonando

aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos

que de tanto olvidar nos asfixiamos,

los pobres locos que hasta la risa confundimos

y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,

cómo vamos a andar con los nombres a rastras,

cuidándolos,

puliéndolos como mínimos animales de plata,

viendo con estos ojos que ni el sueño somete

que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia?

los locos no podemos anhelar que nos nombren

pero también lo olvidaremos

“Rima LXVII”, de Gustavo Adolfo Bécquer

¡Qué hermoso es ver el día

coronado de fuego levantarse,

y, a su beso de lumbre,

brillar las olas y encenderse el aire!

¡Qué hermoso es tras la lluvia

del triste otoño en la azulada tarde,

de las húmedas flores

el perfume aspirar hasta saciarse!

¡Qué hermoso es cuando en copos

la blanca nieve silenciosa cae,

de las inquietas llamas

ver las rojizas lenguas agitarse!

Qué hermoso es cuando hay sueño,

dormir bien… y roncar como un sochantre

y comer… y engordar… ¡y qué desgracia

que esto sólo no baste!.

“Soneto del vino”, de Jorge Luis Borges

¿en qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa

conjunción de los astros, en qué secreto día

que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa

y singular idea de inventar la alegría?

con otoños de oro la inventaron. El vino

fluye rojo a lo largo de las generaciones

como el río del tiempo y en el arduo camino

nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa

exalta la alegría o mitiga el espanto

y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.

Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia

como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

“La felicidad”, de Juan Ramón Jiménez

¡Mira la amapola

por el verdeazul!

Y la nube buena,

redonda de luz.

¡Mira el chopo alegre

en el verdeazul!

Y el mirlo feliz

con toda la luz.

¡Mira el alma nueva

entre el verdeazul!

“Quisiera hoy ser feliz de buena gana”, de César Vallejo

Quisiera hoy ser feliz de buena gana

ser feliz y portarme frondoso de preguntas,

abrir por temperamento de par en par mi cuarto, como loco,

y reclamar, en fin,

en mi confianza física acostado,

sólo por ver si quieren,

sólo por ver si quieren probar de mi espontánea posición,

reclamar, voy diciendo,

por qué me dan así tanto en el alma.

Pues quisiera en sustancia ser dichoso,

obrar sin bastón, laica humildad, ni burro negro.

Así las sensaciones de este mundo,

los cantos subjuntivos, .

El lápiz que perdí en mi cavidad

y mis amados órganos de llanto.

Hermano persuasible, camarada,

padre por la grandeza, hijo mortal,

amigo y contendor, inmenso documento de Darwin:

¿a qué hora, pues, vendrán con mi retrato?

¿a los goces? ¿acaso sobre goce amortajado?

¿más temprano? ¿quién sabe, a las porfías?

a las misericordias, camarada,

hombre mío en rechazo y observación, vecino

en cuyo cuello enorme sube y baja,

al natural, sin hilo, mi esperanza…

“XXVI” – Aleluya, de Ruben Darío

Rosas rosadas y blancas, ramas verdes,

corolas frescas y frescos

ramos, Alegría!

Nidos en los tibios árboles,

huevos en los tibios nidos,

dulzura, Alegría!

El beso de esa muchacha

rubia, y el de esa morena,

y el de esa negra, Alegría!

Y el vientre de esa pequeña

de quince años, y sus brazos

armoniosos, Alegría!

Y el aliento de la selva virgen,

y el de las vírgenes hembras,

y las dulces rimas de la Aurora,

Alegría, Alegría, Alegría!

“En ti encerré mis horas de alegría”, de José Martí

En ti encerré mis horas de alegría

Y de amargo dolor;

Permite al menos que en tus horas deje

Mi alma con mi adiós.

Voy a una casa inmensa en que me han dicho

Que es la vida expirar.

La patria allí me lleva. Por la patria,

Morir es gozar más.

“Posesión de tu nombre”, de Pedro Salinas

Sola que tú permites,

felicidad, alma sin cuerpo.

Dentro de mí te llevo

porque digo tu nombre,

felicidad, dentro del pecho.

«Ven»: y tú llegas quedo;

«vete»: y rápida huyes.

Tu presencia y tu ausencia

sombra son una de otra,

sombras me dan y quitan.

