Un año después

Hace un año que ya no soy periodista. Pasé de periodista a pensionista en 24 horas porque quise, porque mis últimos años metido en un cuarto escobero sin ventanas, con dos ordenadores y un televisor que emitía TPA en bubcle, acabaron con mi estabilidad emocional, casi me llevan al alcoholismo y me trituraron profesionalmente. Nunca fui Ben Bradlee, ni Carantoña, ni Cebrián, ni Carandell, ni Vicent pero es verdad que hubo algunos años en los que mi firma tenía valor local, mis columnas se leían y se comentaban en Gijón hasta que desaparecí. Es verdad que en los tiempos de la TPA pagaban bien, estaba en en staff y la gente se creía que yo mandaba algo. Pero no era así. Fui un juntaletras sin más. Tal vez fui solo eso durante los 40 años en los que trabajé en este negocio. Aquel cuarto oscuro y mal ventilado en el que me escondía a diario, el poco valor que mi trabajo tuvo para la mayoría de las personas que me rodeaban y la idiosincrasia de una empresa en la que hubo gente que no me devolvió el saludo en 8 años, fueron la puntilla. Asumí que vale más irse cinco minutos antes de estar de sobra y que lo normal es jubilarse. Así que llevo un año ayuno de noticias, no de escritura y lectura, desaparecido de saraos, tertulias, presentaciones y fastos, con pocas ganas de ver a nadie del oficio y sus alrededores, viendo como se mueren algunas buenas personas a las que tratéy como la vida se cobra sus impuestos en forma de funerales. Alguna vez pensé (hace muchos años) que dejar de ser periodista sería un drama para mi autoestima; que no entrar a diario en la redacción me convertiría en un ser vacío y sin expectativas vitales. No es así. Lamento haberme tragado el bulo de que «el periodismo es un sacerdocio», una patraña muy repetida y destinada a hacernos trabajar más horas por el mismo precio y no dar importancia a que nuestros jefes eran muchas veces los más vagos, los más ineptos y los mejores chupapollas. Cargabamos con ello porque nuestro sacerdocio periodístico nos hacía ir más allá de cualquier dedicación laboral razonable. Fines semana, jornadas interminables, vidas a contrapelo de las de nuestros amigos y nuestra familia. Yo fui uno de los embajadores de esa forma de vivir y trabajar, un chico modelo, un redactor de confianza que casi siempre resolvía los marrones y daba con las noticias. Nada de eso me sirvió para ser redactor de sobremesa, administrativo de titulares o jefe de negociado de los que se dedicaron a cambiar titulares y poner puntos y coma en los textos ajenos.

Ahora, un año después de la última vez que entré a meter en una caja de cartón las cosas que guardaba en el cuarto escobero llamado despacho, veo esos años en una nebulosa, y atravieso el presente como un ciudadano que no tiene mayor interés en la actualidad que otro cualquiera, porque cada telediario es un basurero, un barrizal de mentiras y provocaciones y un montón de metiras que tupen de mierda los canales de las muy amadas redes sociales, cuna de desequilibrados y de las que se van dando de baja quienes tratan de hablar en serio y con fundamento.

Uno se ha ido porque llegó la hora de irse y porque esta profesión se ha convertido en un gallinero insoportable, donde los buenos profesionales se pudren en los peores destinos mientras tuercebotas ganan el Planeta y viejas damas de los programas de cotilleos son ahora editorialistas que marcan la línea del debate nacional; veo unos platós plagados de gente que solo sabe dar voces en reuniones de ociosos llamadas tertulias donde un puñado de paniaguados trabajan (sic) sin cobrar con tal de satisfacer sus egos de salir en la tele y opinan con el estómago agradecido.

Un año a dieta de dar noticias no es nada. Creí que me iba a sentir vacío, pero no es así. El periodismo que hice desde 1984 hasta 2024 ya es historia, no existe, porque cualquier majadero con un micrófono de un bazar chino sale a la calle a preguntarle a la gente si sabe quién era Cristobal Colón o cuántas veces se masturba a la semana, y esa sandez tiene miles de visualizaciones y hasta comentarios e insultos sin pies ni cabeza.

