«Y un día partiré hacia los bosques, y construiré una humilde cabaña , que será mi refugio y en un lugar donde no haya más sonido que el murmullo del arroyo y las ramas de los árboles, y más música que el canto de las aves…en un camino espiritual donde encontrar la plenitud del ser y la tranquilidad del alma, la paz, en mi soledad, junto a un lago, apartado. Lejos de la sobrecarga informativa y tecnológica y abogando por una vida sencilla y natural…«
Y así es como Thoreau se retiró a vivir durante dos años a la naturaleza, en una cabaña construida por él mismo mientras escribía Walden.
Tener una pequeña cabaña donde divagar, leer o trabajar, responde, pues, a un anhelo compartido por otras mentes creativas a lo largo de la historia.
Las cabañas o chozos para escribir o los “retiros de patio trasero” comparten una intimidad esencial, simple y áspera, como los preceptos de la vida sencilla, descritos con el término estético japonés wabi-sabi, una rusticidad que responde a una necesidad de buscar arraigo y recogimiento, de alejarse del exceso de estímulos tecnológicos. Un espacio reducido donde situar la mente en el camino correcto.
Henry David Thoreau escribió la mayor parte de Walden, la vida en los bosques, mientras vivió dos años y dos meses en la cabaña que había construido junto a la laguna Walden, a 3 kilómetros de su casa en Concord.
“Cuando escribí las páginas que siguen, o más bien la mayoría de ellas, vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden en Concord (Massachusetts), y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos. En ella viví dos años y dos meses. Ahora soy de nuevo un morador en la vida civilizada”.
Thoreau, disidente nato, para quien, lejos del capitalismo, consideraba que en la naturaleza está la preservación del mundo.
«Hoy en día uno se encuentra con profesores de filosofía, no con filósofos»
Toda su obra es una oda a la austeridad.
«Hubo un pastor que vivía
manteniendo sus pensamientos tan elevados
como los montes en los que sus rebaños
se alimentaban todo el día.»
«Cada mañana era una alegre invitación para hacer de mi vida algo tan sencillo e inocente como la naturaleza misma.
Había momentos en que no podía sacrificar el esplendor del instante por ningún trabajo, ya fuera manual o intelectual. Me gusta que mi vida tenga un amplio margen, a veces , en una mañana de verano, tras mi baño de costumbre, me sentaba en el umbral soleado desde el amanecer hasta el mediodía, absorto en una ensoñación, entre pinos, nogales y zumaques, en una soledad y calma perfectas, mientras loa pájaros cantaban y revoloteaban sin ruido en torno a la casa, hasta que la entrada del sol por la ventana o el sonido del carro de algún viajero en la lejana carretera, me traían de nuevo al presente.
Mi modo de vida me ofrecía al menos, una ventaja sobre quienes para divertirse están obligados a mirar afuera, hacia la sociedad y el teatro, pues mi propia vida llegó a ser mi diversión y nunca dejó de aportarme cosas nuevas.
Creo que es saludable estar solo la mayor parte del tiempo. La compañía, incluso la mejor, se hace pronto cansina y nociva. No he encontrado un compañero que me acompañe mejor que la soledad. Normalmente estamos mas solos cuando nos reunimos con los demás que cuando permanecemos en casa.
Con mi experimento aprendí al menos que quien avance confiado en la dirección de sus sueños y acometa la vida tal como la ha imaginado recibirá a cambio una gratificación que no le otorgará el tiempo ordinario. Dejará atrás algunas cosas , cruzará una frontera invisible, leyes nuevas, universales y más tolerantes comenzarán a regir en su interior y a su alrededor, o se modificarán las angustias, interpretadas en su beneficio, en un sentido más generoso , y vivirá con la libertad de la que gozan seres más elevados. Conforme simplifique su vida , las leyes del universo parecerán menos complicadas y la soledad ya no será soledad, ni la pobreza tal pobreza, ni la debilidad tal debilidad. Sí construye castillos en el aire, su obra no se perderá ; ahí están bien edificados. Qué tan solo ponga ahora los cimientos bajo esos castillos.«
No tuvo una profesión fija, aunque practicó varias; se rehusaba a renunciar a su gran
ambición de conocimiento y de acción a cambio de un oficio estrecho
o limitado; su vocación era mucho más amplia: pretendía ejercer el
arte de saber vivir.
Preocupado por lo que creía que era una crisis moral, Thoreau abogó por la vida sencilla y la contemplación de la naturaleza como un camino para lograr la plenitud y la tranquilidad. «Fui a los bosques porque quería enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido (…)”.