Toda la luz

No había conocido aún las espinas del mundo.
Dentro de aquella mano, grande como un tumulto
de golondrinas viejas,
fui una niña coleccionista de veranos,
tendente a la melancolía,
que soñaba con hadas y temía los años
en los que nadie pudiera protegerme.

Cuando miro mecerse las hojas de los árboles
en los columpios amarillos que levanta el otoño,
los escombros de una ciudad atardecida,
siento en mi mano todavía
la sombra de su mano,
regalándome, como entonces,
toda la luz.

Marina Casado

La casa

Diciembre en el jardín. Ésta es mi casa.

Yo vivo en un lugar por encima del humo,

entre una tumba antigua y una palabra nueva

ya convertida en grito.

Queda un trazo de mar por estos patios,

y una gran epidemia de palomas

desalojó el corral y desnudó el alero.

En las ventanas águilas en vuelo

y unas rejas sin voz: Pasado el sueño.

Una caja de música de amarilla presencia,

un barco de papel desvencijado y solo

y una herida en la luz: Como recuerdo.

Entre nube y metal me llega el día,

entre piedra y coral como un presagio.

Desde el fondo al pretil, llenando huecos,

el filo de la noche me abandona

y me sorprende el sol.

Y una gran siembra sueño en los rincones

de luces para ti.

Libres me anuncia el corazón sus alas.

Diciembre en el jardín. Ésta es mi casa.

Ésta es mi casa para ti, mi amor.

Javier Egea

En aquel tiempo

Yo tuve el corazón capaz de lluvia.
Ocurría febrero con sus alas
y el tiempo digital nos puso juntas
las manos y los ojos y los cuerpos:
toda la tierra que el amor excusa.

Igual que el viento en las banderas altas
se comportó en nosotros esta música.

Me fui quedando acompañado y cierto,
entendido en los bosques de mi jungla,
leñador orgulloso de raíces
que no debieron nunca estar ocultas.
Lo de siempre se puso a ser distinto:
el mar entero cupo en una urna,
el hielo de los vasos provenía
de una lejana nieve, nuestra y única,
mis manos migratorias se quedaron
a vivir en tu tierra más profunda
y en mi boca, de siempre descontenta,
dimitían de pronto las preguntas.

Presenciadas por dos cambian las torres,
la muerte aplaza sus gestiones últimas
y estar vivo se agita y condecora.
La muerte debe ser como un espejo
donde uno mira y mira sin ver nunca.
Ven cerca. Más. Que entre los dos no quepa
ninguna muerte ni ninguna duda.
Te hablo desde febrero y desde siempre:
sabemos del amor por lo que alumbra,
por lo que tuerce y acrecienta y rige,
por su forma de andar en la penumbra…
Y así, sobre semanas perseguidas
izamos con esfuerzo nuestra alma.

Manuel Alcántara

Como tú

Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.

También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.

Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan, de todos.

Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.

Roque Dalton

Poema de los tulipanes

Los tulipanes
no son de aquí.
Su propio nombre los delata:
el farsi
se lo prestó al turco
y quiere decir turbante
porque alguna jardinera de Persia
recordó esa forma
cuando una mañana sin rocío
los vio cerrados
como rubaiyatas aún por leer.

No son de aquí y, sin embargo,
hay tres creciendo
como minaretes sin rezo
en una maceta de nuestro balcón.
Para ellos, esta ciudad

debe de ser como Marte
para los primeros exploradores,
pues no sabrían vivir solos,
como si este no fuera su oxígeno,
y dependen de nuestro riego
y un poco de nuestra conversación.

Pienso en el viaje de los tulipanes
y en el viaje de cuatrocientos cincuenta días
de los astronautas a Marte
y en tu viaje, amor, para llegar aquí.
Tú no eres un tulipán, ni este es otro planeta;
y aunque seguro que dormiste en tu avión,
nada perecido al coma inducido
que espera a los cosmonautas.

Pero pienso en cómo te afectará esta atmósfera
seguro distinta a la de tu país
y los cuidados que necesitarán tus raíces trasplantadas.
No es que me preocupen: son tan fuertes
que han arraigado en esta ciudad y en mí
como nunca supieron hacerlo otras raíces,
y eso sin cambiar de acento ni de preferencias.

Al contrario que los tulipanes,
yo sé que no me necesitas para respirar
ni nutrirte. Pero cada mañana
con qué felicidad me asomo a ti
para ver cómo floreces de nuevo.

Martín LópezVega

Liebestod

Temo que me arranquen 
del esqueleto del naranjo 
y me lleve un río negro 
dentro de sus fauces. 

No quiero ser importante, 
sólo soñar y ver. 
Necesito un camino entre la tumba y el pájaro. 
Una bifurcación hacia mi nombre y mis rasgos. 

Han amortajado de ruinas 
la casa que nunca fue mía. 
Han borrado de la tierra, a porfía, 
a los muertos de la guerra. 

¿Cuál de las máscaras de Jano me abrirá las puertas? 

A mí permitidme una muerte bella 
como la de Carmen Amaya, 
con su sudario de blancos claveles 
y su rosario enredando plegarias. 

Ya la sombra del cielo me lleva 
por el agua.

Noelia Cortés
Del mar y la muerte

Domingos por la tarde

A veces las infancias escapan de sí mismas

y corren por la lluvia como en fuera de juego

sin oír las sirenas de los árbitros.

Es verdad que son mares en un vaso de agua,

pero hay olas que tienen esa espuma

de las alineaciones,

paraísos que aguardan los despachos

del último minuto

o días que amanecen

con la tranquilidad de un tres a cero,

de un cinco a cero en punto de la tarde.

Por lo demás también hay labios

en el extremo izquierda del domingo,

lesiones en las dudas del mañana,

pasados que regresan igual que una llamada de teléfono.

—¿Y lo de ayer? Sonríe la memoria,

cuando parece amiga del equipo contrario.

Las verdades del área

son rectas de dudosa geometría,

como ardientes amores de ficción

en manos de un penalti.

Por eso saben mucho

de la felicidad y la belleza.

No conviene que demos a estas cosas

un valor excesivo.

Son noventa minutos en un vaso de agua.

Pero a mí me han quitado muchas veces la sed.

Luis García Montero

Nos reciben las calles conocidas…

Nos reciben las calles conocidas
y la tarde empezada, los cansados
castaños cuyas hojas, obedientes,
ruedan bajo los pies del que regresa,
preceden, acompañan nuestros pasos.
Interrumpiendo entre la muchedumbre
de los que a cada instante se suceden,
bajo la prematura opacidad
del cielo, que converge hacia su término,
cada uno se interna olvidadizo,
perdido en sus cuarteles solitarios
del invierno que viene. ¿Recordáis
la destreza del vuelo de las aves,
el júbilo y los juegos peligrosos,
la intensidad de cierto instante, quietos
bajo el cielo más alto que el follaje?
Si por lo menos alguien se acordase,
si alguien súbitamente acometido
se acordase… La luz usada deja
polvo de mariposa entre los dedos.

Jaime Gil de Biedma

9

Tan prietos estaban los labios
que no había por dónde penetrara el aire.
Me llamó tu voz —la oí—
con un tierno nombre.

Y cuando, tan íntimas y de nuevo distantes,
regresamos de madrugada a Moscú,
desde los muelles llegaba el aire
con olor a mar…

El viento, el viento marino, mi único vengador,
llega volando de nuevo para hacerme añorar
la hora en que por los labios
escuché tu corazón.

Sofía Parnok. Del poemario Rosas de Pieria (vía Zenda).