Antes dedicaba 12 horas diarias a llenar periódicos y me sentía orgulloso de hacerlo con la máxima calidad posible. Eso se acabó. Las noticias ya han dejado de existir porque la pobreza mental e intelectual de la mayoría de quienes ocupan las páginas, las dirigen o las diseñan es lamentable. Por suerte o por desgracia hace un año que no formo parte de ese mundo.

Dejó escrito Julio Camba en «Maneras de ser periodista». «El público de los periódicos no quiere genios. Quieren enterarse de lo que pasa en el mundo con la mayor exactitud, con la mayor rapidez y con la mayor claridad disponibles». Uno desea lo mismo.

El asco general

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Cierra la luz y apaga la puerta

A veces queremos decir tantas cosas a la vez y con tal  prisa porque estamos descolocados y enloquecidos. desbordados por la vida y la muerte, que decimos que cerramos la luz y apagamos la Puerta. Ese trabalenguas interno lo tengo ahora mismo para escribir sobre Juan Carlos Martínez Gauna, que acaba de morir, que fue mi director en El Comercio, que fue el mejor director que tuve y con quien más aprendí. Y me sabe mal mi marasmo, mi caos mental, porque Juan Carlos nos enseñó a hacer la información sin atragantarnos, cerrando la puerta y apagando la luz por su orden, es decir, consultando las fuentes, respetando el texto, puliendo cada frase, repsando cada ttular, dedicando miles de horas a nuestro trabajo,  desmenuzando los hechos (Gauna usaba mucho el verbo desmenuzar cuando se hablaba de los asuntos profesionales, de los hechos que serían tinta sobre papel al día siguiente).Me pierdo tratando de decir algo de Juan Carlos, que acaba de morir siendo aún demasiado joven, siendo demasiado sabio y otras muchas cosas más que él no contaba porque jamás quiso ser protagonista de nada, dejó un Comercio más limpio de antiguallas periodísticas, modernizado en el fondo y en la forma, con una redacción que hizo piña con él, un hombre de carcajada contagiosa y juicio ecuánime, que dejaba en su mirada y en su ironía ante lo bueno y lo malo, un poso de ternura, de dolor y de humanidad. Todo junto.

No se puede ser buen periodista si no se es buena persona. La frase no es mía, pero pudo ser aplicada sin error a Juan Carlos, alguien a quien recordaré siempre como un periodista de una pieza que armó su vida teniendo claro que el periodismo rápido y mal hecho, el que cierra la luz y apaga la puerta de cualquier manera, no debería de existir. Hoy es un día en el que quiero decir muchas cosas porque la muerte de Juan Carlos, como la de Marcelino (hace un año) o la de Canal, o la de Pepa se llevan a mordiscos otra parte de nuestra vida en un día más en que no sabemos si cerrar la luz, apagar la puerta o llorar sin consuelo en el viejo despacho de Gauna en el que ya se cerró la puerta y se apagó la luz.

Descansa en paz, director y perdona este batiburrillo que seguramente tú no me hubieras dejado publicar.

Minisión

Sánchez, el presidente, el perro, el cowboy estepario, el amante bandido/corazón malherido, etc, presentó una dimisión un tanto tartufesca, una cosa que iba entre jugar al escondite, una convalecencia, unos días de asuntos propios, un gatillazo o cosas así. Fue una minisión, no llegó a dimisión, palabro que me permito usar en el uso de mi libre albedrío de periodista viejo. Una minisión es una dimisión con el tubo de escape trucado para que haga mucho ruido aunque la moto no vaya más lejos de la esquina de la Moncloa. Sánchez-Castejón practicó el verbo minitir, que se parece mucho al verbo mentir (algo que Feijoo, la señorita Ayuso y compañía hacen de puta madre con ayuda de Losantos, Herrera, Vallés y demás zombis periodísticos). Lo más simpático de esta minisión o dimisión-bonsai es que demostró la gran cantidad de papanatas que hay en España a quienes se les paga muy bien por sentarse delante de una cámara para decir lo mismo y lo contrario según convenga. Politólogos metidos a pitonisos y toda clase de opinantes y opinantas, con García-Ferreras queriendo sacar su cabezón por la pantalla de mi tele con su impostado tono de que todo es alarmante, nos han amenizado los cinco días de la dimisión imaginaria con todo tipo de baboseos a favor y en contra del minisionario, como siempre, tratando de sacarle partido a un guión que no daba mucho de si porque es sabido que en España nadie deja el poder ni con agua hirviendo. Y luego estaban los de la opusición hablando de que el Estado se quedaba a la deriva por el simple hecho que el presidente se haya cogido puente para calmar a la parienta, hacerse el imprescindible y poner aún más en evidencia al PP y su cuadrilla. ¿En qué quedamos, Feijoo? ¿El presidente es un inútil o tan imprescindible que no puede estar cinco días atechau? En fin, que todo estaba bastante visto para sentencia, aunque los medios jugaron a meterle emoción al asunto para vender algo más de publicidad y medrar en el EGM. La minisión ha dejado claro que la izquierda está en proceso de achatarramiento y que la ultraderecha no tiene más propuestas que su propia bilis.

