Perdido

Voy a la estación más cercana. Subo al tren, me siento y miro por la ventana.

Y digo y no miento, pues no me lo invento, que a la derecha de mi asiento, una voz clara me reclama y me prepara. «Ve con cuidado», me aclara, que es un perdido curtido y maldice, que su situación no ironice y que baje antes de que el viaje finalice.

Oigo primera parada, segunda parada, tercera parada, cuarta parada y… pierdo la cuenta hasta el final del trayecto, pues lo hago a cambio de nada y enseguida me desconecto. Bajo del tren y desconozco dónde estoy. Voy al andén, saco el billete y no sé a quién se lo doy. Oigo que me gritan «¡Vete, vete!», y ya me veo metido en un buen brete.

Me doy cuenta de que subí sin saber a dónde iba. Parece ser que me perdí y me pongo a caminar cuesta arriba.

Busco como puedo carteles y papeles que anuncian hoteles y moteles para descubrir mi posición. Todos están en blanco y voy preguntando a la gente que, al considerar el gesto insolente, me ataca con pasión.

Corro lejos y me escondo. No me persigue nadie. Habré despertado su enojo ardiondo y quizá sea cierto que violencia irradie.

Ignoro por dónde seguir y empiezo el paso hasta desistir, aunque enseguida me canso, me tumbo, me tienen por manso y a ello sucumbo.

Ambulantes se apiadan y monedas me lanzan: a ellos les agradan los que no se enfadan y añado, además, que nadan en riqueza y no conocen la entereza del mandamás.

A las horas de espera, del regazo hasta el brazo de oro tengo cubierto y, ante tal rareza pienso, con franqueza e indefenso, que por fin salgo del entuerto.

Enseño lo valioso y un vehículo se detiene. El timonel se hace el revoltoso pero, al fin, a la lógica antropológica se aviene.

La casa del dragón (2)

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El Caballo Detective

Entrado ya en años y con peso a sus espaldas,

el Caballo Detective contemplaba el exterior.

En su casa yacían libros, estatuas y espadas,

que él consideraba ya un paisaje sosegador.

Sentado en su sillón tiritaba de frío,

no por imposición, pues gozaba de hoguera:

era para recordar su añorado brío,

para olvidar quién es y volver a quién era.

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La casa del dragón

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sueño

Por los sonidos y las voces supe que venían a buscarme. Cogí mi bandolera ya preparada y mi toalla.

Me cambié lo más rápido que pude, salí al balcón y me encaramé al tejado, subiendo por rampas y escalones decorativos; con seguridad y con prisa. Me acabarían encontrando, pero ganaría algo de tiempo.

Salté al tejado adyacente y dejé mis cosas escondidas mientras reconocía el terreno.

Me senté en el suelo para esperar al anochecer y, al poco tiempo, se acercó un niño.

Me preguntó algo y me reí, nervioso.

Al levantar la mirada, vi que había unos veinte niños y niñas de distintas edades, unos junto a otros, de pie.

Me miraban fijamente y empezaron a llevar a cabo una coreografía. Estiraban los brazos, se llevaban las manos al rostro; estiraban las piernas, se llevaban las manos al cuello… Entendí que no era un baile, sino un lenguaje: era un mensaje.

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