Niches

Niches

De entre todas las cosas increíbles que es y tiene, hay algo que siempre me maravilla de la Niches: estés donde estés, sin importar la circunstancia o el momento, sabes que está llegando o has llegado porque, a lo lejos, te recibe su sonrisa. Incluso si le hago madrugar a las 06h00 para correr o si ha ido a salvarme del desesperado dolor de la muerte. Te mira, sonríe y listo: ya anida en ti. 

No nos conocíamos más que de trinos juguetones y sueños virtuales de un mejor país, pero igual de sonreída que siempre me recibió cuando llegué a Patatús, desde donde ella escribía para transformar la salud rural y pública del país. E igual de inmenso su abrazo cuando nos volvimos a ver algún año después. Como siempre, como si no hubiera pasado nunca el tiempo, como si siempre fuera bienvenida en su sonrisa. 

Algo que amo *casi* tanto como su sonrisa es su inclaudicable vocación por sanar. Parece una perogrullada, pero estoy convencida de que la Niches nació para sanar. No solo por su profesión médica sino, y sobre todo, por su impresionante capacidad para ponerle perspectiva a todo con su voz pausada. Porque es hábil domadora de tormentas internas y porque es generosa con su tiempo, su amor y su abrazo cuando sientes que ya nada te sostiene. Porque además acolita en las locuras que farfullas recién salida de la anestesia y te deja contarle que tienes miedo a morir porque no quieres que te pongan una sonda. Porque tiene el amor y la paciencia para explicarte cada número y curva de un monitor de la UCI cuando tu único mecanismo de defensa es entender, porque te dice sin miedo que la muerte es inminente y es tiempo de abrazar. Porque es tan brutalmente fuerte que, a pesar de sus dolores y problemas, siempre está dispuesta a llevarte un pasito más, a cargar contigo, a limpiar tus heridas y dejarte que sanes. Porque aunque viva rodeada de rosas que alguna vez le hayan pinchado, sabe que es una locura odiar a todas las rosas. Y por eso nos ama y nunca renuncia a sus amigos o sus sueños. 

Otra cosa que amo con devoción es que, a pesar de verse siempre grande y sonreída, contiene una ternura como pocas. Es sensible, se conmueve con la belleza de la cordillera cuando se asoma a un mirador y suspira con congoja al escuchar las historias crueles del sistema de salud, del bus o de los amores de sus amigas. Hay que verla emocionándose con vista al Cayambe, cargando estoicamente el peso de lo que sabe, esa certeza inevitable (debe sentirse, a veces, como castigo) de que las personas que la rodeamos estamos sintiendo algún tipo de dolor y que no siempre puede curarlo. Hay que abrazar esa sonrisa de medio lado que pone mientras trota, feliz de haber salido de nuevo y paciente con los que a veces caminamos a su lado: una sonrisa a la que no le importa tanto madrugar o ir más lento, que es feliz porque está ahí, volviendo a conectar con su cuerpo y haciendo de lazarillo a quienes experimentamos a su lado.

Me admira su capacidad de tener grandes amigos regados por donde va, del Carchi al Macará, del Pacífico al Atlántico, del pincho al pintxo, todos profundamente marcados por su amor y su sonrisa. Me llena de vida escucharla hablar de Navarra con el mismo amor que de Loja y disfruto en secreto de verla indignarse con los ojos cerrados cuando algún innombrable ha hecho sufrir a los suyos como si fuera con ella.

Llevo en mi corazón su forma de apretarme la mano en mis duelos, aunque no recuerde cómo es que llegó a verme y salvarme. Su paciencia para explicarme cómo funcionan las válvulas del corazón y porqué se colapsan. Su silencio permitiéndome llorar a los míos, su generosidad para ayudarme a cargar el peso.

Me sorprende la convicción con la que protege su independencia y la fuerza de sus palabras cuando explora algún nuevo límite para, también, cuidar de sí misma. La valentía con la que ha armado su vida, sus pasos largos y serenos hacia cada pequeña meta: bailar cuando tiene ganas, comer algo con las amigas, curar una gripe, educar sobre los antibióticos y la arcoxia, transformar la salud pública del país… todo es serio, es importante. Y en todo, como siempre, da lo mejor de ella.

Me ilusionan sus 40, me señalan el camino, me invitan a no claudicar.

¡Cómo no escribir para ella, una vez más, porque es su cumpleaños y lo merece!

¡Cómo no maravillarme, cómo no amarla!

Formas de lidiar con el olvido

Formas de lidiar con el olvido
  1. Fingir que no me molesta el olvido.
  2. Acumular cartas que nunca enviaré.
  3. Releer, corregir, justificar.
  4. Hacer listas de planes que ya no sé si se cumplirán alguna vez.
  5. Alimentar playlists con las canciones que nunca escuchaste.
  6. Ponerle soundtrack al silencio para fingir que no me duele sentirme insonora.
  7. Pretender que suelto.
    7.1. Tratar de convencerme.
    7.2. Cantar que suelto.
  8. Cuestionar la casualidad.
  9. Extrañar la casualidad.
  10. Llorar la desesperanza de no poder arrancarme la esperanza.
  11. Abrazar la crueldad de la ausencia.
  12. Imaginar que el olvido no existe.
  13. Sentir nostalgia del futuro.
  14. Morir de ceguera y de silencio.
  15. Querer sin arrepentimientos.
  16. Esperar con insistencia.
  17. Perdonar los desplazamientos.
  18. Resistir.
  19. Llorar mientras canto La Despedida.
  20. Hacer listas con formas de lidiar con el olvido.