Kennedy tardó 13 días en arreglar la crisis de los misiles de Cuba, cosa mucho más complicada que este rifirrafe cortesano de cuñados, jueces sobrealimentados y periodistas del pesebre. Sánchez hizo una minisión de 5 días para tratar de desarmar la artillería enemiga, pero la vida sigue igual o peor. Los de la tribu de bustos parlantes dirán ahora que todos saldremos mejores personas y más demócratas de esta reflexión sobre bulos y lawfares (eso también lo predijeron para después del covid), o anunciarán el apocalipsis sanchista en forma de dictadura bananera. Lo de siempre. Y es que la política española es tan ratonera que solo son capaces de presentar la minisión. A uno, que ya está deprimido hasta el subsuelo por otras muchas cosas, solo le apatece presentar la dimisión. No hay remedio

Burrobots

El otro día vi un documental sobre los robots más avanzados del momento. Un ingeniero de alto nivel explicaba que esas criaturas eran muy inteligentes aunque artificiales, y que llegaría el momento en que los humanos podríamos confiar en ellos sin reserva alguna. Todo muy correcto hasta que pusieron unas imágenes de los autómatas en cuestión y, oh sorpresa, todos tenían cuatro patas, como los burros, los perros, los camellos o los caballos. Eran ‘burrobots’ si se me permite inventar palabros. Toda la vida viendo películas sobre robots de aspecto humanoide, mentes cibernéticas perversas de apariencia amorfa como HAL el de la película ‘2001, una odisea en el espacio’, o la muy ladina “Madre” de ‘Alien’, y resulta que a fecha de hoy lo más avanzado del ramo, el no va más de la invención robótica, es una especie de jamelgo truncado que, eso sí, tiene cuatro patas. O sea que toda la investigación pionera, la inteligencia artificial y la robótica han llegado a la misma conclusión que los primeros aldeanos del Neolítico, unos 2.500 años antes de nuestra era, que intuyeron con acierto que era mejor llevar la cosecha de nabos a lomos de un jumento de cuatro patas que cargar con los sacos sobre las propias espaldas. A dónde va a parar.

Un burrobot

Y así las cosas, los siglos han pasado y a la hora de inventar nuevas ayudas a la actividad humana hemos cerrado el círculo para volver a lo de antes: cuatro patas van mejor que dos. Va a ser verdad que todo está inventado y que la inteligencia natural del ser humano, ya sea mucha o poca, llega a las mismas conclusiones que la inteligencia artificial, un invento que no deja de ser una copia algo acicalada de la otra, de la de siempre. Igual ahora que hace un millón de años: cuatro patas son más prácticas que dos cuando se trata de llevar cosas. Los robots de cuatro patas tienen un aspecto un poco siniestro, mucho más que el de una mula o un purasangre, y algunos están revestidos de una pátina negra y acharolada que les asemeja al tricornio de un guardia civil o a cucarachas mutantes. Tal vez Kafka escribió ‘La Metamorfosis’ barruntando que los Gregorio Samsa del futuro mutarán en robots cuadrúpedos y negros no en escarabajos, y que su familia aprovechará su reconversión para usarlos de vehículos de Amazon, para bajar la basura de toda la semana o, incluso, hacer de mesita auxiliar en Nochebuena.

