Caminata por la paz.


El 2 de enero de este año vi una foto que me llamó la atención: un perro caminando al frente de una fila de monjes budistas. De inmediato busqué información al respecto y descubrí la historia de una iniciativa llamada “Caminata por la Paz” (Walk for Peace, en inglés).

El pasado mes de octubre, un grupo de monjes budistas salieron del centro Vipassana Bhavana de la ciudad de Fort Worth, Texas, hacia la ciudad de Washington, D.C. El recorrido, de poco más de 3.700 kilómetros, concluirá en el mes de febrero y es parte de una serie de caminatas que se desarrollan, desde hace diez años, en varios lugares del mundo.

La primera fue la llamada Ruta Asiática. Los monjes caminaron entre el 2016 y el 2019, de Tailandia hasta Turquía, cruzando siete países, en un recorrido de casi trece mil kilómetros. Mientras los monjes cruzaban la India, notaron que un perro callejero los seguía. Desaparecía en algunos tramos, pero luego volvía a aparecer, como si conociera atajos para adelantárseles. También notaron algo particular: una mancha blanca en forma de corazón en la frente del animal.

Un día, el perro fue golpeado por un vehículo y estuvo al borde de la muerte. Para los monjes, esa fue la señal para adoptarlo. Desde entonces, el perro los acompaña. Fue bautizado como Aloka, que significa “luz” en la lengua india Pali.

Los monjes han realizado varias caminatas. Anduvieron de Turquía a Francia, cruzando diez países, en el 2020. En el 2019, comenzaron a hacerlas en Estados Unidos, recorriendo la famosa Ruta 66, de California a Nueva York. Realizaron una de Melbourne Beach a Clearwater Beach, en Florida y otra, de Key West a las Cataratas del Niágara, en Nueva York, en el 2024-2025.

 Los caminantes llevan consigo lo apenas indispensable. Comen una vez al día y duermen debajo de los árboles o en acomodaciones sencillas. Algunos realizan el recorrido sin zapatos o con calcetas gruesas. Caminan en silencio, meditando. Los hay de varias edades y un par de ellos deben ayudarse con bastones.

Un incidente ocurrido en Houston, Texas, puso en peligro la continuidad de la marcha. Durante su paso por la ciudad, dos de los monjes participantes fueron golpeados en un accidente de tránsito. A uno de ellos se le tuvo que amputar una pierna. Después de algunos días de pausa para acompañar la recuperación de los accidentados, los demás decidieron que debían continuar.

Aloka camina con ellos, incansable. A veces los monjes lo quieren ayudar, colocándolo en un vehículo, para que no se agote, pero el perro comienza a aullar y a ladrar desesperado porque quiere andar con ellos. La determinación del perro es un estímulo para que el grupo continúe adelante.

La iniciativa cuenta con redes sociales donde la gente puede conocer el mapa de su trayecto y su posición actual. Cuando llegan a una población, hay gente esperándolos, ofreciéndoles agua, flores y alimentos. En los lugares donde pernoctan, se realizan reuniones donde se hacen oraciones y meditaciones. En dichas sesiones, el Venerable Bhikku Pannakara, líder del grupo, aclara que la caminata no es una forma de protesta y que su objetivo es “despertar la paz que ya existe dentro de cada uno de nosotros”. En el comunicado de prensa que anunció esta iniciativa, también se subraya que “la paz no es un destino. Es una práctica”.

 Uno de los momentos más emotivos del trayecto fue cuando los monjes cruzaron el puente Edmund Pettus, en la ciudad de Selma, Alabama. En dicho lugar, en marzo de 1965, 600 afroamericanos que protestaban pacíficamente por el derecho al voto de las personas negras fueron atacados con bastones y gases lacrimógenos por la policía local. La inclusión de este puente en la ruta reitera que el impacto de la lucha por los derechos civiles continúa vivo en la memoria colectiva sesenta años después de aquel evento, que llegó a ser conocido como “Domingo Sangriento”.

La Caminata por la Paz es una acción excepcional. Cuando los monjes salen de sus monasterios a realizar una manifestación pública de esta magnitud, es una señal de alarma moral que trasciende cualquier religión o inclinación política, ya que sólo se realiza en momentos de gran conmoción social.

En los años 90, el monje Maha Ghosananda, de la orden Theravada de Camboya, caminó a través de zonas de conflicto y caminos minados, organizando la caminata anual Dhammayietra, que significa “peregrinaje de la verdad”. Era una manera de hacer conciencia en las pequeñas poblaciones donde todavía regía el miedo, luego del genocidio perpetrado por el Khmer Rouge. Su lema era “la paz se construye paso a paso”.

En los años 60 y 70, el maestro Zen vietnamita Thich Nhat Hanh organizó caminatas silenciosas, con el objetivo de romper los ciclos de odio y polarización causados por la guerra de Vietnam. Consideraba el caminar como una forma de meditación. Su lema: “Camina como si estuvieras besando la tierra con tus pies”.

Los monjes budistas japoneses de la orden Mipponzan Myohoji han realizado caminatas desde los años 50, tocando tambores y cantando mantras a favor del desarme nuclear y de la no violencia. Dicha iniciativa surgió luego de la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.

Me siento en la obligación de mencionar también al monje budista vietnamita Thích Quảng Đức, aunque su acción no consistió en caminar. Quảng Đức se inmoló en un concurrido cruce de calles en la ciudad de Saigón, el 11 de junio de 1963. Fue su manera de protestar contra la persecución que sufrían los monjes budistas por parte del entonces dictador Ngô Đình Diệm. Su sacrificio fue respaldado por los monjes de su congregación, quienes estuvieron presentes durante la auto inmolación. Las fotografías de dicho evento, tomadas por el periodista Malcolm Browne, son ampliamente conocidas.

Para algunas personas, este tipo de acciones podrán parecer gestos simbólicos que no promueven cambios profundos ni solucionan conflicto alguno. Diecinueve monjes budistas y un perro que caminan por los Estados Unidos no van a cambiar a la humanidad ni van a lograr la paz mundial, dirán los burlones. Hay que comprender que no se trata de eso. Los problemas no pueden solucionarse con una acción o una palabra, ni mucho menos con esos discursos absolutistas y grandilocuentes que aseguran ser “el más grande, el mejor, el único” de todo el mundo y sus alrededores.

Pensar y hablar de paz, reflexionar sobre lo que ello significa para nuestras vidas y nuestros pueblos, es algo vital en estos tiempos que auguran más conflictos, donde los límites jurídicos y morales ya no son respetados. La paz no es solamente ausencia de conflicto. También es compasión y responsabilidad compartida, un proceso que se construye día a día, con acciones, palabras y decisiones conscientes que nos llevan hacia ese propósito.

En la madrugada del día siguiente en que leí sobre estas caminatas, vi las fotos de Caracas siendo atacada por los Estados Unidos, una acción que nos hace recordar guerras y doctrinas políticas que, ingenuamente, creíamos superadas. “El cielo encapotado anuncia tempestad”, cantaban los soldados liberales venezolanos en 1859, antes de ir a la batalla.

Pensé en los monjes, en su gesto silencioso, en Aloka acompañándolos. Y deseé que esos sacrificios de silencio y meditación tengan la fuerza para realizar el milagro de la paz que tanto nos urge en el mundo.

(Publicada domingo 11 de enero, 2026, sección de opinión de La Prensa Gráfica. Foto: Aloka y el grupo de monjes de la Caminata por la Paz. Tomada de su Facebook oficial).

Publicado en blog de Jacinta Escudos.

Anuncios Meta

Anuncios Fraudulentos en Meta: El Costo Oculto de los Ingresos Publicitarios


La proliferación de anuncios fraudulentos en plataformas digitales representa uno de los desafíos más críticos para las redes sociales en la era contemporánea. En particular, el caso de Meta, la empresa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, ilustra cómo el modelo de negocio basado en la publicidad puede colisionar con la integridad ética y la protección del usuario. Según documentos internos revelados por Reuters en 2025, hasta el 10% de los ingresos de Meta en 2024 provenían de estafas y productos prohibidos, sumando aproximadamente 16.000 millones de dólares. Esta revelación no solo expone vulnerabilidades sistémicas, sino que cuestiona la responsabilidad corporativa en la moderación de contenidos publicitarios. En un ecosistema donde los anuncios fraudulentos en Facebook e Instagram afectan a millones de usuarios diariamente, es imperativo analizar las dinámicas económicas, regulatorias y sociales subyacentes.

El impacto de estos anuncios fraudulentos Meta se manifiesta en una exposición masiva de los usuarios. Los informes internos estiman que los consumidores enfrentan más de 15.000 millones de anuncios de “alto riesgo” al día, un volumen abrumador que satura las plataformas y normaliza el engaño. Estas estafas, que incluyen promesas de inversiones milagrosas o productos ilegales, no solo erosionan la confianza pública, sino que generan pérdidas financieras significativas. En Estados Unidos, por ejemplo, las plataformas de Meta estarían involucradas en un tercio de las estafas exitosas, según una presentación de seguridad de mayo de 2025. Esta estadística subraya cómo el fraude publicitario en redes sociales se ha convertido en un pilar de la economía delictiva global, aprovechando la escala masiva de audiencias digitales.

La respuesta de Meta a este problema ha sido, paradójicamente, ambigua y a menudo contradictoria. Aunque la compañía invirtió en equipos de moderación y sistemas automatizados, las decisiones estratégicas priorizaron los ingresos sobre la erradicación total del fraude. Por instancia, los algoritmos solo vetaban anunciantes con un 95% de certeza de irregularidad; en casos de sospecha menor, se aplicaban tarifas publicitarias más altas como “penalización”, incentivando indirectamente la continuidad de tales prácticas. Esta aproximación revela un cálculo económico frío: el costo de suprimir contenido ilegal se equiparaba a las multas regulatorias potenciales, lo que llevó a Meta a focalizar esfuerzos en regiones con sanciones más severas. Tales políticas ilustran las tensiones inherentes en el modelo de ingresos Meta basado en publicidad, donde la rentabilidad choca con la obligación moral de salvaguardar a los usuarios.

Comparativamente, rivales como Google demuestran mayor eficacia en la contención de estafas publicitarias. Una revisión interna de abril de 2025 en Meta concluyó que “es más fácil publicitar estafas en las plataformas de Meta que en Google”, destacando deficiencias en la detección proactiva y la colaboración con foros de estafadores. Esta disparidad no solo posiciona a Meta en desventaja competitiva, sino que amplifica el escrutinio público y legal. Mientras Google invierte en verificación avanzada de anunciantes, Meta recortó moderadores de contenidos, dejando un 70% de denuncias de usuarios sin procesar. Este enfoque reactivo perpetúa un ciclo vicioso, donde los anuncios de inversión fraudulentos en Instagram proliferan, atrayendo a víctimas vulnerables con deepfakes de celebridades como Elon Musk o Warren Buffett.

