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Ya volverá el Oleaje: 25N

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El 25 de noviembre no es una efeméride más. Ese día, en 1960, las hermanas Mirabal fueron asesinadas por la dictadura de Trujillo en República Dominicana, y su muerte se convirtió en símbolo de todas las violencias que se han intentado tapar bajo la alfombra. Por eso hoy se recuerda como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres: para nombrar lo que durante tanto tiempo se nos pidió callar.

A veces da la sensación de que la ola que se levantó con tanta fuerza en 2018 se hubiera apagado, que el tema se hubiera silenciado otra vez. Pero no es verdad. Está debajo, tomando aire. Nosotras también. Y cuando vuelva a subir, porque siempre vuelve, lo hará más honda, más consciente y con menos disposición a aceptar lo que antes dábamos por normal.

25N, Sara Bueno.

Esperan de mí que venga

rota en mil pedazos

para probar los golpes.

Esperan de mí la lágrima,

la ausencia de luz,

la mirada marchita.

Esperan de mí

un rostro devastado,

un cuerpo empequeñecido,

una memoria intacta.

No aprueban que venga

albergando en mis ojos

lo último que me queda de fuerza,

de esperanza,

de dignidad.

Quizás no soy la Víctima Perfecta,

fui la Perfecta Víctima:

aislada, ausente,

sometida al engaño,

a la falta de perspectiva.

Traigo una fragilidad

fortalecida,

rostros borrados

en una mente

que me mantiene a salvo;

una memoria que dice no,

una mirada que dice no,

una lágrima que dice no,

un cuerpo disociado que dice no,

una boca resignada, ignorada,

enmudecida.

Esperan de mí

una herida abierta

donde meter las manos,

pero la herida es mía

y la sostienen mis propias manos,

estas manos que

escriben el silencio

y hoy el silencio

está gritando.”

Días Perfectos

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Vi Perfect Days en Netflix y por recomendación de alguien (casi como tarea) en quien confío muchísimo. Debo reconocer que la falta de diálogo, al principio, me generó cierta ansiedad. Encontrarme, además, con un hombre solo y en un silencio no solo cinematográfico, sino en Tokio, una de las ciudades que imagino más ruidosas, me hizo sentir muchas ganas de abandonar la tarea durante la primera media hora. Mis películas e historias van de minas. De ruido. De conflictos.

Entonces, ¿por qué me la recomendaron? ¿Qué tiene que ver esto conmigo? ¿Con todos? Con este señor japonés, que se ve súper en paz limpiando baños y regando plantas en medio del mundo. Siendo invisible. Creo que más de alguna vez nos hemos sentido así: sintiendo cómo nuestro verdadero yo desaparece detrás de los relatos de otros o de la rutina.

Pero claro, hay algo en ese hombre, de nombre Hirayama (que significa “montaña pacífica” en japonés), que sigue rondando en la cabeza incluso después de los créditos. E incluso me hace usar este blog que nació en 2014, cuando creía que solo tenía que ver y leer de mujeres, porque todo lo masculino ya se escribió.

Quizás porque este hombre, de facciones y mirada apacible, encarna algo que escasea, algo tan fácil y complejo como una vida hecha de gestos mínimos, de rutinas que parecen intrascendentes, pero que, vistas de cerca, revelan una belleza silenciosa, casi sagrada. Yo vivo (y vivía) así, en un eterno loop de tareas por hacer. De amor por entregar.

En medio de una ciudad como Tokio —que no conozco, pero que parece una máquina ruidosa, exacta, hiperconectada— había solo silencio. Un silencio denso, lleno de pequeñas ceremonias cotidianas como limpiar los baños, regar un árbol, transplantar una ramita (y yo pensando en las mil formas en que la mataría porque nunca se me ha dado, probablemente porque requiere mucha paciencia) o algo tan nostálgico como escuchar un cassette viejo, tomar un café instantáneo de tetera frente a una ventana.