No sé si Juan Ramón Jiménez podría escribir ahora ‘Platero y yo’ inspirado en un burro con las tripas de fibra óptica. Podrá ser peludo y suave, podrán decir que es de algodón echando mano a un exceso de esencia poética, pero es un robot metálico por mucho que ande a cuatro patas. Al fin y al cabo la Humanidad también empezó a su historia a cuatro patas y sigue haciendo bestialidades de todo tipo aunque haya conseguido caminar solo con dos. El número de piernas o patas de un ser humano o medio humano no es baremo de nada. Para muestra ahí están depredadores bípedos como Putin o Netanyahu, o cómo se escriba, que tienen pariencia humana pero son máquinas de matar y unos animales en el peor de los sentidos.

Nadal y los moralistas

La gran cantidad de tertulianos presuntamente de izquierdas y opinadores/as convencidos ellos y ellas de su superioridad moral, se han despachado a modo y en profundidad sobre la decisión de Rafael Nadal de ser embajador del tenis a cuenta de los cheques de Arabia Saudí. Todo este coro se ha lanzado sin piedad contra la decisión del tenista ya que, al parecer, Nadal no solo debe ser un campeón estratosférico del tenis sino también un ejemplo de moralidad. A uno no le sorprende esta reacción de los portadores de la corrección política, de quienes dan carnés de bondad y humanidad. Siempre es lo mismo. Nadal no solo debe jugar al tenis; también debe ser un referente social. Ya sabemos todos lo que pasa en estos países del petrodólar, como se las gastan con mujeres, minorías y todo lo demás. Lo que yo no sé es por qué Nadal debe encajar en estos principios, como tampoco sé si ese grave pecado lo compensa de alguna manera que no sabemos.

Los futbolistas y las federaciones de futbolistas que llevan a Oriente Medio sus carreras en decadencia y sus campeonatos mundiales, copas y supercopas a cambio de millones de dólares, ¿no escandalizan a la delicada tribu de los opinantes? ¿O es que los futbolistas no están obligados a dar ejemplo de civismo y compromiso internacional porque se les supone seres inferiores? Parece ser que de Rafael Nadal se espera la santidad porque si no su carrera deportiva es una mierda de un día para otro. Este es el país que todo lo arregla en la tertulia del casino provinciano, moralizando sobre la vida ajena. Nadal es un señor de derechas, del Madrid, multimillonario por méritos propios y dispuesto a seguir siéndolo ahora que su cuerpo empieza a dar señales de agotamiento. Eso mismo hacen los futbolistas más aclamados del planeta sin que nadie se lleve las manos a la cabeza por ello y les dedique las tertulias matinales. También lo hacen los países que, como España, venden armas a estados con un perfil cívico y humanitario que deja mucho más que desear que la trayectoria vital de Nadal.

Nadal decide hacer lo que más le conviene (como hacemos todos o casi todos por lo general) para tirar de la chequera del jeque y vivir con el riñón cubierto durante varios siglos. ¿Usted no lo haría si en vez del sueldo que le pagan lo llevasen de maletero de Nadal a los Emiratos ganando un pastizal? ¿Los tertulianos pluriempleados en varios medios de comunicación además de ostentar a la vez sus cátedras, consejos de administración o lo que sea, dejan algún puesto libre para los jóvenes periodistas que no tiene donde desarrollar su carrera profesional? Claro que no porque todos queremos más, pero es que como ellos no están obligados (al parecer) a ser ejemplo de nada, (y Nadal sí) sacan toda su superioridad moral contra este chico tan majo que, si no es de los nuestros y hace lo que hemos decidido que es correcto, no va bien encaminado. Pienso yo: ¿Es la NBA en la que Gasol se consagró un ejemplo de democracia e igualdad salarial en un pais que aclama a un tipo llamado Trump y patea a los negros? Me dirán que Gasol es un gran deportista y punto y que a él no le van ni le vienen las milongas políticas yanquis. Claro, como Nadal. A Gasol no le ha tocado todavía el rapapolvo de los guardianes de la moral. Algo incorrecto políticamente hará cualquier día para caer en desgracia, pero como por ahora los jeques no fichan baloncestistas está a salvo.

