LA VENTISCA GATUNA

Estaba nevando por aquel camino abandonado el cual conducía a la aldea más apartada de la comarca, la que estaba perdida en el corazón de la montaña y de la cual se decía que las personas que allí iban de allí nunca volvían. La pequeña capa de nieve empezaba a cubrir, los campos, los robles, las zarzas, mientras caían sus incesantes copos de un cielo algodonado cambiando totalmente el paisaje, transformándolo. Su fino manto blanco, virgen e inmaculado reposaba ante mí como alfombra nunca pisada, abriendo un nuevo camino por el cual nadie había pasado. Un camino que me llevaría a mi destino, a aquella pequeña aldea de la que me habían hablado pero en la cual poca gente había estado. Me paré, miré hacia atrás con desconfianza ya que sentía que alguien o algo me seguía, pero solo vi mis pisadas impresas en la nieve cual sellos definidos que delataban mi presencia, mi dirección y mi camino. Sin darle mayor importancia continué avanzando, aceleré el paso ya que empezaba a aumentar la ventisca y vislumbraba la torre de un pequeño campanario con algunos tejados a su alrededor de negra pizarra.
Entré en la aldea por la pequeña iglesia, mas bien parecía una ermita alrededor de la cual en forma de herradura se habían levantado cuatro casas, unas cuantas cuadras y algunos pajares. Todo parecía bien conservado pero había algo raro en el ambiente, algo raro en las casas con las ventanas cerradas que me inquietaba, parecía como si mil ojos me miraran con especial interés intentando descubrir que había dentro de mi ser. La ventisca aumentaba con su nieve, con su poderoso viento y con su frío que ya estaba haciendo mella en mi cuerpo, por lo que empecé a llamar a las puertas de las casas, nadie me abría, las puertas de las cuadras estaban cerradas al igual que las de los pajares. Con desesperación miré a mi alrededor, ante mí apareció el pequeño pórtico de la ermita, rápidamente fui hacia el para refugiarme de la tormenta por poco que fuera y no estar al descubierto de la misma. Llamé a la gran puerta de roble, la empujé con ímpetu pero estaba cerrada, todo estaba cerrado en aquella aldea. Me senté en la entrada empapado, lleno de frío, pensando como resolver aquella situación que seme estaba escapando de las manos. El tiempo pasaba, no veía ninguna salida, el frío me congelaba las entrañas, el alma. Mis párpados poco a poco se cerraban, cada vez me pesaban más y más, hasta que terminé por dejarme llevar para no volver a pensar…
Solo pasaron unos minutos cuando escuché las pisadas de un caballo, alcé la vista y ante mi apareció un blanco corcel, tan blanco como la nieve en la cual se confundía. Relinchó, acercándose a mi me empujó con su cabeza a la vez que golpeaba el suelo con la pezuña instándome para que me levantara, cosa que hice agarrándome a su cuello para después montar en su lomo, puesto que se arrodilló para que pudiera subir mas fácilmente. Empezamos a cabalgar sin rumbo ni destino, a mi no me importaba donde me llevaba, salió de la aldea por un pequeño sendero que se perdía en el corazón de la montaña. En un momento dado apareció ante mí una gruta por la cual entramos despacio, en la oscuridad empezó a vislumbrarse una luz, una luz azul que cada vez se hacía más intensa iluminando el camino. Esa luz la desprendía la pared, eran cristales azules situados a los lados y en el techo los cuales nos guiaban por la oscuridad. No hacía frío, mi cuerpo iba recuperando el calor progresivamente, al igual que mis sentidos, todo me parecía mágico. Llegamos a una pequeña sala iluminada por cristales azules a los lados y naranjas en el techo, alrededor había bancos labrados en la piedra con extrañas runas labradas en ellos. El corcel se arrodilló y desmonté para sentarme en uno de los bancos mientras mi vista, sentidos se deleitaban con esas luces de diferente intensidad, colores que me hacían hipnotizar.
Al volver la vista ya no estaba el caballo sino una preciosa mujer rubia vestida con una túnica blanca, en sus manos llevaba otra túnica que me la ofreció, la cual me puse después de quitarme mis mojadas ropas. Me tendió su mano la cual cogí, sintiendo en mi ser con su contacto una sensación de paz, amor y felicidad. Apoyó la mano derecha en una piedra la cual se abrió y apareció ante mí un mundo irreal, un mundo de cuentos, de fantasía. Todo estaba lleno de mágicos colores que inundaban una verde pradera llena de hermosas plantas y flores nunca vistas en las cuales revoloteaban hermosas mariposas. Los Unicornios corrían a sus anchas jugando con sus cuernos para alcanzar las frutas de los árboles, mientras los Pegasos volaban por el cielo mirando a sus hermanos del suelo.
Cruzamos el umbral, la piedra se cerró y la mujer me dijo con su dulce voz.
-Ya no querrás salir, has descubierto la felicidad-.
Y aquí llevo no se cuanto tiempo ya, con Ella y con unos Cuant@s elegidos más disfrutando de este paraíso sin igual. Jamás volveremos a salir a un mundo que nos hace sufrir…
MARCE.
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