Es una película donde no pasa casi nada y, sin embargo, pasa lo más difícil de ver, alguien que está viviendo. Sin justificarlo, sin explicarlo. Solo viviendo. No hay ruido en Hirayama, pero tampoco hay vacío. Hay orden, hay calma, hay una seriedad metódica, casi como una experiencia religiosa detrás de cada rutina. Y en esa seriedad, algo que se parece mucho a la dignidad. Mientras el mundo corre, él se detiene. Mientras otros buscan ser vistos, él limpia lo que nadie mira. Y, de alguna forma, eso también es una forma de resistencia frente a cómo lidiamos con lo urgente, lo inmediato.

El pasado, el futuro y lo que queda en medio. La hermana aparece como un eco del pasado. Representa todo lo que Hirayama dejó atrás. Familia, Estructura, órdenes, la versión socialmente aceptable de una vida. Su sola presencia muestra la herida: hay un quiebre que no se nombra, una historia que se intuye más que se cuenta. Ella habla desde otro mundo, uno que él ya no habita y que, por elección o quizás dolor, ha decidido dejar.

Pero es ella, la sobrina, la que de verdad le hace “toc toc” para que despierte el futuro.

Niko llega como una ráfaga que despeina. Es joven, curiosa, viva. Lo mira (¿admira?) con asombro, como quien encuentra algo distinto, algo auténtico que sabía que existía. No lo juzga, solo observa, pero lo interpela. Y en esa mirada, Hirayama se reconoce, por un instante, a través de los ojos de alguien que aún está aprendiendo a mirar. Ella representa lo que sigue, la continuidad de una forma de estar en el mundo que no necesita grandes cosas ni gestos, pero sí el verdadero amar un enigma. En un mundo lleno de privilegios y perfección… incluso desde una pirámide básica ya cubierta: sentir amor por lo que haces, no necesitar más de lo que tienes y agradecer cada instante… es el verdadero privilegio. Respirar y tomar agua limpia en un día brillante, teniendo tiempo, se ha convertido en privilegio.

Niko representa tan bien el futuro. La hermana, ese pasado doloroso pero que nos hace quienes somos hoy. Finalmente, Perfect Days es ese encuentro que rompe la temporalidad para encontrarse en un mismo espacio.

SPOILER: si quieres ver la película, no sigas.

Aparece el exmarido y abre un mundo desconocido, como si fuera un fantasma del tiempo que se quedó atrás. Su aparición es muy breve y me costó entenderlo. Cuando Hirayama lo encuentra borracho, vulnerable, lo escucha en silencio. No hay resentimiento, solo cuidado. Es como si el pasado, el futuro y el presente se cruzaran en ese gesto: el hombre que fue, el hombre que podría haber sido y el hombre que es. El exmarido simboliza el derrumbe; la sobrina, la posibilidad. Hirayama, en medio de ambos, sostiene el equilibrio con una toalla húmeda y una paciencia infinita.

(Ojo: es lo que menos entendí de la película. No soy experta, y es lo que me dejó.)

Rompe en llanto. De la nada. La lágrima, el agua, que desde tiempos infinitos es la que limpia, pero me imagino que atormenta. En una rutina tan exquisita, tan perfecta, donde buscas un equilibrio, donde no necesitas a nadie y te crees invencible… a veces solo basta un poco de futuro o de pasado para romper esa armonía.

Y luego llega el final.

El momento en que la música de Nina Simone (“Feeling Good”) llena el auto y llegan las lágrimas. Por fin. Como si, por primera vez, la vida se le metiera entera en el cuerpo: todo, la belleza, el dolor, la rutina, el tiempo que pasa. Pero son de esas lágrimas que no vienen desde la tristeza. Las sentí como suena descubrir que en la libertad también existe un reconocimiento de una vida callada, tan contenida, pero que nadie obligó.