Uno no espera de Nadal un ejemplo de vida para decidir lo que piensa sobre los reyes del petróleo. Es un tenista, no un profeta. Me la suda si va a Arabia o a Moldavia. Yo prefiero que gane a Petrovich o Djokovich o cómo se llame, y lo demás es cosa de él y su conciencia. Ya lo tenía claro antes de este asunto, pero ahora me refuerzo. Tampoco creo que, por ejemplo, la Cadena Ser y medios similares deban ser el oráculo de nuestra conciencia y el catecismo de lo adecuado. Miren un ejemplo personal: si la santísima Cadena Ser hubiera cotizado a la Seguridad Social por un servidor 3 de los años que trabajé en esta empresa, entre 1984 y 1987, a estas alturas ya podría yo largarme a mi casa con la pensión de jubilación. Pero no lo hicieron, los muy progres, y aquí sigo dando ejemplo de laboriosidad. Los sueldos que pagan ahora a los curritos de base son una vergüenza, por cierto, pero la moral está con ellos, al parecer. Nadal es un traidor por irse con los moros. Un corruptor de la sociedad española. Los demás estamos a salvo de los jeques y los santos tertuliantes, más.

Ni agua bendita

Los obispos no ven adecuada la amnistía en Cataluña y eso que, al parecer, el principal negocio de la Iglesia es el perdón. Nada es lo que parece. El que quiera ser perdonado de algo que pase por el confesionario porque hay muchos obispos que, como ocurre con los imanes de las mezquitas, creen que las teocracias son mejor que las democracias y que no hay mejor parlamento que la misa de doce en la que el turno de palabra solo lo tiene uno. No se esperaba otra cosa en una de las instituciones más conservadoras del mundo que, vaya por Dios qué coincidencia, ha pasado décadas perdonando y poniendo el contador a cero de miles de curas pederastas que desgraciaron la vida a muchos chavales y chavalas en colegios, hospicios y cualquier sacristía con algún ángulo oscuro. Solo las amnistías de cintura para abajo (si eres personal consagrado) son tolerables para este clero ultramontano que, por no querer, no quiere ni al Papa porteño que los pastorea porque les parece demasiado humano y comprensivo con las ovejas negras y los hijos pródigos. Tipos como el monseñor Sanz Montes que reina en Asturias más bello que el sol, son el ejemplo de lo que es tendencia en la Iglesia, lo que se lleva. Montes, que la entama siempre que puede, tiene en Covadonga su nido de ametralladoras dialécticas desde el que aprovecha cualquier evento religioso para meterse de patas en el fango político dejando claro que solo irán al cielo los de derechas, atizando un odio muy sibilino con un tono de voz melifluo y cantarín, muy apropiado para sonar bien en el eco de las bóvedas y en las conciencias del PP y de Vox, sus feligreses favoritos. Si un imán desde una mezquita cualquiera de España hiciera comentarios políticos del jaez de los que hacen el obispo Montes y otros colegas suyos, es posible que fuera acusado de inmediato de incitación al odio y saliera esposado por la puerta de la sacristía. Pero la Iglesia sigue mandando mucho y tiene la misma inviolabilidad (qué paradoja, queridos niños y niñas) que los Borbones en España. Los que nacimos en el tardofranquismo aún recordamos que en las misas se pedía por el Jefe del Estado y el ejército, una seña de identidad que ha quedado grabada a fuego en la zona más profunda del cerebro de toda una sociedad.

Siempre me gustó esa frase del filósofo Josep Ramoneda en la que vaticina que, poco a poco, “la Iglesia solo tendrá respuestas para preguntas que nadie se hace”. Este clero solo tiene la estrategia de que al enemigo ni agua. Ni agua bendita, incluso.

