pantalla.
1. f. Lámina que se sujeta delante o alrededor de la luz artificial, para que no moleste a los ojos o para dirigirla hacia donde se quiera.
6. f. Persona o cosa que, puesta delante de otra, la oculta o le hace sombra.
7. f. Persona que, a sabiendas o sin conocerlo, llama hacia sí la atención en tanto que otra hace o logra secretamente una cosa.
10. f. El Salv. Apariencia falsa que da alguien que quiere impresionar.
~ electrónica.
1. f. Superficie en la que aparecen imágenes en ciertos aparatos electrónicos.
pequeña ~.
2. f. Aparato de televisión.
(RAE)
Es notable, a estas alturas, que el mundo hipertrófico de lo políticamente correcto en el que vivimos todavía no haya incluido a las pantallas en la lista de adicciones peligrosas a las que se ven expuestos los millones de desprevenidos imbéciles que lo habitan. Y mientras se insiste con exorcizar al demonio encarnado en ciertos productos de la naturaleza, nadie ha dado aún la señal de alarma con respecto al paraíso lotófago al que nos invita la tecnología. Sospechamos que entre ese mundo políticamente correcto y las tan difundidas pantallas haya alguna especie de connivencia.
Ya vendrán los idiotas a tocar el timbre para decir que las pantallas y las nuevas tecnologías permiten a un cirujano, desde París, intervenirle la próstata a un astronauta en Venus. De acuerdo, no nos referimos a eso. Hablamos de esta nueva vida cotidiana llena de pantallas de todos los tamaños, desde los grandes cartelones publicitarios en las avenidas, hasta las microscópicas webcams que nos permiten incorporarlo todo a cualquier pantalla, en vivo, transmitiendo para el universo que se acabó el papel higiénico.
No es momento de explicar el impacto cultural que provocaron los celulares, esos aparatitos que, una vez en contacto con internet, revolucionaron para siempre la dinámica social. Tampoco interesa ahondar en un tema sobre el cual abunda la bibliografía. Quizás convenga recomendarle al lector un artículo de León Rozitchner, El espectáculo como cultura, donde pueden leerse los siguientes comentarios al respecto: “”El espectáculo como cultura pasiviza el cuerpo atravesado por el sordo horror de lo que mira, reprime el dolor y lo convierte en cómplice inmóvil, al mismo tiempo que marca el límite estricto de lo que debe ser eludido. Aplana la vida porque el imaginario ha sido llenado, sin defensa, con todos los horrores del mundo. Tener que renovar cotidianamente la mirada para no precipitarse en el abismo: no detenerse a pensar en lo que se ha visto. No es la cultura de un espectáculo, sino la del espectáculo continuo”; y también: “Todos somos prisioneros encerrados, condenados a la soledad de una prisión voluntaria, donde nos desterramos por horas para, a solas, habitar otro mundo”.
Dediquemos, en cambio, un minuto de nuestra atención al romanticismo europeo, aquel revolucionario movimiento cultural con asiento en la pintura, en la música y en la literatura, que cambió el mundo en los siglos XVIII y XIX. A aquel romanticismo, maraña informe de ideas y tendencias a veces incoherentes, en ocasiones incluso contradictorias, le debemos dos cosas, a saber: 1. el hallazgo de la dimensión psicológica de la vida cotidiana tal como la conocemos hoy, y 2. el uso de esa dimensión como medio de ajustar la capacidad de tolerancia del individuo a su entorno. ¿Cómo sucedió esto? sería una cosa larga de explicar que nos remontaría al Renacimiento, al cisma de la Iglesia, a la introducción de los números árabes (es mejor decir Indios) en Europa y al nacimiento de una nueva clase social, la burguesía. Pero tal vez podamos entender mejor sus consecuencias si nos detenemos en un momento clave, y nos atenemos a un hombre, uno que conocía de primerísima mano el problema de las adicciones, el Dr. Sigmund Freud.
Imaginemos al burgués del siglo XIX en algún café Vienés, intentando explicarle a un amigo los inefables síntomas de su depresión. Este hombre lo tiene todo, pero algo incomprensible lo molesta, no le encuentra sabor a nada de lo que tiene, lo agobia la apatía, la frustración, el cansancio. “Andá a verlo al Dr. Freud” recomendará, acertadamente, su amigo.
Y el Dr. Freud, como dice Ricardo Piglia en uno de sus artículos (uno que vale la pena leer, digamos, para variar) se ocupará, entonces, de aprovechar aquella dimensión psicológica que descubrieran los románticos, para sentar ahí las bases de su ciencia y darle un nuevo sentido a la vida del buen y apesadumbrado burgués. Este hombre embargado por el encierro urbano, sometido a presiones nunca vistas en el mundo del trabajo (se presenta por sí misma la imagen de la rata en el laboratorio), extenuado por los compromisos familiares, abúlico y disperso, este sujeto apartado de su propia naturaleza por efecto de la civilización, cuya vida pacífica y gregaria carece por completo de pasión, de aventuras, de vértigo, este hombre encontrará en el inconsciente, esa cosa que todos teníamos sin saberlo, un nuevo horizonte para su vida burguesa, una dimensión épica y vital pródiga en nuevos mitos, o mitos renovados, remasterizados al uso, con sus Edipos y Electras y sus destinos trágicos y fatales. Toda la vida del buen burgués encontrará su traducción en este nuevo código, en este nuevo procedimiento de comprensión y análisis de la realidad, y así la pasión, el vértigo y las aventuras (bajo nuevas formas, más adecuadas) volverán a encontrarse a la vuelta de la esquina.
Ya les sucedió a los románticos. Cuando dedicaron todas sus energías a construir el nuevo mundo de los sentimientos, en el cual no dejaron de hallar grandes recompensas (una nueva sensibilidad, un nuevo código moral, unos nuevos parámetros de nobleza) debieron sacrificar un amplio espectro de relaciones con la realidad concreta, presente y tangible, un terreno que correspondía a sus opositores más conservadores. Sólo alcanzaron sus nuevos espacios al precio de ceder otros, perdiendo los románticos (filósofos, escritores, músicos, pintores y artistas en general) toda influencia sobre la vida práctica, sobre la política, sobre el mundo del dinero, etc. Les sucedió también a los burgueses cuando desertaron del bando revolucionario y debieron enfrentar las consecuencias de largos procesos históricos, ellos también retrocedieron desde el ámbito de la realidad, en este caso acompañados por grandes cambios demográficos, hacia ese nuevo “espacio” que llamamos psicología. La dimensión psicológica de la vida aparece como resultado de un desplazamiento por falta de lugar concreto para ocupar, un refugio al que se escapa cuando la realidad no da cuartel. Como los románticos, huyendo hacia lo exótico y hacia el pasado a caballo de una buena biblioteca. Parafraseando a Bukowski: el mundo de la psiquis surge cuando la realidad se desvanece, o se nos niega.
La vida que vivimos en las pantallas, que se desarrolla paralela a la vida real y concreta, tiene toda la apariencia de ser una nueva dimensión entre nuestras realidades, como lo fue antes la aparición de una dimensión psicológica, tal vez íntimamente vinculada a ella. Una nueva dimensión que viene a ocupar el lugar que por otro lado estamos cediendo, porque así lo requiere el proceso.
Ignoro, o prefiero no pensarlo ahora, qué espacios estamos cediendo. No importa. El fenómeno es irreversible.