Hoy no podía dormir más, estaba inquieto en la cama. Me he despertado y he esperado a que dieran las 7:30 de la mañana. Entonces un Sol perezoso asomó entre las nubes y me dirigí a preparar el desayuno. Esta noche ha sido larga, muy muy larga. Como una de esas carreteras interminables de Castilla la Mancha. Esta situación de tensión en la que nos encontramos inmersos no ayuda demasiado a tener un sueño reparador. En cualquier caso, incluso en condiciones óptimas, esa nunca ha sido una de mis habilidades. A estas alturas ya hay cosas que son imposibles de cambiar. Por antes que me acueste, hasta el segundo café del día, no comienzo a ser persona. Algunos días incluso con él resulta casi imposible.
En la cocina, inicié la rutina preparando café. Como sabéis de sobra, necesitas una cafetera, nada de esas de cápsulas que se han puesto de moda; una italiana de toda la vida. También un paquete de buen café, ya sea molido o en grano. Yo prefiero molido, me ahorro tener que molerlo. El siguiente paso es abrir la cafetera, sacar el pequeño depósito y echar agua en la base sin llenarla por completo. Después, ponemos el depósito encima y lo llenamos de café sin que quede demasiado prensado. Que tenga la cantidad justa y necesaria de café. Por último, sólo queda poner la cafetera en el fuego hasta que haya subido el café y saborear su amargo sabor con un poco de leche y nada de azúcar. Así es como me gusta a mí. También me hice una tostada con aceite y tomate, mi favorita, y además cogí una galleta de avena.
Incluso en los días de descanso tengo mi propia rutina. Cosas de a edad, supongo. Desayunar mientras leo alguna noticia en la terraza con la tranquilidad de la ciudad en las primeras horas de día acariciándome. Es en momentos como éste en los que recuerdo del tabaco. Incluso sabiendo lo perjudicial que es, me ocurre en estas ocasiones. En unas horas, tocará organizar lo que no dio tiempo durante la semana y luego ya veremos. Hoy pretendo innovar, dejar que las cosas surjan y seguir el cauce de sus aguas.
Ya veremos.
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