La dimensión legal del fraude en anuncios de Meta ha escalado en 2025, con intervenciones regulatorias que demandan accountability. En junio, la fiscal general de Nueva York, Letitia James, lideró una coalición de 42 fiscales generales para presionar a Meta en la protección contra anuncios fraudulentos de inversión. Su carta enfatizaba la necesidad de revisiones previas rigurosas, advirtiendo que, de no cumplirse, las plataformas deberían cesar la publicación de tales contenidos. Estas acciones responden a pérdidas estimadas en cientos de millones de dólares, derivadas de timos piramidales y esquemas de criptomonedas falsos. La iniciativa subraya un consenso creciente: las redes sociales no pueden eludir responsabilidad bajo el pretexto de la libertad de expresión, especialmente cuando su infraestructura facilita el delito.

Internamente, Meta ha articulado compromisos ambiciosos para mitigar el problema. Documentos de 2024 delinean objetivos para reducir las estafas publicitarias en un 50% en mercados clave durante 2025, con elogios a sistemas de alerta que detectan comportamientos sospechosos. Sin embargo, la implementación ha sido irregular; recortes presupuestarios en moderación post-pandemia limitaron la efectividad. El portavoz Andy Stone defendió estas evaluaciones como “validaciones de inversiones en integridad”, citando una reducción del 58% en reportes de usuarios sobre fraude en los últimos 18 meses y la eliminación de 134 millones de anuncios en 2025. No obstante, críticos argumentan que estas métricas ocultan la magnitud real, ya que la estimación inicial del 10,1% de ingresos fraudulentos se revisó a la baja sin datos precisos, sugiriendo opacidad estratégica.

Desde una perspectiva económica, el porcentaje de ingresos Meta de estafas publicitarias revela vulnerabilidades estructurales en el capitalismo de vigilancia. Con 16.000 millones de dólares generados por estos medios en 2024, Meta ilustra cómo la dependencia de la publicidad targeted incentiva la tolerancia al riesgo. Los documentos internos reconocen “la importancia de elevadas multas” por fallos en contención, priorizando regiones de alto costo regulatorio. Este pragmatismo fiscal contrasta con el daño societal: víctimas de estafas en Facebook pierden no solo dinero, sino confianza en el ecosistema digital. Economistas sugieren que diversificar ingresos —hacia suscripciones o servicios premium— podría aliviar esta presión, fomentando un equilibrio entre rentabilidad y ética.

El rol de la inteligencia artificial agrava el panorama de anuncios generados por IA fraudulentos en Meta. En meses recientes, deepfakes han suplantado identidades de figuras como Andrew Ross Sorkin, prometiendo rendimientos exorbitantes que derivan en pérdidas masivas. Estos contenidos, difíciles de detectar por algoritmos actuales, explotan la viralidad de Instagram y Facebook, alcanzando audiencias globales. Investigaciones académicas destacan cómo tales tácticas no solo defraudan, sino que propagan desinformación financiera, exacerbando desigualdades. Meta’s reliance en IA para moderación, irónicamente, se ve superada por su uso malicioso, demandando inversiones en detección forense y colaboración internacional.

Éticamente, el caso de Meta plantea interrogantes profundos sobre la responsabilidad corporativa en la era digital. Al cobrar premiums a anunciantes sospechosos en lugar de excluirlos, la compañía complicitó, albeit indirectamente, en el ecosistema fraudulento. Esto viola principios de beneficencia y no maleficencia, pilares de la ética aplicada a la tecnología. Filósofos como Luciano Floridi argumentan que las plataformas deben adoptar un “infocentrismo” que priorice el bien común sobre ganancias. La autoconciencia de Meta —evidenciada en revisiones que equiparan multas a pérdidas de ingresos— sugiere una moralidad utilitaria sesgada, donde el beneficio neto justifica daños colaterales.

Regulatoriamente, el escándalo impulsa reformas globales contra el fraude publicitario en redes sociales. En Europa, el Digital Services Act impone multas hasta el 6% de ingresos globales por fallos en moderación, un marco que podría inspirar legislaciones similares en EE.UU. La coalición de fiscales generales representa un punto de inflexión, potencialmente llevando a demandas colectivas que cuantifiquen daños. Expertos recomiendan marcos híbridos: auditorías independientes, transparencia algorítmica y fondos de compensación para víctimas. Sin tales medidas, el impacto de estafas en Meta persistirá, erosionando la legitimidad de la industria tech.

A nivel societal, las estafas y anuncios fraudulentos en Instagram afectan desproporcionadamente a grupos vulnerables: adultos mayores, minorías y usuarios de bajos ingresos, atraídos por promesas de movilidad económica. Estudios demuestran exposiciones disparitarias, donde algoritmos amplifican contenidos engañosos basados en perfiles demográficos. Esto no solo genera inequidad, sino que socava la democracia digital, al normalizar la manipulación informativa. Abordar esto requiere educación mediática integral, integrada en currículos escolares y campañas públicas, para empoderar usuarios contra el fraude en publicidad digital.

En síntesis, el revelado de que hasta el 10% de ingresos de Meta provenían de estafas en 2024 no es un incidente aislado, sino un síntoma de fallos sistémicos en la gobernanza publicitaria. Aunque Meta ha logrado reducciones parciales, la persistencia de exposiciones masivas y respuestas tibias demandan transformación. Una conclusión fundamentada radica en la adopción de un paradigma preventivo: invertir en IA ética, colaborar con reguladores y priorizar transparencia.

Solo así, las plataformas como Meta pueden transitar de meros facilitadores de conexión a guardianes confiables del espacio digital. De lo contrario, el costo humano y económico del fraude publicitario Meta amenazará la viabilidad misma de las redes sociales, urgiendo una accountability colectiva para un futuro digital sostenible.


Nota:

Resulta irónico que Meta presuma ser un espacio “seguro” mientras bloquea millones de cuentas por supuestos contenidos inapropiados o violentos, pero permite que proliferen anuncios que estafan a los usuarios sin consecuencias reales. Miles denuncian fraudes y reciben siempre la misma respuesta: “no infringe nuestras políticas”. ¿Cómo puede una empresa que censura la expresión personal justificar la tolerancia hacia quienes lucran engañando?

Revista Literaria El Candelabro

Derechos.

La Legalización de la Eutanasia en Uruguay: Un Hito en el Derecho a una Muerte Digna en América Latina


La reciente aprobación de la ley “Muerte Digna” por el Senado uruguayo marca un momento pivotal en la historia de los derechos humanos en la región. Con 20 votos a favor de 31, esta norma regula la eutanasia en Uruguay, permitiendo a personas mayores de edad, psíquicamente aptas y afectadas por enfermedades incurables o sufrimientos insoportables, acceder a una muerte asistida. Este avance legislativo posiciona a Uruguay como el primer país de América Latina en legalizar la eutanasia mediante un proceso parlamentario, diferenciándose de precedentes judiciales en naciones vecinas. La legalización de la eutanasia en América Latina gana así un nuevo capítulo, impulsado por debates éticos profundos sobre la autonomía personal y la dignidad humana. En un contexto donde el sufrimiento prolongado desafía los límites de la medicina paliativa, esta ley responde a demandas sociales crecientes por reconocer el derecho a decidir sobre el final de la vida. Históricamente, Uruguay ha liderado reformas progresistas, desde el divorcio en 1907 hasta la legalización del aborto en 2012, consolidando su reputación como referente en libertades individuales. La eutanasia, sin embargo, introduce complejidades únicas, equilibrando compasión con salvaguardas contra abusos potenciales. Esta norma no solo transforma el panorama legal, sino que invita a reflexionar sobre el valor intrínseco de la vida y sus límites en escenarios de dolor irreversible.

El trayecto hacia la ley Muerte Digna Uruguay se remonta a más de cinco años de deliberaciones intensas en el Parlamento. Iniciado en 2020 por un grupo transversal de legisladores, el proyecto enfrentó oposiciones desde sectores religiosos y conservadores, que argumentaban riesgos de pendiente resbaladiza hacia prácticas no consentidas. No obstante, el consenso emergió de testimonios conmovedores de pacientes terminales y familiares, destacando la insuficiencia de cuidados paliativos en casos extremos. La votación del 15 de octubre de 2025, tras un debate de diez horas, reflejó un apoyo bipartidista, con senadores de diversos bloques reconociendo la necesidad de regular lo que ya ocurría de manera clandestina. Esta eutanasia legal en Uruguay se enmarca en una tradición de secularismo estatal, donde el Estado actúa como garante de derechos sin imponer creencias morales. Globalmente, la tendencia hacia la despenalización de la eutanasia ha cobrado fuerza desde los años 90, con Países Bajos y Bélgica como pioneros. En América Latina, Uruguay rompe el molde al optar por la vía legislativa, fortaleciendo su legitimidad democrática. Este proceso no solo valida la voz de la sociedad civil, sino que establece un modelo para futuras reformas en la región, donde el acceso equitativo a la salud sigue siendo un desafío pendiente.

Los requisitos establecidos en la ley de eutanasia Uruguay priorizan la voluntariedad y la protección del solicitante, minimizando riesgos de coerción. Toda persona mayor de 18 años, con capacidad mental plena y ciudadanía o residencia legal, debe presentar una solicitud escrita ante un médico tratante. Esta inicia un protocolo que incluye dos evaluaciones independientes por especialistas en psiquiatría y ética médica, asegurando que la decisión no derive de depresión transitoria o presiones externas. La retractación es un derecho absoluto en cualquier etapa, con plazos de reflexión obligatorios de al menos 15 días entre solicitudes. Además, la norma obliga a los prestadores de salud públicos y privados a facilitar el procedimiento, bajo pena de sanciones, promoviendo así la muerte digna en Uruguay como un servicio accesible. Comisiones multidisciplinarias, integradas por juristas, médicos y psicólogos, supervisarán cada caso, registrando datos para auditorías anuales. Estas garantías responden a preocupaciones éticas globales, inspiradas en marcos como la Convención Americana sobre Derechos Humanos, que enfatiza la dignidad en la muerte. Al regular la eutanasia activa —mediante administración de fármacos letales— y la pasiva —retirada de soporte vital—, la ley abarca escenarios amplios, desde cánceres avanzados hasta enfermedades neurodegenerativas. Este enfoque integral asegura que la eutanasia voluntaria en Uruguay no sea un atajo, sino una opción meditada dentro de un sistema de apoyo holístico.

