No quiso llamar la atención, le daba mucha vergüenza, así que se escabulló apenas sin hacer ruido. Como haría un niño pequeño después de hacer alguna travesura que nadie ha visto. Era fácil bajar a tierra en ese momento, nadie se percataría, al menos durante un rato, de que no estaba a bordo. Buscaba la paz que trae la templada brisa caribeña desde Isla Culebra un par de horas antes del ocaso. Pero aquel muelle parecía no tener fin. ¿Tenía fin? Casi no podía respirar, la congoja volvía a ser terriblemente asfixiante y necesitaba inhalar ese aire fresco que a veces sopla al final del muelle. Unas bocanadas profundas, una mirada panorámica al horizonte para grabarlo en su memoria una vez más y una búsqueda rápida en la realidad de un pensamiento que le devuelva esa tranquilidad que tanto necesita. Por más que quería no podía evitarlo, no se atrevía ni a pensar en que podría conseguirlo si se lo propusiera. La había perdido para siempre. Ese muelle no le dejaba pensar con claridad, y mucho menos en un día como hoy. Maldito muelle, malditos mosquitos, maldita suerte…
continuará.