EL “INTERNACIONALISMO PROLETARIO”
Como todos los que llegan a la tercera edad, con frecuencia analizo, una veces con placer y otras con resignación, los componentes tradicionales y clásicos que conforman la vida de los hombres comunes y los pequeños rasgos que los distinguen, aquellas conductas, actitudes, decisiones o aventuras que matizan, particularizan e individualizan a cada ser humano – en este caso los míos
Quizá, si algo distingue a los seres corrientes, en este trozo de historia que nos tocó vivir, dada la singularidad de la etapa y las tendencias predominantes, es el hecho, de que cualquiera en nuestro País, puede haber sido protagonista, o al menos participante, en algún evento, nativo o internacional, que en ese, su propio ámbito, le proporcionó una connotación particular y a la vez, le dejo una mezcla de memorias imperecederas que surcando la corteza de su espíritu, dejaron su huella de sutiles remembranzas, con su mixtura de vivencias de una ya lejana juventud, romántica y febril y el análisis retrospectivo de los valores reales que lo suscitaron, las intenciones que lo motivaron y los resultados que el tiempo se encargó de decantar.
La primera vez que me alejé del terruño, en la bodega de un barco, en una madrugada silenciosa y tensa, no sabía a ciencia cierta, ni cual era mi destino, ni cuanto duraría aquella andanza. El brusco desprendimiento de mi hábitat natural, la ausencia sin despedidas, y sin explicaciones, inevitablemente generadoras de una lógica expectativa e inquietud familiar, sumadas a la perspectiva del enfrentamiento, a fenómenos cuya dimensión desconocía, me precipitaban a un estado de ansiedad, que solo la juventud, y la inexperiencia me permitían sublimar, descargando la responsabilidad de las consecuencias en los que sin consultarme decidieron mi suerte.
La aventura marítima, el desafío de un océano, solo conocido en los libros, el ingreso a un Mediterráneo, poblado de leyendas y el recalo en un puerto, hasta entonces incierta perspectiva del final de un viaje rebosante de interrogaciones, me marcaron con la huella quijotesca que el pensamiento romántico de la época definía como realidad.
El desembarco y la caravana de marcha se organizaron con la premura y el desorden característicos de los tiempos y poco después, de nuevo se recreó mi vista con un paisaje desconocido, con vegetación y plantas ajenas a mi cultura tradicional. Por primera vez, los olivos, cargados de fruto y aquella extensión inmensa, donde se perdía la vista, sin colinas ni montañas que se difuminaba en el infinito de una tarde, fría y hostil. Después, al final, una muralla alta y vetusta, un recinto protegido y dispuesto para rechazar cualquier contingencia, – me recordaba las películas de la niñez- solo que ahora, era protagonista y actor, en una supuesta guerra, que en cualquier momento podía envolverme en la vorágine de un combate cuyas consecuencias eran imprevisibles.
El cansancio y la tensión de una posibilidad incierta no fueron suficientes para conciliar el sueño. Una inclemente temperatura glaciar, contradecía el aserto ignorante de los promotores sobre el clima y además de la noche fría e insomne nos sorprendió un amanecer despiadado, donde el agua prevista para el aseo matinal, exigía, para acceder a su empleo, la ruptura de una capa de hielo.
La sucesión de los días, las semanas y los meses, abrumado de trabajo, mal alimentado y sucio, trascurrieron bajo la aspereza de aquel invierno de crudeza inesperada, para el cual no estábamos preparados y la interrogante, que solo para mi consumo, me hacía de vez en cuando: ?Que carajo hacíamos nosotros allí¿?
Había, por supuesto, una respuesta oficial. En esos tiempos, hasta podía ser convincente y en realidad, salvo las excepciones clásicas y “normales», un sentimiento de solidaridad y un compartir con igualdad las penurias y los riegos de las contingencias, le confería al evento un sentido de aventura romántica, de hidalgo enfrentamiento, de justa y humana solidaridad. A los 28 años y procedente de la telúrica realidad en que venía inserto, eventos de esa naturaleza, superaban el razonamiento lógico, las dudas incipientes y las inquietudes personales.
