Ícaro

Vuela, vuela alto con tus alas de cera con mucho cuidado de que que el Sol no las derrita. Surca, surca los cielos en busca de la luz que se encuentran en lo más alto del firmamento, aunque ésta te ciegue por completo. Hazlo, hazlo con desesperación para huir de tus miedos, aunque sepas de antemano que es imposible por más rápido que sea tu aleteo. Y sueña, por supuesto, sueña durante tu ascenso que, entre las nubes, las sombras que te impedían ver con claridad aquello que te rodea al fin dejen de acecharte durante tu descanso. Piensa, piensa durante tu caída, una vez que la cera que da forma a tus frágiles alas se haya derretido por completo, que a pesar de todo aquel titánico esfuerzo, mereció la pena intentarlo. Al fin de vuelta entre las sábanas de tu cama; espera, espera con ansias reunir fuerzas para poder intentarlo de nuevo vez en otro momento.

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Café

Hoy no podía dormir más, estaba inquieto en la cama. Me he despertado y he esperado a que dieran las 7:30 de la mañana. Entonces un Sol perezoso asomó entre las nubes y me dirigí a preparar el desayuno.  Esta noche ha sido larga, muy muy larga. Como una de esas carreteras interminables de Castilla la Mancha. Esta situación de tensión en la que nos encontramos inmersos no ayuda demasiado a tener un sueño reparador. En cualquier caso, incluso en condiciones óptimas, esa nunca ha sido una de mis habilidades. A estas alturas ya hay cosas que son imposibles de cambiar. Por antes que me acueste, hasta el segundo café del día, no comienzo a ser persona. Algunos días incluso con él resulta casi imposible.

En la cocina, inicié la rutina preparando café. Como sabéis de sobra, necesitas una cafetera, nada de esas de cápsulas que se han puesto de moda; una italiana de toda la vida. También un paquete de buen café, ya sea molido o en grano. Yo prefiero molido, me ahorro tener que molerlo. El siguiente paso es abrir la cafetera, sacar el pequeño depósito y echar agua en la base sin llenarla por completo. Después, ponemos el depósito encima y lo llenamos de café sin que quede demasiado prensado. Que tenga la cantidad justa y necesaria de café. Por último, sólo queda poner la cafetera en el fuego hasta que haya subido el café y saborear su amargo sabor con un poco de leche y nada de azúcar. Así es como me gusta a mí. También me hice una tostada con aceite y tomate, mi favorita, y además cogí una galleta de avena.

Incluso en los días de descanso tengo mi propia rutina. Cosas de a edad, supongo. Desayunar mientras leo alguna noticia en la terraza con la tranquilidad de la ciudad en las primeras horas de día acariciándome. Es en momentos como éste en los que recuerdo del tabaco. Incluso sabiendo lo perjudicial que es, me ocurre en estas ocasiones. En unas horas, tocará organizar lo que no dio tiempo durante la semana y luego ya veremos. Hoy pretendo innovar, dejar que las cosas surjan y seguir el cauce de sus aguas.

Ya veremos.

Túnel

Cualquier día ocurrirá algo. Esperemos que no, pero es sólo cuestión de tiempo. Una sombra invisible se extiende por las calles de esta ciudad y, poco a poco, va devorándolo todo; cada esquina, cada escuela, cada parque infantil, cada comercio. Marchita todo lo que toca. Esa misma sombra que avanza a lo largo y ancho de todo el planeta. La espada de Damocles sobre nuestros hombros que espera a que cualquier instante acabe en tragedia.

Levantarse un día, tomar café con un amigo y ver como unos días después él, alguien de vuestro entorno o tú caéis enfermos. Por desgracia, ésto es lo que nos ha tocado vivir. Y qué nos queda después de todo, ¿aceptarlo con valentía? Eso sería lo idóneo, pero, al menos en mi caso, no es así ni de lejos. Si creyera en algo supongo que pediría por que todo acabe lo antes posible. Al no ser así, mi única opción es esperar que la tormenta amaine poco a poco y haga el menor daño posible.

Complete Darkness

Vida

Nos guste o no, a todos nos espera el mismo destino, por más que nos engañemos al mirarnos en el espejo, o al compartir momentos con nuestros seres queridos. Y, aunque cada trayecto sea diferente, tenemos en común la misma meta. La realidad acecha con gélido aliento a la vuelta de la esquina. Un día llegaremos a Ítaca y ahí es donde se acaba el camino. Ese es la orilla que, en esas ocasiones en las que se levanta un poco la niebla, vemos durante la travesía. Entonces seremos un poso en los recuerdos de aquellos que nos han querido.

En cualquier caso, como decía el poeta, lo importante es lo que ocurre durante el viaje y no la llegada. Al ser Ítaca en este caso un destino desagradable, uno no puede morirse todos los días para morir mañana.

Photo Credit: Karrez Majik Flickr via Compfight cc

40

Aunque ya empiezo a vislumbrar algunos rayos de sol a través de las nubes que han supuesto esta cuarentena, para mí, al menos, están resultando días duros. Ansiedad, desidia, frustración e incluso aburrimiento forman un cóctel poco agradable con el que calmo mi sed cada mañana. Sin saber qué hacer, paso las tardes en el sofá esperando que algún interruptor en mi interior cambie los sentimientos que me provoca esta situación.

El bombardeo continúo de noticias contabilizando el número de fallecidos como si fueran goles tampoco ayuda demasiado. Ahora pienso en la cantidad de días que he desperdiciado sin haberlos aprovechado para mis inquietudes, aficiones o, incluso, para hacer algo de deporte por culpa de todas estas obsesiones que me han acorralado contra cada esquina de esta casa.

El teletrabajo, por otro lado, el maldito teletrabajo. Esas jornadas —que paso en el mismo sitio en el que disfruto de mi tiempo de ocio, en el mismo sitio en el que comparto mis días con mi esposa— son como el sonido de una gotera que soy incapaz de ignorar y que no me permite desconectar al acabar la jornada.

Por suerte, parece que poco a poco esta situación va a ir cambiando. O, al menos, eso espero.

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