2023: dolor, miedo y propósito

2023: dolor, miedo y propósito

Dolor. Así como la RAE designa su palabra del año, yo le pongo etiqueta al mío. Ha sido un año personal doloroso. Casi ni lo puedo describir. Ha sido como cuando, de pequeño, entras en el mar, te golpea una ola y, mientras tratas de recuperar el aire, te impacta otra y otra y otra más. Te arrastra hacia lo que parece la orilla, pero no te deja sacar la cabeza para respirar. Hasta que empiezas a desesperarte.

Sé cuándo y cómo empezó el oleaje, tengo un mapa mental clarísimo de cada segundo de agonía, de máquinas pitando cada vez más lento, de despedidas, de la voz de dolor que te habla al otro lado de la línea para decir: tu mundo, tu vida acaba de partirse en dos, en tres, en miles…hasta volverte fractal. Tengo la sensación grabada en la piel de mis ojeras insomnes, en las miles de hormiguitas que suben por los brazos en señal de ahogo, en el llanto contenido que me atoró… Y tengo el miedo que se quiso hacer tatuaje y con el que aún estamos dialogando un armisticio.

Siento que ha sido un año que se propuso sacudirme, desnudarme y dejarme a mi suerte en una especie de estepa siberiana. Y vaya que lo hizo. En definitiva, la mejor de los mejores guerreros de Diosito. La elegida del llanto, el dolor, la soledad y la convulsión del pecho. Cuando caminas por la crudeza de un desierto congelado, vacía, empiezas a correr desenfrenada para ver si logras entrar en calor, tendiendo la mano a ciegas para ver si alguien la toma, haciéndote cargo de todo menos de ti, pensando en que el dolor y el frío que sientes no son importantes, no merecen ser atentidos. Sintiendo cómo el cuerpo empezaba a reclamar el maltrato.

— Deja de preguntar por qué. Empieza a preguntarte el para qué.

— ¿Cómo me vas a pedir que le encuentre sentido a esta pena?

Esa conversación terminó con furia. ¿Cómo iba a pensar que el dolor y la muerte tenían un propósito? El dolor no tiene sentido, es animal salvaje, incendio forestal. Todo lo que yo buscaba era diseccionar el dolor hasta el extremo de dejarlo en pellejo. Como casi siempre había hecho, yo quería entender porqué, aprender como alumna dedicada todos los matices de esta tristeza, quizás para aceptar… Pero no sabía que hay dolores que no tienen nombre, que no importa cuánto no duermas, que nunca llegará el sentido si no cambia la pregunta. ¿Para qué? Hay partes de este fractal humano que aún no logro responder. Y otros, las ausencias, empezaron a cobrar sentido.

¿Para qué? Básicamente, para vivir, sentir, disfrutar y abrazar como a ellos les hubiera gustado que viva, sienta, disfrute y abrace. 

Sí, suena a lugar común, a expectativas imposibles. El propósito no es vivir por el Pablo y la Mamishita lo que dejaron de vivir por su muerte, sino despertar. Empezar a vivir. Verle a los ojos al miedo animal que me tiene inmovilizada y decirle: dale, juguemos. Quizás me ganes un partido, dos o mil, pero yo voy a dar pelea. #EnLaVidaComoEnElFútbol

Miedo, qué tal, cómo vamos. Ya no es la muerte sino tú mi nuevo enemigo. Miedo a abrir los ojos y verme brutalmente sola en medio de la estepa nevada y dura. Sentir que, aunque gritara hasta hacerme jirones la garganta, nadie respondía al otro lado. Que mi mano extendida se empezaba a cansar, se quería caer, se iba a gangrenar por la sed de contacto, de un abrazo. Una soledad brutal y cruel, que me enfrentó a un nuevo tipo de dolor, el del aprendizaje, que aún no he aceptado del todo y que me hace temblar de temor cada par de noches, cuando vuelvo a estirar la mano y encuentro silencio y abandono, cuando no logro ver más allá de la tormenta de nieve. Tan cruel que empiezas a cuestionar obsesivamente cómo dejar de sentir dolor o sentir del todo: dormir, apagar simbólicamente el cuerpo. Evadir, no pararse ni para dar un respiro largo. Morir. El problema no es la muerte, sino el dolor, la ausencia, el silencio imposible y cómo dejar de sentirlos.

Entonces toca meterse de nuevo al mar, en medio del oleaje, y aprender que la marea es un ciclo, que pasa, que se acaba. Que adentro del pecho, cuando solo quieres dar y recibir amor, hay paz; que la cabecita puede reaprender a descubrir la alegría en un atardecer, en las lamidas de tu gato que anida en tu pecho cada vez que te siente la angustia. Que hay calma en la voz emocionada de tus sobrinas diciéndote PAZH o PÍA TAZH mientras te abrazan, te cogen de los cachetes con su manito o te piden que pongas Moana o Coco por milésima vez en la tele mientras las cobijas y les das quintales de frutillas y gomitas. Que si una logra abrazar la marea de adentro, ya no es culpa de una lo de afuera.