El perro negro

Winston Churchill decía que su depresión de ida y vuelta, su melancolía intermitente, era un “perro negro” que le acompañaba por temporadas y le hacía muy difícil vivir la vida. Los historiadores consideran que pese a su imagen enérgica y de líder belicista durante la II Guerra Mundial, antinazi visceral cuando otros querían pactar con Hitler, anticomunista convencido cuando le vio las orejas y la sonrisa de zorro a Stalin, Churchill pasó grandes épocas dominado por su ‘perro negro’ y bloqueado por él durante los últimos cinco años de su larga vida.

Los ‘perros negros’ son unas mascotas mucho más corrientes de lo que se supone y es posible que la nueva legislación sobre la posesión de animales de compañía que entra en vigor (y que si nadie lo remedia obligará a pagarle al perro una carrera superior) deba tener en cuenta la gestión de estos animales domésticos. Uno lleva su perro negro a los bares, la tienda, la farmacia, el tanatorio… Otra cosa no, pero el perro negro es una mascota fidelísima y hasta pegajosa que, por suerte, solo hace pis en la pierna de su dueño y defeca sobre las mejores intenciones del señor, señoro o señora que se ve obligado a llevarlo de paseo. (Pongo esto de señoro porque es una palabra que se lleva mucho y uno quiere ser un juntaletras moderno y tal). A lo que iba. Cuando mi perro negro se tira al monte y se convierte en un terrible sabueso de los Baskerville, no hay veterinario, lacero municipal, cazador a sueldo o psiquiatra que sea capaz de domarlo y llevárselo a la perrera de donde nunca debió salir. Sus aullidos, sólo audibles por su dueño, desvelan por la noche, agitan por el día. A veces se acallan con el alcohol, pero la duración de este bálsamo es limitada y suele pasar que su efecto rebote sea aún peor y haga que el perro negro se desmadre sin remedio.

Uno tiene un perro negro al lado desde hace años y da testimonio de que ladra cuándo menos se espera; en medio de la noche, al entrar en la oficina, al abrir un ojo cada mañana, al barruntar el futuro de sus hijos, al contemplar al fascismo rampante llamando a capítulo a los dictadores muertos, al contemplar a Fernando Savater o Andrés Trapiello dando apoyo a la ultraderecha, cada vez que matan a una mujer en cualquier cocina, a un niño en Palestina o dónde sea, o un banquero nos manda ahorrar de lo que no tenemos.

Mi perro negro está gordo, lustroso y ladrador, y ahora que llegan los días cortos del otoño y los fríos corren por los pasillos, se te meten en los huesos y uno pasa de largo ante los espejos por no ver la birria en la que se va convirtiendo, oye sin querer el gruñido amenazante de este animal del alma que con el tiempo acabará por dejar de ser un depredador de mi ánimo y mis deseos para convertirse en una mascota que dormirá a los pies de mi cama satisfecho de haber logrado domesticarme.

Ser Aníbal

La muerte de Aníbal Vázquez, imbatible alcalde de Mieres, apreciado, llorado y alabado por los suyos y los contrarios, convierte una vez más la política en una pura contradicción, en un paripé, en un guirigay de discursos que se ajustan a la ocasión según convenga, que son reversibles como los calzoncillos usados. Resulta que hasta el PP alaba y pondera las virtudes dal fallecido alcalde, Vox apoya los aplausos al muerto y, todos ellos, esos mismos que alientan en estos mismos días las algaradas callejeras, trufadas de mucha ira, insultos y amenazas, se revisten con el pelaje de los estadistas de raza (no se sabe de qué raza) que dan una enorme importancia al talante abierto, dialogante, tolerante y universal del bueno de Aníbal Vázquez. Solo les falta añadir aquello de «hermsnos, haced lo que yo digo, pero no lo que yo hago». Todo somos Aníbal, les falta por declarar con los ojos arrasados en lágrimas, pero ninguno de ellos es capaz de poner coto al desmadre de la ultraderecha desbocada, ni quiere condenar la exhibición de símbolos franquistas y de echar el freno institucional a los anuncios de apocalipsis y ruptura, que lo mismo se asocian a la famosa amnistía, a rechazar el derecho de asilo para los emigrantes, a la negación de la violencia machista o al escupitajo a los colectivos minoritarios simplemente distintos. Todos lloran a Aníbal, pero en la política que se ejerce ahora mismo nadie es Aníbal ni se parece a él ni de lejos. Encima, la muerte del hombre bueno y cabal, del tipo que luchó por sus ideas y su pueblo sin faltar a nadie, con la puerta abierta a todo el mundo, da la oportunidad de ponerse las mejores galas de demócratas educados y ejemplos de templanza a quienes comparten la pancarta de que la Constitución es una trampa que destruye la democracia.