Solo muchos años después, en el reposo de la edad, sería capaz de aquilatar en su justa medida, los resortes que movían decisiones de aquella especie, las consideraciones, enmarcadas en el trasfondo de un pensamiento, que esgrimiendo realidades y eventos locales, para nada discutibles en su esencia, escondía el pragmatismo interesado de imponer modelos. Independientemente de sí, la cultura y tradiciones, el pensamiento secular o las profundas raíces de una religiosidad milenaria- capaz en ocasiones de llegar a sustituir la legislación social emergente que debía subordinarse a los viejos códigos que marcaron con su impronta los hábitos y costumbres de aquellas comunidades- resultarían categorías tan válidas, que sería improcedente su sustitución.
La aventura, que duró seis meses, y le restó 30 libras a mí ya magra constitución, finalmente terminó y se repitió, a la inversa, el itinerario interoceánico que me devolvió a la Patria y la familia.
Atrás quedaron los recuerdos de una experiencia, que puso a prueba mi vocación de Médico, mi modesta preparación y la sensación, de que para los patrones de la época, había cumplido satisfactoriamente con mi deber.
Los pequeños lunares, las manchas que deslucían el carácter épico y justiciero del sacrificio, no tenían todavía suficiente peso y se ignoraban, como excepciones inevitables, como máculas transitorias que el futuro se encargaría de limar.
Allí, en aquel suelo ajeno, extraño y mal comprendido, no dejamos por suerte ninguna tumba que recordar. Los más belicosos y experimentados, los que un poco venían haciendo del combate su profesión, se quedaron con las ganas de ejercitarla, porque, razones ajenas a ellos mismos pusieron término a una contienda que parecía más razonable dirimir en otro terreno. No sería, afortunadamente, la historia de otras confrontaciones que la estrategia que se iniciaba allí, proporcionaría en el futuro, donde la cuota de sacrificio exigiría un gravoso tributo
Entre los recuerdos gratos que conservé, no olvidaría mi visita a Argel y en particular la exploración del barrio tradicional.
La parte alta, que es el núcleo antiguo de la ciudad, se caracteriza por ser un laberinto de calles estrechas dominado por la Casbah, una fortaleza del siglo XVI construida por los turcos, que da nombre a todo el barrio. Después de la II Guerra Mundial, el rápido crecimiento de la población en el sector islámico provocó la aparición de barrios de barracas en las zonas circundantes.
Las calles, tan estrechas, que en ocasiones, las manos extendidas casi tocan los edificios de ambas aceras, empinadas y llenas de esa magia típica de la región que parecen transportarte a un cuento de La Mil y Una Noches y los rostros ceñudos y desconfiados, que aun no habían olvidado el reciente pasado colonial de crímenes abusos y excesos de todo tipo.
Mi afición a la historia se recrea con el encuentro de un viejo habitante de la ciudad, que además de sorprenderme con un español perfectamente
comprensible y casi sin acento me contó…
Como en el 1200 a. C. los fenicios, que ya habían fundado colonias en la bahía de Argel, contaban con un puesto comercial costero en la zona. Al finalizar las Guerras Púnicas, la ciudad (146 a. C.) quedó integrada dentro del Imperio romano, y pasó a llamarse Icosium
De aquella etapa, aun persistían las ruinas de un circo, cuya contemplación, fue como un regalo singular y pródigo que me abstrajo de la realidad que me condujo hasta allí y otros restos urbanos, en los cuales encontré un mosaico de la época que conservé muchos años
La actual ciudad fue fundada alrededor del 950 por los beréberes, y durante los siguientes cinco siglos estuvo en varias ocasiones bajo el dominio de europeos, árabes y, de nuevo, beréberes. Los españoles la conquistaron en 1510 y fortificaron el islote que se extiende frente al puerto, conocido como el Peñón. En 1518 sus habitantes expulsaron a los españoles y proclamaron su inclusión dentro del Imperio Otomano. Con los otomanos se convirtió en la capital de la costa de Berbería, cuyos piratas atacaron durante trescientos años a los barcos procedentes de cualquier lugar del mundo. En 1816 una flota integrada por holandeses y británicos consiguió destruir casi por completo la armada argelina, pese a lo cual la ciudad continuó siendo un puerto pirata hasta 1830, en que Francia, como venganza por los ataques que sufrían sus barcos, conquistó primero la ciudad, y después el país entero.