Comparada con experiencias regionales, la legalización de la eutanasia en América Latina revela contrastes notables. En Colombia, pionera desde 1997 vía sentencia de la Corte Constitucional (C-239), la eutanasia se despenalizó para terminales, expandiéndose en 2015 a casos de dolor intenso sin límite de edad. Sin embargo, su implementación ha sido irregular, con brechas en infraestructura rural y debates sobre menores. Ecuador, por su parte, avanzó en 2021 con un fallo de la Corte Constitucional que extendió el derecho a “sufrimientos graves e insoportables”, pero carece de regulación legislativa detallada, generando incertidumbre para médicos. Uruguay, al contrario, ofrece un marco normativo exhaustivo, integrando objeción de conciencia para profesionales —quienes deben derivar casos sin demora— y mecanismos de apelación. Esta distinción subraya cómo la vía parlamentaria en Uruguay fomenta un debate inclusivo, incorporando aportes de bioeticistas y organizaciones como la Asociación Médica Uruguaya. Mientras Colombia y Ecuador responden a crisis judiciales individuales, la ley uruguaya anticipa demandas colectivas, potencialmente influyendo en países como Argentina o Chile, donde proyectos similares languidecen en comisiones. Esta evolución regional ilustra un shift hacia la secularización de la bioética, donde la autonomía prevalece sobre dogmas tradicionales, aunque persisten tensiones culturales en sociedades mayoritariamente católicas.

El debate ético en torno a la eutanasia en América Latina trasciende fronteras, tocando núcleos filosóficos sobre la santidad de la vida versus el sufrimiento evitable. Filósofos como Peter Singer argumentan que la compasión justifica la intervención en casos de dolor irremediable, alineándose con principios utilitarios que priorizan el bienestar neto. En contraste, perspectivas kantianas enfatizan la dignidad inherente, rechazando la eutanasia como mercantilización de la existencia. En Uruguay, el consenso legislativo refleja un equilibrio: la ley no promueve la muerte, sino que la contextualiza como derecho último ante fallos paliativos. Críticos temen abusos contra vulnerables —ancianos o discapacitados—, citando estudios europeos donde el 20% de casos involucran presiones familiares. Sin embargo, evidencias de Oregón, EE.UU., muestran tasas bajas de retractación (alrededor del 30%) y ausencia de pendiente resbaladiza. La ley Muerte Digna mitiga estos riesgos mediante protocolos rigurosos, fomentando educación pública sobre opciones terminales. Este marco ético invita a una reflexión colectiva: ¿hasta dónde extiende la libertad individual sus límites? En un continente marcado por desigualdades sanitarias, la eutanasia plantea interrogantes sobre justicia distributiva, asegurando que no sea privilegio de elites urbanas.

Los impactos sociales de la eutanasia legal Uruguay se proyectan en múltiples dimensiones, desde la salud pública hasta las dinámicas familiares. Al despenalizar prácticas subterráneas, la norma podría reducir estigmas, permitiendo conversaciones abiertas sobre finitud. Organizaciones como Hospicios Uruguay predicen una demanda inicial modesta —estimada en 200 casos anuales—, pero con potencial para aliviar cargas en sistemas sobrecargados. Económicamente, libera recursos de tratamientos fútiles, redirigiéndolos a prevención y cuidados integrales. Socialmente, empodera a pacientes, restaurando agencia en etapas de desempoderamiento médico. No obstante, desafíos persisten: la formación de comisiones requiere inversión estatal, y la objeción de conciencia podría generar desiertos de acceso en áreas rurales. La ley también cataliza diálogos intergeneracionales, cuestionando tabúes sobre vejez y dependencia. En el ámbito internacional, Uruguay se alinea con los 10 países que regulan la eutanasia, fortaleciendo su imagen como nación progresista. Esta transformación no es meramente legal; reconfigura narrativas culturales, promoviendo una visión de la muerte como proceso humano, no fracaso clínico. Así, la muerte digna América Latina emerge como paradigma de empatía legislativa, donde el Estado media entre sufrimiento individual y cohesión colectiva.

Mirando hacia el futuro, la implementación de la ley eutanasia Uruguay demandará vigilancia continua para su efectividad. Monitoreo independiente, como el propuesto por el Instituto Nacional de Evaluación de Tecnologías Sanitarias, será crucial para ajustar protocolos ante emergentes éticos, como avances en terapias génicas que podrían redefinir “incurable”. La educación en bioética para profesionales de salud se vuelve imperativa, integrando módulos obligatorios en currículos universitarios. Internacionalmente, esta ley podría inspirar armonizaciones regionales bajo la OEA, estandarizando derechos transfronterizos para migrantes terminales. Sin embargo, resistencias persisten: grupos provida podrían impulsar referendos, exigiendo madurez institucional para defender la norma. En última instancia, la legalización eutanasia América Latina vía Uruguay acelera un continuum global hacia la humanización de la muerte, donde la tecnología médica coexiste con valores humanísticos. Este hito no resuelve dilemas milenarios, pero afirma que, en democracia, la voz del doliente resuena con autoridad.

La aprobación de la ley “Muerte Digna” consolida a Uruguay como faro ético en América Latina, donde la eutanasia voluntaria se erige en expresión suprema de autonomía. Fundamentada en principios de dignidad y equidad, esta norma trasciende lo legislativo para interpelar concepciones profundas de humanidad. Al equilibrar compasión con rigurosas salvaguardas, Uruguay no solo regula una práctica, sino que redefine el espectro de derechos reproductivos y terminales, extendiendo la soberanía corporal al ocaso vital. Comparada con trayectorias judiciales en Colombia y Ecuador, su enfoque parlamentario asegura mayorías inclusivas, mitigando polarizaciones. Éticamente, invita a un humanismo secular que valora la calidad sobre la cantidad de vida, respaldado por evidencias empíricas de sistemas maduros. Socialmente, promete alivio a miles, aunque exige compromisos en accesibilidad y formación. Este avance, nacido de diálogos prolongados, subraya que el progreso radica en reconocer límites con empatía, no negarlos con ideología.

Así, la muerte digna en Uruguay no es fin, sino puente hacia sociedades más compasivas, donde el derecho a partir con paz fortalece el lazo colectivo de solidaridad. En un mundo de incertidumbres sanitarias, esta ley reafirma que la verdadera dignidad reside en la elección informada, honrando la complejidad de existir y despedirse.

Revista Literaria El Candelabro.

1492 La historia.

El encuentro de 1492: Una relectura crítica desde las voces silenciadas de los pueblos originarios de América


La narrativa tradicional del descubrimiento de América ha sido escrita, reescrita y transmitida durante más de cinco siglos desde una perspectiva predominantemente eurocéntrica. Esta versión oficial presenta a Cristóbal Colón como un navegante visionario que, en busca de una ruta hacia las Indias, tropezó con un continente desconocido para Europa, marcando así el inicio de una nueva era en la historia mundial. Sin embargo, esta construcción discursiva omite deliberadamente una verdad fundamental: América no fue descubierta en 1492 porque ya estaba habitada por millones de personas con civilizaciones complejas, sistemas políticos sofisticados, conocimientos astronómicos avanzados y redes comerciales continentales. La provocadora afirmación de que fueron los nativos americanos quienes encontraron a Colón perdido en el mar no es simplemente un ejercicio retórico de inversión narrativa, sino una invitación urgente a reconsiderar los paradigmas históricos desde los cuales interpretamos este encuentro crucial entre dos mundos previamente desconectados.

Cuando las carabelas españolas arribaron a las costas de Guanahani el 12 de octubre de 1492, los pobladores taínos de las Bahamas no presenciaron ningún descubrimiento, sino más bien el arribo de extranjeros desorientados a sus territorios ancestrales. Los registros del propio Colón revelan que fueron los pueblos indígenas quienes proporcionaron alimentos, agua, orientación geográfica y conocimientos náuticos esenciales para la supervivencia de la expedición europea. Esta inversión de la narrativa hegemónica no pretende negar la importancia histórica del contacto transatlántico, sino más bien restituir el protagonismo y la agencia histórica a aquellos pueblos cuyas perspectivas fueron sistemáticamente excluidas de los relatos oficiales. La historia, efectivamente, no es como nos la han contado durante generaciones en las instituciones educativas, los textos escolares y los discursos conmemorativos que celebran acríticamente la empresa colombina como un hito civilizatorio.

La reinterpretación del encuentro de 1492 desde la perspectiva de los pueblos originarios requiere cuestionar los fundamentos epistemológicos sobre los cuales se ha construido la historiografía occidental. El concepto mismo de descubrimiento implica la existencia de un territorio vacío, desprovisto de significado cultural, político o humano hasta el momento de su apropiación por parte del observador europeo. Esta premisa constituye lo que el filósofo argentino Enrique Dussel denominó la falacia desarrollista, según la cual Europa se autoproclamó como el centro de la historia universal y, por extensión, como el único agente capaz de conferir historicidad a los pueblos colonizados. Desde esta lógica colonial, los pueblos americanos carecían de historia propia antes de 1492, existiendo en una suerte de estado primitivo o prehistórico que solo podía ser redimido mediante la incorporación forzosa al proyecto civilizatorio europeo. Esta construcción ideológica legitimó durante siglos la explotación, el genocidio y el epistemicidio cultural perpetrados contra las poblaciones indígenas del continente.

Los pueblos originarios de América, lejos de habitar un territorio virgen o inexplorado, habían desarrollado durante milenios sistemas civilizatorios de extraordinaria complejidad y diversidad. En Mesoamérica, los mayas habían perfeccionado un calendario astronómico más preciso que el gregoriano, desarrollado el concepto matemático del cero independientemente de otras civilizaciones, y construido ciudades con sistemas hidráulicos y arquitectónicos que aún hoy desafían la comprensión contemporánea. Los aztecas habían consolidado un imperio multiétnico con una capital, Tenochtitlan, cuya población superaba a la de cualquier ciudad europea de la época, con sistemas de alcantarillado, mercados organizados y una administración tributaria sofisticada. En Sudamérica, el Tawantinsuyu o Imperio Inca se extendía por más de dos millones de kilómetros cuadrados, conectados mediante una red de caminos que facilitaba la comunicación administrativa, el intercambio comercial y el desplazamiento militar con una eficiencia que rivalizaba con las infraestructuras romanas. Estas realizaciones civilizatorias desmienten categóricamente la narrativa del vacío cultural que legitimó la conquista.

La cosmogonía y las estructuras epistémicas de los pueblos americanos ofrecían modelos alternativos de relación con el entorno natural, la organización social y la transmisión del conocimiento. El concepto andino del ayni, basado en la reciprocidad y el equilibrio comunitario, contrastaba radicalmente con el individualismo posesivo que caracterizaba la expansión mercantil europea del siglo XV. Las epistemologías indígenas, frecuentemente desestimadas como superstición o animismo por los cronistas españoles, contenían sofisticados sistemas de clasificación botánica, prácticas medicinales efectivas y técnicas agrícolas sustentables que permitieron la domesticación de plantas como el maíz, la papa, el tomate, el cacao y numerosos cultivos que posteriormente transformarían la dieta global. El conocimiento etnobotánico acumulado durante generaciones por los pueblos americanos representa una contribución científica fundamental a la humanidad, aunque raramente se reconozca como tal en los relatos históricos convencionales. La negación sistemática de estos saberes constituyó una forma de violencia epistémica que acompañó y legitimó la violencia física de la conquista.