Sigo aprendiendo que yo solo puedo controlar lo que siento, que me merezco sentirme bien. Que está bien tener necesidades y límites y que los amigos que se quedan aceptan que, de vez en cuando, te pares en medio de la tormenta para gritarle a Dios que no te merecías tanto sacudón este año. Sé que no ha sido fácil estar junto a mí este año, ha habido momentos en que yo tampoco hubiera elegido quedarme conmigo. Aunque no entienda, acepto el silencio y la distancia de los que han elegido su propia calma antes que mi estepa siberiana. Aunque a veces me abrume y elija el silencio, me aferro al cariño y la presencia serena de los que me han regalado su tiempo como han podido (una nunca sabe las batallas de los otros…).

También estoy aprendiendo a soltar, a querer con desapego y con libertad, a reaprender a estar sola conmigo y en paz. Ha sido doloroso reaprenderlo, pero al menos ya sé que el dolor pasa. Que soltar tiene un propósito, que hay que confiar. Que como diría Dante: solo el tiempo sabe la verdad.

Ante la certeza de que la vida es impredecible y que cada canción puede ser la última, propongo una tregua y Un pacto, ojalá cantado por La Madame en La Estación, mientras me abrazo con la Nat, el Cuco y el Migue y me permito solar una lágrima o dos. Qué idiota te hace el amor, ¿no? 

Así que, como cantarían esos artistas monumentales que me hacen bailar, reír, llorar y sentirme viva por $15 el cover, en 2024 hay que darle rienda a esta superstición de vivir como si cada canción fuera la última. Perdonen si me pongo exquisita con la playlist:

Querido Pablo

Querido Pablo

No puedo imaginar esta carta para ti sin que suene ROCK de fondo, así que hagamos esto con música. Hoy, suena en mi corazón CCR, por una de aquellas noches de música en familia en la que nos pediste que cada uno le dedique una canción a nuestros papás. Tú pusiste esta. Mientras suena es como mejor te recuerdo.

 I wanna know, have you ever seen the rain… Hoy, hace un mes, pensaba sentada en la sala de mi casa: ¿te diste cuenta de que venía la lluvia? Yo acá siento que no ha dejado de llover, que no debías irte, no así. Que me he quedado un poco más sola, que tus abrazos largos y fuertes no tenían que tener fecha de caducidad. 

No puedo ni empezar a hacer una lista de todo lo que hicimos juntos, todo lo que nos unió, todos los goles, todas las canciones, los primeros kilómetros en mi carro que viste tú primero, a los loquitos corriendo por los pasillos del aeropuerto mientras nos íbamos a ver a nuestro equipo del corazón ser campeón en el mejor estadio del mundo. El corazón… qué rabia que haya sido justamente tu corazón bueno y grande el que te haya llevado de nuestro lado. Me hubieras dicho que no llore, que no me enoje, que por algo ha de ser. Te juro que he tratado, pero tu ausencia no tiene sentido, me enoja. Se suponía que tú no me ibas a dejar sola. 

Pienso en tu expresión seria, en cómo te colocabas los lentes cuando estabas a punto de darnos una de esas lecciones de vida que nos acomodaban las dudas con Free Bird de fondo.

Y trato de soñar con tu voz serena diciéndome que todo va a estar bien, que no me preocupe, que perdone, que acepte. Pienso en cómo, a pesar de todos los problemas, sonreías detrás del humo del carbón y me decías que para mí también estabas preparando algo rico. Pienso en tu inclaudicable fe en mí, en cómo me escuchabas hablar de fútbol, en cómo celebrábamos una carrera de Fórmula 1 o algún resultado en Roland Garros. “¿Será que el chico peruano puede con Dkjokovic, Pacita?”, me imagino que me preguntas hoy. Y te respondo en voz alta que no creo, pero que hay que ver el partido a alguna hora de la madrugada de ley. 

Pienso en cómo nos acompañaste y sostuviste cuando la Mamishita se nos iba. En cómo, a pesar de cualquier cosa, te mantenías de pie porque tu chiqui te sostenía la mano. En el orgullo de tus ojos cuando hablabas de la Majo, de su satélite, de sus ponencias, de sus montañas escaladas. Pienso en cómo sonreías con los ojos cuando escuchabas al Gatito reírse igual que tú, en tu mirada satisfecha cuando se puso su mandil de veterinario y en el alivio que sentiste cuando me llamaste a contar que por fin había aceptado ser hincha de Liga. 

Pienso en el abrazo de tu George del alma diciéndome que él también siempre será mi tío, en el Noel abrazándome para asegurarme que no estoy sola, en el Robert sentado a mi lado tratando de respirar conmigo… Y pienso que eres tú hablando a través de ellos. Veo la asombrosa fe de la Male, la fortaleza de la Majo, la profunda sensibilidad del Sebas y siento que tú estás junto a mí viéndolos, con la risa bajita que te salía desde el pecho cuando, a pesar de todo, sabías que estaría bien porque los tenías a ellos. 

