No soy juguete, ni adorno de domingo, ni consuelo a la carta del viejo restaurante fantasma sin caché.
No soy de cuerda, ni de viento. No me enciendes con ternuras a destiempo. No me apaga tu silencio.
No soy ruleta que giras cuando tu ánimo baja, ni la muñeca que cargas en billetes de a cien.
Tengo alma de fuego sereno, y una espalda que no carga impotencias ni culpas ajenas. Soy cauce que elige su río, puerta que se cierra sin ruido, un sí que se honra y un no que no tiembla.
Un tiempo que celebra, voz que no se quiebra, una casa con luz propia, corazón y fuerza en tormenta.
No soy juguete. Soy palabra sin disfraz, soy el tacto que se reserva, soy mujer que no se explica.
Silencio… vago intento de acercarme, pero siento el filo frío de una navaja cortante, y me quedo pegada al recuerdo.
Me alejas, sigo sin entender motivos, pero la cruel infamia muerde los sesos míos e inmóvil quedo ante la voz del eco.
El eco de la fraternal memoria, pegada al recuerdo de tantos poemas escritos al vuelo del aire, rimados con olas, esparcidos en la arena, entre tumbas buscando al turpial, entre la farra y el discurso letal nos igualamos, mas hoy, no es igual.
Un adelanto de Lo que las hadas no cuentan, mi nueva publicación. En la voz del poeta Lionel Alejandro Santiago Vega el cuento Ellos.
Veintiocho cuentos que te harán recordar a alguien, cosas que suceden a diario, no para juzgar, mas bien para reflexionar. Todavía estás a tiempo de adquirirlo conmigo (marinin.torregrosa@gmail.com), o en amazon.com.
Un estallido me levantó de la cama. Gritos, ráfagas de explosiones que se sentían cada vez más cerca. Me asomé temerosa por la ventana de la sala y vi como los vecinos estaban todos afuera de sus casas, la muchachería de la barriada corría de un lado de la calle a otro. Una ola de humo se levantaba por encima de los techos de las casas frente a la mía. Se escuchaban gritos, incomprensibles, no podía entender lo que decían, ni de que se trataba aquel revolú. Decidida, agarré el machete que heredé de Moncho y me dispuse a salir con la osadía que el susto entre cuero y carne me impulsaba.
-¡Nos salvaron! Nos rescataron! ¡A la victoria! ¡Somos libres!
¡¿Libres!? ¡Salvos! Solté el machete, abrí el portón y corrí a unirme a la celebración. Me abracé a la vecino que no soporto, al viejo ligón, a la bochinchera bruja y al que me madruga con los ruidos del martillo y la máquina de podar la grama. Bailé con el nene jodón que tira piedras, jugué con cuanto perro sarnoso me ladraba y le besé las manos al que me había gritado hija de la gran puta… Por fin, ¡libres!
Del lado sur de la calle se acercaban camiones, una procesión de soldados y por altavoz un tipo con cabello anaranjado subido a una «tumba coco» gritaba: «EL que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente».
Alcancé un rollo de papel toalla y me encerré en mi casa a llorar.
Nota aclaratoria: Esto es un cuento. Los hechos no son ciertos, lo único verídico es que poseo y heredé el machete. Lo que digo de mis vecinos es parte de la ficción. Mis respetos a todos.
Despierta. Siento que allá afuera hay una noche hambrienta que no quiere dejar de ser. Se alarga, se adueña, una niebla densa y fría que no deja pasar luz, que no camina al amanecer.
Silencio. No hay perro que ladre, ni viento que acompañe los alaridos funestos ahogados en cuatro paredes. Las plegarias se han pegado al techo. Los sueños giran en las aspas de un abanico sorteando su destino.
Aire. Asfixia tanto conocimiento. Libertad para este pecho contraído, ansias de que escape una bocanada de aire puro, muerta antes de nacer.
Miedo. Se van bordando versos en cadillos que muerden, dolamas punzantes. Sombra inmóvil, en espejos quebrados. El suelo gime a latidos… tiembla. Se comulga entre apóstoles corruptos… pandemia. Voces confusas me habitan.