(¡Y mis brazos abiertos!)

pero tu cuerpo nunca,

pero tus labios nunca,

felicidad, alma sin cuerpo, sombra pura.

“La canción del presente”, de Manuel Machado

No sé odiar, ni amar tampoco.

Y en mi vida inconsecuente,

amo, a veces, como un loco

u odio de un modo insolente.

Pero siempre dura poco

lo que quiero y lo que no…

¡Qué sé yo!

Ni me importa…

Alegre es la vida. Y corta,

pasajera.

Y es absurdo,

y es antipático y zurdo

complicarla

con un ansia de verdad

duradera.

NOTA: La imagen corresponde a la pintura “La alegría de vivir” (Le bonheur de vivre), de Henri Matisse.

Espero volver a verte por aquí…

EL ERROR

EL ERROR

Quizás de forma casual, recientemente, repasando mi poemario “Soy el silencio”, noté la enorme cantidad de alusiones que contiene a los errores, la mayoría de las veces propios. Y solo este hecho me motivó a contártelos, a la vez que, como siempre, bucear entre los grandes maestros por las incursiones de ellos en esta temática.

Y es que el error es una de esas variables que pueden condicionarte, como los asumes, como tratas los de los demás, como reaccionas a los propios, como buscas enmendarlos, como te hundes por ellos.

Comenzando por mi soy el silencio, voy a pasarte, solo a modo referencial las estrofas que aluden al error y tu sacarás tus conclusiones.

“Soy el silencio”, poema XXXV


Pues con tus convicciones llegarás adelante,
si logras retroceder cuando erraste el camino
y comienzas otra vez, buscando ese destino
falto de riquezas y en espíritu abundante.

Poema XXXVII


Y al proyectarme de nuevo a alguna otra aventura,
más acertando que errando, en mi deambular,
encuentro las esencias de mi loca cordura:
vivir solo mi experiencia y a nadie emular.

Poema XLI


Y ahora, al ver tan claro, replanteas el mañana,
vacío ya de errores que no repetirás,
pero muy traicionera, la noche siempre engaña,
burlado por ti mismo al despertar te sabrás.

Poema L


Y enfrentar de a uno en uno mis muchos errores
no tiene el sentido como en otro momento,
en que mi ser luchaba por logros mejores,
pero que hoy ya percibo con sabor a cuento.

Poema LI


Cada error al avanzar sale más caro
porque no se puede volver hacia atrás,
la importancia estriba en saber que jamás
al yerro lo puede ocultar su reparo.

Poema LVIII


Anclado en la histeria de ese arremeter,
hundida la mente, olvidado el pensar,
el mundo no usa la senda del deber,
oculto es su rumbo errante al caminar.

Poema LXIII


Despertar del sopor, por el yerro abrumante,
es volver a la luz desde el pozo profundo,
es ver matices al conocer este mundo,
tomar el sendero del dudar caminante.

Poema LXXIII


La victoria te consagra majestuoso
te lanza por el sendero de la gloria,
ni imaginas que el caer es doloroso,
sólo marca los errores de la historia.

Poema LXXVI


¡Cuán soberbio es el hombre que no quiere ver
que ha fallado el camino y por eso se aferra
al yerro no resuelto que siempre lo encierra
maniatando el nacer de su auténtico ser!

Poema LXXXV


Ya recuerdo cuando niño los miedos y los terrores,
la presión de los deberes, tener que salir al mundo,
el espanto tan amigo de no salvar mis errores,
tempranero responsable, muy precoz meditabundo.

Nos vamos a la pluma de los maestros, como estabas esperando

He construido un jardín… (fragmento) – Diana Bellessi

He construido un jardín como quien hace
los gestos correctos en el lugar errado.
Errado, no de error, sino de lugar otro,
como hablar con el reflejo del espejo
y no con quien se mira en él.
He construido un jardín para dialogar
allí, codo a codo en la belleza, con la siempre
muda pero activa muerte trabajando el corazón.

“¿del tirano?” de José Martí —

¿del tirano? del tirano
di todo, ¡di más!, y clava
con furia de mano esclava
sobre su oprobio al tirano.
¿Del error? pues del error
di el antro, di las veredas
oscuras: di cuanto puedas
del tirano y del error.
¿De mujer? bien puede ser
que mueras de su mordida;
¡pero no empañes tu vida
diciendo mal de mujer!