Recuerdo el día en el que te pedí que fueras mi padrino, la complicidad con la que me mimabas, la llamada para decirme que nos íbamos a Brasil, tu serenidad cuando te subiste al Sparkie conmigo, tu sonrisa al fondo de la sala mientras defendía mi tesis, el whiskycito, Creedence, Elton John, los dos saltando abrazados bajo la lluvia mientras Paul McCartney cantaba Live and Let Die, en tu brazo con el puño cerrado subiendo y bajando al ritmo de La Grange, en cómo procesabas en silencio Father and Son… 

Te pienso cada vez que entro a mi casa y veo los muebles que me regalaste, para que no empezara de cero. “Nunca vas a estar sola, mija”, me dijiste mientras me abrazabas fuerte y yo lloraba. Me asomo desde el cuarto y ahí estás, siempre presente. Sosteniéndome como siempre. ¿Ahora entiendes por qué es imposible de comprender que haya sido tu corazón bueno el que nos dejó sin ti? 

       Te quiero mucho, Pacita. Eres como mi hija. 


TE QUIERO MUCHO, PABLO. PARA SIEMPRE.

35 – Hacer las paces

35 – Hacer las paces

Cuando empecé a escribir este post, no sabía que cinco días después la vida se me iba a partir en dos irremediablemente. Ahora tengo que aprender a hacer las paces con la ausencia imposible de mi Mamishita, que decidió descansar al fin, pero que me dejó un huequito en el pecho. Ojalá que se llene pronto de su memoria, de sus ojitos traviesos, de su complicidad conmigo y las fotos que le hacía tomarse sacando la lengua o haciendo una locura, consciente de que su tiempo con nosotros se nos escapaba de las manos. Ojalá que, llegada a esto que parece la mitad de una vida, yo todavía pueda estar a la altura de sus sueños, de su orgullo y de su inagotable alegría. No entiendo la vida sin ella. Ojalá haga pronto las paces con la idea de que, en lugar de entender, necesito aceptar.

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35.

Y es que esta es mi corteza
donde el hacha golpeará.
Donde el río secará para callar

¿Será hora de hacer las paces? De honrar a mi nombre, de dejar de ser este oxímoron que se llama Paz que no deja de hacer guerra. Quizás es hora.

Es hora de aceptar que quizás no puedo controlarlo todo, pero sí puedo tratar de estar fuerte para lo que venga, para no tambalear. Hacer la paces con el caos se siente como echar raíces.

Soy lo que siempre he sido, pero que me he resistido a aceptar: es momento de hacer las paces con mi loca de la casa que de vez en cuando se alborota, con mi forma ciclónica de sentir tristeza, con el fuego con el que amo y siento, con las lágrimas que riegan y nutren mi cara con la frecuencia de un gol conmovedor…

A lo mejor, es hora de aceptar que no cargo con la crueldad del mundo en mis hombros, que no puedo seguir siendo cruel conmigo misma y que esa sonrisa que me devuelve el espejo casi a diario vale la pena seguir dando pelea. Mientras yo sepa cuándo ponerme primera.

Es hora de aceptar que el reloj avanza, que el paso del tiempo es la única certeza irrefutable y que la muerte hace parte de vivir. Hacer las paces con la ausencia de los que ya no están para honrar su memoria a diario: suena a un buen plan.

Hacer las paces con mi mágica cana de la ceja derecha, mi sonrisa de medio lado, con la melena indomable, con este cuerpo que se ha aguantado un vendaval de aquellos y sigue fuerte, está sano. Hacer las paces con mi desorden, con mi despiste, con mis apuros.

Quizás sea tiempo de hacer las paces con mi voz en todos sus tonos, en todas sus circunstancias… dejar de oír a la impostora y empezar a escucharme más a mí misma y los que me rodean. Alzar la voz, dejarme sentir, abrazar mis silencios, saborear cada palabra… “Si no canto lo que siento…”.

No se trata de rendirme o de perder, esa ha sido la gran revelación: se trata de elegir, aceptar y soltar. En todos los sentidos. Ha sido un año duro y es cansado ir contracorriente, así que de vez en cuando, aflojo la brazada y me dejo llevar. Trato de flotar mientras me divierto imaginando escenas en las nubes y recobro fuerzas para seguir nadando. Solo así se sobrevive a los naufragios. ¿Que el bote se hunda? CERO miedo. Hay cosas más importantes de las que preocuparse, por ejemplo: hacer las paces con el camino por el que, de vez en cuando, te lleva la corriente.

Mi Chimbi

Mi Chimbi

En el día de solsticio de invierno volviste conmigo. Esta vez, para siempre. Sospecho que nunca te importó realmente, pero, aunque en esta nueva casa tampoco tenemos césped para que corretees y te comas hierbitas, sí vamos a estar juntas todo el tiempo, para que me lamas la nariz y suspires mientras te abrazo para quedarnos dormidas. Seguro piensas que nunca me había dado cuenta, pero claro que sentía cómo movías tu colita chiquita cuando te pegabas a mí. Claro que me daba cuenta de tus ojitos sonriendo desde su negrura profunda. La mirada nunca te cambió desde que nos conocimos en esa tarde en la que yo jugaba a ser periodista y tú jugabas a que los zánganos de tus hermanos no te muerdan las orejas.

