De entre todas las cosas increíbles que es y tiene, hay algo que siempre me maravilla de la Niches: estés donde estés, sin importar la circunstancia o el momento, sabes que está llegando o has llegado porque, a lo lejos, te recibe su sonrisa. Incluso si le hago madrugar a las 06h00 para correr o si ha ido a salvarme del desesperado dolor de la muerte. Te mira, sonríe y listo: ya anida en ti.
No nos conocíamos más que de trinos juguetones y sueños virtuales de un mejor país, pero igual de sonreída que siempre me recibió cuando llegué a Patatús, desde donde ella escribía para transformar la salud rural y pública del país. E igual de inmenso su abrazo cuando nos volvimos a ver algún año después. Como siempre, como si no hubiera pasado nunca el tiempo, como si siempre fuera bienvenida en su sonrisa.
Algo que amo *casi* tanto como su sonrisa es su inclaudicable vocación por sanar. Parece una perogrullada, pero estoy convencida de que la Niches nació para sanar. No solo por su profesión médica sino, y sobre todo, por su impresionante capacidad para ponerle perspectiva a todo con su voz pausada. Porque es hábil domadora de tormentas internas y porque es generosa con su tiempo, su amor y su abrazo cuando sientes que ya nada te sostiene. Porque además acolita en las locuras que farfullas recién salida de la anestesia y te deja contarle que tienes miedo a morir porque no quieres que te pongan una sonda. Porque tiene el amor y la paciencia para explicarte cada número y curva de un monitor de la UCI cuando tu único mecanismo de defensa es entender, porque te dice sin miedo que la muerte es inminente y es tiempo de abrazar. Porque es tan brutalmente fuerte que, a pesar de sus dolores y problemas, siempre está dispuesta a llevarte un pasito más, a cargar contigo, a limpiar tus heridas y dejarte que sanes. Porque aunque viva rodeada de rosas que alguna vez le hayan pinchado, sabe que es una locura odiar a todas las rosas. Y por eso nos ama y nunca renuncia a sus amigos o sus sueños.
Otra cosa que amo con devoción es que, a pesar de verse siempre grande y sonreída, contiene una ternura como pocas. Es sensible, se conmueve con la belleza de la cordillera cuando se asoma a un mirador y suspira con congoja al escuchar las historias crueles del sistema de salud, del bus o de los amores de sus amigas. Hay que verla emocionándose con vista al Cayambe, cargando estoicamente el peso de lo que sabe, esa certeza inevitable (debe sentirse, a veces, como castigo) de que las personas que la rodeamos estamos sintiendo algún tipo de dolor y que no siempre puede curarlo. Hay que abrazar esa sonrisa de medio lado que pone mientras trota, feliz de haber salido de nuevo y paciente con los que a veces caminamos a su lado: una sonrisa a la que no le importa tanto madrugar o ir más lento, que es feliz porque está ahí, volviendo a conectar con su cuerpo y haciendo de lazarillo a quienes experimentamos a su lado.
Me admira su capacidad de tener grandes amigos regados por donde va, del Carchi al Macará, del Pacífico al Atlántico, del pincho al pintxo, todos profundamente marcados por su amor y su sonrisa. Me llena de vida escucharla hablar de Navarra con el mismo amor que de Loja y disfruto en secreto de verla indignarse con los ojos cerrados cuando algún innombrable ha hecho sufrir a los suyos como si fuera con ella.
Llevo en mi corazón su forma de apretarme la mano en mis duelos, aunque no recuerde cómo es que llegó a verme y salvarme. Su paciencia para explicarme cómo funcionan las válvulas del corazón y porqué se colapsan. Su silencio permitiéndome llorar a los míos, su generosidad para ayudarme a cargar el peso.
Me sorprende la convicción con la que protege su independencia y la fuerza de sus palabras cuando explora algún nuevo límite para, también, cuidar de sí misma. La valentía con la que ha armado su vida, sus pasos largos y serenos hacia cada pequeña meta: bailar cuando tiene ganas, comer algo con las amigas, curar una gripe, educar sobre los antibióticos y la arcoxia, transformar la salud pública del país… todo es serio, es importante. Y en todo, como siempre, da lo mejor de ella.
Me ilusionan sus 40, me señalan el camino, me invitan a no claudicar.
¡Cómo no escribir para ella, una vez más, porque es su cumpleaños y lo merece!
¡Cómo no maravillarme, cómo no amarla!