Hirayama no llora por lo que perdió, sino porque entiende, al fin, que no le falta nada. No necesita reconciliarse con su hermana, ni volver a una familia, ni encontrar un gran amor. Su reconciliación es con el mundo y con su propia forma de habitarlo. Llora porque acepta que todo lo que existe —los árboles, el sonido del agua, el olor del baño recién limpio, el rostro de su sobrina— es suficiente. Porque sabe que la vida no necesita más justificación que seguir. Una vida pequeña, sí, pero inmensamente suya.

Y en ese silencio final, en ese llanto que limpia lo que queda, hay algo que se parece mucho a la paz.

PS: Ya con Hemingway aprendí que el agua, ya sea en lágrimas o en lluvia, limpia no solo la tierra, sino también el alma. Sé que lo repito, pero por algo es.

Yo ya viví: Claribel Alegría

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Yo ya viví,
ya amé,
ya sufrí,
ya gocé,
ya perdí y gané,
ya recorrí caminos,
ya tuve sueños,
ya fui hija,
ya fui madre,
ya fui amante.

Ahora soy la que soy:
un puñado de memorias,
una mujer que sabe
que el tiempo es prestado
y que cada día
es también un comienzo.

Hay mañanas en que despierto con la certeza de que todo lo importante ya lo viví. No como renuncia, sino como alivio. Como quien mira hacia atrás y reconoce que amó, perdió, disfrutó, se equivocó, acertó y volvió a empezar tantas veces que ya no necesita más pruebas. Y, sin embargo, el día igual se abre, con su taza de café con leche, con la rutina de spinning que me espera, con los espacios que nadie nota, pero que me acompañan.

Al final, ese es el punto, la rutina me sostiene. Preparo una clase, entro al aula, escucho a los estudiantes, respondo preguntas. A veces siento orgullo, otras simplemente cansancio, pero al cerrar el computador me sorprende siempre lo mismo: el silencio. Ese silencio es un vacío que no me asusta. Está ahí como un recordatorio de que sigo conmigo, de que la vida continúa aunque nada extraordinario ocurra.

En la cocina también aparece. Pongo una olla al fuego, corto las verduras que meteré al airfryer, alguien whatsapea y nos reímos un rato. Y al terminar, otra vez ese rincón de quietud, como si siempre quedara un espacio sin ocupar. Antes lo llamaba soledad, ahora lo llamo vacío. No porque duela, sino porque abre.

He aprendido a habitar ese hueco sin apuro. No necesito llenarlo todo. Me gusta que haya un lugar reservado, un tiempo sin ruido, una espera sin nombre. Porque en ese espacio cabe lo inesperado: una coincidencia mínima, un comentario distinto, una mirada que dura más de lo normal. No lo persigo, pero me gusta saber que podría ocurrir.

La rutina y el vacío se complementan. Una da forma, el otro deja hueco. Una me ordena el día, el otro me recuerda que todavía hay futuro. Lo vivido me da la tranquilidad de no correr detrás de nada y lo que falta me da la certeza de que no todo está dicho.

He sido hija, madre, mujer que amó y perdió, mujer que enseñó y aprendió. Todo eso me construyó y me acompaña. Pero no me cierra: me abre. Es un lugar donde la vida no me debe nada y yo tampoco le debo a la vida. Lo que venga, si viene, será regalo.

Tal vez ese sea el verdadero sentido de este tiempo. Quizás sea vivir en la rutina como quien pisa tierra firme, aceptar el vacío como un espacio fértil y dejar que cada día aún en su repetición se presente como un comienzo.

Terraza

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Sigues ahí.
Frente al mar, como siempre.
Inmutable, aunque todo haya cambiado.

Te miro y a veces me pregunto si recuerdas el primer picoteo, tus copas flauta de frutas diversas, el primer risotto y la increíble paella que resultó en medio de una junta de primos.
El bautizo que celebramos con cero protocolo católico y con más invitados que asientos o la primera vez que hubo un carrete de segunda generación.