Te abracé y me lamiste la nariz, exactamente igual que en tu última noche. Olías a cachorro, el mejor olor del mundo. Y supe que eras mi familia, que me habías elegido, que estaba dispuesta a pelearme contra la marea para que te quedaras conmigo.

¡Qué buena fuiste, mi Chimbi! Aprendiste todo de la Fede y ella te dejaba que le mordieras las orejas y le asustaras de atrás de la pared. Ese era tu juego preferido, incluso conmigo cuando solo te iba a visitar. Yo entraba a la casa, tú me saludabas a gritos y corrías a esconderte. Debo confesar que varias veces sí me asustaba y eso me sacaba una carcajada. Te abrazaba y me volvías a lamer la nariz, como diciendo gracias o qué se yo, y te ibas a tomar agua con tu caminado de orgullo.

Aún no entiendo por qué debo escribir de ti en pasado. Estoy como en shock. Hoy también es una de esas noches en las que me hubieras lamido la nariz despacito, luego las lágrimas, y te hubieras acostado a mi lado, pegadita a mí para que pudiera abrazarte y tú hacerte cargo de este hoyo negro que siento en el pecho. No sé cómo no sentirme tan triste, mi Chimbi, porque tú te hubieras encargado de eso: de limpiarme el alma a lengüetadas.

Yo, en cambio, llevo demasiados días operando en piloto automático, como esperando que aparezcas de nuevo detrás de alguna pared, haciéndome asustar, o mordiéndoles los tobillos a los chicos del gas, porque así nos protegías. Asomo la nariz a la sala, te veo allí hecha arbolito y aún espero que me traigas la pelota con la que jugábamos a que eras la más veloz. Riego tus raíces y todavía siento que vas a verme con tus ojitos profundos para que te ceda la última puntita de pan. Te prendo una velita y creo que estás sentada a mi lado contemplando el infinito del fuego.

Qué duro fue perderte, mi Chimbi. A veces siento que, cuando te liberamos, el dolor que sentías se quedó anudado en mi pecho. No entiendo que los años pasen, que el tiempo se agote, que no pueda abrazarte más mientras trasgredíamos juntas la inmaculada limpieza de la sala de la casa. No entiendo que seas arbolito y no puedas volver a lamerme la nariz.

Gracias por haberme elegido, mi Chimbi. Cuando nos veamos en el cielo, escóndete tras alguna pared y sal de sorpresa. Te juro que me vas a asustar. Te amo para siempre.

Diario de insomnio

Diario de insomnio

Trato de intuir la hora por los ruidos de la calle: no pitan aún los semáforos de peatones, tengo tiempo de que no sea una noche perdida. ¿Serán las 03h00, las 03h30? ¿Por qué me agobia el calor a pesar de que tomé las precauciones de equilibrar el delicado límite de dormir vestida pero no tanto? El Pixel está acurrucado a mi lado, en la posición imposible de mi brazo que más le gusta, dónde hacemos contacto a su medida, no me quiero mover, solo así siento que me necesita. Pero el cerebro ya galopa rompiendo el viento. Es cuestión de segundos que yo abra los ojos y me desbarranque. Los dejo cerrados. Igual ya escucho todo, igual ya siento cómo titilan las luces de afuera. Visualizo el cielo: ¿estará despejado hoy? ¿Quién me vigila desde arriba: Saturno y su hambre despiadada de mí? ¿O el gigante Júpiter que imagino con ojos compasivos mientras sus lunas causan estragos en mi marea? Dibujo mentalmente y es Saturno: ¿me vienes a devorar aunque ya haya nacido incapaz de destronarte?

¡Pero qué desvarío es este! No quería despertarme y aquí estoy, consultando los estantes mentales de la sección de mitología. Pensar que creí que no aprendí nada de esa profesora odiosa que predicaba que los dioses griegos eran todos buenos y nobles. Como si no hubieran sido imaginados por nosotros, los crueles habitantes de esta estrella.

Me muero de la sed y eso me obliga a calcular consecuencias: si me levanto y bebo del grifo del baño, ¿volveré a dormir? Si me levanto y el cuerpo enciende su maquinaria y me obliga a ir al baño, ¿me despertaré por completo al contacto del agua fría cuando me lave las manos? En línea recta, el baño está a menos de un metro: dibujo mentalmente el mapa que me llevaría hasta allá sin abrir los ojos, evitando que la maldita luz automática del concesionario de al lado se cuele por mis pupilas y me despierte para siempre. Este es el plan: retiro el brazo despacito para que el Píxel no se vaya de mi lado con rabia por haber interrumpido su sueño, me siento y bajo los pies. Camino 3 pasos y giro a la derecha, evadiendo el coso donde construyo con constancia semanal mi montaña de ropa. 3 pasos más, la siguiente jugada es crítica: si me quedo corta, me golpearé de frente con un estante; y, si me paso, choque inminente con una cajonera. Un delicado giro a la izquierda ya me dejaría frente al baño: ¿me hago la loca y solo bebo del grifo o doy 4 pasos más y ocupo el baño? Al final, ya estoy más despierta que nunca y mejor trato de volver a dormir sin urgencias. Sí, ese es un buen plan. Lo puedo hacer con los ojos cerrados, la impecable orientación espacial de un sonámbulo.