“Día de Comunión” (fragmento, de Sor Juana Inés de la Cruz

Mas ¡ay, bárbara ignorante,
y que de errores he dicho,
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!
Para ver los corazones
no es menester asistirlos;
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.

“Si quise, si adoré, ¡qué error terrible!” (Fragmento) de Lope de Vega

Si quise, si adoré, ¡qué error terrible!,
hermosura mortal, ¿cómo ignoraba
la tuya celestial, pues me enseñaba
lo invisible, Señor, por lo visible?

“De error en error, de daño en daño” (fragmento) de Gutierre de Cetina

De una desdicha en otra desventura,
de un desvío en otra gran locura,
de un viejo engaño en otro viejo engaño,
de un grave mal en otro mal extraño,
de una necesidad a otra yactura,
me ha traído el amor y mi ventura
a que huya mi propio desengaño.

“Muestra el error de lo que se desea” (fragmento), de Francisco de Quevedo

Si me hubieran los miedos sucedido
como me sucedieron los deseos,
los que son llantos hoy fueran trofeos:
mirad el ciego error en que he vivido!

“Expiación” (fragmento), de Julio Herrera Reissig

Errando en la heredad yerma y desnuda,
donde añoramos horas tan distintas,
bajo el ciprés, nos remordió una aguda
crisis de cosas para siempre extintas…

“Odio” (fragmento), de Alfonsina Storni

Lástima blanda del error amante
Que a cada paso el corazón diluye,
Vuelca tus mieles y al instante,
Huye.

“Al tramontar del sol la ninfa mía” (fragmento), de Góngora

Ondeábale, el viento que corría,
el oro fino con error galano,
cual verde hoja de álamo lozano
se mueve al rojo despuntar del día;

“Huaco” (fragmento), de César Vallejo

Yo soy la gracia incaica que se roe
en áureos coricanchas bautizados
de fosfatos de error y de cicuta.
A veces en mis piedras se encabritan
los nervios rotos de un extinto puma.

“Espejos” (fragmento), de Marilina Rébora

A lo real concorde y en idéntico modo
habrás de examinar prolija tu conciencia:
sentimientos, virtudes, pasiones sobre todo;
comprobarás errores y lagunas de olvidos,
mas para tu consuelo que es también una ciencia
piensa que dios se vale de los arrepentidos.

Nota: La imagen corresponde a la pintura “Un bar del Folies-Bergère, de Èdouard Manet”. La referencia al tema se basa en el error de la perspectiva de la imagen del espejo.

Espero volver a verte por aquí…

EL VACÍO

La carencia, la ausencia, el vacío, en definitiva son la soledad, lo opuesto a la abundancia, al todo, la omnipresencia.

La nada, que como contraposición del todo terminan siendo lo mismo, como lo expreso en el poema CX de mi poemario “Plegarias en penumbra”. Es una forma de visualizar a dios

Dios es el todo,

la abundancia;

la nada, el vacío,

la carencia.

Dios es presencia,

cercanía;

la ausencia,

la temida lejanía.

Dios es la norma,

la censura;

la volición temeraria,

la locura.

Dios es el jefe,

la decisión;

lo independiente,

la precaución.

Dios es precepto,

llano, incuestionable;

la herejía, el concepto

imprudente,

aun razonable…

Entre los clásicos, este sentimiento tan fuerte no podía estar ausente en el universo de los poemas. Así, Miguel de Unamuno con su “Aprensiones” nos muestra el dolor de la ausencia.

— Me duele el corazón!

— Pero le tienes?

— Sólo sé que me duele…

— Por carencia.

— Puede ser, mas le siento…

— Si, en las sienes!

— Bien, sufriré en silencio y con paciencia!

— Mira, pues que á razones no te avienes,

ni caso haces alguno de la ciencia,

“Ancho zurrón”, soneto de Juana de Ibarbourou, muestra la perspectiva de perderlo todo, pero una visión positiva de las cosas le permite rescatar de las cosas naturales, que puede contemplar y escuchar.

Ancho zurrón, ni pan moreno lleva,

ni espiga antigua, ni naranja nueva.

El vacío me hiela, ese vacío

de arenal, de riscal, de seco río.

Y mi laurel ya lejos, y el lucero

ciego, en el cielo de desierto acero.

