Hace un año que ya no soy periodista. Pasé de periodista a pensionista en 24 horas porque quise, porque mis últimos años metido en un cuarto escobero sin ventanas, con dos ordenadores y un televisor que emitía TPA en bubcle, acabaron con mi estabilidad emocional, casi me llevan al alcoholismo y me trituraron profesionalmente. Nunca fui Ben Bradlee, ni Carantoña, ni Cebrián, ni Carandell, ni Vicent pero es verdad que hubo algunos años en los que mi firma tenía valor local, mis columnas se leían y se comentaban en Gijón hasta que desaparecí. Es verdad que en los tiempos de la TPA pagaban bien, estaba en en staff y la gente se creía que yo mandaba algo. Pero no era así. Fui un juntaletras sin más. Tal vez fui solo eso durante los 40 años en los que trabajé en este negocio. Aquel cuarto oscuro y mal ventilado en el que me escondía a diario, el poco valor que mi trabajo tuvo para la mayoría de las personas que me rodeaban y la idiosincrasia de una empresa en la que hubo gente que no me devolvió el saludo en 8 años, fueron la puntilla. Asumí que vale más irse cinco minutos antes de estar de sobra y que lo normal es jubilarse. Así que llevo un año ayuno de noticias, no de escritura y lectura, desaparecido de saraos, tertulias, presentaciones y fastos, con pocas ganas de ver a nadie del oficio y sus alrededores, viendo como se mueren algunas buenas personas a las que tratéy como la vida se cobra sus impuestos en forma de funerales. Alguna vez pensé (hace muchos años) que dejar de ser periodista sería un drama para mi autoestima; que no entrar a diario en la redacción me convertiría en un ser vacío y sin expectativas vitales. No es así. Lamento haberme tragado el bulo de que «el periodismo es un sacerdocio», una patraña muy repetida y destinada a hacernos trabajar más horas por el mismo precio y no dar importancia a que nuestros jefes eran muchas veces los más vagos, los más ineptos y los mejores chupapollas. Cargabamos con ello porque nuestro sacerdocio periodístico nos hacía ir más allá de cualquier dedicación laboral razonable. Fines semana, jornadas interminables, vidas a contrapelo de las de nuestros amigos y nuestra familia. Yo fui uno de los embajadores de esa forma de vivir y trabajar, un chico modelo, un redactor de confianza que casi siempre resolvía los marrones y daba con las noticias. Nada de eso me sirvió para ser redactor de sobremesa, administrativo de titulares o jefe de negociado de los que se dedicaron a cambiar titulares y poner puntos y coma en los textos ajenos.
Ahora, un año después de la última vez que entré a meter en una caja de cartón las cosas que guardaba en el cuarto escobero llamado despacho, veo esos años en una nebulosa, y atravieso el presente como un ciudadano que no tiene mayor interés en la actualidad que otro cualquiera, porque cada telediario es un basurero, un barrizal de mentiras y provocaciones y un montón de metiras que tupen de mierda los canales de las muy amadas redes sociales, cuna de desequilibrados y de las que se van dando de baja quienes tratan de hablar en serio y con fundamento.
Uno se ha ido porque llegó la hora de irse y porque esta profesión se ha convertido en un gallinero insoportable, donde los buenos profesionales se pudren en los peores destinos mientras tuercebotas ganan el Planeta y viejas damas de los programas de cotilleos son ahora editorialistas que marcan la línea del debate nacional; veo unos platós plagados de gente que solo sabe dar voces en reuniones de ociosos llamadas tertulias donde un puñado de paniaguados trabajan (sic) sin cobrar con tal de satisfacer sus egos de salir en la tele y opinan con el estómago agradecido.
Un año a dieta de dar noticias no es nada. Creí que me iba a sentir vacío, pero no es así. El periodismo que hice desde 1984 hasta 2024 ya es historia, no existe, porque cualquier majadero con un micrófono de un bazar chino sale a la calle a preguntarle a la gente si sabe quién era Cristobal Colón o cuántas veces se masturba a la semana, y esa sandez tiene miles de visualizaciones y hasta comentarios e insultos sin pies ni cabeza.
Antes dedicaba 12 horas diarias a llenar periódicos y me sentía orgulloso de hacerlo con la máxima calidad posible. Eso se acabó. Las noticias ya han dejado de existir porque la pobreza mental e intelectual de la mayoría de quienes ocupan las páginas, las dirigen o las diseñan es lamentable. Por suerte o por desgracia hace un año que no formo parte de ese mundo.
Dejó escrito Julio Camba en «Maneras de ser periodista». «El público de los periódicos no quiere genios. Quieren enterarse de lo que pasa en el mundo con la mayor exactitud, con la mayor rapidez y con la mayor claridad disponibles». Uno desea lo mismo.