Pero ahora me martilla el reloj en la cabeza: tengo curiosidad de saber qué hora es esta donde al fin me vuelvo inteligente sin imposturas y sin siquiera abrir los ojos. Si tengo que adivinar, aún no son las 03h00 y es mejor así, no hay que tentar a la hora del diablo. Si me comprometo, podría ir y volver sin perturbar a nadie. “A NADIE”, me río de mí misma. ¿A quien, si a mí ya nadie me visita? Basta de autocompasión, que mi mapa de viaje al baño se me olvida.

Sí, estoy completamente despierta. Esas gomitas de melatonina se me ríen en la cara. Las imagino con sus bracitos de línea fina sacudiéndose violentamente por las carcajadas. Yo las miro con resentimiento y elijo a quién comeré la próxima, ya van a ver. ¿Dejé la cocina ordenada? ¿Podré tomar mi café de la mañana, fingiendo que me desperté por primera vez, sin morir de iras con mi desorden? Sí, sí. Incluso guardé a las gomitas burlonas. Respiro. Una preocupación menos para este insomnio.

El Píxel ya se despertó, me caminó por encima y está juzgándome desde el velador: ¿estará esperando que me mueva para tomar agua de grifo él también? ¿O sentirá compasión y estará esperando que vuelva de mi viaje para acomodarse de nuevo? Mi propio Penélope que teje y desteje esperando que algún día vuelva a dormir como antes. ¡Basta de mitología! Podría estar construyendo analogías inútiles con personajes de Javier Marias, de Nabokov o de mi adorada Rosa Montero, o visualizando las olas de Isla Negra rompiendo poéticamente contra las rocas para don Pablo. Hablando de odiseas, tengo que volver a Isla Negra. ¿Será que, a esta hora, los pasajes son menos imposibles? Algún beneficio debiéramos tener los que no dormimos. Pero si abro los ojos, voy al baño sin mapa y vuelvo para buscar vuelos, ahí sí no habrá retorno. Bah, vale la pena porque podré soñar (que esté despierta será mi pequeño sacrificio, una ofrenda más sagrada que la sangre).

Sí, eso haré. Abriré los ojos sin miedo, iré al baño y volveré antes de que se me enfríen las cobijas para volver a acurrucarme: quizás no es insomnio, solo tengo ganas de ir al baño. Eso es. Luego vuelvo, busco vuelos, sueño despierta con reencontrarme con mis certezas favoritas y, con una sonrisa, me vuelvo a acomodar y sigo con lo mío, que es dormir.

Aquí vamos.

Al fin abro los ojos: 01h57 en el reloj que siempre tengo adelantado para no llegar tarde. Falta mucho para el amanecer. Voy al baño despacio, total estoy despiertísima, ya no hay apuro. Hago lo mío, me lavo las manos y hasta tomo agua del grifo. Afuera, los borrachos chocan vasos como si no fuera con ellos este pacto de silencio. La maldita luz del concesionario brilla más que nunca. Veo por la ventana y Saturno me guiña un ojo y hacemos las paces: hoy no me va a comer. Qué alivio. La cama ya se enfrió y yo también. Pero mejor no me pongo saco, me volvería a despertar con calor. Googleo “pasajes baratos chile” en vez de irme directo a la aerolínea, para ver si me persiguen avisos cuando los pasajes estén, efectivamente, más baratos: “opción más económica: USD 350 de ida, USD 350 de regreso. Una escala eterna en Guayaquil”. ¿Saldría a regalar mi plata a ese sitio de bolones o me quedaría en la sala vip, dormitando? En mis planes imaginarios, elijo la sala de aeropuerto: un librito, café aceptable y la posibilidad de escribir. Me río. Soy un cliché, necesito escenarios de película para escribir. Sacudo la cabeza para borrar esa escena. Twitter está en silencio y eso me gusta: se puede ‘scrollear’ hacia atrás y es como mirar hacia el pasado: todos esos trinos son como una huella del tiempo. Ahora entiendo lo que hacen los telescopios de la NASA: miran hacia atrás para encontrar sentido en el presente. Allí también trinan los borrachitos como si no fuera con ellos. Me encuentro con mi amor platónico del pasado: hace dos horas seguía siendo increíble. Pensar que me conoce y que nunca se ha fijado en mí por más que le dedico canciones, estrellas y poemas en voz alta. Aquí vamos de nuevo con la autocompasión. Sacudo la cabeza de nuevo para borrar esa idea.

Son las 03h43. ¿Y si escribo sobre este insomnio?

Sobreviviendo al miedo

<strong>Sobreviviendo al miedo</strong>

(Odio tener que hacer esto, que escribir y exponerme sea la única forma de materializar y ver a los ojos al miedo. Escribo para mí, para entenderme y aceptar la cicatriz).

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Cómo es de curioso el instinto de (auto)protección: el instante en que asumí que podía estar enferma fue cuando envié un mensaje que decía: “puedo pedirte un favor? Pero no te alarmes”. Tratando de tranquilizar de antemano a mi interlocutor, pero asumiendo que quien empezaba a alarmarse era yo y necesitaba sentir que tenía algo, cualquier cosa bajo control.