Sólo en la mano, con salada huella,

me dio la mar una callada estrella.

Ya no tengo más bien ni más fortuna

que la plata sin plata de la luna

y la abeja, la abeja de mi canto

matinal, me traerá sortija, encanto

de oro bermejo, puro y centelleante

para alabar con lengua de diamante.

Eduardo Milán nos habla del vacío y la carencia como algo a ofrecerle al otro en la comunicación.

Cuando ya no hay qué

decir, decirlo. Dar

una carencia, un hueco en la conversación,

un vacío de verdad: la flor,

no la idea, es la diosa de ahí.

“Ausencia”, de Jorge Luis Borges, es la representación misma de este tema,

Ausencia

habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,

cuántos lugares se han tornado vanos

y sin sentido, iguales

a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen,

músicas en que siempre me aguardabas,

palabras de aquel tiempo,

yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?

tu ausencia me rodea

como la cuerda a la garganta,

el mar al que se hunde.

El soneto “No me quejara yo de larga ausencia”, de Lope de Vega, es un lamento por la muerte.

No me quejara yo de larga ausencia

sí, como todos dicen, fuera muerte;

mas pues la siento, y es dolor tan fuerte,

quejarme puedo sin pedir licencia.

En nada del morir tiene apariencia,

que si el sueño es su imagen y divierte

la vida del dolor, tal es mi suerte

que aun durmiendo no he visto su presencia.

Con más razón la llamarán locura,

efeto de la causa y accidente,

si el no dormir es el mayor testigo.

¡Oh ausencia peligrosa y mal segura,

valiente con rendidos, que un ausente

en fin vuelve la espalda a su enemigo!

“Cuarto solo”, de Alejandra Pizarnik es un canto a la soledad, con el genial cierre de la ausencia bebiéndose a la poetisa.

Si te atreves a sorprender

la verdad de esta vieja pared;

y sus fisuras, desgarraduras,

formando rostros, esfinges,

manos, clepsidras,

seguramente vendrá

una presencia para tu sed,

probablemente partirá

esta ausencia que te bebe.

“A un perrillo que se le murió a una dama estando ausente de su marido”, de Góngora, es un epitafio, una de las mayores muestras de pérdida y ausencia.

Yace aquí, flor, un perrillo

que fue en un catarro grave

de ausencia, sin ser jarabe,

lamedor de culantrillo.

Saldrá un clavel a decillo

la primavera, que amor,

natural legislador,

medicinal hace ley,

si en hierba hay lengua de buey,

que la haya de perro en flor.

Para cerrar, Idea Vilariño nos describe casi al detalle “La soledad”, que es la ausencia.

Esta limitación esta barrera

esta separación

esta soledad la conciencia

la efímera gratuita cerrada

ensimismada conciencia

esta conciencia

existiendo nombrándose

fulgurando un instante

en la nada absoluta

en la noche absoluta

en el vacío.

Esta soledad

esta vanidad la conciencia

condenada impotente

que termina en sí misma

que se acaba

enclaustrada

en la luz

y que no obstante se alza

se envanece

se ciega

tapa el vacío con cortinas de humo

manotea ilusiones

y nunca toca nada

nunca conoce nada

nunca posee nada.

Esta ausencia distancia

este confinamiento

esta desesperada

esta vana infinita soledad

la conciencia.

NOTA: La imagen corresponde a la pintura “Desolación” de Thomas Cole.

Espero volver a verte por aquí.

LA ESPERA, LA ESPERANZA

La espera, junto con la incertidumbre de lo que vendrá, genera esa sensación de esperanza tan fuerte que representa una acción poética en sí misma.

En el primer poema, ya en la primera estrofa de mi “Soy el silencio”, estoy abriendo el poemario con ese sentimiento, marcado por una fuerte aliteración: “aspira-espera-expresar”.

Soy ese silencio que habita en nosotros,
que aspira en su espera poder expresar
tantas cosas muy simples a amigos y otros
que entiendan mi voz que es tan solo mirar.

Sentimiento que abunda en todo ese libro, pues ya en el poema III se asocia a la búsqueda con la esperanza,

Buscar es como vivir de la esperanza,
es beberse toda la fe hasta el hartazgo,
no desesperar con temprana tardanza,
enloquecer de alegría en cada hallazgo.