El encuentro de 1492 desencadenó lo que el demógrafo estadounidense Henry Dobyns describió como la mayor catástrofe demográfica de la historia humana. Las estimaciones contemporáneas sugieren que la población del continente americano antes del contacto europeo oscilaba entre 50 y 100 millones de habitantes, cifra que se redujo drásticamente a apenas 5 millones en el transcurso del siglo XVI. Esta hecatombe demográfica resultó de la combinación de múltiples factores: las enfermedades del Viejo Mundo contra las cuales las poblaciones indígenas carecían de inmunidad, las guerras de conquista y sometimiento, la explotación laboral en minas y encomiendas, la destrucción de sistemas agrícolas tradicionales y la desarticulación de estructuras sociales y políticas ancestrales. El historiador francés Pierre Chaunu caracterizó este proceso como un genocidio involuntario, aunque esta caracterización resulta problemática cuando se examinan las políticas deliberadas de esclavización, los trabajos forzados y las campañas militares punitivas documentadas en las crónicas de la época. La magnitud de esta tragedia humana transforma radicalmente la naturaleza del encuentro de 1492, revelándolo como el inicio de un proceso destructivo sin precedentes.

La resistencia cultural y política de los pueblos indígenas frente a la dominación colonial constituye un capítulo fundamental, aunque frecuentemente invisibilizado, de la historia americana. Desde las primeras rebeliones taínas lideradas por caciques como Hatuey y Enriquillo en el Caribe, hasta las grandes insurrecciones continentales como la de Túpac Amaru II en el virreinato del Perú o la de Cuauhtémoc en Tenochtitlan, los pueblos originarios jamás aceptaron pasivamente su subordinación. Estas resistencias adoptaron múltiples formas: militares, jurídicas, culturales y simbólicas. La preservación de lenguas ancestrales, prácticas rituales, sistemas de parentesco y formas de organización comunitaria representó una forma de resistencia cotidiana que permitió la supervivencia de identidades culturales a pesar de siglos de políticas asimilacionistas y etnocidas. El sincretismo religioso, lejos de constituir simplemente una fusión espontánea de tradiciones, fue frecuentemente una estrategia deliberada de preservación cultural mediante la cual las comunidades indígenas ocultaron sus prácticas ancestrales bajo la apariencia de conformidad con el catolicismo impuesto.

La descolonización del relato histórico sobre 1492 implica necesariamente cuestionar las categorías analíticas y los marcos interpretativos heredados de la tradición historiográfica europea. Términos como descubrimiento, conquista o evangelización encierran presupuestos ideológicos que naturalizan la perspectiva del colonizador y deslegitiman las experiencias y memorias de los pueblos colonizados. El historiador peruano Alberto Flores Galindo propuso sustituir estas categorías por conceptos que reconozcan la agencia indígena y la violencia estructural del proceso colonial: invasión, en lugar de descubrimiento; genocidio, en lugar de conquista; imposición religiosa, en lugar de evangelización. Este ejercicio de renombramiento no es meramente semántico, sino que constituye un acto político de restitución simbólica que desafía las estructuras de poder que continúan determinando qué versiones de la historia se consideran legítimas o autorizadas. La disputa por el lenguaje es, fundamentalmente, una disputa por el significado histórico y, por extensión, por las posibilidades de justicia y reparación en el presente.

La persistencia de comunidades indígenas en el continente americano, contra todo pronóstico histórico, testimonia una extraordinaria capacidad de resistencia y adaptación cultural. A pesar de quinientos años de políticas etnocidas, discriminación estructural y despojo territorial, aproximadamente 50 millones de personas se identifican como indígenas en América Latina, manteniendo vigentes más de 500 lenguas ancestrales y complejos sistemas de conocimiento tradicional. Los movimientos indígenas contemporáneos han logrado posicionar en la agenda política continental demandas históricas de reconocimiento constitucional, autonomía territorial, consulta previa y reparación por los agravios coloniales. La emergencia de intelectuales, académicos y activistas indígenas que reinterpretan su propia historia desde epistemologías y metodologías enraizadas en tradiciones ancestrales representa un desafío fundamental al monopolio occidental sobre la producción historiográfica. Esta insurgencia epistémica cuestiona no solamente qué se cuenta sobre 1492, sino fundamentalmente quién tiene la autoridad para narrar y desde qué marcos conceptuales debe ser interpretado este acontecimiento fundacional.

La reevaluación crítica del encuentro de 1492 posee implicaciones profundas para la comprensión contemporánea de problemáticas como el racismo estructural, las desigualdades socioeconómicas y la crisis ecológica global. Las estructuras de dominación racial instauradas durante el período colonial, basadas en la clasificación jerárquica de poblaciones según criterios fenotípicos y culturales, continúan operando en sociedades latinoamericanas donde las comunidades indígenas y afrodescendientes experimentan sistemáticamente los mayores índices de pobreza, exclusión educativa y violencia. La colonialidad del poder, concepto acuñado por el sociólogo peruano Aníbal Quijano, describe cómo los patrones de dominación establecidos durante la conquista se han reproducido y transformado a lo largo de los siglos, sobreviviendo incluso a la independencia política de las naciones americanas. Romper con esta herencia colonial requiere no solamente reformas institucionales, sino fundamentalmente una transformación de los imaginarios colectivos que continúan perpetuando jerarquías raciales y culturales heredadas del período colonial. La historia, en este sentido, no es un ejercicio académico neutral, sino un campo de batalla donde se disputan las posibilidades de emancipación y justicia social.

La crisis ambiental contemporánea invita también a reconsiderar los saberes ecológicos de los pueblos originarios sistemáticamente desestimados por el proyecto modernizador occidental. Las prácticas de manejo sostenible de ecosistemas desarrolladas durante milenios por comunidades indígenas contrastan dramáticamente con los modelos extractivistas que, desde la colonización hasta el presente, han devastado territorios, contaminado fuentes hídricas y provocado la extinción de innumerables especies. Los sistemas agroforestales amazónicos, las técnicas de terrazas agrícolas andinas o los conocimientos sobre ciclos climáticos preservados en tradiciones orales representan alternativas viables ante el colapso ecológico provocado por el capitalismo industrial. El reconocimiento de derechos territoriales indígenas no constituye solamente un acto de justicia histórica, sino una estrategia crucial para la preservación de biodiversidad y la mitigación del cambio climático. Las luchas contemporáneas de pueblos indígenas contra megaproyectos mineros, hidroeléctricas o agronegocios que amenazan sus territorios son, en este sentido, continuación directa de resistencias iniciadas en 1492 contra la lógica colonial de apropiación y explotación ilimitada de la naturaleza.

La conmemoración de 1492 sigue siendo un ejercicio políticamente conflictivo que revela las tensiones irresueltas de sociedades americanas construidas sobre fundamentos coloniales. Mientras algunos sectores celebran el 12 de octubre como el Día de la Raza o el Día de la Hispanidad, reivindicando una supuesta comunidad cultural hispanoamericana, los movimientos indígenas y diversos sectores progresistas lo han resignificado como el Día de la Resistencia Indígena o el Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Estas disputas simbólicas trascienden lo meramente conmemorativo, expresando concepciones antagónicas sobre la identidad nacional, la memoria histórica y el proyecto de sociedad deseable. La remoción de estatuas de Colón en diversas ciudades americanas durante los últimos años ilustra cómo la revisión crítica del pasado colonial se ha convertido en un imperativo ético y político para sociedades que aspiran a superar las desigualdades heredadas de aquel encuentro violento. La historia no puede permanecer inmune a las demandas de justicia del presente.

La reinterpretación del encuentro de 1492 desde las perspectivas de los pueblos originarios no pretende simplemente invertir los términos del relato hegemónico, sustituyendo un eurocentrismo por un indigenismo igualmente esencialista. Se trata, más bien, de construir narrativas históricas plurales, dialógicas y autorreflexivas que reconozcan la complejidad irreductible de este acontecimiento fundacional y sus consecuencias contradictorias. El contacto transatlántico produjo simultáneamente intercambios culturales mutuamente enriquecedores y procesos de dominación y exterminio; generó nuevas identidades mestizas y destruyó civilizaciones milenarias; facilitó la circulación global de conocimientos y legitimó la esclavización de millones de personas. Esta ambivalencia histórica no puede resolverse mediante narrativas unidimensionales que glorifiquen o demonicem absolutamente a ninguno de los actores involucrados. La tarea pendiente consiste en desarrollar una historiografía verdaderamente descolonizada que honre la memoria de las víctimas, reconozca las injusticias perpetradas y construya bases para sociedades más equitativas y plurales.

La provocadora afirmación de que los nativos americanos encontraron a Colón perdido en el mar constituye una herramienta retórica efectiva para desafiar la narrativa eurocéntrica del descubrimiento, pero su valor trasciende el mero ejercicio de inversión discursiva. Esta reformulación invita a reconocer que 1492 marcó el inicio de un proceso histórico profundamente ambivalente: por un lado, inauguró una era de globalización, intercambios culturales y mestizajes que transformaron irreversiblemente la historia humana; por otro, desencadenó una catástrofe demográfica, cultural y ecológica cuyas consecuencias continúan estructurando las desigualdades contemporáneas. La descolonización del relato histórico sobre este encuentro fundacional requiere incorporar las voces, perspectivas y memorias de los pueblos que fueron sistemáticamente silenciados en las narrativas oficiales. Más allá de corregir inexactitudes factuales o ampliar el elenco de protagonistas históricos, esta tarea implica cuestionar los fundamentos epistemológicos desde los cuales interpretamos el pasado y, por extensión, imaginamos futuros posibles.

La historia, efectivamente, no es como nos la han contado, y la responsabilidad de las generaciones presentes consiste en construir narrativas más justas, inclusivas y plurales que honren la dignidad de todos los pueblos involucrados en ese encuentro violento y transformador que, hace más de cinco siglos, reconfiguró definitivamente el destino de la humanidad.

El Candelabro. Revista Literaria.

La belleza.

«Siempre he pensado que las personas «bellas» no son ni fáciles, ni evidentes. Las personas bellas ni siquiera son para todos, porque no dejan que todos crucen su umbral y no todos son capaces de hacerlo. Las imagino como una rosa. No puedes alcanzarlas oliendo solo el aroma o admirando sus colores. Nunca las conocerás a fondo. Las personas bellas a menudo tienen pasados engorrosos, la piel rayada de cicatrices. Para llegar a su corazón hay que atravesar todas esas espinas. Aráñate, mezcla tu sangre, seca sus lágrimas, intercambia tu piel, tu olor. De hecho, estoy convencido de que las personas bellas no huelen. Las personas bellas dejan huellas que marcan, suavemente».