Mi salud se desmoronó en pocas horas: de una ligera carraspera y malestar general en la mañana a violentos escalofríos en la tarde y una sensación de tener la garganta en llamas que me hizo llorar. ¿Llorar de dolor yo, la del umbral alto, que caminaba kilómetros diarios con un tendón roto en el tobillo? Lloraba de dolor, deliraba por la fiebre y aún pude sentarme a trabajar y participar de una reunión en la que ni siquiera me acuerdo lo que dije y de la que solo quería salir corriendo. Esa sensación de normalidad que traté de procurarme fue como agarrarme del arnés en el pecho antes de saltar del puente: de todas formas se venía la caída. 

Y entonces le vi la cara a mi miedo más reciente: hola, enfermedad. Soy yo. ¿A qué vienes? 

A enfrentarme al miedo de sentir lo desconocido, a la sensación de pánico porque faltaba aire y la garganta se cerraba como girasol en tinieblas. A la incerteza de despertarme sentada en el piso de la sala y la cabeza apenas apoyada en el sillón, para que hubiera sido más fácil encontrarme por si faltaba. 

Dormir era un eufemismo: cerraba los ojos para tratar de negar lo que me estaba pasando. Apoyar la cabeza en una almohada que no acogía fue una maldición. Y acostarse con el celular en la mano y el dedo en el botón de emergencia, para alcanzar a pedir ayuda si me sentía desvanecer, fue un acto de supervivencia que nunca pensé materializar. 

Hay momentos en que la soledad pesa un poco más que siempre, lo que nadie dice es que pesa toneladas innombrables y doblega al cuerpo. Lo único que queda es el animal instinto de (auto)protección: te estoy venciendo, miedo. Te venzo para proteger a los bits detrás de los “cómo estás? Cómo sigues? Cómo te sientes? Necesitas algo?”. Para que el único lugar donde la angustia lo ocupe todo sea en este incipiente hoyo negro y no allá afuera, donde la ilusión es que responda con mi habitual: ya estoy bien 🙂. 

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La palabra ‘leve’ me parece un insulto. Pero eso repiten los que saben. Elijo creer, conmovida con el miedo de quienes no tuvieron la suerte de preparar el cuerpo para esta batalla. La enfermedad es cruel: transforma el cuerpo y la cabeza. Ojalá fuera una simple gripe de la que una se cura sudando. Nunca había sentido esa especie de shocks eléctricos que me recorrían el cuerpo para llegar a lastimar las articulaciones. Nunca había visto mi garganta como si hubiera tragado fuego, lastimada, silenciada. Jamás pensé verme transpirar de frío. Y nunca imaginé que no podría oler mi café como primer acto del día. Y aunque algunas cosas volvieron a mi recuerdo de normalidad, todo cambió. Hasta mi periodo. 

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– ¿Cómo te vas a ir a jugar fútbol?

– Elegí ser feliz. 

Lo elegí. Apenas recuperada, casi sin control de las fuerzas que movilizan el cuerpo, ahogada sin decirlo, elegí sentirme viva. No podía volver a enfermarme, al menos no tan pronto. Y mi posición en la cancha me regalaba segundos preciosos de inmovilidad para recuperar el aliento. Vamos, condiciones ideales para darle la espalda al miedo. 

Y fui feliz, olisqueando la cancha, vistiéndome para jugar (primero la derecha, luego la izquierda, es-rutina-no-superstición), temblando por dentro pero gritando desde atrás: “NO VUELES”, calentándole la oreja al árbitro para que saque una amarilla, sosteniendo a las compañeras que están tristes por la derrota, tapando un penal como si no me hubieran pasado por encima 2 años de miedo y una enfermedad. 

Selfies

Selfies

Hace mucho que no me siento cómoda tomándome fotos o saliendo en ellas. Pero es lo que hay: registro, huella, evidencia. Las fotos, como decía la querida CrisMa, son momentos. Y no siempre se puede apelar a la memoria para conservarlos intactos. Así que acumulamos recuerdos hechos bits, para recorrerlos de vez en cuando y añorar la luz que proyectamos desde el pasado. Me miro y no siempre me reconozco, pero veo a quien sale conmigo, el paisaje o trato de recordar qué quería decir mi mirada y, de alguna forma, esa impresión del tiempo cobra sentido.

La última vez que recuerde que me haya tomado selfies plenamente consciente de mí y de mis atributos, sintiéndome guapa, fue en 2016: salía con un chico y las fotos actuaban como anzuelos que no fallaban nunca jaja. Pero luego se puso cuesta arriba: mejor si salía siempre acompañada, siempre a media luz o a medio rostro, con mis sobrinas, el Píxel o entre amigos -mejor aún si estaba en segundo plano-, como negándome a verme, como buscando olvidarme

Excepto con Shakira, ahí no cabían los complejos. Éramos las dos y punto.

Leía blogs de psicología que decían que quienes se toman selfies podrían padecer algún tipo de trastorno narcisista o necesitaban las endorfinas que nos producen los likes y los comentarios alabatorios. Y, pues no, mi ciela: me gusta pensar que, dentro de la complejidad de mi cerebro, soy una persona sencilla, a quien no le gusta llamar la atención, que prefiere que sus actos, su trabajo o sus gestos reflejen quien soy. Pero de fotos, ¡ni hablar! Cuánto daño hacen escribiendo sobre desconocidos que solo buscan volver a reconocerse en una foto.