En “La poesía es un atentado celeste” (fragmento), Vicente Huidobro está esperando por él mismo, por su vuelta, por el rencuentro con lo que quizás una vez fue,

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

“La esperanza” (fragmento), de Alberto Lista, nos la muestra como la forma de disipar las penas,

Dulce esperanza, del prestigio amado
pródiga siempre, que el mortal adora,
ven, disipa piadosa y bienhechora
las penas de mi pecho acongojado.

“Última necat” (fragmento), de Manuel Gutiérrez Nájera, nos describe claramente la espera de lo que ya se fue, una espera resignada, consciente de esperar el tiempo que no habrá de volver.

¡huyen los años como raudas naves!
¡rápidos huyen! infecunda parca
pálida espera. La salobre estigia
calla dormida.
¡Voladores años!

Eduardo Milán en su poemario “Por momentos la palabra entera”, en un fragmento de uno de sus poemas nos muestra su propia espera, en medio de sus propios conflictos, como la espera de sus seres queridos, sus hijos, su mujer, quizás esperando por él.

No consigo estar de acuerdo conmigo:
Dudo, titubeo. ¿Qué debo decir que esté conmigo
De corazón, no tanto de lenguaje?
Es que el lenguaje es tanto. Y mientras
Al costado mi hijo espera,
Al costado mi hijo espera,
Al costado mi hija espera,
Pacientemente al costado mi mujer espera:
Son tres hijos y mi mujer al costado del poema,
Al costado de mi desacuerdo conmigo.

En este fragmento de “¡Parábola!” de Líber Falco la calma sobresale al cualificar la espera,

Es de noche y la ciudad dormida,
duerme.
Y el mar espera.
Y la noche espera.
Y en el cielo una sola estrella
sola espera.

Mientras Alfonsina Storni trata de buscar la alegría en este fragmento de su “Fiesta”,

Visten de azul, de blanco, plata, verde…
Y la mano pequeña, que se pierde
Entre la grande, espera. Y la fingida,
Vaga frase amorosa, ya es creída.

Hay quien dice feliz: -La vida es bella.
Hay quien tiende su mano hacia una estrella
Y la espera con dulce arrobamiento.

En “El puente”, Mario Benedetti encuentra la razón de cruzarlo, en que alguien está esperando por él, aunque la construcción del poema sugiere que es todo lo que espera por él.

Para cruzarlo o para no cruzarlo
ahí está el puente
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país
traigo conmigo ofrendas desusadas
entre ellas un paraguas de ombligo de madera
un libro con los pánicos en blanco
y una guitarra que no sé abrazar
vengo con las mejillas del insomnio
los pañuelos del mar y de las paces
las tímidas pancartas del dolor
las liturgias del beso y de la sombra
nunca he traído tantas cosas
nunca he venido con tan poco
ahí está el puente

para cruzarlo o para no cruzarlo
yo lo voy a cruzar
sin prevenciones
en la otra orilla alguien me espera
con un durazno y un país.

César Vallejo cierra su poema “Guitarra” con este tramo alusivo a las esperanzas:

El placer de sufrir,
de esperar esperanzas en la mesa,
el domingo con todos los idiomas,
el sábado con horas chinas, belgas,
la semana, con dos escupitajos.
El placer de esperar en zapatillas,
de esperar encogido tras de un verso,
de esperar con pujanza y mala poña;
el placer de sufrir: zurdazo de hembra
muerta con una piedra en la cintura
y muerta entre la cuerda y la guitarra,
llorando días y cantando meses.

En este fragmento de “Anillos de ceniza”, Alejandra Pizarnik yace la noción de calma resignada, esperando por las palabras que aparecen en la noche.

Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio
.

Y para finalizar, uno de los consejos del gaucho Martín Fierro a sus hijos, de la pluma de José Hernández.

Su esperanza no la cifren
nunca en corazón alguno;
en el mayor infortunio
pongan su confianza en Dios;
de los hombres, sólo en uno,
con gran precaución, en dos.

Nota: La imagen pertenece al cuadro “La esperanza”, de George Frederic Watts.

