Hace unos días comenté algunas anécdotas de mi infancia en Cuba, pero me di cuenta que hay varias de esas historias y cosas aprendidas que me encantaría compartir con mis amigos en Chile y en el resto del mundo. Por eso enumeré algunas de las cosas que conformaron mi niñez y que responden el por qué amo y defiendo tanto a mi país. Espero que les guste.
Tristeza siento por los que se han ido sin ver más allá. Me causa desconsuelo la imagen en los ojos de quienes todavía tienen tatuada La Habana, pero no los juzgo. Entiendo las razones, pero insisto, no vieron más allá.
Crecí en el barrio de Buena Vista, de los más modestos de la capital cubana en pleno Periodo Especial. Algunas mañanas partía a la escuela con tan sólo un pan con aceite y un agua con azúcar en la barriga, pero iba contento.
Te colaste por el paladar, te colgaste en mi campanilla con tus diminutos brazos y de allí, metiste un salto en mi estómago que te dio méritos para una medalla olímpica, pero no eres más que una acróbata haciendo de mi pecho tu circo.
Tras miles de años de paz y armonía, una guerra entre dos razas desata la desolación en un territorio que quedará yermo. Tras tanto odio, muertes y residuo del poder arcano, surgirá un mal que hará que las razas que viven en Rahaylimu se unan de nuevo para combatirlo.