El espíritu que alberga la vida salvaje es la imagen del dios que la creó. Una mente tejió la vida en la cual nos desenvolvemos en consciencia y sin ella.Los dioses de las religiones son intentos de creaciones divinas para entender la maravilla de la vida salvaje compleja.
“El espíritu que alberga la vida salvaje puede entenderse como la expresión más pura y directa de la divinidad en el mundo. No es una fuerza externa que haya dado origen a la naturaleza, sino una presencia inmanente que se manifiesta en cada forma viva, en cada proceso evolutivo, en cada impulso de supervivencia y creación. Allí donde la vida brota sin cercos, donde instinto y entorno dialogan sin intervención humana, se reconoce el reflejo más nítido del dios creador: no un ser antropomórfico ni un juicio moral, sino una inteligencia silenciosa que sostiene y renueva el ciclo del existir. Esa inteligencia —o mente universal— tejió la red de la vida en la que nos desenvolvemos. La existencia humana, con su consciencia reflexiva, no está fuera de ese tejido; es una hebra más, aunque distinta. En ella la vida se observa a sí misma, se interroga, construye símbolos y mitos para dar nombre a lo sagrado. Somos, por así decirlo, el órgano mediante el cual la naturaleza llega a saberse consciente. Pero la consciencia no anula la vida inconsciente que la originó: ambas coexisten, como la ola que forma parte del mar sin dejar de ser mar.
Las religiones, a lo largo de la historia, han intentado traducir esa experiencia de lo absoluto. Crearon dioses y narrativas que representan el orden, la fertilidad, el caos o la armonía, buscando una manera de comprender la maravilla que les rodeaba. En el fondo, cada divinidad —desde las más antiguas hasta las contemporáneas— es un espejo simbólico de la vida salvaje que asombra y sobrepasa la razón. El fuego, el trueno, la fecundidad de la tierra o la mirada de un animal fueron las primeras teofanías: manifestaciones visibles de lo invisible. Reconocer ese vínculo ancestral implica recuperar una mirada sagrada hacia la naturaleza. No se trata de adorarla como un ídolo, sino de comprender que en ella reside un principio más amplio que nosotros. El respeto por la vida en su estado natural, por su equilibrio y su misterio, se convierte así en un gesto de reverencia hacia el propio cosmos. Porque observar la vida salvaje es, en última instancia, percibir al dios que la habita.”
NOTA: Els dos primers paràgrafs del text són originàriament meus. Pensats i escrits per mi amb influències externes evidents.
El text entre cometes ha estat desenvolupat per una IA a partir dels dos paràgrafs que el coronen.
Hui es poden escriure una tesi doctoral si dones les ordres correctes a una IA. Déu ens ampare!














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