Espero volver a verte por aquí…

LA PIEDRA

¡Tantas características tiene una roca! Una simple piedra, pero tan representativa y figurativa, se convirtió en protagonista de la literatura a través de la historia. Ha dado inspiración a una enormidad de menciones, por ser un objeto inanimado, rígido, duro. Este vocablo está detrás de un sinfín de conceptos, Sinónimo de basamento, rigidez, estoicidad, durabilidad, resistencia, terquedad, perennidad, bruteza, estabilidad y hasta eternidad, la piedra ha servido como metáfora recurrente en la mayoría de los poetas en el tiempo, a la vez que, en sentido figurado es habitualmente utilizado en la narrativa.

Mi poemario Plegarias en Penumbra no estuvo ajeno a esto y le dedica el poema XLIII

La piedra, en el universo lo más bruto,
persevera resistente e inalterable,
su piel y alma de dureza insoportable,
sus esencias de inmarcesible atributo.

En el fondo, su aparente fortaleza
enrostra calma su grosera constancia,
y aun deslumbra por ausente la elegancia,
refuerza sus todos aires de grandeza.

Pero más grácil, sosegada, paciente,
con esfuerzo persistente que no mengua
la gota va golpeando sin dar tregua
al tiempo que castiga feroz e hiriente.

Y el agua, que se muestra blanda y endeble,
es realmente veloz y escurridiza,
sin alardear corpulencia maciza,
pero ofreciendo una energía indeleble.

Fortalezas, firmezas y permanencias,
la altanera y confiada roca ostentaba,
a ella un timorato cauce acariciaba,
pero la fue excavando sin resistencias.

Andar con la mano abierta y extendida,
prevaleciendo sobre el crispado puño,
pues la senda a la agresión, quizás rasguño,
no provocará la más profunda herida.

Al momento de mostrarte a los clásicos, solo puedo hacer una breve selección, debido a la cantidad ilimitada de referencias existentes:

“Aunque es de piedra, y su cabeza es piedra”, de Lope de Vega.

Aunque es de piedra, y su cabeza es piedra,
y sobre piedra fuerte está fundada,
y con sangre por ella derramada
de tantos huesos su cimiento en piedra;
aunque con tantos Sacramentos medra,
en gracia y fe con Cristo desposada,
y tantas ramas de su Cruz sagrada
tienen sus muros firmes como yedra;
mientras que la persiguen militante,
a defenderla con sus rayos viene
la luz que al mismo fuego tuvo impreso.
Que aunque partido Cristo por Atlante
quedó la piedra que la tuvo y tiene,
carga en los hombros de Domingo el peso.

“Piedra miserable”, de Alfonsina Storni

Oh, piedra dura, miserable piedra,
Yo te golpeo, te golpeo en vano,
Y es inútil la fuerza de mi mano,
Oh piedra dura, miserable piedra.

Pero haces bien, oh miserable piedra,
Deja que tiente un golpe sobrehumano,
Deja golpear, deja golpear mi mano,
Oh piedra dura, miserable piedra.

No me des nada, miserable piedra,
Guarda un silencio altivo y soberano,
No te ablandes jamás entre mi mano;
Oh piedra dura, miserable piedra.

Con tu impiedad, oh miserable piedra,
Recobro alientos y el deseo gano,
No te dejes caer sobre mi mano,
Mezquina, estulta, miserable piedra.

Si un día torpe, miserable piedra,
Te venciera la fuerza del verano
Y cayeras a gotas en mi mano
Yo te odiaría, miserable piedra…

“Piedra Infinita” (fragmento), de Jorge Enrique Ramponi

Porque compacta sombra,
o soledad,
perpetua soledad a plomo,
témpano de silencio,
rígido limbo y piedra,
tienen la misma réplica, oh cóncavo nefasto, igual ecuación fría,
responden con un eco de amargo símbolo en la sangre.

Tembloroso, sonámbulo, tornasol, taciturno,
aguzo el corazón, palpo la piedra:
frío gesto unitario,
fruto cumplido en ámbito ya duro,
tiempo cerrado, autónomo, infinito.

“En Uxmal” (fragmento), de Octavio Paz

La piedra de los días
el sol es tiempo;
el tiempo, sol de piedra;
la piedra, sangre.