~Pedro Almodóvar

Reflexión.

“Hay que tener un poco de cojones, o quizá muchas ganas de vivir para no dejar que te mate una amenaza; yo tengo muchas ganas de vivir, de beber hasta la última gota de vida que tenga, pero beberla así, con felicidad, en la mayor plenitud posible. La violencia es una flor que nosotros hemos cultivado, y la queremos arrancar a tirones; lo mejor es dejarla que se seque. Tenemos que dejar de regarla todos los días con esa mierda que produce la televisión, violencia sin sentido y sin explicación, dejar de regarla con nuestros miedos. Pareciera que en lugar de ver el crimen que se está cometiendo, observamos una película como si aquello no doliera, no sangrara, no llorara. Tenemos que poner en el jardín cultura, arte, música, tecnología y sobre todo, amor. Eso seca sin duda a la violencia”.

(Joan Manuel Serrat)

El viento.

El secreto del silbido del viento: la ciencia detrás de un sonido cotidiano


Cerrar los ojos en un día ventoso y dejarse llevar por el murmullo del aire es una experiencia universal. Ese silbido entre las ramas, ese zumbido que vibra en los cables eléctricos o ese rugido que se cuela por las rendijas de una ventana nos resultan familiares y evocadores. Sin embargo, lo sorprendente es que el viento, en su esencia, es silencioso. El aire moviéndose libremente en un espacio abierto carece de sonido. El misterio surge cuando interactúa con los obstáculos del entorno.

Cuando una corriente de aire fluye en un espacio amplio y sin interrupciones, el movimiento permanece laminar, es decir, ordenado y regular. Bajo estas condiciones no se generan ondas acústicas perceptibles por el oído humano. Pero el mundo real está lleno de formas, aristas y superficies que interrumpen ese fluir suave. Al encontrar un obstáculo, el aire se transforma: pasa de un orden laminar a un caos turbulento. De esa turbulencia nacen los sonidos que identificamos como el “canto” del viento.

La física del sonido del viento se basa en un principio sencillo: las variaciones rápidas de presión. Cuando un flujo de aire choca con un objeto, se producen remolinos que alternan entre zonas de mayor y menor presión. Dichas fluctuaciones se transmiten a través del aire en forma de ondas sonoras. Lo que escuchamos como susurros, rugidos o silbidos no es otra cosa que el resultado de estas microexplosiones de presión que se repiten miles de veces por segundo.

En los bosques, el efecto se magnifica. Cada hoja funciona como una membrana vibrante, cada rama como un diapasón natural. El viento agita millones de pequeñas superficies, generando un coro irregular pero hipnótico. En las ciudades, el mismo principio se traduce en sonidos diferentes: el silbido entre edificios altos, el zumbido en una cornisa metálica o el retumbar en una rendija mal sellada. El aire se convierte en un artista polifacético que interpreta su obra según los instrumentos disponibles.

El silbido agudo, ese tono claro que parece emular una flauta, responde a un fenómeno específico: la Calle de Vórtices de von Kármán. Cuando el viento fluye alrededor de un objeto largo y delgado, como un cable, los remolinos no se generan al azar. Se desprenden de manera alternada a cada lado del objeto, creando un patrón rítmico. Este ritmo imprime al aire una vibración periódica que se percibe como una nota sostenida. La frecuencia dependerá tanto de la velocidad del viento como de las dimensiones del objeto.

Este mecanismo aerodinámico explica por qué una antena en la azotea puede sonar como una flauta invisible en un día de tormenta, o por qué un simple cable eléctrico se transforma en instrumento musical bajo condiciones específicas. A mayor velocidad del viento, mayor frecuencia de desprendimiento de vórtices; y cuanto más delgado sea el objeto, más agudo será el sonido. La naturaleza, sin proponérselo, construye así un escenario acústico gobernado por la matemática del flujo.

La música del viento no se limita a cables y antenas. Las botellas silban cuando el aire atraviesa su cuello porque el flujo genera una cavidad resonante. Algo similar ocurre en cavernas, chimeneas o túneles: el viento excita la columna de aire atrapada dentro, produciendo resonancias naturales. Este principio es análogo al funcionamiento de los instrumentos de viento, donde el intérprete sopla para inducir la vibración del aire en el interior de un tubo. La diferencia es que aquí el intérprete es la atmósfera misma.

Desde la perspectiva de la acústica, los sonidos del viento constituyen un ejemplo fascinante de interacción entre fluidos y estructuras. La aerodinámica y la mecánica de fluidos explican los vórtices, mientras que la acústica estudia cómo esas perturbaciones se convierten en ondas sonoras. El viento nos ofrece, sin necesidad de laboratorio, un experimento al aire libre en el que las leyes de la física se hacen audibles y perceptibles. Es un recordatorio constante de que el sonido no existe sin materia que lo perturbe.

El carácter cultural y emocional del viento sonoro también merece atención. Civilizaciones antiguas atribuían a esos silbidos un origen sobrenatural. Para los griegos, el soplo de Eolo transmitía mensajes divinos; en culturas mesoamericanas, los silbidos del viento evocaban presencias espirituales o augurios. La ciencia moderna ha reemplazado la interpretación mística con explicaciones físicas, pero la sensación de misterio y reverencia permanece intacta. Incluso hoy, escuchar al viento aullar en una montaña o silbar en un cañón genera un sentimiento de pequeñez y asombro.

En contextos urbanos, el sonido del viento puede convertirse en una molestia o incluso en un riesgo estructural. La generación de vórtices puede inducir vibraciones en puentes, torres o edificios altos. Un ejemplo histórico es el colapso del puente de Tacoma Narrows en 1940, cuando las oscilaciones inducidas por el viento alcanzaron una resonancia destructiva. Aunque no se trató de un silbido perceptible, el mismo principio aerodinámico estuvo detrás del desastre: la interacción rítmica entre aire y estructura.

Los ingenieros han aprendido de estos fenómenos. Hoy se diseñan edificios y puentes considerando el desprendimiento de vórtices para evitar resonancias peligrosas. Al mismo tiempo, arquitectos acústicos exploran cómo canalizar el viento para crear efectos sonoros artísticos en espacios públicos. El viento puede ser enemigo o aliado, ruido o música, según la perspectiva con la que se lo aborde. El conocimiento científico permite controlar y hasta aprovechar esas vibraciones.

El estudio del viento sonoro tiene también aplicaciones en energías renovables. Las turbinas eólicas producen ruidos asociados a la turbulencia del aire en sus aspas. Comprender los patrones de flujo permite reducir la contaminación acústica y optimizar el rendimiento. El mismo principio que explica un silbido en un cable ayuda a perfeccionar tecnologías sostenibles. La naturaleza del sonido del viento, lejos de ser una curiosidad, se convierte en un factor clave en el diseño de infraestructuras modernas.

En el ámbito de la música, compositores y artistas han explorado la voz del viento como recurso estético. Desde instrumentos de viento eólico hasta instalaciones sonoras que utilizan corrientes naturales para producir notas, el ser humano ha buscado domesticar este fenómeno efímero. Escuchar a la atmósfera cantar a través de estructuras humanas une ciencia y arte en una experiencia sensorial única. El viento, invisible pero audible, nos recuerda la fina línea entre física y poesía.

Desde una visión científica, la explicación del sonido del viento demuestra la interdependencia de múltiples disciplinas: la aerodinámica, la acústica, la ingeniería y hasta la antropología convergen en un mismo fenómeno cotidiano. Lo que parece un detalle trivial —un simple silbido en una ventana— encierra una compleja red de leyes naturales, historias culturales y aplicaciones tecnológicas. Cada corriente de aire que choca con un obstáculo es un recordatorio de que vivimos inmersos en un océano invisible de interacciones físicas.

El silbido del viento no es un misterio insondable ni una magia inexplicable. Es la manifestación acústica de la interacción entre aire y materia, entre flujo y obstáculo. El viento en sí mismo no tiene voz, pero al encontrar el mundo sólido, la adquiere. Sus murmullos, rugidos y silbidos son la traducción sonora de ecuaciones físicas que gobiernan la turbulencia y la resonancia. Comprender este fenómeno nos invita a escuchar de nuevo, con oídos atentos, una sinfonía natural que ha acompañado a la humanidad desde siempre.

Cada sonido del viento es una lección de ciencia y una metáfora de nuestra relación con el entorno: invisible pero omnipresente, silencioso pero siempre dispuesto a hablar cuando encuentra con qué hacerlo.

Revista Literaria EL CANDELABRO

Recordar

En relación con el bestial genocidio de Gaza, conviene recordar algunas cosas sobre la sacrosanta Europa, cuna de la civilización occidental. ¿Es tan raro que no haya fulminado ya sus relaciones de todo tipo con Israel?

«A fines del siglo diecinueve, las potencias coloniales europeas se reunieron en Berlín para repartirse África. Fue larga y dura la pelea por el botín colonial, las selvas, los ríos, las montañas, los suelos, los subsuelos, hasta que las nuevas fronteras fueron dibujadas y en el día de hoy de 1885 se firmó, en nombre de Dios Todopoderoso, el Acta General.
Los amos europeos tuvieron el buen gusto de no mencionar el oro, los diamantes, el marfil, el petróleo, el caucho, el estaño, el cacao, el café ni el aceite de palma; prohibieron que la esclavitud fuera llamada por su nombre; llamaron sociedades filantrópicas a las empresas que proporcionaban carne humana al mercado mundial; advirtieron que actuaban movidos por el deseo de favorecer el desarrollo del comercio y de la Civilización y, por si hubiera alguna duda, aclararon que actuaban preocupados por aumentar el bienestar moral y material de las poblaciones indígenas.
Así, Europa inventó el nuevo mapa del África. Ningún africano estuvo, ni de adorno, en esa reunión cumbre.»

«26 de febrero: África mía». En Los hijos de los días, de Eduardo Galeano.

Por el bien común

MrBeast: La Evolución del Entretenimiento Digital hacia el Impacto Social Transformador


La plataforma YouTube ha sido testigo de múltiples revoluciones en el contenido digital, pero pocas han logrado trascender el entretenimiento para generar cambios sociales significativos. Jimmy Donaldson, conocido mundialmente como MrBeast, representa un paradigma único en la creación de contenido digital, donde la filantropía se fusiona con el entretenimiento masivo. Su trayectoria desde creador amateur hasta influenciador global ilustra cómo la persistencia, la innovación y la visión social pueden transformar una pasión individual en movimientos colectivos de gran envergadura.