Todos quisieron ser Aníbal pero no es tan fácil porque para ello hay que girar 180 grados el nauseabundo modelo que se gasta en el politiqueo actual. Todos queremos en política a muchos hombres públicos como él, a muchos gestores y gestoras mesurados, trabajadores, transparentes, humanos y entregados, pero tal como van las cosas parece que la manera de ser y gobernar del fallecido alcalde de Mieres no tiene pintas de implantarse en las formas y los fondos de la clase política española. Con Aníbal Vázquez se va un ciudadano que hizo lo que pudo sin atajos espurios, sin estridencias y sin exclusiones. Parecerse a él debería ser una asignatura obligada para cualquier aprendiz de concejal, de diputado, de alcalde o de lo que sea. Aníbal fue uno y creo que es irrepetible por desgracia para todos, por mucho que algunas monas se vistan de seda o de luto.

¿Qué hay de mi amnistía?

Mientras Sánchez, Pedro, lidia con la cazurrería de Puigdemont y compañía negociando una amnistía que por ahora no existe, los Ferraz del país se llenan de personas, personajes y simples personajillos canallas que tratan (dicen) de defender la democracia a golpes, quemando calles, agrediendo a policías y periodistas y sacando a relucir la momia de Franco, la bandera de la pita y toda la parafernalia fascista que recuerda a la España de rojos patilludos con pantalones de campana y señoros con gafas de Ray-Ban, gomina, brazo en alto y gabardina, tipos todos ellos que se gastaban en la Transición y aledaños. Los catalanes negocian sus asuntos al céntimo, con ánimo de fenicio, como si fuera el asunto a mercar una remesa de calcetines o unas hilaturas finas de Manresa. La pela es la pela y la pena (de prisión) es la pena (qué pena, de país). Esta cansina negociación, este aburrimiento patrio es un ejemplo más de esfuerzo baldío de los que tanto hacemos en España, tan dados como somos a tomar partido por cualquier cosa con tal de chillar. Estamos mal educados políticamente y eso se nota mucho cuando se ponen sobre el tapete asuntos de enjundia.

Dicen los fachas y sus amigos del PP (que cada vez se parecen más a los top fachas que los parieron de Fraga para abajo) que España se rompe. Me gustaría saber por dónde se rompe, si es más frágil por la parte de la independencia catalana, por la de la miseria de quien no tiene para pagar el alquiler, por las 52 mujeres rotas y asesinadas en lo que va de año, por los acosos a niños, niñas y gentes LGTBI, o por los miles de viejos que fueron abandonados a su suerte y a su muerte en la muy constitucional y católica Comunidad de Madrid. ¿Qué es más frágil de todo ello?

Ya hemos visto tantos apocalipsis hispanos en nuestra vida que, si no fuera porque dan ganas de llorar, da risa presenciar cada noche las algaradas de los impresentables de turno, manejados con la misma efectividad por la inefable Esperanza Aguirre, la reina del tamayazo, por Carlos Herrera, Pablo Motos y toda la jarca de corifeos del señorito Feijóo y la tía Gamarra. Ellos protestan por la amnistía que negocia el Gobierno en funciones pero, a la vez, amnistían cada tarde a todos los cabestros que jalean el paleofranquismo, se cagan en la Constitución (lean las pancartas) y quieren mandarnos a todos a las cavernas de otra dictadura. La pena es que este país no tenga más remedio que pactar con un prófugo gris o con un fascista tabernario y cavernícola para poder dedicarse a arreglar los problemas que de verdad afectan a la gente normal, a los que pedimos una amnistía general que nos libre de la pena de tanta mediocridad como los fachas amnistían a los suyos o los socialistas lo hacen con los independentistas. ¿Qué hay de lo nuestro? ¿Para cuando nuestra amnistía?