“Los labios impacientes de la noche”, de Blanca Andreu

Los labios impacientes de la noche te sanan mientras abren el olor de la piedra
te conducen si acosan el alma de la piedra
si el tierno corazón mineral beben
es tu hora es la noche
así, dirás que te han robado como un vino novicio
y te harás piedra aguda como un líquido agudo
limpia como opio de oro
y serás tregua tuya
y alianza
así, dirás que la que es contigo y lleva un aire desigual a balanza entre estrellas
la idéntica más favorable
tu obra nocturna rara
es la que muestra sonrisa y griterío

palabras como estrellas
y escucha un piano terso como una estrella, estrellas.

“La roca”, de Mario Benedetti

La indiferencia de la roca
me conmueve
y me aplaza
cómo irme desgranando
hora a hora
pestaña tras pestaña
pellejo tras pellejo
ante ese paradigma
de tesón
y pureza
no obstante apuesto a que
la indiferencia de la roca
quiere comunicarnos
una alarma infinita

“No rechaces los sueños por ser sueños” (fragmento), de Pedro Salinas

Todos los sueños pueden
ser realidad, si el sueño no se acaba.
La realidad es un sueño. Si soñamos
que la piedra es la piedra, eso es la piedra.
Lo que corre en los ríos no es un agua,
es un soñar, el agua, cristalino.

“Hasta el día en que vuelva, de esta piedra”, de César Vallejo

Hasta el día en que vuelva, de esta piedra
nacerá mi talón definitivo,
con su juego de crímenes, su yedra,
su obstinación dramática, su olivo.
Hasta el día en que vuelva, prosiguiendo,
con franca rectitud de cojo amargo,
de pozo en pozo, mi periplo, entiendo
que el hombre ha de ser bueno, sin embargo.

Hasta el día en que vuelva y hasta que ande
el animal que soy, entre sus jueces,
nuestro bravo meñique será grande,
digno, infinito dedo entre los dedos.

“En la sombra estaban sus ojos”, (fragmento) de Jaime Sabines

Y una niña en sus ojos sin nadie
se asomaba sin nada a los míos
y callaba y miraba y callaba
y sus ojos abiertos y limpios,

piedra de agua, me estaban mirando
más allá de mis ojos sin niños
y qué solos estaban, qué tristes,
qué limpios.
Y en la sombra en que estaban sus ojos
y en el aire sin nadie, afligido,
allí estaban sus ojos y estaban
vacíos.

“Soy”, (fragmento), de Josefina Pla

Garganta temerosa del entrañable grito
que desnuda la carne del último dolor:
¡lengua que es como piedra al dulzor infinito
de la verdad postrera dormida en la pasión!

“El ángel negro” (fragmento), de Miguel Unamuno

Mi pobre frente en la caída choca
con la verdad de gesto zahareño
que dura é inmutable como roca
sólo hiriendo alecciona a nuestro empeño.

Nota: La imagen corresponde a la pintura «Piedra blanca», de Nicholas Roerich.

Espero volver a verte por aquí…

EL DEMONIO

La lucha interna del ser humano, lo bueno en oposición a lo malo, los ángeles y los demonios, con su connotaciones religiosas, pero también desde el lado de la introspección, tiene un rico lugar dentro de la historia de la poesía.

Hoy te traigo el tema de los demonios y, para comenzar, el poema XLIX de mi libro “Plegarias en penumbra”:

En mi mente se acurruca algún demonio
siempre dispuesto a quedarse a disfrutar,
la tertulia en que me pudiera obligar
a someterme con él en matrimonio.

Se presenta casi en tono indiferente.
Se juega, cual sabedor de su trofeo,
pues muy doblegado, yo ya ni peleo
y mi voluntad me arrebata insolente.

Me conoce como mi mejor amigo,
busca percibiendo por donde me encuentra,
su mezquino afán, erudito concentra
solo humillarme como cruel enemigo.

Aparece queriendo imponer su juego
sin que lo sostengan ni tenues razones,
efusivo arremete con empellones,
sin darme el espacio para algún sosiego.

No quisiera permanecer poseído
a sabiendas que no habrá ángel ni credo
apto para desanudar este enredo
del que sólo yo, impotente, no he salido.

Espero no acechen los bravos infiernos,
mi temor sólo es el sufrir terrenal;
mi escape, aunque sea un juego mental,
me sabrá alejar de los fuegos eternos.