El fenómeno MrBeast comenzó en 2012, cuando Donaldson tenía apenas 13 años y subía videos desde su habitación en Carolina del Norte. Durante los primeros años, su canal de YouTube experimentó con diversos formatos: análisis de videojuegos, comentarios sobre otros creadores y desafíos personales. Esta etapa inicial, caracterizada por audiencias mínimas y recursos limitados, demuestra un aspecto fundamental del éxito digital: la importancia de la experimentación constante y la resistencia al fracaso inicial en el desarrollo de estrategias de contenido efectivas.

La transformación radical de MrBeast ocurrió cuando comenzó a estudiar sistemáticamente el algoritmo de YouTube y los patrones de comportamiento de audiencias digitales. Su aproximación científica al entretenimiento incluyó el análisis detallado de métricas de engagement, tiempo de visualización y factores de viralidad. Esta investigación autodidacta le permitió identificar elementos clave del contenido exitoso: la sorpresa, la generosidad extrema y la producción de alta calidad. Su evolución refleja cómo el conocimiento técnico puede potenciar la creatividad cuando se aplica estratégicamente.

El punto de inflexión llegó cuando Donaldson decidió incorporar la filantropía en videos de YouTube como elemento central de su contenido. Comenzó regalando cantidades crecientes de dinero, desde mil dólares hasta sumas astronómicas, documentando cada proceso con transparencia total. Esta estrategia no solo generó engagement masivo, sino que estableció un nuevo género de entretenimiento altruista. Los videos donde regala casas, automóviles y hasta islas privadas han acumulado cientos de millones de visualizaciones, demostrando que las audiencias valoran profundamente el contenido con propósito social.

La estrategia de marketing viral de MrBeast trasciende la mera generosidad individual para abordar problemáticas globales urgentes. Sus iniciativas Team Trees y Team Seas movilizaron a millones de personas para recaudar fondos destinados a la reforestación y limpieza oceánica respectivamente. Team Trees logró plantar más de 20 millones de árboles, mientras que Team Seas recolectó más de 30 millones de libras de desechos marinos. Estas campañas demuestran cómo las plataformas digitales pueden servir como catalizadores para la acción colectiva en favor del medio ambiente.

La creación de Beast Philanthropy marca la institucionalización de su compromiso social, estableciendo una organización benéfica dedicada a combatir la inseguridad alimentaria y apoyar comunidades vulnerables. Esta fundación ha distribuido millones de comidas y financiado proyectos de infraestructura en diversas comunidades. La transparencia en sus operaciones filantrópicas, documentada exhaustivamente en videos, establece nuevos estándares de rendición de cuentas para influenciadores sociales. Su modelo demuestra que la monetización del contenido puede generar círculos virtuosos de impacto social sostenible.

El impacto económico del contenido digital generado por MrBeast se extiende más allá de sus canales personales. Su empresa emplea a cientos de personas, desde editores de video hasta especialistas en logística, creando un ecosistema económico robusto. Sus inversiones en restaurantes virtuales, aplicaciones móviles y productos de consumo demuestran cómo los creadores de contenido pueden diversificar sus fuentes de ingresos mientras mantienen la coherencia con su marca personal. Esta diversificación estratégica asegura la sostenibilidad a largo plazo de sus iniciativas filantrópicas.

La metodología de producción de MrBeast establece nuevos paradigmas en la industria del entretenimiento digital. Sus videos requieren presupuestos millonarios, equipos de producción profesionales y planificación logística compleja, elevando los estándares de calidad en YouTube. Esta profesionalización del contenido digital ha influenciado a numerosos creadores a invertir más recursos en producción, generando una evolución cualitativa en toda la plataforma. Su enfoque demuestra que el contenido digital puede competir directamente con producciones televisivas tradicionales en términos de valor de producción.

El análisis del comportamiento de audiencias digitales realizado por MrBeast revela insights valiosos sobre las motivaciones humanas en el consumo de entretenimiento. Sus videos más exitosos combinan elementos de suspense, generosidad extrema y narrativas emotivas que conectan profundamente con las aspiraciones y valores de audiencias globales. La investigación académica sobre su contenido sugiere que los espectadores encuentran satisfacción vicaria en actos de generosidad filmados, lo que explica parcialmente el éxito masivo de su fórmula de entretenimiento altruista.

La influencia de MrBeast en la cultura digital contemporánea trasciende las métricas de YouTube para impactar comportamientos sociales reales. Numerosos creadores han adoptado elementos filantrópicos en su contenido, inspirados por su modelo. Además, su enfoque ha sensibilizado a audiencias jóvenes sobre problemáticas ambientales y sociales, convirtiendo el entretenimiento en una herramienta educativa informal pero efectiva. Esta transformación cultural demuestra el poder de los influenciadores para moldear valores y comportamientos a escala masiva.

La sostenibilidad del modelo MrBeast plantea interrogantes fascinantes sobre el futuro del entretenimiento digital. Su dependencia de inversiones constantes en contenido cada vez más espectacular sugiere la necesidad de innovación continua para mantener el engagement. Sin embargo, su diversificación empresarial y el desarrollo de Beast Philanthropy como organización independiente indican una estrategia de sostenibilidad a largo plazo que trasciende su presencia individual en redes sociales.

El legado de MrBeast en la transformación de plataformas digitales hacia el impacto social positivo establece precedentes significativos para futuros creadores de contenido. Su demostración de que el entretenimiento y la filantropía pueden fusionarse exitosamente abre nuevas posibilidades para el uso constructivo de la influencia digital. La escalabilidad de su modelo sugiere que otros creadores pueden adaptar elementos de su estrategia para generar impactos sociales significativos en sus propias comunidades y áreas de especialización.

La trayectoria de Jimmy Donaldson como MrBeast representa una evolución paradigmática en la creación de contenido digital con propósito social. Su transformación desde adolescente creando videos en su habitación hasta filántropo digital influyente demuestra cómo la pasión, la persistencia y la visión social pueden converger para generar cambios positivos a escala global. Su modelo establece que el entretenimiento digital puede servir como vehículo para la transformación social, redefiniendo las expectativas sobre el papel de los influenciadores en la sociedad contemporánea y estableciendo nuevos estándares para el uso responsable de plataformas digitales masivas.

Revista Literaria El Candelabro.

Borges

El triángulo literario: Borges, Norah Lange y Oliverio Girondo



En la vasta constelación de la literatura latinoamericana, pocos nombres brillan con la intensidad de Jorge Luis Borges, figura enigmática que, sin embargo, no escapó a los vaivenes del amor. En el año 1927, cuando aún se debatía entre la vanguardia criollista y su precoz erudición, Borges conoció a Norah Lange, joven escritora argentina de origen noruego. Esta relación marcó uno de los ejes emocionales más importantes de su vida, pese a que la historia de amor que él proyectaba nunca se concretó.

Borges quedó inmediatamente fascinado por la figura de Norah, no solo por su belleza peculiar, sino por lo que ella simbolizaba: un cruce entre lo nórdico y lo argentino, un eco de antiguas sagas que resonaba con su afición por la mitología germánica y las literaturas anglosajonas. En Norah, Borges no solo vio una mujer, sino también una encarnación de su propio universo simbólico. Así, se gestó una devoción callada, delicada, casi ascética, como muchas de las emociones que Borges permitió aflorar.

Durante años, el autor de El Aleph frecuentó a Norah en los círculos literarios de Buenos Aires, acompañándola en caminatas, tertulias y veladas poéticas. Pero nunca se atrevió a confesarle su amor de manera directa. En cambio, su pasión se transformó en ensoñaciones literarias, en ideas de una vida futura en común que sólo existieron en la intimidad de su imaginación. Borges, tímido hasta la exasperación, fue incapaz de tomar la iniciativa.

Este espacio de indecisión fue aprovechado por Oliverio Girondo, poeta de actitud opuesta. Cosmopolita, provocador, dueño de una presencia magnética, Girondo entró a la vida de Norah con la audacia que a Borges le faltaba. La relación entre Norah y Girondo se consolidó con rapidez, hasta desembocar en matrimonio en 1943. El triángulo entre estos tres escritores quedó sellado en la historia secreta de la literatura argentina, no por lo que se dijo, sino por lo que se escribió.

La derrota amorosa dejó a Borges devastado emocionalmente. No es aventurado afirmar que esta pérdida funcionó como catalizador de su transformación literaria. El Borges de los años veinte, autor de textos influenciados por el criollismo, el ultraísmo y el tango, dio paso a una figura cada vez más abstracta, conceptual, metafísica. La herida personal se convirtió en semilla creativa, y su literatura comenzó a desplazarse hacia una poética del infinito, del laberinto y del tiempo.

Hacia 1934, año en que Borges finalmente acepta que Norah ya no será suya, su obra experimenta una mutación radical. Aparece el Borges que hoy reconocemos como fundador de la literatura moderna en Latinoamérica. El que antes intentaba ser una suerte de Walt Whitman porteño se convierte en el autor de Ficciones y El Aleph, textos en los que la emocionalidad se transmuta en alegoría, y el dolor se vuelve arquitectura verbal. La tristeza fue materia prima para su grandeza.

Los ecos de esta pérdida se reflejan incluso en sus textos más tardíos. En Ulrica (1975), uno de los pocos cuentos donde Borges se permite narrar una historia de amor consumado, la protagonista es una mujer noruega, vinculada a un universo de runas, escudos y nombres germánicos. Para muchos, Ulrica no es otra que una Norah resucitada en la ficción, un fantasma dulce que, al fin, Borges logra abrazar. La ficción reparó, aunque simbólicamente, lo que la realidad le negó.

Se ha hablado también de un presunto intento de suicidio de Borges hacia 1934, cuando su frustración alcanzó niveles insoportables. Aunque no existen pruebas concluyentes, varias biografías sugieren que el escritor, atrapado entre la enfermedad física y la desesperación afectiva, llegó a contemplar la muerte. En el prólogo de Discusión, escribe la famosa frase: “Vida y muerte le han faltado a mi vida”. La línea es ambigua, pero parece encerrar un grito silente, casi terminal.

De haberse suicidado en ese entonces, la literatura universal habría perdido a uno de sus más brillantes exponentes. Es justo preguntarse si no debemos, paradójicamente, la existencia del Borges literario a la traición emocional que sufrió. Si Girondo no hubiese seducido a Norah, ¿habría Borges alcanzado las cimas de abstracción y profundidad que conocemos? Tal vez, de haber sido correspondido, su obra habría seguido otra dirección, más lírica, menos filosófica, quizás incluso más banal.