Tampoco olvidaré mi visión del Sahara
Aunque el desierto nos pueda parecer una gran barrera, no ha sido así a lo largo de la historia. Me impresionaba pensar como el hombre osaba atravesar aquella inmensidad, árida, estéril, impresionante. Supe, de distintas fuentes, que el comercio transahariano empezó en el año 1000 a. C., cuando se atravesaba con bueyes, carros y carretas. Que Cartago dio nuevos impulsos a esa demanda en el siglo III a. C., y que Roma introdujo el camello como medio de transporte tres siglos más tarde. De cómo, a partir del siglo VIII, coincidiendo con el apogeo del poder árabe, el comercio sahariano alcanzó gran importancia y llegó a su máxima expansión. Entre los siglos XIII y XVI; numerosas rutas cruzaban el desierto y unían los reinos africanos medievales y los imperios de Ghana, Songhai, Kanem-Bornu y Hausa con los puertos del norte de África. Los principales productos comerciales eran el oro y los esclavos hacia el norte, y la sal (de las minas del Sahara), las conchas de cauri (la principal unidad monetaria) y las armas hacia el sur. Éstos constituían mercancías imprescindibles para los Estados, pero las caravanas también transportaban artículos de lujo: vestidos caros, pimienta, marfil, nuez moscada, artículos de cuero y, en el siglo XIX, plumas de avestruz.
Se dirigían hacia el norte con destino a Europa.
Pero la avidez de aquel mundo no se conformó con la explotación del comercio y finalmente, terminó por conquistar, a sangre y fuego, aquellos territorios codiciados y sus riquezas, que durante muchos años, engrosaron las arcas de las naciones europeas a expensas de la explotación y el sojuzgamiento de aquellos pueblos, que a pesar de su tenacidad, no pudieron resistir el embate de las potencias del norte, más desarrolladas y fuertes.
Estas fueron mis ganancias en la aventura. Un enriquecimiento del acervo cultural. Una historia que contar a los nietos y un punto de partida para comprender mejor lo que vendría después
Los años se deslizaron a través del tiempo. El mundo siguió su curso. Muchas nubes de tormenta amenazaron el reposo y la paz. Como si no fuera suficiente con las inevitables catástrofes naturales, el hombre contemporáneo, pertrechado de nuevos y poderosos recursos de destrucción parece haberse impuesto la tarea de contra restar las consecuencias de las tasas de crecimiento poblacional, que no por casualidad, alcanzan sus más elevadas cotas en el mundo subdesarrollado y pobre.
Y entonces, cuando ya no lo esperaba, una nueva convocatoria me mezcló otra vez en la tumultuosa corriente de la contemporaneidad.
De nuevo África. Pero ahora, no en el mundo árabe de las leyendas y del desierto, de los camellos y sus caravanas, de las mujeres veladas y sometidas por las leyes religiosas, de la poligamia aceptada y practicada a contrapelo de legislaciones que pretendiendo modernizar las naciones, resultan impotentes ante las tradiciones y las costumbres centenarias. Ahora, era el África negra, con sus dialectos regionales y su Portugués impuesto, con sus prácticas tribales y su filosofía de la vida y de la muerte, que resistió el influjo de siglos de dominación foránea y que pagando un fuerte tributo emergía de un colonialismo, agotado y trasnochado, que no obstante su resistencia, no pudo sobrevivir a las ideas, las realidades y los retos que le imponía sin apelaciones la segunda mitad del siglo XX.
La sorprendente realidad que impactaba los sentidos: las calles desbordantes de desechos, el penetrante hedor que contaminando el ambiente inducía una permanente sensación nauseosa, que después sabría me acompañaría mucho tiempo, la impresionante miseria ambiental, que deslucía la otrora hermosa y elegante ciudad, resultaba el pórtico de bienvenida, la introducción a un mundo que combinaba en partes alícuotas, el recuerdo, aun cercano, de la impronta colonial, con su secuela de explotación y abuso, el desarrollo y la persistencia de una conducta servil y temerosa, y una cultura marcada por siglos de atraso y como enquistada para sobrevivir en la intemperancia y la inclemencia del pasado y renuente a evolucionar en un presente lleno de interrogantes y de inquietudes que la contemporaneidad continental, lejos de despejar, contribuía a alimentar.
El África de la posguerra, había escapado, casi en su totalidad del viejo colonialismo, había roto las rancias cadenas que durante siglos le ataron y le constriñeron a una vida de servidumbre y desesperanza, con muchas de sus riquezas aun intactas, pero casi como norma, con una absoluta incapacidad para apropiarse de ellas. Los liderazgos autóctonos, por lo regular formados intelectualmente en las antiguas Metrópolis, salvo quizá, contadas excepciones arribaban al poder dedicados, como tarea fundamental al enriquecimiento personal, y a la creación de estructuras políticas que les aseguraran su persistencia como paladín perpetuo, despertando muchas veces ilusiones místicas que tendían a confundir su destino gubernativo, que tras la imagen de una democrática modernidad, escondían viejas raíces, sugeridas y entronizadas en su pensamiento, por su formación histórica y que más que preocuparse por el destino de sus pueblos, por su miseria y su ignorancia, centraban su atención en su futuro personal.
La corrupción administrativa, la entrega de los recursos, la represión de las corrientes opositoras, empeñadas también en el disfrute del poder y sus ventajas, generaban confrontaciones internas y propiciaban ingerencias extranjeras, unas con el instinto carroñero de apropiarse de las ventajosas riquezas aun existentes y otras con el interés de extender una hegemonía ideológica y un modelo teórico que la geopolítica de la época exhibía como alternativa dialéctica y justiciera.
Y en esta encrucijada encajaba mi presencia. En esta coyuntura, de nuevo atravesé el océano y por segunda vez en 25 años me pregunté, si valía la pena, el abandono y la lejanía, la nostalgia y el reencuentro con aquella realidad convulsa y expectante, pero sobre todo, si las decenas de miles de hombres y mujeres que me acompañaban o me precedieron, estaban realmente a la altura de los postulados hipotéticos que enmarcaban el intento.
Portugal no obtuvo el control completo del interior del país hasta comienzos del siglo XX. Posteriormente fue gobernado bajo el llamado Regime do indigenato, un sistema colonial, en el que la explotación económica, el abandono cultural y la represión política estuvieron en vigor hasta 1961. En 1951 el rango oficial de Angola se cambió de colonia a provincia de ultramar; poco después, se adoptó una política de rápidos asentamientos europeos, en un inútil intento del poder colonial para evitar lo inevitable. Durante la década de 1950 surgió un rápido movimiento nacionalista, y en 1961 empezó una guerra de guerrillas contra los portugueses.
Los nacionalistas, sin embargo, se dividieron en tres grupos rivales: el Frente Nacional para la Liberación de Angola (Frente Nacional de Libertação de Angola, o FNLA), el MPLA, y UNITA. A pesar de su poderío militar, ninguna se impuso al ejército portugués hasta la revolución de Portugal en abril de 1974. Después, el sistema colonial portugués empezó a declinar. El nuevo régimen de Lisboa acordó un traspaso de poder, y el 11 de noviembre de 1975 Angola consiguió su independencia.
Dos gobiernos afirmaron representar al nuevo Estado: uno formado por el MPLA en Luanda, el otro por UNITA en Huambo. En la inevitable guerra civil en pos de la hegemonía se vieron implicadas las superpotencias: el MPLA fue apoyado por la Unión Soviética y ayudado por tropas de Cuba, mientras que Sudáfrica, Estados Unidos y otras potencias occidentales se aliaron con UNITA y su líder, Jonas Savimbi. Al inicio de 1976, el MPLA había ganado más dominio, y su dirigente, Agostinho Neto, que también era el presidente del país, fue poco a poco reconocido en el mundo.
Neto murió en 1979 y el liderazgo político fue asumido por José Eduardo Dos Santos. Continuó la guerra contra las guerrillas, que contaban con el apoyo de incursiones militares de Sudáfrica en territorio angoleño, con la intención de perseguir a los insurgentes de Namibia, y al mismo tiempo intentar desestabilizar el gobierno de Dos Santos.
En agosto de 1988, en las negociaciones realizadas por Angola, Sudáfrica y Cuba, se acordó un plan de paz que incluía la independencia para Namibia. En mayo de 1991 abandonaron Angola las últimas tropas cubanas
En esta nueva versión del “Internacionalismo” en la que otra vez me veía inserto era evidente, que muchas cosas habían cambiado.
Las divisiones jerárquicas, poco nítidas en la primera aventura, ahora eran más evidentes y no solo implicaban un distanciamiento entre jefes y subordinados en el plano de las relaciones personales, imponían también una marcada diferencia en las condiciones y la calidad de vida.
Lujosas residencias, automóviles modernos y una logística particular, distinguía el ambiente de los superiores y en más modesta escala, los subalternos, según su rango, salvo los riesgos inherentes a una contienda bélica, ostentaban un nivel de vida que superaba con creces al de su origen en el terruño.
Nadie resulta ajeno a la influencia externa, a los cambios que surgen a su alrededor. Aquellos hombres y mujeres, procedentes de una sociedad cerrada y excluyente, que imponía las leyes de su ética particular, con la férrea disciplina que exigía su perpetuación y el alcance de sus intereses,, no podían escapar, ni en su pensamiento interior ni en la cotidiana expresión de su vivir al ascendiente que estos contrastes ejercían sobre ellos. Desde la estrecha realidad de la supervivencia que constituía el marco espiritual y material en que vivían, eran catapultados, en unas horas, a un escenario nuevo, con patrones diferentes; que solo oficialmente, trataban de mantener la estructura original. Pero los mecanismos de contención, representados también por hombres y mujeres, procedentes del mismo caldo de cultivo, resultaban incapaces ellos mismos de imponer las normas, los tabúes y los prejuicios estereotipados que teóricamente debían conservar.
Y nacieron nuevas reglas, nuevas costumbres, y se daba la paradójica realidad, de que solo en unas horas, aquellas mentes sometidas y dóciles se adaptaban y se ajustaban a la contrastante y nueva posibilidad, que irrumpía en sus vidas, tirando por la borda, sin remordimientos ni prejuicios, sus viejos estilos, sus rígidas normas de austeridad y respeto, como si la vorágine de una guerra cercana, la ausencia del medio tradicional y los riesgos que los acechaban fueran en realidad la justificación de su conducta, sin reconocer, conciente o inconscientemente, que la fragilidad de los principios que estructuraron su vida, eran una causal mayor para sucumbir al cambio que la influencia del presente en que habían sido introducidos.
Decenas de miles atravesaron esa experiencia. Muchos la sobrevivieron y retornaron a su mundo original, retomando el ritmo de su ambiente, como si el paréntesis de la aventura, al cerrarse, fuera el epílogo en que terminaba. Pero todos, en una u otra forma, quedaron marcados. Nadie podría escapar a la percepción, evidente y preocupante, de que la quimérica esperanza de construir un mundo mejor, que solo podían conseguir los propios hombres, no solo dependería de las concepciones o las categorías filosóficas, por muy convincentes que pudieran ser, de la fuerza que se ejerciera para romper los modelos que la precedieran, del escamoteo de la modernidad circundante para limitar la tendencia a las comparaciones, porque la propia materia prima esencial, el hombre, resultaba tan vulnerable y frágil, que evidentemente serían incapaces de perpetuar las transformaciones que ese onírico futuro les exigía.
Mi imagen de la realidad se amplió.
Las motivaciones que impelían a la búsqueda de aquella participación, pasaron de lo romántico y esotérico a lo pragmático. El pensamiento quijotesco, abstracto y manipulado, colisionó, inevitablemente, con el duro entorno que imponía sus reglas. Enfrentarse a ellas con los restos de los maltrechos principios era riesgoso y comprometedor y solo conducía al aislamiento. Era más sencillo ser cómplice y participar de las ventajas que oponerse a su arrolladora realidad, porque la magnitud del acontecimiento, tan profundo y amplio, no admitía la crítica ni el análisis.
La aparición de las relaciones de pareja, en aquel medio, más que a la atracción física, el imperativo sexual o la afinidad espiritual, dependía, con mucha frecuencia, de las ventajas materiales que condicionaba. La ecuación jerarquía-poder- ventajas materiales, era común denominador de estos vínculos, por lo demás, generalmente transitorios, ajenos a la existencia de las relaciones familiares, que momentáneamente pasaban a un segundo plano, para retomar su vigencia al regreso.
El abuso del poder, justificado por el ambiente, esencialmente militar y las condiciones de un estado de guerra, mancillaban las viejas tradiciones clasistas. Se toleraban y aceptaban como un mal inevitable, y la intolerancia a sus manifestaciones, conducían sin apelación al traslado a las más remotas y peligrosas regiones.
El tránsito de bienes materiales a la retaguardia lejana, en ocasiones ridículos exponentes de la incultura de sus ejecutores, marcaba la tónica de rapiña consustancial a todas las guerras y tenía una escala permisiva concordante con la categoría del emisor.
Los bien provistos y custodiados almacenes, no tenían restricciones para los jefes, que podían regodearse con los más finos licores y los más exigentes y tentadores bocados, mientras la tropa que combatía en las trincheras y estaba en duras y complejas situaciones, sobrevivía con lo que ni siquiera la población autóctona, desnutrida, subalimentada y miserable aceptaba consumir.
El regreso, traía, mezclado en singular cóctel, la alegría del término del compromiso, la vuelta a casa, con sus limitaciones materiales y el reencuentro con la familia; la posibilidad para algunos, de ciertos bienes materiales, inaccesibles en el mercado nacional y para muchos, como yo, una profunda sensación de frustración y desencanto, en cuanto a los valores humanos, la justicia, los ideales y un escepticismo lacerante y cruel que me marcaría para siempre, dejando un vacío, una sensación de pérdida irreparable en lo más caro y preciosos del hombre, su fe y su entrega a una causa que creyó justa y resultó tan falsa y desalentadora que me abandonaba entonces sin asidero, sin justificaciones y sin esperanzas.
Por supuesto que la coincidencia temporal del derrumbe (1988-1989) del universo conceptual y material en que se sustentaba el pensamiento político y social criollo, con el episodio vivido, determinó un reforzamiento inevitable de estas nociones, reafirmando en la conciencia ya desde antes escéptica y frustrada el criterio de lo falso de sus proyecciones y la debilidad de su base de sustentación.
Y pensé entonces que había terminado.
Pero no sería tan sencillo. Ahora, en nuestro propio ambiente, las repercusiones del desastre de aquel mundo que nos sustentaba e inspiraba imponían transformaciones inevitables Las cotidianas necesidades, asignaban nuevas demandas y me percataba, que la proximidad del retiro, no solo me alejaría de la vida tradicional, de las motivaciones profesionales, sino que además, me sumiría en una crisis económica insoluble.
Y surgió una nueva expectativa, el trabajo en el exterior, como posibilidad de enfrentar este último reto.
De nuevo la influencia de las raíces familiares, con sus tendencias migratorias, estimuladas por el análisis de una realidad presente y la gravitación de un futuro cercano, generó la aceptación de aquella oferta, aparentemente con posibilidades de desarrollo. Más realista y menos romántica, parecía compatibilizar las ventajas financieras potenciales, que una economía nacional en descalabro, reclamaba como vía de posibles ingresos y la necesidad personal, que a escala individual, se aceptaba ahora como normal.
El proyecto, la creación de una clínica privada, dada las condiciones ambientales resultaba aparentemente viable
Sin embargo, rápidamente me percaté, al tomarlo en mis manos para ejecutarlo, que el proyecto, elaborado por personajes ajenos a la cultura que su desarrollo exigía, aunque enmarcado en el enfoque conceptual de una inversión en el exterior de y para la consecutiva explotación y ganancias de una empresa estatal, además de concepciones no viables ni compatibles para la etapa, en realidad encubría, otras motivaciones e intereses, personales y de grupo, que poco tenían en común con las aspiraciones patrióticas que le revestían y proclamaban, solo para ocultar el trasfondo real de apropiación y enriquecimiento personal, que como corriente impetuosa, crecía y se desarrollaba poniendo al desnudo los verdaderos motivos e intereses que lo generaba y la descomposición moral de sus ejecutores, miembros históricos de una jerarquía política en decadencia, que avizorando el tránsito inevitable hacia un fracaso más o menos cercano , pretendían asegurar, por este y otros medios su propio futuro .
En la medida que pasaban los meses, aquel engendro que crujía y cedía en su integridad por todas sus coyunturas, en la medida que su ejecución reclamaba un capital inexistente y una disponibilidad de inversiones imprescindibles para su capacidad competitiva, me mostró con claridad su entraña.
El jerarca local que representaba la empresa, manipulaba la información y escamoteaba los recursos y los que le cubrían en la retaguardia, pareciendo dejarse engatusar por sus maniobras, eran en realidad cómplices interesados y por supuesto protegidos, que tomando su parte mantenían aquella situación virtual como un hecho real, solo hasta el momento en que los riesgos les indujeron al jaque mate del proyecto, poniendo a salvo sus tajadas y pretendiendo culpar del fracaso a los que en nada se beneficiaban
En realidad, ya en estos tiempos, nada me sorprendía. El feroz instinto de conservación de las ratas que abandonaban la nave, deteriorada, desacreditada y en franca decadencia, era un fenómeno tan común, que solo podía conceptuarse como la evolución histórica natural de un proyecto, que camuflado como obra redentora y solidaria, solo había servido de instrumento para la conservación de un poder absolutista y excluyente y en la última etapa
engarzado con el inevitable tránsito hacia una economía de mercado, aun en poder de la oligarquía dominante, dejó expeditas las vías, para que este mismo grupo y sus descendientes sentaran las bases imprescindibles para entrar en el periodo posterior, en posesión de los recursos materiales. que de alguna manera, le permitieran mantener su hegemonía.
La corrupción y la pérdida de valores, caracterizadores de una etapa insoslayable, extendían sus tentáculos al exterior, donde la lejanía y las características del medio posibilitaban su crecimiento y desarrollo. .
Que pena que tantas vidas útiles y tantos sueños inconclusos abonaran esta cosecha final. Que pena aceptar que el hombre es un ser tan imperfecto que nunca será capaz de construir para la eternidad y la excelencia, porque lastrado por sus propios defectos y limitaciones siempre termina enlodando sus obras más virtuosas y chapoteando en el fango de su propia condición.
El epíteto Internacionalismo proletario, que teóricamente englobaría y justificaría la lucha por un mundo mejor, en particular, para los más explotados y olvidados, que funcionaría sin limitaciones, con la licencia que le otorgaría una realidad histórica omnipresente – la explotación de los más débiles – y el propósito de la liberación del yugo inaceptable a que estaban sometidos, en realidad no se materializó por estas justas motivaciones.
Un liderazgo local, coincidente con una geopolítica regional e internacional propicia, unido a una megalomanía excluyente y un afán de protagonismo rayano con la enajenación mental, que sería capaz de arrojar en la pira de sus aspiraciones los bienes materiales recibidos, seguramente más útiles y necesarios para otros propósitos, y lo más doloroso, las vidas valiosas de miles de compatriotas convirtió la odisea, aparentemente gloriosa, en una gran estafa moral, con un epílogo de derrotas y la contribución al surgimiento y endiosamiento de un liderazgo regional, corrupto, enajenado y por completo ausente de sus propias realidades.
Descanse en paz el Internacionalismo Proletario.
Pericles