Y también del mismo poemario, el LXXXI donde sí explota la lucha contra los ángeles:

Demonio, con cuernos quebrados,
que portas tridente sin filo en las puntas,
apenas vas rosado y tu cola es rabona
pero tu sombría presencia no asusta,
solo me desorienta en tu noche.
Me espanta tu risa estridente,
me asombra tu argucia
pero no trago tu fraude,
tu fealdad y tus tormentas
no me aíslan.
No mientas mis ansias
que no amenazas mi camino…

Ángel, que estás con las alas abiertas,
que tus rizos de un rubio brillante,
yo apenas digiero de mustio ceniza,
tu fulgor, con tu risa amigable,
tan solo encandila mi día.
No me conmueve tu calma belleza,
me asusta tu paz,
me incomoda tu gracia.
Tu lozanía y tu bonanza
no me amparan.
No mientas mis credos
que no riges mi destino

No me ofrezcan verdades,
no insinúen certezas,
vuestra lucha es mi pelea,
si tan solo voy marchando
las tinieblas de mi ignorancia
a través de la penumbra
de mis dudas,
de mis preguntas.
La media luz de mis propias respuestas
me hace beber mis culpas,
sin brindis,
solo yo, conmigo

Y al momento de pasar a los clásicos no van a faltar Machado, Lope de Vega, Mistral, Cernuda o Neruda, entre tantos otros. Va aquí una selección:

“Y era el demonio de mi sueño, el ángel”, de Antonio Machado

Y era el demonio de mi sueño, el ángel
más hermoso. Brillaban
como aceros los ojos victoriosos,
y las sangrientas llamas
de su antorcha alumbraron
la honda cripta del alma.
-¿Vendrás conmigo? -No, jamás; las tumbas
y los muertos me espantan.
Pero la férrea mano
mi diestra atenazaba.
-Vendrás conmigo… Y avancé en mi sueño,
cegado por la roja luminaria.
Y en la cripta sentí sonar cadenas,
y rebullir de fieras enjauladas.

“Como una vela sobre el mar”, de Luis Cernuda

Resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.
Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.

“Ir y quedarse, y con quedar partirse”, de Lope de Vega

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno
.

El papagayo (fragmento), de Gabriela Mistral

El papagayo verde y amarillo,
el papagayo verde y azafrán,
me dijo «fea» con su habla gangosa
y con su pico que es de satanás.

Al jorobado (fragmento), de Leopoldo Lugones

Sabio jorobado, pide a la taberna,
Comadre del diablo, su teta de loba.
El vino te enciende como una linterna
Y en turris ebúrnea trueca tu joroba,
Porque de nodriza tuviste una loba
Como los gemelos de Roma la Eterna.

San Miguel Arcángel (fragmento), de Dulce María Loynaz


Arcángel San Miguel,
con tu lanza relampagueante
clava a tus pies de bronce
el demonio escondido
que me chupa la sangre…

Soneto LIV Cien sonetos de amor (fragmento), de Pablo Neruda

Espléndida razón, demonio claro
del racimo absoluto, del recto mediodía,
aquí estamos al fin, sin soledad y solos,
lejos del desvarío de la ciudad salvaje.

Predestinados (fragmento), de Rosalía de Castro

Un mal espíritu, algún demonio
de cuantos hay el más cruel
ha presidido su nacimiento
y oculto guía siempre su pie
hacia los bordes de la alta sima
a ver si puede verle caer.

Nacimiento de Cristo (fragmento), de Federico García Lorca


¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!
Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.
Los vientres del demonio resuenan por los valles
golpes y resonancias de carne de molusco.

Amor prohibido (fragmento), de César Vallejo

Subes centelleante de labios y ojeras!
Por tus venas subo, como un can herido
que busca el refugio de blandas aceras.

Amor, en el mundo tú eres un pecado!
Mi beso es la punta chispeante del cuerno
del diablo; mi beso que es credo sagrado!

El labrador (fragmento), de Julio Herrera Reissig

Cual si pluguiese al diablo -vaya un decir- engorda
el granero vecino con la triple cosecha…
Y aunque él jura y zuequea, esta arcilla maltrecha
sigue siendo madrastra o que realmente es sorda…

Diablo, demonio, Satanás o Mefistófeles desde siempre inspiró a los grandes poetas.

En una próxima entrega vendrá algo sobre los ángeles.

NOTA: La imagen corresponde a la pintura “El aquelarre” de Francisco de Goya.

Espero volver a verte por aquí…