La idea de que Norah funcionó como una suerte de Beatriz dantesca no es nueva. El hispanista Edwin Williamson ha sostenido que Borges estructuró parte de su vida emocional y simbólica alrededor de ella. Como musa ausente, Norah se volvió más poderosa que como amante real. Es posible que esta pérdida no sólo haya moldeado la sensibilidad del autor, sino que también le haya permitido articular una literatura que busca lo absoluto a través de la ausencia.

Este tipo de influencia literaria emocional no es exclusiva de Borges, pero en su caso adquiere un matiz especial. El escritor argentino convirtió el fracaso íntimo en un mapa de posibilidades estéticas. Allí donde la mayoría habría caído en la melancolía estéril, Borges encontró símbolos, estructuras, metáforas. En vez de escribir sobre el dolor directamente, lo convirtió en espejo, en tiempo cíclico, en biblioteca infinita. El alma rota devino método.

Por eso, el triángulo Borges-Norah-Girondo no es una simple anécdota amorosa. Es una clave de lectura de una obra entera. El que busque en Borges pasiones explícitas, se equivocará de puerta. Pero si uno lee entre líneas, encontrará que la pasión está en todas partes: en la nostalgia por un tiempo no vivido, en los amores imposibles, en los laberintos que nunca se resuelven. Y Norah, como centro gravitacional invisible, está siempre ahí, silenciosa y definitiva.

En última instancia, este episodio nos recuerda que los grandes escritores no están exentos de las dudas, los miedos y los fracasos de cualquier ser humano. Pero lo que los distingue es su capacidad de transmutar esas vivencias en símbolos universales. Borges no vivió el amor de Norah, pero lo escribió como si lo hubiera vivido en infinitas versiones. Girondo ganó en la vida real. Borges, en cambio, ganó la eternidad.

Así, el desamor se transformó en arte. La renuncia, en mito. Y el silencio, en lenguaje. Borges tal vez fue un hombre que no supo decidirse por la vida, pero al menos supo darle forma al vacío. En ello reside su genio. Y tal vez también, su tragedia.

Revista Literaria El Candelabro

Ernesto Sábato

El caso de Ernesto Sabato representa una de las trayectorias más fascinantes de la historia intelectual argentina. Su vida, dividida entre la rigurosidad de la ciencia y la sensibilidad de la literatura, ilustra cómo un pensamiento inquieto puede migrar de la exactitud matemática hacia los territorios ambiguos del arte. Sabato no solo fue un notable físico teórico, sino también un escritor de profunda influencia existencialista y filosófica.

Nacido en Rojas, Provincia de Buenos Aires, en 1911, Sabato mostró desde joven una disposición excepcional para los estudios. Tras formarse en el Colegio Nacional de La Plata, ingresó a la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, donde pronto destacó por su brillantez académica. Su pasión inicial se dirigió hacia la física teórica, una disciplina que, en los años treinta, atravesaba una revolución con el desarrollo de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad.

Su tesis doctoral lo consolidó como una joven promesa del ámbito científico. Fue el propio Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina, quien lo recomendó para continuar sus estudios en Europa. Sabato se trasladó a París, donde trabajó en el prestigioso Instituto Curie. También recibió una invitación para perfeccionarse en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), institución de vanguardia en la investigación científica global.

En este contexto, cabría esperar que Sabato se encaminara hacia una carrera de alto impacto en la ciencia internacional. Sin embargo, comenzó a experimentar una creciente desazón. En sus propias palabras, en el Laboratorio Curie se sintió “vacío de sentido”. Aunque se encontraba en la cúspide de lo que un físico teórico podía alcanzar, su alma se rebelaba ante la inercia del conocimiento despojado de humanidad. Esta grieta interior marcaría el inicio de su ruptura con el mundo científico.

Lo que Sabato buscaba no era precisión ni resultados, sino respuestas existenciales. La ciencia, en su forma objetiva, no podía proporcionarle herramientas para abordar el sufrimiento humano, la angustia o el absurdo. Fue entonces cuando comenzó a escribir, primero ensayos, luego novelas, encontrando en la palabra literaria el espacio para explorar preguntas que la física había dejado sin respuesta. Su primer libro, Uno y el universo (1945), fue una fuerte crítica a la deshumanización tecnológica.

Ese ensayo fue el germen de una transformación radical. Para Sabato, la literatura no era un mero arte decorativo, sino un instrumento para indagar en las zonas oscuras del ser. Su primera novela, El túnel (1948), se convirtió en un hito de la narrativa existencialista latinoamericana. En ella, la mirada introspectiva del protagonista, Juan Pablo Castel, encarna la alienación del individuo moderno, atrapado entre la incomunicación y la lucidez que lo destruye.

El túnel recibió elogios de figuras de la talla de Albert Camus, quien promovió su traducción al francés a través de la editorial Gallimard. No era casualidad: tanto Camus como Sabato compartían una preocupación por la condición humana bajo regímenes de racionalidad excesiva, donde la lógica se convierte en jaula y la libertad interior, en condena. Ambos escritores planteaban un rechazo visceral al positivismo y a la tecnocracia, reivindicando la duda, el dolor y la esperanza como ejes del pensamiento.

A diferencia de muchos científicos devenidos intelectuales, Sabato nunca negó su formación científica. Por el contrario, la incorporó a su visión del mundo, dotando a sus obras de una intensidad reflexiva singular. Su literatura, aunque cargada de emociones, conserva un fondo de precisión conceptual que proviene de su entrenamiento como físico. En este sentido, logró una síntesis infrecuente entre ciencia y humanismo, entre el rigor lógico y la exploración emocional.

Sin embargo, lo que realmente distingue a Sabato es su capacidad para reconocer los límites del conocimiento. “Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida”, afirmaba. Esta frase resume su paso del universo empírico al universo simbólico. En la vida, según él, operan fuerzas como el deseo, la imaginación y la esperanza, imposibles de cuantificar pero esenciales para la existencia.

En obras posteriores como Sobre héroes y tumbas (1961) y Abaddón el exterminador (1974), Sabato profundiza esta tensión entre el caos del mundo y la necesidad de sentido. Su mirada se vuelve cada vez más crítica frente a la civilización tecnocrática, denunciando la deshumanización en nombre del progreso. Pero, al mismo tiempo, mantiene viva una llama de espiritualidad laica, un anhelo de redención que no se apoya en dogmas sino en la capacidad de resistir desde la compasión y la lucidez.

La vida de Ernesto Sabato desafía los compartimentos estancos del saber. No fue un científico que abandonó la ciencia, ni un escritor que renegó de su formación técnica. Fue ambas cosas a la vez, y su legado está justamente en haber mostrado que el conocimiento humano es un continuo que no se reduce a metodologías ni disciplinas. En él confluyen la lógica del laboratorio y la incertidumbre del alma, la exactitud del cálculo y la vaguedad de los símbolos.

Hoy, cuando la inteligencia artificial y la tecnociencia avanzan a velocidades inéditas, la figura de Sabato adquiere una relevancia renovada. Su testimonio recuerda que el progreso sin ética puede devenir catástrofe, y que sin una comprensión profunda del sufrimiento humano, todo adelanto corre el riesgo de ser una sofisticación del vacío. Sabato no fue un reaccionario contra la ciencia, sino un humanista que supo ponerle límites necesarios.

El camino que emprendió, de la física cuántica a la introspección literaria, no fue un abandono sino una expansión. Sabato no dejó de buscar la verdad: simplemente cambió de instrumento. Cambió el microscopio por la metáfora, el cálculo por el lenguaje, la certeza por la pregunta. En ese tránsito dejó una de las obras más poderosas del siglo XX en lengua española, una obra que no solo analiza el mundo, sino que también lo interroga desde sus fracturas más profundas.

Quizá lo más admirable de su figura no es la coherencia, sino la contradicción aceptada como modo de conocimiento. Sabato nunca pretendió ofrecer respuestas cerradas. Su literatura está hecha de grietas, de dilemas sin solución, de personajes rotos que buscan desesperadamente un sentido. Y en ese proceso, ofrece al lector no una fórmula, sino un espejo. Un espejo donde, como él, uno puede reconocer la insuficiencia del mundo y, sin embargo, persistir en la búsqueda.

Revista Literaria El Candelabro

La vida.

La poesía luminosa de Joan Manuel Serrat en “De vez en cuando la vida”


En la vasta obra de Joan Manuel Serrat, uno de los cantautores más influyentes del ámbito hispano, pocas piezas resplandecen con tanta calidez como “De vez en cuando la vida”. Esta canción, que ha calado hondo en varias generaciones, ofrece un delicado equilibrio entre lirismo, sencillez y profundidad emocional. Su contenido, cercano y entrañable, convierte lo cotidiano en mágico, con una mirada poética que transforma lo efímero en eterno.

Desde el primer verso, Serrat propone un pacto con el oyente: aceptar que la vida, en ocasiones, sorprende con gestos amables y momentos inesperadamente hermosos. No se trata de una visión ingenua, sino de un realismo esperanzado, en el que la existencia se humaniza y nos acaricia con gestos mínimos pero decisivos. La vida “nos besa en la boca”, gesto íntimo y afectuoso que rompe con el pesimismo y devuelve la fe en lo esencial.

Este tipo de lenguaje metafórico hace de Serrat un maestro de la poesía popular. No cae en el barroquismo ni en la afectación; al contrario, utiliza imágenes claras, cargadas de simbolismo cotidiano. La vida “se despliega como un atlas” evoca la apertura de mundos posibles, la cartografía de lo inesperado. Con este tipo de imágenes, el autor no solo canta, sino que narra con profundidad y belleza. Así, su lírica cobra una dimensión filosófica accesible.

La canción nos pasea por calles y emociones, recordándonos que los sentidos, a veces anestesiados por la rutina, pueden revitalizarse cuando están “en buenas manos”. Serrat no habla de grandes epopeyas, sino de lo pequeño que ilumina. En esa medida, su obra se enmarca en una tradición que reivindica lo sensible, lo íntimo y lo humano frente al ruido de lo grandilocuente. En “De vez en cuando la vida” la felicidad cotidiana no es una utopía, sino una posibilidad concreta.

La vida adquiere aquí una personalidad juguetona, incluso mágica. Saca “un conejo de la vieja chistera” y adopta “nuestra medida”, haciéndose cómplice del ritmo personal de cada uno. Este elemento mágico no es escapismo, sino una invitación a reconciliarnos con la existencia, a descubrir en ella momentos de gracia que, aunque breves, son intensamente reales. Es una propuesta vitalista que contrasta con el nihilismo contemporáneo.

Este vitalismo se articula con una ternura infrecuente en la música moderna. Cuando Serrat canta que uno “es feliz como un niño cuando sale de la escuela”, convoca una imagen de libertad inocente, una alegría despojada de cinismo. La infancia como metáfora de plenitud funciona como contrapeso a las tensiones adultas. El autor no idealiza, sino que recuerda que ciertas emociones elementales son patrimonio universal.