Cómo algunas conversaciones se estiraban hasta las cinco de la mañana, mientras otros dormían en los sillones sin culpa, con los pies recogidos y el alma suelta, dejando atrás acumulación de tarjetas amarillas y no llegaron nunca a la roja.

Aquellas discusiones y esas frases que se dijeron solo una vez y para siempre, que cambiaron el curso de tantas vidas, aunque nadie lo supiera del todo en ese momento.

Fuiste punto de encuentro. La promesa tácita de que todo se podía conversar mejor mirando el mar. Personas que no se conocían terminaban brindando juntas, compartiendo picoteo, historias y silencios. Tuviste algo de casa y algo de escenario. Algo de refugio, algo de fiesta.

Pero hace tiempo que no te habito. No porque ya no estés, sino porque ya no sé cómo reinventarte.

Porque lo que alguna vez fue centro, hoy es borde. Y aunque hace poco volví a ponerle malla, a veces me asomo, pero no cruzo.

Sigues ahí, esperándome.
Tal vez un día vuelva.
Tal vez con otra gente, menos ruido, más verdad.

“La soledad es no poder decir lo que duele”

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“La soledad es no poder decir lo que duele”

Alejandra Pizarnik

Hay días -o noches, que son peores- en que una se cansa de ser puente. De tenderse entera para que otro cruce sus miedos para llegar a una orilla que no pisaría solo. Una se gasta en el intento, se vuelve una madera vieja y desgastada que cruje cuando hace frío en la madrugada.

Incluso ocurre que el otro ni siquiera da un paso, y el desencuentro inevitable puede venir en forma de portazo o de palabra, apenas un susurro que nadie escucha, un roce que se enfría, dos manos que se buscan por costumbre y terminan cayendo cada una en su bolsillo.

La tristeza de estos momentos no tiene épica, ni menos grandes gestos. Se sienta callada en la orilla de la cama, luego de que ese amor que se sintió invencible de pronto se parece más a la rutina de la llegada a casa luego de una larga jornada, silente y vigilante por si cualquier cosa rompe ese vacío.

Se queda ahí, oliendo el rastro que dejan las promesas no cumplidas o las palabras que ya atravesaron almas.

A veces me digo que hemos aprendido a armar maletas con demasiada facilidad. Guardamos lo que duele, doblamos lo que no cabe, tiramos lo que no queremos recordar. Y así andamos, expertos en viajar sin equipaje, pero con la espalda llena de fantasmas.

Hay quienes creen que uno se endurece con estos desencuentros.

Yo digo que no. Yo me vuelvo blanda por dentro, una masa que cada vez tiene menos forma o sustancia y puede esconderse dentro de cualquier envase.

Porque al final, casi toda tristeza tiene la audacia de quedarse y no queda más remedio que moldearla de alguna forma para ser capaz de cargarla.

De palabras y números

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Los Amantes – René Magritte

Dicen que la verdadera intimidad no nace por el roce de la piel ni por una mirada casual. Probablemente necesita de mucho más que eso para construirse. Pero en otras, se levanta como un hilo de voz en mitad del ruido que se filtra por una rendija creada entre dos pantallas. Es una grieta que se abre sin manos ni besos, pero cargada de palabras que pueden desnudarte sin necesidad de quitarte la ropa. Un pequeño milagro moderno, que parece hablarnos sólo a nosotros: sencillo, sin adornos, pero tan certero que se clava suave y queda latiendo adentro.

—Siempre he sido más de palabras que de números —le dice ella, apoyando la cabeza en su hombro imaginado—. Porque los números pretenden encerrarlo todo y yo quiero dejarlo suelto, correrlo por las orillas de la cama, dejarlo colarse entre mis dedos.

—No sé cuánto te quiero —confiesa— Y eso me tranquiliza. No hay cifras para medir la ternura con que me rozas los miedos, ni el temblor de tus manos cuando crees que no estoy mirando.

Ella sonríe, como quien se sabe un poco ridícula.

—No hay estadística que pueda predecir la exactitud de tu risa cuando me quedo callada de pronto. O cuando tu mirada me dice que no hace falta que explique nada.

Él la lee como quien la escucha, la imagina como si la mirara directamente a los ojos, deja que cada palabra se quede pegada en su pecho. Entonces la interrumpe:

—Dicen que los números no mienten, pero uno puede forzarlos hasta que digan lo que uno quiere.

Ella sonríe para sí, desbordada de complicidad.

—Yo no quiero forzar nada —responde—. Ni tus cuentas, ni mis ganas, ni esta distancia rara que se convierte en abrazo cuando cierras los ojos.

Él se inclina, la rodea con su silencio. Ella espera esos puntos danzantes aparecer en la pantalla, como quien aguarda que alguien quiebre un silencio.

—Lo único que sé contar con certeza —dice— son los segundos que aguanto sin decirte lo que me haces. Porque hasta eso a veces me da pudor, como si confesarte que me habitas me dejara indefenso.

—Déjame así —lo provoca ella—. Déjame ser la variable que no puedes despejar. Déjame ser la fórmula que se vuelve verso, que se resbala, que se equivoca a propósito para volver a empezar.

Él sonríe, cansado y feliz. Se imagina sus hombros, su cuello, la curva de la risa que se le cuela por las manos.

—Qué peligroso esto de quererte sin cifras y sin saber cómo hueles —murmura—. Qué dulce saber que no puedo ponerle candado a lo que siento, ni siquiera un nombre exacto.

—Somos distintos, y ese puente que inventamos no se derrumba —responde ella—. Lo sostienen nuestras ganas, lo que callamos cuando hablamos de otra cosa, lo que guardamos cuando fingimos que no sabemos de qué va esto.

Él la mira a través de sus palabras y se le hace cada vez más nítida.

—Hay cosas que no necesitan fecha para existir. A veces me basta imaginar tu cara medio dormida para entender que ni todos mis números sumados me darían un lugar mejor donde quedarme.

Ella parpadea, ríe. Se besan sin besarse, se dicen sin decirse. Y saben —aunque no lo firmen, aunque no lo cuenten— que ahí, justo ahí, donde la palabra derrota al número, viven ellos.

Es raro, casi imposible, encontrarse así: a la distancia, sin cuerpo, palpando como nuestros pensamientos se van haciendo carne en la imaginación de otro. Y luego, cuando por fin la mirada se enfrenta, no hay nada que explicar: la piel reconoce lo que la palabra ya preparó. Hay amores así, que primero te tumban la cordura y luego, si tienes suerte, se quedan a vivir en el alma.

Llueve

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Hay días en los que el mundo entero parece hablar en un idioma que no entiendo. Como si las palabras flotaran sobre mi cabeza, los gestos pasaran de largo y las risas no me tocaran. Días en que el silencio no es ausencia de ruido, sino una presencia densa, casi física, como niebla que se cuela a través de mi pecho. Y llueve. No como en el sur, con gotas gordas que salpican en todas direcciones promesas en las ventanas, sino con una lluvia delgada que arrulla y desgasta, que lava la sombra de una alegría prestada.


Camino bajo esa lluvia sin paraguas, a veces a propósito, otras sin darme cuenta. El agua moja mi pelo, me empapa los tobillos, pero ya no corro. Hay algo en ese dejarse mojar que se parece mucho a rendirse, pero también a descansar. Porque en este mundo atiborrado de estímulos, de urgencias por sonreír, por brillar, por producir, detenerse es casi un acto de rebeldía. Una forma de decir: hoy no puedo, hoy no quiero.


He pasado años buscando el modo correcto de vivir, como si existiera una receta que me diera permiso para ser. Me dijeron que, si era buena, si era generosa y me esforzaba, estaría bien. Si trabajaba, me preocupaba por los demás, si sonría más la vida seguiría sola su curso a lo que llaman felicidad. Pero nadie me explicó que nada de esto lo asegura ni cómo se sostiene uno cuando el alma se siente como una hoja arrastrada por el viento, sin raíces ni rumbo.


Fue ahí cuando el silencio tomó un significado diferente. No ese que se impone cuando no hay nada que decir, sino el otro: el que se elige como refugio. Un silencio que se acerca a la soledad y no juzga ni exige. Un silencio que me abraza cuando me siento extraviada entre tantas expectativas. Que me permite llorar sin necesidad de explicaciones. Que me recuerda que puedo estar completa incluso cuando no me siento feliz. Que no es lo mismo.


Porque aprendí que estar sola no es sinónimo de vacío. Es una forma de habitarme. De escuchar mis pensamientos sin que se ahoguen en el bullicio ajeno. De entender que la felicidad no siempre viene con fuegos artificiales, sino a veces en forma de una taza de té caliente, un libro subrayado o una canción que suena justo cuando la necesito. Porque sí, se puede ser feliz sola. Pero hay días en que compartir esa felicidad la expande. Hay personas que llegan como sol después del aguacero, que no ahuyentan la melancolía, pero se quedan sentadas con uno para mirarla de frente. Que no prometen eternidades, pero regalan instantes limpios, verdaderos.


Y aunque a veces eso puede terminar y sentirse como una lluvia de estrellas que iluminó por un momento el camino, me permitió conocer mucho mejor lo que me rodea y al final, comprender que sigo teniendo mis piernas para avanzar. Porque aprendí a estar conmigo como quien se aprende un poema de memoria: palabra por palabra, con todas sus pausas y sus contradicciones.


Hoy volvió a llover. Y salí sin paraguas. No para desafiar al cielo, sino para reconciliarme con él. Porque la lluvia ya no es enemiga. Es lenguaje. Es espejo. Es la forma que tiene el mundo de recordarme que aún en medio de la tormenta, puedo elegir estar (y ser) conmigo.

Rota

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Hay un momento en el que te das cuenta que dentro tuyo algo se quebró. No es necesariamente un duelo, una separación, un quiebre o el momento exacto en que dijiste «basta» o que simplemente te dijeron algo tan común como que no te aman. A veces, esa rotura no se produce en un solo instante sino también puede ser una acumulación de silencios, de gestos olvidados, de palabras confusas, de conductas que no comprendes, de días donde te miraste al espejo y no te reconociste.

Nos enseñaron que la vida tiene una estructura, que las cosas funcionan de cierta manera: estudias, trabajas, te casas, formas una familia. Veinte años después, cuando todo eso se derrumba, no solo pierdes a una persona, sino también la certeza de quién eras dentro de esa historia. ¿Y ahora qué?

Annie Ernaux en «La mujer helada» lo explica con crudeza directa: nos pasamos años habitando un rol, dejando que el tiempo nos moldee y nos construya, hasta que un día despertamos y nos damos cuenta que no sabemos bien cómo llegamos ahí. Ese quiebre puede ser la única forma de vernos de verdad porque en lo contrario está vacío. Ginzburg, por su parte, en «Felicidad conyugal», muestra cómo ese desgaste no sucede de golpe, sino en pequeñas dosis, en cada conversación que se vuelve automática, en cada emoción que se guarda para no incomodar. Todo para terminar sintiéndonos como un robot.

No es solo el amor lo que se pierde luego de una separación, es también la rutina, la familiaridad, la inercia de compartirlo todo. Marguerite Duras habla de la espera, de ese “limbo” donde el pasado pesa mucho más que el presente. No es fácil salir de ahí. A veces, ni siquiera es claro si queremos salir o si solo queremos entender lo que nos pasó y cómo volver. Porque ese lugar donde volver, ese “yo” también dejó de existir.

Luego está Joan Didion, en “el año del pensaminto mágico” describe el duelo y me hizo pedazos, no como un llanto desgarrador, sino como una disociación de toda realidad. Una parte de ella sigue esperando que su esposo regrese, aunque sabe racionalmente que no lo hará. Algo similar pasa cuando la vida cambia de manera drástica: una parte de nosotros sigue actuando como si todo siguiera igual.

Tal vez por eso, frente a todo este desconcierto, la visión de Louis-Ferdinand Céline en Viaje al fin de la noche puede tener sentido. En esa brutalidad al describir la vida sin maquillajes, sin falsas promesa. En eso que me creo tan yo. Y que capaz no soy y me enfrenta a la idea de que quizás no hay un destino, que todo es más caótico de lo que me gustaría. Y que, en ese caos, hay una extraña libertad.

Porque sí, sentirse rota es real. Es no saber qué hacer con lo que quedó luego de cualquier crisis o final. Permitirme escribir con honestidad es una paso. Pero también es la posibilidad de hacer algo con eso. No necesariamente reinventarse —porque, seamos honestos, ¿Quién tiene ganas de «reinventarse» todo el tiempo?, sino más bien espera poder aceptar y hacer propia esa grieta y decidir qué hacemos con ella (hablando de “La grieta”, otra recomendación: Doriss Lessing).

¿Qué hago llenándome de palabras de otras? Quizás ocupar con algo ese vacío o llenar de con algo el sinsentido de no sentir. Porque al final, estar rota no significa estar terminada. Pocos o nadie sabe esto porque no está en nuestra esencia el contarlo. Significa, quizás, estar más cerca de algo verdadero. Pero solo para una.

Y si algún tipo de fe tengo, es ésta.

Ojos Primitivos : Alejandra Pizarnik

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Al parecer estoy en modo tocaya…

En donde el miedo no cuenta cuentos y poemas, no
forma figuras de terror y de gloria.
Vacío gris es mi nombre, mi pronombre.
Conozco la gama de los miedos y ese comenzar a
cantar despacito en el desfiladero que reconduce hacia
mi desconocida que soy, mi emigrante de sí.
Escribo contra el miedo. Contra el viento con garras
que se aloja en mi respiración.

 Y cuando por la mañana temes encontrarte muerta
(y que no haya más imágenes): el silencio de la comprensión,
el silencio del mero estar, en esto se van los
años, en esto se fue la bella alegría animal.

Alejandra Pizarnik: “Hija del Viento”

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Han venido.
Invaden la sangre.
Huelen a plumas,
a carencias,
a llanto.
Pero tú alimentas al miedo
y a la soledad
como a dos animales pequeños
perdidos en el desierto.

Han venido
a incendiar la edad del sueño.
Un adiós es tu vida.
Pero tú te abrazas
como la serpiente loca de movimiento
que sólo se halla a sí misma
porque no hay nadie.

Tú lloras debajo del llanto,
tú abres el cofre de tus deseos
y eres más rica que la noche.

Pero hace tanta soledad
que las palabras se suicidan

Alejandra Pizarnik

El miedo a salir. A mostrarse. A quitarse la capa y la coraza.

De dulce y de agraz la experiencia. Es difícil medirla cuando hace mucho rato dejaste de lado las cifras o metas en tu vida.

¿Cómo medir un abrazo? ¿Una conversación sincera, aunque dolorosa? ¿Qué valor le ponemos a todo aquello que no es materia y, sin embargo, hace que seamos y nos vean?

Sí, nos ven en nuestra imagen. Pero pocos salimos de casa de forma real. Nos presentamos como palabras pensadas (como esta) con imágenes editadas y discursos pasados por 5 vistos buenos.

Somos solo para quienes nos mostramos en libertad y finalmente, solo somos eso para nosotros mismos.

No dejemos ese descubrimiento. Aunque sea solo para una. Escríbelo, grítalo , postea. El mensaje llegará a quien es correcto.