Luego llegaron las mascarillas y todo se me hizo fácil. Porque el rostro quedaba ya de plano oculto y el reto de hablar con la mirada se me daba más fácil, así que vengan esas fotos con las sobrinas, la familia o la tortuosa selfie en algún momento especial.

Pero hoy, contra toda regla y pronóstico, sentí que algo podía cambiar. Ni siquiera me peiné, así que llevo los churos libres y al viento. Las ojeras firmes, exponiendo el insomnio que no se ha ido. La cicatriz que siempre me hace sonreír, brillando en la frente. Las pecas y manchitas, más evidentes que nunca. Los indescifrables músculos que un día dejaron de funcionar, haciendo un esfuerzo para que mi sonrisa de lado se viera un poco menos chueca. Y el cuello de la chompa tapando un poco menos de lo habitual la cara. Disparé y me reconocí en el resultado: el cansancio, las tristezas, la preocupación, la nostalgia, el miedo. Pero también la luz en los ojos, la tranquilidad de tener a la familia, la satisfacción de estar leyendo y escribiendo de nuevo… En fin, yo. Un gusto volver a verme de nuevo.

Eso sí, con un filtro sencillo. No me pidan tanto tan pronto. 

A mi papi

A mi papi

Recuerdo cómo, 28 o 29 años atrás, mi papi se levantaba religiosamente a las 05h30 de la mañana y prendía la radio, para escuchar las noticias a primerísima hora. En esa época, se escuchaba la repetición de alguna emisora de Colombia, creo que Caracol, y los saludos de decenas de colombianos a sus familiares secuestrados por la guerrilla, que concedía a sus capturados el derecho espiritual de escuchar la radio con la esperanza de que sonara una voz familiar que prometiera que conseguirían el dinero del rescate. Mi papi se quedaba acostado, pero escuchaba atento las cápsulas de Radio Francia Internacional hasta que, a las 06h00 en punto, sonaba el Himno Nacional. Y luego, el parte de guerra. Una rutina que, desde la comodidad y el abrigo de la cama de mis papás, me parecía el acto más solemne e importante de mi mundo. Y luego, con la misma solemnidad, veía cómo mi papi se levantaba, se aseaba y se afeitaba a la perfección, para luego vestirse impecable de terno y corbata, para salir a trabajar. Y para mí, era como ver a un superhéroe alistarte para salir a cumplir la rutina de lo extraordinario: ser mi papá.

También recuerdo la primera vez que nos fuimos juntos de paseo: en avión, a Guayaquil. Yo, de vestido y sorprendida, pero feliz. Me acuerdo que nos hospedamos en el Hotel Continental y que paseamos juntos un par de días por la ciudad. Era un paseo padre-hija. Y me acuerdo, sobre todo, la admiración que me causaba cuando entrábamos a su trabajo y todos hablaban de él con cariño y admiración, desde un Presidente de la República hasta el más sencillo y gentil portero. ¡Ese era mi papi!

Me acuerdo haberme sentido siempre segura de su mano, me acuerdo crecer y, a pesar de todos los altibajos que vienen con el paso de los años, tener la certeza de que, pasara lo que pasara, siempre podría contar con él y con su apoyo. Me acuerdo que fue su cara la primera que vi después de despertarme de una cirugía y que, sosteniéndome la mano, me decía que el dolor ya iba a pasar. Me acuerdo de estar jugándome la vida en alguna cancha y, de reojo, verlo entrar al estadio o al coliseo, discreto pero sonriéndome, supongo que contento de verme jugar y yo, aliviada de saber que había llegado.

Siento orgullo cada vez que recuerdo cómo me enseñó a saludar a la bandera o cuando me sorprendo a mí misma despertándome a prender la radio como un gesto automatizado de amor por él. Siento orgullo cuando, ahora que somos colegas de profesión, lo escucho hablar de su trabajo, de sus contactos, cuando escucho sus análisis o me sorprende con alguna palabra que yo nunca había escuchado antes y se vuelve mi favorita. Me conmueve cuando lo veo nunca rendirse por mi hermana, dueña de la mitad de sus canas. Me conmueve cuando le leo o escucho hablar de sus nietas. ¡Y ni hablar de cuando las mira! Le brillan los ojos, parecido a cuando mis hermanos o yo nos graduamos de algo. Y me sorprende que a pesar de haberlo perdido todo a sus 15 años, hoy, 47 años después, no ha perdido la dulzura ni la esperanza.

Hace unas semanas, por primera vez en mi vida, me tocó a mí sostenerle la mano, decirle que todo iba a estar bien, administrar el susto y cuidarle. Y tuve que enfrentar por primera vez la abismal idea de que el tiempo pasa y trae fragilidad. Pero cuando pudimos volvernos a ver y me dio un abrazo, volví a sentir que caminar en este mundo distópico tiene sentido porque sé que, detrás de mí, sigue caminando mi papi.

62 años suenan a mucho, pero qué pocos ha sido para honrar tu presencia en este planeta, pa. Que nos sobre vida para disfrutarte, para seguir chismeando de política, para que sigas mimando a tus nietas y protegiéndonos de todo. Que nos sobre vida para seguir tratando de estar a la altura de lo que tú has sido con nosotros.