En otro pasaje, la vida toma café con el poeta, una imagen casi cinematográfica por su naturalidad. Aquí la vida no es un concepto abstracto sino una presencia tangible, cercana, que “se suelta el pelo” y nos invita a salir “a escena”. Esta escena representa el teatro de la existencia, donde todos somos actores. La vida, entonces, no solo se vive, también se interpreta. Esta dimensión lúdica refuerza la idea de que vivir es también un acto de creación.

Cuando la vida “se nos brinda en cueros”, se manifiesta en su forma más vulnerable, más sincera. En ese momento, entrega un “sueño escurridizo”, casi imposible de capturar sin romper el hechizo. Aquí la letra adquiere una tonalidad onírica y delicada, donde lo bello es también frágil. Hay que caminar “de puntillas”, como quien entra en un templo sagrado. Esta frase encapsula uno de los símbolos poéticos más bellos del cancionero de Serrat.

El uso de imágenes táctiles como “se nos eriza la piel” y pictóricas como “afina con el pincel” refuerzan la riqueza sensorial de la canción. La vida se convierte en una obra de arte efímera, ofrecida a “los que saben usarla”. En esta línea, Serrat no predica ni moraliza, sino que sugiere: la existencia es un regalo que debe ser comprendido, valorado y vivido conscientemente, como un cuadro que solo revela su belleza al observador atento.

El clímax emocional de la canción llega cuando la vida “nos gasta una broma” y “nos despertamos sin saber qué pasa”. Esta ambivalencia final rompe con el tono celebratorio anterior. El poeta reconoce que la vida también tiene aristas absurdas, momentos desconcertantes, bromas pesadas que nos descolocan. Es un recordatorio de que el hechizo puede deshacerse, que la alegría no es permanente, pero tampoco ilusoria.

Este gesto final no anula el mensaje de la canción, sino que lo complejiza. La vida es bella, pero también enigmática. Nos deja “chupando un pavo sentado sobre una calabaza”, imagen absurda y desconcertante que revela la dimensión surrealista de ciertos episodios vitales. Esta figura refuerza la idea de que la existencia es tan imprevisible como encantadora, tan cruel como cómica.

La canción, entonces, se erige como un manifiesto de celebración moderada, un canto a los instantes de belleza que irrumpen en la rutina. No es un optimismo ingenuo, sino una invitación a mirar con atención, a estar abiertos a lo extraordinario dentro de lo ordinario. La obra de Serrat nos recuerda que la poesía no está solo en los libros, sino también en los días buenos, en el café compartido, en el paseo por la calle, en la piel que se eriza sin explicación.

“De vez en cuando la vida” es un himno suave pero firme a la resistencia emocional frente al desencanto. Su éxito radica en su capacidad para resonar con experiencias comunes, para vestir de palabras lo que a menudo sentimos pero no sabemos nombrar. En este sentido, la canción se convierte en una herramienta de conexión humana, un puente entre lo íntimo y lo colectivo, entre el presente vivido y la memoria emocional compartida.

La estructura del texto, compuesta por estrofas breves y melodías cálidas, contribuye a su perdurabilidad. No hay artificios técnicos que opaquen el mensaje: todo fluye con naturalidad. Esta transparencia lírica es precisamente lo que lo vuelve tan potente. En un mundo saturado de estímulos, esta canción ofrece una pausa, un respiro, un momento de claridad donde el arte, la vida y la emoción se entrelazan.

En definitiva, esta obra de Joan Manuel Serrat sigue vigente no solo por su belleza estética, sino por su verdad emocional. Su mensaje sigue siendo relevante porque, incluso en la modernidad digitalizada, seguimos necesitando creer que la vida puede sorprendernos, acariciarnos y, sí, de vez en cuando, besarnos en la boca. Esta canción es, por tanto, una invitación a vivir con los ojos abiertos, el corazón receptivo y el alma disponible para lo inesperado.

La vida, tal como la retrata Serrat, es un escenario donde todo puede suceder: una risa, una lágrima, un café, una trampa o un milagro. Cada oyente encuentra en ella una porción de sí mismo. Y esa es, quizá, su mayor virtud: la capacidad de hablarle a todos sin dejar de ser profundamente personal, como un susurro que nos recuerda que aún vale la pena estar vivos, atentos y sensibles.

Revista Literaria El Candelabro

ARTE

El arte en tiempos de crisis

written by Jacinta Escudos

Muchas veces me pregunto cuál es la función del arte en medio de un mundo en crisis. Estoy segura de que es una pregunta que nos hacemos muchas de las personas que nos dedicamos a las diferentes actividades creativas e, incluso, quienes trabajan en la gestión cultural.

¿De qué sirve una exposición de pintura, un concierto de piano, una novela de ficción o una película mientras, en varios lugares del mundo, están cayendo bombas, se masacran personas, hay hambrunas, se cometen injusticias de todo tipo? ¿Cómo ignorar que miles de personas deben migrar de sus lugares de origen y que lo hacen en condiciones extremas para huir y salvarse de una tierra que se ha tornado violenta o que está siendo lentamente destruida por un cambio climático que nadie está dispuesto a detener? ¿Cómo no conmoverse ante los cuadros comparativos del antes y el después de la destrucción de las bombas en Gaza o Ucrania? ¿Cómo no sentir nada cuando vemos niños desangrados y mutilados gritando de dolor? ¿Cómo ser indiferente ante los llamados de auxilio de las organizaciones humanitarias que buscan mitigar, in situ, el dolor interminable de miles de víctimas?

Sigue leyendo

Envejecer con dignidad

El arte valiente de envejecer


Envejecer es, en esencia, una transformación silenciosa y continua. No se trata solo de acumular años, sino de una metamorfosis emocional y espiritual que exige coraje. Con el paso del tiempo, aprendemos a caminar más despacio, no por cansancio, sino por consciencia. Cada paso se vuelve más deliberado, más cargado de significado, y cada instante adquiere un peso que antes no conocíamos.

Cumplir años implica despedirse. No solo de ciertas personas o lugares, sino de quienes fuimos. Abandonar la versión anterior de uno mismo requiere una valentía inmensa. Ya no somos ese joven inquieto, ni la mujer que se medía en ideales imposibles. Somos el resultado de nuestras decisiones, heridas y logros. Aceptar el nuevo rostro, con sus líneas y contornos, es un acto de amor propio y sabiduría.

El cuerpo cambia, eso es innegable. Pero lejos de ser motivo de vergüenza, debe ser causa de orgullo. Cada marca, cada pliegue, cada imperfección cuenta una historia. Abrazar el cuerpo que nos acompaña es reconciliarnos con la vida. No se trata de resignación, sino de gratitud: este cuerpo nos ha sostenido en nuestras batallas, ha sido hogar de nuestras emociones y puente hacia nuestras experiencias.

Envejecer también implica una limpieza interior. Aprendemos, a veces a la fuerza, que hay que soltar miedos, prejuicios y cargas. Aquello que el tiempo no borró, muchas veces es porque aún no hemos tenido el valor de soltarlo. Pero con los años, entendemos que aferrarse a lo que duele es impedir que llegue lo que cura.

La vejez es una maestra severa pero justa. Nos enseña a estar con nosotros mismos, a valorar la soledad no como ausencia, sino como espacio sagrado. Es en ese silencio donde emergen las preguntas importantes, donde nos reencontramos con lo esencial, y donde dejamos de necesitar tanto para sentirnos plenos.

Lo que ya no suma, se va. A veces son amistades que se diluyen, hábitos que ya no nos representan, o sueños que hemos superado. Pero a cambio, llega una nueva claridad. Valorar lo que permanece se vuelve más fácil. Descubrimos que lo simple —una conversación sincera, una tarde de paz, una mirada cómplice— tiene un valor inmenso.

La vida cambia. No es una frase hecha, es una certeza. Aquello que parecía eterno, cambia de forma o se desvanece. Las despedidas se vuelven parte del camino, inevitables pero no siempre tristes. Aprendemos a despedirnos con amor, con comprensión, sabiendo que no todo está bajo nuestro control, y que está bien así.

Y aunque se llora, también se ríe. Cada lágrima puede abrir espacio para una nueva sonrisa. Cada pérdida deja un hueco, pero también una posibilidad. En esa lógica extraña de la existencia, las cicatrices pueden volverse puertas a nuevas razones para seguir adelante. El dolor deja de paralizar y se convierte en maestro.

Los nuevos sueños llegan sin estridencia. Ya no buscan reconocimiento externo, sino satisfacción interna. Queremos menos, pero queremos mejor. Ya no se trata de cantidad, sino de calidad. La madurez nos invita a perseguir anhelos más honestos, más conectados con nuestro ser real, no con la imagen que proyectamos.

La identidad también madura. Nos damos cuenta de que no somos una sola cosa, que hemos sido muchos a lo largo del camino, y que todos ellos siguen dentro. Ser adulto mayor no es ser menos, sino ser más: más consciente, más libre, más entero. La integración de nuestras versiones anteriores nos vuelve más completos.

Envejecer con dignidad no es cuestión estética, sino existencial. Se trata de estar en paz con nuestra historia. De mirar atrás sin arrepentimientos paralizantes. De mirar adelante con serenidad. Y de estar en el presente con atención, sabiendo que es lo único realmente nuestro.

El tiempo deja su huella en la piel, pero también en la mirada. Hay una profundidad en los ojos de quien ha vivido que no puede fingirse. Esa mirada —cansada pero luminosa— es el reflejo de un alma que ha aprendido a valorar lo efímero sin temerle. Que sabe que todo pasa, pero que lo vivido permanece.

La valentía de envejecer no se enseña, se conquista. Es una lucha contra los estigmas, contra la obsesión cultural por la juventud eterna, y contra nuestras propias inseguridades. Pero al final, ganamos algo mucho más valioso: autenticidad. Porque en la vejez, ya no hay tiempo para fingir.

Aceptar quién somos hoy requiere honestidad brutal. Ya no caben las máscaras, ni las narrativas falsas. Es el momento de vivir con verdad, de hablar con claridad, de amar sin condiciones. Porque con los años, entendemos que el amor más importante es el que nos damos a nosotros mismos.

El sentido de la vida también cambia. Dejamos de buscar grandes hazañas y empezamos a ver el milagro en lo cotidiano. Una taza de café compartida, una risa inesperada, una caminata bajo el sol. La felicidad se vuelve más sencilla, más profunda, más real.

Hay que aprender a caminar más despacio, no por falta de fuerzas, sino porque por fin entendemos que no hay prisa. La vida no es una carrera, es un viaje. Y cada paso tiene valor. Caminar lento es saborear, es contemplar, es vivir de verdad. Es entender que la vida, incluso cuando duele, sigue siendo un regalo.

Extraído de Revista Literaria El Candelabro.

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar