No voy a intentar explicar de dónde viene esa mala onda tan personal: tendría que ir primero con un especialista que me diga "¿No tendrá que ver con lo mala onda que es tu viejo?" o algo así. Simplemente voy a excusarme diciendo que viene desde siempre, o al menos desde que tengo memoria.
Según la historia, yo era un niño muy cabrón. Excesivamente cabrón. Dicen que cuando mi madre se iba a hacer compras o cosas de chicas, me ponía del orto, gritaba como un tarambana, pataleaba y llegaba al extremo de darme la cabeza en reiteradas oportunidades contra una pared en un claro reclamo de afecto hacia mi madre. Si alguien tiene el número de un psicólogo, le estaré agradecido desde ya.
Pero ése no es el punto. De hecho, mi madre hacía las cosas para el hogar con un solo brazo, pues el otro lo tenía ocupado cargando a un gordito cabezón que no quería despegarse de ella. Ya, el número del psicólogo, por favor.
Corría el año 1989 cuando estaba por terminar el jardincito en la San Cayetano, a la vuelta de la Padre Monti. Para mostrar a los padres lo despiertos y divertidos que eran sus niños, las maestras decidieron hacer una representación teatral de la canción de María Elena Walsh, "Marcha de Osías", también conocida como "Osías, el osito". A cada uno de los pequeños se le asignó un papel para desarrollar la obra de la manera más "jardinezca" y democrática posible.
Recordemos, para algunos no tan despiertos, algunas líneas de esta maravillosa canción:
"Osías el Osito en mameluco paseaba por la calle Chacabuco mirando las vidrieras de reojo sin alcancía pero con antojo Por fin se decidió y en un bazar todo esto y mucho más quiso comprar. Quiero tiempo pero tiempo no apurado, tiempo de jugar que es el mejor. Por favor, me lo da suelto y no enjauladoadentro de un despertador."
Hermosísima, sin dudas.
La cuestión es que, por supuesto, a uno de los pequeñines le tocó el gran papel de Osías. Sí, sí: el osito en mameluco, y el resto de los papeles a interpretar, se fueron repartiendo a dedo. A mí me tocó hacer de reloj-despertador.
Para el estreno (?) fueron varios de mis familiares. Hermanos, hermana (la Pepa habrá tenido unos 5 meses de existencia, así que fue solamente la mayor) y por supuesto, mi madre, que había confeccionado con sus propias manos mi disfraz de reloj-despertador. Todos muy contentos esperaban mi debut teatral.
Mientras sonaba la canción de M.E., se suponía que los niños irían apareciendo en el improvisado escenario para interpretar con sus movimientos de pequeñines lo que se oía. Empezó la obra y Osías se ganó el corazón de todas las madres con su soltura a la hora de actuar. Se zarpó el pibe. Inmediatamente después, me tocaba a mí. No, no estaba nervioso. Mi papel simplemente requería caminar por el espacio moviendo mis bracitos como si... fuese... un reloj-despertador. Media pila, viejas. Lo imaginan y listo.
"Vamos, Gero", dijo la seño y me llevó de la mano hasta mi punto de acción. Me dejó ahí paradito para que desempeñe mi parte, mientras yo buscaba a mi madre entre la multitud. No la encontré. Y ahí empezó lo peor. No sólo que no encontré a mi madre, sino que pude divisar, a lo lejos, a una madre* que tenía en su rostro una sonrisa de oreja a oreja. "Se me está cagando de risa", pensé. "¡Las pelotas! ¡Ahora no hago una mierda!", me dije, y sí, me quedé plantado. No hice absolutamente nada. Miré a los costados como diciendo "Bueno, listo. Dénse cuenta que no voy a hacer esto por culpa de aquella hija de puta y continuemos con el resto de la obra".
Estaba prendido fuego. Mi acto de rebeldía estaba arruinando la obra por completo y eso me hacía sentir de puta madre. Yo solito, haciendo nada, le estaba pateando el tablero a todas las señoritas. O al menos eso creía. De entre todos los actorcitos, salió de nuevo a escena Osías, el Osito en Mameluco: me tomó de las manos y me hizo bailar como nunca me ha hecho bailar otro hombre jamás. (Qué gay).
Las señoritas sonreían, las madres se enternecían, algunos aplaudían aquél acto de Osías que, nuevamente, se ganó el corazón de absolutamente todos.
Y si bien, esta historia no despeja dudas sobre el origen de mi "cabronez", deja en claro como el agua que no me fui volviendo un gordito cabrón con el tiempo, los vicios adquiridos o las juntas: nací así. Nací gordito y cabrón.
P.D.: Todavía recuerdo la cara de esa vieja hija de puta que, sí, se me estaba cagando de risa.
*(supongo que era una madre, porque sostenía una cámara de fotos y estaba excitadísima)