Voy a la estación más cercana. Subo al tren, me siento y miro por la ventana.
Y digo y no miento, pues no me lo invento, que a la derecha de mi asiento, una voz clara me reclama y me prepara. «Ve con cuidado», me aclara, que es un perdido curtido y maldice, que su situación no ironice y que baje antes de que el viaje finalice.
Oigo primera parada, segunda parada, tercera parada, cuarta parada y… pierdo la cuenta hasta el final del trayecto, pues lo hago a cambio de nada y enseguida me desconecto. Bajo del tren y desconozco dónde estoy. Voy al andén, saco el billete y no sé a quién se lo doy. Oigo que me gritan «¡Vete, vete!», y ya me veo metido en un buen brete.
Me doy cuenta de que subí sin saber a dónde iba. Parece ser que me perdí y me pongo a caminar cuesta arriba.
Busco como puedo carteles y papeles que anuncian hoteles y moteles para descubrir mi posición. Todos están en blanco y voy preguntando a la gente que, al considerar el gesto insolente, me ataca con pasión.
Corro lejos y me escondo. No me persigue nadie. Habré despertado su enojo ardiondo y quizá sea cierto que violencia irradie.
Ignoro por dónde seguir y empiezo el paso hasta desistir, aunque enseguida me canso, me tumbo, me tienen por manso y a ello sucumbo.
Ambulantes se apiadan y monedas me lanzan: a ellos les agradan los que no se enfadan y añado, además, que nadan en riqueza y no conocen la entereza del mandamás.
A las horas de espera, del regazo hasta el brazo de oro tengo cubierto y, ante tal rareza pienso, con franqueza e indefenso, que por fin salgo del entuerto.
Enseño lo valioso y un vehículo se detiene. El timonel se hace el revoltoso pero, al fin, a la lógica antropológica se aviene.
Se me invita a subir y se me pregunta mi lugar, que dudo al contestar, puesto que ya me han hecho sufrir. «He venido en tren», es lo que alcanzo a decir, «en aquella estación me subí así que, sin ton ni son, lléveme allí».
Me despierto de un sobresalto ante el fin de un largo asfalto. El conductor anuncia con encanto la llegada pronta a la estación, envuelta en manto de espanto; sin compasión.
Le doy unas monedas para recompensar el acercamiento, no sin vacilar en mi sentimiento. Me despido y entro, tomo el billete sin error, y me lanzo, decidido, hacia el interior.
Tras lanzar un suspiro, a mi izquierda se sienta un rostro rosado y risueño. Le advierto, tras el tormento y el empeño, que una y no más, que no volveré jamás: ni en estación ni andén, ni en tren, además.
Mas el tren ruge y la luz parpadea. Mi juramento, frágil, se tambalea.
Marca la rueda su antiguo compás, y sé que, aunque jure «una y no más», seguiré adelante, inexorable, quizás.
Miro el camino, cierro el puño y me agito. Y sigo, sin remedio, el extraño viaje hasta el infinito.